Neoliberalismo en la educación

Fuente: icalquinta.cl

El neoliberalismo, se refleja en una propuesta educativa que se ha ido conformando paulatinamente pero que ha ido alcanzando rasgos claros e integrales. De hecho, las propuestas neoliberales parten de la equiparación de la educación con el mercado, el mismo que es ubicado como una deidad que todo lo puede, todo lo resuelve y es lo único que debe quedar en libertad. Esta idolatría del mercado ordenaría los valores morales del neoliberalismo, y por tanto también las metas formativas que han de ser impulsadas en la educación

Históricamente la educación ha cumplido una doble función: reproductora de la cultura e ideología y formadora de los recursos humanos para el área productiva. Hoy, en gran medida, la educación ha quedado restringida a cumplir con la primera de estas funciones, es decir, la de carácter ideológico, renunciando a la segunda, pues el crecimiento del desempleo y del sector de “excluidos” ha demostrado en los hechos la incapacidad del sistema educativo para incorporarlos al empleo.

En este contexto, la llamada “educación para la supervivencia” queda establecida como estrategia dirigida a los más pobres, a los que se les niega toda posibilidad de ascenso social, y se les ofrece tan solo conocimientos para leer, y realizar operaciones aritméticas básicas. Eso, por un lado; por otro, se crean educaciones de primera (privada cara), de segunda (municipalizada pagada) y tercera categoría (pública gratuita). La reducción de presupuestos para éstas dos últimas, la cada vez mayor desatención de las mismas, son condiciones deseadas y estimuladas por los impulsores del neoliberalismo.

La privatización educativa, como mecanismo de exclusión y de definición de un tipo de educación para cada clase social (calidad según la capacidad de pago), se sostiene como una educación para “los más aptos” (económicamente se entiende), y otra educación más residual, para una masa de trabajadores de servicios y operadores.

Subordinar el mundo educativo ante el mundo laboral y productivo, especialmente de las grandes empresas, determina a priori a que debe dedicarse la vida de cada estudiante (educación según la actividad laboral futura). No es una educación para la formación integral del educando, sino una educación para el empleo inmediato y según los requisitos impuestos por el empleador y el mercado.

Es el triunfo de la concepción neoliberal en la educación, tratada como una mera mercancía y ya no como un derecho humano esencial. La eficiencia financiera en la educación es el objetivo superior; los niños se convierten en materia prima al ingresar y en producto al salir. Los números son el único mecanismo de evaluar la calidad, los padres de familia son llamados clientes y los directores pasan a ser sostenedores y gerentes, estos últimos las más de las veces sin ninguna formación especializada en relación con el mundo educacional; sostenedores que no necesitan ser profesores. Así, la escuela ha dejado de ser un ámbito de relación y vivencia humana por excelencia para convertirse en una empresa que brinda un servicio. La lógica del mercado, si la asumimos como propia o si la toleramos, lleva al absurdo el proceso educativo y la labor docente.

El esquema incluye modificaciones en el trabajo docente. La flexibilización y las líneas para dividir y destruir los sindicatos docentes son una constante. Son muchos los casos en los que la descentralización educativa entendida como lo hacen los neoliberales, no es más que un mecanismo buscado para destruir a los sindicatos, el cual es su objetivo principal. Descentralización que, en la mayoría de los casos, no ha significado nada más que ampliar las escalas burocráticas mientras se evalúa a los docentes en su “producto”, con un ánimo persecutor, colocando a los padres de familia como patronos y quitando a maestros y maestras su estabilidad.

La base de este esquema sería un acuerdo equivalente al Consenso de Washington establecido por los neoliberales, el que se repite como discurso y como práctica a través de las directrices del Banco Mundial y otras instituciones financieras (FMI, BID, AID, etc.). Al respecto, es interesante notar como en el período neoliberal, las instituciones financieras, bancos y afines, reemplaza a instancias como UNESCO en la definición de los parámetros educativos, reflejando así la total subordinación de los sistemas educativos ante propuestas de desarrollo más amplias.

El Consenso de Washington en Educación”, se presenta como el conjunto de características comunes a las reformas propuestas por los neoliberales a la educación de Latinoamérica: la crisis de calidad se la identifica como crisis de “eficiencia, eficacia y productividad”, a ella se suma una “crisis gerencial” y juntas serían la muestra de que “el Estado es incapaz de brindar calidad educativa” porque la “masificación para universalizar la educación trajo también la caída de su calidad”. La solución está entonces en la “competencia” para la que requieren de la descentralización y la privatización que lleve a la gente a “invertir en la educación de sus hijos”. Un discurso que por repetido pega, pero que por aplicado se lo puede negar como útil.

Ahora bien, el neoliberalismo no es un sistema social, sino que es el instrumento por el cual la clase dominante de un sistema social, el capitalismo, enfrentó su crisis general. Por tanto, combatir tan solo al neoliberalismo es permitir que la raíz de los males permanezca e irse por las ramas. La crítica al neoliberalismo, para ser profunda, no puede buscar una careta diferente para el mismo sistema económico en el que desarrollamos nuestra labor educativa, se llame esta keynesianismo, neokeynesianismo, “tercera vía” o como se quiera. No se trata de un “cambio de modelo” que sólo nos llevaría a repetir el viejo slogan de “cambiar algo para que todo siga igual”.

Empujar una crítica al neoliberalismo y su expresión en educación, debe estar ligada a una posición ideológica, política y organizativa alternativa al sistema, que no sea funcional al mismo. Por eso, para empezar, creemos que la calidad de la educación no es un tema de evaluación sobre los resultados individuales medibles, en si el estudiante accede o no a un puesto de trabajo, es o no lo que el empresario deseaba, está listo para moldearse a un mundo de injusticia, o se lo considera desadaptado porque demanda justicia social. Esa es la perspectiva de los neoliberales que juzgan la eficacia educativa en función a si ésta responde o no a las necesidades del mercado.

Muy al contrario, planteamos que para los sectores democráticos y populares, la calidad de la educación debe ser entendida en cuanto ésta contribuye a una transformación social, a generar ese mundo que anhelan los pueblos, en los que la libertad y la justicia, el bienestar y el progreso, se repartan entre todos. Esta es una perspectiva histórica y social de la calidad de la educación que supera el inmediatismo e individualismo de la perspectiva neoliberal. Con ella abrimos el debate sobre el para que de la educación y tomamos una opción entre la respuesta de que ésta sirve para alimentar la empresa que requiere de esos trabajadores, o la respuesta de que la educación tiene una misión trascendente para transformar el mundo. No hace falta decir que es esta segunda respuesta la que consideramos justa.

En esta perspectiva, la calidad educativa dejará de tener como base los requerimientos de los empresarios y pasará a tener como base los requerimientos de la sociedad. Este es el primer y fundamental paso para hablar de una educación democrática.

Significa esto que a los pueblos, a los maestros y maestras, a padres y madres de familia, a los estudiantes, nos corresponde ir delineando ese norte, porque según sea la sociedad que nos proponemos construir, deberemos decir que educación es la que requerimos y, también, cual es el docente que esa educación demanda.

El segundo paso, pero simultáneo con el anterio,r para hablar de una educación democrática, se presenta en el campo de las ideas. Los cambios propuestos y aplicados por los neoliberales en la educación, tienen lógicamente un sustento ideológico, que los justifica. El neoliberalismo ha reemplazado la idea de igualdad de oportunidades, con el lenguaje de la eficiencia y los costos; los principios, por el pragmatismo; el derecho a la educación, con el elitismo. La educación es concebida como una empresa de producción, como una mercancía que debe servir a un dudoso desarrollo. La educación vista como empresa de producción, destaca la productividad cuantitativa, la relación costo-egreso y la eficiencia económica. El lenguaje empleado deja ver como se deja de lado el carácter humano de la educación.

Retornando a las bases ideológicas, diremos que estas son el individualismo a ultranza (posmoderno dirán algunos), y el pragmatismo que propicia el renunciamiento a una actitud ética, a una defensa de una concepción de vida, y también que impide un acercamiento científico a la realidad. Esta renuncia a asumir principios de vida, de hecho significa adoptar el punto de vista impuesto por las esferas de poder, articulando muchas veces de modo inconsciente con principios y fines educativos igualmente impuestos.

Una educación democrática y alternativa, debe promover en los alumnos y en la comunidad educativa en general una perspectiva de vida solidaria, comprometida y libre de perjuicios. Por ello es que una educación que verdaderamente se oriente a socializar valores humanos, es una educación que va contra la corriente neoliberal. Y esa promoción no puede hacerse por medio de discursos y sermones, sino por la vivencia de esos valores en el interior del plantel educativo, lo que demanda que ajustemos desde el trato interpersonal, la distribución de pupitres, hasta los contenidos de las asignaturas a un propósito común y socialmente válido.

El punto de partida y donde se concretan estos valores, está en los Derechos Humanos y la Convención sobre los Derechos del Niño, comprendiendo que los derechos colectivos (de tercera generación) y los derechos económico sociales (de segunda generación), están por encima de los derechos individuales y aun más de la tergiversación al derecho a la propiedad que la burguesía lo presenta como derecho a la propiedad que les permite a ellos explotar y por tanto expropiar la propiedad de todos los demás.

Vivir los derechos significa, entre otras cosas, generar una participación auténtica de todos los componentes de la comunidad educativa, respetar las diversidades étnicas y raciales, luchar por la equidad de género, abrir espacio para el debate y la libre expresión de alumnos y padres, fomentar la libre organización de los integrantes de la comunidad educativa, comprometerse con los temas sociales y la protección del ambiente, desarrollar la cultura nacional, combatir el sometimiento extranjero, denunciar la injusticia y plantear las salidas a los problemas populares.

La misma educación debe ser vista como un derecho que es consustancial al ser humano y que no puede someterse a las reglas del mercado, ni tratarse como una mercancía. Los neoliberales, plantean falsamente que la ampliación de la cobertura educativa trajo consigo la caída en la calidad de la educación. La crisis educativa no se encuentra allí, o sino bastaría preguntarse porque el mismo Banco Mundial reconoce que la educación cubana es la mejor, de lejos, de las demás en latinoamérica. Y Cuba garantiza esa educación de calidad para todos, entre otras causas porque no ha seguido las recetas del Banco Mundial y del FMI, organismos a los que ni siquiera pertenece.

La crisis educativa realmente es parte de la crisis general del sistema, de allí que se la viva también en los países capitalistas desarrollados. Por tanto tiene otras causas que las conocemos bien y condiciones agravantes que han sido acrecentadas por la aplicación del neoliberalismo.

Lo cierto es que en en toda América Latina, el objetivo de la educación pública, gratuita, laica y obligatoria, nunca fue asumido realmente por el Estado. Esta fue una bandera de lucha de los sectores populares que obligaron a la ampliación de la cobertura, necesaria también para la oligarquía como complemento de los procesos de reforma agraria y así incorporar a los campesinos al mercado en los años 60 y 70.

El argumento de los neoliberales sobre lo negativo de la cobertura educativa a la que llaman “masificación”, está creado para justificar la existencia de distintos tipos de educación, según sea la “capacidad de compra” del “cliente” que solicita esa mercancía llamada servicio educativo. Para ello, intencionalmente reducen los presupuestos para la educación pública, desmerecen la labor de los maestros y plantean cambios que significan la destrucción de sus derechos, al modo de la flexibilización laboral que sufren los obreros fabriles. Así, atacan la estabilidad docente, proponen contratos anuales, ubican a los padres de familia como patrones, buscan desarmar los sindicatos de maestros, excluyen a los maestros de la seguridad social, eliminan subsidios de antigüedad. Y todo a nombre de una mejor educación que nunca llega.

Al tratar este tema, entramos en el campo de batalla por el presupuesto educativo. Varios organismos internacionales sostienen que como mínimo, un país que desee desarrollarse habrá de entregar al menos 6% de su producto interno bruto a la educación. Incluso el Banco Mundial reconoce que: “… Comparada con otras inversiones, el rendimiento social de la educación es el más elevado,… Cuatro años de escuela primaria pueden conducir a un aumento de la productividad agrícola del 8 al 10%…” Sin embargo, los gobiernos latinoamericanos han priorizado el pago de la deuda externa, a extremos de asfixiar a la educación. La salida, entonces, es imponer a los padres de familia el pago de la educación y ello conduce incluso a dejar a miles de niños sin acceso a la educación, a lo menos, en sus niveles medios y superiores. Se sabe que muchos de los niños pobres que asisten a los primeros años de enseñanza básica, no van con la intención de educarse y aprender, sino por la oportunidad de poder comer un plato de comida al día.

Una educación democrática, no puede concebirse si no es para todos. Y no puede ser tal, sino no es de calidad para todos. Entonces, complementemos el significado de la calidad, porque desde la perspectiva de lo que ese niño, niña o adolescente deben alcanzar tras el paso por las instituciones educativas, esta: el aprender a ser, el aprender a hacer, el aprender a prender, el aprender a convivir con los demás con el compromiso de transformar la sociedad. Hay que tener presente que el niño descubre el mundo a través de todos sus sentidos, y acepta con mayor agrado las actividades que toman como fuente de aprendizaje su propia realidad. Por otro lado, el niño aprende a través de situaciones empíricas en las que el juego es lo principal.

Ahora bien, la verticalidad e inequidad en las relaciones sociales genera una ideología autoritaria, la misma que se expresa también en las instituciones educativas. El autoritarismo se forma a partir de innumerables condicionamientos:
En la familia, con el dominio paterno y el machismo.
En la iglesia, con la estructura jerárquica y la imposibilidad de discutir los dogmas.
En el trabajo, con la concentración de toma de decisiones y una dominación de roles.
En el gobierno, en la sociedad, se da igual concentración de decisiones.

Aquí está también el sistema educativo y los límites legales a lo que las escuelas pueden hacer. En la escuela (dicha en sentido genérico, como institución educativa), casi puede decirse que los alumnos carecen de derechos. En la escuela autoritaria se le otorga casi como única función el someterse a las decisiones de los adultos con el pretexto de que ellos saben lo que necesitan y desean los educandos. Disciplina significa: quietud, silencio, obediencia, sometimiento a la voz de la autoridad que, supuestamente sabe lo que es bueno para los niños y adolescentes. “Nuestras acciones en contraposición a nuestras palabras parecen decirle al niño: ”tus experiencias, preocupaciones, curiosidades, necesidades, lo que sabes, deseas, te preguntas, esperas, temes, te gusta o disgusta, para lo que sirves y para lo que no, todo esto no tiene la más mínima importancia, no cuenta para nada. Lo que importa aquí, lo único que importa es lo que nosotros sabemos, lo que consideramos importante, lo que queremos que hagas, pienses y seas”… (John Holt, 1997. El fracaso de la escuela. España)

Todo ello tiene graves consecuencias El estudiante se convierte así en un ser para el maestro y no para su desarrollo personal. El problema de la autoridad existe para todos nosotros. El desarrollo de unas vías libres y democráticas de existencia, consiste esencialmente en renunciar a la utilización autoritaria del poder y en proporcionar alternativas viables. Es éste un problema al que deben enfrentarse todas las instituciones o individuos dedicados a la enseñanza.

Como ya se dijo, las normas y rutinas rigurosas son uno de los alimentos del autoritarismo. En clase, una vez establecidas la rutinas que permiten al profesor controlar el espacio y el tiempo a su alrededor, el contenido o la calidad de lo que estamos haciendo dejan de tener importancia. El desarrollo democrático de las normas de convivencia en el aula, es fundamental para el cultivo de la criticidad y una disciplina consiente. De lo que se trata realmente es de trabajar la autoridad sin autoritarismo, un liderazgo democrático. Una buena costumbre que deberíamos desarrollar los educadores es preguntarnos el “por qué” de todas las reglas y conflictos que se puedan presentar en clases. Vale recordad que Paulo Freire solía decir que la disciplina es el equilibrio entre la autoridad y la libertad.

“Lo mejor que puede hacer la escuela es ser un lugar en el que los jóvenes tengan la posibilidad de llegar a conocer, con sus fuerzas y debilidades, preparándose para modificar una sociedad que tiene tan pocos sentido. La clase no sólo separa a los jóvenes de la sociedad. Los segrega también entre sí ” (Kohl, Herbert R. Autoritarismo y libertad de enseñanza. Editorial Ariel, España, 1974).

Todo esto revela que en la escuela se viven varias paradojas:
Es una institución que tiene el deber de educar (hacer crítico al individuo) y a la vez socializar (transmitir las pautas de comportamiento culturales).
Es una institución cargada de imposiciones, pero que pretende educar para la participación.
Es una institución jerárquica que pretende educar para la democracia.

La participación en la democracia requiere de fuertes cambios para que efectivamente ésta pueda vivirse y lograrse sus niveles superiores, pero la escuela persiste en la tradición.

En la escuela, la finalidad de la participación no es solo organizativa sino educativa, porque la tarea de participar es, en sí misma, enriquecedora. La participación desarrolla la responsabilidad y la capacidad de dialogar, de planificar, de aprender y de trabajar en grupo. La participación es un elemento fundamental de la verdadera democracia. No hablemos de esa “participación” que se desarrolla en la mal llamada autogestión educativa, en la que al padre de familia se le impone participar (así de contradictorio) y se lo hace para descargar en ellos la responsabilidad del financiamiento educativo. Nos referimos a una participación plena, en condiciones de iguales, en los procesos de toma de decisiones, para juntos, padres, alumnos y maestros enfrentar las acciones sociales.

El rol del maestro cambia así hacia el de un líder comunitario, retomando el ejemplo de los maestros revolucionarios de Latinoamérica, como Simón Rodríguez, Aníbal Ponce, Paulo Freire y tantos otros.

No puede haber democracia si se la niega a los docentes. Los ataques a la organización del magisterio por los gobiernos o los grupos de poder, los intentos de destruir a las organizaciones de maestros que se comprometen con la necesaria transformación social, los hemos vivido permanentemente y hoy asumen forma de “flexibilización laboral” e incluso de un falso “pluralismo” tras el que se esconden las garras neoliberales. Los maestros y las maestras saben que sus conquistas han sido logradas cuando han contado con la unidad suficiente para enfrentar luchas directas contra el poder, cuando han contado con organizaciones sólidas y con direcciones consecuentes. Esto es válido para toda América, de modo que el propósito de destruir a los sindicatos o controlarlos desde los gobiernos neoliberales, va ligado al objetivo de anular los derechos docentes.

Sabemos bien que lo alcanzado es insuficiente para garantizar condiciones adecuadas y dignas de trabajo para los docentes y de estudio para los alumnos, de modo que defender las conquistas alcanzadas es parte de una lucha que se complementa con la determinación de lograr nuevas victorias. Para ellas se precisa de una más directa presencia política del magisterio en conjunto con los demás sectores populares. Somos parte de la construcción de una nueva sociedad y ello no es factible hacerlo encerrados en las cuatro paredes de aula escolar.

La recuperación de la organización docente y de su presencia social, enmarca las posibilidades de una acción conjunta a escala internacional cada vez mayor, necesidad planteada para enfrentar al neoliberalismo o a la “tercer vía” que desde las mismas raíces de origen se presenta hoy como alternativa.

Sin duda en este planteo faltan otros aspectos sobre la lucha contra el neoliberalismo en educación. Vamos, sin embargo, definiendo alternativas que no sean funcionales al sistema, sino que lo alteren, que lo mellen. Una educación democrática, popular, alternativa, no sólo debe ser lo contrario a la que es impulsada desde el poder, sino también superior.

La construcción de esa educación, es tarea de la comunidad educativa, construyendo nuevas relaciones entre docentes, padres de familia y estudiantes. Este es el camino que debemos transitar

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