Virtualización de las relaciones sociales y materialización consumista de la vida *

Por: “Trabando los deseos” (seudónimo de una voluntad colectiva)
Fuente: http://www.pangea.org

*Extraído del “Manifiesto para una izquierda rebelde”

La sociedad biopolítica de la información funciona como un ente global que deslocaliza la vida humana inmaterializándola hasta donde le es factible, para luego transmutar a ésta en una nueva substancia que nos llegará a las manos en forma de consumo forzado. En el imperio, los distintos ámbitos disciplinarios se fragmentan al perder su unidad espacial y temporal. Las viejas instituciones socializadoras como la familia, el trabajo (la fábrica) y la educación (la escuela), o el ocio (el tiempo de descanso, que en clave capitalista sirve para reponer la fuerza de trabajo y para consumir bienes y servicios), ya no se estructuran de una forma cerrada y autónoma, sino que se abren y se confunden entre ellas. Todas estas áreas relacionales se taylorizan entre si, una taylorización que también es biopolítica pues no se articula en línea, es decir, a través de una cadena disciplinaria, sino de una manera reticular. La taylorización reticular reconstruye la vida desde una fabrica virtual en red en donde la producción económica, la reproducción social y el intercambio crematístico-consumista se fusionan, reemplazando la disciplina por el control, una transformación que dota al capital de un poder de dominio infinitamente más potente que el que poseía en las sociedades industriales.

La fábrica biosocial es virtual en tanto que inmaterial. La llevamos incorporada. Y la maquinaria que la mueve es la información. La información substituye la relación tiempo-espacio compartida en presencia de otros humanos. La información biopolítica desregula el fenómeno del estar junt@s por el cual nos apropiamos de espacios autónomos y significativos, que empiezan y acaban en si mismos. La potencia funcional independiente de las diferentes instituciones sociales se dispersa en el imperio, reagrupándose después en una entidad inaprehensible de interrelaciones complejas. La familia ya no dispone de horas de dedicación suficientes y exclusivas (sin interferencias externas), ni tampoco tiene el caudal socializador que la caracterizaba. En muchos hogares, la televisión, por ejemplo, se ha convertido en un pariente más que succiona las relaciones familiares inmiscuyéndose sin conmiseración en un espacio educativo manipulado con la irrupción constante de inputs que no controlamos. Internet no ha hecho más que consolidar esta tendencia. De igual modo, el mundo adulto familiar se reeduca en un proceso que no para, asimilando valores mediáticos alienantes compartidos con los hijos sin tener conciencia de ello, y, de este modo, se dará cobertura afectiva a los mismos facilitando así su asunción por parte de los menores. Por otro lado, la jerarquización social del entorno virtual queda ratificada en las relaciones familiares cuando éstas devienen verticales, entre hombre/mujer y entre padres/hijos, reproduciendo las desigualdades y los valores hegemónicos con suma facilidad, en un juejo de espejos que intercambia sus reflejos las 24 horas del día. En última instancia, la diversificación de los modelos familiares, si bien posee aspectos positivos porque cuestiona la ideología patriarcal de la familia tradicional, ya sea extensa o nuclear, también predispone a la atomización de sus funciones, desmigajando buena parte de su potencia, que se diluye sin remedio en el conglomerado biosocial.

Nuestro tiempo de ocio lo dominan ya las imágenes y los sonidos de las máquinas comunicacionales. La sociedad del espectáculo banaliza las experiencias vitales, distorsionando los contenidos y acentuando las formas. La frustración que supone la pérdida de control de nuestro devenir cotidiano se compensa llenándolo salavajemente con entradas magnificadas, en donde la exacerbación de los eventos contemplados sobrepasa toda medida razonable: en decibelios, violencia extrema (a la televisión o al cine), video juegos agresivos y/o competitivos, reality shows… Pero como las lluvias torrenciales inesperadas, el agua desborda al rio para desembocar en el mar, y, de la misma manera, son much@s a los que les acostumbra a retornar el vacio de una inundación efímera (lo que a menudo acaba generando síndromes depresivos y otras alteraciones psíquicas de diversos tipos y magnitudes). Pan para hoy, hambre para mañana.

Por otro lado, la educación de niñ@s y jóvenes pierde progresivamente su papel formativo universal mientras afianza otros roles -como el de selección y control- que discriminan a los “menos aptos”. El incremento de la privatización de la enseñanza es la respuesta capitalista que se reserva para sus hijos privilegiados las instituciones con una capacidad adaptativa superior, y reduce al resto (el sector público menos combativo y el privado precario) a simples cajas de resonancia, en donde se amplifican y se retroalimentan los registros culturales incorporados al margen de la escuela.

La pérdida de estabilidad en el trabajo y la jerarquización de la información (fuerza productiva dominante en los nuevos procesos productivos), consiguen, asimismo, que nuestra dependencia biopolítica sea qualitativamente más grande. La organización de la vida familiar alrededor de una faena permanente e invariable –en el tiempo y en el espacio- ya no es demasiado factible. El mantenimiento del puesto laboral a partir de unos estudios previos finalizados, unas habilidades adquiridas y una dilatada experiencia profesional atesorada, es impensable en la actualidad. La precariedad y la imprevisión de los cambios (del lugar de trabajo funcional y del lugar geográfico en donde se trabajará mañana) hacen inviable un proyecto de vida duradero a largo plazo. Estar “conectad@s” a futuras transformaciones profesionales, prever las novedades, disponer de información privilegiada, formarse-informarse sin interrupción como garantía para readaptarnos al mundo laboral, variar la propia personalidad en función de las subjetividades productivas cambiantes (trabajo en equipo, inteligencia emocional, creatividad, capacidad de persuasión, marketing, etc), se han convertido en necesidades básicas para sobrevivir en la selva del imperio.

Esta realidad biopolítica se introduce transversalmente en la cotidianeidad de las personas, obligándolas a estar en un constante ajetreo para reorganizarse. Parte del proceso productivo se situa ya fuera del horario laboral. Si el reciclaje informacional ha de ser perenne, las relaciones de una sociedad en red adquieren una importancia primordial, con lo que el trabajo se traspasa a la vida privada (las amistats influyentes, los contactos, la agenda personal única –en donde trabajo y vida personal se confunden-…). La disponibilidad familiar para adecuarse a las exigencias laborales nos impedirá o facilitará la posterior “competitividad”, condicionando de entrada nuestra subjetividad adaptativa, y predisponiéndonos con una actitud u otra que, más pronto o más tarde, tendrá su trascendencia. La supervivencia económica del Homo sapiens nos ha llevado a un extremo en donde la mentira desdibuja obligadamente los curriculums a la hora de vendernos como mano de obra, adaptándonos así a los perfiles exigidos, cada vez más rígidos (por ejemplo, el hecho de tener obligaciones familiares es considerado a menudo un inconveniente insalvable, sobretodo para las mujeres, porque se piensa que impiden una “dedicación exclusiva” a las exigencias de la empresa).

El dominio biopolítico de la subjetividad tiene un potencial hegemónico mucho más elevado que cualquier mecanismo disciplinario pretérito. Su interiorización infiltra el poder del imperio en los cuerpos y en los cerebros humanos, atándonos a una enorme red de flujos informacionales que no paran de impactar, pues el imperio nunca duerme. El individuo, atrapado en la biosociedad, se convierte en un nodo de tantos, por lo que si puede intentará conectarse al máximo de redes que le aproximen al biopoder para devenir así un nodo singular que no pase inadvertido. Suplementariamente, el miedo a la muerte social y física (absoluta o relativa) atraviesa a l@s ciudadan@s a modo de flecha provista de un veneno inmobilizador prescrito para prevenir la aparición de creatividades rebeldes. Prevención subjetiva y objetiva, porque el sistema no pierde el tiempo ni está para tonterias. El proyecto Echelon, una red de espionaje liderada por los USA y el Reino Unido, y en la cual también participan el Canadá, Australia y Nueva Zelanda, es la aplicación material que hace al imperio omnipresente gracias a la tecnología de la información inmaterial. Echelon intercepta a diario tres billones de comunicaciones, incluyendo correos electrónicos, búsquedas a Internet, llamadas telefónicas, faxs y transmisiones de satélite. Toda clase de información se filtra mediante programas informáticos, con el objetivo de vigilar gobiernos, negocios, personas y organizaciones “peligrosas” de alrededor del mundo. No existe una línea fronteriza: cualquiera puede añadirse a la lista negra del imperio por el solo hecho de haber pronunciado, escrito o clickado una palabra no pertinenente catalogada como amenanza.

Todo humano se afana para encontrar un lugar bajo el sol en la vida, pero la mayoría (si tiene suerte y no es detenida por ningún aparato de seguridad del estado) tampoco conseguirá encaramarse fácilmente en la escalera jerárquica, ni logrará el reconocimiento social que se otorga a los “trunfadores”. El biopoder y sus aledaños son zonas con “derecho de admisión” reservadas a una “selecta minoría”. Entonces es cuando la sociedad dominante se saca de la manga, por enésima ocasión, la carta del consumismo. El consumismo de bienes y servicios –actividad primordial para garantizar el incremento acumulativo de beneficios, clausurando así el proceso iniciado en la producción con la obtención de plusvalía- se convierte, de carambola, en el dispositivo postrero que salva al sistema del peligro de frustración de las clases dominadas, al canalizar los anhelos y temores humanos que serán reintegrados masivamente al imperio. La fragmentación social, transformada en substancia inmaterial mediante la predominancia de la información, acaba al final por solidificarse, chupando el potencial subjetivo humano y encaminándolo no hacia su realización individual sino hacia la alienación forzosa, por obra del deseo y la acción de consumir. Tener a cambio de no ser.

El imperio cierra la última espiral opresora y nos devora definitivamente.

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