Desencanto postmoderno y desmovilización ciudadana

Por: Martín Hopenhayn*
Fuente: www.icalquinta.cl

* Magister en Filosofía Universidad de París VIII. Autor de «Ni apocalipticos ni integrados», Fondo de Cultura Económica, 1994. «Después del nihilismo», Andrés Bello, 1997.

La globalización nos plantea serios problemas de conciliación; agudiza lo que Alain Touraine señala como gran problema y desafío de la modernidad hoy, a saber, la tensión entre subjetividad y racionalización.
Esta tensión tiene muchas facetas.

En la política, tensión entre la estandarización de los fórmulas de inserción global (ajuste, dolarización, reducción del Estado social, privatización, y reconversión productiva en el mejor de los casos) y la esperanza nunca resignada de idear proyectos propios de futuro para la sociedad nacional.

En la economía, la tensión entre una racionalización competitiva cada vez mayor_ para acceder con ventajas en el concierto global, y la necesidad de una solidaridad extendida que contrapese los efectos concentrados de la apertura externa y del mercado.

En la organización de la vida personal, la paradoja entre una exposición creciente a mensajes de los otros y la búsqueda de espacios de autonomía y expresión propios.

En el acceso al conocimiento, la tensión entre la selectividad funcional y la aspiración a la creatividad.

En el intercambio «massmediático», cada vez más diferenciación de oferta, pero también cada vez más «obesidad» por sobrepoblamiento de mensajes. Todo se expresa con la marca de la doble cara. En la era de la globalización la historia pide, más que nunca, conjugar los deseos subjetivos y los imperativos de la racionalización.

En estas tensiones se inscriben también dos elementos claves de articulación entre política y cultura, y también son susceptibles de recreación: la desmotivación política y la ciudadanía segmentada.

La desmotivación política posee una dimensión «epocal» y otra más contingencial.

La primera tiene relación con el colapso de los proyectos socialistas y, con ello, del mito del Gran Cambio Social. Este colapso produce una cierta orfandad existencial, en la medida que impide la plena identificación del individuo con la colectividad, del sujeto con el movimiento de la historia, del joven con un ideal encarnado. El mentado fin de las ideologías lo es, en este sentido: como ausencia de perspectiva de «redención» personal en un movimiento revolucionario, o ausencia de «contextualización» del proyecto personal en un proyecto nacional. Esto es especialmente crítico para la juventud popular urbana, por las siguientes razones. Primero, porque es la juventud la fase etaria en que se definen proyectos y se agudiza la pregunta por el sentido vital y el horizonte temporal de la vida personal; segundo, porque es la juventud popular la que percibe menores alternativas de desarrollo individual frente a sus contemporáneos y, por lo tanto, más requiere de proyección simbólica; tercero, porque en el mundo urbano (en contraste con el rural) son más débiles los lazos «pre-modernos», menos nítidos los valores de referencia y los mecanismos de pertenencia. De esta manera, la actual política no da respuesta ni relevo al «hueco vital» que dejó la pérdida de proyectos anteriores que, mal que mal, gozaban de mayor fuerza movilizadora, de identificación, de «fusión», de promoesas de protagonismo heroico etc. El sesgo pragmático, administrativo y muy statu quo que la juventud popular le atribuye al actual modelo y a la forma vigente de hacer política, refuerza este desencantamiento.

La desmovilización política también tiene su dimensión contingencial. Recuérdese que el retorno a la democracia, sobre todo en países donde las dictaduras fueron acompañadas de crisis económicas y concentración del ingreso, se asoció no sólo a la libertad politica, sino también a una vaga idea de mayor justicia social, desmentida Iuego por la persistencia de una mala distribución del ingreso. La percepción que pueden tener los jóvenes populares de que sigue siendo un grupo social el que se enriquece, y que lo hace de modo cada vez más intenso, no deja ileso el juicio sobre la politica. Mal que mal, la política aparece hoy como funcional a este patrón de acceso tan segmentado a los beneficios del modelo. Es probable que.para muchos que no acceden a nuevos beneficios (o que lo hacen a un ritmo muy inferior), el discurso político se parece cada vez más al discurso empresarial: conquistador de mercados, renovador de su estructura productiva, dotado de un nuevo espíritu emprendedor.

La ciudadanía segmentada es otro fenómeno disruptivo en la articulación entre cultura y política. Esto tiene distintos aspectos.

En primer lugar, las limitaciones del «concertacionismo» cuando se trata de incorporar a una mesa de diálogo público a los sectores que no «agregan» sus demandas. Si la institucionalización de la democracia tiende hoy a girar, semántica y valóricamente, en torno a la idea de una concertación ampliada, esto contrasta con la falta de presencia pública y de acceso a decisiones de una parte importante de la población. Ni la descentralización ni las invocaciones parlamentarias han podido paliar este problema. Para muchos, los alcances de las democracias vigentes resultan inciertos cuando se trata de incorporar las demandas de los excluidos a la negociación. La triple condición de marginalidad económica, territorial y politica de los excluidos, los condena a permanecer dispersos y atomizados.

En segundo lugar, debe tomarse en cuenta que la ciudadanfa está en pleno proceso de redefinición en sociedades de «información», de «gestión» y de «informatización». No es ya sólo cuestión de disponer de derechos políticos, sino también de participar, en condiciones de mayor equidad, en el intercambio comunicativo, en el consumo cultural, en el manejo de la información y en el acceso a los espacios públicos. Un «ciudadano» en una sociedad de la información y de la gestión, es aquél que dispone de conocimientos y de bienes necesarios para participar como actor en los flujos de información y en procesos de gestión.

En este nuevo campo de ejercicio de la ciudadanía, el protagonismo está segmentado según la disposición de destrezas (conocimientos y técnicas) y de bienes y servicios (acceso a redes, flujos, proyectos «competitivos», etc). Una vez más, los jóvenes de bajos ingresos se encuentran allí en una posición de claro rezago relativo. Su «producción de subjetividad» no encuentra correlato en los circuitos en que se produce información, se consagran los mensajes, se atienden las propuestas.

¿Qué horizonte de integración entre países de la región plantearse en este ámbito?

Una iniciativa,entre muchas posibles,es incorporaren políticas de cooperación regional la difusión de tecnologías que permitan mayor presencia y visibilidad pública a actores que, por su condición marginal o subalterna, se ven privados de interlocución en el intercambio societal de mensajes, demandas y reivindicaciones.Esto puede materializarse en proyectos de cooperación regional cuyo objeto sea, por ejemplo, la instalación de estaciones radiales comunitarias, y de páginas de Internet para grupos de jóvenes que padecen distintas formas de exclusión o para movimientos sociales que no logran expresarse más allá de sus acotados territorios.

En el campo de la industria cultural bajan los costos y se flexibilizan las posibilidades técnicas para incorporar a actores socioculturales poco integrados al intercambio público de mensajes. Esto debiera permitir un uso intensivo de intersticios del complejo industrial cultural para acciones de pequeña escala, consagradas a la promoción y defensa de culturas locales que acceden, sólo precariamente, a los beneficios de la modernización.

A medida que baja el precio de los componentes, más pueden «redificarse» horizontalmente las comunicaciones. Los sistemas integrados – teléfonos que conectan telex, computadores, bases de datos, fax – tienen tantos puntos de entrada, que su acceso tarnbién puede beneficiar a actores socio-culturales de bajos recursos. Al mismo tiempo, componentes cada vez más livianos y transportables hacen que la información sea físicarnente más accesible a Iugares remotos, precisamente donde más se preservan (pero se aíslan) las identidades culturales locales o regionales.

De lo anterior puede inferirse que las estrategias de desarrollo de la industria cultural enfrentan en la región un reto enorme y atractivo. La afirmación de un desarrollo endógeno requiere de una cultura participativa, de una ciudadanía con vocación protagónica, y de actores socioculturales que se incorporen a la modernidad en el intercambio horizontal de símbolos y mensajes. Para ello, la consolidación de la segunda generación de los mercados comunicacionales – informativos, y el tránsito hacia la tercera generación, pueden llegar a constituir un resorte medular.

La segunda generación se relaciona con formas modernas del ejercicio de la ciudadanía. Estas formas aluden al protagonismo de los actores sociales en temas de preocupación ciudadana (prevención de epidemias, campañas de alfabetización coordinadas por los medios de comunicación de masas, cuidado del rnedio ambiente y del habitat urbano, acciones de prevención frente al tráfico y consumo de drogas, etc.). En este campo la televisión permite coordinar acciones de la ciudadanía y motivar a la población a asumir un rol activo en materias de inquietud compartida. Una cultura de preocupación y acción ciudadanas ayuda a romper las barreras estamentales, y a involucrar al conjunto de la sociedad en torno a problemas comunes que se publicitan (es decir, se hacen públicos) a través de los medios de comunicación de masas.

La tercera generación constituye un salto adicional en la construcción de una cultura interactiva a gran escala. Los sistemas de teleconferencias, redes informatizadas y conexiones integradas (teléfono-fax-computadora-fotocopiadora), pueden aprovecharse para prestar el micrófono a quienes no han contado con posibilidades para hacerse oír en espacios públicos. De hecho, estos nuevos sistemas comunicativos, a su vez integrados con los medios de comunicación de masas, tienen un potencial muy rico para ampliar los espacios públicos de comunicación. Un vasto conjunto de demandas sociales, provenientes de actores dispersos o subordinados, podría empezar a ocupar un lugar en la circulación pública de mensajes.

La tendencia al descentramiento en la emisión de mensajes, por vía de la proliferación de medios de comunicación y expresión en la industria cultural, puede contribuir a la democratización cultural de las sociedades nacionales de las Américas.Si ya hemos alcanzado la democracia política en la gran mayoría de nuestros países, la profundización democrática, fundada en el protagonismo de una vastagama deactores sociales y culturales, podría encontrar un impulso favorable desde la difusión de las nuevas formas de la industria cultural-comunicacional.

Por supuesto, todo depende de cómo se distribuyan las condiciones de acceso a esta industria. No es cuestión de confiar en el poder distributivo del mercado sólo porque en el mercado se abaratan los costos de instalación: cabe recordar, en contrapartida, que el ritmo de innovación, cada vez más acelerado, obliga a contar con recursos también crecientes para capitalizar la oferta.

Sin embargo, existen hoy casos ilustrativos, en distintos países de la región, donde el uso de nuevos bienes de la industria cultural y comunicacional ha permitido la conexión horizontal entre grupos diversos que padecen segregación sociocultural (como grupos de la Amazonia o de los mismos zapatistas). De estos casos se pueden nutrir nuevas iniciativas en este campo, tales como la construcción de redes para conectar múltiples identidades colectivas entre países de las Américas.

Por supuesto, de ello no hay garantía, ni tampoco hay expectativas auspiciosas si se deja al arbitrio de la apertura mercantil o las razones de Estado. Aquí tendrán que entrar a jugar un papel central la sociedad civil, los movimientos sociales y culturales, las organizaciones de ayuda humanitaria y la lucha de los pueblos.

Nuevos instrumentos deben ser catapultados desde nuevos actores, muchos de ellos todavía silenciosos o silenciados en el gran concierto de la globalización. Sin ellos, dicha globalización corre el riesgo de ser un monólogo entre identidades perfectamente racionalizadas, indolentes y tediosas.

 

 

 

 

 

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