El derecho a la pereza

Por: Paul Lafargue
Fuente: Libro del mismo autor

CAPITULO I

UN DOGMA DESASTROSO
“Seamos perezosos en todo, excepto en amar y en beber, excepto en ser perezosos”. (Lessing)
Una extraña pasión invade a las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste Humanidad. Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su progenitura. En vez de reaccionar contra esa aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacrosantificado el trabajo. Hombres ciegos y de limitada inteligencia han querido ser más sabios que su Dios; seres débiles y detestables, han pretendido rehabilitar lo que su Dios ha maldecido. Yo, que afirmo no ser cristiano, ni economista, ni moralista, hago apelación frente a su juicio al de su Dios, frente a las prescripciones de su moral religiosa, económica o librepensadora, a las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista.

En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica. Compárense los caballos de pura sangre, servidos por toda una legión de bimanos en las caballerizas de un Rothschild, con los pesados y toscos normandos que tienen que arar la tierra, acarrear el abono o transportar la cosecha a los graneros. Contémplese el noble salvaje que los misioneros del comercio y los comerciantes de la religión no han corrompido aún con sus doctrinas, la sífilis y el dogma del trabajo, y compáresele con nuestros míseros siervos de las máquinas.

Cuando en nuestra Europa civilizada se quiere encontrar un rastro de la belleza nativa del hombre, es preciso ir a buscarlo en las naciones donde los prejuicios económicos no han desarraigado aún el odio al trabajo. España, que, ¡ay!, también va degenerando, puede aún vanagloriarse de poseer menos fábricas que nosotros prisioneros y cuarteles; pero el artista se goza al admirar al audaz andaluz, trigueño como el castaño, derecho y flexible como un tronco de acero; y nuestro corazón palpita más fuerte oyendo al mendigo, soberbiamente arropado en su capa agujereada, tratar de amigo a un duque de Osuna. Para el español, en quien el animal primitivo no está todavía atrofiado, el trabajo es la peor de las servidumbres .También los griegos de la gran época no tenían más que desprecio por el trabajo: solamente a los esclavos les era permitido trabajar; el hombre libre no conocía más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia. Fue aquel el tiempo de un Aristóteles, de un Fidias, de un Aristófanes; el tiempo en que un puñado de bravos destruía en Maratón las hordas del Asia, que Alejandro conquistó en seguida.

Los filósofos de la antigüedad enseñaban el desprecio al trabajo, esta degradación del hombre libre; los poetas entonaban himnos a la pereza, este don de los dioses: Oh Melibea, un Dios nos ha dado estos ocios Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: “Contemplad cómo crecen los lirios de los campos; ellos no trabajan, ni hilan, y sin embargo, yo os lo digo, Salomón, en toda su gloria, no estuvo más espléndidamente vestido”. Jehová, el dios barbudo y áspero, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal: después de seis días de trabajo se entregó al reposo por toda la eternidad. ¿Cuáles son, en cambio, las razas para quienes el trabajo es una necesidad orgánica? Los albernienses en Francia; los escoceses, esos albernienses de las islas británicas; los gallegos, esos albernienses de España; los pomeranios, esos albernienses de Alemania; los chinos, esos albernienses de Asia. En nuestra sociedad, ¿cuáles son las clases que aman el trabajo por el trabajo? Los campesinos propietarios, los pequeños burgueses, quienes, curvados los unos sobre sus tierras, sepultados los otros en sus casas de negocio, se mueven como la rata de la galería subterránea, sin enderezarse nunca para contemplar a su gusto la Naturaleza. Y también el proletariado, la gran clase de los productores de todos los países, la clase que, emancipándose, emancipará a la Humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre, también el proletariado traicionando sus instintos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo. Duro y terrible ha sido su castigo. Todas las miserias individuales y sociales son el fruto de su pasión por el trabajo.

CAPITULO II
BENDICIONES DEL TRABAJO

En el año 1770 apareció en Londres un escrito anónimo bajo el título An Essay on trade and commerce (Un ensayo sobre la industria y el comercio), que en aquella época hizo cierto ruido. Su autor, un gran filántropo, se indignaba porque “a la plebe manufacturera inglesa se le había puesto en la cabeza la idea fija de que, como ingleses, todos los individuos que la componen tienen por derecho de nacimiento el privilegio de ser más libres y más independientes que los obreros de cualquier país de Europa. Esta idea —continúa— puede tener su utilidad respecto a los soldados, porque estimula su valor; pero cuanto menos estén imbuidos los obreros de las manufacturas de tal idea, tanto mejor será para ellos mismos y para el Estado. Los obreros no deberían nunca considerarse independientes de sus superiores. Es extremadamente peligroso alentar tales caprichos en un Estado comercial como el nuestro, donde tal vez las siete octavas partes de la población poseen muy poca o ninguna propiedad. La cura no será completa sino cuando nuestros pobres de la industria se resignen a trabajar seis días por la misma cantidad que ahora ganan en cuatro. Tenemos, pues, que un siglo antes de Guizot ya se predicaba abiertamente en Londres el trabajo como un freno a las nobles pasiones del hombre.

“Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios tendrán —escribía Napoleón desde Orterode—. Yo soy la autoridad…, y estaría dispuesto a ordenar que el domingo, pasada la hora del servicio divino, se reabrieran los negocios y volvieran los obreros a su trabajo”. Para extirpar la pereza y doblegar los sentimientos de altivez e independencia que ella engendra, el autor del Ensayo sobre la industria propuso encerrar a los pobres “en casas ideales de trabajo” (ideal workhouses), que se convertirían en “casas de terror, en las cuales sería forzoso trabajar catorce horas diarias, de modo que, descontando el tiempo de las comidas, quedarían siempre doce horas de trabajo llenas y enteras”. Doce horas de trabajo por día; he ahí el ideal de los filántropos y de los moralistas del siglo XVIII. ¡Cómo hemos traspasado ese non plus ultra! Los talleres modernos se han convertido en casas ideales de corrección; en ellas se encierran las masas obreras y se condena, no sólo a los hombres, sino a las mujeres y a los niños, al trabajo forzado de doce y catorce horas diarias. ¡Y decir que los hijos de los héroes de la Revolución se han dejado degradar por la religión del trabajo hasta el punto de aceptar, en 1848, como una conquista revolucionaria, la ley que limitaba el trabajo en las fábricas a doce horas por día! Proclamaban como un principio revolucionario el derecho al trabajo. ¡Vergüenza para el proletariado francés! Solamente esclavos podían ser capaces de semejante bajeza. ¡Veinte años de civilización capitalista necesitaría un griego de los tiempos antiguos para concebir tanta degradación! Y si los dolores del trabajo forzado y las torturas del hambre han caído sobre el proletariado en mayor cantidad que las langostas de la Biblia, es él quien tiene la culpa.

El mismo trabajo que en junio de 1848 reclamaron los obreros con las armas en la mano, lo han impuesto ellos a sus familias; ellos han entregado a los señores feudales de la industria sus mujeres y sus hijos. Con sus propias manos han demolido su hogar doméstico, con sus propias manos han secado el pecho de sus mujeres. Las desgraciadas encintas o amamantando a sus pequeñuelos han tenido que ir a las minas y a las manufacturas a doblar la espalda y a atrofiar sus nervios. Ellos, con sus propias manos, han destrozado la vida y el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza para los proletarios! ¿Dónde están aquellas comadres osadas, alegres y amantes de la diosa botella, de quienes hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos? ¿Dónde están aquellas mujeres despreocupadas, siempre trotando, siempre cocinando, siempre sembrando la vida, generando la alegría, pariendo sin dolor hijos sanos y vigorosos?… ¡Hoy tenemos las niñas y las mujeres de las fábricas, míseras flores macilentas, de sangre descolorida, de estómago relajado, de miembros languidecidos!… Un placer sano es para ellas desconocido y no sabrían contar alegremente cómo salieron del cascarón. ¿Y los niños? ¡Doce horas de trabajo a los niños! ¡Oh miseria! Todos los Jules Simón de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, todos los Germiny de la jesuitería, no habrían podido inventar un vicio más degradante para la inteligencia de los niños, más corruptor de sus instintos ni más destructor de su organismo que el trabajo en la atmósfera viciada del taller capitalista.

Nuestro siglo —dicen— es el siglo del trabajo. En efecto, es el siglo del dolor, de la miseria y de la corrupción. Y, sin embargo, los filósofos y economistas burgueses, desde el penosamente confuso Augusto Comte hasta el ridículamente claro Leroy-Beaulieu, los literatos burgueses, desde el charlatanescamente romántico Víctor Hugo hasta el ingenuamente grotesco Paúl de Kock, todos han entonado cánticos nauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo primogénito del trabajo. Escuchándolos, creeríase que la felicidad empezaría a reinar en la tierra, que ya se sintiese su llegada. Ellos han ido a los siglos pasados a revolver el polvo y las miserias feudales para hacer resplandecer más vivido el sol del presente. ¡Cómo nos han hastiado esos satisfechos, recién salidos de la servidumbre de los grandes señores y convertidos hoy en siervos de la pluma de la burguesía, abundantemente estipendiados; cómo nos han hastiado con el típico agricultor del retórico La Bruyére! Pues bien: nosotros vamos a mostrarles a esos señores el brillante cuadro de los goces proletarios en el año 1840 del progreso capitalista; cuadro pintado por uno de los suyos, por el doctor Villermé miembro del Instituto, el mismo que en 1848 formó parte de esa Sociedad de sabios, en la cual figuraban Thiers, Cousin, Passy, Blanqui el académico, y que propagó en las masas obreras las pamplinas de la economía y de la moral burguesas.

Se refiere a la Alsacia manufacturera, a la AIsacia de los Kestner y de los Dollfus, de esas flores de la filantropía y del republicanismo industriales. Pero antes que el doctor Villermé nos presente el cuadro de las miserias proletarias, oigamos a un manufacturero alsaciano, a M. Th. Mieg, de la casa Dollfus, Mieg y Compañía, el cual nos describe la situación del artesano de la antigua industria: “En Mulhouse, cincuenta años atrás, en 1813, cuando empezaba a nacer la moderna industria mecánica, los obreros eran todos hijos del país, habitaban las ciudades y los pueblos circunvecinos y poseían casi todos una casa y muchas veces un pequeño campo”. Era ésta la edad de oro del trabajador. Pero la industria alsaciana todavía no había inundado el mundo con sus géneros de algodón, ni hecho millonarios a sus Dollfus y Koechlin). Cuando, veinticinco años después, el doctor Villermé visitó Alsacia, el moderno minotauro, la fábrica capitalista, había ya conquistado el país; en su furia de trabajo humano, había arrancado los obreros de sus hogares para estrujarlos mejor y exprimirles el trabajo que contenían. Los obreros acudían por millares al silbido de las máquinas. “Un gran número —dice Villermé—, cinco mil sobre diecisiete mil, estaban obligados, por lo caro de los alquileres, a habitar en los villorrios cercanos. Algunos vivían dos leguas y hasta dos leguas y cuarto de la fábrica donde trabajaban. “En Mulhouse y en Dornach, el trabajo empezaba a las cinco de la mañana y concluía a las cinco de la tarde, lo mismo en verano que en invierno […] Es necesario verlos llegar todas las mañanas a la ciudad y partir todas las noches. Hay entre ellos una multitud de mujeres pálidas, descarnadas, que caminan descalzas entre el barro y que, a falta de paraguas cuando llueve o nieva, llevan el delantal echado sobre la cabeza para preservarse la cara y el cuello; y un número aun más considerable de niños, no menos sucios y macilentos, con la ropa engrasada por el aceite de las máquinas que les cae encima durante el trabajo”.

“Estos niños, mejor preservados de la lluvia por la impermeabilidad de sus vestidos, ni siquiera tienen, como las mujeres, una canasta al brazo donde llevar las provisiones del día; llevan en la mano, debajo del saco o como pueden, el pedazo de pan que debe sustentarlos hasta que vuelvan a entrar a sus casas. “Así, a la fatiga de una jornada desmesuradamente larga, que no baja de quince horas, estos desgraciados tienen que agregar la de las idas y venidas, tan penosas y tan frecuentes. El resultado es que llegan por la noche a sus casas, agobiados por la necesidad de dormir, y que al día siguiente, sin estar completamente reposados, tienen que levantarse para encontrarse puntualmente en la fábrica a la hora de la apertura”.

Con respecto a los barrios en que deben amontonarse los que viven en la ciudad, dice; “Yo he visto en Mulhouse, en Dornach y en las casas circunvecinas aquellos miserables albergues donde dormían dos familias, cada una en un ángulo sobre la paja tirada por el suelo y separadas por dos tablas solamente… La miseria en que viven los obreros de la industria algodonera en el Departamento del Alto Rhin es tal, que mientras en las familias de los fabricantes, negociantes, directores de talleres, etc., la mitad de los niños llega a los veintiún años, esta misma mitad deja de existir antes de cumplir el segundo año en las familias de los tejedores y de los obreros de las hiladoras de algodón…” Hablando del trabajo de las fábricas, agrega: “Aquello no es un trabajo, una tarea; es una tortura que se impone a niños de seis a ocho años (…] Este largo suplicio de todos los días es principalmente lo que mina a los obreros de las hiladoras de algodón”. Y a propósito de la duración del trabajo, hacía notar Villermé que los forzados de los establecimientos penales no trabajaban más de diez horas; los esclavos de las Antillas, nueve, por término medio; mientras en Francia, en la nación que había hecho la revolución de 1789 y proclamado los pomposos Derechos del hombre, había fábricas donde la jornada era de dieciséis horas, en las cuales no se concedía a los obreros más que una hora y media de pausa para las comidas.

¡Oh, miserables abortos de los principios revolucionarios de la burguesía! ¡Oh, lúgubres presentes de su dios Progreso! Los filántropos llaman bienhechores de la Humanidad a los que, para enriquecerse sin trabajar, dan trabajo a los pobres. Más valdría sembrar la peste o envenenar las aguas que erigir una fábrica en medio de una población rural. Introducid el trabajo fabril, y adiós alegrías, salud, libertad; adiós todo lo que hace bella la vida y digna de ser vivida. Y los economistas no se cansan de repetir a los obreros: “¡Trabajad, trabajad para aumentar la fortuna social?” Es, sin embargo, un economista, Destut de Tracy, quien les contesta: “Las naciones pobres son aquellas en que el pueblo vive con comodidad; las naciones ricas son aquellas en que, por lo regular, vive en la estrechez”. Y su.discípulo Cherbuliez añade: “Los trabajadores, al cooperar a la acumulación de capitales productivos, contribuyen por sí mismos al acontecimiento que, tarde o temprano, deberá privarlos de una parte de sus salarios”.

Pero los economistas, aturdidos e idiotizados por sus mismos aullidos, responden: “Trabajad, trabajad sin descanso para crear vuestro propio bienestar”. Y en nombre de la mansedumbre cristiana, un cura anglicano, el reverendo Towsend, salmodia: “Trabajad, trabajad noche y día; trabajando, vosotros aumentáis vuestra miseria, y vuestra miseria nos ahorra de tener que imponeros el trabajo por la fuerza de las leyes. La imposición legal del trabajo es demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace demasiado ruido; el hambre, por el contrario, es no solamente una presión pacifica, silenciosa, incesante, sino que, siendo el móvil más natural del trabajo y de la industria, provoca también los esfuerzos más potentes”. Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.

Los proletarios, prestando oídos a las falaces palabras de los economistas, se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, contribuyendo con esto a precipitar la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que trastornan el organismo social. Entonces, a causa de la plétora de mercancías y de la escasez de compradores, se cierran las fábricas, y el hambre azota las poblaciones obreras con su látigo de mil correas. Los proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, sin comprender que la causa de su miseria presente es el sobretrabajo que se impusieron en los tiempos de pretendida prosperidad, en vez de correr a los graneros de trigo y gritar: “¡Nosotros tenemos hambre, queremos comer!… Verdad que no tenemos un céntimo; pero así, miserables como somos, fuimos nosotros, sin embargo, quienes cosechamos el trigo y vendimiamos la uva…” En vez de sitiar los depósitos del Sr.Bonnet de Jujurieux —el inventor de los presidios industriales— y exclamar: “Aquí están vuestras obreras ovalistas, torcedoras, hilanderas, tejedoras, que tiemblan de frío bajo sus ropas de algodón, tan remendadas, que mueven al llanto el ojo de un judío; y, sin embargo, son ellas quienes han hilado y teñido los vestidos de seda de las cocottes de toda la cristiandad. Las infelices, trabajando trece horas por día, no tenían tiempo de atender sus toilettes, pero ahora, mientras están desocupadas, pueden darse a coquetear un poco con los géneros de seda que ellas mismas han trabajado. Desde que las destetaron dedicáronse a hacer vuestra fortuna, y han vivido en la abstinencia; pero ahora que están ociosas quieren gozar del fruto de su trabajo. Vamos, Sr. Bonnet, dad vuestras sedas; el Sr. Harmel dará sus muselinas; el Sr. Pouyer-Quertier sus algodones; el Sr. Pinet, sus botines para sus piececitos fríos y húmedos… Vestidas de pies a cabeza y saltando de alegría, será un gusto para vosotros contemplarlas. Animo, no tergiverséis las cosas: vosotros sois amigos de la Humanidad y cristianos, por añadidura, ¿no es cierto?… Pues bien: poned a disposición de vuestras obreras la fortuna que os han edificado con la carne de su carne… ¿No sois amigos del comercio? Pues, entonces, facilitar la circulación de las mercancías; he aquí consumidores fácilmente encontrados: no tenéis más que abrirles créditos ilimitados. Estáis obligados a abrirlos a negociantes que no conocéis, que no os han dado nada, ni un vaso de agua siquiera. Vuestras obreras se arreglarán como puedan; si el día del vencimiento dejan protestar sus firmas, las declaráis en quiebra, y si no halláis nada para secuestrar, exigid que os paguen con plegarias: ellas os enviarán al cielo mejor que vuestros abates negros con las narices llenas de rapé”.

En vez de aprovecharse de los momentos de crisis para una distribución general de los productos y para un goce universal, los obreros, muriéndose de hambre, van a golpear con sus cabezas las puertas de las fábricas. Con los rostros descarnados y los cuerpos enflaquecidos, asaltan a los fabricantes humildemente, haciendo lo posible por excitar su compasión: “Buen Sr. Chagot, dulce Sr. Schneider, dadnos trabajo; no es el hambre, sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta”. Y esos infelices, que apenas tienen fuerzas para sostenerse en pie, venden doce o catorce horas de trabajo por la tercera parte del precio que exigían cuando tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria se aprovechan de estas crisis para fabricar más barato. Si las crisis industriales suceden a los períodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando consigo la huelga forzosa y la miseria sin salida, producen también la bancarrota inexorable. Mientras tiene crédito el fabricante, alienta sin cesar la pasión del trabajo, acumulando deudas sobre deudas para proveer de materia prima a sus obreros. Hace producir sin reflexionar que el mercado se atesta, y que, si sus mercancías no llegan a venderse, llegarán sus pagarés al vencimiento. En sus apuros, va a implorar al judío, se le arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor. “Un poquito de oro haría mejor mi negocio —responde el Rothschild—; tenéis veinte mil pares de medias en depósito: valen veinte sueldos, yo las compro a cuatro”. Obtenidas las medias, el judío las vende a seis u ocho sueldos y se echa al bolsillo rutilantes monedas de cien sueldos que no deben nada a nadie; pero el fabricante ha retrocedido para saltar mejor. Llega, finalmente, la quiebra, y los depósitos desbordan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que no se comprende cómo hayan podido entrar por la puerta. Se calcula en centenares de millones el valor de las mercancías destruidas; en el siglo XVIII se quemaban o echaban al mar.

Pero antes de tomar esta decisión, recorren los comerciantes el mundo entero en busca de salida para las mercancías que se amontonan; chillan y gritan por la anexión del Congo, la conquista de Tontón, de la Eritrea, del Dahomey, obligando a los Gobiernos a demoler a tiros de cañón las murallas de la China, con el único fin de poder despachar sus géneros de algodón. En el siglo XVIII tuvo lugar un duelo a muerte entre Francia e Inglaterra para decidir quién gozaría el privilegio exclusivo de vender en América y en las Indias. Millares de hombres jóvenes y vigorosos han tenido que enrojecer el mar con su sangre en las guerras coloniales de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Los capitales abundan como las mercancías. Los financieros no saben ya dónde colocarlos, y van, por eso, a las naciones felices que están al sol fumando tranquilamente, a construir ferrocarriles, a erigir fábricas, a implantar la maldición del trabajo. Y esta exportación de capitales franceses termina un buen día con complicaciones diplomáticas —como en Egipto, donde poco faltó para que Francia, Inglaterra y Alemania se agarraran de los cabellos para averiguar qué usureros debían ser pagados primeramente—, o con guerras por el estilo de la de Méjico, adonde se mandan soldados franceses a hacer el oficio de alguaciles para cobrar malas deudas.

Estas miserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que sean y por eternas que parezcan, desaparecerán, como las hienas y los chacales al acercarse el león, cuando el proletariado diga: yo lo quiero. Pero para que llegue a la conciencia de su fuerza, es necesario que el proletariado pisotee los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora; es necesario que vuelva a sus instintos naturales, que proclame los derechos a la pereza, mil y mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos derechos del hombre, concebidos por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se empeñe en no trabajar más de tres horas diarias, holgando y gozando en el resto del día y de la noche.

Hasta aquí mi tarea ha sido fácil; sólo he tenido que describir males reales, bien conocidos, ¡ay!, por todos nosotros. Mas convencer al proletariado de que la moral que se le ha inculcado es perversa; que el trabajo sin freno, sin medida ni objeto, al cual se ha entregado desde principio del siglo, es el más terrible azote que haya castigado jamás a la Humanidad, y que el trabajo se convertirá en un condimento de los placeres de la pereza, en un ejercicio benéfico al organismo humano y en una pasión útil al organismo social cuando sea sabiamente regularizado y limitado a un máximum de tres horas, es una tarea ardua y superior a mis fuerzas. Solamente fisiólogos, higienistas y economistas comunistas podrían emprenderla. En las páginas siguientes me limitaré a demostrar que, dados los medios modernos de producción y su potencia reproductiva ilimitada, es necesario domar la pasión extravagante de los obreros al trabajo, y obligarlos a consumir las mercancías que producen.

CAPITULO III
EFECTOS DEL EXCESO DE PRODUCCIÓN

Un poeta griego de la época de Cicerón —Antíparos— cantaba en los siguientes términos la invención del molino de agua (para la molienda del trigo), que venía a libertar las mujeres esclavas y a traer la edad de oro: “¡Ahorrad el brazo que hace girar la piedra, oh molineras, y dormid tranquilamente! ¡En vano os advierta el gallo que es de día! Dánae ha impuesto a las ninfas el trabajo de las esclavas; mas ahí las tenéis saltando alegremente sobre la rueda; y he ahí el asta sacudida que gira con sus rayos haciendo dar vueltas a la pesada piedra. Vivamos de la vida de nuestros padres y gocemos contentos en la pereza los dones que la diosa concede”. Pero, ¡ay!, las comodidades que el poeta pagano anunciaba no han llegado todavía. La pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina libertadora en instrumento de esclavitud de los hombres libres: su fuerza de producción los empobrece. Una buena obrera no hace con su huso más de cinco mallas por minuto: ciertas máquinas hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto de la máquina equivale, por consiguiente, a cien horas de trabajo de la obrera, o, lo que es igual: cada minuto de trabajo de la máquina hace posible a la obrera diez días de reposo. Lo que es cierto para la industria de los tejidos lo es, poco más o menos, para todas las industrias renovadas por la máquina moderna. Pero ¿qué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y sustituye con una rapidez y precisión cada vez mayor al trabajo humano, el obrero, en vez de aumentar en razón directa su reposo, redobla aún más su esfuerzo, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Oh competencia absurda y homicida!

Para dar libre curso a esta competencia entre el hombre y la máquina, los proletarios han abolido las sabias leyes que limitaban el trabajo de los artesanos de las antiguas corporaciones, y suprimido los días de fiesta. Pero ¿se cree, acaso que porque los obreros trabajaban entonces cinco días de los siete de la semana, vivían sólo de aire y de agua fresca, como nos cuentan los farsantes de la economía? ¡Ni por pienso! Ellos tenían comodidades para gustar los goces de la tierra, para hacer el amor y divertirse, y banquetear alegremente en honor del gran dios Reposo. La severa Inglaterra, convertida hoy día en la mojigata del protestantismo, llamábase entonces la alegre Inglaterra (Merry England). Rabelais, Quevedo, Cervantes, los autores desconocidos de las novelas picarescas, nos hacen venir el agua a la boca con los relatos de aquellas monumentales comilonas con que se regalaban en aquella época entre dos batallas y dos devastaciones, y en las que nada era ahorrado. Jordaens y la escuela flamenca de pintura nos las han reproducido en sus telas vivaces. Sublimes estómagos gargantuescos, ¿qué sois vosotros ahora? Sublimes cerebros que encerraban todo el pensamiento humano, ¿en qué habéis venido a parar? ¡Cuánto hemos degenerado y empequeñecido! La vaca tuberculosa, las sopas, el vino adulterado y los alcoholes sabiamente combinados con el trabajo forzoso, han debilitado nuestros cuerpos y limitado nuestras mentes. ¡Y es precisamente cuando el hombre restringe su estómago y aumenta la máquina su fuerza de producción, cuando los economistas nos predican la teoría malthusiana, la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo! Sería cosa de arrancarles la lengua y tirarla a los perros. Desde que la clase trabajadora, en su ingenuidad y buena fe, se ha dejado trastornar la cabeza, arrojándose ciegamente, con su impetuosidad natural, al trabajo y a la abstinencia, la clase capitalista se ve obligada a la pereza y al goce forzados, a la improductividad y al sobreconsumo. Pero si el sobretrabajo del proletariado aniquila su carne y atenaza sus nervios, el exceso de consumo no es menos fecundo en sufrimientos para el burgués.

La abstinencia a la cual se condenala clase productora obliga a los burgueses a consagrarse al sobreconsumo de los productos que aquélla fabrica desordenadamente. Al principio de la producción capitalista, uno o dos siglos ha, el burgués era un hombre ordenado, de costumbres moderadas y pacíficas; se contentaba con su mujer, y no bebía sino cuando tenía sed, ni comía más que cuando tenía hambre. Dejaba a los cortesanos y cortesanas las nobles virtudes de la vida disoluta. Hoy día, no existe burgués que no se llene de capones con trufas y de bor-deaux, para alentar a los criadores de gallináceos y a los vinicultores; ni hijo de advenedizo enriquecido que no se crea en la obligación de desarrollar la prostitución y de mercurializar su cuerpo, a fin de que tengan su justificación los trabajos que se imponen los obreros de las minas de mercurio. En este oficio el organismo se gasta rápidamente; los cabellos se enrarecen; los dientes se aflojan; el cuerpo se deforma; la barriga se hincha; la respiración se hace fatigosa; los movimientos, pesados; las articulaciones se paralizan; las falanges se anudan. Otros, demasiado débiles para soportar las fatigas de la vida libertina, pero dotados de un sentimiento de hipócrita filantropía, atrofian sus cerebros en elucubrar, como los Garnier de la economía política y los Acollas de la filosofía jurídica, gruesos libros soporíferos, y dar así ocupación a los encuadernadores y a los tipógrafos. Las mujeres del mundo elegante llevan una vida de mártires. Para probar y dar valor a los mágicos vestidos que se esfuerzan en confeccionar las modistas, las pobres pasan continuamente de uno en otro traje; ponen sus cabezas vacias, durante horas y horas, a disposición de los peluqueros, para que éstos sacien su pasión por los más imposibles peinados y los cabellos postizos. Apretadas en sus corsés y en sus botines estrechos y descoladas a punto de hacer ruborizar a un granadero, giran en sus bailes de beneficencia, durante noches enteras, a fin de recoger algunos céntimos para los pobres. ¡Almas de Dios! Para cumplir con su doble misión social de improductora y de sobreconsumidora, la burguesía no sólo tiene que violentar sus gustos modestos, perder sus costumbres laboriosas de hace dos siglos, y darse al lujo desenfrenado, a las indigestiones trufadas y a las disoluciones sifilíticas, sino que tiene que sustraer al trabajo productivo una masa enorme de hombres, para procurarse ayuda.

He aquí algunas cifras que prueban lo colosal que es esa dispersión de fuerzas productivas. Según el censo de 1861, la población de Inglaterra y del país de Gales era de 20.066.244 personas, de las cuales 9.776.279 eran del sexo masculino, y 10.289.965 del sexo femenino. Si se deducen los muy viejos o los muy jóvenes para trabajar; las mujeres, las adolescentes y los niños improductivos; luego, las profesiones ideológicas, como los gobernantes, la policía, el clero, la magistratura, el ejército, la prostitución, las artes, las ciencias, etc., y, tras éstos, a la gente ocupada en comerse el trabajo de los demás, bajo forma de alquileres, intereses, dividendos, etc., quedan en cifra redonda 8.000.000 de individuos de ambos sexos y de toda edad, incluso los capitalistas que funcionan en la producción, el comercio, la finanza, etc. En estos 8.000.000 se cuentan: Agricultores (incluidos los pastores y los peones en general)………………….. 1.098.261

Obreros de las fábricas de algodón, lana, cáñamo, lino, seda, tejidos, yute, etc……. 642.607

Obreros de las minas de carbón y metal ……. 565.835

Obreros metalúrgicos (fundidores, laminadores, etc.) ……………….. 396.998

Clase doméstica (sirvientes en general). 1.208.648

“Si sumamos los trabajadores de las fábricas de tejidos y los de las minas de carbón y de metal, tenemos la cifra de 1.208.442; si hacemos otro tanto con los primeros y los de todas las industrias metalúrgicas, nos da un total de 1.039.605; es decir, en cada suma el número de individuos es siempre menor que el de los esclavos domésticos modernos. He ahí el magnífico resultado de la explotación capitalista de las máquinas”. A toda esta clase doméstica, cuyo gran número indica el grado de desarrollo alcanzado por la civilización capitalista, hay que agregar la clase numerosa de los infelices consagrados exclusivamente a satisfacer los gustos dispendiosos y fútiles de las clases ricas: pulidores de diamantes, bordadoras, modistas de lujo, encuadernadores de lujo, decoradores de casas de placer, etc. Una vez entregada a la pereza absoluta y desmoralizada por el goce forzado, la burguesía, a pesar de los males que le acarreó su nuevo género de vida, se conformó con él, mirando con horror desde entonces todo cambio. Las miserables condiciones de existencia aceptadas resignadamente por la clase obrera, y la degradación orgánica engendrada por la depravada pasión del trabajo, aumentaron aun más su repugnancia por toda imposición de trabajo y cualquier restricción de goces. Y precisamente entonces, sin tener en cuenta la desmoralización que, como un deber social, habíase impuesto la burguesía, los proletarios se pusieron en la cabeza la idea de imponer el trabajo a los capitalistas. ¡Ingenuos! Tomaron en serio la teoría de los economistas y los moralistas sobre el trabajo, y se obstinaron en llevarla a la práctica, imponiéndola a los capitalistas. El proletariado enarboló la divisa: El que no trabaje, que no coma, Lyon, en 1831, se rebeló al grito de Trabajo, o plomo; los sublevados de junio de 1848 reclamaron el Derecho al trabajo; los federados de marzo de 1871 declararon que su rebelión era la Revolución del trabajo.

A estos desencadenamientos de bárbaro furor, destructores de todo goce y toda pereza burguesa, los capitalistas no podían contestar más que con la represión feroz; pero ellos saben que si han podido sofocar estas explosiones revolucionarias, no han ahogado por eso, en la sangre de sus matanzas gigantescas, la absurda idea del proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y panzudas; y sólo con el fin de alejar este peligro, la burguesía se rodea de pretorianos, polizontes, magistrados y carceleros entretenidos en una improductividad laboriosa. Ya no se pueden tener ilusiones sobre el carácter de los ejércitos modernos; no son mantenidos permanentemente mas que para reprimir al enemigo interno. Por eso se construyeron los fuertes de París y Lyon; no ya para defender la ciudad contra el extranjero, sino para aplastarla si se subleva. Y si se quiere un ejemplo que no admita réplica, citaremos al ejército de Bélgica, de este país verdadera Jauja del capitalismo. Su neutralidad está garantizada por las potencias europeas, y, sin embargo, su ejército es uno de los más fuertes proporcionalmente a su población. Los gloriosos campos de batalla del valiente ejército belga son las llanuras del Borinage y de Charleroi; en la sangre de los mineros y de los obreros inermes es donde el oficial belga bautiza su espada y gana sus charreteras. Las naciones europeas no tienen ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios: ellos protegen a los capitalistas contra el furor popular que quisiera condenarlos a diez horas de mina o de hiladora. La clase obrera, al estrechar su vientre, ha desarrollado desmesuradamente el vientre de la burguesía, condenándola al sobreconsumo.

Para ser aliviada en su penoso trabajo, la burguesía ha retirado de las clases obreras una masa de hombres superior en mucho a la que queda consagrada a la producción útil, y la ha condenado, a su vez, a la improductividad y al sobreconsumo. Pero esta legión de bocas inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no alcanza a consumir todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el dogma del trabajo, producen como maniáticos, sin quererlas consumir y sin pensar siquiera si se encontrarán suficientes personas para consumirlas. Ante esta doble locura de los obreros, de matarse trabajando con exceso y de vegetar en la abstinencia, el gran problema de la producción capitalista no es ya el de encontrar productores y de duplicar sus fuerzas, sino de descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias. Desde que los obreros europeos, temblando de frío y hambre, se niegan a usar los géneros tejidos por ellos, a consumir el trigo y beber el vino que ellos cosechan, los pobres fabricantes se ven obligados a correr a las antípodas en busca de quienes quieran encargarse de consumir esos productos. Centenares y millares de millones representan los valores que exporta anualmente Europa a los cuatro vientos, por no saber qué hacer con ellos. Pero los su ejército es uno de los más fuertes proporcionalmente a su población. Los gloriosos campos de batalla del valiente ejército belga son las llanuras del Borinage y de Charleroi; en la sangre de los mineros y de los obreros inermes es donde el oficial belga bautiza su espada y gana sus charreteras. Las naciones europeas no tienen ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios: ellos protegen a los capitalistas contra el furor popular que quisiera condenarlos a diez horas de mina o de hiladora.

La clase obrera, al estrechar su vientre, ha desarrollado desmesuradamente el vientre de la burguesía, condenándola al sobreconsumo. Para ser aliviada en su penoso trabajo, la burguesía ha retirado de las clases obreras una masa de hombres superior en mucho a la que queda consagrada a la producción útil, y la ha condenado, a su vez, a la improductividad y al sobreconsumo. Pero esta legión de bocas inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no alcanza a consumir todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el dogma del trabajo, producen como maniáticos, sin quererlas consumir y sin pensar siquiera si se encontrarán suficientes personas para consumirlas. Ante esta doble locura de los obreros, de matarse trabajando con exceso y de vegetar en la abstinencia, el gran problema de la producción capitalista no es ya el de encontrar productores y de duplicar sus fuerzas, sino de descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias. Desde que los obreros europeos, temblando de frío y hambre, se niegan a usar los géneros tejidos por ellos, a consumir el trigo y beber el vino que ellos cosechan, los pobres fabricantes se ven obligados a correr a las antípodas en busca de quienes quieran encargarse de consumir esos productos. Centenares y millares de millones representan los valores que exporta anualmente Europa a los cuatro vientos, por no saber qué hacer con ellos. Pero los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan, por consiguiente, países vírgenes. Los fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago de Sahara, con el ferrocarril del Sudán; con ansiedad siguen los progresos de los Livingstone, de los Stanley, de los Chaillu, de los Du Brazza, con la boca abierta escuchan las maravillosas historias de estos viajeros valerosos. ¡Qué de maravillas desconocidas no encierra ese continente negro! Campos inmensos están cubiertos de dientes de elefantes; ríos de aceite de coco corren sobre lechos de arenas de oro; millares de culos negros, desnudos como la cara de Dufaure o de Girardin, esperan los géneros europeos para aprender la decencia, y las botellas de schnaps para conocer las virtudes de la civilización.

Mas todo es inútil: ni los derroches de la burguesía, ni el enorme consumo de una clase doméstica más numerosa que la clase productora, ni las poblaciones salvajes a las que se inunda de mercancías europeas; nada, nada alcanza a agotar las montañas de producción que se acumulan a mayor altura que las Pirámides de Egipto. La productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo derroche. Los fabricantes, enloquecidos, no saben ya dónde dar con la cabeza, viéndose en la imposibilidad de encontrar suficiente materia prima para satisfacer la desordenada y depravada pasión de sus obreros por el trabajo. Ciertos industriales compran jirones de lana sucia, a medio pudrir, y fabrican con ella un paño llamado renaissance, que dura tanto como las promesas electorales. En Lyon, en vez de dejar a la fibra de la seda su pureza y su flexibilidad natural, se la recarga de sales minerales que la hacen más pesada, mucho más frágil y de menos uso. Todos nuestros productos son adulterados, a fin de facilitar su salida y abreviar su duración. Nuestra época será llamada la edad de la falsificación, como las primeras épocas de la Humanidad recibieron los nombres de edad de piedra y edad de bronce, por el carácter de su producción. Algunos ignorantes acusan de fraude a nuestros caritativos industriales, cuando lo que en realidad los mueve es la idea de dar trabajo a los obreros, que no pueden resignarse a vivir con los brazos cruzados. Estas falsificaciones, que deben su origen única y exclusivamente a consideraciones humanitarias, pero que producen soberbias ganancias a los fabricantes que las practican, si bien son desastrosas por la calidad de las mercancías y constituyen una fuente inagotable de trabajo humano, prueban, en cambio, la general filantropía de nuestros burgueses y la horrible perversión de los obreros, que por satisfacer su viciosa manía de trabajo, obligan a los industriales a sofocar la voz de su conciencia y a violar hasta las leyes de la honradez comercial.

Y, sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, no obstante las falsificaciones industriales, los obreros llenan el mercado en cantidades sin número, implorando ¡trabajo!, ¡trabajo! Tanta abundancia de brazos debería obligarlos a sofocar su pasión; al contrario, esto los lleva al paroxismo. Donde se presenta apenas una esperanza de trabajo, allí se precipitan, y una vez que lo han obtenido, reclaman doce o catorce horas para poderse saciar, y al día siguiente se encuentran de nuevo en la calle sin tener ya con qué satisfacer su manía de trabajo. Todos los años, en cada industria, se repiten las huelgas forzadas, con la regularidad de las estaciones. Al sobretrabajo que aniquila el organismo sucede el reposo absoluto durante tres o seis meses, y… ¡sin trabajo no hay pan! Ya que el vicio del trabajo está diabólicamente arraigado en el corazón de los obreros, ya que sus exigencias ahogan todos los demás instintos de la naturaleza, y, por otra parte, ya que la cantidad de trabajo pedida por la sociedad está forzosamente limitada por el consumo y por la existencia de materias primas, ¿por qué devorar en seis meses el trabajo de todo un año? ¿Por qué no distribuirlo equitativamente entre los doce meses del año, y obligar a cada obrero a conformarse con seis o cinco horas diarias durante todo el año, en vez de tomar indigestiones de doce horas de trabajo por día durante seis meses? Teniendo segura su parte diaria de trabajo, los obreros no tendrán ya celos entre sí, ni se pelearán por arrancarse el trabajo de las manos y el pan de la boca. En estas condiciones, en vez de aniquilarse moral y materialmente, empezarían a practicar las virtudes de la pereza.

Embrutecidos por su vicio, los obreros no han podido llegar a comprender que para que haya trabajo para todos es preciso dividirlo como el agua en un navio en peligro. Pero lo que no han podido comprender los obreros lo han comprendido los industriales, quienes, en nombre de la explotación capitalista, han pedido desde mucho tiempo atrás una limitación legal de la jornada de trabajo. Ante la Comisión de 1860 sobre la enseñanza profesional, uno de los más grandes manufactureros de Alsacia, el señor Bourcart, de Guebwiller, declaraba: “Que la jornada de doce horas era excesiva, debiendo ser reducida a once, y que el sábado debía cesar el trabajo a las dos. Yo aconsejo la adopción de esta medida, aunque parezca onerosa a primera vista; nosotros la hemos experimentado de cuatro años a esta parte en nuestros establecimientos industriales, y nos hallamos satisfechos: la producción media, lejos de disminuir, ha aumentado”. En su estudio sobre las máquinas, el señor F. Passy cita la carta siguiente de un gran industrial belga, Mr. Ottavaere: “Nuestras máquinas, a pesar de ser iguales a las de las fábricas inglesas, no producen lo que deberían producir y lo que producirían si estuvieran en Inglaterra… Nosotros trabajamos dos largas horas de más; estoy convencido de que si trabajáramos once horas, en vez de trece, tendríamos la misma producción y produciríamos, por consiguiente, con más economía”.

Por otra parte, afirma el señor Leroy-Beaulieu que “ha observado un gran manufacturero belga que en las semanas donde cae un día feriado, no es inferior la producción a la de las semanas ordinarias”… . Lo que no ha osado jamás el pueblo, engañado en su simpleza por los moralistas, lo ha osado un Gobierno aristocrático. El Gobierno inglés, despreciando las altas consideraciones morales e industriales de los economistas, que, como aves de mal agüero, gritaban que disminuir una sola hora de trabajo era decretar la ruina de la industria inglesa, prohibió con una ley estrictamente observada trabajar más de diez horas por día; e Inglaterra continuó siendo, como antes, la primera nación industrial del mundo. La gran experiencia inglesa, lo mismo que la de algunos capitalistas inteligentes, está ahí, demostrando irrefutablemente que para aumentar la potencia de la productividad humana es necesario reducir las horas de trabajo y multiplicar los días de pago y de fiesta; y el pueblo francés aún no se ha convencido de esto. Mas si una miserable reducción de dos horas ha aumentado en diez años casi en un tercio la producción inglesa, ¿qué marcha vertiginosa no imprimirá a la producción francesa una reducción de la jornada de trabajo a tres horas? ¿No pueden comprender los obreros que matándose a trabajar agotan sus fuerzas y las de su progenitura; que aniquilándose llegan prematuramente a ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos y embrutecidos por un solo vicio no son ya hombres, sino troncos de hombres; que por su manía del trabajo matan en sí todas sus más bellas facultades? ¡Ah! Como loros de Arcadia repiten la lección de los economistas: “Trabajemos, trabajemos para aumentar la riqueza nacional”. ¡Oh idiotas! Precisamente porque trabajáis demasiado se desarrolla con lentitud el maquinismo industrial. Dejaos de rebuznar y escuchar a un economista; no es un águila, no es más que el señor Reybaud, a quien hemos tenido la fortuna de perder hace pocos meses: “Generalmente es sobre las condiciones de la mano de obra como se regula la revolución en los métodos de trabajo. Mientras el trabajo manual ofrece sus servicios a bajo precio, se le prodiga; cuando encarece, se procura hacerlo innecesario”.

Para forzar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y de hierro, es preciso elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de las máquinas de carne y hueso. ¿Pruebas en apoyo? Se pueden dar a centenares. El oficio automático del self acting mule de las fábricas de tejidos fue inventado y puesto en práctica en Manchester porque los tejedores se negaban a trabajar tanto tiempo como antes. En los Estados Unidos, la máquina invade todos los ramos de la producción agrícola, desde la fabricación de la manteca hasta la siembra del trigo. ¿Por qué? Porque el americano, libre y perezoso, preferiría mil muertes a la vida bovina del campesino francés. La agricultura, tan penosa en la gloriosa Francia, es en el Oeste americano un agradable pasatiempo, que se goza estando sentados y fumando negligentemente.

CAPITULO IV
A NUEVO AIRE. CANCIÓN NUEVA

Si disminuyendo las horas de trabajo se adquieren nuevas fuerzas mecánicas para la producción social, obligando a los obreros a consumir sus productos se conquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviada así de su tarea de sobreconsumidora universal, se apresurará a licenciar esa turba de soldados, magistrados, rufianes, etc., que ha sacado del trabajo útil para que la ayuden a consumir y derrochar. El mercado del trabajo estará entonces desbordante, y habrá necesidad de imponer una ley de hierro para prohibirlo, hasta que será imposible encontrar ocupación para estas multitudes humanas, más numerosas que las langostas y hasta ahora improductivas. Y después habrá que pensar en todos los que proveían a sus necesidades y a sus gustos fútiles y dispendiosos. Cuando no haya más lacayos, ni generales que galonar, prostitutas y casadas que vestir, cañones y palacios que construir, será preciso imponer, bajo leyes severas, a los obreros y obreras de las diversas industrias de artículos de lujo regatas higiénicas y ejercicios coreográficos para la conservación de su salud y el perfeccionamiento de la raza. Desde el momento en que los productos europeos se consuman donde se fabriquen, ya no habrá necesidad de transportarlos a todas las partes del mundo, y será preciso, por consiguiente, que los marineros, mozos de cordel, recadistas, cocheros, etcétera, empiecen a aprender a descansar. Los felices habitantes de la Polinesia podrán entregarse entonces al amor libre, sin temer las iras de la Venus civilizada y los sermones de la moral europea.

Aún más: para encontrar trabajo suficiente a todas las fuerzas improductivas de la sociedad moderna e inclinarse a una mayor perfección constante de los medios de trabajo, la clase obrera deberá, como la burguesía, violentar sus inclinaciones a la abstinencia y desarrollar indefinidamente sus capacidades consumidoras. En vez de comer una o dos onzas de carne dura por día, deberá comer jugosos beefsteaks de un par de libras cada uno, y en lugar de beber modestamente malos vinos, más cristianos que el Papa, beberá a grandes, sorbos bordeaux y bourgogne, y dejará el agua para las bestias. Los proletarios han dado en la extraña idea de querer imponer a los capitalistas diez horas de fundición o de refinería; éste es el gran error, la causa de los antagonismos sociales y de las guerras civiles. Será necesario prohibir, y no imponer, el trabajo. A los Rothschild, a los Say, les será permitido presentar las pruebas de haber sido holgazanes durante toda su vida, y si, a pesar de la pasión general por el trabajo, ellos persisten en vivir como verdaderos holgazanes, serán anotados en sus alcaldías respectivas y recibirán todos los días un billete de veinte francos para sus placeres. Las discordias sociales desaparecerán. Los capitalistas y los rentistas serán los primeros en aliarse al partido popular, una vez convencidos de que, lejos de hacerles daño, se les quiere por el contrario, libertar del trabajo de sobreconsumo y de derroche a que han estado sujetos desde su nacimiento. En cuanto a los burgueses, incapaces de probar sus títulos de holgazanería, se les dejará seguir sus instintos. Hay suficientes ocupaciones para colocarlos. Dufaure, por ejemplo, limpiaría las letrinas públicas; Galliffet mataría los cerdos y los caballos roñosos; los miembros de la Comisión de gracias, enviados a Poissy, marcarían el ganado en los mataderos públicos, y los senadores podrían servir de enterradores en las ceremonias fúnebres. Para los demás, se buscarían oficios al alcance de sus inteligencias. Lorgeril y Broglie destaparían las botellas de champagne, pero se les pondría de antemano un bozal, para evitar que se embriagasen. Ferry, Freycinet y Tirard destruirían las chinches y los demás insectos de los ministerios y de otros albergues públicos, pero poniendo —bien entendido— los dineros públicos fuera del alcance de sus manos, para evitar que se ejerciten en ciertas mañas viejas.

Pero dura y terrible venganza se tomaría sobre los moralistas que han pervertido la naturaleza humana; sobre los mojigatos, los farsantes, los hipócritas y “otras sectas de individuos que han hecho uso de máscaras y disfraces para engañar a la Humanidad. Dando a entender al pueblo que viven solamente ocupados en contemplaciones y devociones, en ayunos y maceraciones de la carne, y que si se alimentan es para sustentar la pequeña fragilidad de su humanidad, estos individuos llevan ¡quién sabe qué vida! Et Curios simulant sed Bacchanalia vivunt). Vosotros podéis leerlo escrito en grandes caracteres en sus aspectos y sus voluminosos abdómenes”. En los días de las grandes fiestas populares de los colectivistas, cuando, en vez de engullir polvo, como en los 15 de agosto y 14 de julio de la burguesía, el pueblo se sacie de suculentos asados y vinos generosos, los miembros de la Academia de Ciencia Morales y Políticas, los clérigos de frac y de sotana de la iglesia económica, católica, protestante, judía, positivista y librepensadora, los propagandistas del malthusianismo y de la moral cristiana, altruista, independiente o sumisa, vestidos de amarillo, tendrán las velas hasta quemarse los dedos y sufrirán el hambre al lado de mesas cargadas de carne, de frutas y flores, y morirán de sed junto a grandes toneles de vino. Los abogados y los legisladores sufrirán la misma pena. En nuestro régimen de pereza, para matar el tiempo que nos mata segundo a segundo, habrá espectáculos y representaciones teatrales de todas clases. Es éste un trabajo adecuado a nuestros legisladores, quienes, organizados en cuadrillas, irán por las ferias y los villorrios dando representaciones legislativas. Los generales, con sus botas de montar, el pecho cruzado de cordones y escarapelas, y cubierto de órdenes de todos los animales imaginables, irán por las calles y las plazas juntando la gente para el espectáculo. Gambetta y Cassagnac, su compadre, harán el número de entrada. Cassagnac, en traje de matamoros, girando los ojos, torciendo el bigote, escupiendo estopa en llamas, amenazará a todo el mundo con la pistola de su padre, y desaparecerá por un agujero apenas se le enseñe el retrato de Lullier: Gambetta discurrirá sobre política extranjera, sobre la pequeña Grecia, que lo adoctrina, y pondría fuego a toda Europa para estafar a Turquía; sobre la gran Rusia, que desea conflictos con el Oeste de Europa para hacer su labor en el Este y ahogar el nihilismo en el interior de su país; sobre Bismark, cuya bondad le ha permitido pronunciarse sobre la amnistía…, y después, desnudando su gran panza pintada con tres colores, tocará llamada y enumerará los deliciosos animalitos, las aves hortelanas, las trufas, los vasos de Margaux y de Yquem que ha engullido para fomentar la agricultura y contentar a los electores de Belleville.

En la barraca se comenzará con la farsa electoral. Delante de los electores de cabeza de serrín y orejas de burro, los candidatos burgueses, vestidos de payasos y cubiertos de programas electorales de múltiples promesas, ejecutarán la danza de las libertades políticas y hablarán, con lágrimas en los ojos, de las miserias del pueblo, y con voz sonora, de las mise rias de la patria. Y los electores de cabeza de serrín rebuznarán a coro, fuerte y sostenido: ¡ih! ¡oh!, ¡ih! ¡oh! Enseguida dará principio el gran espectáculo: El robo de los bienes de la nación. La Francia capitalista, monstruosa mujer de cara vellosa y de cabeza calva, de carnes flojas, hinchadas y descoloridas, con los ojos apagados, se extiende sobre un canapé de terciopelo. A sus pies, el capitalismo industrial, gigantesco organismo de hierro, con máscara de mono, devora mecánicamente hombres, mujeres y niños, cuyos gritos lúgubres y desgarradores llenan el aire; la Banca, con el hocico de garduña, el cuerpo de hiena y las manos de arpia, le roba del bolsillo las monedas de cinco pesetas. Hordas de miserables proletarios, descarnados y andrajosos, escoltados por gendarmes que llevan la espada desenvainada, empujados por las furias que los azotan con los látigos del hambre, llevan a los pies de Francia capitalista montones de mercancías de todas clases, de vino, bolsas de oro y de trigo. Langlois, con los calzones en una mano, el testamento de Proudhon en la otra, y el libro del balance entre los dientes, se pone a la cabeza de los defensores de los bienes de la nación y monta la guardia. Apenas han dejado los fardos, los obreros son arrojados a culatazos y bayonetazos, y se abren las puertas a los industriales, comerciantes y banqueros, quienes se precipitan sobre los objetos de valor, engullendo géneros de algodón, bolsas de trigo, barras de oro y vaciando barriles de vino. No pudiendo tragar más, sucios, repugnantes, se desploman entre sus basuras y sus vómitos…

Finalmente, estalla el temporal: fa tierra se sacude y se abre; la fatalidad histórica surge. Con sus pies de hierro aplasta las cabezas de los que le interceptan el paso, y con su larga mano abate a la Francia capitalista, que tiembla y suda de miedo. Si desarraigando de su corazón el vicio que la domina y envilece su naturaleza, la clase obrera se alzara en su fuerza terrible para reclamar, no ya los derechos del hombre, que son simplemente los derechos de la explotación capitalista, ni para reclamar el derecho al trabajo, que no es más que el derecho a la miseria; sino para forjar una ley de hierro que prohibiera a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la tierra, la vieja tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría agitarse en su seno un nuevo mundo… Pero ¿cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista una resolución viril?.;.

Como Cristo, la doliente personificación de la esclavitud antigua, el proletariado sube arrastrándose desde hace un siglo por el duro Calvario del dolor. Desde hace un siglo, el trabajo forzoso rompe sus huesos, atormenta su carne y atenaza sus nervios; desde hace un siglo, el hambre desgarra sus visceras y alucina su cerebro… ¡Oh Pereza, ten tú compasión de nuestra miseria! ¡Oh Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé tú el bálsamo de las angustias humanas!

APÉNDICE
UNA EXPLICACIÓN CON LOS MORALISTAS

Nuestros moralistas son muy modestos. Si han inventado el dogma del trabajo, dudan de su eficacia para tranquilizar el alma, elevar la mente y mantener el buen funcionamiento de los ríñones y de otros órganos; quieren hacer el experimento en las masas populares, in anima vili, antes de dirigirlo contra los capitalistas, cuyos vicios tienen la misión de explicar y autorizar. Pero, ¿por qué, señores filósofos adocenados, atormentáis tanto vuestro cerebro para elucubrar una moral cuya práctica no osáis aconsejar a vuestros patronos? ¿Queréis ver condenado y escarnecido ese dogma del trabajo, por el cual os mostráis tan orgullosos? Consultad la historia de los pueblos antiguos y los escritos de sus filósofos y legisladores. “Yo no podría afirmar —dice el padre de la Historia, Herodoto— que los griegos hayan recibido de los egipcios el desprecio al trabajo, por cuanto encuentro establecido el mismo desprecio entre los tracios, los escitas, los persas y los árabes; en una palabra, porque en la mayoría de los bárbaros, los que .aprenden las artes mecánicas y también sus hijos, son considerados como los últimos de los ciudadanos… Todos los griegos han sido educados en este principio, particularmente los lacedemonios” “En Atenas, los ciudadanos eran verdaderos nobles, que no debian ocuparse más que de la defensa y de la administración de la comunidad, como los guerreros salvajes de los cuales descendían. Debiendo tener todo su tiempo libre para velar con su fuerza intelectual y corporal por los intereses de la República, encargaban todo trabajo a los esclavos. Lo mismo sucedía en Lacedemonia, donde a las mujeres les estaba prohibido hilar y tejer, so pena de quedarse derogada su nobleza”.

Los romanos sólo conocían dos oficios nobles y libres: la agricultura y las armas. Todos los ciudadanos vivían por derecho a expensas del tesoro, sin poder ser obligados a proveer su subsistencia con ninguna de las sordidae artes, como designaban ellos a los oficios, que estaban reservados únicamente para los esclavos. Cuando Bruto el antiguo quiso levantar al pueblo, acusó sobre todo a Tarquino el tirano de haber convertido a libres ciudadanos en artesanos y albañiles. Los filósofos antiguos disputaban sobre el origen de las ideas, pero estaban de acuerdo cuando se trataba de aborrecer el trabajo. “La Naturaleza —escribe Platón en su utopía social, en su República modelo— no ha hecho al zapatero ni al herrero; tales ocupaciones degradan a los que las ejercen: viles mercenarios, miserables sin nombre, que son excluidos por su mismo estado de los derechos políticos. En cuanto a los negociantes, habituados a mentir y engañar, serán tolerados en la ciudad como un mal necesario. El ciudadano que se degrada con los negocios comerciales debe ser castigado por este delito. Si está convicto, será condenado a un año de prisión, y la pena será doblada cada vez que reincida”. En su obra El económico, Jenofonte escribe: “Las personas que se dan a los trabajos manuales nunca son elevadas a cargos públicos, y con razón. Condenados casi siempre a estar sentados todo el día y a soportar, algunos, un fuego continuo, no pueden menos que tener el cuerpo alterado, y es bien difícil que el espíritu no se resienta”. “¿Qué puede salir de honorable de un negocio?” —exclama Cicerón—. “¿Y qué puede producir de honesto el comercio? Todo lo que se llama negocio es indigno de un hombre honrado… Los negociantes no pueden ganar sin mentir, y ¿qué hay más vergonzoso que la mentira? Por lo tanto, es necesario considerar como algo bajo y vil el oficio de todos los que venden sus fatigas o su industria; desde que uno se da al trabajo por la moneda, él mismo se vende y se pone a nivel de los esclavos”. Proletarios embrutecidos por el dogma del trabajo, ¿oís el lenguaje de estos filósofos, que se os oculta con un cuidado especial? Un ciudadano que da su trabajo por dinero se degrada al nivel de los esclavos; comete un delito que merece años de prisión.

La hipocresía piadosa y el utilitarismo capitalista no habían pervertido a estos filósofos de las repúblicas antiguas, quienes, discurriendo como hombres libres, decían ingenuamente su pensamiento. Platón y Aristóteles, estos pensadores gigantes, a quienes nuestros filósofos de moda, los Cousin, los Caro, los Simón, etcétera, apenas les llegan al tobillo empinándose en la punta de los pies, querían que los ciudadanos de sus repúblicas ideales viviesen en la mayor comodidad, ya que, como decía Jenofonte, “el trabajo ocupa todo el tiempo y no queda nada de él para la República y los amigos”. Según Plutarco, el gran título de Licurgo, “el más sabio de los hombres”, a la admiración de la posteridad era el haber concedido comodidades a los ciudadanos de la República, prohibiéndoles toda clase de oficio. Pero —responderán los Bastiat, los Dupanloup y los Beaulieu de la moral cristiano-capitalista—esos pensadores, esos filósofos preconizaban la esclavitud. Muy cierto, pero ¿podía ser de otra manera, dadas las condiciones económicas y políticas de su época? La guerra era el estado normal de las sociedades antiguas: el hombre libre debía consagrar su tiempo a discutir las leyes del Estado y a velar por su defensa. Los oficios eran entonces demasiado primitivos y groseros para poder cumplir, ejercitándolos, con su propia misión de soldado y ciudadano. Para tener guerreros y ciudadanos, los filósofos y los legisladores antiguos tenían que admitir a los esclavos en sus repúblicas heroicas. Y los moralistas y economistas del capitalismo, ¿no preconizan la esclavitud moderna, el salariado? Y ¿a quiénes da comodidades la esclavitud capitalista? A los Rothschild, a los Schneider, a las Mme. Boucicaut, inútiles y nocivos, esclavos de sus vicios y de sus domésticos. “El prejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Aristóteles y de Pitágoras”, se ha escrito desdeñosamente, y, sin embargo, Aristóteles pensaba que “si todo instrumento pudiera ejecutar por sí solo su propia función, moviéndose por sí mismo, como las cabezas de Dédalo o los trípodes de Vulcano, que se dedicaban espontáneamente a su trabajo sagrado; si, por ejemplo, los husos de los tejedores tejieran por sí solos, ni el maestro tendría necesidad de ayudantes, ni el patrono de esclavos”. El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas de hálito de fuego, de infatigables miembros de acero y de fecundidad maravillosa e inextinguible, cumplen dócilmente y por sí mismas su trabajo sagrado, y a pesar de esto, el espíritu de los grandes filósofos del capitalismo permanece dominado por el prejuicio del sistema salarial, la peor de las esclavitudes. Aún no han alcanzado a comprender que la máquina es la redentora de la Humanidad, la diosa que rescatará al hombre de las sórdidos artes y del trabajo asalariado, la diosa que le dará comodidades y libertad.

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