Para una consciencia sacrílega

Por: Georges Henein*
Fuente: http://www.sindominio.net

¿Sois realistas? ¿Estáis dispuestos a serlo? En tal caso, alguien se cuidará de vosotros. El porvenir se dignará sonreiros. Hagáis lo que hagáis y de la forma que lo hagáis, siempre os quedará una cara de recambio, una puerta todavía practicable, unas palabras sutiles o heroicas para sobrenadar en caso de naufragio, unas serias posibilidades -¡si vuestros engaños están a la altura de vuestras ambiciones!- de acceder un día a una de las tres cajas del destino: gloria, tener y poder. O a las tres juntas si sois lo suficientemente hábiles como para parecer que no concedéis importancia a ninguno de estos tres temibles instrumentos de dominio. Así hacen, en efecto, algunos grandes ascetas de nuestro tiempo que, sin embargo, cuando están seguros de haber convencido a todo el mundo de su alta integridad moral, no resisten a la envidia de hacerse bordar una pequeña guarnición aquí, una gran floritura allá. Remarcad que, incluso pillado en flagrante delito de adorno de mal gusto, un realista del ascetismo dará de su acto mil plausibles justificaciones, plausibles en la medida en que éstas se sitúan precisamente en uno de los planos más particulares: el de la unidad inmediata, el del interés táctico. La fuerza, la inmensa fuerza de los realistas procede de que ignoran el flagrante delito. ¿Qué influencia podrá nunca tenerse sobre gente que está de tal manera hundida en lo que ellos llaman lo real que ninguna evidencia es suficiente para confundirla…?

Si por el contrario no queréis someteros a la triple tentación que la gloria, el tener y el poder ejercen en aras del realismo político, disponeros a pasar por unos infatigables elucubradores metafísicos. Se considerará que estáis al margen de la vida, sin conocimiento de las alegrías y de los sufrimientos de los hombres, condenados al estéril terreno de la ideología. En un mundo habituado, en adelante, a traficar con igual ardor con los valores del espíritu que con los productos manufacturados, un matiz de creciente desprecio se adhiere al mismo término de ideología. Inmediatamente, henos aquí a la defensiva. Deberéis empezar por probar que no carecéis ni de corazón ni de entrañas, a gente que tiene por oficio organizar las emociones de otros. Y superada la prueba, continuaréis siendo tan sospechosos como antes, ya que no bailáis al son de sus charangas. Desde que la civilización del chantage y de la falsificación se perfecciona, cualquier ideología digna de este nombre se presenta como un insoportable desafío a la disposición de ánimo, de unos, a la capacidad de andar por la cuerda floja, de otros. Es instructivo ver, a este respecto, a aquellos que han salido de una ortodoxia que, en sus inicios, hacían gran ostentación de un rigor más policial que intelectual, fraternizar hoy con los amantes de expedientes y con los profesionales de la improvisación política, con un odio común a cualquier actividad crítica del espíritu, para no hablar siquiera de fidelidad a algo tan vano como los principios.

De la más implacable ortodoxia a las manipulaciones políticas menos escrupulosas, el camino se ha comprobado rápido de franquear. Pero si la ortodoxia ha podido conducir, en la lucha cotidiana, a prácticas tan aberrantes, ¿no es porque substituyendo la cultura de las ideas por su culto puro y simple, es decir, substituyendo por un rito más o menos intangible los caminos normales de la razón, algunas conciencias partidistas han aprendido a despegarse primero de cualquier conflicto de interpretación, a continuación de cualquier cuestión prejuicial en cuanto a la elección de la acción a llevar a término, de la actitud a tomar? Un defensor de este tipo de ortodoxias, tan prontas a descender al arroyo, resumía, para mí, en unos términos sorprendentes que me doy prisa en transcribir aquí, la regla de oro de su comportamiento: «precisamente, me decía, es porque tenemos unos principios fuertemente establecidos que podemos permitirnos cualquier cosa». Que se tenga en cuenta. Esto no es una humorada que pueda suprimirse con un movimiento de espaldas. Es la neta y sincera expresión de un estado de ánimo muy general que consiste en transformar unos valores vivientes en valores emblemáticos, en consagrarle devociones rituales, y en tenerlos por inmaculables por los compromisos «realistas» del momento, por encima de los cuales planean a gran altura.

¡Singular empresa aquella que se ceba en salvar el ideal dándole alas de barro! Todo aquel que quiera adherirse a esta concepción de la vida política debe, él mismo, procurarse dos conciencias distintas y no comunicantes, la una, encargada de mantener en su pretendida pureza los principios permanentes y la visión del objetivo final, la otra, extendiendo su control a las menudas fornicaciones del día a día. Que, por colmo, esta constante disociación, este perpetuo divorcio entre las actividades inmediatas y el mundo de los principios soberanos, pueda pasar por la última expresión del espíritu de síntesis, he aquí lo que permite medir las posibilidades de mistificación de las cuales la inteligencia es a la vez cómplice y víctima.

Desprecio -primero sabiamente sugerido, después espontáneo y casi unánime- de cualquier ideología preocupada por buscar otra cosa que ocasiones de negarse o de alienarse, sumisión de cualquier pensamiento a la primera realidad llegada, reducción arbitraria a un mismo contenido, de nociones tan poco superpuestas las unas a las otras como dogmatismo e ideología, ortodoxia y demagogia, tales son los signos de la horrible confusión que, sin cesar, se agrava y se complica, cogiendo a los hombres por la cabeza para convencerles mejor de entregarse, ellos mismos, con gusto, sonrientes, como verdaderos ciudadanos que son, a una cualquiera de las tiranías de moda.

Es a fuerza de tirar de las palabras, de abusar de la elasticidad del lenguaje que se ha podido llegar al actual estadio de relajamiento donde una cosa, un hombre, una idea llegan a ser, al mismo tiempo o sucesivamente, ellos mismos y sus contrarios. Se ha repetido, a menudo, el dicho de este lugarteniente de Hitler que, cuando oía hablar de cultura o de inteligencia blandía su revolver. ¡Ay! ¿porqué será preciso que las otras palabras que interesan al vocabulario político y social de los hombres no se beneficien, de ningún modo, de unas significaciones tan resueltas? Ya que hasta la palabra «paz», habiendo dejado de ser desde hace tiempo tranquilizadora, lleva consigo no se sabe qué secretos terrores, no se sabe qué tufillo de catástrofe. Esperando que se constituya, según el consejo de Denis de Rougemon, un «ministerio del sentido de las palabras», es importante dar de nuevo una substancia clara y precisa a los términos más corrompidos, los más envilecidos por un uso ciego.

Una ideología no es un catecismo. Es un nudo de ideas directrices, excitantes, que orientan el espíritu y que, sobre todo, lo incitan a pensar, a tomar -desarrollando fructuosamente estos elementos de partida- consciencia de su libertad. Una ideología embarga el pensamiento de un cierto mensaje, pero, lejos de embridar el movimiento natural, no compromete ni un solo instante su preciosa autonomía. Cualquier mensaje complementario es bien recibido. Cualquier contribución original del pensamiento embargado asegura el rebote necesario y contínuo del mensaje ideológico. Una idea debe ser pensada por todos, no por uno. Es aquí donde la lucha contra las ideas recibidas -contra el registro dócil de fórmulas preestablecidas por millones de sujetos domesticados- debe elevarse a su punto culminante. Es aquí donde al escamoteo del libre arbitrio individual por las mil astucias de la sugestión o las mil amenazas de la violencia de Estado, debe oponerse la participación consciente de cada uno al desarrollo de los valores ideológicos. Si deploramos la forma de abandono y de deterioro en que han caído las ideologías del siglo, es porque vemos en ello un grave paso atrás de la libertad bajo su forma más alta, más creadora. Una sociedad que no pondría en presencia más que proveedores de ideas -en número limitado y en servicio controlado- y consumidores de ideas en estado de pasividad casi hipnótica-, una sociedad en que los intercambios intelectuales se reducirían a preparaciones de laboratorio de una parte y de la otra a manifestaciones rituales de adhesión y de entusiasmo plebiscitario, una sociedad así no sería, bajo una apariencia de mayor clemencia, ni más ni menos monstruosa que la organización hitleriana de la servidumbre.

Contrariamente a las doctrinas cuyo objetivo es cristalizar -y por tanto estabilizar- la opinión entorno a su enseñanza, ella misma endurecida y osificada, cualquier ideología se dobla de una llamada implícita a su propio rebasamiento. No hay a este respecto mejor preparación para el espíritu que el que consiste en hender las convicciones límites, en hacer retroceder sin descanso su propio campo visual. Durante cientos y cientos de años, el espíritu ha probado la siniestra necesidad de escudarse detrás de series sin fin de líneas fortificadas que cada una ha constituido en su tiempo la línea de la mayor ignorancia. La humanidad ha vivido hasta el presente casi únicamente bajo el imperio de creencias irracionales, es decir, de rodillas. Y cada vez que una conquista de la razón acaecía para otorgar al hombre una parte creciente de libertad, las fuerzas regresivas, abandonadas durante un instante, no tardaban en ganar de nuevo el terreno perdido, en canalizar los ímpetus liberadores, en levantar nuevos altares o en modernizar los antiguos ídolos, en una palabra en encerrar las adquisiciones del genio humano en un sistema de disciplina ritual donde ellas no hacen más que sancionar con su prestigio el retorno incesante de la opresión. Así se desarrolla, entre el hombre y la libertad, un verdadero suplicio de Tántalo, la libertad desapareciendo en el mismo momento en que todo concurría a su triunfo y cediendo el lugar a cualquier edificio tiránico en cuyo frontispicio su nombre brillará, sin embargo, como una falsa etiqueta sobre un artículo de contrabando.

La lucha anti-ideológica no tiende sino a desarmar la inteligencia, a despojarla de su función interrogativa, a habituarla al respeto de las verdades jerárquicamente establecidas y valederas hasta nuevo orden. Con el pretexto de acabar con las especulaciones abstractas, caminamos hacia dogmas elementales, hacia espantosos catecismos donde las palabras más exaltantes se declinarán a golpes de garrote.

El ideal de los realistas consistiría en erigir la inteligencia en una especie de Diario oficial ¿Se discute acaso el Diario oficial? Allí nos enteramos de los decretos de cada día. Entre tanto, en la calle y en las plazas públicas, unas atracciones bien escogidas mantendrían la favorable excitación de las masas ¿Quién negará que los desfiles de la plaza Roja fueron en gran medida favorables a la solidez del régimen estalinista? De esta manera el corazón y el espíritu son servidos por los realistas a pastos iguales… El día en que los hombres desertarán de los desfiles y de los mausoleos, los realistas les reprocharán, sin duda, haber perdido su corazón, mientras que no habrán hecho más que reservar sus latidos para un mejor uso.

El realismo político se funda sobre dos fórmulas que sólo en apariencia se completan. «Todos los medios son buenos», nos dicen los realistas. Y añaden punto y seguido: «Es preciso saber adaptarse a las circunstancias». La antinomia que vuelve estas dos máximas inasociables no podría retener mucho tiempo la atención de los realistas. Para estos, en efecto, no hay antinomias definitivas, como no hay antagonismos irreductibles. Sólo les importa desarrollar, a partir de ciertos aforismos primarios, una filosofía del camuflaje destinada a procurarles la libertad de maniobra más confortable. En rigor se concibe que dicen: «Todos los medios son buenos para adaptar las circunstancias.» Pero adaptar las circunstancias, en lugar simplemente de adaptarse a ellas, implica una voluntad de cambio real, de presionar sobre el obstáculo y no dejarse modelar por él.

Los realistas temen lo desconocido. Su rol no consiste en cambiar lo real sino en manejarlo. Ya que ¿dónde estarían más a gusto que en una realidad cordial y familiar que les recompensase en éxitos de cualquier tipo, la estabilidad que la realidad les debe? Finalmente puede no ser más fácil distinguir quién de lo real o del realista, ha domesticado al otro. Pero si algún cambio radical se impone, entonces todo vuelve a estar perfectamente claro. Es entonces cuando «todos los medios son buenos» para aplazar este cambio, para demostrar su inutilidad, y, en último análisis, para aplastar a sus partidarios. Confiar a un realista el cuidado de cambiar las cosas, es como encargar a un mozo de circo desbrozar la jungla.

No, no todos los medios son buenos. Hay ciertos medios, precisamente los más buscados por los realistas, que no son buenos más que para torcer el normal engranaje de los acontecimientos y para introducir en los planes de acción que se habían trazado, una desviación tal que generalmente es suficiente para hacer fracasar las fuerzas de enderezamiento que han acudido, en vano, a la encrucijada. Como las llagas que desafían la cicatrización, los cortes abiertos por las «desviaciones realistas» llegarán a ser, a partir de un punto dado, muy difíciles de cerrar. Tanto más cuanto que el realismo consiste en instalarse en la desviación y en considerarla no como un estado intermedio, sino como un estado final, una situación en sí. Una situación que los no-realistas tendrán que decidirse a resolver, a la manera algo brutal como los jacobinos de 1893 cortaban cabezas.

Cuando los políticos que no han vivido más que de expedientes hablan de dar libre curso a la voluntad popular, estemos seguros que este recurrir al pueblo no es sino un expediente más de su juego. Por otra parte, por regla general, estos políticos no llaman al pueblo más que cuando se ven amenazados de ser desalojados por una banda rival, más hábil y más rica en expedientes. A menudo se ha planteado la cuestión de saber si las masas tenían algún interés en responder a la llamadas ocasionales y utilitarias de este género. Ya que se encuentran, en las filas de los trabajadores, casi tantos profesores del realismo como en el campo adverso. Hace gracia ver a estos Maquiavelos con gorrita poner delicadamente a punto las alianzas más escabrosas, las reconciliaciones más lastimosas, los injertos políticos menos recomendables. De 1935 a 1939 estas aproximaciones contra natura del pueblo y de los salones, de la fábrica y de la sacristía, han contribuido sobradamente a desmoralizar a aquellos elementos que han continuado sanos y agresivos en una Europa aún no ocupada pero ya madura para la ocupación. En esta carrera hacia el adulterio político se empieza por engañar el ideal con el vecino de enfrente, y se acaba por compartir no importa qué cama con no importa qué pareja.

El pueblo tiene en sí mismo sus propios recursos, sus propios hombres, sus propios instrumentos de lucha, su propia concepción del poder. No tiene porque alquilar a profesionales ya usados al servicio de otro, para llevar a cabo su propia tarea. Tampoco tiene porque prestar sus energías y su bandera a empresas de repesca de políticos y de partidos igualmente tarados por la práctica ilimitada de la intriga los primeros y por la práctica ilimitada del compromiso los segundos.

Cuando las masas son invitadas a la acción por personajes o agrupaciones que deben su supervivencia a la inacción de la masas, éstas tienen toda la razón para inquietarse. Ya que no puede tratarse más que de una cierta acción canalizada en un cierto sentido. Hasta hoy, los políticos han logrado, demasiadas veces, canalizar a las masas; jamás las masas han logrado canalizar a los políticos. Aquellos que incitan a las masas a ponerse a remolque de tal o cual gran personaje -»el único jefe posible»- o de tal o cual partido presto a degenerar en Partido único, libres, tanto el uno como el otro, para disponer a su antojo de los deseos populares, aquellos que pretenden que a fuerza de devoción le sea permitido, a pesar de todo, al pueblo influir sobre las decisiones del Jefe o del Partido, todos estos son en verdad extraños consejeros, de cuya boca sólo puede aprenderse el arte de falsificar la historia.

No se trata sin embargo, por el temor de ver el ímpetu popular captado y puesto al servicio de los agentes de la reacción, de caer en el impás del abstencionismo. Las masas guardan un papel enorme, un papel supremo a jugar. Pero un papel autónomo. Cada vez que es necesario alagarlas desde lo alto de una tribuna, se les habla de su peso en la balanza de las fuerzas políticas. Este peso es real. Lo esencial es saber quién lo desplaza.

La acción autónoma de las masas -con lo que le hace falta de romanticismo para reestablecer la unidad moral de los fines y los medios, rota por los políticos realistas-, esta acción autónoma ha de poder derribar el monstruoso montón de expedientes y de artificios bajo el cual, a la larga, arriesgamos ser estúpidamente sepultados.

Se dice que el poder usa. Esto es verdadero hasta un cierto punto. Pero el miedo del poder usa todavía más. Este miedo del poder, de un poder que no deben precisamente más que a la acción autónoma de las masas, ha destruido durante años a los más eminentes representantes de la Izquierda europea y los ha llevado poco a poco al campo de los realistas y de los tramposos. ¡Cuántas ocasiones irreemplazables no se han perdido simplemente porque estos desgraciados llenos de pánico agitaban ante las masas su diagnóstico favorito: «La situación no está madura»! ¡Lo que significaba nueve veces sobre diez que era preciso dejarla madurar para el enemigo!

Uno no se cura fácilmente del miedo. Uno se cura de los que lo propagan. Los valerosos dialécticos para quienes «las situaciones no están maduras» deben ser puestos fuera de cualquier inquietud. Es decir que sus mandatarios deben, con todos los manejos posibles y antes que no maduren unas nuevas situaciones, descargarles de sus responsabilidades.

Entre los jefes de los partidos populares y los de los partidos reaccionarios, no existe más que una ligera demarcación que procede de que sus temores respectivos no tienen el mismo objetivo. A derecha, se temen los principios por sí mismos. A izquierda, se teme su puesta en acción.

Miedo del poder, miedo de las situaciones demasiado maduras y de los medios demasiado rectos, miedo de declararse, miedo de rechazar -los desastres de estos veinte últimos años están hechos de la acumulación de todas estas pequeñeces. Y ahora es preciso salir de la noche, y esto es lo más difícil. De la misma manera que los ojos se habitúan a la oscuridad, el espíritu se habitúa a la ignorancia, la razón se habitúa al progreso del fetichismo, el hombre libre se habitúa a las sujeciones que sus amos le forjan bajo el gracioso nombre de «disciplina consensuada».

Es preciso salir de la noche y no es ni la elocuencia de los tribunos, ni el heroísmo de los mártires, lo que puede ayudarnos. Es reaccionando contra la pretensión de los grandes Partidos a una autoridad dogmática absoluta, es volviendo a poner a la medida del hombre estos organismos hipertrofiados librados sin control a un puñado de secretarios «realistas», es haciendo del ejercicio individual de la facultades críticas, no una acusación de absurdos procesos de sabotaje o de traición, sino la condición necesaria de una plena lucidez social todavía no alcanzada, es en este sentido y a este precio que podrá bosquejarse una primera liberación.

Ni la elocuencia de los tribunos, ni el heroísmo de los mártires. La libre y sacrílega consciencia de los hombres sin más necesidad de intercesores ante el destino.
El Cairo, finales de julio de 1944
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Georges Henein (1914 – 1973)

Egipcio de origen copto, nace en El Cairo en 1914. Estudiante en París, se adhiere al surrealismo en 1934. De vuelta a su ciudad natal, anima en 1937 el grupo «Art et liberté», en la línea internacionalista de Breton y Trotsky. Acabada la guerra europea continúa con los cuadernos «La part du sable» donde edita, con su compañera Ikbal El Alaily y el pintor Ramsès Younane, textos de René Char, Michaux,… y de ellos mismos. En 1947, asegura, con «Cause» la correspondencia entre más de veinte grupos surrealistas en distintas naciones: Inglaterra, Brasil, Canadá, Chile, Dinamarca, Egipto, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Hungría, Irak, Japón, México, Portugal, Rumania, Suecia, Checoslovaquia, Turquía,…, continuando con la vocación internacionalista de la FIARI (Fédératione Internationnale de l’Art Révolutionnaire Indépendant). Instalado de nuevo en París ejerce de periodista dedicado al tercer mundo. Preso de una enfermedad incurable, muere en París el año 1973.

Para saber más sobre Georges Henein y su obra:
– Éléments d’une petite encyclopedie politique. Petite Bibliothèque en mal d’aurore. París, 1998.
– Georges Henein. Seghers, 1981.
– Édouard Jager. Diccionaire général du surrealisme et de ses environs.

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