Teología del dinero (III)

Por: Jorge Majfud
Fuente: Argenpress (02.10.08)

A modo de introducción recordemos un par de lugares comunes de la filosofía tradicional y de la forma más simplificada posible. El marxismo clásico asumía que toda ideología (como la educación, las creencias metafísicas y la cultura en general) era la consecuencia más o menos directa de las formas de sobrevivencia y producción.

Formas más elaboradas y más recientes de esta corriente de pensamiento entendieron que la ideología no sólo era reproductora de una determinada relación entre la infra y la supraestructura sino que, además, era la visión objetiva de una sociedad sobre la realidad, en el entendido de que no dependía de las particularidades emocionales o intelectuales de cada individuo sino de un grupo.

También sabemos que el materialismo consiste en reducir un fenómeno complejo a causas más simples y, sobre todo, a causas que sean progresivamente independientes de otros fenómenos, como puede ser el azar —seguido de prueba y error— en la teoría de la evolución. También el psicoanálisis es un análisis materialista y en gran parte también es antimarxista en el sentido que reemplaza las causas originales de la economía y las transfiere, en última instancia, a la biología. Si marxistas y posmarxistas dijeron que las condiciones de producción forman una psicología —así como forman una ética—, de forma directa o a través de una ética y una cultura X, el psicoanálisis tendió más a explicar el sistema económico de X por una condicionante preexistente, casi atemporal, como lo son determinados complejos psicológicos acuñados en un período histórico harto más extenso que hunde sus raíces en el Paleolítico. Complicaríamos este problema si observásemos que la economía está en la biología también, como lo indica la misma lucha por la existencia de un protozoario.

Los descubrimientos del marxismo, aunque siempre objetables, significaron un aporte al pensamiento universal más allá de las diferencias culturales. Incluso autores antimarxistas han repetido las mismas ideas básicas con mínimas variaciones que salvan su honor sugiriendo alguna originalidad o por lo menos la posesión de la verdad, no por demostración lógica ni por inducción de los hechos sino por el método recurrido de la sonrisa paternal. No otra cosa es la metáfora de las tres olas de Alvin Toffler y las ideas de una nueva mentalidad producto de nuevas formas de producción basadas más en la “creatividad” esporádica que en la repetición en serie de la antigua industria: ninguna recurre a Dios ni al destino manifiesto —como Ronald Reagan y Sarah Palin— sino a un cosmos marxista donde la economía es protagonista de los cambios psicológicos, éticos y culturales.

A partir de aquí podemos entrar en una especulación que tiene poco de materialista pero nada de metafísica.

Quizás debemos dejar de hablar de ideologías como si cada una sólo se diferenciase por las ideas que incluye y no por la función que cumple en la construcción de la realidad. Quizás deberíamos hacer drásticas diferenciaciones entre las formas de ideologías, definiendo una forma hegemónica y otra resistente así como se ha hecho con las culturas hegemónicas y subalternas. Es posible que una ideología hegemónica, siempre más difícil de visualizar por el público y los medios de reproducción que las ideologías resistentes, no sólo signifique una fuerza conservadora de las relaciones de poder y producción de riqueza, sino también una naturaleza progresivamente independiente del sistema de producción. Una realidad basada en la fe, la misma supersticiosa fe que dio fuerza estratégica y cultural a los cromañones que desplazaron a los más realistas neandertales. Aquellos no eran más inteligentes que éstos (Metin Eren, Journal of Human Evolution), pero deliraban al unísono y ahí radicaba su fuerza (José Carrión, Universidad de Murcia).

Así, una ideología hegemónica se convierte de forma progresiva en un poder abstracto e independiente del resto de las sociedades y las culturas, como una máquina inteligente que se independiza de sus creadores humanos o, para ponerlo en términos menos fantásticos, como un hijo que termina dominando a su padre.

Un reflejo significativo es la conducta de las bolsas de valores. Esta expresión de un poder progresivamente abstracto de una ideología dominante, al mismo tiempo que se vuelve más fuerte y místico, también se vuelve más vulnerable a una crisis de fe. La idea de abstracción metafísica viene dada cuando los mercados se comportan como creaturas que necesitan ser temidas, aduladas y consoladas. Los presidentes de los países más fuertes suelen repetir, tanto en tiempos buenos como en tiempos malos, todo tipo de estrategias que apuntan a la adulación psicológica de la criatura que en lugar de reír y llorar se expresa con irracionales subas y bajas en las bolsas de valores. Las palabras más repetidas son “confianza”, temor¨, “calma”, “nerviosismo” y de forma más explícita “estado psicológico de los mercados”. Lo que en la Edad Media significaba Dios, o en la antigua Grecia los dioses olímpicos, hoy representa esa ideología sin alternativas radicales.

Especialmente el humor de Wall Street es tan contagioso que cualquier grito histérico repercute en menos de tres horas en fuertes caídas en todo el mundo. Si esta dinámica fuese meramente matemática, si estuviese regida únicamente por leyes primitivas como las de “oferta y demanda”, no habría razón para que de un día para la noche lo que valía dos dólares pase a valer uno o cinco, ya que ni el consumo ni la oferta son materialmente capaces de variar con esos coeficientes.

Una vez una estudiante norteamericana me dijo que las películas españolas son menos realistas que las de Hollywood. Principalmente se refería a los efectos de la tecnología, pero la observación sobre la técnica es imposible de separar de la cultura: es realista aquello que se parece a la realidad que fue creada por la máquina ilusoria de producir realidad. Algo así como decir que una muñeca Barby representa lo femenino por naturaleza. Igual que la máquina que produce dólares da la ilusión de producir capitales.

Hace apenas un mes un amigo que criticaba al presidente de todos decía: “lo único que le reconozco es que si no existieran los ricos no abría trabajo para los pobres…” Este tipo de conciencia —verdadera para el mismo sistema que se juzga a sí mismo según una realidad creada por él mismo—, es el sabio producto de esa ideología dominante, tan necesaria para que el 95 por ciento de la población de un país como Estados Unidos, entre ellos la masa productiva, le agradezca al 5 por ciento más rico el bienestar que no tienen en otros continentes. En esa ocasión le pedí a mi viejo amigo que me mencionara un sólo millonario que fuese capaz de vivir sin sus trabajadores o de los trabajadores de otro millonario. Pero tal vez no había necesidad de un argumento tan simple.

Durante años, para calmar a la criatura, el presidente de Estados Unidos recortó impuestos a los más ricos que operan en la bolsa —según la estratégica teoría de que la riqueza desborda de arriba a abajo— y cuando el monstruo insaciable se tragó estas piezas privilegiadas, el mismo gobierno que clamaba por una mínima o inexistente intervención del Estado en la suerte de los trabajadores, desembolsó sin asco su fortuna —acumulación de los impuestos de los trabajadores— para mantener el mismo sistema. El sistema sirve a la ideología dominante, no al revés.

Las contradicciones de un presidente no son importantes para un pueblo elegido ni para una ideología que se alimenta de la repetición de frases y de ideas fragmentadas. Pero cobran significado cuando las mismas contradicciones se producen en un momento de crisis económica. Los post nunca significaron un final definitivo de nada. Sólo su continuación atenuada. En la era posindustrial no se abandonó la industria ni la antigua agricultura; menos la Modernidad en la Posmodernidad. En la era Poscapitalista no desaparecerá el mercado de capitales pero quizás desparezca su sagrada tiranía. O no será poscapitalismo sino una simple crisis, propia de una de las ideologías más longevas de la historia, aunque no tanto como lo fueron el feudalismo, el esclavismo y la aun más eterna moral del esclavo, tan necesaria para agradecer los latigazos diarios que nos muestran el buen camino de la justicia y la felicidad.

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