El joven Nietzsche o el instinto aristocrático como política

Por: Nicolás González Varela
Fuente: Rebelion (07.06.08)

Miserias del nietzschéisme: Nietzsche no es que esté de moda: Nietzsche es la moda o mejor dicho es la moda de las modas. El retorno a Nietzsche ya no es exclusiva de los círculos de la vanguardia intelectual o de los departamentos de letras. El retorno a Nietzsche es ya una «gran política» concreta y verificable. El más intempestivo y aristócrata de los filósofos se presenta como un liberal individualista, el paradigma del «buen europeo», incluso un «anarka» simpático e irónico. La hermenéutica de la inocencia permite que en un órdago curioso lo reivindiquen izquierdistas malogrados, anarquistas de cátedra, hasta ex intelectuales comprometidos. Por supuesto del otro lado están los nietzscheanos de siempre, los que lo leyeron correctamente: nazis, neo-fascistas y conservadores de toda la vida.

Nietzsche es parte de nuestro sentido común. Lo hayamos leído o no; lo hayamos interpretado bien o no, el Nietzscheísme ha conquistado nuestros corazones y mentes, desde la currícula universitaria al periodismo profundamente cultural y gran parte de la llamada opinión pública. Pero: ¿qué es el Nietzschéisme ? Es parte de la ideología del liberalismo libertario, fase del capitalismo globalizado, del capital posfordista, cuyo elemento distintivo es represión total al productor y libertad total al consumidor. Esta fase «post» del capitalismo se ha liberado del viejo odre del estado asistencial (o populista en América Latina) y ya no necesita extensiones artificiales en su corpus ideológico. Por eso el Nietzschéism es primeramente un revisionismo filosófico (la edulcoración sistemática del Nietzsche real) que permite continuar un combate contra Marx desde un perspectivismo contextual a una pretendida sociedad ideal de consommation. Los symptômes están ahí y son notables: una nueva «Festung» Europa dirigida por una aristocracia natural, la reducción del hombre a su biología, la interpretación étnica del delito y de la geopolítica, la reducción del conocimiento y la ciencia a su rentabilidad, el desprecio de la razón por impulsos emocionales e intuitivos, la justificación de la superioridad moral-racial de Occidente, formas de dandysme cultural, reivindicación y recurso al mito (y a referencias teológicas), las nuevas formas de esclavitud laboral… El Nietzschéism quizá entra en su fin de ciclo histórico, pero vale la pena preguntarse: ¿es válida esta recuperación desde el campo progresista? ¿Es posible encontrar a través de todos los Nietzsches posibles una coherencia política? ¿No existirá una complicidad secreta, vergonzosa, oculta en la asimilación amistosa de Nietzsche en el courant intelectual de la ideología dominante? ¿Es Nietzsche el autor perfecto para combatir estructuralmente al pensamiento de la revolución?

Un experimento intelectual: Estamos en Berlín, a fines del año 1872. Caminamos por el boulevard céntrico, la Unter den Linden. Es la capital de un imperio encabezado por Prusia y dirigido por la figura del Bundeskanzler Otto von Bismarck. La Gran Alemania ha dominado y vencido a Austria y derrotado a la gran Francia en sucesivas guerras relámpagos de agresión y rapiña. Ha empezado a construir un pequeño imperio colonial en África. Este Reich bismarckiano era «un despotismo militar emperifollado con formas parlamentarias, mezcla de propiedad feudal e influencia burguesa, con armazón burocrático y sustentáculo policial» en palabra de Marx. El aparato del estado, el poder político y militar quedan en manos de los príncipes prusianos, Junkers. Nos detenemos en una librería y entramos a ver las últimas novedades. Nos fijamos en un libro que lleva un título extraño: «Die Geburt der Tragödie aus dem Geiste der Musik» («El Nacimiento de la Tragedia desde el Espíritu de la Música»). Es un libro impreso en octavos, con bandas doradas en tapa dura. Abrimos sus primeras páginas, el editor es una pequeña editorial que imprime las obras del músico Richard Wagner, E. W. Fritzsch de Leipzig, ¡una editora de partituras!, y nos encontramos con un grabado no muy feliz de Prometeo encadenado dentro de un círculo realizado por un escultor, un tal Leopold Rau. Buscamos los datos del autor: se trata de un profesor alemán de filología clásica que enseña en Suiza, en Basilea, su nombre Friedrich Nietzsche. Nunca habíamos oído hablar de él. Lo hojeamos un poco sin que el librero se enoje. Nos detenemos en el prólogo del autor: está dedicado al músico Richard Wagner, es celebrado como una figura legendaria por haber escrito un magnífico escrito sobre Beethoven. El joven autor le llama «mi sublime precursor». ¡Entonces es un libro de homenaje a Wagner! No, no… ¿Un libro de musicología? No, tampoco. Seguimos hojeando y el autor critica a la ópera. ¿O será un libro de crítica musical? ¿Un filólogo del scherzo ? Miramos más detenidamente el libro y observamos que el autor señala que es una contribución a la ciencia de la estética. ¿Un libro de filosofía del arte? No, tampoco. Seguimos leyendo y vemos desfilar a Esquilo, Sófocles, Eurípides, Sócrates, Platón… ¿será un libro sobre la lírica y el arte griego? ¿Una historia de la tragedia antigua? Pero aparece una crítica a la opera moderna… Al mismo tiempo el autor señala que los problemas que expone en el libro «son un problema seriamente alemán», y que su escrito habla de las «esperanzas alemanas». ¿Un libro de política profética? Confundidos nos lo llevamos a ver de qué trata. El librero nos cobra, nos envuelve el libro y nos cuenta que es una edición limitada, rara, que sólo se han impreso 625 ejemplares para la distribución y que en su librería sólo han llegado dos. Nos volvemos a casa sin saber todavía qué quiso transmitir Nietzsche en el libro que llevamos bajo el brazo. No nos preocupemos, la gran mayoría de los nietzscheanos, de Brandes a Onfray, tampoco.

Ego ipsissimus: Esta ficción simplemente señala las dificultades (y facilidades) que tiene leer a Nietzsche superficialmente, como un lector ingenuo que sólo barre la superficie. Como toda la obra de Nietzsche su primer libro publicado, hablamos de «El Nacimiento de la Tragedia desde el Espíritu de la Música» es autoconfesional. Nietzsche recordó en sus fragmentos póstumos que «mis escritos hablan únicamente de mis propias vivencias, en esto soy, con el cuerpo y con el alma (¿para qué negarlo?), ego ipsissimus». Ese «libro sobre los griegos», en realidad no habla de la tragedia ática (y por eso fue mal recibido por los colegas de la corporación universitaria). Ni su objetivo era renovar la filología. En absoluto. Esa fue la causa de su pésima recepción y del estupor que causó: lo leyeron quienes no deberían haberlo leído y los lectores que deberían haberlo leído no lo leyeron hasta cincuenta años más tarde. Tampoco el libro se reduce a una elegía dirigida a Richard Wagner, aunque lo es. Por eso es un libro «intempestivo» y con mucho lenguaje esópico: incomprendido e incomprensible para los espíritus cultos de la época. Todos sus libros son manifiestos filosófico-políticos extraídos de sus vivencias más íntimas. No en vano el propio Nietzsche define a sus libros como «Centauros», híbridos, donde la filosofía, la filología, la historia de las religiones malviven adosadas al cuerpo de un animal político. Eso desubica al lector especializado o al académico: sus libros en realidad no hablan de lo que parecen hablar o si lo hacen la imagen del tema expuesto es simplemente el atril que el autor utiliza. Como Marx su escalpelo es el concepto de Kritik . Como Marx en «Das Kapital», Nietzsche separa el Forschungwiese , el modo de investigar la cosa, del Darstellungwiese , el modo de exposición del objeto. Su modo de abordar y agotar el objeto es caprichoso, asistemático, volátil; su modo de exponer lo que piensa es siempre un diálogo y una llamada a la acción. Como Marx, Nietzsche es el autor que nunca completa o concluye nada; como Marx, Nietzsche intenta y anhela hacer un sistema pero toda su obra termina transformándose en un gran monólogo frente a un auditorio de amigos, conocidos y admiradores. Como Marx los escritos de Nietzsche son eminentemente políticos o mejor dicho: soportan una lectura en clave político-ideológica. Su primer libro no puede ser considerado atribuyéndole algún mérito a la comprensión de la «grecidad» o una aprehensión más adecuada de la tragedia ática. El propio Nietzsche niega este objetivo en el mismo libro. Su objetivo es de crítica al presente, el Jetzeit burgués liberal, una Kulturkritik , un doble mandoble tanto a la ideología moderna burguesa como al socialismo en auge. La excusa griega le sirve como pretexto para atacar una Weltanschauung cosmopolita optimista, a la que le opone un Pessimismus aristocrático nacional y racial. Su mensaje está dirigido a la «Gran Política», como la llama. Aquí hay poco rigor filológico (basta leer las críticas del eminente filólogo contemporáneo Wilamovitz o de su padrino académico el profesor Rischl que definió al libro como «brillante extravagancia»), poco rigor filosófico (su formación era deficiente y de segunda mano como lo reconocen sus biógrafos), bastante darwinismo social (en una de las pocas recensiones a su obra el cronista declara que se ha «trasplantado el darwinismo con velos musicales») y mucho posicionamiento político. ¿Se trata de un manifiesto político, de un panegírico de partido? Intentemos juntos esa lectura.

Bismarck como vino fuerte y espirituoso: Estamos en una época «excitante» según el propio Nietzsche: la fisonomía de la moderna Alemania como la conocemos más o menos hoy data del 18 de enero de 1871, día en que el rey de Prusia aceptó (no sin resistencia) en la bella Galería de los Espejos del palacio imperial de Versailles el título de «emperador alemán». Nacía el Segundo Reich y nacía a consecuencia de una guerra agresiva y se coronaba humillando al enemigo en su propio territorio y en un edificio que simbolizaba el poder de Francia. Se realizaba la unidad de Alemania pero no como la habían soñado los demócratas de 1848 (incluidos Engels y Marx). El artífice de la unión nacional no era ni la burguesía liberal, ni la clase obrera aliada al campesinado pobre del Este, sino un general llamado Bismarck y su cohorte del estado mayor prusiano: Moltke & cia. El Reich se constituía como un cesarismo autoritario aglutinado mediante la fuerza, la guerra de conquista con sus vecinos: «es un despotismo militar emperifollado con formas parlamentarias, mezcla de propiedad feudal e influencia burguesa, con armazón burocrático y sustentáculo policial» (Marx). Prusia además era un moderno estado industrial, con una cámara elegida por el sufragio universal masculino (una rareza en Europa en esa época) pero debajo de la mascarada democrática se escondía una simple dictadura. La cámara sólo sugería y el Bundeskanzler hacía lo que quería sin fiscalización ni control parlamentario. Además las leyes electorales eran muy restringidas y estaban diseñadas para minimizar al máximo el voto urbano. En 1869 en Eisenach se había creado el Sozialdemokratisches Arbeiterpartei Deutschlands (SPAPD), el partido socialdemócrata bajo los auspicios de Engels y Marx desde Londres. Contaba con diez mil miembros y su programa se inspiraba en el de la Iº Internacional. Era en esos momentos el cuarto partido político alemán con doce diputados. Era el terror personificado a ojos de la burguesía europea. Bismarck, el canciller de hierro, hizo todo lo posible por eliminar al joven partido, hasta llegó a disolver el parlamento. «Gegen Demokraten helfen nur Soldaten» («contra los demócratas solamente sirven los soldados») decía Bismarck. El entonces diputado August Bebel, tornero autodidacta, quién luego sería uno de los fundadores de la socialdemocracia alemana, decía que «este Reich, penosamente forjado a sangre y fuego, no es lugar propicio para la libertad burguesa y menos aún para la justicia social… El sable ha ayudado al alumbramiento del Imperio y el sable lo acompañará a la tumba». Otro diputado socialista, Wilhelm Liebcknecht (el padre de Karl, el compañero de Rosa Luxemburg) calificaba al nuevo Reich como una «compañía principesca de seguros contra la democracia». Ambos intentaron dentro de la legalidad de hacer escuchar su voz y oponerse a lo que consideraban una política injusta. Obviamente Bismarck ordenó la inmediata prisión de ambos diputados y de todos los miembros del comité central del partido socialdemócrata por haberse opuesto a las guerras imperialistas y votar contra la ampliación de los presupuestos de guerra. Ambos fueron juzgados y castigados con dos años de prisión. Entonces como decíamos el aparato del Estado, el poder político y militar quedaban en manos de los príncipes prusianos, los famosos Junkers y el prusianismo imprimía sus ello ideológico a todo el régimen. Bismarck tenía una frase clara y concisa para explicar la lógica de su política interna y externa: «Las grandes cuestiones no serán resueltas por medios de discursos… sino a sangre y fuego». Bismarck había sido primer ministro de Prusia desde 1862, dotó al reino de un ejército poderoso y una eficaz burocracia, derrotó a Austria en 1866, se anexionó territorios y con la alianza de la aristocracia junker del Este y la burguesía liberal del Oeste, unificó a Alemania económica y socialmente, desde arriba. Hacia 1870 Alemania tenía un solo competidor en Europa: Francia gobernada por Napoleón III. Bismarck maniobró con tal habilidad buscando la guerra en el momento oportuno, hasta que Francia pareció el país agresor. Francia fue derrotada en Sedán y al mismo tiempo la débacle francesa produjo un inesperado levantamiento popular espontáneo en Paris que condujo a la Comuna de París, el primer esbozo de un gobierno obrero y popular. Una dictadura del proletariado. En este contexto «excitante» es en el que el joven filólogo-filósofo Nietzsche escribe su primer libro. Sabemos por cartas a su madre que siempre se consideró a sí mismo un «granadero prusiano», que alaba sin remilgos la gesta de Bismarck contra Austria y Francia como un «gran movimiento político-bélico», que los discursos de Bismarck (que leía compulsivamente) le parecían magníficos: «Bismarck me proporciona inmensas satisfacciones. Leo sus discursos como si bebiese un vino fuerte: reteniendo la lengua para no tragar demasiado de prisa y prolongar el placer. Las maquinaciones de sus adversarios (socialistas y liberales) las concibo sin dificultad, pues es necesario que todo lo pequeño, estrecho y sectario se encabrite contra tales temperamentos y les haga una guerra eterna». No sólo eso: en textos de la misma época anuncia su intento de reconstrucción del espíritu verdaderamente alemán en una síntesis sorprendente entre la «extraordinaria audacia de la filosofía alemana y la fidelidad del soldado alemán experimentada en los últimos tiempos». Nietzsche adora a Bismarck y a su mano derecha, el genio militar de Moltke. Sabemos que, a pesar de estar en un país neutral (Suiza), la conmoción chauvinista le empujó a presentarse como voluntario para combatir en la guerra contra la Francia decadente y jacobina. El joven Nietzsche estaba ilusionado tanto por el resurgimiento imperial alemán como por la derrota total de la cuna de la subversión plebeya: «Tenemos el éxito, ahí está; pero mientras París continúe siendo el centro de Europa, las cosas seguirán como antes. Es inevitable que hagamos un esfuerzo por trastrocar este equilibrio, o al menos procurar trastrocarlo. Si fracasamos, entonces podemos esperar que caeremos uno tras otro en un campo de batalla, alcanzados por algún obús francés… mis simpatías naturales son con Prusia y entonces veo esto: una acción dirigida con grandeza por un Estado, por un Führer; una acción tallada en la sustancia verdadera que, en fin de cuentas, constituye la historia; no moral, seguramente, pero para el que la contempla, suficientemente edificante y bella…la historia ¿es otra cosa que el Combate sin fin de intereses innumerables y diversos en lucha por al existencia?». No sólo él: toda la línea política nacional-liberal y conservadora se ilusionaba con una Europa bajo la égida alemana y un renacimiento sin parangón de la superioridad racial y cultural aria. Pero Nietzsche tampoco es acrítico con Bismarck, su desconfianza hacia en Segundo Reich es por la extrema derecha: «Prusia está perdida (si sigue en esta línea), los liberales y los judíos lo han arruinado todo con sus comadrerías… han destruido la tradición, la confianza, el pensamiento». Bismarck no es suficientemente bismarckiano, es un prusianismo a medias que necesita del empuje del «partido de la vida». Contra la hagiografía que nos obliga a ver a Nietzsche como un genio filosófico eremita, alejado de la realidad y la coyuntura, impolítico, sus escritos (bien leídos) nos dan la impresión opuesta: son totalmente políticos si se los entiende tal como Nietzsche quería que se leyesen. Son escritos para un «nosotros», escritos de partido. Su libro es el pendant político-filosófico de la plataforma de Richard Wagner, el protegé del rey Luis de Baviera II.

Wagner Partei: el joven Nietzsche se encuentra fascinado por el músico Wagner y sus ideas de una regeneración alemana. Wagner era a sus ojos «su sublime precursor», su libro se presenta como «un diálogo con Richard Wagner», elogia su estudio sobre Beethoven, y las alabanzas no paran de brotar… pero: ¿quién era Wagner? Compositor, director de orquesta, poeta, teórico musical alemán pero además un ensayista político que ejercitaba ese género tan particular alemán, la Kulturkritik. Wagner de joven fue un radical-demócrata y participó en las revoluciones de 1848; en su ensayo «¿Qué es alemán?» (1865), Wagner intenta explicar el fracaso de la Revolución del ’48 debido al hecho de que al verdadero auténtico ser alemán se lo representó tan súbitamente por una clase de gente que era totalmente ajena a él y que le traicionó: burgueses y clases populares. Wagner se desengaño totalmente del modernismo liberal y se volvió un «reaccionario revolucionario» (quizá el primer conservador revolucionario). Su producción de óperas era paralela a una Weltanschauung teutómana, basada en una preponderancia de lo nórdico y un furibundo antisemitismo extremo. El wagnerianismo als ideología es hoy considerado como precursor e inspirador de la imaginación antisemita, un protofascismo larvado y todavía inmaduro, que anunciará a futuros ideólogos y políticos reaccionarios y fascistas. El antisemitismo de Wagner se manifiesta en su vergonzoso libro «Das Judenthum in der Musik» («La Judería en la música») publicado bajo el seudónimo de K. Freigedank y más adelante re editado con una addenda bajo su auténtico nombre en 1869, casi cuando se encuentre con Nietzsche. En él, Wagner deplora la judaización del arte moderno y sostiene la tesis según la cual «el judío» es realmente incapaz de expresarse artísticamente debido a su raza, a su naturaleza, a debilidades orgánicos y fisiológicas: «naturales». Los judíos incluso están incapacitados para la mera poesía, ya que al ser Heimatloss, carecer de unión a la tierra y a la patria, la mítica figura del «judío errante», no pueden generar artificialmente una relación poética con la vida. Su conclusión es genérica: «el judaísmo es el mal de nuestra civilización moderna». De estas premisas se deducía todo su programa de reformas político-culturales basadas en una «labor regenerativa de limpieza». En el mismo momento en que Nietzsche terminaba su libro, Wagner editaba un opúsculo de homenaje a Beethoven, un exaltado phamplet germanófilo, donde el músico era el punto de renacimiento estético-político de la nueva Germania. En su prólogo original Nietzsche deja bien claro que es la mano derecha de esta plataforma reaccionaria: «mi libro es el producto de los horrores y sublimidades de la guerra que acababa de estallar» y a los lectores desatentos le llama la atención: «a los que leen realmente este escrito… su objetivo es un problema seriamente alemán (ernschaft deutschen Problem)», prosigue Nietzsche, que de resolverse adecuadamente entonces estará «en el centro de las esperanzas alemanas (deutscher Hoffnungen) «, como «vórtice y punto de viraje». ¿Esencia alemana, esperanzas alemanas, problemas alemanes’ ¿No estamos hablando del origen de la tragedia griega? ¿El nacimiento de lo griego se enlaza con la guerra franco prusiana? Pero Nietzsche estudió con detenimiento los escritos teóricos de Wagner, si se los puede llamar de esa manera, se pueso al servicio militante de su causa, luchar por el idela wagneriano contra las tendencias de debilidad de Bismarck, contra las multitudes inertes y estúpidas, contra el socialismo y la democracia liberal, contra los parlamentos y sindicatos… Se ofrece a colaborar en la causa wagneriana con su propio aporte en dinero para agitprop, incluso se ofrece de voluntario como publicista para recorrer Alemania portando el mensaje del maestro y fundar asociaciones, Vereins , futuras semillas del Wagner Partei. Wagner se lo impide. Nietzsche le escribe entusiasmado a su amigo Gersdorff: «¡Dame dos años y verás extenderse una nueva concepción de la Antigüedad, que determinará un nuevo espíritu en la educación científica y moral de Alemania!». El «Nacimiento de la Tragedia» será una adhortatio , una profesión de fe para todos aquelllos «que no se hallan completamente poseídos y oprimidos por las costumbres del tiempo actual… Nuestros libros, de aquí a entonces, no serán sino ‘anzuelos’ para ganar amigos y un público a nuestra Verein». Nietzsche se consideraba un militante más: «No tenemos el derecho de vivir hoy día, si no somos militantes, militantes que preparan un soeculum [siglo] por venir». A otro amigo, Rohde, le señala que «mucho me gustaría escribir alguna cosa en servicio de nuestra causa, pero no sé qué. Todo lo que proyecto es tan hiriente e irritante que, más que servir, perjudicaría». Nietzsche también intenta atraer a peronajes influyentes hacia la causa: intenta captar al partido wagneriano a Margarita de Saboya. Se propone escribir un artículo para la prensa (el único en toda su obra) en respuesta a un alienista de la época que se había propuesto demostrar que Wagner estaba loco e incluso en Basilea intentó fundar una asociación wagneriana. Estas son las coordenadas de recepción que deben tenerse en cuenta al leer al joven Nietzsche: no puede recuperarse su obra (salvo para malinterpretarlo o distorsionarlo, salvo para construir una hermenéutica de la inocencia) reduciéndola a un equívoco sobre la «grecidad» (Deleuze, Vattimo) o un fallido homenaje a Wagner (Fink). Nietzsche es un filósofo «totus politicus» en toda su complejidad. Uno de sus primeros divulgadores del ‘900, Henri Lichtenberger, señala sin tapujos que esta obra era sencillamente «propaganda wagneriana» y que «no es muy seguro que Nietzsche haya comprendido bien a los griegos». El pathos hiperpolítico lo reconoce el propio Nietzsche en su ensayo de autocrítica, insertado como nuevo prólogo en su re edición de 1886: «La base de este libro… es una cuestión de primer rango y máximo atractivo… que surgió durante la excitante época de la guerra franco-alemana de 1870/1871… mientras los estampidos de la batalla de Wörth se expandían sobre Europa… un libro imposible (unmögliches Buch)… construido a base de vivencias prematuras… en el umbral de lo comunicable, colocado en el terreno del arte… un libro altanero y entusiasta, que de antemano se cierra al profanum vulgus de los cultos (Gebildeten), más aún que al del Pueblo (Volk)… y esto en una época en que el ‘espíritu alemán’ (deutsche Geist), que no hacía mucho tiempo había tenido la voluntad de dominar sobre Europa, la fuerza de guiar a Europa, esa Alemania acababa de presentar su abdicación definitiva e irrevocable, y, bajo la pomposa excusa de fundar un Imperio (Reich), realizaba su tránsito a la ‘mediocrización’ (Vermittelmässung), a la democracia (Demokratie) y a las ‘ideas modernas’ (modernen Ideen)». Es claro que si Nietzsche re edita su trabajo en 1886 es que su plataforma ideológico-política es válida, actual y operativa; segundo: queda claro el objetivo nietzscheano: no es ningún homenaje, ni al arte ni a la música, ni a la tragedia griega, todos temas que fungen como mediaciones e intermedios hacia el verdadero objeto del deseo: la crítica reaccionaria a la modernidad bourgeoise. Nietzsche, como lo confiesa con sinceridad, tuvo que «colocarlo» en un terreno extraño pero estratégico: el filológico, que podía usarse como martillo en la Kulturkritik a la modernidad. «El nacimiento de la Tragedia» es el «Manifiesto Comunista» del partido wagneriano, su profesión de fe. Su carencia de rigor filosófico, su profetismo desencadenado, su anacronismo y falta de rigor histórico son justamente los límites de una forma de escribir y comunicar políticamente que Nietzsche no repetirá en lo sucesivo. Nietzsche es consciente que su mensaje político-filosófico necesitaba otro Stil : «lo encuentro mal escrito, torpe, penoso, frenético de imágenes y confuso a causa de ellas, sentimental, azucarado hasta lo femenino, desigual en el tempo, sin voluntad de limpieza lógica, muy convencido,… altanero y entusiasta…». Este temerario libro, juvenil, demasiado extenso, con aires sistemáticos, buscaba el nervio de la decadencia en Occidente en sus rasgos más modernistas: la democracia liberal, la nacionalización de las masas, el optimismo burgués y proletario, la felicidad para todos, los derechos del hombre, la igualdad de derechos, el comunismo como amenaza última. El joven filólogo exuda prusianismo, antimodernismo reaccionario y, por supuesto, judeofobia radical.

Unmögliches Buch, un libro imposible: «Todo filósofo esta ahí en primer lugar para sí mismo y en segundo lugar para otros: el filósofo nunca puede eludir en modo alguno esa duplicidad de relaciones… aunque se aísle rigurosamente, justo ese aislamiento habría de ser una ley de su filosofía… tal aislamiento se trocaría en una enseñanza práctica, en un ejemplo visible… por ello el producto más genuino de un filósofo es su vida», escribía Nietzsche en el verano de 1874. Como criterio de autocomprensión nos puede ser útil para analizar su primera etapa (la que los especialistas llaman «metafísica del artista»). El auténtico fin y meta (Ziele) de mi investigación, dirá Nietzsche, va más allá de la concreta manifestación del hombre griego de la época trágica: se trata del conocimiento del «Genio» (Genius) dionisíaco-apolíneo, que es eterno e inmutable. Se trata de capturar la esencia (Wesen) griega y el núcleo (Kern) helénico de tal esencia. Este Kern profundo y remoto, dirá Nietzsche, no es definible a partir de la empiria sensible (los datos físicos del anticuariado) o la apariencia de los restos (la práctica de los filólogos). Primera tarea es pues la «deconstrucción» de la visión ideologizada que la Modernidad burguesa tiene de Grecia. El trabajo de desmonte es inverso: debemos medir nuestros conocimientos sobre los griegos a partir de ese núcleo duro y a partir de él mirar con ojos nuevos a esa civilización y sus autores. Y el Kern de los griegos (por cierto para Nietzsche la antigüedad clásica no es otra cosa que «una flor maravillosa nacida de la ardiente aspiración del Germano hacia el Sur») es una lucha por la existencia cruel, la distinción de Genio y masa y el reconocimiento de la aristocracia natural (que incluye la institución de la esclavitud). Nietzsche a partir de este presupuesto ontológico puede criticar a Sócrates y Eurípides como de carácter antigriego, sintomáticos de la decadencia occidental, «instrumentos de la disolución griega, pseudogriega y antigriega». A este complejo degenerativo que inicia el lento ocaso de la Grecia trágica Nietzsche le llama «Socratismo» (Socratismus): «una perversión de los instintos más profundos de los antiguos helenos». El socratismo tiene su cobertura ideológica: el optimismo (Optimismus) y su figura de la mediación: el «hombre teórico». Así «El Nacimiento de la Tragedia», junto con el corpus de Wagner, se transforma en la denuncia del escándalo actual del mundo, denuncia del presente y es una invocación y transfiguración de un pasado remoto. Porque para Nietzsche (y Wagner) lo que está en juego es, nada más ni nada menos, que la horrenda destrucción de Occidente, la decadénce de la Kultur en manos de la Civilisation. Donde Nietzsche cree que puede atisbarse el verdadero núcleo (Kern) helénico es, por ejemplo, en los mitos, y el paradigmático no es otro que aquel que ilustra su libro. «Prometeo encadenado». Si el renacimiento alemán (ahora que Bismarck ha unificado Alemania y a vencido a Francia, cuna de la degeneración y la corrupción; ahora que ya tenemos una música con arte puramente alemán con Wagner en Bayreuth) depende de un renacimiento de lo trágico, de una nueva «edad trágica» (con todas las consecuencias: aristocracia natural, esclavitud, muerte de los débiles) se exige un «bautismo de fuego» doloroso para retornar al subsuelo dionisíaco ario. El mito de Prometeo encadenado (cuyo inmenso presupuesto es el fuego), señala Nietzsche, es «un himno a la impiedad»: el poder del aristócrata natural, el «Gran Genio» que crea y destruye con su «magnífico poder», que domina por su naturaleza superior. Esta leyenda es «posesión originaria de la comunidad entera de los pueblos arios» dice Nietzsche y documento de su aptitud superior para lo trágico y lo profundo: «este mito tiene para la esencia aria el mismo significado caracterísitico que el mito del pecado original para la esencia semítica». Mientras que el mito ario origina el primer problema filosófico al separar el hombre de Dios, contrasta con el mito hebreo, donde se señala como origen del mal la curiosidad, el engaño mentiroso, la seducción, la concupisciencia, en suma: «una serie de aficciones preponderadamente femeninas». La visión aria es la «idea sublime del pecado activo como virtud genuinamente prometeica», heroica, masculina, viril. En ella se encuentra el sustrato ético de la tragedia pesimista y así «los arios conciben el sacrilegio como un varón y los semitas el pecado como una mujer». La conclusión es que el núcleo más intimo de la leyenda de Prometeo (necesidad del sacrilegio impuesta al individuo de aspiraciones titánicas) tiene una dualidad dionisíaca y apolínea que podría ser expresada, para Nietzsche, con esta fórmula: «Todo lo que existe es justo e injusto, y en ambos caso está igualmente justificado». El único héroe trágico verdadero realmente es Dioniso: en él están «todos los componentes de una consideración profunda y pesimista del mundo». Pero la tragedia griega en su estado puro dionisíaco pereció, nos señala Nietzsche, pero murió suicidándose. La cultura griega se inmoló a sí misma al ser débil y femenina, permitiendo la irrupción del «hombre de la vida cotidiana», las masas plebeyas, la «mediocridad burguesa» (a Nietzsche no le preocupa el anacronismo), ¡caos!: «la multitud entera filosofa», ¡peor!: «el quinto estado, el del esclavo, el que ahora predomina, al menos en cuanto a mentalidad». Esta «jovialidad griega» no es la del héroe dionisíaco, nada que ver: es la jovialidad del esclavo, del inferior, plebeyo que «no sabe hacer responsable de ninguna cosa grave, ni aspira a nada grande, ni tener algo pasado o futuro en mayor estima que el presente». Se expulsó a la tragedia del elemento aristocrático-dionisíaco original y omnipotente y se la reconstruyó desde una nueva ideología de las masas y los esclavos: lo socrático. El verdadero fin de la vida es producir genios, hombres superiores; los pueblos y las civilizaciones no son más que rodeos que toma la naturaleza para producir uno o dos hombres prodigiosos: «la humanidad debe trabajar siempre para dar al mundo individuos de genio, tal es su misión, sin que tenga ninguna otra». La Civilisation debe esforzarse por hacer nacer una raza de héroes, por selección natural, y permitirles su desenvolvimiento sin límites: «el cultivo racional del hombre superior: he aquí una perspectiva llena de promesas». Contra este ideal, que se realizaba en la Grecia trágica, se enfrenta el socratismo. Socratismo que es sinónimo de todo lo malo, femenino, corrupto, degenerado de la sociedad moderna. Socratismus es sinónimo de prensa judía, de sistema de partidos políticos, de los «Derechos del Hombre», de la «Dignidad del Trabajo», de las masas irrumpiendo en el teatro de la historia… Pero en especial Socratismus será el nombre del gran adversario: el comunismo.

 

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