Posneologismos: del posmodernismo a la neobarbarie.

Por: Emilio Cafassi
Fuente: http://www.hipersociologia.org.ar

I. Posmodernismo y neoirracionalismo.

Mientras una crecientemente extendida gama de ideólogos, intelectuales, y hasta publicistas, concentran sus esfuerzos en presagiar el ingreso a una nueva era, los signos más evidentes de la realidad social, política y económica, dan lugar a que las mismas fuentes proféticas deban recurrir a nuevos prefijos que, curiosamente, parecieran desmentir en su primera apariencia, los utilizados para nominar sus aserciones originales.

El prefijo anunciatorio -que en sus perfiles más propagandísticos adopta el carácter exaltado y confortante a la vez, de una suerte de «arma cargada de futuro»-, es simplemente el «pos». De tal forma que discurriríamos hacia un futuro que habría dejado atrás los rasgos estructurales específicos que signaron la época pasada para incorporarnos sin ambages en la …»posmodernidad».

Cuando se trata de adoptar un término ad hoc para calificar los datos del pasado que se obstinan en regurgitar con las consecuentes molestias gramaticales, el prefijo elegido es el «neo». No se trataría aquí, por caso, de la ya conocida ruptura los endebles lazos de solidaridad social que pudieran tejerse a pesar de la atomización que impone la vida material, y de su reemplazo por algo así como un «sálvese quien pueda»; estaríamos frente al neoconservadurismo.

De idéntica forma se procede con otras expresiones sociales ominosas: frente a la escalada de violencia racista, o al hipernacionalismo belicista, se recurrirá a similares alegorías cuasimetafóricas del estilo de neoracismo, neonazismo, neonacionalismo, etc. Las naciones sojuzgadas sufrirán entonces los efectos del neocolonialismo.

Ante las estrategias económicas, abrumadora y homogéneamente adoptadas en el mundo consistentes en la desactivación de los mecanismos institucionales de protección social mitigadores de la agresión e inseguridad existencial, también se ponderará su carácter novedoso. Esto deberá llamarse eufemísticamente neoliberalismo.

No es que queramos limitar el uso de licencias literarias en las expresiones periodísticas o teóricas de la realidad, ni mucho menos erradicarlas del panfleto. No dejan de aportar cierto colorido neologista. Sólo sucede que cuesta dotar de alguna encarnadura a este esquelético recurso gramatical que se basa en la vaguedad conceptual tanto respecto al carácter positivo del devenir, cuanto a los componentes del pasado inscriptos como incómoda rémora genética en el presente.

Jamás una época se llamó «posépoca». El capitalismo no es un «posfeudalismo», sino que es un régimen de producción basado en contradicciones que les son propias y estructuralmente diferentes de las de aquél que lo precedió. Aún si convenimos que entre uno y otro modo de producción, medió un largo y complejo período transicional con características diversificadas, y en ocasiones difusas, con marchas y contramarchas, con retornos obstinados del pasado, mezclados con síntomas del presente, se pueden justificar tales precocidades conclusivas.

La «posépoca» no fue el recurso lingüístico utilizado por los filósofos de la ilustración, los pensadores e historiadores de la revolución francesa, los utopistas, o los iniciadores de la economía política, aún mediando pretensiones fundacionales en todos ellos, y diversidades de enfoques, en ocasiones diametrales. Tampoco importa aquí valorar la elección de los significantes elegidos por cada corriente de pensamiento de épocas de transición, para designar los componentes esenciales de la realidad, sino aquella preocupación obsesiva por delimitar su significado.

Lo más sintomático, a la par que preocupante de esta generalizada tendencia discursiva es que, de manera tácita frecuentemente y hasta en ocasiones explícita, expresa la re-fundación de una epistemología de relativismo nihilista con componentes apriorísticos de tipo «sustancial-atributivos» cuya lógica interna tiende a situar al sujeto cognoscente en la epidermis atemporalizada de los fenómenos sociales.

Contiene en su esencia una ignorancia u omisión de lo ya aprehendido, de la historia del planteo de los problemas como asimilación crítica de la experiencia histórica pasada, de forma tal que cuando este pasado retorna, aparece como «nuevo», invitando a la utilización del prefijo «neo». Será vertebral para este esquema de pensamiento, insistir en el relativismo extremo, en la ausencia de determinaciones, y en la multidiversidad inconexa de la fenomenología de la realidad social. El pasado, no ofrecería la posibilidad de enhebrarse con la realidad presente para nutrir un corpus teórico que lo interprete. Mucho menos permitiría predecir, aún mínimamente, el devenir.

Pero lo que importa este paso es la promulgación de, digamoslo así, una suerte de «cambalache categorial» en el que, en el mejor de los casos, «todo es igual, nada es mejor». Las consecuencias funcionales de este tipo de «razonamiento», no pueden soslayarse, ya que contribuyen a re-afirmar el velo que sobre las contradicciones y miserias de la realidad tiende a constituir la propia reproducción material de las condiciones sociales vigentes. Es, desde este punto de vista, una suerte de práctica intensiva de la acepción marxista más primitiva del concepto de ideología. Supone la tácitamente pretendida justificación racional de la negación en el estricto sentido freudiano (en modo alguno hegeliano, a pesar de Fukuyama). No se explicará en este esquema que la sociedad se muestre impotente para solucionar sus recurrentes problemas, porque estos son de nuevo tipo.

En consecuencia, nuestra hipótesis puede sintetizarse de la siguiente manera: la contradicción de los significantes entre los prefijos utilizados es sólo aparente. La profecía exultante de la posmodernidad, requiere para su autoafirmación de que todo lo que pueda remitir a la continuidad del «ancien régime» sea al menos disimulado resaltando su carácter novedoso.

No se pretende afirmar en esta nota que no existan formas de aparición diversificadas, complejas, y hasta en cierta medida nuevas de la realidad social, sino que es función del pensamiento establecer las mediaciones entre estas emergencias concretas con los componentes esenciales, abstraídos de su sintomatología particular, con su silueta estructural.

De lo contrario, las interrogaciones acerca del qué, y del por qué, se trasladan sin sutilezas hacia el cuánto. Si algún prefijo ayuda a caracterizar estas molestas emergencias será, desde nuestro modesto arsenal literario, el «re». La renuncia a toda intención de rescate de las contribuciones pasadas, conjuntamente con la pretensión inflamada de plantar banderas fundacionales, es antes una incitación al irracionalismo tout court, y por tanto un recurso ideológico justificatorio de las catástrofes presentes.

II. Las neopenurias y el neoliberalismo

Lo que actualmente suele denominarse neoliberalismo, resulta en verdad la resaca matinal, con la que el capital amanece luego del embriagador período de la experiencia del welfare state, por un lado, y del derrumbe del socialismo -siempre «real»-, por otro.

A pesar de que el liberalismo, como cosmovisión de la realidad, resulta un conjunto de concepciones tanto económicas como políticas, difícilmente escindibles, su componente económica pareciera sobresalir en las estrategias ideológicas del presente. Y resulta un curioso ejemplo de énfasis -y éxito- precisamente en aquellos aspectos donde a todas luces manifiesta sus fracasos más rutilantes, al menos para asegurar la reproducción de los miembros de la sociedad.

Pero he aquí sí, un insoslayable carácter novedoso si nos remitimos a la experiencia histórica, que no es en nuestro caso una galante concesión hacia aquellos con quienes polemizamos: las actuales recetas liberales, concentran sus esfuerzos en la desactivación tanto ideológica como estrictamente económica de las estructuras institucionales que pudieran pervivir de épocas de hegemonía keynesiana. En tal sentido, si bien el liberalismo no ha mudado su vertebración conceptual ni sus propósitos, las tareas que debe encarar en el presente remiten a formas de aparición crecientemente dispares a las pasadas, consistentes en la remoción de los escombros del llamado «estatismo planificador».

A la vez esta ofensiva se desarrolla en un contexto de crisis capitalista de proporciones indisimulables, a la que sus propuestas económicas pretenden dar respuesta, pero que por su propia naturaleza profundizan las consecuencias sociales de ésta y contribuyen por tanto a refluir, con tales efectos, hacia las propias causas.

Sin embargo, el primer problema que enfrenta la reaparición liberal no se encuentra situado exclusivamente en el contexto histórico en el que le toca operar y en las tareas que de él se desprenden, sino que atraviesa sus mismos fundamentos. Es la tendencia del propio capital a la concentración, con su resultante extremo oligopólico, y hasta monopólico, que no pudo o no quiso ser impedido anteriormente el principal escollo que debe sortear, para lo cual debiera comenzar por reconocerlo, sin que existan atisbos de tal intención hasta el momento.

Pero si bien no debe extrañar en esta nueva ofensiva que en la argumentación se reponga al mercado como instancia socializadora única e insuperable, que erige simultáneamente a un Estado minimizado como alternativa y forma para la democracia, el propio mercado aparece crecientemente debilitado por las prácticas del dumping, la oligopolización y el proteccionismo.

No se trata aquí de poner en cuestión el vigor ideológico -manipulaciones más o menos eficaces mediante- de la retórica liberal. Este éxito tiene su correlato económico-social ratificable por la desaparición paulatina, de los principales componentes económico-institucionales del modelo keynesiano.

Toda relación de fuerzas es, aunque resulte redundante, una relación. No puede explicarse la victoria de la ideología liberal, sin sopesarla específicamente con los límites de la práctica socialista y/o keynesiana. La derrota de las alternativas políticas de control y regulación de la actividad económica erige al mercado como aquella instancia que determina el espacio «legítimo» del Estado: poco más que el mero cuidado de la propiedad privada.

Y es que las formas de socialización alternativas a la libre actividad mercantilizada del capital, ocupan un espacio social que erosiona a largo plazo los mecanismos sociales de valorización del propio capital. Todo aquel trabajo que no es productivo, en la estricta acepción de producir plusvalía, en última instancia se desenvuelve a expensas de ésta. Esto es que cuanto mayor sea la gama de mercancías y servicios (mercantilizados o no) que el Estado produce, no sólo ocupa potenciales «nichos» de mercado para el capital productivo, sino que a la vez tiende a reducir la tasa de ganancia global por deducción de la masa de plusvalía para sustentar tales actividades.

De esta forma, la desactivación de los mecanismos de «bienestar social» en su más amplia gama, junto a la privatización y mercantilización de las actividades sociales aparece como una receta privilegiada para expandir la tasa de plusvalía, y con ello la de ganancia, por un lado, mientras por otro ampliar el espacio económico de la actividad productiva frente a la improductiva.

Si las crisis capitalistas reconocen una pluricausalidad, muy esquemáticamente puede sintetizarse en la imbricación de la caída de la tasa de ganancia, y la insuficiencia de demanda solvente. La atención excluyente del primero de los aspectos podrá -en caso de lograr algún éxito- reponer los niveles de ganancia esperables por las expectativas capitalistas, pero tenderán a profundizar aquellos que involucran la demanda que es donde socialmente se establece la división de la riqueza con sus esperables consecuencias.

No puede extrañar que el énfasis liberal taxativo en la expansión de la masa y tasa de ganancia, profundice tanto la miseria, la precariedad social, la inseguridad de las condiciones de subsistencia, cuanto los propios beneficios en la medida que mengua con su derrotero la demanda incrementando los períodos de rotación del capital, la capacidad ociosa instalada y por ende la carga del capital fijo, entre otros aspectos sólo eludibles con mayor concentración y por ende con menos mercado.

Las consecuencias de la hegemonía de una ideología semejante, y de las previsibles recetas políticas para su consecusión no se hacen esperar. La expansión capitalista de los años cincuenta y sesenta, no trajeron consigo una reducción sino parcial y focalizada de la miseria, y la inseguridad. Hoy esa reducción relativa se encuentra en un proceso de reversión directa.

La proporción relativa de desocupados y precariamente ocupados, de lo que piadosamente la sociología llamará personas con necesidades básicas insatisfechas, de desahuciados y enfermos, crece geométricamente conforme al «éxito» que los planes de ajuste y reestructuración liberal vayan consiguiendo.

En este sentido, el mapa socioeconómico del mundo actual, sin que ello implique cerrar las puertas a la consideración de particularidades, se parece mucho más al panorama de preguerra que al desafío de nuevas eras de complejidad, posmodernización, y superación.

III. La degradación moral y política: el neodemocratismo.

Una transformación político-económica de estas características, no puede dejar de fomentar no sólo una despolitización específica de las instancias político-institucionales que mitigan la acción del mercado, sino una franca despolitización global de la sociedad. El fenómeno de la desmovilización de las masas al que asistimos es un emergente de esta lógica despolitizadora.

En tal sentido, las formas de ejercicio democrático que la reaparición del liberalismo va a implicar, serán excluyentemente fiduciarias. En otros términos, aquellas en las que se deposite todo el poder en la representación para ser utilizado según su mejor entender, por oposición a formas de representación mandatarias (es decir limitadas a un mandato específico) o mecanismos de democracia directa, salvo que alguna maniobra manipulatoria específica y circunstancial autorice puntualmente la utilización de aquellas.

Franjas cada vez más vastas de la sociedad delegan expresamente en algún representante profesional su voluntad ejecutiva, con el tácito intercambio de la indiferencia por la sobredosis de poder que esta apatía colectiva le aporta. Este personaje se encargará de «hacer las cosas» en nombre de sus electores, sobre quienes previamente desplegó sus encantos desde la codificación telepolítica.

Esto conlleva una despolitización de las relaciones sociales en su más amplia acepción donde cualquier intervención por fuera del mercado, es rechazada. Pero allí donde el mercado flaquea, serán los grandes intereses corporativizados quienes ocupen esta vacante. De esta forma, el contenido político fundamental de estos cambios aparentemente formales, consiste en la liberación de la acumulación de capital, y en el ejercicio creciente de su dominio respecto a los oprimidos, para despojarse de todas las cadenas impuestas por la democracia a su libre movimiento.

En tal dirección, el liberalismo representa el principio máximo de combinación de libertad extrema para el movimiento del capital en el mercado, y de violencia al interior de las unidades productivas a manos de quienes detentan, no sólo la propiedad de los medios de producción y de los resultados del proceso de trabajo, sino fundamentalmente la dirección intelectual del propio proceso.

La imposibilidad de subsistencia por fuera de este régimen de producción, con la exacerbación de la precariedad que subyace en el actual perfil, y dada la inseguridad que comporta la miseria pisando los talones de los desposeídos, obliga a convertir a la sumisión, la docilidad, la sensibilidad a la voz de mando, la ausencia de crítica en una suerte de virtud moral y cívica sobre la que se dibuja el identikit del ciudadano. Los aceitados mecanismos de control social contribuirán en esta dirección.

El fenómeno de la corrupción no es «tangente» a estas transformaciones. La falta de control de los electores respecto a sus representantes, quienes se arrogan la capacidad de interpretar la voluntad ciudadana en nombre del «bien común», el carácter ilimitado de los mandatos, la falta de independencia de los respectivos poderes que requiere la libre acumulación de capital, son estimulantes estructurales a la corrupción y al abuso. No se trata en este caso de fenómenos aislados de personajes inescrupulosos, sino de una invitación política a la inescrupulosidad, que tarde o temprano encontrará los actores adecuados para ejecutar este mandato.

Este «espíritu de la época» instaura, aunque en verdad debiéramos decir que re-profundiza, una crisis política en sentido global, una crisis de la participación política de los individuos, con su consecuente mutilación de la creatividad y la imaginación humanas, al menos en lo que a práctica política y social se refiere.

Es la expresión extrema de la miseria moral como resultante de la privatización absoluta de la vida material, por un lado, y de la actividad social segmentada, por otro, recuperada finalmente por un sistema socializador aparentemente heterogéneo y distribuidor, que en la práctica se constituye en el terreno de la manipulación de los aparatos, de los intereses corporativos concentrados, de la profesionalización incontrolable de la burocracia fiduciaria que se alimenta y sirve a esta propia lógica.

IV. Las transformaciones efectivas: la tecnología, sus consecuencias,y las neoimpotencias.

Si existe un campo en el que resulta dable reconocer mutaciones significativas respecto al pasado conocido, es precisamente el de la transformación tecnológica, tanto en su inserción en el proceso de producción cuanto en la modificación de los parámetros de consumo.

Quizás no se trate de un proceso absolutamente lineal, sino que reconoce saltos específicos, aunque aún así las transformaciones tecnológicas se suceden correlativamente con el transcurso del tiempo. Pero de allí no se sigue que las características fundamentales de las relaciones sociales (no sólo de producción) le correspondan en idéntico grado de metamorfosis, como para dar por resultado modificaciones cualitativas, según las pretensiones posmodernizantes.

Muy por el contrario, las formas de producción social de la tecnología, esto es, no sólo los estímulos concretos a la producción de las transformaciones tecnológicas, sino simultáneamente los mecanismos sociales de circulación y consumo de ésta, lejos de adoptar un nuevo carácter producen y reproducen crecientemente las formas sociales de las que estos cambios técnicos son herederos.

Mas simultáneamente, la candidez positivista que le otorga a las relaciones sociales, cuando no directamente al hombre, la responsabilidad del dominio de lo estrictamente herramental radicado en la tecnología, produce una separación artificial entre el desarrollo tecnológico y su contexto social.

Sin negar que los progresos en el dominio parcial de aspectos de la vida cotidiana resultan valorables, no son menos ciertas las consecuencias negativas que acompañan a estos mismos progresos. ¿En qué unidad cuantificamos los incrementos en la expectativa de vida, para realizar luego el balance con las muertes ocasionadas por los mismos recursos en las frecuentes guerras?

Si bien puede reconocérsele razonabilidad crítica cuando arremete contra las posiciones epistemológicas más modernas que depositan en la ciencia la responsabilidad de las vergüenzas sociales, la neutralidad instrumental con la que se exculpa a la tecnología, difícilmente contribuya a superar la tensión irresuelta entre los beneficios y sus consecuencias negativas. En verdad desplaza la preocupación por la unidad de contrarios que se expresa en ambos aspectos.

La apropiación de la ciencia por el capital sesga, por un lado, el tipo de orientación de la producción tecnológica, mientras por otro la circulación mercantil dará forma definitiva a la utilización de ésta en la satisfacción de las necesidades humanas.

Si en algo se caracteriza específicamente la producción mercantil-capitalista es en el descontrol social de toda actividad productiva y en sus consecuencias. Estos rasgos, como hemos referido líneas arriba se potencian aún más con la re-emergencia del liberalismo al atomizar y paralizar aún más la actividad ciudadana, también fuera del espacio laboral.

Aquí tampoco los resultados empíricos ahorran elocuencia, sin tener que referirnos a las guerras. Como reconoce el diario La Nación, «la ingeniería química ha elaborado unas setenta mil sustancias compuestas nuevas -a razón de mil por año- cuyos efectos acumulativos en la tierra aún se desconocen», o que «en menos de una década el ozono estratosférico disminuyó un tres por ciento sobre el hemisferio norte, y un dos por ciento sobre el hemisferio sur» (6/6/89).

Por más científicos que tengamos las consecuencias de las actividades productivas actuales y del consumo, aún que éste sea exclusivamente asequible a un veinte por ciento de la población mundial, no las controla ni la sociedad conscientemente, ni los científicos, ni la burocracia política. Menos aún los epistemólogos.

El hecho de que los latidos de la producción científica y sus resultados tecnológicos irriguen los circuitos del capital, no implica en modo alguno que el control se encuentre en sus manos. De su capacidad de opresión no se desprende necesariamente una proporcional capacidad de control de los efectos de su actividad, ni sociales, ni ambientales. Antes bien, se infiere de sus impulsos motrices todo desinterés por tales efectos hasta que estos no pongan en riesgo cierto la propia fuente de sus beneficios.

Pero la crisis actual de la humanidad, con sus incontrastables tragedias no puede ser cargada exclusivamente a la cuenta del liberalismo ni de los profetas de la posmodernidad. Es ante todo una crisis de alternativa política global a este modelo.

Tanto de la ausencia de una alternativa de gestión económica consciente que organice la producción en función de las necesidades humanas colectivas, como de aquella que garantice el conocimiento y la participación de la comunidad en los asuntos comunes, junto con el control creciente de las consecuencias de tales actividades.

Las miserias ajenas no deben actuar como pantalla para el reconocimiento de las impotencias propias, aunque éstas tampoco aportan elementos sustantivos a los exploradores de la novedad. Aquí tampoco reconoceremos síntomas futuristas.

¿Acaso en alguna otra época tuvimos otra arma que la de la crítica y la activa voluntad transformadora, y otro resultado de su uso que el de la reproducción de viejos desastres?.

Aún así preferimos continuar aceitándola, a participar del remate de los arsenales para asegurarnos una platea en el teatro de la decadencia.

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