La Modernidad en el tiempo presente

Por: Hernán Montecinos
Fuente: Tomado del ensayo: “Del pensamiento mágico al posmoderno” (Autor: Hernán Montecinos) 

La Modernidad, tal como se vive en el tiempo presente, dista mucho de aquella que se vivía en el tiempo de la Revolución Francesa o de la Revolución Industrial. Igualmente, se muestra distinta de cómo la vivíamos hace sólo un par de décadas.

De otra parte, si los presupuestos que se plantearon en sus principios fundacionales (progreso, secularización, autonomía, emancipación, democracia, Estado-Nación, etc.) se encuentran ya cumplidos, será necesario encontrar las razones del porqué tenemos la sensación de que nos encontramos en medio de una gran crisis. Analizaremos, entonces los elementos actuales que sirven de base para la configuración de esta crisis.

Cambios geopolíticos

Cuando observamos el flujo do acontecimientos sucedidos en el último decenio, no queda más remedio que pensar que algo muy fundamental ha ocurrido en la historia contemporánea. Se trata, ni más ni menos, de que se han evidenciado los agotamientos de toda alternativa al pensamiento del liberalismo occidental.

En un corto periodo se han producido cambios en el clima intelectual y en los modos de vida de los principales países comunistas y ex comunistas en el mundo. En ellos se han iniciado procesos reformistas de suma importancia que no han podido sustraerse a los modelos de los países liberales do Occidente. Pero este fenómeno, más allá de los marcos puramente políticos e ideológicos se traduce, esencialmente, en manifestaciones de la vida diaria que han permitido asimilar rápidamente la cultura consumista occidental en contextos tan diversos como en Moscú, Beijing y Hanoi. Según Francis Fukuyama, lo que estamos presenciando no obedece simplemente al final de la guerra fría o al ocaso de un determinado poderío histórico, sino al final do la historia en sí misma en donde el liberalismo se impone como estadio último de desarrollo de las sociedades, es decir, el último paso de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno. Sin embargo, esto no quiere decir que no vayan a producirse más acontecimientos que dinamicen o alteren el estado actual de las cosas, pues si bien la victoria del liberalismo parece rotunda, no obstante, sigue siendo incompleta en tanto el mundo actual se debate en un cúmulo de contradicciones.

En la primera mitad de este siglo los dos grandes retos a que se ha enfrentado el liberalismo han sido el fascismo y el comunismo. La Segunda Guerra Mundial acabó con las preensiones fascistas de imponerse como ideología viviente; constituyó una derrota material, pero también ideológica. La alternativa comunista, pese a su reciente colapso, ha sido y seguirá siendo un desafío que se encontrará presente como alternativa en la medida que al liberalismo le sobrevengan acontecimientos que pongan en peligro su estabilidad y, por tanto, su misma sobrevivencia. Sin embargo, debemos admitirlo: el liberalismo aparece hoy triunfante habiéndosele despejado el camino a partir de los cambios geopolíticos precipitados a finales de la década del ochenta. En buena medida, este triunfo se ha debido a la afirmación marxista de que la sociedad liberal posee una contradicción fundamental que no puede resolverse en su propio contexto, esto es, la contradicción entre capital y trabajo. El liberalismo, si bien no ha logrado resolver tal contradicción vital, sí ha logrado resolver con éxito aparente el problema de las clases sociales y sus antagonismos que le eran característicos.

Como resultado de la menor importancia prestada al tema de las clases sociales, por haberse diluido en una serie de otros eventos de tanto o más importancia (deterioro ambiental, violencia, drogadicción, xenobofia, problemas existenciales, etc.), puede decirse que en el mundo occidental desarrollado el atractivo del comunismo es menor hoy que en cualquiera de sus épocas más débiles del periodo precedente. En esta idea, los dos puntos más relevantes lo constituyen, por un lado, la pérdida de identidad de clase que antes caracterizaba a los proletarios y, por otro, un clima intelectual cuyos miembros más avanzados ya no creen ciegamente que la sociedad burguesa sea un hecho que haya que superar. Si bien un apreciable número de intelectuales se encuentran convencidos de que el futuro tendrá que ser inevitablemente socialista (por cierto, no el de Felipe González ni lo que fue Mittcrrand), tienden a ser marginales si lo comparamos con el discurso político real de sus respectivas sociedades.

Pero, fuera del escenario europeo, la cultura del liberalismo resulta mucho más impresionante si miramos la contaminación que tal cultura está produciendo en la más amplia y milenaria cultura de Asia, esto es, China. Sin embargo, no podríamos considerar, de ningún modo, que tanto China como el otrora estado soviético constituyan estados liberales; es más, es de pensar que se encuentran aún muy lejos de ello. Pero, al final de la historia, no es necesario que todas las sociedades se conviertan en sociedades liberales, sino que simplemente pongan punto final a las pretensiones ideológicas alternativas al liberalismo. Es desde este punto que podemos determinar en nuestro tiempo una condición geopolítica que se muestra unívoca y dominante en su expresión ideológica liberalista. Ahora bien, si admitimos que tanto el fascismo como el comunismo han sido derrotados como alternativas al liberalismo, habrá que preguntarse si existen en el mundo otras alternativas ideológicas vivientes diferentes al liberalismo que no haya sido posible ser absorbidas del todo por este último. Dos posibilidades saltan a la vista: el nacionalismo y el fundamentalismo religioso. Respecto de este último, podemos decir que el islamismo es el único referente ideológico en el mundo contemporáneo que ha podido desarrollar y sostener un Estado teocrático como alternativa tanto al estado liberal como al estado comunista. Pero su doctrina no tiene mucho atractivo para quienes no son musulmanes ni pertenecen a tal cultura, por lo que se hace difícil pensar que dicho movimiento pueda rebasar sus actuales fronteras para adquirir una connotación ideológica de importancia más universal. En cuanto a los nacionalismos, aparecen como una contradicción que el liberalismo se ha visto incapaz e impotente de resolverlos; expresando el estado de una conciencia radical y étnica, no está claro que representen una contradicción irreconciliable en el seno del liberalismo. La amplia mayoría de los movimientos nacionalistas no poseen otros objetivos políticos que el deseo de independencia respecto de otros grupos y no ofrecen nada parecido a un programa general distinto al liberalismo. Esta condición de predominio ideológico ha sabido mostramos un mundo que hace un par de décadas hubiera sido inimaginable. El mundo geopolítico actual ya no es lo que fue sólo hace algunos pocos años y, tan es así, que se está transformando en algo que no sabemos lo que será en el futuro inmediato. Se trata, ni más ni menos, de transformaciones vertiginosas que están produciendo un cambio de ritmo del tiempo histórico. Cuando Colón descubrió América se abrió un nuevo mundo para Europa comenzando con ello un cambio de época, en la cual la época anterior, es decir, la Edad Media, entraba en crisis y se iniciaba la Modernidad con el llamado Renacimiento. Al cabo de cinco siglos, el ciclo histórico pareciera estarse repitiendo al encontrarse el hombre en medio de una era en que empieza a descubrir otros mundos, pero ahora, en el infinito espacio de las galaxias. Las nuevas aproximaciones de la técnica y la ciencia están cambiando la forma en que comprendemos la realidad contemporánea, en tanto nos estamos acostumbrando a leer la realidad en las estructuras de una sociedad mundializada

El viejo sueño de los teóricos modernistas parece haberse vuelto realidad cuando asistimos al espectáculo de una sociedad mundial estructurada y consensuada en fines fundamentales. Pero el despertar, como sucede muchas veces, tiene más fuerza que los mismos sueños, cuestión que no se escapa a esta imagen idílica cuando nos percatamos de que el sentido agudo de la libertad postulada por el modernismo la estamos viviendo hoy día en un sentido invertido. En tal contexto, los poderes de la sociedad mundializada necesitan de custodios mundiales para ser resguardados. Así, mientras el mundo se cree seguro y siente con tanta viveza su propia unidad, hay toda una explicación confusa y dolorosa para dar cuenta de las contradicciones que el poder de la sociedad mundial oculta y acalla. La gran paradoja de esto radica en que los mismos que se preocupan de pregonar por todas partes que las ideologías se han acabado, no trepidan en utilizarla para hacer resguardo de sus intereses, ahora enteramente mundializados.

Deterioro ambiental y de la calidad de vida

Uno de los temas que mejor expresa el malestar que produce la Modernidad es, sin duda, el problema del deterioro ambiental. A este propósito, una de las conclusiones finales a que arribaron los científicos del mundo reunidos en la «Cumbre de la Tierra» en Río de Janeiro, en Junio de 1992, señala:

«La naturaleza virgen no existe y probablemente jamás ha existido desde la aparición del hombre en la bioesfera, en la medida que la humanidad siempre ha progresado poniendo la naturaleza a su servicio y no a la inversa.»

Sin embargo, el punto esencial del problema que se plantea en nuestro tiempo no encuentra explicación a la magnitud de su proporción en el contenido de esta conclusión porque, si bien manifiesta una realidad histórica, esta realidad aparece trunca en la medida que no queda claramente expresada aquella otra realidad, también histórica, de que durante miles de años, aún con los pies del hombre puestos sobre la tierra, la naturaleza se nos mostró en su estado virgen originario. Lo anterior, por cuanto el hombre se limitó, desde un principio, a tomar de la naturaleza lo que ella generosamente le entregaba, pero sin depredarla, conservándose así el equilibrio natural de autoreproducción de la misma. Los problemas ecológicos propiamente dichos, entendidos como el rompimiento de los equilibrios en la naturaleza, corresponden a una manifestación propia de la época moderna que marca su inicio con el surgimiento del productivismo industrial. Desde el momento en que se inicia el proceso de industrialización, este empieza a absorber grandes cantidades de diversos materiales que, una vez elaborados, producen también una gran cantidad de desechos que deben ser eliminados. Pero esta expulsión debemos hacerla allí mismo, desde donde tomamos nuestros alimentos, lo cual plantea un circuito cerrado de difícil solución. Este es un hecho nuevo de la Modernidad, toda vez que, en épocas anteriores, el hombre se encontraba suficientemente esparcido y los consumos se limitaban estrictamente a lo necesario como para que el peligro de los desechos pudiera representar un peligro del todo grave. Sólo a principios de la década del setenta un aldabonazo despierta los temores de la gente. No es una catástrofe. Es, simplemente, la publicación de una serie de informes en los que se cuestiona la idea del crecimiento sin límites. Se partía del supuesto que la Tierra tenía una capacidad de regeneración lo suficientemente grande como para que los efectos del crecimiento industrial sobre el entorno natural fueran irrelevantes. Por ilimitadas se tenían, en particular, las fuentes planetarias que suministraban a la industria energía y materiales, así como ilimitados parecían ser los sumideros planetarios que habrían de absorber la contaminación y los residuos industriales. Pero, lo que no se tuvo en cuenta es que una economía industrial que crece de forma exponencial puede hacer que crezcan del mismo modo los efectos por ella creados. Así, el crecimiento exponencial del capital industrial arrastra consigo el crecimiento exponencial do los recursos energéticos y materiales usados y de la contaminación causada. El problema central radica en que el crecimiento exponencial de una entidad puede ser de tal índole que no se alcance a percibir sus reales dimensiones hasta que sea demasiado tarde para controlarlo. Ese y no otro es el verdadero problema que plantean con magnitudes que crecen de tal forma.

En el año 1972, a solicitud del Club de Roma, Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows. J.Randersy William W. Behrensill, escribían bajo el título El limite del crecimiento, el primero de una serie de informes globales sobre la economía industrial que pondrían de manifiesto la necesidad de autolimitar el crecimiento por la negatividad de sus efectos. Estos son los primeros informes de carácter científico económico que ponen en alerta a la humanidad de la gravedad del problema. La Tierra había dejado para entonces de verse como una esfera ilimitada de gran y rápida autoregeneración. Se sostiene, en uno de dichos informes (1972):

«Si las actuales tendencias de crecimiento en la población mundial, industrialización, contaminación, producción de alimentos, y explotación de recursos continúa sin modificaciones, los límites del crecimiento de nuestro planeta se alcanzarán en algún momento, dentro de los próximos cien años.»

De tales informes se concluye que es necesario proteger la naturaleza porque ni los recursos planetarios son infinitos ni los impactos de la industria sobre el medio ambiente son asumibles y solubles como se venía creyendo. En primer lugar, hay impactos alarmantes globales. En segundo lugar, la aceptación de los efectos negativos de los usos industriales descansaba sobre una creencia de la Modernidad que hace ahora crisis; el supuesto de que si bien un uso industrial determinado puede causar problemas, el mismo, vista la economía mundial en su conjunto, aparece como mínimo en comparación con sus innegables y enormes beneficios. No se olvidaba, a este respecto, que el crecimiento industrial es la base del progreso social. En tercer lugar, frente al presupuesto de que los problemas que causa un uso industrial podrán ser resueltos por la aplicación de una tecnología eficiente, los estudios ponían de manifiesto que no siempre es así, señalando que la tecnología como solución última representará sólo un paliativo en la medida que nunca alcanzará a absorber en su totalidad desechos que crecen en un sentido exponencial infinito.

Incluso bajo el supuesto de que la tecnología pudiera solucionar el problema de base, hay que tener presente que las soluciones que se tienen a la mano (fábricas con dispositivos filtrantes, tratamiento de aguas servidas e industriales, evaporación de aguas contaminantes en calderas especiales, desalinización de los mares, etc.) implican elevados costos que no todas las naciones pueden afrontar. Más aún, resultaría extraño que la economía neoliberal se pudiera imponer tamaño sacrificio cuando las variables económicas constituyen la preocupación dominante, incluso de aquellos gobiernos que se tildan de humanistas, cristianos, progresistas y democráticos.

Pero, aparte de la depredación de la naturaleza, la contaminación del agua, del aire y la contaminación acústica, está también el problema de la desertificación y degradación de los suelos. Como se sabe, siendo la desertificación de los suelos un problema esencialmente asociado a las bajas lluvias y estados climáticos secos, la degradación de los mismos corresponde a una pérdida de calidad, tanto por el uso indiscriminado como por no contemplar técnicas adecuadas de rotación de cultivos para evitar su agotamiento. Este problema es de magnitud porque, aún si no todos estamos ligados directamente a los problemas de la tierra, todos dependemos de la generosidad de la misma al comprar nuestros alimentos en modernos supermercados. Así, cuando la reserva de tierra fértil se reduce y la población mundial se encuentra aumentando en cien millones de personas cada año, el problema nos concierne a todos aún cuando no estemos ligados a los problemas de la tierra. De lo señalado, es evidente que uno de los males mayores de la Modernidad es que está atentando cada vez más en contra de nuestra calidad de vida. Este es el precio que nos encontramos pagando por adherir e ideologizar lo que se reconoce como el progreso. Sin embargo, parecemos no advertir que todo progreso trae sus costos, y que el costo que ahora estamos pagando está resultando demasiado caro, por no decir impagable, si consideramos que la vida humana no tiene precio.

Pérdida de las referencias

No es que el hombre moderno haya dejado de tener referencias, sólo que éstas pasan a ser más diversas, más débiles, menos directas, menos profundas y no tan arraigadas como las referencias que reconocía en periodos anteriores. Se constituyen ahora referencias nuevas, menos perceptibles, más anónimas y más difusas.

La debilidad de las nuevas referencias es la consecuencia de la planetización y globalización de los problemas del hombre en el mundo. Si bien las referencias tradicionales anteriores todavía existen (rey, presidente, alcalde, maestro de escuela, obispo, familia, parlamento, etc.), éstas han ido perdiendo paulatinamente influencia como mediadores para la solución de los problemas modernos. Como ya se ha dicho, con la Modernidad se ha llegado a un punto de ruptura en la relación entre la sociedad y el sujeto, fundamentalmente porque ésta se ha ido perdiendo en el contexto del surgimiento de una relación ahora mucho más amplia como consecuencia de la mundialización de los problemas a niveles ya no tan locales, sino hemisféricos. Lo anterior, por cuanto los problemas de la comunidad moderna se expresan ahora en las relaciones que se dan a través del sistema económico mundial, el sistema político mundial, el sistema tecnológico y científico mundial, el sistema institucional mundial, la transnacionalización de las comunicaciones, la introducción de culturas foráneas y, más recientemente, la unilateralidad del dominio ideológico del sistema liberalista, entre otros.

Es por ello que los problemas más generales del hombre no pueden encontrar su solución, ni aún su interlocución, en las formas tradicionales anteriores. Esto nos conduce a concluir que el individuo ha perdido sus tradicionales vínculos de referencias lo cual viene a explicar, de algún modo, el problema cada vez mayor de la subjetivación del individuo en su propio yo. Así, la libertad moderna aparece sólo como una quimera, porque la libertad era antes oponerse, por ejemplo, a las directrices que nos imponían nuestros padres o a las que nos imponían las Iglesias y las escuelas, o bien, optar por una orientación política contra la tiranía de un poder o contra la formalidad de una supuesta política democrática. Cierto, hoy la tiranía del poder existe y las democracias formales y falsas abundan, pero en lo esencial, lo que existe mayormente es una tiranía anónima mucho más concentrada y poderosa que viene del mundo entero sobre cada una de nuestras localidades comunales o nacionales.

Esta tiranía se expresa en la práctica por los manejos de los precios de nuestras materias primas que nos obligan a trabajar más obteniendo menos retornos, en los modos que nos imponen en las vestimentas o en una nueva tecnología que suplanta a la otra, etc. Entonces, el consumismo, el mercado, los dictados de la moda, la política variable de los precios, los progresos tecnológicos, los dictados monetaristas regulados ya no por las propias naciones, sino por organismos internacionales, las culturas que se nos imponen, etc., todo ello, hace que las relaciones simples entre los individuos y el Estado o entre el individuo y la familia ya no sean las únicas efectivas.

Con la perdida de las referencias, ya no es posible pensar en el Estado-Nación como referente en donde confluyen las identidades sociales. La identidad colectiva ya no viene aportada por la nacionalidad como lo planteó el nacionalismo, ni por la identidad de clases planteada por el marxismo. La identidad nacional y de clases pasan a ser otras de las tantas identidades posibles. Allí están como alternativas la identidad étnica, religiosa, local, de género, todas ellas como identidades de referencias legítimas. En definitiva, nos encontramos ante una crisis del Estado y ante una explosión de las identidades como efecto de la pérdida de nuestras referencias y de las que eran nuestras identidades tradicionales.

Por ello, no es casual que se reconozca que el hombre moderno se vea disgregado y falto de elementos de referencias, así como de proyectos y fines. Tal hecho lo obliga a refugiarse dentro de los únicos elementos que tiene a la mano, esto es, el consumismo y el mercado, que en lo sustantivo adolecen de un valor de relación social y elemento mediador propio que permita identificar a los individuos como seres sociales integrados. Se vislumbra una sociedad fragmentada y descompuesta en donde, por un lado, funciona el mercado con su lógica y sus leyes, las condicionantes externas, la compe-tividad mundial, la política monetaria, mientras, por otro lado, se encuentra el individuo flotando en su yo, en tanto que entre los dos no existe nada.

Tercerización de la economía y cambios sociales Uno de los efectos más significativos producido por la revolución científico-técnica, es la tercerización de la economía. Ello implica un desplazamiento del sector productivo industrial propiamente tal al sector productivo de servicios de alto dinamismo y rentabilidad; se trata de que nos encontramos en una sociedad postindustrial en donde la producción se ha vuelto simbólica.

El proceso productivo rompe su condición industrial tradicional que le fue propia por más de un siglo para pasar a privilegiar la explotación de una vasta y compleja red de sofisticados y diversos servicios (banca, bolsa, financieras, telecomunicaciones, editoriales, turismo, sistemas provisionales, etc.). La diversidad de servicios surge en el momento en que la máquina industrial adquiere menor relevancia como factor productivo, en tanto que la importancia de los procesos de comando y gestión automatizados e informatizados, así como el cambio de la estructura económico-financiera entre las diferentes unidades económicas, desarrolla finalmente el sector servicios en forma predominante. Tan es así, que hoy día aparecen como más importantes, en el conjunto de la economía mundial, los servicios tanto públicos como privados, hasta el punto que el sector productivo industrial propiamente como tal representa a escala mundial sólo alrededor de poco más del 20% del conjunto de las inversiones.

Si bien esta tercerización encuentra su máxima expresión en el sector del mercado financiero especulativo (banca, financieras, bolsa, etc.) no le va a la zaga en importancia el sector de las telecomunicaciones. Es más, podríamos decir que éste último adquiere una mayor importancia relativa, porque, además de su alta rentabilidad, ha posibilitado influenciar nuestros hábitos, costumbres y modos de vida en forma gravitante, determinando en última instancia la manera como se reflejan en la sociedad nuestros comportamientos. En otro ámbito, el mercado con su lógica consumista pasa a ser el centro de las aspiraciones sociales y de status del hombre moderno. Todo lo que tenga algo de valor en la vida se transforma en valor de cambio, aún incluso áreas que hasta hace poco supieron mantener un estricto papel social, entre otras, educación, salud, cultura, servicios provisionales, etc.

En este contexto, la tercerización de la economía hace surgir nuevos actores sociales dentro de la clase proletaria que heterogenizan las condiciones de status que, hasta la primera mitad de este siglo, habían sabido mantenerse más o menos homogéneas. La estructura social proletaria rompe su sentido homogenizador y solidario para pasar a heterogenizarse y desolidarizarse respectivamente. El antagonismo de clases, entonces, pierde, a lo menos aparentemente, las contradicciones que lo caracterizaban. En esas nuevas condiciones el sujeto social proletario se desproletariza y lucha ahora más por sí mismo que por la clase proletaria a la que pertenece.

La otrora predominante clase obrera ha sido rápidamente desplazada por la emergencia de nuevos actores sociales que se distancian de la primera. Más aún, el menor peso de la clase obrera se agrava, en parte, por la diversidad de nuevas situaciones contractuales y el mayor peso de la tecnología en el nuevo proceso productivo. Ello ha motivado que los sindicatos se movilicen menos por nuevas reivindicaciones que por una mera defensa de los beneficios adquiridos ante la posibilidad de perderlos en cualquier momento. De ello ha habido una notable merma en la afiliación a los sindicatos obreros, lo que agrava más aún su progresivo debilitamiento como actor social protagonico en la sociedad y una desorientación respecto al papel social del sindicato en el nuevo contexto.

A los factores de la producción, esto es el capital y el trabajo, se agrega en forma decisiva el factor del manejo de la información, controlada ahora por élites altamente calificadas que van formando una nomenclatura que alcanza una vasta red de poder burocrático. Esta nueva clase social emergente se transforma en un activo actor social que comparte con el poder económico la base central de las decisiones sustentadas en la utilización de la intensidad del conocimiento. De otra parte, cobra mayor importancia la llamada clase media que desplaza, en el protagonismo social, al sector obrero industrial accediendo y copando los puestos de los nuevos servicios. En un sentido más marginal, crecen también los sectores informales en las actividades del comercio. Se trata de la incorporación de un numeroso contingente con rasgos de microcapitalistas al sistema global de la economía periférica que caen dentro de la esfera del comercio informal. En tomo a este contingente informal, las masas pobres del Tercer Mundo desarrollan sus estrategias de subsistencia pasando a formar nuevos grupos de clases explotadas y marginadas, enmascaradas bajo nuevas y sofisticadas formas.

Las nuevas condiciones sociales y económicas saben mostramos un fuerte desplazamiento de los trabajadores del sector productivo tradicional hacia otro tipo de trabajos que antes no existían. La expresión más concreta la encontramos en los temporeros del sector agroindustrial. Sin embargo, el caso más masivo lo encontramos en el sector del comercio informal callejero y otros oficios informales marginales. Comprenden una inmensa suma de trabajadores que van desde los que venden las más inimaginables chucherías en las calles, hasta los limpiadores de autos, vendedores de dólares, entre otros tantos. Tanto en uno como en otro caso, con pérdidas sociales que antes aseguraban los empleos tradicionales.

Desde otra perspectiva, recientemente ha sido publicado en Estados Unidos un libro de Cristopher Lasch titulado La revolución de las élites, un ensayo con bastantes datos respecto a la situación socioeconómica de las grandes élites norteamericanas. Señala que los profesionales que ganan 160.000 dólares al año se casan con colegas de parecidos ingresos. Y los empleados medios con empleadas medias. La unidad familiar de la élite planea, sumando rentas, cada vez más lejos de la clase media y, resulta evidente, de los pobres y los marginales. El debilitamiento del Estado protector, la pérdida del Estado-Nación, la formación de clanes en las alturas, la apropiación de información por grupos reducidos, etc., enrarecen la permeabilidad y condenan a una acusada división social que Lasch ilustra con cifras documentadas de todo el mundo. La rebelión de las masas es un tema caduco. Ahora le toca el turno a las élites, termina sentenciando Lasch.

UNA IMAGEN SUPERFICIAL Y FICTICIA

Desde un principio ha quedado sentado que la Modernidad se ha mostrado triunfante, en la medida que los principios fundacionales que la originaron se encontrarían ya alcanzados. Tal apreciación surge haciendo constatación del discurso generalizado que prevalece en la sociedad actual. Sin embargo, ello no puede ser motivo para que tras un optimismo demasiado exagerado se apologice a la Modernidad, influenciados por una apreciación formal antes que dialéctica.

Es por ello que en esta ocasión le miraremos la otra cara, aquella que se encuentra escondida y que los apologizadores del sistema intentan hacemos ignorar y, más aún, la ocultan. En esta línea, interesará dejar al descubierto lo que representa la mayor debilidad de la Modernidad en su estado presente y que, por lo general, es un tema en el que no se profundiza demasiado, quizás, por ser un problema excesivamente enmascarado que fácilmente pasa desapercibido hasta para los propios intelectuales y cientistas.

Así, las conquistas más representativas de la Modernidad son presentadas a los ojos de la sociedad en un estado de apariencia y superficialidad, antes que como una realidad en sí mismas. Al final de cuentas, podríamos decir que la Modernidad, tal como se nos la representa, responde a esa cultura del envase a que hacía referencia Eduardo Gaicano; esto es, presentada recubierta con un envoltorio que aparezca reluciente por fuera, no importando si hurgando más en profundidad vamos a encontrarnos sólo con podredumbre. Para el caso, valga el ejemplo de los propios Estados Unidos, paradigma de la Modernidad, la libertad y el capitalismo, en donde existen más de 30.000.000 de personas que viven bajo el límite de la pobreza, lo que llevó a un articulista a recordamos que recorriendo las calles de Sofia, capital de Bulgaria, es evidente que en esa ciudad, a pesar de sus actuales problemas, hay menos pobres, menos personas que escarban la basura que en las calles de Boston. Sin embargo, el sistema se encarga de entregamos la imagen de esa nación asociada sólo a la Estatua de la Libertad, Wall Street, los grandes rascacielos y los jóvenes yuppies.

El discurso oficial de nuestra sociedad criolla, por lo demás, no puede ocultar la superficialidad de nuestra sociedad y sus múltiples contradicciones. Para no ser menos que los vecinos del norte trata de involucramos en un discurso que hacen del tigre, especie animal inexistente en Chile, un símbolo de la economía nacional que supera al mismo dragón asiático. En esta apología animal, los espacios televisivos son copados hasta la majadería por los discursos de ministros, empresarios, diputados, economistas, sociólogos y toda clase de asesores que nos llenan de cifras para convencemos de un triunfalismo con pies de barro. Pies de barro, en la medida que la discusión sobre el número de pobres se centra en si son tantos o más millones. Pero al margen de esta discusión, nadie revela que existen otros tantos millones de chilenos que son un poco menos pobres que los más pobres. Y mientras la distribución de la riqueza se muestra más regresiva que hace veinte años para la mayoría de los chilenos, apenas un par de millones son los que alcanzan a usufructuar del éxito de la macroeconomía. Sin embargo, el discurso oficial sigue majadero con cifras de la Bolsa, el P.G.B., el P.I.B., las exportaciones, balanzas de pagos, bajo I.P.C.etc., pero cuidándose dcocultar las cifras regresivas de la distribución de la riqueza, así como otros indicadores sociales que desmienten la imagen hecha llegar por las cifras y datos oficiales.

En esta misma línea, informaciones recientes acaban de revelar una encuesta hecha en las principales capitales de los países del mundo: Chile, país tigre, ocupa el deshonroso primer lugar de consultas médicas generales que diagnostican alteraciones psíquicas y síntomas depresivos diversos. Por cierto, ninguna autoridad pública ni ningún sociólogo institucionalizado en la burocracia del Estado se preocupó de explicar a la población la naturaleza de este deteriorado estado de salud de los chilenos, ni menos profundizar en sus causas. Seguramente estas alteraciones psíquicas se deben, en gran medida, al constatar que la microeconomía de los hogares chilenos muestra su realidad más fuerte que todas las mentiras oficiales.

Este es un problema muy recurrente en la formación de imágenes que nos presenta la sociedad moderna en forma cotidiana e insistente. La gente, que por lo general es manipulada y pasiva, no es la que se crea las imágenes, sino que las recibe ya condicionadas por lo que le dice el sistema. Es por ello que la mayoría de los temas modernos se tratan con liviandad, con intencionalidad e, incluso, con ignorancia, no haciéndose el más mínimo esfuerzo por entrar a profundizar si lo que se nos está diciendo sobre las bondades de la Modernidad es o no cierto. Y no podría ser de otro modo en la medida que el hombre moderno se ha convertido en un devorador insaciable de múltiples imágenes que no se detiene a pensar por sí mismo, lo que lo lleva, finalmente, a ser un mero repetidor de lo que las imágenes de la televisión le entregan a diario. Este fenómeno no siendo nuevo, se ha hecho más evidente en nuestro tiempo con el uso de las nuevas técnicas modernas de la información, a las que ya no parece importarles entregar las informaciones en sí mismas, sino empeñarse en distorsionar y manipular las conciencias. En esto contexto debemos reconocer, como ya se ha dicho, que la opinión mayoritaria que la gente tiene sobre la Modernidad parte esencialmente de un razonamiento formal antes que dialéctico. Tomando en cuenta este punto de vista, la apreciación mayoritaria que la gente tiene acerca de la naturaleza de los problemas modernos se va a encontrar distorsionada o mal fundamentada. Ya Marx, en su tiempo, determinó científicamente que en la sociedad capitalista todo se enmascara, y Nietzsche postulaba la necesidad de invertir los valores porque a lo que es verdad se le ha llamado mentira y viciversa. Es gracias a este enmascaramiento que la sociedad moderna sabe mostramos las cosas sólo en su estado de superficialidad y apariencia. Pero este juicio ya no es sólo de Marx y Nietzsche, porque bien sabemos que los estudiosos de las ciencias de la comunicación coinciden en apuntar que el hombre moderno se ha convertido en un hombre masa; como tal, en sus decisiones, es inducido y manipulado por la televisión. No sólo lo induce y manipula para convencerlo de las bondades de tal o cual producto, sino también lo induce y manipula para determinarlo en sus ideas tanto políticas como ideológicas.

Lo anterior, en la medida que las nuevas técnicas de la psicología social, en conjunto con la publicidad masiva, el marketing y las sofisticadas nuevas técnicas propias de la comunicación, saben apelar a las sensibilidades del hombre para hacerles llegar en forma reiterativa y hasta el cansancio mensajes subliminales capaces de vencer hasta las resistencias más estoicas. Ello explica que en lo político, personas sin trayectoria y hasta desconocidas aparecen, de la noche a la mañana, como los primeros mandatarios de sus naciones; el caso de Fujimori, Collor de Mello, Berlusconi, etc. son hechos demostrativos de estas afirmaciones; asimismo, los escaños en los parlamentos no por casualidad son ocupados en un porcentaje alto por empresarios y profesionales en tanto la clase media real, los obreros y campesinos se encuentran muy minimizados y en muchos casos ausentes. Es que, cuando se juntan el poder económico con la manipulación de la televisión, la publicidad y el marketing, podemos concluir que las elecciones se transforman en una ficción democrática.

En esta misma línea, la libertad del hombre moderno es una verdad que se la creen sólo los burócratas, tecnócratas y los hombres poderosos. Lo dicho, porque bien sabido es que cada persona sólo pasa a ser el engranaje de una gran maquinaria que se mueve por fuerzas anónimas y ocultas que se esconden ahora tras un poder unívoco completamente mundializado. Julián Marías decía que nunca el hombre ha estado más indefenso frente a la manipulación. En parte, ello se explica por su falta de capacidad reflexiva y por su propia soledad. Como se sabe, la soledad hace presa fácil del hombre para encontrarse indefenso frente a un poder público que, como nunca, se ha mostrado tan manipulador. Y este poder manipulador, por cierto, se debe en gran parte a que el hombre moderno ha logrado llegar a ser controlado por los ordenadores de la informática, así como por la tecnología computacional, la comunicación satelital y los patrones de la telemática. Sobre este particular, Zbigniew Brzezinski apunta:

«En la sociedad tccnotrónica, el rumbo al parecer lo marcará la suma del apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerá fácilmente dentro del radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quiénes explotarán de modo efectivo las técnicas más recientes de comunicación para manipular las emociones y controlar la razón.»

Es por ello que cuando políticos y sociólogos se vanaglorian de la Modernidad y ponen como ejemplo las conquistas de la libertad y la democracia, da la impresión de que nunca han entendido lo que es de verdad la libertad y la democracia. No podría ser de otro modo, puesto que en la sociedad actual se ha vuelto escenario común ver a cientistas sociales e intelectuales institucionalizarse en la burocracia estatal o en las O.N.G. para convertirse en apologistas de las supuestas bondades de la «libertad» y la «democracia» y, de consiguiente, de sus instituciones tildadas de democráticas. El sentido de estas reflexiones es para tener elementos que permitan entender el porqué del estado de desconcierto en que vive la gente. Sin embargo, no hay que llamarse a engaño porque, si bien la gente ha terminado por aceptar los supuestos de la Modernidad en las formas y modalidades que el poder ha determinado, ello no implica que dejen de estar más o menos conscientes de que hay algo en las estructuras del sistema que no funcionan. Se llega a tener así la noción de que estamos viviendo una ficción, y también, por qué no decirlo, atrapados en una gran trampa. La crisis de la Modernidad, entonces, encuentra su explicación en estas dicotomías, esto es, ser una sociedad que da la imagen y aparenta ser lo que realmente no es. Ciertamente, ello no quita mérito a los grandes avances si los comparamos con el medioevo. Lo que si no resulta serio es hacer apología de la Modernidad haciendo uso del recurso del encubrimiento y de la manipulación. Lo anterior, por cuanto las nuevas técnicas de la comunicación, de las cuales usa y abusa la burocracia estatal y el poder económico-político, han sabido distorsionar la esencialidad de muchísimos campos y de ello, por cierto, no se han podido escapar ni la libertad ni la democracia.

En otro ámbito, poco más de 80 intelectuales reunidos en Normandía entre el 27 de mayo y 3 de junio de 1993, en medio de un ambiente de pesimismo, sostienen que la Modernidad fracasó porque el progreso no ha significado el perfeccionamiento de la humanidad. El hombre se ha volcado, entonces, a buscar su identidad en una sociedad fragmentada que la razón no logró integrar. Se habló de una sociedad en descomposición, fragmentada, en que el hombre aparece flotando entre su yo y las condicionantes externas que le son ajenas y que no lo integran. En suma, una total desestructuración en la relación preexistente que siempre hubo entre el hombre y la so ciedad moderna hasta hace sólo un par de años. Determinan en sus conclusiones que se ha quebrado la relación existente entre la sociedad y el sujeto, lo que viene a poner en tela de juicio los postulados de las ciencias sociales modernas, en la medida que éstas encuentran su centro en el estructuralismo y funcionalismo de la sociedad, de la cual el sujeto ha terminado por desentenderse.

Aún a pesar de estas realidades, muy acalladas por cierto, el hombre moderno se muestra orgulloso y soberbio costándole reconocer que se encuentra en medio de la crisis de una Modernidad que tiene que recurrir a las apariencias y a la superficialidad para seguir sustentándose. Eso explica el que aún los principios más mínimos de poco o nada cuentan. Eso hace que el hombre moderno que quiere ser honrado y virtuoso necesariamente tiene que ir en contra del ambiente. La honestidad ha pasado a ser una enemiga de la Modernidad, tanto como el virtuosismo, la honradez, la virtud, etc. Cierto es que, para acallar la miseria de los espíritus, la élite manipuladora y dominante sabe ingeniárselas para dar una imagen que en la realidad no tiene. Por ello crea teletones y otros sistemas de redes solidarias con la intención de aparentar, por un instante, una imagen que en todo el año no tienen. Pero, lo que la gente no llega a advertir es que tras el telón de fondo de estas redes solidarias, ambientadas convenientemente por artistas y comunicadores de los más diversos pelajes, la publicidad televisiva y el marketing se encargan de subir las ventas de las empresas auspiciadoras para convertir finalmente un acto noble en un pingüe negocio.

En una visión más amplia, Enrique Dussel afirma que desde su origen el capitalismo viene produciendo un desequilibrio gigantesco en el sistema mundial, y se hace más perentoria que nunca una crítica de ese «sistema-mundo» iniciado con la Modernidad. De allí se infiere que el poder mundializado y globalizado ya no sólo inhibe la libertad a nivel de las personas, sino que la inhibe a nivel de los mismos países. Allí están la OTAN, el Consejo de Seguridad, el FMI, el Banco Mundial, etc., que se entrometen en decisiones que les corresponden a nuestros propios países. No puede haber libertad cuando se nos impone un comercio desigual, políticas arancelarias discriminatorias, sistemas de dumping, bloqueos económicos, cuando se nos imponen las modas y los gustos, etc. En resumidas cuentas, la Modernidad se encuentra en crisis, cuando los principios de la libertad y la democracia que sirven para su mayor vanagloria, se presentan como realidades ficticias.

Entonces, la mayor debilidad de la Modernidad es que todo lo trata en forma aparente sin una mayor profundización dialéctica en el examen de los hechos y cosas. Pero, no se podrá escapar a la comprensión de que resulta del todo difícil, por no decir imposible, que el hombre común, para cada situación social que deba enfrentar, pueda hacer un reconocimiento dialéctico de los mismos. Esto último, por cuanto el método invcstigativo dialéctico no obedece a padrones intuitivos o espontáneos, sino que es una actitud enteramente reflexiva que requiere de ciertos instrumentos intelectivos para poder desarrollarlos.

Ante esta imposibilidad, al hombre moderno no le queda otro camino que hacer expresión de su propia subjetividad como aporte al reconocimiento de los hechos. No obstante, en este aporte, necesariamente se encontrarán involucrados todos los condicionamientos sociales que el medio en que vive ya le ha aportado. O sea, llegamos a un callejón sin salida, por cuanto el único condicionamiento social que puede aportar el individuo es aquel que, a su vez, le aporta el entorno político y social que el sistema le entrega. Ahora bien, que un trabajador obrero o empleado se forme ideas falsas respecto de las cosas, por efectos de la manipulación de que es objeto por parto del sistema, se puede comprender, pero el que un cientista social, intelectual o un político caiga dentro de esta misma vorágine, adquiere otra valoración en la que se encuentran en juego la defensa de mezquinos intereses.

 

 

 

 

 

 

 

 

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