La democracia agoniza voto a voto

Por: Hernán Montecinos
(30.09.08)

Reseña – comentario
Ensayo “La democracia agoniza voto a voto”.
Autor: Enrique Astorga Lira.

INTRODUCCIÓN.

Una vez más, nuestro país, se enfrenta a una nueva campaña electoral, esta vez, para renovar concejales y alcaldes. Como siempre, las promesas se lanzan por doquier, encontrándose a la orden del día el ofrecimiento de las mismas cosas que ya se habían prometido en elecciones anteriores, pero que nunca se cumplieron. Un ritual demasiado repetitivo, algo así como encerrado en un círculo vicioso, al no lograr los respectivos procesos electorales transformarse en vehículos impulsores de los verdaderos cambios que necesita el país.

Ya antes del inicio oficial de la campaña, el tartufismo político empezó a enseñorearse en los partidos políticos y en los miles de ciudadanos aspirantes a concejales y alcaldes (más de seis mil). En su búsqueda afanada de votos, algunos se disfrazan como amigos del pueblo, otros aseguran ser independientes o autónomos; y no faltan aquellos que afirman estar “utilizando al sistema” para, desde adentro, dar la lucha por los cambios que se necesitan. Dentro de esta gran fauna, pese a sus supuestas diferencias, coinciden en un punto común: juran y rejuran un gran amor a su ciudad y su gente, aunque algunos nunca vivieron en la comunidad que aspiran a representar.

En la noche de inicio de la campaña, la parafernalia y el circo dieron para todos los gustos. Una fémina no encontró nada mejor que exhibirse en baby doll, en plena plaza pública. Quizás pensó que, si en Italia la Cicciolina tuvo éxito en su campaña parlamentaria, dejando sus pechos, al descubierto, aquí en Chile con expediente parecido podría lograr resultado idéntico. Sin embargo, acá, un poco más de recato y pudor la hicieron cubrirse con una mínima y sugestiva prenda femenina para dejar que la imaginación hiciera el resto. A otro candidato, se le ocurrió mandarse una vigilia de 24 horas sin dormir, para dedicarse por completo a la gente de su querida comuna, que dicho sea de paso, de la noche a la mañana, dejó de ser “La Florida”, reemplazada ahora por la de “Santiago”; curiosidades del travestismo de la política chilena. Hubieron otros que prefirieron exhibir su poca agraciada humanidad en una cicletada, equilibrándose con dificultad sobre dos ruedas, acostumbrados quizás a las cuatro de sus lujosos coches. Los menos ocurrentes prefirieron seguir con sus “puerta a puerta”, toda una lata para aquellos ciudadanos que tienen la mala suerte de ser importunados por visitas cada vez menos deseadas. Por cierto, no faltaron aquellas presentaciones acompañadas de aquellas horribles batucadas que lo único que hacen es meter boche, y de ahí más nada. En fin, un pan y circo, un verdadero mosaico de puras imbecilidades.

A decir verdad, la farandulización y banalización de la política, no es nada nuevo en Chile. Basta recordar lo que ocurrió en la elección pasada, cuando un candidato a concejal, que casi nadie conocía, no encontró nada mejor, que aparecer retratado en “cueros” en sus afiches. Y le dio resultado… ¡Salió elegido!… Claro, no por sus ideas, sino por sus “pelotas”.

Otro dato curioso, es que casi ningún afiche señala el partido político al cual el candidato pertenece, seguramente concientes del desprestigio que ello le pueda causar para sus pretensiones de ser elegidos. Un trasfondo que deja al desnudo lo desprestigiados que se encuentran los partidos políticos; mejor ni mencionarlos, los pueden desfavorecer, jugarle una mala pasada a los candidatos. En fin, un suma y sigue de ejemplos de cómo se ha instalado el circo político en nuestro país, en donde por encontrarse las ideas ausentes, éstas son llenadas por eventos picantes y chabacanos, palmaria muestra del estado de banalización y degradación a que ha llegado la política chilena.

Para no ser menos, el conductor de un programa de televisión, entusiasmado concluía que esta campaña electoral se había vuelto más creativa. Ante tan sesuda reflexión, me quedé ¡plop!, una opinión que de ningún modo me calza porque, para mi gusto, los ejemplos reseñados, más que ser creativos, responden a la forma más rasca e imbécil en que se puede hacer la política..

Todo esto explica, de algún modo, el porqué hay cerca de tres millones y medio de chilenos que estando habilitados, no se han inscrito en los registros electorales, y varios cientos de miles que cada vez más no están ni ahí con la política, y otros varios cientos de miles más que votan en blanco o anulan su voto. De seguir así esta tendencia, sumando y sumando, los que no marcan ninguna preferencia en la papeleta de votos, pronto pasarán a constituir la mayoría absoluta del total de los potenciales votantes. Una cifra alarmante que deja por los suelos aquella pretendida imagen que se nos quiere encarnar, respecto de unas pretendidas bondades de la ejemplar democracia chilena.

Ahora bien, la presente nota no tenía la intención de hablar sobre las banalidades de la política chilena, sino investigarla, analizarla y reflexionarla desde sus más recónditas profundidades. Estando en estos afanes, llegó a mis manos el ensayo “La democracia agoniza voto a voto”, de Enrique Lira Astorga, un autor que no conocía. Nada más leerlo concluí que no tenía nada más que escribir sobre el tema, porque allí se encontraba todo lo que yo tenía más o menos presupuestado escribir, aquello que ya se encontraba, en su línea más gruesa, alojado en mi cabeza.

En efecto, en este ensayo, su autor, nos entrega un sólido y lúcido trabajo ensayístico en donde investiga y reflexiona acerca del significado que tienen, en las actuales condiciones políticas, los temas que conforman la tríada “la democracia”, “las elecciones” y “el voto” . Y si bien, su sujeto temático es abordado al calor de la realidad política chilena, sus implicancias y derivaciones, por extensión, pueden ser reflexionadas también al calor de las realidades políticas del resto de los países de nuestra región.

En mi opinión, la importancia de este ensayo resulta del todo evidente, más sobretodo, cuando en periodos electorales, los medios de comunicación, partidos políticos y candidatos y, aún, los mismos electores, opinan, y discuten sobre estos temas, por lo general, de una forma muy superficial, sin entrar a considerar, -y muchas veces sin sospechar-, el verdadero trasfondo que se esconde tras el significado de estos temas y eventos.

Su autor pone el dedo en la llaga al investigarlos, reflexionarlos y analizarlos acuciosamente, dentro de una visión omniabarcadora que va desde lo general, hasta sus más menudos detalles. En efecto, desde sus profundidades les hace aflorar razones y causas del porqué, en las actuales condiciones y circunstancias, por una parte, la democracia ha perdido todo su significado valórico fundacional y, por otra, el sistema electoral se ha convertido en un verdadero corsé que impide reflejar, en su exacta dimensión, la verdadera y real pluralidad de pensamientos e ideologías, y peor aún, da cuenta de la nula democracia participativa, aquella que tome en cuenta al pueblo como agente activo y principal respecto de aquellas materias decisorias que directamente más le afectan.

Mención aparte merecen sus reflexiones y conclusiones acerca de la importancia que, en las actuales condiciones políticas e institucionales, tiene el voto, la papeleta aquella en la cual depositamos nuestra creencia de que, bajo el sólo mérito de atravesarla con una raya vertical, estaríamos ejerciendo supuestos derechos de poder y soberanía, pretensiones las cuales son violentamente desmentidas por los hechos políticos, tal cual se suceden y acontecen posterior a los actos eleccionarios.

En momentos que la mayoría de los ensayos se muestran demasiado acomodaticios con el stablishmen cultural imperante, remitiéndose a hacer referencia a lugares comunes, permitiéndose lanzar sólo tibias críticas, de modo de no perturbar la apacibilidad del estado democrático, aquel que se encuentra marcado a fuego por una Constitución de corte fascista, y con un Estado democrático represor que celosamente la cautela y resguarda, resulta mérito notable encontrarse con un ensayo como el que nos entrega Enrique Astorga haciéndole, de paso, un gran mérito a la propia naturaleza y esencia de su género literario.

En efecto, todos hablan de la democracia e hinchan el pecho queriendo hacerse pasar por más demócrata que el otro. Sin embargo, parece que nadie se ha dado la molestia –como si lo hace Astorga Lira- para preguntarse, muy seriamente, que es verdaderamente aquello sobre lo que tanto se vanaglorian. Los políticos, por un lado, y los medios de comunicación, por otro, tratan de convencernos lo gratificante que resulta ser demócrata. Los primeros, hacen malabarismos con sus lenguas, y los segundos agotan su tinta para convencerlos del estado feliz en que supuestamente estaríamos viviendo bajo el estado democrático chileno. El autor, en este punto, rompe lanzas y arremete para desmitificar todos estos supuestos, los que majaderamente se han intentado socializar en nuestros imaginarios como si fueran verdades ciertas..

Sin decirlo directamente el autor, fluye de su libro las siguientes preguntas ¿Se puede ser demócrata en Chile bajo las condiciones políticas , institucionales y electorales que nos rigen?… ¿Qué real significado tiene en Chile hacer una raya vertical en el papel que llaman voto? En mi opinión, entre otras, son estas preguntas a través de las cuales el autor deriva las materias centrales de su libro. Para ello, investiga, critica, analiza y reflexiona, no para llenarnos de una falsa e idílica retórica, sino al contrario, para darnos a conocer derechamente sus muy acertadas opiniones, y mejor aún, sus razonadas conclusiones.

Por razones obvias no puedo transcribir el libro completo. Este contiene 311 páginas y fue publicada por la “Editorial de la Universidad de Santiago”, Chile, edición del año 2006. En lo general este extracto lo transcribo casi textualmente como lo ha escrito su autor. Sin embargo, debo confesar que no me he resistido a complementarlo con algunas breves ideas y digresiones, casi imperceptibles, de modo que no alteren para nada el meollo central sobre el cual apunta el autor del libro. Espero la comprensión de éste por haberme tomado esta pequeña licencia. Sólo ha estado en mi ánimo incentivar a potenciales lectores para que recurran a leer este libro. Un ensayo que en Chile hacía falta, .un ensayo que, en mi opinión, viene a llenar un gran vacío. En fin, un ensayo lúcido y esclarecedor que arrojará luz a los que tengan la oportunidad de leerlo.

De verdad una obra que recomiendo a todos mis amigos, y no tan amigos, y muy especialmente, a los lectores, aquellos interesados por conocer los intrincados y complejos caminos por los que atraviesan los temas en este libro abordados, en especial, el estado en que se encuentran hoy en nuestro país, y también en los países de la región, tanto la democracia como el sistema de elecciones y el voto.

HERNÁN MONTECINOS
Escritor-ensayista
——————————————————————–

TRANSCRIPCIÓN (Extracto)

“La democracia agoniza voto a voto”Autor: Enrique Astorga Lira
Editorial: Universidad de Santiago, Chile (311 páginas, año 2006)

DEMOCRACIA SUBORDINADA AL MODELO ECONÓMICO

La particularidad de la actual democracia chilena no es solamente que sea restringida como dicen los juristas, tutelada como plantea algún historiador, cautiva como afirman ciertos sociólogos, “mejor que nada” como sugieren algunos políticos o la garantía de la paz social como dice la derecha, lo más grave, es que está diseñada para proteger y perpetuar un determinado régimen económico, y al hacerlo, la política quedó condicionada por dicho régimen, con lo cual el espacio de la política se ha vuelto estrecho, separándose del pueblo y transformándose en un fin en sí misma. Ello no fue producto del azar, se planificaron todos los pasos para lograr el propósito de institucionalizar las normas que protegen la actual economía y enclaustrar la política en los monasterios de los intereses del mercado. La democracia fue confeccionada para que la política no pueda entorpecer al mercado. De otra manera, el mercado ganó libertad a cambio de encarcelar la política en las normas de una democracia restringida.

Para que la democracia fuera un manto protector del régimen económico, no bastaron las posibles alianzas entre partidos renovados y de derecha como sucede en varios países de Latinoamérica, es decir, no quedó sujeto sólo a la variable política la protección del modelo económico, sino que los militares chilenos junto con los políticos de derecha, crearon un artillado régimen legal incorporado a la propia Constitución Política que descansa en una serie de principios que forman la parte estratégica y dura del recetario económico, político e institucional del modelo, entre otros, a) se rodeó a la propiedad privada de las máximas garantías; b) se transformó el libre mercado en el regulador de la economía y la sociedad; c) se fomentó la absoluta libertad de empresa; d) se fijó el rol de las asociaciones intermedias (redefinición de sindicatos, partidos políticos, etc.): e) se creó, entre otras instituciones, la figura del Estado subsidiario, con expresa prohibición de adquirir empresas y crecer y f) se concibió una democracia electoral con graves restricciones.

Estos principios amparados por normas constitucionales dieron base formal a las privatizaciones de empresas públicas que venían realizándose desde 1974; asimismo garantizaron la desregulación del mercado (de productos, capitales y trabajo); acentuaron la reducción y cambio de naturaleza del Estado; respaldaron la irrestricta libertad de comercio y la globalización; todo lo cual liberó fuerzas productivas y sociales de tal magnitud que reorganizaron la sociedad nacional, provocando una de las transformaciones más espectaculares después de los cambios derivados de la revolución industrial inglesa y de la revolución política francesa. Había nacido un nuevo modelo económico que trajo una democracia, una vida política y una sociedad diferente. Se había dado un paso adelante hacia la fase más agresiva de un capitalismo feroz no conocido en Chile y en el Mundo, a lo menos, en tan agravantes términos.

El modelo se ejecutó durante la dictadura, y cuando las FFAA regresaron a sus cuarteles, dejaron, sin embargo, bases militares estratégicas en medio de los poderes civiles con el fin de tutelar que la herencia, modelo + democracia que dejaron al pueblo chileno, se rija por el testamento constitucional que ellos escribieron. La Constitución se convirtió en una especie de reglamento militar, tutelado por las FFAA, para que los civiles, como si fuesen soldados, debieran respetar y cumplir. Una consulta popular llena de vicios, en plena dictadura, dio por establecida la Constitución e hizo del dictador un curioso Presidente cuyo bastón de mando apuntó sin contrapeso a toda la sociedad.

Incorporado el modelo a la Constitución, quedó automáticamente protegido por los poderes del Estado. Pero además se diseñó una democracia orientada a protegerlo, por eso se observa, con más claridad, que democracia y mercado están unidos como los elementos que forman el material de una moneda, siendo la democracia la cara política, y el mercado su selló económico. Son partes de un mismo todo, aunque desempeñen funciones diferentes. En términos sociales se puede afirmar que mientras el modelo mantiene y agudiza las desigualdades y las modernas formas de opresión de los trabajadores, la democracia incorpora al pueblo a un recinto de simulaciones y apariencias para que crea que en sus manos tiene el destino del país y la superación de los problemas.

Los ideólogos de la Constitución del 80 no sólo elevaron el modelo económico a rango constitucional, sino –como se dijo- inventaron un tipo de democracia por cuyo conducto es prácticamente imposible los cambios a la Constitución, haciendo de esta manera extraordinariamente complejo modificar el funcionamiento de la economía. Al inicio, había una posibilidad: el plebiscito, pero la Concertación inspirada en la renovación y el pragmatismo transó ese derecho y con ello cerró la rendija que había dejado pendiente la dictadura y que sólo ella se dio el lujo de practicar.

De esta manera el funcionamiento actual de la sociedad quedó protegido por una amplia red de instituciones y relaciones que van desde las FFAA, pasando por el Tribunal Constitucional, el Consejo de Seguridad Nacional, el Congreso, los Tribunales de Justicia y los servicios del aparato estatal. El anclaje que sostiene esta red de instituciones es la propia Constitución Política del Estado. Todo quedó perfectamente estructurado y los cuerpos legales entre sí son relativamente congruentes en la protección del sistema, en cambio presentan graves boquerones que impiden combatir el desempleo, acabar con la pobreza, evitar la destrucción del medio ambiente, mejorar la calidad de la salud y la educación cada vez más privatizada y dar espacios reales de participación a la gente.

Lo más demostrativo de todo esto es que el Congreso, suponiendo que quisiera hacer cambios a favor de la mayoría del pueblo, se ve imposibilitado de hacerlo por los altos quórum fijados para hacer las transformaciones de verdad en función de aquello. Un corsé institucional que se refleja en lo político, y como derivado impide una mejor distribución de la riqueza social, impidiendo con ello satisfacer la demanda social y económica que el pueblo requiere.

En estas condiciones, de elección en elección… ¿Qué utilidad puede prestar el voto en Chile para posibilitar cambios reales? … A decir verdad casi ninguna, o ninguna. En su efecto práctico el voto valdrá sólo para elegir entre una camisa amarilla o una celeste., y punto. Cualquier cosa que se quiera decir en contrario, será pura música, pura poesía, y no otra cosa.

Como si esto fuera poco, no durante el gobierno militar, sino en el de la Concertación, se dio el hecho insólito de disminuir la duración del cargo de Presidente de la República de 6 a 4 años, sin reelección, transformándolo así en un personaje de paso, con lo cual se restringe el horizonte de tiempo para provocar cambios reales, dejándole reservado, en los hechos, una función de mero administrador de todo aquello que se encuentra ya perfectamente oleado y sacramentado.

Resultado: Grave limitación, por no decir imposibilidad, mediante el voto para provocar cambios reales, apatía y ausentismo electoral (más de tres millones de no inscritos que hace rato ya cayeron en la cuenta…. ¿votar para qué?), desencanto generalizado por la política, fortalecimiento cada vez más de una economía empresarial manejada por minorías, intangibilidad del modelo económico, burla de los derechos políticos de los chilenos transformándolos en una mera ficción, el más absoluto desprecio por la soberanía popular, simular permanentemente un juego que la gente va percibiendo como un gigantesco engaño, etc.

EL VOTO Y EL MERCADO

No es en absoluto aventurado afirmar que la construcción democrática y la vida política descansan en un solo punto: el voto. El voto encierra para la democracia tal cantidad de misterios como la mercancía para la economía. Es la célula donde se reflejan los caracteres de la sociedad. Su importancia depende del ambiente democrático en que se desenvuelve, en Chile este acto electoral renueva un tipo de democracia que genera un espacio restringido a la actividad política. El voto tiene la fuerza para formar y reactivar periódicamente los poderes públicos, pero a su vez es el resultado de la situación económica, social y política en que se encuentra la sociedad.

Durante un periodo de tiempo el voto fue un arma, el vehículo para una oportunidad de cambio, y para evitar que se transforme en una temible amenaza puesta en manos del pueblo, se concibió una democracia que padece de fuertes restricciones que disminuyen al extremo la capacidad del voto para provocar verdaderos cambios. Las restricciones que acompañan al voto nacen en varias instancias, antes del acto de sufragar, esto es, durante el periodo previo que corresponde al mercado electoral; en el acto mismo del sufragio, instante en que las personas se desprenden de un poder que se Transfiere a los representantes, y por último, en el cómputo y distribución de los votos entre los candidatos. Las restricciones son de tal naturaleza que afectan irremediablemente a los poderes del Estado que surgen del voto, como en general a la vida política, social y económica del país. El voto forma un tipo de sociedad, pero a su vez es el resultado de cómo funciona esa misma sociedad. El voto genera poderes y se retroalimenta de ellos.

La democracia que tiene el país y hacia donde caminan los países de América Latina, persigue evitar las sorpresas respecto de la continuidad del modelo empresarial impuesto por las hegemonías mundiales. Las modernas ideas empresariales sobre la política se orientan a que no puede ir por un lado la democracia y por otro, los negocios. Para que no quepa la posibilidad de resultados electorales sorpresivos que pudieran cambiar los fórceps impuestos en la Constitución y el sistema electoral, se diseñaron las restricciones a la democracia. Las restricciones no son otra cosa que una trampa al voto. Periódicamente el pueblo chileno se enfrenta a elecciones donde su opinión poco vale, mejor aún, donde su opinión no decide, sólo escoge y crucifica su voluntad a favor de un candidato que viene previamente formado en torno a la inmovilidad del modelo.

¿Qué libertad electoral cabe cuando el pueblo chileno vota por una idea fijada con anterioridad cualquiera sea el candidato? Antes, durante el siglo XIX y parte del siglo XX se sabía, en su parte gruesa, quienes serian los elegidos, ahora se sabe de antemano lo que harán los elegidos, cualquiera sea su signo. No existe, como antes, diferencias significativas de lo que harán el representante de un determinado partido respecto al otro que aparece como contrario. Hemos llegado a copiar el sistema de elecciones norteamericano, porque, ¿qué diferencia puede haber entre un representante republicano de un demócrata?. Como bien se dice en Estados Unidos, no hay nada más parecido a un republicano que un demócrata. Lo mismo pasa ahora en Chile…¿Qué diferencia puede haber entre la Concertación y la Alianza? Esa diferencia cada vez va siendo menos, casi ni se nota, y hasta se confunden. Ahora con la sem. incorporación a la Concertación del Podemos se está empezando a repetir el mismo fenómeno: poco a poco se han ido cooptando al sistema político electoral del sistema neoliberal del cual hasta hace poco aparecían como férreos disidentes..

La gravedad social y política del tema que tratamos es que debido a la falta de poder del voto se mantiene una institucionalidad que no puede ser modificada ni por los electores ni por los representantes, de manera que se ha creado una institucionalidad que arrebató la soberanía popular, acumulando en sus estructuras el poder del pueblo, una institucionalidad inamovible por la soberanía popular, más fuerte que todos los poderes terrenales, un nudo gordiano entre el Ejército, el Estado y los empresarios que monopolizan el poder real; un monstruo que domina todo el quehacer de la vida nacional, una dictadura de las normas y de los procedimientos, a la vista y paciencia de todo el mundo, los medios para impulsar acciones se están devorando a los fines. Las restricciones a la democracia atrofiaron los derechos del pueblo e hipertrofiaron la institucionalidad. Un círculo vicioso del cual no hay como salir, a lo menos, acá en Chile, porque, por suerte, en algunos otros países están empezando a despertar para zafarse de esta camisa de fuerza, de lo cual Venezuela, con la Revolución Bolivariana, pese a sus errores y dificultades, es un buen ejemplo para saber para que lado hay que empezar a tirar la cuerda.

Están en peligro de muerte los pilares en que descansa la democracia, como la libertad de elección, la representación, la universalidad, la soberanía popular, la participación popular, la división de poderes, la libertad de opinión, la igualdad ante la ley. La idea clásica de las formas de operar de las democracias que consiste en que los partidos presenten sus candidatos a los electores para que esto “libremente escojan” (¿), y luego mediante el voto deleguen la soberanía a los representantes que son elegidos al parlamento o al ejecutivo, y desde allí gobiernen de acuerdo a los intereses del pueblo, y lleven a cabo los cambios que requiere el bienestar de la gente. Esa idea romántica y formal de democracia representativa se desmorona día a día por la destrucción de los elementos que la componen y es reemplazada por la enajenación de la voluntad mediante el voto, la falta de opciones, la apatía de un pueblo ausente, la transformación de los partidos en fábricas de candidatos, la representación de altura lejos del pueblo con funciones acotadas constitucionalmente a la defensa de una economía de libre mercado, o los poderes que giran en torno de una legalidad constitucional estructurada a favor de los grupos dominantes.

Resultado de ello es que el voto se ha debilitado como medio de transferencia del poder o soberanía de los representantes, desde el momento que fue contaminado por las fuerzas productivas del mercado, y desde que las normas constitucionales impiden el derecho soberano del pueblo a darse el gobierno y el régimen económico que más convenga a sus intereses, convirtiendo las elecciones en un acto rutinario de adhesión de los electores a un régimen preestablecido, y la democracia en una estructura blindada de protección al modelo económico, donde sólo cabe una desteñida vida política.

El voto perdió su verdadero sentido de incorporar al pueblo a las grandes decisiones nacionales, porque la opción que acepta el mercado es sólo más mercado, transformando cada elección en un acto de enajenación más que de participación, si antes tras el voto había una idea, ahora venos el despotismo del prejuicio. Si antes tras una idea había un candidato, ahora la mayoría de los candidatos son como los soldaditos de plomo prefabricados en serie por una misma maquinaria ideológica para lucirse en las vitrinas electorales.

En Chile, la democracia quedó atrapada por una pinza compuesta, por una parte, por las rígidas reglas constitucionales, y por la otra, por las fuerzas que desata el mercado, que va ajustando el sentido y funcionamiento de la democracia a la nueva economía que las transnacionales manejan en el mundo y en Chile. De esta manera las elecciones se han transformado en una gigantesca operación comercial para la captura de votos, con banderas globalizadas cada vez más lejos de las necesidades reales de la gente, surgiendo el mercado electoral como el espacio donde compiten los candidatos que se mueven bajo las mismas reglas del mercado de producto.

En el marco de la actual democracia se podría –si las minorías están de acuerdo- modificar algunas restricciones que establece la Constitución, pero los empresarios y la derecha política aceptarán cambios sólo en la medida que ello no afecte ni ponga en riesgo su poder para paralizar acuerdos que no les convengan, ni sospechen que tales medidas puedan afectar sus intereses económicos. Tanto más liberado esté el mercado, mayores facilidades tienen los empresarios y la derecha política para controlar a la sociedad, sobretodo cuando han logrado que las elecciones y la actividad de los poderes públicos queden atrapados por las normas del mercado y por los intereses de la nueva economía.

Cuando se llega a un cierto nivel de control de la democracia y el voto por las minorías económicas, pueden aceptar algunas modificaciones en el entendido que no alteran la funcionalidad de la democracia con el modelo, y siempre que continúen cerradas las puertas a posibles cambios constitucionales que pudieran modificar el esquema político protector que han creado a su alrededor. En definitiva, como dice el adagio del Gatopardo, los empresarios pueden aceptar cambios siempre que esos cambios no cambien nada.

Las democracias de hoy día están cada vez más protegidas contra los pueblos, pero están absolutamente abiertas a favor del mercado, es decir, a las minorías empresariales.

Tanto más el mercado electoral se rija por las leyes y técnicas del marketing, será más competitivo, los costos electorales más altos, haciendo más difícil el acceso a candidatos de las clases más débiles. Por otro lado, el mercado selecciona los productos de acuerdo a la demanda, unos productos continúan en las vitrinas, otros desaparece o vuelven reciclados; para que la oferta sea más efectiva se forman bloques de oferentes de candidatos que se fusionan o forman agrupaciones políticas para mejor competir en el mercado electoral, del mismo modo como se fusionan grandes consorcios financieros o empresas retails, para optimizar sus ganancias en el campo de los compradores. En política ello permite ir cerrando el mercado en torno de las alianzas políticas más poderosas, aquí las minorías desaparecen, o apenas si sobreviven, sin espacios para nuevos partidos y candidatos que difícilmente podrían competir en el mercado controlado por alianzas oligopólicas, pero unidas por una misma idea: defender el mercado, la globalización, las privatizaciones, la reducción del Estado, o la transnacionalización de la economía y de la sociedad.

Resulta contradictorio observar que mientras buena parte de los pobres están fuera del mercado de bienes y servicios de calidad, y se incorporan a los canales marginales de intercambio, lejos del mercado financiero y de consumo de las clases adineradas, son cooptados sin embargo por el mercado electoral y transformados en masa de maniobra de una democracia que usa a las mayorías para privilegiar a las minorías. Los pobres votan en un sistema organizado para privilegiar a las minorías, minorías que conducen el modelo, el cual crea y recrea a diario mayores problemas a as clases humildes, así resulta la paradoja que los pobres, pese a quedar fuera del mercado de bienes y servicios de calidad, son atrapados por el mercado electoral para que voten contra ellos mismos.

SUFRAGAR ES VOTAR CONTRA UNO MISMO

Una espesa literatura rodea al voto asignándole un rol clave a la libertad del elector para elegir, ser elegido, decidir sobre los destinos del país, formar opinión nacional y constituirse en ciudadano responsable que cumple sus deberes cívicos. Como veremos enseguida en la democracia capitalista neoliberal basada en el mercado e incapacitada para provocar verdaderos cambios, esas ideas no son más que palabrería hueca para ocultar algo más importante.

El voto es indudablemente una manifestación expresa de la voluntad, es una especie de mandato público que las personas entregan a los candidatos, sea para Presidente de la República, parlamentario, concejal o Alcalde. Las personas al votar transfieren todo el poder que tienen sobre su país, transfieren el ejercicio de la soberanía (como dice la Constitución), y lo transfieren a los representantes que salen elegidos, quienes reciben el derecho de manejar los recursos y el destino del país. Después de las elecciones las personas se quedan allá abajo observando como administran al país, unos legislando desde el Congreso, otros mandando desde el ejecutivo.

El voto encierra todos los derechos y privilegios de la “cosa pública”. El derecho a legislar pertenece, en principio, al pueblo de Chile, pero éste lo transfiere a los parlamentarios. Como no hay canales y formas para que el pueblo ejerza este derecho, la opción adoptada es que transfiere periódicamente a los parlamentarios el ejercicio de esta facultad soberana, para que esto la manejen en función de los intereses de la Nación. El derecho de administrar el país también pertenece al pueblo chileno, pero es transferido al Presidente de la República que se transforma en el Ejecutivo del aparato estatal y nombra hacia abajo cientos de colaboradores (ministros, subsecretarios, directores, intendentes, embajadores, etc.). El Poder Judicial nace indirectamente del voto, se financia con el dinero del pueblo chileno, todas las leyes y reglamentos que rigen la vida social y económica del país dependen del Ejecutivo y el Legislativo, estos poderes, desde luego, si quisieran pueden modificar toda la estructura del Poder Judicial.

En la democracia todo el poder del Estado nace del voto. Sin el voto el Estado es un conjunto de oficinas, escritorios, archivos, leyes y personal de planta, todos quietos con vida latente, esperando reanimarse con las nuevas fuerzas que lo ocupan periódicamente. Así tenemos que mediante el voto los electores transfieren la soberanía para legislar, el mando para administrar el país, manejar los recursos de la Nación, renovar el Poder Judicial, formular el proyecto de país, es decir, reciben el poder para manejar los poderes públicos de acuerdo a la Constitución y las leyes, pero sobre todo para hacer un buen gobierno.

EL VOTO: UN SACRILEGIO DE CRUCIFIXIÓN Y SEPULTURA

El voto no importa cuántos sean, tiene la capacidad de renovar el poder. Por tal motivo, una gran solemnidad rodea a este acto que se inicia cuando el ciudadano llega al recinto donde va a transferir el poder. “El elector entrará a la cámara secreta y no podrá permanecer en ella más de un minuto” /Art. 64 de la Ley Constitucional, N° 18.700). Durante el brevísimo tiempo que dura ese sencillo acto de marcar una preferencia al interior de ese pequeño e improvisado templo, la gente tiene una importancia decisiva, en sus manos está todavía el poder, la soberanía, tiene sólo un minuto para crucificar su voluntad marcando su preferencia mediante una cruz, para luego depositar su voto en la urna, por ello que sin escrúpulos al final del Art. 24 la ley señalada dice: “el elector puede marcar su preferencia completando una cruz con una raya vertical”. De manera que en la urna no nace un derecho, al transferirlo, al desprenderse de él, muere por un periodo de tiempo el derecho fundamental del pueblo para dirigir su país.

Se llama urna, porque allí se sepulta un derecho que previamente fue crucificado, se renuncia a la participación y se entrega a minorías el derecho soberano de las mayorías.

¿QUIÉN PAGA LOS PLATOS ROTOS?

¿Qué sucede si los que recibieron ese enorme poder, ese mandato, fallan y devuelven a los electores, contaminación, desempleo, inseguridad, impunidad, corrupción, burocracia, crisis, bajos ingresos, pobreza, es decir, más problemas?, ¿A quién se reclama del engaño y daño sufrido? ¿Quién responde por este gigantesco fraude cometido al pueblo que en vez de solucionar sus problemas, los mantiene o agregan mayores y nuevos sufrimientos a sus vidas?

Curiosamente, los que causan daño a la gente y a los recursos del país, quedan inmune. Tienen sanciones en caso de cometer delitos en el desempeño de sus funciones públicas, pero, en el caso que agraven los problemas o no los solucionen, no es ni siquiera considerado una falta, por tanto, hay una cláusula sobreentendida de irresponsabilidad. Sin cometer ni un delito o falta, los representantes pueden llevar al país a situaciones cada vez más difíciles y perjudiciales para el pueblo y el medio ambiente, y nadie tiene responsabilidad por ello. Sólo los que han cometido la atrocidad de querer cambiar esta sociedad por una más justa, pagan su osadía hasta con la vida, a los políticos y funcionarios actuales, no les pasa nada.

Es importante tener claro que una cosa son los delitos que cometen en sus funciones, lo que está regulado por las leyes, y otra cosa muy distinta son las promesas que se olvidan, las inversiones y programas que impulsan y fracasan, o que no producen el impacto esperado, las inversiones mal hechas, innecesarias, que representan cantidades siderales de recursos en los diversos ministerios del país, y nadie responde por ello, esas enormes cantidades de dinero se pierden, son fondos públicos tirados a la basura y no hay leyes ni jueces, ni procedimientos efectivos para castigar a los culpables. El funcionario público de cualquier nivel que a sabiendas calla, es considerado discreto y de confianza, ello, los agrupa, los une, en una especie de complicidad y autoprotección. Por lo general la Contraloría vigila los centavos mientras que por sus narices pasan los millones mal invertidos; su fiscalización se remite más a lo formal, pero no a los contenidos que explican los desatinos, cuantiosas pérdidas y falencias. Pero el problema más grave es que las posibilidades de cambio en el marco de la democracia están en gran medida trabados: si los representantes no solucionan los problemas del país y éstos se transfieren de gobierno a gobierno, quiere decir que hay una responsabilidad compartida en todo el espectro político que operan como elenco de fuerzas cómplices para la perduración de los problemas que afectan a los recursos y al pueblo chileno.

El voto es un extraño mandato público que permite manejar los recursos ajenos sin que se rinda cuenta a los mandantes de la gestión, ni éstos tienen medios para exigir, ni los representantes tienen la obligación de informar, es decir, pese al enorme poder que reciben , no están obligados a rendir cuentas, sencillamente el ciudadano le entrega un cheque en blanco para que lo llenen y gasten impulsando políticas que nadie responde por su éxito o fracaso y definiéndolas sin consultar a los mandantes. Las cuentas que rinden los gobiernos de su gestión son ante los propios representantes y otros invitados especiales, son monólogos formales y almidonados en recintos cerrados del poder delegado; el pueblo está ausente porque transfirió también su derecho para aprobar las cuentas; cuando la gente tiene la audacia de llegar a los pequeños recintos en las galerías del Congreso a observar como los parlamentarios y funcionarios escuchan y se felicitan, están férreamente custodiados, amenazados de guardar silencio ante los poderes reunidos, y si osan interrumpir, son expulsados de inmediato del palacio de sus representantes.

Veámoslo de otra perspectiva: con el voto de los ciudadanos se renueva la estructura institucional del país, se llenan los cargos con seres concretos, que empiezan a mandar y dirigir los destinos de todos los votantes y los no votantes, de 16 millones de personas, ellos definen las políticas de Estado, conducen al país sin consulta alguna a sus mandantes, y cuando terminan el periodo, y la gente recibe los golpes directos de esa administración, no hay ninguna posibilidad de castigar a los culpables por la contaminación, por la destrucción de los recursos naturales, por el desempleo y empleos precarios, por los bajos ingresos, por la burocracia, por los abusos de poder, por la mala salud, la pésima educación, vivienda insuficiente y deficiente, por las gigantescas inversiones mal hechas (Transantiago, Ferrocarriles del Estado, etc.), o sencillamente porque no cumplieron sus promesas. Como ello no es delito, ni falta, termina su periodo y se van felices a sus casas, o se enganchan de nuevo para repetirse el plato, en la otra fiesta electoral, que los poderes fácticos hacen sentir a través de los medios de comunicación a todo el mundo que ahora si viene un gobierno que hará cambios a favor del pueblo.

Una doble simulación sirve de sostén a esta democracia neoliberal: el voto es un acto más de enajenación que de participación, y los representantes que de allí surgen están imposibilitados de impulsar cambios. Todos lo sabemos o lo presentimos, pero todos jugamos el juego. Esa mañana de Domingo, mucha gente se siente orgullosamente demócrata, y como en las carreras de galgos o caballos, esperan por quien apostó, gane. Rara vez nos damos cuenta que cuando ganamos, estamos perdiendo, y cuando perdemos, perdemos dos veces. Los ganadores escalan por el muro del poder, y allá arriba quedan atrapados por una poderosa argolla metálica de parlamentarios denominados por minorías. Presidentes de la República prisioneros del modelo y del Poder Judicial, y del Poder Imperial.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: