Por: Marcelo Colussi
Fuente: La Insignia. Guatemala, mayo del 2003.
Las ciencias, en sí mismas, no son ni «buenas» ni «malas»; no son de izquierda ni de derecha. Las ciencias, para decirlo muy sintéticamente, son cuerpos de conocimiento. ¿Qué se hace con ellas, para qué se usan, al servicio de qué proyecto están?, todo eso es lo que define su relación con el poder. O, dicho en otros términos, define su incidencia político-social. Como conocimiento puro, se pretenden aideológicas. Pero ahí está la falacia.
Las ciencias se vertebran en torno a conceptos fundamentales; no es la experiencia empírica lo que las constituye, sino la formulación matemática, conceptual. Y nunca una tal enunciación puede ser desideologizada, ingenua. Los conceptos no son neutros.
En el campo de las llamadas ciencias naturales -aquellas donde su imagen arquetípica está más cerca del laboratorio, de la ecuación matemática- es relativamente posible mantener este presunto ideal de «objetividad» (al menos en una visión clásica). Pero en el ámbito de las ciencias sociales las cosas se complican.
Vistas desde el modelo de «rigor objetivo» con que se ha recubierto el quehacer científico desde la tradición positivista, las ciencias sociales están siempre en retraso, en déficit, para con esa pretensión de asepsia y pureza de las ciencias exactas. Su objeto de estudio mismo, por definición, es problemático, contradictorio, evanescente si se quiere. La pregunta es, por fuera de esta discusión epistemológica, en qué medida están comprometidas ideológicamente con los proyectos de poder a los que sirven.
Ninguna ciencia es inocente, pero menos aún lo son las ciencias sociales. Dado el objeto con el que trabajan, su encargo social no puede menos que rozar, aunque no quiera, el ámbito del poder. El átomo, la célula o los ácidos nucleicos, en tanto formulaciones conceptuales, tienen una pretendida validez universal, independientemente de consideraciones históricas y políticas. Pero al manejar conceptos como clase social, mercado, discriminación étnica, inconsciente, se toca lo subjetivo, se abren preguntas por el ser de cada quien. Curar una enfermedad o generar energía eléctrica son actividades muy loables; y loables son los operadores sociales que se encargan de ello. Pero ya no es lo mismo cuestionar por qué los varones tienen más poder que las mujeres, o por qué se condena moralmente la homosexualidad. Quienes se encargan de estas preguntas, y de sus respuestas, pueden ser más molestos que los loables científicos de guardapolvo blanco.
Y ése es el lugar de las ciencias sociales, y de sus operadores, los científicos sociales: preguntones no siempre gratos al poder (léase poder como factores de poder político-económico, o como discurso dominante). O, al menos, es ése un lugar posible. Pero también puede haber otro. Las ciencias sociales igualmente pueden transformarse en un aliado de los poderes. Lo cual lleva a interrogarse por su validez científica, por su rigor epistemológico.
Cuando ello ocurre, dejan de ser ciencias para transformarse en técnicas de manipulación. Ahí tenemos, entonces, buena parte de la llamada «producción científica» social del siglo XX, producción surgida básicamente de los Estados Unidos.
La producción científica, cualquiera sea, se supone guiada por un absoluto: la búsqueda de la verdad. Ahí estriba su valor intrínseco, su fuerza, su grandeza: que es, sin más, lo que permitió transformar el mundo en doscientos años como no lo había hecho toda la historia de la humanidad hasta ese momento. El «Eppur si muove» galileano, fundacional de los tiempos modernos es, por antonomasia, contestatario para con los poderes establecidos. Qué se haga luego con los descubrimientos que genera (armas o alimentos, servicios públicos o mercaderías para la venta, etc.) escapa al científico propiamente dicho (Einstein era pacifista, y políticamente de izquierda. La invención de la bomba atómica no fue su pecado; quienes lo hicieron fueron los estrategas de un proyecto imperialista). Pero radicalmente distinta es la situación de los científicos sociales que se saben engranajes de la maquinaria del poder, y participan de ella.
Eso, justamente eso, es la basura conceptual -con pretensiones de discurso académico universal- que se ha ido generando en la tierra de los cowboys y la Coca-Cola: una psicología social al servicio de la manipulación de la masa y de la estimulación del consumo, una sociología funcionalista justificadora de las injusticias sociales, una psicología clínica mecanicista que busca la adaptación no crítica del sujeto a su medio a través de técnicas reeducativas, una antropología descriptiva que brinda información para cómo mejor manejar hábitos y costumbres desconocidos, una fe ciega en las estadísticas (tercer tipo de mentiras, junto a las piadosas y a las culposas), una lectura historiográfica que permitió a un intelectual (¿?) llegar a expresar que «la historia ha terminado».
Me parece necesario seguir alertando sobre estos disparates -ya se ha hecho en muchas ocasiones, pero nunca está de más recalcarlo- pues son ellos el marco dizque científico con el que se pretende entender, y hacernos entender, lo humano. Si la psicología estadounidense se dedica a ver cómo lograr vender cada vez más Coca-Cola, o los comunicadores sociales se dedican a «captar» público, debemos resistirnos a aceptar que eso sea ciencia; y mucho más, debemos resistirnos a aceptar que eso siga sucediendo.
Filed under: C9.- Ciencia social |
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