Por: Jorge F. Hernández
Fuente: http://www.revistaespiral.org , Vol. 3 (05.12.08)
Un fantasma recorre al Quijote de Cervantes. En realidad, son muchos espectros y espejismos los que pueblan sus páginas, pero estos párrafos se refieren al fantasma de los amores contrariados, las ilusiones vanas, la confusa definición de la infatuación y el amargo sabor de la desolación gratuita. No podría afirmar que la historia de Marcela y Grisóstomo, inserta como novela dentro de la novela, es mi pasaje favorito del inmenso libro de Cervantes, pero sí me atrevo a conjeturar que narra la andanza y desgracia más común entre los enamorados de verdad. Hablo de los que se enamoran como quien se va de cabeza y se cae de bruces, entregado en cuerpo y alma a una ilusión sin comprobación alguna, alucinado por la ensoñación y no necesariamente alentado ni por un asomo de guiño ni guiado por la estructura pensada de un guión predeterminado. Hablo de quien se enamora sin importar ser correspondido. Hasta aquí, el papel de Grisóstomo.
Marcela, por otro lado, es la mujer más bella del mundo. Como todas las mujeres que llegan a ser o sentirse la más bella del mundo, Marcela gira en una galaxia propia que le es ajena al mundo. No tiene por qué sentir ni asumir que su belleza inconmensurable ostente u obligue a responsabilidad alguna: si cualquier hombre se hipnotiza ante su paso, es problema exclusivo de su deseo masculino, de su ilusión espontánea, mas no de la cabellera ni del vaivén que le son naturales a la belleza al andar distraídamente por cualquier escenario. De hecho, Marcela se ha apartado del mundo, encarnándose en pastora de los campos perdidos como una belleza anónima, que no tiene por qué ser vista ni admirada. Ella se ha declarado una flor de esplendor total, de las que no serán jamás cultivadas por la mano del hombre ni cantadas en sus versos.
En abono a la memoria de los que han leído el Quijote y como tentación para aquellos que tienen aún pendiente cumplir con ese placer, quizá sea conveniente intentar un imposible o ejercer un atrevimiento fácil: condensar aquí la historia que entrelazó a Marcela con la desgracia de Grisóstomo, saber cómo y hasta dónde se entera de todo ello el Caballero de la Triste Figura y, por ende, apuntar los posibles lazos que nos identifican con los personajes. No sobra subrayar que aquí, como en muchos otros párrafos, Cervantes pinta un pequeño mural universal, un pasaje de emociones que bien puede ser evocado o emulado por mujeres bellas y hombres enamorados de cualquier época o latitud.
Desde las primeras líneas del capítulo xii de la Primera Parte del Quijote el lector es enterado, casi en las mismas circunstancias inesperadas en las que se encuentra el caballero de la Mancha , de que “murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que anda en hábito de pastora por esos andurriales”. El de la voz es un mozo que lleva bastimento desde la aldea más cercana hasta la fogata improvisada por unos hospitalarios cabreros que han tenido a bien recibir y alimentar a Don Quijote y su escudero fiel, Sancho Panza. Éste se ha quedado dormido, luego de unas coplas que se han cantado justo antes de la llegada del mozo, y no se enterará de la trama hasta el amanecer. El mozo completa la información de la desgracia añadiendo que Grisóstomo será enterrado al día siguiente al pie de una peña donde está la Fuente del Alcornoque y que será cosa de obligada vista. Los cabreros, todos a uno, suscriben que irán al entierro, mas Don Quijote ¾ loco, loco, pero no tonto ¾ se preocupa por obtener más datos y saber más de la historia.
Un tal Pedro, que se ha ofrecido entre los cabreros a quedarse sin asistir al funeral por cuidar las cabras de los demás, se vuelve narrador y le expande la historia al inquieto don Quijote. Le dice que Grisóstomo era un hijodalgo rico, estudiante en Salamanca, que había “vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído” (peor para el que escribe, pues se percibe que el enamorado irracional es común que deambule por el mundo bajo la apariencia de la cordura). Dice Pedro que el difunto enamorado era experto en la ciencia de las estrellas y de todo lo que pasa allá en cielo entre la luna y sol, como quien dice que todo enamorado compulsivo levita en una galaxia ajena a la de los hombres que sólo contemplan el surco en la Tierra de sus respectivos tedios y rutinas. Le explica a don Quijote que Grisóstomo, habiendo heredado una hacienda de digna consideración, amaneció un buen día vestido de pastor, “con su callado y pellico” y que, junto con su amigo Ambrosio, se lanzaron a la vida en los campos para espanto e intriga de los lugareños. Luego se supo que el disfraz y el supuesto cambio de vida se debió por andar tras los pasos de Marcela, la mujer más bella del mundo.
De ella nos cuenta Pedro (a don Quijote y al lector de cualquier madrugada) que era hija de un hombre rico llamado Guillermo, que su madre murió al parirla (como si al traer al mundo una belleza incuestionable la mujer cometiese un pleonasmo digno de castigo divino). Guillermo murió de tristeza (mas no necesariamente de amor) al quedar viudo y Marcela se crió a la sombra de un tío suyo sacerdote. “Cuando llegó a edad de catorce o quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella”, dice Pedro y añade, en resumen, que no queriendo casarse con ningún hidalgo que lograse convencerla de que no la deseara por su herencia, ella también amaneció un día ya convertida en pastora y se dio a los campos, a guardar su propio ganado, aparentemente apartándose de ser vista, aunque consta entre todos los cabreros y, para tal caso, todos los hombres del mundo que las mujeres bellas no se ocultan jamás, aunque se vuelvan inalcanzables. Con ésas deciden dormir y esperar al alba que los llevará al entierro de Grisóstomo.
Al asomarse el día por los balcones del oriente, escribe Cervantes, cinco de los seis cabreros levantan a don Quijote, enteran a Sancho y se lanzan en el camino hacia las honras del enamorado enloquecido, llamado en vida Grisóstomo, aunque no es difícil imaginar que en la mente de don Quijote, con o sin razón, o por la sinrazón de su razón, se asoman ya los visos que le recuerdan su alucinado amor por Dulcinea del Toboso, sabiéndose o no que su verdadero nombre sea Aldonza Lorenzo y sin importarle ser correspondido o por lo menos imaginado por ella. Tampoco es difícil afirmar que más de un lector, llegado a este amanecer, recuerde con saudade sus propios amores perdidos, la efusión por su propia mujer más hermosa del mundo, perdida entre las páginas de otro libro.
Se unen no pocos cabreros y pastores en el camino al cortejo que rodea al bizarro caballero andante, anacrónico en su armadura y delirante en sus parlamentos. Don Quijote va largando en voz alta los pormenores y exigencias de la atrevida profesión de la caballería andante, lo suficiente como para que los pastores acaben por enterarse “que era Don Quijote falto de juicio”. Asignados los papeles de la cordura en los pastores, y en el silencio de Sancho, mientras la locura supuestamente habla por boca de don Quijote, Cervantes introduce un giro genial en la narración y revela que el Caballero de la Triste Figura declara: “Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo sepa que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha ; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos que los poetas dan a sus damas; que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas; sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas”.
Cualquiera entiende que el párrafo anterior no es sólo detallado homenaje de una ilusión hecha mujer (además, considerando las pocas o contadas veces en que Alonso Quijano, el Bueno, pudo haber visto a la moza del Toboso antes de perder los sesos entre las páginas de sus muchas lecturas). Persisten en el mundo los hombres que afirmarían que tal parrafada dicha en boca del Quijote es en realidad el verdadero manifiesto feminista, como si su antonomasia nos obligase a la adoración con todas las metáforas posibles, la adulación sincera, el embeleso incluso a la distancia. Pero Cervantes ¾ ¡¡hace más de cuatro siglos!! ¾ se encargará de desengañar nuestro machismo natural y escribirá el verdadero Manifiesto Feminista en boca de Marcela. Sucede que llegados al entierro de Grisóstomo, cabreros del mundo uníos , todos reunidos con todo y Quijote, darán lectura a la Canción desesperada , último papel que escribió el desdichado Grisóstomo: versos donde canta su desgraciado amor no correspondido, letrillas donde clama adolorido que “Yo muero, en fin; porque nunca espere/ buen suceso en la muerte ni en la vida,/ pertinaz estaré en mi fantasía”, y en resumen un “no se culpe a nadie de mi deceso, salvo a la cruel e infinitamente bella Marcela” (como quien entiende con la piel erizada que todos podríamos escribir los versos más tristes esta noche, que para mi corazón me basta tu pecho y demás versos intemporales).
En eso, se aparece Marcela, en persona y con todo su esplendor. Viene a defenderse, viene a matar con su hermosura la falsa pretensión de un amor alucinado. En un soberbio parlamento ¾ que no reproduciré ni intentaré resumir ¾ alcanza a proclamar ante el azorado público masculino (que no saben si increparla o tirarse de rodillas ante su belleza) que “así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca”.
Una tarde anónima de 1962, Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes contemplaron absortos el lento caminar de una mujer que con sólo pasar por delante del café donde se acodaban las respectivas inspiraciones de músico y poeta provocó que le cantasen para siempre jamás, que se alterara el curso de los planetas y que el mundo volviera a confirmar el aforismo donde se confunden la feliz tristeza, la desolación sonriente, la calmada angustia y el sosegado tormento del enamorado irracional con la belleza intacta, la voluptuosidad inocente, la luminosa sonrisa inalterada de la mujer que va a su paso, sin importar ni ser responsable de ser vista, sin que ella tenga que escuchar el derrumbamiento de todo lo que altera con el aroma de su vaivén. Ah, ¿por qué es todo tan triste? ¿Cómo decirle que ya la amo? Lo mismo que se pregunta angustiado el prófugo náufrago que descubre de pronto en su isla supuestamente desierta La invención de Morel , la hermosa novela de Adolfo Bioy Casares donde un enamorado desaforado decide volverse holograma en la eternidad para tan sólo filmarse o imaginarse para siempre en la utópica e irrealizable fantasía de sentarse al lado de su amada. Esa novela donde se afirma que todas las cursilerías tienen el completo gobierno del corazón, cuando son humildes. Agreguemos al discurso las muchas anécdotas de ancestros que quedaron prendados por tan sólo mirar al vuelo a la mujer de sus sueños en un balcón de una casa a la que jamás se atreverían a entrar o las veces en que hemos visto, en segundos, el transcurso de toda una vida envuelta en la ilusión que nos suscita una mirada que se aleja en la última ventanilla de un tren o que cante Joan Manuel Serrat el cómo, cuándo y porqué uno puede perderse entre las aguas del azar con la repentina aparición de una belleza que cruza con prisa un paso de cebra en la Gran Vía de Madrid.
Volvamos a las honras fúnebres de Grisóstomo, con exhortación constante a que sea leído y releído el largo parlamento de Marcela, el Manifiesto Feminista que dejará helados y sin palabras a cabreros y pastores del mundo unidos, el fantasma palpable y verídico de una mujer que no tiene la culpa de ser la más bella del mundo y, mucho menos, la causa de un suicidio tan irracional que ni el propio Miguel de Cervantes se atreve a poner por escrito como la vera causa de la muerte de Grisóstomo. En lo que parecería la antesala de un alarde de machismo colectivo, y además una confirmación de la impotencia de don Quijote ante un montón de forzudos cabreros, Cervantes sorprende al lector y al mundo. Lejos de que se lancen a linchar a la bella Marcela, los hombres antes enardecidos escuchan con asombro la exhortación amenazante que les lanza el propio don Quijote de la Mancha , y a voz en cuello: “Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive”. Con lo cual, no sólo se refrenda el verdadero Manifiesto Feminista expuesto por Marcela y rematado así por don Quijote, desfacedor de entuertos y caballero andante, sino que además, se cierra el capítulo catorce de esa parte ya invaluable del libro de Cervantes. Subrayo, para mayor claridad, que el apabullante florilegio que parece salir innato en boca de los hombres ante cualesquiera de las mujeres más bellas del mundo que deambulan impunemente a nuestro lado no es en realidad el verdadero Manifiesto Feminista. Hablo de la ya trasnochada y caduca fidelidad a que las bellezas sólo merecen nuestra pleitesía incondicional y una adulación incuestionable. Al contrario, a fuerza de muchos sinsabores y descalabros, desilusiones y desencantos, cualquier caballero andante termina por asimilar que el verdadero Manifiesto Feminista es el que sustenta con honrada tranquilidad que la belleza no es responsable de la locura que desata, que la hermosura no es invitación abierta para cualquiera, allende la voluntad o entregada al mero deseo. Hablo de la declaración justificada de una integridad, la exposición emocional de una personalidad que merece respeto y distancia, así como puede decidir por sí misma la estrecha cercanía y toda la pasión que cabe en un beso.
En realidad, o en el fondo, pienso que el pasaje aleccionador que pega las hebras entre Marcela y Grisóstomo me remiten inevitablemente a un problema constante de traducción que enreda mi mente. Sucede que en inglés, “ infatuation ” es palabra que sirve para designar al que está locamente enamorado, amartelado, loco de amor, desquiciado por una ilusión emocional que no necesariamente ha sido correspondida o incitada por el objeto de su deseo. En español, por el contrario, la estricta traducción de infatuación se refiere a “volver a alguien fatuo”, según la Real Academia Española, aunque en el uso se abuse de su acepción en el sentido de que la infatuación es condición del engreído y pretencioso, y condena de lo efímero o banal. El Grisóstomo que somos todos es el enloquecido de amor que, a riesgo de volverse fatuo, es capaz incluso de culpar a su utópica amada de sus desgracias. La Marcela que nos espera en la cama o a vuelta de la esquina más imprevista o menos previsible es una, como todas, la misma mujer más hermosa del mundo que poca culpa y nada de responsabilidad tiene ante la locura de nuestra ilusión desatada e irracional.
Federico García Lorca cantó con dolorosa maestría la desolación insalvable de quien ha quedado “herido de amor huido”, pero una cosa es el desahucio terminal que nos invade el alma cuando caduca un amor y otra, muy diferente, el fantasma del amor inventado que duele incluso por no haber siquiera cruzado palabra con la musa que pasa, alta y asoleada, joven y bella, que cada que pasa solamente podemos suspirar, como quien mira hipnotizado la playa de Ipanema o el paisaje de la Mancha. Que una obra de arte nos cimbre todos los sentidos y altere la paz más íntima de nuestra sensibilidad no justifica que exacerbemos nuestro deseo con el afán de robarla de su museo o, peor aún, destruirla en un frenético y esquizofrénico alarde de posesión. Con todo el horror que implica, es rasgo de estupidez y vergüenza de nuestros días la necia duda y el oprobioso trato que se les endilga a las mujeres víctimas de cualquier violación (como si en la mente perversa de los jueces municipales y corruptos, como cabreros en medio del campo, persistiera la noción de que las víctimas tuvieron que haber provocado el desquiciamiento del violador).
De estos y muchos fantasmas escribe Cervantes en su Quijote intemporal, inmortal e incombustible. Yo me quedo, por hoy, entre lo dicho en el Manifiesto Feminista que declara con valentía Marcela en pleno entierro de su loco enamorado de raro nombre, Grisóstomo. Entiendo que ella se deslinde del infierno incomprensible que cegó los días de un suicida, pero entiendo también que el enfermo de amor queda pasmado como ante un eclipse, sin importar si sabe o no la ciencia de las estrellas, ante la sola imagen de una diosa que parece alcanzable aunque en el fondo sea etérea. Entiendo que a pesar de ser muy leído o muy sabio, salido de Salamanca, Grisóstomo decida hacer el tonto, disfrazarse de pastor y salir a dormir bajo las estrellas, pues sobran indicios de que la sana locura de los libros, así como la contemplación constante de la luna y sus horarios, son capaces de reducir al absurdo la más probada inteligencia. Ella, todas, no tiene la culpa de ser bella; él, todos, no somos sin ella, estamos sin poder estar y así vivamos en el desvelo constante de nuestra manifestación más pura de amor y enamoramiento, así también nos enfrentamos muy a nuestro pesar ante la irrebatible majestad del Manifiesto Feminista que honra y enaltece a la verdadera belleza.
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