Las iglesias

Por: Ramón Cotarelo
Fuente: http://www.insurgente.org (13.09.10)

Que el hombre es un ser social se sabe desde Aristóteles y seguramente desde antes de él. Ser social quiere decir que el hombre no es él mismo si no anda en grupo. Es decir, el carácter grupal le es consubstancial. Eso explica seguramente que en su parte racional, cuando como individuo llega al uso de razón, si llega, también se oriente hacia lo colectivo, lo gregario, lo grupal, la iglesia, lo eclesiástico. La iglesia en el sentido griego del término, esto es, la reunión de personas con algún fin específico, el de salvarse en el caso de los católicos o protestantes y, al parecer, el de condenarse en el de los aquelarres; el de hacer una revolución, el de deshacerla; ganar el mundial; escuchar a U2. Asambleas, partidos, iglesias.

Cuando los teóricos hablan de las “identidades múltiples” de las personas hoy día lo que están diciendo es que los sujetos vivos disfrutamos de la fascinante posibilidad de considerarnos partes de distintos todos: español, catalán, hispacatalán, catalañol, protestante, europeo, feminista, conservador, vegetariano, etc. Porque la idea actual de “identidad” es curiosa: consiste en creer que la esencia de ésta es determinar el grupo, rebaño o grey al que se pertenece. La identidad cómicamente entendida como un test de pertenencia.

En realidad la identidad es lo contrario, es decir, aquello que es propio, inherente al individuo, intransferible, incompartible. La identidad es la base del individuo y del individualismo. Esa misma idea de la existencia de diversos grupos en los que el individuo se integra, como si fuera un mosaico es un vano intento de ocultar que no se trata sino de opciones que el individuo previamente toma en función, precisamente, de su identidad. No es el partido el que hace al individuo sino el individuo el que hace el partido; no es la nación la que hace al individuo sino el individuo el que hace la nación; no es Dios quien hace al hombre sino el hombre quien hace a Dios.

Pero eso es muy complicado y presupone una forma de vida individual en perpetuo combate en contra de las iglesias, que es áspera, incómoda y objeto de todo tipo de malevolencias. Así que la mayoría, fatigados antes o después de esa existencia al estilo de la “emboscadura” de Jünger, decidimos aceptar la seductora propuesta de las “identidades múltiples” en la falaz convicción de que el hecho de ser de varias cosas atenúa la desgracia de ser de una.

Todos los grupos en los que nos integramos (todas las “identidades” que felizmente multiplicamos) partidos, confesiones, naciones, etc., son iguales; todos tienen unos sistemas de valores que nos encajamos mal que bien, como la ropa pret à porter, porque establecer la jerarquía propia de valores es muy difícil igual que encargar la indumentaria a medida es muy caro. Todos tienen una estructura de ordeno y mando que afecta al mundo de las ideas: hay cosas que pueden pensarse y decirse y cosas que no pueden decirse ni siquiera pensarse, so pena de encontrarse fuera del rebaño, del grupo, del partido, de la iglesia..

La única razón que parece aducirse a favor de las iglesias, además de la esencial de que somos lo que convivimos, es el viejo adagio de que la unión hace la fuerza. La unión, mágica palabra. Todos quieren estar unidos como piñas porque así se aseguran alcanzar sus objetivos. La unidad, base de la fuerza que todo lo justifica y a todos tranquiliza: la unidad contra el terrorismo, la unidad nacional, la unidad de la izquierda, la unidad antifascista, la unidad jurisdiccional, la unidad de las iglesias, la unidad de destino en lo universal. Realmente insoportable. Y no acaba ahí la cosa. Considérese la finalidad de tan mirífico estado unitario: la fuerza. Fuerza ¿para qué? La respuesta parece obvia: fuerza para cambiar la sociedad. Y la contrarrespuesta no lo es menos: nada que haya que imponer a la fuerza merece la pena.

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