Por: Claudio Díaz*
Fuente: Carta abierta a la comunidad académica de la universidad de Valparaíso
* Profesor Instituto de Historia
Estimados Colegas:
En la circular que acompaña las liquidaciones de sueldos de agosto, el señor Rector interpela a nuestra comunidad académica sobre el tema de la Acreditación. Abre así una instancia (muy necesaria) donde la palabra puede fluir de cada uno hacia todos. Me parece saludable colaborar a mantener ese flujo; y por eso aporto estas líneas:
1) Dice en esa circular que “la Acreditación es un proceso inevitable” ¿Cómo lo sabe el señor Rector? Si consideramos que ese proceso es impulsado por un gobierno que ha exhibido poca capacidad para imponer su voluntad (como vemos en sus frustrados intentos de abolir el sistema binominal o de establecer un “royalty” minero), la atribución de inevitabilidad parece excesiva. Más aún si consideramos que el proyecto de ley de Acreditación ingresó al Congreso en la inminencia de un período electoral, cuando los políticos son muy vulnerables a la protesta ciudadana; por lo tanto, también a la protesta universitaria.
Incluso aprobada en el Congreso, la Acreditación podría ser impugnada en la Corte Suprema mediante un recurso de inaplicabilidad. O podría ser derogada por otra ley, impulsada por un nuevo gobierno. Y también podría ser ignorada por cualquier universidad que no dependa del financiamiento fiscal (actualmente, incluso las universidades públicas son casi autónomas respecto de dicho financiamiento) ¿Dónde pues residiría lo “inevitable”?
Quizá el señor Rector haya querido decir que la Acreditación, como cualquiera otra imposición de voluntad, es “inevitable” cuando quienes la padecerán no hacen nada por evitarla (el síndrome de la esposa golpeada). Si ese fue el sentido de sus palabras, no puedo sino estar de acuerdo con él.
2) Dice luego en la misma circular, que la Acreditación “es un mecanismo usado en todo el mundo para asegurar y homogeneizar la calidad de la educación superior”. Tal vez el señor Rector sea excesivamente pesimista. La Acreditación es un mecanismo usado sólo en Estados Unidos, desde hace unos cien años . En el resto del mundo está recién intentando implantarse, por presión del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional; presión ejercida sobre las universidades a través de los gobiernos nacionales, con tanta mayor intensidad cuanto más creyentes en el modelo de la globalización sean dichos gobiernos .
Si consideramos a los países de Europa occidental, aquellos en los cuales se inspiró el nuestro para construir su sistema universitario, vemos que recién en julio de 2002 el Consejo de la Unión Europea emitió, junto con el Parlamento Europeo, una “Propuesta de decisión para establecer un programa orientado a mejorar la calidad de la enseñanza superior”, en el cual “se contempla apoyar acciones para la Acreditación”. Una formulación más bien cautelosa.
Después, tras un desconcierto inicial de la comunidad académica (muy semejante al que se está padeciendo en Chile), la Asociación de Universidades Europeas elaboró una posición común para llevar a la reunión de ministros de educación que se efectuaría en Berlín, en septiembre de 2003. En esa posición se sostuvo que “la acreditación externa es una opción, pero no necesariamente la única ni la fundamental /…/ las universidades y sus cuerpos académicos pueden desarrollar un papel alternativo al que asumen los sistemas de Acreditación a cargo de entidades extrauniversitarias” . En sus aspectos principales, esta posición fue acogida por los ministros; y eso es lo que está vigente, hasta la próxima reunión, en Bergen, el 2005 . En otras palabras, las universidades europeas están resistiendo la intrusión burocrática. No hay pues motivo para sentirse pesimista. Los mejores en la categoría nos dan el ejemplo.
3) Dice también el señor rector que la Acreditación “es una herramienta necesaria para que a los estudiantes se les aseguren los niveles de calidad de la docencia”. Se trata sin duda de una declaración muy valiente, plena de honestidad subjetiva y de humildad, donde el señor Rector implícitamente admite que la formación que recibió como estudiante no aseguraba niveles de calidad, y (más aún) admite que durante los períodos en los cuales él se ha desempeñado como decano y como rector, ni la facultad ni la universidad a su cargo han asegurado niveles de calidad a sus estudiantes, puesto que en todos estos casos faltó esa “herramienta necesaria”, la Acreditación.
Con todo respeto me permitiré disentir de esta apreciación del señor Rector. Es público y notorio que desde la década de 1960 al menos, los profesionales titulados en las universidades chilenas han sido regularmente admitidos como alumnos de postgrado hasta en las más prestigiadas universidades de Estados Unidos y de Europa, donde han obtenido con frecuencia el doctorado e incluso han sido contratados como docentes e investigadores. Lo cual significa que de Chile salieron bien preparados.
Gracias a ello, prácticamente toda carrera universitaria que hoy se imparte en nuestro país, tiene en su planta docente al menos un postgraduado en el extranjero. Y en nuestras universidades antiguas es común que la mayoría de los profesores de una carrera haya cumplido con esta meta autoimpuesta. ¿Qué mejor prueba de calidad para un país en desarrollo?
El ejemplo de nuestras unidades académicas que se acreditaron ante organismos extranjeros, confirma lo arriba dicho: si pudieron acreditarse, es porque ya de antes sabían cómo asegurar su calidad y lo hacían; por lo tanto, no necesitaban acreditación (aunque sin duda es enorgullecedor, para todos, que lo hayan hecho).
Ciertamente nuestras universidades tienen defectos; pero mucho menores que sus virtudes. Si así no fuera, los profesionales que ellas entregan no habrían podido mantener en funcionamiento este país; y ahora nos movilizaríamos en carreta, como en Afganistán, o estaríamos llenos de técnicos extranjeros, como en Arabia Saudita. La población chilena reconoce esto, pues en porcentajes crecientes los padres envían sus hijos a estas universidades y la empresa demanda los servicios de los graduados en ellas.
Todo académico sabe que el mayor problema de nuestras universidades es el financiamiento. La pobreza de éste obliga a sobrecargar de docencia a los profesores, lo que les quita tiempo para el estudio y para la fructífera reflexión en común. Ese pobre financiamiento también dificulta la contratación y formación de profesores jóvenes, para ir sustituyendo a los viejos. Dificulta la retención de los más destacados, atraídos primero por Santiago y luego por Estados Unidos. Dificulta la retención de estudiantes pobres y talentosos, que son arrojados sin título al medio laboral. Y dificulta la adquisición de libros, aulas y equipos auxiliares de docencia. Es la necesidad de financiamiento lo que obliga a incrementar el número de alumnos por curso y reducir la atención prestada a cada uno. Y esa misma necesidad es la que a veces tienta a los rectores para abrir carreras sin el debido apoyo docente ni de infraestructura, o sin los adecuados requisitos de admisión. La principal responsabilidad de ese desfinanciamiento cae sobre el gobierno militar, que lo provocó, y sobre el gobierno de la Concertación, que lo ha perpetuado por un tiempo casi igual.
A la luz de estos antecedentes que yo sólo me he limitado a recordar ¿no les parece una falta de respeto, estimados colegas, que la burocracia del Ministerio de Educación diga ahora que la universidad chilena (después de 162 años de tradición docente) no es capaz de asegurar por sí misma su calidad, y que ese es su más urgente problema?. Personalmente, lamento que nuestro Rector haya hecho suyo ese infundado y ofensivo argumento burocrático.
4) Reiteradas declaraciones de altos funcionarios del Ministerio de Educación, sosteniendo que las carreras universitarias deberían reducir su duración a 3 o cuando mucho 4 años , y también sosteniendo que las universidades deberían reducir el porcentaje de alumnos que reprueban, indican que la calidad no es su verdadera preocupación.
¿Cuál será entonces el verdadero objetivo de la Acreditación?
Las universidades siempre han sido en Occidente centros de autoridad, según la acepción original de esta palabra; es decir, centros donde se deposita la confianza pública. Confianza referida no a cualquier asunto, sino sólo al saber teórico o al saber que se apoya en una teoría. Y referida también a quiénes son los que poseen aquel saber. La sociedad confía (para ciertas tareas) en el portador de un título profesional, porque confía en la universidad que lo emitió.
Las sociedades sanas reconocen autonomía a las universidades, precisamente para garantizar que sigan siendo confiables ¿quién confiaría en un organismo instrumentalizado?
La Acreditación destruye esa autonomía, al determinar externamente cuál es el saber, cómo se construye y se transfiere, quiénes lo poseen y en qué medida. Esto no requiere mucha filosofía. Basta con fijar los procedimientos de medición; todo lo demás está implícito en aquellos. (Nos referimos a la Acreditación “completa”, según estándares y acreditadores externos; no a la autoevaluación, que es sólo su primera etapa) .
La fuente de la autoridad se trasladará del acreditado al acreditador; es decir, de los académicos a la burocracia educacional. De un cuerpo multidisciplinario, democrático y discutidor, a un cuerpo jerárquico, obediente y homogeneizado en su manejo de procedimientos. De un cuerpo continuamente dispuesto a revisar sus resultados, a un cuerpo que no puede reconocer sus yerros pues en el momento que lo hiciera se desautorizaría como acreditador.
Los académicos no llegarán jamás a la adultez. De por vida quedarán sometidos a un grupo de “adultos” (no necesariamente de mayor edad) que les dirá si están usando la bibliografía “adecuada”, si su planteo de una investigación sigue los pasos “correctos” o si su modo de hacer una clase está “al día”.
Así, no es raro que la universidad europea esté resistiendo. Y tampoco es raro que sea en Estados Unidos donde primero han aparecido centros de investigación autónomos, cuyos miembros no están sujetos a acreditación y pueden enfrentarse de igual a igual con sus colegas y con sus clientes.
No puedo concluir estas líneas sin recomendar la lectura de dos breves artículos: uno de Juan Parrondo, titulado “Cita a Ciegas”, en la revista Investigación y Ciencia de diciembre 2003, págs. 82 y 83, donde se pone al descubierto el fracaso del principal sistema usado en Estados Unidos para la evaluación externa de publicaciones académicas; y otro de Roberto Rodríguez G., en : http://www.rieseu.net/roberto/campus61.html, donde se analizan los problemas que ya está presentando la Acreditación en México, algo más adelantada que la chilena.
Se despide afectuosamente de ustedes,
Referencias:
1) http:www.riseu.net/roberto/campus47.html.
2) Jean Ziegler, “Foto de familia del Banco Mundial”, en Le Monde Diplomatique de diciembre 2002.
Stella Venegas y Oliver Mora, “La óptica mercantilista de la banca multilateral, en Le Monde Diplomatique de julio 2003.
Christian Laval y Louis Weber, “Cuando la educación se convierte en simple mercancía”, en Le Monde Diplomatique, julio 2003.
Joseph Stiglitz, El Malestar en la globalización (2002); Los Felices 90_(2003).
3) http://www.riesu.net/roberto/campus48.html.
4) http://www.esib.org/news/berlin communique, pdf; página 2.
5) El Mercurio de Santiago, domingo 27 de junio de 2004, pág. E10-11.
6) Ministerio de Educación, Manual para el Desarrollo de Procesos de Autoevaluación, julio 2002, págs. 19, 20 y 21.
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