Fuente: Colaboración: de Xime
Fuente: hommodolars.org
TEXTO ENSAYO SOBRE “SER” Y “HACER” MUJER”
Siempre soñé con tener una autopista de carreras. Pero no cualquier autopista, sino de esas cuyos enrevesados caminos rodearan la mitad de mi pieza… y que ojalá incluyera un auto a control remoto para recorrerla. Nunca me la regalaron. En cambio sí tuve un montón de muñecas, de casi todos los tipos; desde las raquíticas barbie’s (con sus respectivos ken’s) hasta las rechonchitas que decían “mamá” y lloraban, y claro, todos sus accesorios: coches, cunas, ropa, etc. Y uno tenía el deber de cuidarlas. Si las dejaba tiradas por ahí, mi mamá me llamaba la atención diciendo: “Oye, protege a tu guagua”, “vístela, se va a resfriar”, o algo por el estilo, mientras mi vecino manejaba a distancia sus fantásticos autos de juguete por el pasaje donde vivíamos. Sería injusto de mi parte decir que sólo me regalaban muñecas… también tuve aquellos tradicionales surtidos de tacitas, platitos y ollas (algunos que venían, incluso, con una mini-cocina), pequeñas escobas, cosméticos y joyas de fantasías.
Hoy aún escucho algunos comentarios que señalan la “natural” división del trabajo por géneros y que apuntan al rol “ontológico” que le corresponde a la mujer como esposa, madre y ama de casa, como si estos papeles que generalmente ha desempeñado la mujer (claramente, por otros motivos), vinieran inscritos en sus genes y no correspondieran a una construcción cultural, tal y como alguna vez lo fue la justicia inquisidora (que se apoyaba en la concepción del pecado) o el nazismo (basado en el racismo radical), aunque evidentemente mucho más arraigada en nuestra sociedad.
Desde la aparición y el establecimiento de la agricultura como sistema de producción más eficiente, se da inicio a un período de grandes transformaciones en la cosmovisión, que significaría un gran cambio con respecto a las percepciones y estructuras sociales. Aquí probablemente podríamos encontrar los orígenes del patriarcado. Vemos los inicios no sólo de la acumulación de la tierra sino también de sus frutos. Así mismo se comenzaría a atribuir una connotación positiva al hecho de dar a luz a la mayor cantidad de hijos y por lo mismo, más importancia a las mujeres que lograran cumplir este requisito, pues así se podría contar con más gente para la protección de la tierra. Este concepto de propiedad de la tierra y de sus excedentes crea dinámicas de poder nunca antes experimentadas, incluyendo las jerarquías institucionalizadas. De esta forma la mujer queda relegada casi sólo al ámbito reproductor.
De todas maneras, el origen y desarrollo del patriarcado no responde a un factor ni a dos, y una revisión histórica en busca de sus comienzos y de los hechos que lo fueron propiciando se torna, de verdad, dificultosa para ser desarrollada en breves líneas. Además, los mecanismos que se utilizaron para lograr su “naturalización” dentro de la sociedad están aún poco esclarecidos. La desvalorización simbólica de las mujeres en relación con lo divino, que aparece ya en la biblia, unida a la visión que dió Aristóteles de éstas como seres humanos «incompletos y defectuosos», se convierten en pilares de los sistemas simbólicos de la civilización occidental, que volvieron prácticamente invisible la subordinación de las mujeres haciéndola «natural». Algunos autores, como Freud, han descrito las motivaciones y el funcionamiento del subconsciente patriarcal como una expresión del miedo del hombre a la mujer. Este miedo surge, en primer lugar, por el privilegio inalcanzable de las mujeres de ser las únicas que pueden engendrar vida de su propia sangre. En segundo lugar, nace de la sospecha de que, tras del velo de la obediencia, las mujeres pudieran estar tramando su venganza. Otros, como Foucault, plantean que el capitalismo ha impulsado el sistema patriarcal con el fin económico de elevar la producción, a través de la represión del deseo sexual, campo en que la Iglesia también ha hecho lo suyo, incentivando la confesión plena de todo pecado de la carne, con un fin de conversión y retorno a dios.
En fin, detrás de esta escueta reseña está el hecho de que el sistema patriarcal continúa siendo una forma de base para nuestra sociedad, dentro de la que diariamente las mujeres debemos movernos con dificultad. Entendemos por PATRIARCADO una estructura social contemporánea básica que se caracteriza por la autoridad masculina, impuesta desde las instituciones, sobre las mujeres y los niños, y la ampliación de este dominio a la sociedad general, y que se encuentra enraizada en la unidad familiar. Sin familia patriarcal, el patriarcado quedaría desenmascarado como una supremacía arbitraria y opresiva, y terminaría siendo derrocado.
Esta dominación se da tanto en el plano psicológico, como en el ámbito sexual, con lo que el hombre intenta asegurar el control de la mujer. Ocurre entonces una devaluación del lugar que ocupa la mujer, siendo condicionadas a un segundo plano, quedando de manifiesto, por ejemplo cuando, por un mismo trabajo, una mujer recibe un salario menor que un hombre, o bien, el deshonor que significa para una mujer la promiscuidad, a diferencia de los resultados positivos que se le adjudican al hombre tras esta misma práctica. Sin considerar el derecho que se adjudican las parejas de las mujeres a golpearlas o asesinarlas frente a un (muchas veces sólo aparente) desengaño amoroso, y cómo esto puede resultar un atenuante para su presentación en tribunales.
Fuera de esto, el sistema patriarcal encierra las más profundas contradicciones, y aquí me gustaría poner énfasis en su relación con la sociedad “moderna”, basada en el sistema capitalista. La economía de apariencia “global” ha desatado necesidades inesperadas en pro de la producción, que pueden reflejarse con claridad en la transformación del trabajo, los cambios tecnológicos y el ascenso de una economía informacional mundial. Todos estos procesos han demandado el ingreso de la mujer a la esfera laboral, lo que significa muchas veces el fortalecimiento de una independencia económica imprevista, y con esto un poder de negociación y decisión nunca antes visto, descartando al menos el factor financiero de dominación patriarcal y abriendo nuevas opciones para la dirección de sus vidas. Sin embargo, al mismo tiempo, la sociedad moderna, productora de estos cambios, no está preparada para ellos. El desarrollo capitalista, que requirió en su avance, como uno de sus fundamentos primordiales, la conservación del sistema patriarcal, ve en los resultados de este mismo desarrollo cómo se comprometen los valores sociales que se enraizaban como base del patriarcado, y cómo se desligan importantes conceptos para su preservación, como el amor, la sexualidad, la familia y el género.
“…Es la revolución más importante porque llega a raíz de la sociedad y al núcleo de lo que somos” . En términos estadísticos, los indicadores demuestran esta tendencia a través del aumento del divorcio y la separación, la formación de hogares unipersonales, retraso en la formación de parejas, y como uno de los efectos más evidentes: el descenso en las tasas de fecundidad que lleva a la crisis en los patrones de reemplazo generacional (pensemos que es mucho más fácil para una mujer ingresar a un trabajo si no tiene hijos). Sin embargo todo lo brevemente descrito no corresponde sino a una transformación en pañales, a medio camino, lo que provoca que las mujeres deban enfrentarse a un sinnúmero de dificultades al enfrentar realidades tan contrarias: por un lado, un mercado que les exige eficiencia y rigor, y por el otro, la preocupación por el hogar y los hijos, dónde rara vez se ven apoyadas por los cónyuges o parejas. Y con esto no quiero señalar que las mujeres no podamos realizar ambas tareas, ser madre y trabajadora, pero el sistema que se mantiene (y que es mantenido bajo preceptos masculinos) lo complica colosalmente. Y si queremos comprobarlo, es sólo cuestión de ver los sistemas de previsión social, tales como los ofrecidos por las Isapres, que aumentan significativamente los costos en cuanto una mujer solicita un plan maternal.
Aún así el modelo patriarcal se sigue reproduciendo, con mucha frecuencia, a partir de las madres, injustamente las encargadas primordiales de la educación de los niños. Muchas veces mediante prácticas que ni siquiera se han tomado el tiempo de cuestionar, como el obsequiar a sus hijas un arsenal de muñecas para que, desde pequeñas “aprendan cómo madres”, igualando aquello a la capacidad de “crear mujeres”, y en cambio, negándose a regalarles un autito de juguete, por ser aquel un “objeto masculino”, como si fueran ellos los únicos que el día de mañana tuvieran el derecho de conducir un auto.
Cómo ya se sabe hoy en día, las diferencias de género corresponden a una construcción cultural, y como tal pueden ser derribadas también por medio de la cultura, de las personas que la producen diariamente. Pero esto no significa individualizarnos imponiendo un tipo de subjetividad, como una forma de poder se ejerce sobre la inmediata vida cotidiana que categoriza al individuo, lo marca con el sello de su propia individualidad, lo ata a su propia identidad, impone sobre él una ley de verdad que él debe reconocer y que los demás tienen que reconocer en él. Aquello, como lo dije anteriormente, es una forma de poder, que trasforma a los individuos en sujetos. Una nueva construcción de hombre/mujer (no en lo que a sexualidad se refiere) equivaldría a intentar construir una cultura colectiva, orientada a defender los derechos de hombres y mujeres mediante diferentes mecanismos de lucha (igualación, diferenciación o separación) y a redefinir la identidad alienada de la mujer que se conserva en la familia patriarcal, suprimiendo el género de las instituciones sociales. El reto femenino al patriarcado lleva también al cuestionamiento de la heterosexualidad como norma obligatoria y de represión sexual que han manejado los hombres. Cómo postula Foucault, la sexualidad es una construcción social, y el modelo que ha manejado a su conveniencia el sistema patriarcal ha sido la heterosexualidad. De esta forma, su crítica se convierte en un importante elemento de acción e innovación, hacia el reconocimiento institucional de las relaciones homosexuales.
La mujer sólo puede ser entendida en el proceso en el que es construida o se construye a sí misma, diferencialmente, en relación con otros, particularmente con los hombres. Escribir la historia del género no supone dejar fuera a las mujeres; es ofrecer un marco de análisis que insista en que los significados del «hombre» y «mujer» se obtienen siempre en términos de reciprocidad, la creación del sujeto-colectivo. Pero antes es necesario asumir que dentro del sistema en el que nos desenvolvemos todos los días, una concepción así se vuelve, por decir lo menos, utópica.
A los defensores del imperialismo les gustaría hacernos creer que la dominación del hombre sobre la mujer sólo existe en Afganistán o Irak, donde las mujeres usan velos en sus caras o son apedreadas en sus condenas, y que el machismo y la dominación masculina ya no existe en las sociedades que siguen el modelo occidental, para que obviemos el gran manto que nos cubre el rostro cuando somos discriminadas en nuestros trabajos por el hecho de ser mujeres, o la inmensa cantidad de piedras que soportamos sobre nuestros cuerpos cuando somos expuestas a un trato despectivo, excluyente y muchas veces humillante, al asumir por ejemplo, una condición homosexual.
“Dentro de las estructuras institucionales de poder del capitalismo la emancipación de la mujer SIEMPRE será una quimera de los sentidos”
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Excellentes aportes, sigamos pensando, escribiendo compartiendo, como una manera de ir desenmascarando el patriarcado. Cada uno y cada una en su espacio de vida.