Utopía concursable

Por: Jorge Varas *
Fuente: http://www.surysur.net

Un asunto de suyo polémico en Chile. Un alto funcionario dijo alguna vez que la mejor política de comunicaciones del Estado era no tener el gobierno ninguna política de comunicaciones. ¿Sucede lo mismo en el espectro cultural?

El asunto no es menor ni se despachará brevemente.

He aquí una aproximación padecida.

Hace unos días terminé la presentación de un formulario, por supuesto –como es bastante habitual– de ningún modo a mi nombre; premeditada y cobarde estrategia que debiera permitirme no sufrir mayor desilusión –o disolución– y depresión tipo post parto al conocer la resolución suprema del organismo calificador.

Esta praxis de los concursos públicos para repartirse los recursos del Estado es, por decir lo menos, fastidiosa. Mantener fondos concursables como política cultural es equivalente a no asumir ningunapolítica cultural: entre sufrir y morir no hay ninguna diferencia, decía un amigo.

Al consumar la creación de mi / nuestro proyecto, profundicé el fastidio con toda esta parafernalia circunspecta en que se trasforma un formulario de postulación, más cercano al ejercicio de ingeniería que a un adiestramiento de experiencia artístico-creativa.

Comparto que se quiera profesionalizar la industria cultural, que todos seamos capaces de comunicar un objetivo, fundamentarlo y trazar una descripción de lo que pretendemos realizar, pero la cultura de lo inmaterial es demasiado subjetiva para pretender que tendremos una evaluación objetiva sólo porque el concurso cuenta con metodologías de «evaluación cuadriculada» en escala de puntos o ponderaciones preestablecidas.

Las personalidades de la cultura que se encargarán de «rankear» nuestras quimeras suelen tener criterio formado y, al final del día, serán subjetivos en sus análisis. Conocidos son los casos de proyectos idénticos que postulan año tras año, sin resultar favorecidos, pero obteniendo evaluaciones contradictorias y muy distintas cada vez.

El resto, esa idea subjetiva de los magistrados del arte, es pura fantasía logística.

Intuyo que un ingeniero –que en su puta vida a producido un hecho en el terreno del arte, grabado un disco, montado una obra de teatro, escrito un libro o enfrentado cualquier otro proceso artístico creativo, goza antes estas convocatorias de muchas más ventajas que alguien que trata de jugar en la cancha neo liberal en la formulación de ideas, papeles, notarios, presupuestos, IVA, retenciones y un agotador etc…

Se me ocurre que este verdadero vademécum lo inventaron y re-que-te-contra perfeccionaron preciosamente ellos, los exitosos amigos ingenieros de exportación.

Los mismos que miran de reojo a los viejos «Chicago boys», con una argamasa de envidia y admiración, pretendiendo ser algo distinto a lo que ellos fueron porque intercalan la palabra «social» entre los términos «economía» y «de mercado».

Yo les asignaría 100 puntos inmediatamente no solo a sus eventuales proyectos, sino por sobre todo a las plataformas y formularios que estas mentes brillantes engendraron para que todos nosotros (sapos de otro pozo) pudiéramos imaginar quimeras que difícilmente podremos concretar sin estos fondos .

A mí en todo caso, y en honor a las sabrosas contradicciones del género humano, me parece espléndido que exista un instrumento como el Fondart. Lo que incomoda es que sea la «vedette» de las políticas culturales.

Es probable que nuestras autoridades le teman a la implementación de un mecanismo o modalidad de asignación directa. Es probable que le teman a la probidad, transparencia, objetividad, amiguitis, pitutitis y más en que podría trasformarse un método de este tipo. El problema es que el Fondart , por largo tiempo, se había convertido justamente en eso: jurados que al año siguiente recibían millonarias sumas por sus proyectos, nombres repetidos en las listas «ganadoras» hasta el cansancio, famosillos devolviendo platas, y un largo etc. de conocimiento publico.

Para ser justos y francos, hoy nuestro Consejo de la cultura le ha ido devolviendo credibilidad y transparencia, a lo menos al proceso y la evaluación. Tarea pendiente es la fantasía logística.

Albergo la secreta esperanza de estrechar esa enorme brecha en la cual el formulismo y tecnicismo nos sobrepasan para recapacitar al afirmar que entre sufrir y morir no hay ninguna diferencia –y podamos declarar la victoria del pensamiento sobre la tecnocracia.

* Músico, compositor y productor.

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