La violencia doméstica

Por: Gisela Ortega*
Fuente: pieldeleopardo.com

La violencia doméstica padecida por la mujer no pertenece al pasado. Es un fenómeno actual. Además de la lesión física, comprende también la agresión psicológica y verbal. Destruir la autoestima de una persona mediante críticas, actitudes negativas y desprecios, es sin duda, una forma grave de rechazo e intimidación.

Es indiscutible que el maltrato psíquico puede ser incluso más dañino, en el largo plazo, que el corporal. La mujer herida en su yo más íntimo no puede evidenciar cicatrices. La presencia de éstas, sin embargo, estará siempre ahí.

Hasta hace poco el concepto de violencia dentro del núcleo familiar era impreciso y controvertido, ya que algunos actos que hoy son considerados agresiones, antes eran plenamente aceptados por la sociedad. Pero el aumento de la participación de la mujer en la vida social y laboral, junto con las políticas de educación igualitaria, ha permitido que salgan a la luz casos de maltrato físico y psicológico que hasta entonces habían permanecidos escondidos en el seno familiar o de pareja.

El reconocimiento de los distintos géneros de violencia ejercida contra las mujeres ha facilitado que éstas se identifiquen las situaciones de abuso y conozcan sus derechos. La declaración de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, elaborada en diciembre de 1993, define este tipo de agresiones.

Lo son: “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para las mujeres, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como privada”.

La mujer maltratada es aquella que se ve sometida repetidamente a abusos por parte de un varón con el que mantiene o ha mantenido una relación, bien sea de hecho o de derecho. Estas agresiones van desde amenazas e insultos verbales hasta golpes y actos homicidas.

Las campañas de concienciación han permitido conocer que el maltrato es la mayor causa de lesiones a las mujeres y prevalece sobre la violación callejera, asaltos o accidentes automovilísticos. La violencia doméstica se produce en todas las clases sociales, independiente de motivaciones raciales, económicas o religiosas.

 Las mujeres maltratadas de menores recursos financieros son más visibles debido a que buscan ayuda en las entidades estatales y figuran en las estadísticas. Tienen menores inhibiciones para hablar de este problema que consideran “normal”. Las de mayores recursos buscan apoyo en el ámbito privado y no figuran en los registros. Cuanto más importante es el nivel social y educativo de la víctima, sus dificultades para revelar el problema son mayores por diversas razones.

El origen de esta criminalidad

La violencia siempre ha estado presente en la historia del ser humano, pero esto no quiere decir que sea apropiada o necesaria para su supervivencia. La violencia se aprende observando a las personas que nos rodean, en la televisión, etc. De lo que se concluye que el comportamiento pacifico también puede formarse.

Los estudiosos coinciden en que el origen de la violencia contra las mujeres en el seno familiar se remonta a la histórica concepción de poder, y al uso tradicional de la fuerza por parte del padre, marido o pareja hacia los hijos y la esposa con el fin de mantener el equilibrio de la estructura patriarcal.

Las tradiciones culturales, las costumbres sociales y las normas religiosas también han defendido e inculcado la subyugación absoluta de la mujer al hombre y de los hijos a sus progenitores. Al varón se le ha adjudicado una autoridad incuestionable sobre su descendencia y sobre su mujer. Por ello se ha creído con derecho a la obediencia y al respeto incondicional.

La protección e intimidad propia de la estructura familiar facilita la existencia y el ejercicio de la violencia y el maltrato contra la mujer, ya que constituye el núcleo en el que se produce una mayor interacción e implicación afectiva. Sobre este particular la doctora Blanca Morera, médico psiquiatra de Guipúzcoa, autora del informe Violencia Doméstica: actitud del médico, señala:

“En su seno se resuelven de forma explicita e implícita aspectos relativos a la convivencia, valores, deseos, adscripción a roles y opciones sobre decisiones incompatibles. Soporta un grado de conocimiento biográfico mutuo muy alto, solapamiento de aspectos de intimidad y estrés tanto de causa interna como externa. De hecho, el maltrato se produce con más frecuencia en la relaciones comprometidas que en la casuales o sin proyecto vital común”.

Aunque ningún estrato social es ajeno al ultraje, resulta más frecuente en grupos sociales con menor nivel educacional y económico, lo que refleja una gran carencia cultural. Afortunadamente, el desarrollo de nuevos valores sociales y, especialmente, la incorporación de las mujeres al mundo laboral, han permitido que éstas ganen más autonomía e independencia, abandonen su situación de víctimas y consigan una posición igualitaria respecto al hombre.

En la mayor parte de los casos no puede establecerse la existencia de patologías o trastornos psicológicos en el agresor. Sin embargo, existen tres perturbaciones en los que el maltrato es un hecho recurrente: dependencia al alcohol o a otras sustancias sicotrópicas, trastornos exaltados en que los celos relacionados con la pareja son el motivo central del delirio y la depresión en la mujer, que algunos estudiosos consideran como un factor precipitante de la violencia familiar.

 Factores

Según el informe elaborado por la Federación de Mujeres Progresistas de España, hay al menos dos factores de riesgo que pueden favorecer la violencia en el hogar.

La desigualdad económica: la mujer económicamente independiente tiene muchas menos probabilidades de mantener una relación violenta durante largo tiempo.

Reparto de roles y de funciones dentro de la familia, en la que la mujer sigue teniendo la consideración de subordinada. La permanencia de los roles femeninos tradicionales –pasividad, subordinación, tolerancia, sentimientos de sacrificio– dan como resultado la aparición de una mujer desvalorizada y frustrada que intenta adaptarse a las circunstancias del maltrato.

El ideal de amor romántico refuerza la idea de sumisión. Genera una fuerte dependencia de la pareja y una necesidad constante de aprobación. La mujer no percibe la humillación a la cual está siendo sometida. Si se toma el estereotipo femenino de amor romántico, es fácil comprender cómo se puede llegar a ser una mujer maltratada.

Los núcleos familiares propensos a la violencia también reúnen una serie de características especificas; afectos caóticos, cambiantes, asociados con el miedo, las relaciones devaluadoras e hiperdependientes. La comunicación entre los integrantes de la familia se fragmenta. Surgen secretos familiares que prohíben que salga de la familia ninguna información sobre conductas o actos potencialmente sancionables.

Esta implicación de los miembros impide la autonomía y favorece las alianzas patológicas entre sus componentes. El padre adopta el rol parental único y la madre, junto con los hijos, el papel infantil, por lo que se genera una desigualdad de papeles, y el aislamiento progresivo del exterior salvo por parte del agresor, lo que dificulta la detección del problema.
Tipos de violencia

El abuso corporal, que se ejerce mediante la fuerza física en forma de golpes, empujones, patadas y lesiones provocadas con diversos objetos o armas. Puede ser cotidiana o cíclica, en la que se combinan momentos de brutalidad física con periodos de tranquilidad. En ocasiones suele terminar en suicidio u homicidio. El maltrato se detecta por la presencia de magulladuras, heridas, quemaduras, moretones, fracturas, dislocaciones, cortes, pinchazos, lesiones internas, asfixia o ahogamientos.

El abuso sexual, es difícil de demostrar a menos que vaya acompañado por lesiones físicas. Se produce cuando la pareja fuerza a la mujer a mantener relaciones sexuales o le obliga a realizar conductas sexuales en contra de su voluntad. Los principales malos tratos sexuales son las violaciones vaginales, las violaciones anales y las violaciones bucales. También son frecuentes los tocamientos y las vejaciones, pudiendo llegar hasta la penetración anal y vaginal con la mano, puño u objetos como botellas o palos.

Los factores que influyen en el abuso psicológico son muy variados: emocionales, económicos, sociales, etc. La mujer se ve dominada por el varón, quien la humilla en la intimidad y públicamente, limita su libertad de movimientos y la disposición de los bienes comunes.

Resulta complicado detectar este tipo de abuso, aunque se evidencia a largo plazo en las secuelas psicológicas. En este caso la violencia se ejerce mediante insultos, vejaciones, crueldad mental, gritos, desprecios, intolerancia, humillación en público, castigos o amenazas de abandono. Conduce sistemáticamente a la depresión, y en ocasiones, al suicidio.

La gravedad de estos despotismos varia en virtud del grado de violencia ejercida sobre la mujer y normalmente se combinan varios tipos de excesos, ya que dentro del maltrato físico siempre hay un abuso psicológico. En la opinión de la Psicóloga Alejandra Favieres, del Servicio de Atención a la Mujer en Crisis, de Madrid, España, “el maltrato psicológico es peor que el maltrato físico –y señala–: Evidentemente, el atropello físico severo puede dejar consecuencias muy graves, como rotura de un brazo o pérdida de la audición, pero las secuelas psicológicas son las que perduran. Es difícil que la mujer identifique el maltrato psicológico cuando este es muy sutil”.
Ciclo de la violencia doméstica
 
El ciclo de la violencia doméstica es repetitivo, se agrava con el tiempo, se transmite de generación en generación, y se extiende a otros miembros de la familia, tanto por parte del agresor como del agredido.

De acuerdo a los especialistas, existen tres momentos clave en la relación de pareja que preceden al origen de la violencia: inmediatamente después del inicio de la convivencia o matrimonio; durante el primer embarazo, y tras el nacimiento del primogénito, probablemente porque provoca cambios significativos en la dinámica de relación familiar.

La intimidación es desencadenada por una actitud, una conducta o una palabra interpretada por el agresor como una amenaza a su autoridad o a su autoestima. Los actos violentos son, a menudo, una autoafirmación de la identidad.

El período de la conducta agresiva se desarrolla en tres fases:

– Acumulación de tensión: Las ofensas son leves y los incidentes poco frecuentes. La mujer se sirve de tácticas para eludir la cólera de su pareja, y el hombre interpreta esta actitud como una aceptación de su autoridad. Generalmente, las estrategias de la mujer no solucionan los episodios de agresión, y el temor y las ansias de evitarlos favorecen la aparición de trastornos psicológicos.

– Explosión violenta: los incidentes comienzan a ser periódicos y las lesiones más graves. La víctima ya no intenta evitar las situaciones que desencadenan la violencia y sólo espera que pase lo antes posible. Esta fase puede durar días y es controlada totalmente por el agresor.

– Arrepentimiento: El ofensor se muestra amable, cercano y en ocasiones pide perdón o promete no ejercer más la violencia. La víctima aliviada por el cese de la agresión, le cree o quiere creerle y pone bajo su propia responsabilidad la continuidad de la relación familiar. El sentimiento de culpabilidad impide el abandono del agresor.

Este ciclo de violencias se repite constantemente, ya que la fase de arrepentimiento suele durar muy poco. Explica Alejandra Favieres “Durante el acto de contrición el hombre cede el dominio a la mujer, pero es momentáneo, porque en cuanto la mujer intenta ejercer ese poder recién adquirido vuelven a acumularse las tensiones y se produce una nueva descarga violenta”.

El maltrato es la causa más común de lesiones o daño en la mujer, más que los accidentes automovilísticos, violaciones o robos combinados. Y es el motivo de prácticamente todos los intentos de suicidios realizados por ésta.

La respuesta ante la crueldad es variable, ya que la mujer es capaz de soportar altos niveles de estrés, que produce respuestas de adaptación o seudo adaptación.

Según las estadísticas el 50% de los hogares padece de alguna forma de violencia.

La violencia doméstica es un grave problema de salud que tiene consecuencia negativas para las mujeres que lo padecen y genera problemas físicos y psicológicos. Una de las características es que, las que lo aceptan, lo mantienen oculto durante largos años. Los casos que se denuncian sólo representan de un 5 a 10% de los hechos reales.

La psicóloga Alejandra Favieres, Jefe del Servicio de Atención a la Mujer en Crisis, de Madrid, España, destaca algunos problemas comunes a todos los casos de agresión.

– Las somatizaciones. Las quejas físicas sin lesión aparente son la causa más frecuente de consulta en las emergencias. Aunque generalmente se diagnostican infecciones de tracto urinario, dolor cervical, vaginitis y dolor abdominal, no ha sido posible establecer un patrón somático que facilite la sospecha de abuso o maltrato.

– Cuadros ansioso-depresivos: la desesperanza, el abandono y el aislamiento social son los principales sentimientos manifestados. A éstos se suman los problemas de sueño o apetito y el deterioro del estado de ánimo y la actividad cotidiana. Dificultades que se agravan con el tiempo y surge un importante riesgo de suicidio. El 50 por ciento de las mujeres maltratadas piensan al menos una vez en la muerte y casi una cuarta parte de ellas intenta quitarse la vida.

– Abuso de sustancias peligrosas: consumo de alcohol en el hogar, que pasa totalmente inadvertido, se convierte en un antidepresivo y revitalizante que oculta otros síntomas psíquicos.

– Cuadro psiquiátrico grave: el maltrato prolongado, con amenazas de muerte y escasa ayuda social, favorece el desarrollo de trastornos por estrés post-traumático o un cuadro psiquiátrico severo con ansiedad grave y un deterioro del rendimiento personal, social y familiar de quien lo padece.
 
Todos estos síntomas –señala Alejandra Favieres–, y en especial las alteraciones de funcionamiento general, hacen que las agresiones empeoren, ya que los trastornos psicológicos se asocian con una incapacidad de la mujer para desarrollar correctamente sus deberes de esposa, madre y ama de casa.
El agresor

El agresor habitualmente es una persona con valores tradicionales y una ideología patriarcal conservadora; sus creencias culturales le capacitan para el ejercicio de la violencia. En ocasiones su nivel cultural o su origen socioeconómico es inferior al de su pareja, por lo que intenta restablecer el equilibrio controlándola.

Generalmente tiende a relacionarse con todas las mujeres de la misma manera y su violencia es reincidente. Esto permite identificar ciertos factores de riesgo: haber sufrido maltrato en la infancia; tener antecedentes de conducta violenta contra objetos o animales en la adolescencia, y contra otras mujeres en la edad adulta, pueden identificar la existencia de un potencial agresor. Sin embargo, es imposible generalizar, ya que no existen estudios de hombres no violentos con antecedentes de violencia familiar.

Si bien la situación en el seno hogareño es insostenible, las relaciones interpersonales fuera del núcleo familiar son excelentes y suele ser una persona reconocida públicamente como buena.

Tiene baja autoestima y una imagen negativa de si mismo. Se siente miserable y fracasado como persona. Además, suele ser patológicamente celoso. Por ello, gran parte de los actos violentos se inician por la percepción errónea de una infidelidad o de que alguien le quita el afecto de su mujer.

La violencia es una forma de afirmarse y no perder el control sobre su entorno, o de compensar un poder del que carece fuera del hogar.

Según los datos extraídos de las denuncias presentadas en diferentes países, este es un problema que existe en todos los estratos socioeconómicos y modelos culturales. El agresor suele ser un hombre de 30 a 40 años, considerándose el alcoholismo el desencadenante de la agresión en el 45% de los casos.

Cada intento de abandono de la mujer, es interpretado por el agresor como un autentico fracaso e intenta volver a conquistarla por la fuerza o generarle compasión, amenaza con suicidarse y simula enfermedades. Se aísla emocionalmente y es reservado.

 En cuanto al agresor homicida, la muerte de la victima se produce tras años de abusos y actos violentos continuados. El desenlace fatal es más frecuente cuando la perjudicada se ha separado o ha decidido hacerlo o ante una supuesta infidelidad, que en este contexto supone cualquier intento de la mujer de establecer una relación afectiva.

Las investigaciones realizadas en la Unión Europea y Estados Unidos, indican que la causa de los malos tratos está en la personalidad del agresor y no en el carácter o comportamientos de la mujer.

“Casi el 100% de los agresores repite su conducta con todas las parejas que tiene. Puede fingir una recuperación, pero siempre vuelve a maltratar. Puede que el abuso ya no sea físico, pero si psicológico”, señala Alejandra Favieres, que destaca:

Una vez cometido el ataque tienden a minimizar: “No es para tanto, solo fue un empujón”, justifica. “Ella me hizo llegar al limite, me hizo perder el control –y racionaliza la conducta–. En realidad es ella la que me tiene dominado”.

“Cuanto mas repiten la mentira, más se la creen. Además niegan constantemente el maltrato sobre todo si ha sido psicológico.

“En ocasiones los hombres se someten a una terapia para corregir la situación. Sin embargo el éxito en la recuperación es muy bajo, porque no reconocen que su conducta es equivocada, ni que tengan que cambiar nada. Creen que la mujer es la responsable de la situación, y lo principal para iniciar un tratamiento de este tipo es admitir las responsabilidades”, afirma Alejandra Favieres.

Dentro de los rasgos que distinguen al agresor, están: baja capacidad para tolerar frustraciones o situaciones de estrés. Celos. Teme que su mujer le abandone y la atemoriza. Fue maltratado o presenció comportamientos violentos en la niñez. Utiliza el sexo como un acto de agresión. A veces presenta una doble personalidad: amabilidad y violencia alternativas. Cree en la supremacía del hombre y los roles sexuales estereotipados. Mantiene una relación de dependencia con la víctima. Utiliza el alcohol como excusa para agredir. Baja autoestima; necesita validar su ego a través de su esposa. No cree que su conducta sea violenta y aísla a su pareja para controlarla.
Modelo

Estudios realizados en Estados Unidos, Inglaterra, Escocia, Francia y Holanda indican que la violencia es un comportamiento aprendido. El 81 por ciento de los hombres maltratadores fue testigo o víctima de malos tratos en la niñez. En la edad adulta tienden a repetir el mismo modelo de comportamiento que han observado de niños, por lo que es esencial prevenir los comportamientos violentos.

La figura de los padres a la hora de desarrollar la autoestima es esencial, ya que los niños perciben a través de su apoyo y afecto su capacidad y su valía.

“Cuando el niño es maltratado –sostiene la psiquiatra española Blanca Morera, autora del informe Violencia doméstica: actitud del médico– puede intentar compensar su inmadurez con sentimientos de omnipotencia que se manifiestan en la edad adulta en forma de conductas auto afirmativas rígidas o desafiantes, pero que esconden a una persona insegura e hipersensible, recelosa, posesiva o controladora que duda de su propia valía”.

 Los niños aprenden a relacionarse y a resolver los conflictos viendo como lo hacen los adultos. Cuando las necesidades biológicas y emocionales están cubiertas, los comienzan a desarrollar el sentido de seguridad en sí mismos y en los demás. Si, por el contrario, estas necesidades básicas son ignoradas, tienden a adoptar un talante desconfiado y temeroso.

Una de las principales actuaciones de prevención va dirigida a los hijos de matrimonios o parejas en los que se han producido malos tratos con el fin de que no repitan el modelo de conducta que han aprendido en su hogar.

“Los niños creen que la agresión es una conducta normal y la han internalizado como el patrón de comportamiento habitual entre hombres y mujeres. Es entonces, cuando hay que ayudarles a identificar una conducta de malos tratos”, advierte la psicóloga Alejandra Favieres.
La víctima
Aunque no existe un perfil único de mujer maltratada, subsisten una serie de características comunes en todas las víctimas: el abuso se inicia entre los 17 y 28 años, en la mitad de los casos hay antecedentes de episodios depresivos al abuso y la dependencia o tendencia a estables relaciones asimétricas con el otro sexo, aceptando reglas patriarcales en la relación.

Es probable que la mujer haya sufrido malos tratos en la infancia y haya desarrollado una baja autoestima y una alta tolerancia a la violencia, ya que se trata de un modelo aprendido anteriormente.

Diversas investigaciones, entre ellos el realizado por la Organización Panamericana de la Salud han demostrado que una de cada tres mujeres, en algún momento de su vida, ha sido víctima de violencia, sexual, física o psicológica perpetrada por hombres.

Por su parte los estudios realizados por la Asociación de Mujeres contra la Violación en España, demuestran que una de cada siete mujeres, en ese país, ha sido violada o agredida por su pareja.

El abuso sexual dentro de la pareja es cualquier contacto realizado contra la voluntad de la mujer desde una posición de poder. Sin embargo las mujeres tienden a minimizar este problema porque creen que los hombres tienen necesidades que deben satisfacer a su manera. Por ello la mayor parte de las denuncias se refieren a los golpes recibidos pero no denuncian la violencia sexual. Para las víctimas, el estupro es un acto que se produce entre dos personas desconocidas.

El maltrato continuado genera en la mujer unos procesos patológicos de adaptación denominado Síndrome de la mujer maltratada, que se caracteriza por:

– Indefensión aprendida: tras fracasar en su intento por contener las agresiones, y en un contexto de baja autoestima reforzado por su incapacidad por acabar con la situación, la mujer termina asumiendo las agresiones como un castigo merecido.

– Pérdida del control: consiste en la convicción de que la solución a las agresiones le son ajenas, la mujer se torna pasiva y espera las directrices de terceras personas.

– Baja respuesta conductual: la mujer decide no buscar más estrategias para evitar las agresiones y su respuesta ante los estímulos externos es pasiva. Su aparente indiferencia le permite autoexigirse y culpabilizarse menos por las agresiones que sufre pero también limita de capacidad de oponerse a éstas.

– Identificación con el agresor: la víctima cree merecer las agresiones e incluso justifica, ante críticas externas, la conducta del agresor. Es habitual el Síndrome de Estocolmo, que se da frecuentemente en secuestros y situaciones limites con riesgo vital y dificulta la intervención externa. Por otra parte, la intermitencia de las agresiones y el paso constante de la violencia al afecto, refuerza las relaciones de dependencia por parte de la mujer maltratada, que empeoran cuando la dependencia también es económica.
¿Por qué no lo abandona?

Esta pregunta es formulada constantemente por los especialistas y terceras personas que observan casos de agresión evidente.

En ocasiones las mujeres permanecen con su pareja violenta porque creen que las alternativas que tienen son peores a su situación. Se convencen de que las cosas no están tan mal y piensan que son ellas las que incitan a la violencia por no haberse quedado calladas, se culpan y se censuran.

La violencia se establece progresivamente en la pareja. La mujer se deja maltratar, en algunos casos porque se considera la principal responsable del buen funcionamiento del matrimonio y cree que éste depende de sus propias habilidades para evitar conflictos y situaciones de violencia o ruptura matrimonial.

“Ante los actos de violencia se culpabilizan y se sienten que merecen ser castigadas por cuestionar los valores ideológicos que sostienen la familia, por no asumir adecuadamente su papel de madre y compañera. Por eso intentan adaptarse a los requerimientos de su pareja para ser aceptadas y no maltratadas, asumiendo un papel de subordinación, con las falsas expectativas de que si ella se comporta bien no dará lugar a que su cónyuge la maltrate. Su consorte le ha repetido tantas veces que no sirve para nada que termina creyéndolo y se culpabiliza”, puntualiza Alejandra Favieres.

La principal razón que demora o impide el abandono de la víctima es el temor a las represalias, seguida de la dependencia económica y el miedo a perder los hijos.

Existen algunos rasgos comunes en la mujer maltratada:

Cree todos los mitos acerca de la violencia doméstica. Baja autoestima. Se siente culpable por haber sido agredida. Se siente fracasada como mujer, esposa y madre. Siente temor y pánico. Falta de control sobre su vida. Sentimientos encontrados: odia ser agredida pero cree que le han pegado por su culpa, que se lo merecía. Se siente incapaz de resolver su situación. Cree que nadie la puede ayudar a resolver su problema. Se siente responsable por la conducta del agresor. Se aísla socialmente. Acepta el mito de la superioridad masculina y teme al estigma del divorcio o la separación.

 Según la Organización de las Naciones Unidas, la violencia contra la mujer es “cualquier acto o amenaza de violencia basada en género que tenga como consecuencia, o tenga posibilidades de tener como consecuencia, perjuicio y/o sufrimiento en la salud física, sexual o psicológica de la mujer”.

En España. A consecuencia de la violencia doméstica, un total de 28 mujeres han perdido la vida en lo que va del año a manos de sus parejas y exparejas, según los datos del Instituto de la Mujer de España, elaborados a partir de las estadísticas del Ministerio del Interior, en el primer cuatrimestre de 2006 se ha producido un incremento de víctimas mortales del 35%.

En Venezuela. El tema de la violencia es amplio y complejo y vale la pena señalar que Venezuela es un país donde la crisis económica, la desigualdad social, la insatisfacción de necesidades básicas, la carencia de vivienda, deterioro de la salud, el desempleo, el hambre, la desconfianza en las instituciones, el incumplimiento de las leyes y de la administración de justicia, el deterioro general del nivel de vida, y la pérdida de los valores, contribuyen a la acumulación de ansiedad, tensión y la frustración, por consiguiente a la agresión y a la violencia.

A partir de 1985, se crean en el país Casas de la Mujer y Oficinas de Atención a la Mujer en diversas entidades federales, las cuales desde sus inicios reciben denuncias de mujeres agredidas por sus parejas, asunto que condujo a analizar la situación, ya que el 87% de ellas hacia referencia a maltrato físico severo.

Venezuela aprueba en 1998 la ley Contra la Violencia hacia la Mujer y la Familia –una de las mejores de América Latina– puesta en vigencia en 1999, que permite prevenir y sancionar todo tipo de violencia contra los principales grupos victimas de la misma, la mujer y la familia, además de asegurar la atención y el apoyo a las víctimas de violencia doméstica, violación, acoso sexual e incesto.

Las ultimas estadísticas señalan que la población venezolana cuenta con mas de 26 millones de habitantes, de los cuales 13 millones son mujeres, en la que casi la mitad de ellas se encuentran entre los 15 y 45 años, y mas de la tercera parte, entre l5 y 34 años, período en la que la población femenina sufre mayor violencia. La Fundación para la Prevención de la Violencia Doméstica hacia la Mujer es una institución que se ha dedicado al estudio e investigación de la violencia en el país, revelo que un 26% de las mujeres-víctimas son casadas y más del 50% solteras.

En el estudio La criminalidad en Caracas la doctora Ana María Sanjuán afirma que cada 12 días en el área metropolitana de Caracas, un hombre mata a una mujer en el contexto de la relación de pareja. La investigadora sostiene que de dos de cada cinco sucesos de lesiones atendidas en los centros de salud corresponden a mujeres víctimas de violencia familiar presentándose reincidencia en nueve de cada diez casos.

Desde 1999, fecha de su creación hasta 2003, la línea del Instituto Nacional de la Mujer de Venezuela, ha reportado 11.668 llamadas de mujeres que denuncian ser victimas de violencia doméstica.

Hoy día en Venezuela se conocen muchos más casos de violencia contra la mujer que hace 5 años, debido a la promoción y utilización de las vías de denuncias adecuadas.
 
 
  

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: