Introducción a las ciencias sociales

Por: Luis Razeto

Fuente: Ensayo del mismo nombre y mismo autor
Ediciones “Trígono” (Universidad Técnica del Estado, año 1972)

I.- CARACTERÍSTICAS DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

Las ciencias sociales constituyen el estudio científico de la sociedad y las relaciones sociales. En esta afirmación se encuentra contenida la problemática que debemos abordar en la presente Introducción. Caracterizar la cientificidad del conocimiento de la sociedad, distinguiendo las ciencias sociales de todo otro conocimiento pre-científíco, filosófico e ideológico del hombre y de la historia; determinar con precisión el objeto de estas ciencias, que hemos afirmado es el estudio de la sociedad y las relaciones sociales; adentrarnos en el método de su conocimiento, que depende tanto de las características de su objeto como de su condición de ciencia; he aquí el plan de trabajo que tenemos por delante.

Desde muy antiguo, el hombre ha intentado conocer los fenómenos sociales, comprender su situación en el conjunto del todo social, encontrarse a sí mismo, definiendo su lugar en la sociedad y su papel en la historia. Sin embargo, el conocimiento científico de esta problemática comenzó sólo hace alrededor de dos siglos. ¿Qué es lo que separa aquel conocimiento anterior de este conocimiento científico? ¿Dónde está la línea demarcatoria?

Las ciencias sociales siguieron el mismo camino de formación de las otras ciencias: la física se constituyó una vez que su objeto se desvinculó del conocimiento metafísico; la química se separó de la alquimia, así como la astronomía lo hizo de la astrología; la psicología científica debió abandonar la psicología racional o filosófica; del mismo modo, cuando la sociedad y los fenómenos sociales se convirtieron en objeto de nuevas ciencias, lo hicieron separándose, rompiendo con las concepciones filosóficas, ideológicas y precientíficas de la sociedad y la historia. Nuevas ciencias se abrieron, vastos continentes de la realidad fueron conquistados por el conocimiento, cuando Carlos Marx, reconociendo el papel fundamental en la historia que cumple la lucha de clases y aplicando una metodología científica al estudio de la historia, formuló las primeras conclusiones materialistas y dialécticas. Naturalmente, había antecedentes que él tomó, y que no dejaron de influirle. La filosofía clásica alemana, fundamentalmente representada en las concepciones dialécticas de Hegel y materialistas de Feuerbach; la economía política inglesa, que alcanzara su cima con David Ricardo y Adam Smith; y las teorías del socialismo utópico de Simón, Proudohm, Fourier. También el positivismo de Compte, el empirismo de Hume y Berkeley. Mucho de lo anterior, lo mejor que la humanidad había producido, fue recogido por Marx y Engels, llevado a un nivel de desarrollo superior, y a través de una síntesis genial, alcanzó la categoría de conocimiento verdaderamente científico.

¿Pero qué es lo que caracteriza lo científico? Para comprender el carácter y el significado de las ciencias sociales, debemos entrar a considerar brevemente las características fundamentales del conocimiento científico cualquiera sea éste y ver cómo dichas características se concretizan en el caso particular de las ciencias de la sociedad.

1. Instrumentalidad

Contrariamente a lo que se ha dicho y difundido durante mucho tiempo, el conocimiento científico no es desinteresado, sino una actividad esencialmente instrumental. En efecto, es necesario abandonar definitivamente aquella falsa concepción de la ciencia como una actividad desinteresada, autotelética (que tendría su fin en sí misma): la ciencia no es el saber por el saber. Tal concepción, que encuentra sus raíces en la filosofía medieval, que valoraba como máxima virtud el desinterés, supone en realidad no otra cosa que afirmar que la actividad de los científicos, de los sabios, es una actividad irracional. Porque lo que caracteriza lo racional es precisamente actuar de acuerdo a fines que trascienden el actuar mismo. No sería difícil ver en esa concepción de la ciencia un intento por recluir a los científicos, a hombres que por sus investigaciones son profundamente lúcidos y conscientes de la realidad en que viven, entre las cuatro paredes de su laboratorio o de su estudio, con el fin de que no interfieran en la irracionalidad social que mantiene situaciones ancestrales de privilegio. Por el contrario, abandonando toda perspectiva “idealista”, debemos concebir la ciencia como el esfuerzo por conocer la realidad, a fin de transformarla, de dominarla, de ponerla al servicio de los hombres; y esto es válido tanto para las ciencias naturales como para las ciencias sociales.

En efecto, si analizamos el significado concreto que las ciencias naturales han tenido a través de la historia, vemos en ella un esfuerzo gigantesco de la humanidad por controlar los fenómenos de la naturaleza, transformar sus fuerzas en beneficio de la sociedad y de su desarrollo económico y tecnológico. Del mismo modo, así como solamente con la ciencia el hombre estuvo en condiciones de dominar el curso impetuoso de los ríos, que durante tanto tiempo destruyeron viviendas y sembrados, y pudo utilizar su fuerza, transformando su energía cinética en energía eléctrica, igualmente los hombres, que durante siglos y siglos han sido llevados inconscientemente por la corriente de la historia y el proceso social, sin conocer las leyes de su desarrollo, con el avance de las ciencias sociales están llegando a disponer de un caudal de conocimientos que les han de permitir controlar los procesos sociales, acelerar el crecimiento económico, IMPULSAR PROFUNDAS Y RADICALES TRANSFORMACIONES de la sociedad en beneficio de las mayorías. Lo demuestra la ciencia social marxista, que ha sabido dirigir la acción de las clases sociales y cambiar radicalmente el curso de la historia. Las ciencias sociales son un importante instrumento para hacer del hombre señor de la historia, dueño del destino de la sociedad, transformador de sus estructuras, del mismo modo como las ciencias naturales convirtieron realmente al hombre en señor de la naturaleza, a la que dominan, y en transformador de los elementos, liberando la energía contenida en la materia en su propio beneficio. Y si a veces el desarrollo de las ciencias físicas ha permitido el uso de la energía material contra los hombres, una de las razones la podemos encontrar en el atraso y desconocimiento de las ciencias sociales o en la desvinculación que hay entre ellas y las ciencias de la naturaleza.

2. Objetividad

Otra característica fundamental de todo conocimiento científico es la objetividad. La correcta interpretación de esta propiedad de las ciencias -no siempre bien comprendida- requiere de un esfuerzo de abstracción y de reflexión más profundo. La objetividad de las ciencias nada tiene que ver con la objetividad de un árbitro de una competencia deportiva, que al emitir sus juicios evita cualquier parcialidad entre los contendores; tampoco se vincula el concepto de objetividad científica al del llamado periodismo “objetivo”, que al narrar acontecimientos evita interpretarlos desde puntos de vista particulares. La objetividad de la ciencia es un problema teórico de orden absolutamente diferente.

Cualquier conocimiento, por simple que sea, es una afirmación o un conjunto de afirmaciones (en las que básicamente se relacionan conceptos), sobre una determinada realidad. El conocimiento, la verdad suponen por tanto, una adecuación entre el pensamiento y la realidad, es decir, que lo que se afirma debe corresponder exactamente a lo que sucede en la realidad. Es una relación de igualdad entre el sujeto y el objeto. (Sujeto- Objeto). En esta relación están presentes los dos polos del conocimiento: la conciencia y la realidad objetiva.

Analizando esta relación, surge el problema epistemológico (esto es, relativo al conocimiento) de la objetividad: ¿Es la realidad la que determina a la conciencia o es ésta la que determina lo real? La prioridad ¿está de parte de la idea, del sujeto, o de la realidad, del objeto? Hablando en rigor, sujeto no es exactamente lo mismo que conciencia ni objeto se identifica con realidad. Para que la conciencia y la realidad adquieran la categoría de sujeto y objeto, se hace necesaria la mediación del trabajo teórico. En otras palabras, las ciencias son un conocimiento objetivo en la medida en que es el objeto quien tiene la prioridad en el proceso de conocimiento. El sujeto, con sus leyes lógicas y sus conceptualizaciones abstractas, se somete a la realidad objetiva, la sigue, y es a ella a la que tiene que representar teóricamente.

En el terreno de la filosofía, pugnan idealistas con materialistas. “Todo lo racional es real”, afirman los primeros; “no hay más realidad que lo objetivo; la conciencia y el pensamiento son sólo un reflejo de lo objetivo”, responden los segundos.

Entrando en el ámbito de la ciencia, el problema se resuelve más fácilmente, apoyándonos en la experiencia del trabajo científico a través de siglos. No es la conciencia la que, al conocer, posee a lo real, sino la realidad quien posee a la conciencia. La única verdad está en el conocimiento objetivo de la realidad objetiva, en su explicación e interpretación teórica.

Las ciencias se pueden definir pues, a este nivel, como una “reconstrucción teórica de la realidad objetiva”. Se trata de reconstruir teóricamente la realidad, esto es, organizar y estructurar un conjunto de conceptos, afirmaciones y relaciones extraídos de ella, en un esfuerzo constante y en permanente perfeccionamiento por representárnosla fielmente.

Ahora bien, tal esfuerzo de representación no es pasivo, sino esencialmente activo. Es un esfuerzo de reconstrucción, y en este sentido la investigación científica es un trabajo intelectual. Pero es un trabajo de reconstrucción de una realidad ya construida, ya dada. No es un simple reflejo pasivo, como un espejo en el que se reproduce la imagen de lo que está frente a éste. El reflejo pasivo, no trabajado teóricamente, es el conocimiento ideológico (en el sentido que le da Marx al concepto de ideología, esto es, de visión deformada, falseada, de lo real). La investigación científica consiste precisamente en hacer pasar la conciencia del nivel de la representación ideológica de lo real, al nivel científico, mediante un trabajo intelectual que utiliza conceptos rigurosos y métodos adecuados. El esfuerzo del investigador consiste por tanto, en destacar de la realidad los factores, fuerzas y variables considerados importantes para la explicación, y relacionarlos teóricamente tratando de seguir y reproducir las mismas relaciones que muestran tales variables en la realidad. Así, no son la lógica ni las matemáticas las que imponen las leyes de la teoría científica, sino la realidad empírica. La lógica y las matemáticas son un instrumento al servicio de la ciencia, utilizadas primordialmente en la formalización abstracta -mediante leyes, ecuaciones y fórmulas- de las relaciones y estructuras descubiertas por el investigador en la práctica, en la realidad misma. (La relación entre realidad empírica y formas lógicas y matemáticas en el conocimiento científico, no es tan simple como aquí la exponemos. Las matemáticas no sólo cumplen un papel en la formalización de los resultados de la investigación, sino que permiten adelantarse a éstos y formular nuevas hipótesis; pero en último término la palabra la tiene el dato científicamente construido. No podemos profundizar más por ahora).

Teoría y Práctica

Esto nos conduce a un problema muy importante, y es: ¿cuál es el procedimiento del conocimiento científico capaz de asegurar su objetividad? El esfuerzo permanente que hace el investigador por lograr un conocimiento científico, es decir, por obtener la igualdad sujeto-objeto guiado por este último, no es un proceso de adecuación simple e instantánea, sino el fruto de una laboriosa dialéctica en que se entrelazan y enriquecen mutuamente la teoría y la práctica. Analicemos concretamente tal proceso.

El positivismo ha creído ingenuamente que el conocimiento científico consiste pura y simplemente en dejar hablar a los datos empíricos, los cuales, produciendo en un sujeto pasivo y receptivo, carente de ideas previas, una serie de “impresiones” sensibles, van configurando el conocimiento científico empírico y objetivo. La verdad no es tan simple: ni el sujeto es pasivo y puramente receptivo, ni la realidad habla por sí misma.

En efecto, la realidad, frente a un sujeto receptivo, solamente da un conjunto caótico de imágenes, sensaciones e impresiones carentes de forma, y que por sí solas no constituyen jamás un conocimiento científico. Por el contrario, la realidad habla con sentido, entrega de sí su estructura, sus relaciones, su proceso; en resumen, lo esencial, sólo ante la presencia de un sujeto inquisitivo que le hace preguntas, que busca activamente su comprensión. Y tales interrogantes hechos por el científico a la realidad, suponen una coherencia, una racionalidad integradora de elementos. En otras palabras, el conocimiento científico supone que el sujeto se acerque a lo real bajo la perspectiva de las ideas, esto es. premunido de hipótesis que supone explicativas del fenómeno que quiere estudiar, o más bien, de una teoría previa, es decir, de un conjunto de hipótesis coherentemente estructuradas.

Es necesario abandonar definitivamente la creencia popular tan difundida de que los descubrimientos científicos son el fruto de “casualidades”. Newton no descubrió la ley de gravedad bajo la simple impresión de observar distraídamente la caída de una manzana. Las manzanas siempre se han caído de los árboles, y la ley de gravedad no había sido descubierta. Fue necesario que ése y otros fenómenos provocados por el propio investigador fuesen observados inquisitivamente por un hombre que estudiaba cuidadosamente el fenómeno, y que había formulado una serie de hipótesis tentativas al respecto.

Ahora bien, las teorías, que juegan un papel dialéctico fundamental en la ciencia, no surgen de una inspiración venida del cielo ni de una intuición de origen desconocido. Tienen por el contrario un proceso de formación que debe ser comprendido para poder entender qué es la ciencia.

Para los idealistas, el origen de la teoría se encuentra en la propia interioridad del sujeto. Para algunos, el hombre tiene un conjunto de ideas innatas (nace con ellas, no suponen experiencia), a partir de las cuales, por simple deducción lógica, puede construir todo un sistema teórico; para otros (apriorismo kantiano), el sujeto posee un conjunto de categorías a priori con las cuales estructura y da forma a las sensaciones y percepciones caóticas que recibe experiencialmente. En ambos casos el idealismo está presente: las ideas son anteriores a la experiencia. Tal concepción idealista no resiste el análisis concreto del proceso de investigación científica. En efecto, es válida la afirmación de los antiguos: “Nada hay en el intelecto que no pase antes por los sentidos”. Si el innatismo de las ideas fuera real. entonces la ciencia podría desarrollarse independientemente del proceso histórico. Bastaría la genialidad de un hombre que desarrollara deductivamente con una lógica implacable los “primeros principios del pensamiento”, para que las más penetrantes teorías científicas fuesen formuladas. Pero la historia de la ciencia ha demostrado fehacientemente que el proceso no se da en tal forma; que hay una correspondencia permanente entre el desarrollo histórico de la sociedad, de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, y el surgimiento de las ideas y disciplinas científicas. Es absolutamente imprescindible el desarrollo de la experiencia y de la práctica para la formulación de teorías capaces de dar razón de los fenómenos objetivos, sean éstos naturales o sociales.

La teoría se forma, pues, en la praxis. Es la experiencia y la actividad transformadora del hombre la que le permite penetrar en el descubrimiento de la realidad, en la formulación de hipótesis que puedan ser explicativas. La teoría se va estructurando dialécticamente en el tiempo, alimentada constantemente por la experiencia y la práctica humanas. Actuando, el hombre comienza su conocimiento de la realidad.

Ahora bien. La praxis que permite llegar a estructurar determinadas teorías sobre la realidad es en un primer momento una práctica no estructurada, carente de forma e intención teórica. Pero esa práctica va permitiendo que en la conciencia del hombre se vayan reflejando aspectos de la realidad, que ponen en actividad el intelecto que ordena, analiza y sintetiza. Ahora bien, la teoría y las hipótesis así configuradas deben ser puestas a prueba, deben ser verificadas; deben por lo tanto ser nuevamente enfrentadas con la práctica. Esta práctica (que podemos llamar de segundo grado) es ya una práctica estructurada y con una orientación coherente. Iluminada por la teoría, se orienta precisamente a la comprobación o modificación de la misma, a fin de obtener una reconstrucción teórica más adecuada a la realidad que se desea conocer. Es concretamente una praxis de investigación, orientada racionalmente por la teoría. Enfrentada a esta práctica, las ideas anteriores se modifican, se perfeccionan, se aproximan a la realidad. Se configuran realmente como teorías, en el verdadero sentido del concepto. Este es un proceso continuo y progresivo, en que praxis y teoría se condicionan mutuamente, lográndose al mismo tiempo mayor perfección tanto en la reconstrucción teórica corno en la transformación de la realidad misma.

Ahora bien. Así como el comienzo del proceso de conocimiento científico se halla en la práctica, es también en ella que se encuentra su término en el sentido de que es en ella que encuentra la fuente última o el criterio definitivo de comprobación, verificación o validación. Estamos en posesión de un verdadero conocimiento científico cuando, orientados por una determinada formulación teórica, somos capaces de transformar nuestro objeto de estudio, actuando sobre él, y el resultado de dicha práctica corresponde a lo esperado teóricamente. A esta práctica de transformación de la realidad tendiente a confirmar las postulaciones teóricas, la podemos llamar “práctica de tercer grado”. (Al respecto es interesante señalar dos consideraciones: primero, que lo afirmado viene a ratificar lo que dijéramos respecto al carácter instrumental de la ciencia, en el sentido de que es en ella misma que se encuentra inscrito el momento de la transformación de la realidad; el saber no está sólo en la mente, sino que incluye la praxis y la transformación. La segunda consideración tiene relación con la vinculación íntima existente entre la ciencia y la técnica. Esta es una prolongación de la primera, no pudiéndose señalar el límite demarcaturio entre ciencia y técnica. El experimento de laboratorio es un anticipo en pequeña escala de los procesos técnicos de producción en la industria.)

En expresión de Engels, comprendemos científicamente “si podemos demostrar la exactitud de nuestro modo de concebir un proceso natural reproduciéndolo nosotros mismos, creándolo como resultado de sus mismas condiciones, y si además, lo ponemos al servicio de nuestros propios fines”. Las ciencias naturales nos proporcionan ejemplos: la certeza de la estructura y composición de las sustancias químicas sólo la obtuvieron los científicos, cuando la química orgánica comenzó a reproducirlas una tras otra. Las tesis heliocéntricas no fueron definitivamente aceptadas hasta que los astrónomos, utilizando dicho sistema teórico, postularon y probaron la existencia de planetas hasta entonces desconocidos, y previeron el curso de los astros. La teoría de la estructura del átomo se ha verificado como una reconstrucción adecuada del mismo, cuando el hombre, utilizando dicha teoría, ha sido capaz de transformar el átomo y liberar su energía. En el campo de las ciencias sociales sucede exactamente lo mismo: las tesis marxistas sobre el cambio y la revolución, o sobre el papel que en él juega la clase obrera, sólo han podido ser comprobadas, modificadas, perfeccionadas, a través de los procesos históricos revolucionarios; la práctica transformadora orientada por la teoría marxista del cambio, junto con perfeccionar esta teoría, le ha dado su estatuto de cientificidad

En otras palabras, el criterio último de cientificidad sólo se puede encontrar en la práctica científica misma, y no mediante normas metodológicas externas y rectoras, ajenas a la práctica. En síntesis, el proceso de progresivo enriquecimiento de la práctica y la teoría, (Praxis -Teoría-Praxis) constituye la única forma de desarrollo de la ciencia. Tal proceso es, como hemos visto, esencialmente dialéctico.

La Práctica Social

Esto nos lleva inmediatamente a formulamos un nuevo problema: ¿Cuál es la praxis capaz de fundar el conocimiento científico de la sociedad? Precisemos primero el concepto de praxis, para evitar desde un comienzo posibles errores de interpretación.

Entendemos por práctica, no cualquier tipo de actividad, sino concretamente, la actividad humana racional. Esto es, aquellas actividades que realizan los hombres, adecuando determinados medios para la obtención de determinados fines propuestos. La verdadera “práctica” supone, por tanto, un cierto grado de conciencia de lo que se hace, de libertad en su ejecución, y de reflexión en el proceso de realización. Indudablemente no suponemos una lucidez plena en la ejecución, sino al menos, un mínimun de conciencia y de libertad en la acción. No podemos concebir pues como práctica, la actividad del animal guiada instintivamente, ni el acto reflejo totalmente involuntario, ni tampoco la actividad del autómata.

Ahora bien; la práctica capaz de fundar un conocimiento de la sociedad debe ser necesariamente una praxis “social”, entendiendo por tal aquella actividad del hombre en relación a otros hombres (ya sea porque influye sobre otros o porque está condicionada por otros), o la actividad realizada colectivamente por un grupo social o un conjunto de hombres vinculados de alguna forma.

Siendo el hombre un ser eminentemente social, prácticamente toda actividad racional que realiza es una práctica de algún modo social. Sin embargo, no toda praxis social tiene la misma categoría como fuente de conocimiento de la realidad. Algunas de ellas han de permitir una penetración más profunda en el conocimiento de las relaciones sociales que constituyen la realidad social.

Cuatro son los tipos de praxis social de mayor importancia como fuente del conocimiento científico de la sociedad. Hablamos de fuente del conocimiento, en el sentido de praxis que llamamos de primer grado. La praxis de segundo grado será siempre específicamente una praxis de investigación.

El Trabajo

Es la actividad fundamental del hombre y también de la sociedad, porque es mediante el trabajo que el hombre puede asegurar su subsistencia, y es en torno a él que históricamente los hombres se han organizado colectivamente. El hombre es fundamentalmente un ser trabajador, obrero, siendo fundamentalmente a través de su trabajo que se hace a sí mismo en la historia. Por otra parte, ha sido por las exigencias que el propio trabajo pone a los hombres. que éstos se han agrupado para vivir en sociedad. En tal sentido, el trabajo es también el centro de la historia de la humanidad, de tal modo que sólo desde la perspectiva del trabajo, de su evolución histórica y de las distintas formas en que se ha estructurado en el tiempo, el hombre puede conocer la historia y descubrir su sentido. De esta manera, el trabajo se nos aparece como la actividad humana y social sin la cual no es posible fundar un conocimiento profundo de la sociedad.

Para mayor precisión, definamos provisoriamente el trabajo como aquella actividad social de los hombres mediante la cual éstos transforman la naturaleza (convierten la materia prima en producto elaborado), para ponerla al servicio de la satisfacción de las necesidades humanas. En tal actividad, los hombres utilizan diferentes tipos de instrumentos y medios de producción.

La Acción Social propiamente tal

Entendemos por “acción social” en sentido estricto, el conjunto de actividades que los hombres realizan como parte de un grupo o clase social, en función de los intereses de ese grupo o de la sociedad en general. La vida colectiva, la participación en organizaciones sociales de diversos tipos, la acción realizada en función de intereses colectivos y no individuales, son indudablemente fuente de conocimiento de la sociedad. A través de ellas, el hombre verá el funcionamiento social, participando en su dinamismo.

Dentro de los diferentes tipos de acción social, no todos tienen la misma categoría como fundamento cognoscitivo. Así por ejemplo, el participar en un equipo de fútbol permite conocérselo parcialmente aspectos limitados del comportamiento de los hombres en grupo. Sin lugar a dudas, es la acción de las clases sociales la principal fuente de conocimiento de la sociedad. En efecto, si el dinamismo de la sociedad es básicamente generado por la acción de las clases y su conflicto, es claro que ha de ser esa actividad la que permitirá penetrar más profundamente en el descubrimiento de sus leyes, de su sentido histórico y de sus cambios.

La Acción Histórica

Entendemos por “acción histórica” el conjunto de actividades sociales de los hombres, que “hacen la historia”, es decir, cuyos resultados son efectos significativos para el desarrollo o cambio de la sociedad. Todo hombre realiza en cierto grado acción histórica, en la medida en que se inserta en el dinamismo de la sociedad. Pero no toda acción histórica tiene el mismo significado para el conocimiento de la sociedad. Hay acción histórica de vanguardia, progresista, que se inserta en la dirección de la historia, y se proyecta hacia el futuro que se está construyendo en cada momento; pero hay también acción histórica retardataria, reaccionaria, que impide el avance en el sentido dado por las leyes objetivas del proceso y dificulta el progreso y el cambio. Indudablemente que serán la acción de vanguardia, que guía y orienta la acción del conjunto o de grupos importantes de la sociedad, y la acción progresista, que se ubica en la dirección de la historia impulsando su avance en el sentido dado por las leyes objetivas del proceso, las que serán capaces de fun- dar en mejor forma el conocimiento de la sociedad. Nadie puede conocer mejor la sociedad y su dinamismo que quien participa en su construcción, quien la modifica por su acción, y quien impulsa orgánicamente su avance. Así por ejemplo, la realidad de una universidad, o de una industria, será mejor conocida por quienes gestaron sus transformaciones y construyeron sus actuales formas, que por quien, desde afuera, se acerca a ella una vez que está formada y consolidada.

La Actividad Intelectual

Si pensamos en el significado de la actividad intelectual, descubrimos que ella no es más que una acción teórica sintetizadora de la experiencia y la práctica social humanas. La literatura, la sociología, la lectura, la actividad científica, etc., son una importante fuente del conocimiento de la sociedad.

La actividad intelectual nos enfrenta a la| praxis social de otros hombres, nos entrega una síntesis de la misma, nos facilita el uso de un aparato conceptual indispensable para el conocimiento científico, nos pone en relación con otras culturas, con otras realidades sociales de las cuales no hemos tenido experiencia directa, y nos permite, en fin, asimilar la experiencia y la práctica social acumuladas en la historia. Indudablemente, en resumen, es fuente del conocimiento científico de la sociedad.

Finalmente, debemos decir que estos cuatro tipos de práctica social, que hemos distinguido analíticamente, en la realidad se dan juntos, íntimamente relacionados, y muchas veces determinada acción social participa de varios de ellos. Así por ejemplo, la praxis de las clases sociales es también una praxis histórica, que integra en sí misma también, a través por ejemplo de la lucha ideológica, una determinada actividad intelectual. No debemos pensarlas pues como actividades independientes; las hemos distinguido por separado para precisar mejor la idea de la praxis social como fuente de conocimiento, y particularmente para tener elementos que nos permitan resolver el importante problema teórico que ahora abordaremos: ¿Desde qué posición particular, desde el punto de vista de qué clase social, el conocimiento de la sociedad se hace más profundo y universal?

Nos corresponde entonces, entrar al análisis de una nueva característica del conocimiento científico.

3. Universalidad

Junto a la instrumentalidad y objetividad, aparece otra característica fundamental del conocimiento científico: la universalidad. Ella se define por dos aspectos complementarios. En primer término, la universalidad del conocimiento científico significa que lo que se afirma sobre determinado fenómeno, debe ser aplicable universalmente a los fenómenos de la misma especie que se dan en condiciones similares o iguales. En efecto, la ciencia no pretende conocer singularidades, hechos individuales en tanto que individuales, sino que sus resultados y afirmaciones deben ser generalizables en ciertos niveles. A través de un ejemplo podemos comprender más claramente el concepto: cuando la química describe las propiedades de un elemento, aunque las haya descubierto sólo en una cantidad determinada del mismo, sus afirmaciones son válidas universalmente cualquiera que sea la situación del elemento en el espacio y en el tiempo.

El segundo aspecto incluido en el concepto de universalidad del conocimiento científico, tiene relación con el sujeto del conocimiento. Se trata concretamente del hecho de que toda afirmación científica debe ser al menos potencialmente aceptable por todos los hombres, y particularmente su certeza debe ser tal, que cualquier sujeto que busque la verdad sin prejuicios, puesto en presencia de las pruebas y razones de una afirmación científica, reconozca su verdad. Las ciencias son esencialmente comunicables.

En el caso de las ciencias sociales, debe estar presente la característica de la universalidad en sus dos acepciones; pero en ella adquieren ciertas connotaciones particulares. Analicemos el problema por partes.

Cuando en el lenguaje corriente nos referimos a diferentes fenómenos sociales, normalmente lo hacemos en forma singular, es decir, nos referimos por ejemplo a tal familia, o al problema psico-social de tal o cual persona. Las ciencias sociales por el contrario, se refieren a clases de fenómenos: no tal escuela, sino la escuela, o la educación; no el trabajo particular de un obrero singular, sino “el trabajo asalariado”. Y lo que de él se afirma tiene que ser válido universalmente. Pero el campo de generalización de que habla el científico social es definido por él mismo, al delimitar su objeto de investigación. En tal sentido, el universo puede ser, por ejemplo, “el proceso de industrialización chileno”. Cuando un sociólogo ha precisado su universo de investigación, puede tomar para estudiarlo una muestra representativa del mismo, que es particular; pero sus conclusiones deben poder generalizarse al conjunto de los casos que abarca el universo previamente delimitado. Lo mismo hace el psicólogo cuando estudia, por ejemplo, la paranoia a partir de casos singulares de la misma; o el economista al estudiar, por ejemplo, el modo de producción capitalista a partir del capitalismo en Inglaterra.

Ahora bien, el problema se torna más difícil y complejo para las ciencias sociales, cuando se trata de la universalidad entendida en el sentido del sujeto, esto es, el reconocimiento de la verdad científica por todos los que examinan los datos que la sustentan, y particularmente cuando se trata de concebir la sociedad en su conjunto o un fenómeno social cualquiera en sus relaciones históricas y estructurales con la totalidad de los mismos. Si el conocimiento científico de la sociedad surge de la práctica social, ¿cómo es posible un conocimiento universal, cuando cualquier práctica social es siempre parcial, históricamente determinada, y dada en el contexto básico de una u otra clase social? O en otras palabras, ¿es posible un conocimiento universal de la sociedad, cuando la práctica social que funda dicho conocimiento es siempre particular? . ¿No estarán las afirmaciones científicas sobre la sociedad estrictamente restringidas, en cuanto a su aceptación, a los miembros de la clase social a partir de cuya experiencia está fundada la teoría?

Para responder a estas preguntas, es necesario tener presente en primer lugar que las ciencias sociales no son otra cosa que la sociedad que se piensa y conoce a sí misma; pero no lo puede hacer sino desde el punto de vista particular de alguna de sus partes. Estas partes son fundamentalmente las clases sociales que la configuran. Y en el caso particular de la sociedad capitalista, éstas son básicamente la clase propietaria de los medios de producción (burguesía) y la clase trabajadora (proletariado).

El problema se nos aparece entonces bajo una nueva forma. La práctica social de los hombres en la sociedad capitalista, está siempre enmarcada en el contexto de una clase social. En tal sentido, puede ser una práctica burguesa o una práctica proletaria. Ambos tipos de práctica social permiten la formulación de distintas teorías sobre la sociedad. Una será la teoría sobre la sociedad, desde el punto de vista de la clase trabajadora, y la otra, la teoría desde el punto de vista de la burguesía. A su vez tales teorías se han de concretizar en diferentes tipos de praxis social consecuente: La teoría burguesa de la sociedad se concretizará en una praxis social orientada a la conservación o mantenimiento de la estructuración social vigente, puesto que, partiendo de la praxis y experiencia de una situación de privilegio, no podrá percibir sino parcialmente sus desajustes y contradicciones; por el contrario, la teoría fundada en la experiencia y en la praxis social de la clase trabajadora, oprimida, explotada y dominada, verá críticamente la sociedad, comprenderá sus contradicciones internas, y por tanto ha de manifestarse consecuentemente en una práctica de transformación de dicha sociedad, o en una acción social revolucionaria.

Esto aparece muy claro en la sociología, donde prácticamente polemizan dos corrientes teóricas fundamentales: el funcionalismo y el materialismo histórico. El primero, que trata de explicar la sociedad fundamentalmente desde el punto de vista de su “orden” y cohesión, se traduce de hecho en formulaciones orientadas a lograr la integración social. Es indudablemente una teoría conservadora. El segundo, por el contrario, centra su atención en la comprensión de la estructura y el proceso histórico de la sociedad, y en particular en el cambio social, traduciéndose por tanto en formulaciones revolucionarias, orientadas básicamente a la transformación de la sociedad capitalista.

Con todos estos antecedentes, la pregunta en torno a la universalidad de las ciencias sociales se nos presenta ahora más concretamente: ¿Qué ti-po de práctica social es fuente de mayor universalidad en el conocimiento de la sociedad, la práctica insertada en la clase trabajadora, o la práctica de la burguesía?

Para responder esta pregunta, debemos tener presente que características esenciales requieren la práctica y la experiencia que, para cualquier ciencia, fundamentan dicha universalidad. Básicamente, dicha práctica y experiencia, que necesariamente son siempre particulares, deben contener en sí las propiedades de lo universal. Esto sucede en la práctica del químico que investiga un compuesto en su laboratorio, que aunque es particular y versa siempre sobre un objeto singular, contiene la universalidad, porque es la misma práctica que todo científico que investiga tal fenómeno debe realizar; así, por ejemplo, las propiedades universales del óxido de carbono, no pueden dejar de estar presentes en la cantidad singular de dicho compuesto que manipula en su investigación. Este criterio debe tenerse en cuenta también en la práctica y la experiencia social que sirvan de fundamento a la universalidad del conocimiento de la sociedad. Debe ser una práctica, necesariamente particular, pero que contenga en sí las propiedades de lo universal. Dicho de otra manera, una práctica particular-universal.

No es tal la situación de la práctica social de la burguesía. En efecto, el factor definitorio de tal práctica está dado por la condición de propietario privado de medios de producción, que implica la contratación de fuerza de trabajo, de trabajadores no propietarios, por un salario. Es indudable que tal condición, siendo una experiencia y una práctica social particular, no tiene ni puede tener ninguna universalidad social. En efecto, dada la estructuración de la sociedad con tal régimen de propiedad y de trabajo, los propietarios de medios de producción son necesariamente una minoría privilegiada, y constituyen una clase social numéricamente reducida, aunque de alto potencial económico, que se levanta sobre la clase trabajadora, también necesariamente mayoritaria. Ahora bien, la práctica burguesa fundamental, la de la propiedad privada de los medios de producción con exclusión de los trabajadores contratados, no sólo no es universal, sino que incluso no puede siquiera, porque sería un pensamiento absurdo, ser postulada ni teórica ni PRÁCTICAMENTE como universal. En efecto, sería indispensable una sociedad donde la práctica social burguesa, de propietario privado con exclusión de otros, fuese compartida por todos los miembros de la sociedad, lo que es contrario a la esencia misma del propietario, del burgués. Si todos fuesen propietarios de medios de producción, tal propiedad no sería capitalista privada, sino necesariamente colectiva. Cuando estos medios, en cambio, están en manos de propietarios privados, necesariamente tiene que haber un conjunto mayoritario de hombres excluidos de la propiedad. Por esto, la experiencia y la práctica burguesas, no sólo no son universales, sino minoritarias, y toda idea en contrario es un contrasentido, un absurdo lógico, aunque se la formule utópicamente.

Diferente es la situación que genera la condición de trabajador, y la experiencia y la práctica social resultantes. De hecho, la experiencia del trabajo en las condiciones actuales, es decir, de existencia de asalariados, es una experiencia mayoritaria, en el sentido de que en ella participan la casi totalidad de los miembros de la sociedad, excluyéndose solamente pequeños grupos de capitalistas privilegiados. Pero no es sólo esto lo que nos permite hablar de que la práctica de la clase trabajadora es una práctica que, siendo particular, contiene en sí las propiedades de lo universal. En la actualidad, es decir, en el sistema capitalista, no es tampoco ésta una práctica plenamente universal, puesto que corresponde únicamente a una clase social. Pero tal práctica social, la del trabajo, no sólo puede ser pensada teóricamente como universal —en efecto, no hay contrasentido lógico en una “sociedad de trabajadores”-, sino que en los hechos, la propia clase trabajadora se ha formulado a sí misma un proyecto de acción socio-económico-político, ovidantado precisamente hacia la supresión de las clases opuestas, a través de un sistema económico socialista en que la experiencia del trabajo sea universalmente compartida. Tal proyecto por lo demás, se ha convertido ya en realidad en por lo menos una tercera parte del mundo. Por estas razones, la práctica de la clase trabajadora es a la vez particular y universal, en el sentido antedicho, y por tanto es la única práctica social de clase capaz de fundar un conocimiento de la sociedad que tienda a la universalidad.

No podemos decir que sea ya en el sistema capitalista una práctica universal, sino que al menos lo es potencialmente, y en todo caso, más universal que la práctica de la burguesía. Es por esto que concebimos que un conocimiento científico verdaderamente pleno de cientificidad, no es posible mientras impere el capitalismo. No hay en este sistema las condiciones materiales que permitan un desarrollo pleno del conocimiento de la sociedad. Sí las hubo con el surgimiento de la clase obrera, que permitió el desarrollo del marxismo, para que tales ciencias sociales se empezaran a desarrollar científicamente. Pero sólo en una sociedad sin clases, donde sea el hombre quien domine la historia, y no esté guiado por sus necesidades y por leyes objetivas que no controla, podrá éste acceder al conocimiento amplio y profundo de la sociedad.

Podría pensarse que todo lo que hemos expuesto no son más que construcciones teóricas arbitrarias; pero no es así, pues está avalado y comprobado por el propio desarrollo y evolución de las ciencias sociales. George Lukacs ha establecido mediante exhaustivos análisis de la producción de los cientistas sociales, que la concepción burguesa de la sociedad tiende a parcializar su conocimiento, estudiando separadamente los distintos fenómenos sociales, sin lograr tener de ellos una verdadera visión de conjunto y sin captar las verdaderas relaciones y vinculaciones entre los distintos niveles de la vida social. El marxismo, en cambio, teoría científica de la sociedad que expresa y se funda en la práctica histórica de la clase trabajadora, ha logrado una perspectiva unificada, donde sus instancias económicas, políticas, ideológicas, culturales, etc., de la sociedad, se integran en una visión de conjunto. No podemos repetir aquí los análisis extensos de Lukacs al respecto; pero al menos señalemos un hecho. Las ciencias sociales burguesas se dividen en disciplinas independientes -economía, sociología, ciencia política, etc., y hasta ahora no se logrado, no sólo una síntesis, sino ni siquiera establecer claramente las vinculaciones entre ellas. Por el contrario, el materialismo histórico integra y vincula internamente los distintos enfoques científicos de la sociedad, en una perspectiva globalizadora, y trabaja con ellos con un método de análisis -la dialéctica— que es válido para estos distintos enfoques.

Y es sintomático además el siguiente hecho: en octubre de 1966 fue celebrado en Moscú un Simposio Internacional sobre el tema “La dialéctica y las ciencias naturales contemporáneas (problemas de la dialéctica y de la lógica del conocimiento)”, en el que participaron investigadores de los países socialistas que desarrollan conjuntamente la metodología de la ciencia actual. En expresiones de P.N. Fedoseiev, el problema principal allí tratado fue el del materialismo dialéctico y la unidad de las ciencias; “Según la ley dialéctica de la contradicción, la creciente diferenciación de los conocimientos crea la necesidad de una síntesis de las ciencias capaz de superar la atomización de las disciplinas científicas. Es de todo punto evidente que de lo que se trata en nuestra época es de una síntesis más amplia de los conocimientos, capaz de abarcar no sólo las ciencias naturales, sino también las sociales. La tendencia al acercamiento e incluso, en cierto sentido, a la fusión de las ciencias naturales y sociales tiene, de por sí, una extraordinaria importancia justamente en el plano filosófico”. (Del artículo: “Las ideas de Lenin y la metodología de la ciencia contemporánea”, en Nuestra Época, Revista Internacional, N.4, 1967).

Reflexionemos un momento en esto. Mientras en los países con sistemas capitalistas de clases, donde la práctica social no alcanza universalidad, la ciencia se subdivide cada vez más. y no sólo se ve como imposible la unidad entre las ciencias sociales y las naturales, sino que la propia unidad de las ciencias sociales se enfrenta como una necesidad cuya realización aparece inalcanzable; en los países socialistas, donde las contradicciones antagónicas entre las clases sociales han sido suprimidas, sólo el problema no es el de la unidad de las cien-cias sociales, sino que se presenta como “evidente” la necesidad de la unión de las ciencias naturales y las sociales, y se trabaja sistemáticamente en tal sentido.

Si pensamos profundamente en el significado de los hechos que hemos mencionado, se nos aparecerá clara la vinculación entre las posibilidades de universalidad del conocimiento científico, y en particular de las ciencias sociales, y las condiciones materiales de desarrollo de las mismas, dadas por el modo de producción y la situación de las clases sociales, que determinan formas particulares y específicas de práctica social.

Intimamente relacionados con la problemática de la universalidad del conocimiento en ciencias sociales, en cuanto al origen de clase, de la práctica y la teoría constituyente de las mismas, encontramos otros criterios muy importantes. Estos nos han de dar, además de nuevos antecedentes para distinguir la mayor cientificidad dada por la experiencia y la práctica social de la clase trabajadora, los elementos que nos permitirán clarificar desde qué punto de vista o situación particular, dentro de esa clase, será posible avanzar más profundamente en el conocimiento científico de la sociedad.

Por una parte, la clase trabajadora, marcada profundamente por las estructuras capitalistas que la oprimen y la explotan, haciéndole sentir el peso de situaciones injustas, contra las cuales lucha organizadamente a fin de sustituirlas por un sistema social superior, vive una experiencia y práctica social de la que deriva una actitud fundamental para el conocimiento profundo de la realidad y la comprensión de las estructuras y sus contradicciones: la criticidad. Con ella se puede comprender la transitoriedad de determinados sistemas económicos sociales; ella permite cuestionar los verdaderos fundamentos de un determinado “orden social”, más allá de las falsas bases sobre las cuales la ideología burguesa pretende justificar el statu quo, etc.

La clase dominante, la burguesía, por el contrario, cuya situación de privilegio le permite desarrollarse en la comodidad y el bienestar, muy difícilmente logrará ser verdadera y profundamente crítica frente a la realidad social. Sus justificaciones ideológicas le ocultarán constantemente todo aquello que pueda cuestionar su situación privilegiada. Su actitud teórica, pues, estará marcada más por la “compasividad” y la búsqueda de justificación, y tenderá a la formulación de teorías “ideológicas” que no alcanzan jamás a descubrir’ las contradicciones profundas de la estructura y las raíces de los conflictos. El conocimiento de la realidad social, así derivado, no podrá ser sino superficial.

En segundo lugar, si pensamos que el conocimiento científico de la sociedad se funda básicamente en la práctica social del trabajo, de la acción social, de la acción histórica y de la actividad intelectual —tal como lo hemos demostrado—, no podemos sino pensar que es la clase obrera la que:

1)Tiene la experiencia fundamental del trabajo, de la transformación directa de la naturaleza y de la creación de las condiciones productivas sobre las que se estructura la vida social. 2) Se apoya en una serie de organizaciones de clase, gremiales, políticas, sociales, etc., que desarrollan la más profunda, consciente e importante “acción social”, pues a través de ella lucha colectivamente por la implantación de un orden social nuevo, donde los valores de la solidaridad, lo colectivo, la libertad y la just-cia se hagan finalmente realidad. 3) La acción colectiva de la clase trabajadora es asimismo una acción eminentemente histórica, orientada precisamente a la aceleración del desarrollo de las leyes objetivas del proceso histórico. La clase obrera, a través de su acción colectiva, transforma la sociedad, avanza hacia el socialismo, nueva etapa de la historia, sustituye lo viejo por lo nuevo. La acción de la clase obrera es la más histórica de las acciones de clase, pues se orienta precisamente a superar un largo período clasista de la sociedad, en que el hombre controlaba apenas el proceso social, y a construir una sociedad sin clases, en la que los hombres sean realmente hacedores de historia, dueños de su destino. 4) En cuanto a la actividad intelectual, si bien individualmente los trabajadores, dadas sus condiciones materiales de existencia en la sociedad capitalista, difícilmente tienen acceso a altos y desarrollados niveles de estudio e investigación, colectivamente, por el contrario, son herederos de la ciencia marxista que les permite abandonar todo idealismo, y avanzar rápidamente por el camino del realismo.

Tomando en cuenta estos antecedentes, estamos en condiciones de concluir, a través de un simple proceso deductivo y lógico, confirmado por lo demás históricamente, que:

a) El conocimiento científico de la sociedad se ha de fundar básicamente en la praxis de clase de los trabajadores. Ya sea a través de los propios trabajadores más conscientes que, habiendo alcanzado determinados niveles de actitud teórica, expriman la experiencia colectiva de su clase, o a través de intelectuales venidos originalmente de otros sectores sociales, que sean capaces de identificarse con los trabajadores, recoger y expresar la práctica y la experiencia histórica del proletariado.

b) Será en los sectores más conscientes de la clase trabajadora, y en especial en su vanguardia política, que se formarán tales intelectuales “orgánicos” (en expresión de Gramsci). En efecto, allí ha de expresarse la más lúcida acción de clase, la que orienta y conduce su acción social e histórica, y que se enriquece constantemente con el estudio permanente de las condiciones reales en que se da la lucha de clases, día a día; en fin, en la “acción reflexionada” más completa.

c) Finalmente, será necesario tener una constante actitud de vigilancia teórica, respecto a aquella ciencia social no burguesa que muestra las mejores intenciones de ponerse al servicio de la transformación y de la clase trabajadora, pero que se ha formulado desconectada de la práctica social de esta clase; tales formulaciones teóricas, de las cuales indudablemente es posible aprovechar brillantes planteamientos, está generalmente expuesta más “para beneficio de los trabajadores” que desde el propio punto de vista de la clase obrera.

4. Legalidad

Una última característica de las ciencias que debemos examinar, es la legalidad del conocimiento científico, esto es la exigencia de buscar una explicación de la realidad a través de leyes. La legalidad en las ciencias de la naturaleza es muy clara y no puede ser puesta en discusión: la ley de gravedad, en física, la ley de Lavoissier, en química, son algunos ejemplos conocidos por todos.

En cuanto a las ciencias sociales, la legalidad o la posibilidad de explicar la realidad social a través de leyes, ha sido puesta en duda, y requiere por tanto de un análisis más profundo; a través de él tendremos que llegar a una correcta comprensión de lo que son las leyes, de cuáles son sus fundamentos objetivos y del carácter particular de las leyes en las ciencias sociales.

La objeción fundamental que se ha hecho a la posibilidad del conocimiento a través de leyes en las ciencias sociales, se basa en la circunstancia de que los hechos y fenómenos sociales son únicos e irrepetibles, y por tanto, carentes de toda ley que los estructure. No podría haber leyes sobre hechos que son siempre distintos y novedosos.

Tal planteamiento se funda en una concepción de la legalidad, absolutamente abandonado hoy por cualquier ciencia. Es indudable que todo hecho histórico es siempre nuevo, único, y no puede ser totalmente asimilable a otros hechos. Pero esto no es verdadero obstáculo a la formulación de leyes. En efecto, no sólo los fenómenos sociales, sino todo objeto de conocimiento, toda realidad objetiva, está compuesto de factores diferentes, que no pueden ser nunca “identificados” con otros fenómenos reales; así, la física moderna comprueba que no existen en el mundo real dos fragmentos de materia cualquiera que se hallen exactamente en el mismo estado y que interactúen exactamente con otros objetos en la misma forma. La’ identidad sólo puede darse a nivel de realidades mentales o ideales, es decir, construidas por el pensamiento: la identidad matemática y la identidad lógica. Pero en la realidad, todo objeto, todo fragmento, de cualquiera especie que sea, es siempre “único” e irrepetible. A medida que las ciencias perfeccionan sus instrumentos de análisis y observación de la realidad, no hacen sino descubrir diferencias y especificidades; es por eso que la expresión “la excepción confirma la regla (ley)”, significa que determinados fenómenos considerados excepcionales, son estadísticamente menos probables que otros, con los que, dado un conjunto de| similitudes, se configura la ley.

La ley científica, de cualquier orden que sea, no se fundamenta entonces en la identidad absoluta de muchos fenómenos, sino en el hecho de que, en ciertos aspectos, estos muestran un conjunto de similitudes y regularidades básicas. Ahora bien, tales similitudes o regularidades existen indudablemente en el campo de las ciencias sociales, y es en virtud de ellas que podemos establecer un conocimiento según leyes determinadas. La realidad no es un caos de hechos y fenómenos absolutamente independientes. Las leyes se fundan precisamente, no sobre los factores de la realidad que distinguen unos fenómenos de otros, sino en los aspectos que los unifican, en lo que tienen en común. Hay en la realidad, tanto natural como social, determinadas estructuras comunes a un conjunto de fenómenos, y determinados dinamismos que muestran procesos y etapas que comparten. Estos aspectos de la realidad son el fundamento de la legalidad. Así, por ejemplo, si bien la familia es un caso absolutamente único, en una determinada sociedad subyace en todas ellas una estructura común y ciertas relaciones básicas compartidas.

Las leyes socio-históricas, las leyes de las ciencias sociales, pueden ser de tres tipos:

– Algunas (pocas) leyes históricas y sociales universales, es decir, comunes a toda estructura social y a todo período histórico. Así, por ejemplo: toda sociedad requiere una determinada estructura productiva; las condiciones materiales de vida de los hombres, predominan en general sobre las condiciones culturales de existencia; el desarrollo de las fuerzas productivas entra, a la larga, en contradicciones con las formas sociales en que se desarrollan; etc.

-La mayoría de las leyes sociales son relativas a determinadas formas o estructuras sociales y a determinados períodos históricos. Así, existe un conjunto de leyes histérico-sociales válidas para los sistemas económicos de tipo capitalista; otras para los sistemas feudales, socialista, etc. Por ejemplo, en el capitalismo, a mayor oferta de mano de obra, menor es el salario relativo; o este otro: la actividad productiva capitalista conduce progresivamente a una concentración de los capitales en un número relativo cada vez menor de grupos económicos crecientemente cada vez más poderosos.

-Otras leyes, en el campo micro-sociológico, es decir, relativas a fenómenos o aspectos particulares en las relaciones sociales, son de carácter meramente estadístico. Son de este tipo: la mayoría de los hombres, en determinadas circunstancias, reaccionan de tal o cual forma.

Fundada y demostrada la legalidad del conocimiento en ciencias sociales, nos resta por ver algunos problemas: ¿Cuál es la causa de que aún hoy haya quienes rechazan tal posibilidad? ¿Qué características tienen las leyes historico-sociales? ¿Cómo deben entenderse las realidades sociales concretas, en la perspectiva de las leyes más generales?

| Tres son las causas fundamentales que inducen a error respecto a la posibilidad de legalidad en las ciencias sociales:

La primera tiene su origen en una falsa concepción de la historia y de las otras ciencias sociales. La historiografía, que se ha limitado a una simple narración cronológica de los hechos históricos, sin intentar comprender sus movimientos subyacentes y sus dinamismos esenciales, lleva a una visión de la realidad social incoherente y arbitraria; del mismo modo, ciertos estudios “sociológicos” que se limitan a estudiar “variaciones” en el comportamiento humano, relativas por ejemplo a modificaciones en el comportamiento electoral, o a cambios en la venta de determinados productos en el mercado, etc., olvidándose de vincular tales realidades a las estructuras en las cuales se dan.

La segunda razón tiene su origen en la mala fe o en la existencia de intereses particulares empeñados en sostener el carácter incoherente de la rea lidad social, para que no se desnuden situaciones de privilegio que los comprometen, y cuyo conocimiento da poder a los hombres para transformar tales realidades.

La tercera, es simplemente un desconocimiento de las características propias de las leyes histórico-sociales, que son diferentes de las leyes de la naturaleza.

Estas características son:

a) Mayor complejidad de las leyes relativas a la realidad social. En efecto, la realidad social es enormemente más compleja que la realidad natural, por cuanto en ella intervienen una multitud de factores, aspectos y variables difíciles de controlar por los científicos sociales.

b) El carácter temporal y transitorio de la mayoría de las leyes socio-históricas. En efecto, la realidad social está en constante cambio, y no hay ningún sistema económico-social eterno, o que pueda postularse como la realización definitiva y plena de la sociedad. Leyes que fueron válidas en la época feudal, han sido sustituidas por otras en el período capitalista. Asimismo, leyes que son válidas hoy para determinadas estructuras sociales, capitalistas por ejemplo, no son validas en otros sistemas existentes, como el socialista. La mayoría de las leyes de las ciencias sociales duran mientras existen las condiciones sociales e históricas en que aparecieron.

Finalmente, para la comparación de determinados procesos históricos o hechos sociales particulares, debemos tener presente que no es posible comprenderlos mediante la simple aplicación mecánica de una ley general. En efecto, las leyes son relativas a clases de fenómenos, e implican un cierto grado de generalización. Y todo proceso histórico concreto, o todo hecho social particular, no se guía exclusivamente por una ley específica, sino que en ellos confluyen una multitud de leyes que se complementan, se relativizan y se condicionan mutuamente. El alza del precio de determinado producto no es sólo el resultado del funcionamiento de la ley de la oferta y la demanda, sino de todo un complejo número de factores que se guían por un conjunto de leyes diferentes. Ahora bien, éste no es un hecho que se da sólo en las ciencias sociales, sino también en las naturales: la velocidad de caída de un cuerpo no está determinada sólo por la ley de gravedad, sino que también por el roce, la presión del aire, etc., etc. Y por tanto ese fenómeno sólo puede ser comprendido con el auxilio de un conjunto de leyes complementarias. Ahora bien, el problema, es indudablemente más arduo cuando se trata de los fenómenos sociales, los que. como ya hemos visto, son enormemente más complejos. Es necesario comprender que el desarrollo de cierto proceso histórico, como el dinamismo de cierto modo de producción, no puede comprenderse mediante la aplicación de una determinada ley que se da en el tiempo en un largo plazo, aplicándola a la explicación de un proceso en un período restringido.

La ley sobre la concentración del capital en el sistema capitalista, marca una trayectoria indudablemente cierta y comprobada en períodos de tiempo relativamente extensos; y no puede ser negada, por una simple disminución de tal concentración, en el período comprendido entre dos balances anuales.

II.

EL OBJETO DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Dijimos en un comienzo que las ciencias sociales estudian la sociedad. Pero si bien al señalarlo estamos indicando su objeto: “la sociedad”, en estricto sentido no hemos dicho aún nada; pues será necesario clarificar el sentido del concepto de “sociedad” -al cual los hombres le han dado muchos significados distintos- para comprender verdaderamente cual es el objeto de las ciencias sociales. Precisar el objeto de una ciencia no consiste solamente en señalar que parte o aspecto de la realidad es estudiada por ella, sino que es necesario “conquistar” un objeto de investigación, esto es, acotarlo, captarlo en sus relaciones, tener de él una percepción científicamente fundada.

Aparentemente hay en estas afirmaciones un contrasentido que conviene despejar, pues nos entrega elementos para comprender mejor el problema del objeto de una ciencia. El contrasentido sería el siguiente: se definen las ciencias sociales como el estudio de la sociedad (del mismo modo como cualquier ciencia se define por su objeto); pero al mismo tiempo se afirma que “sociedad” (u otro objeto) debe ser definida por la propia ciencia en su desarrollo. La contradicción estaría en que se habla del objeto antes de que éste sea comprendi do; ¿puede acaso haber ciencia antes de que el objeto sea definido y precisado? . Y si el concepto del objeto es posterior al desarrollo mismo de la ciencia, ¿cómo sabemos que lo que se ha elaborado es efectivamente ciencia?

En realidad, este contrasentido es sólo aparente, y aparece únicamente si se piensa el problema con una perspectiva formalista, no dialéctica. En realidad, la definición de una ciencia sólo puede formularse después que la ciencia misma existe, pudiendo hacerse desde un comienzo nada más que una conceptualización aproximativa sobre lo que ella quiere o podría ser. En verdad, hay una determinada realidad que responde al término de sociedad. Al hablar de sociedad, todos comprendemos a que tipo de realidad y hechos objetivos nos referimos: comprendemos vagamente que hay un “espacio real” del mundo objetivo que abre un “espacio teórico”. Ahora bien, es el desarrollo de la propia ciencia la que debe darle contenido a ese espacio; en el caso de las ciencias sociales, son éstas las que deben precisar, delimitar y dar rigor al concepto de sociedad. Es necesario que ellas elaboren el “concepto del objeto”, del cual la teoría debe dar cuenta.

La parte de la realidad que se constituye como objeto de una ciencia, es un todo complejo ya “dado”; pero su concepto no es un dato, algo también dado, sino que precisa ser elaborado, “conquistado” teóricamente. Y es precisamente la conquista de un objeto nuevo de investigación la que señala los primeros pasos del desarrollo de una nueva ciencia.

Ahora bien, se tratará efectivamente de una ciencia, cuando se trate del “concepto verdadero del objeto adecuado”, es decir, cuando se comprenda la estructura teórica del objeto que corresponde a una ciencia. Cuando se formula un concepto inadecuado de un objeto, o cuando se elabora un concepto de un objeto inadecuado, estamos en presencia de una ideología, de una filosofía, o simplemente de una concepción errónea, pero jamás de una verdadera ciencia. Es precisamente la teoría del objeto o su concepto lo que permite distinguir y discernir entre ciencia e ideología. Normalmente, esta última no se preocupa por comprender exactamente la naturaleza, los límites y el campo de existencia del objeto. Quedamos entonces en que son las propias ciencias las que crean su objeto de estudio. Este es construido, elaborado por las ciencias, no dado (no en cuanto a aspecto de la realidad sino en cuanto a objeto de conocimiento), a partir de su propia práctica teórica. Y tal construcción del objeto no es un hecho puro y simple, sino un proceso, a veces muy largo y laborioso, de progresiva aproximación.

Es el caso de las ciencias sociales, que han construido su objeto de conocimiento a través de sucesivas etapas y progresos constantes. La sociedad, como realidad dada, ha sido estudiada, analizada y nombrada en la historia del pensamiento, prácticamente desde sus orígenes. Los filósofos se han referido siempre a la sociedad, han hablado de una sociedad ideal (piénsese en La República de Platón), y los problemas y fenómenos sociales aparecen a diario en nuestras conversaciones y discusiones. Sin embargo, todo ese esfuerzo, si bien ha servido a las ciencias sociales de antecedente y preparación, no había logrado convertir a “la sociedad” en objeto de conocimiento científico. Le faltaba al concepto, el rigor, la precisión y la objetividad, que empezó a adquirir con el surgimiento de las ciencias sociales hace no más de dos siglos, y que alcanzara con Carlos Marx y Federico Engels su expresión más rigurosa y objetiva. Al respecto, es interesante considerar lo que Louis Althusser dice: “La ciencia fundada por Marx cambia toda la situación en el dominio teórico. Es una ciencia nueva: ciencia de la Historia. Por lo tanto, permite, por primera vez en el mundo, el conocimiento de la estructura de las formaciones sociales y de su historia; permite el conocimiento de las concepciones del mundo que la filosofía representa en la teoría; permite el conocimiento de la filosofía. Entrega los medios para transformar las concepciones del mundo”. (Althusser: Para leer El Capital, pág. 10, Edit. Siglo XXI). En otros lugares, Althusser destaca que Marx realizó una “ruptura epistemológica” al construir un nuevo objeto científico: la sociedad y la historia, con lo que supera definitivamente las concepciones ideológicas y precientíficas de la sociedad. Y al abrir esta nueva ciencia, el materialismo histórico, un nuevo continente se abre para la filosofía, el materialismo dialéctico, del mismo modo como antes, con el continente científico de las matemáticas, y más tarde con la física, se abrieron nuevas concepciones filosóficas.

Creemos que Althusser exagera al ponerle fecha a la ruptura epistemológica y al inicio de una ciencia. Si hablamos en general de las ciencias sociales, tenemos que hablar de un “proceso”, y no de un “momento” de superación de las concepciones ideológicas de la sociedad, hasta llegar a constituirse un concepto científico de la misma. También si nos referimos en particular al “materialismo histórico” de Marx y Engels, es necesario comprender su surgimiento y formación como el resultado de un largo camino de desarrollo, que encuentra sus fuentes y raíces, por ejemplo, en la economía política inglesa, en el socialismo utópico francés, en el materialismo filosófico francés y alemán, y en las concepciones dialécticas de Hegel.

Consideremos ahora algunas de las conceptualizaciones de “la sociedad” que han sido formuladas en la disciplina sociológica.

Para Augusto Compte, que puede ser considerado como precursor o iniciador de la sociología, la sociedad es la totalidad de los fenómenos del entendimiento humano y las acciones resultantes de ellos. Indudablemente parcial e insuficiente, vemos en esta conceptualización del objeto de la ciencia social una extraordinaria falta de precisión. En primer lugar, sólo considera una “totalidad acumulativa” de fenómenos sociales, sin relevar ni destacar la estructura de los mismos. Por otra parte, no todos los fenómenos sociales son del “entendimiento humano” o acciones resultantes de él; la historia muestra a cada momento que se desenvuelve no sobre los cimientos racionales sino básicamente sobre cauces infraestructurales no controlados por la conciencia de los hombres. Todo esto no impide sin embargo, que Compte haya dado un paso significativo al señalar un aspecto de la sociedad, sobre todo cuando, sobre la base de la definición mencionada, llega a distinguir dos aspectos en la sociedad que se constituyen como objeto de dos partes de la ciencia social: la estática (que es el estudio de las razones que fundan el orden social), y la dinámica (que debe explicar el progreso y el cambio en la sociedad).

Para Teennies y Simmel, entre otros, la sociedad es el conjunto de las “relaciones sociales”. El individuo como tal no es la unidad básica de las ciencias sociales; pero tampoco la sociedad como un ente abstracto y superior, concebible como un gran organismo, sino las relaciones que los individuos adquieren entre sí, formando los grupos sociales. Teennies distingue dos tipos de estos grupos: la comunidad y la sociedad, según el carácter de las relaciones entre los individuos. Habla de “comunidad” cuando las relaciones entre las personas se basan en lazos tradicionales, de parentesco, religión, costumbres ancestrales, creando interacciones íntimas; con el apelativo de “sociedad” califica a aquellos grupos sociales cuyas relaciones son complejas, inestables, y basadas principalmente en la división social del trabajo y la diferenciación de funciones, todo ello regulado jurídicamente. En este concepto de sociedad entendida como relaciones entre individuos, vemos una enorme limitación: no se consideran sino relaciones humanas, olvidando el hecho de que éstas se organizan sobre la base de relaciones económicas y de fuerzas históricas que se conforman en tomo al intercambio permanente entre los hombres y la naturaleza y entre grupos sociales distintos y que manifiestan múltiples contradicciones. Además, la tipología que hace Teennies de los tipos de grupos sociales es excesivamente pobre y simple, y esencialmente ahistórica.

Emilio Durkheim se aproxima más a una comprensión científica de la sociedad, a la que considera como un todo orgánico en funcionamiento ordenado. La sociedad como tal es una realidad (realismo social) independiente de la voluntad de los individuos que la configuran, y que trasciende la simple suma de los sujetos y sus interacciones. El grupo social (que es propiamente un hecho social), es el objeto de la sociología, y debe ser estudiado y considerado como “cosa”. Al considerar la sociedad como un todo orgánico, a Durkheim le interesa explicar el “orden”, que funda sobre la base de la diferenciación de funciones orgánicamente complementarias. Lo que no colabora al orden es simplemente una enfermedad, una disfunción, y el grupo que la representa es asocial. En esta interpretación de la sociedad, encontramos dos grandes deficiencias: Durkheim descuida una consideración de la sociedad como proceso histórico, y junto a ello, se ve en grandes dificultades para explicarse el cambio social.

Max Weber centra su análisis en el concepto de “acción social”, y llama sociedad a “una relación social cuando y en la medida en que la actitud en la acción social se inspira en una compensación de intereses por motivos racionales (de fines o de valores), o también en una unión de intereses con igual motivación. De un modo típico la sociedad puede descansar especialmente (pero no únicamente) en un acuerdo o pacto racional, por declaración recíproca”. Este concepto de sociedad, que integra y comprende varios aspectos de las concep tualizaciones anteriores, pone, sin embargo, la atención exclusivamente en las relaciones humanas derivadas de la acción consciente, dejando ocultas motivaciones y fenómenos sociales importantes; es éste sin embargo, el más completo y acabado de los conceptos de sociedad entre los hasta ahora expuestos. Abarca casi la totalidad del “espacio real” al que apunta el concepto de sociedad, pero su concepto no es suficientemente totalizador.

Sorokin, Malinowski, Parsons y otros sociólogos que podemos englobar, simplificando naturalmente, bajo la denominación genérica de funcionalistas o estructural-funcionalistas, formulan diferentes conceptos de sociedad más o menos completos, coincidiendo básicamente en el hecho de considerar la sociedad como una estructura funcional, compuesta de muchos elementos relacionados y articulados de tal forma que cada uno cumple su función particular, que colabora a la integración y orden del todo. Este enfoque destaca un aspecto de la realidad: la estructura funcional, perfeccionando la concepción precedente de Durkheim, pero descuida indudablemente la consideración de la sociedad como proceso histórico, en permanente cambio.

Por el contrario, Spengler y otros conciben la sociedad básicamente como un proceso histórico, del que buscan una inteligibilidad, ya sea en una concepción cíclica, como el autor que mencionamos, o lineal, de permanente progreso (Alfred Weber). Desde estas perspectivas historicistas, se tiende a descuidar el carácter estructural de los fenómenos sociales.

Hemos expuesto -somera y superficialmente- esta lista de concepciones de la sociedad, sólo para dar una idea de la complejidad del campo real al que apuntan las ciencias sociales, y de la dificultad de formalizar el concepto que dé cuenta adecuadamente de él. Además de las aquí esbozadas, muchas otras formulaciones se han intentado. A través de todo este esfuerzo, se han destacado aspectos del objeto de las ciencias sociales, el cual se ha ido delimitando, aproximándose a una formalización adecuada. Debemos tener presente que en dichas conceptualizaciones o teorías del objeto de la ciencia social, no está ausente la experiencia social y la praxis que las funda; en efecto, se trata esencialmente de una praxis burguesa, y es por ello que en dichos conceptos aparece velado siempre un aspecto fundamental: el carácter determinante de las relaciones materiales que se dan a partir del proceso productivo, y que fundan las relaciones entre los hombres, por un lado, y las profundas contradicciones y conflictos que se muestran en la estructura y la historia de la sociedad. Van a ser Engels y Marx, los fundadores del materialismo histórico, quienes, en una perspectiva comprensiva y analítica al mismo tiempo, junto con integrar los aspectos de la realidad social destacados por la ciencia social burguesa y elevarlos a un grado de comprensión superior, profundizarán en aquellos aspectos olvidados, que son precisamente los que permiten una comprensión unificadora.

Hagamos un breve recuento de los conceptos de sociedad formulados en el desarrollo de la sociología: – La sociedad como el conjunto de los fenómenos del entendimiento humano y las acciones que de ellos resultan. – La sociedad concebida como el conjunto de las relaciones sociales. – La sociedad como una totalidad orgánica de grupos sociales. – La sociedad como el complejo de las acciones sociales fundadas en la voluntad o los intereses de los individuos. – La sociedad como estructura social y funcional. – La sociedad como proceso histórico.

Desarrollemos ahora el concepto del objeto de las ciencias sociales con la perspectiva del marxismo, cuyo enfoque deriva por una parte de la experiencia y la praxis social de la clase obrera en el sistema económico-social capitalista, y por otra, de una síntesis integradora de los elementos positivos de otras concepciones ideológicas y precientíficas sometidas a la crítica del análisis materialista dialéctico. Con esta perspectiva, siguiendo a Marx, concebiremos la sociedad como una realidad concreta que adquiere diferentes configuraciones en el tiempo y en el espacio, en la que distinguimos dos aspectos fundamentales: la estructura social y el proceso histórico.

Ahora bien. la sociedad no es una realidad dada, independiente de los hombres que la conforman, sino que se da en el complejo de la praxis social de los hombres que configuran las relaciones sociales. En este sentido, la sociedad -estructura y proceso- adquiere su unidad última en los hombres concretos que la configuran también concretamente, a través de sus relaciones de intercambio con la naturaleza y entre ellos mismos. Todo idealismo social queda descartado, así como también todo mecanicismo.

Hecha esta aclaración, debemos ahora precisar más el objeto de las ciencias sociales, distinguiendo en la realidad social sus distintos elementos, instancias y niveles fundamentales. Pero antes de hacerlo, es imprescindible precisar el significado de los conceptos básicos de estructura y proceso. Lo haremos a partir de la forma como se los concibe según el enfoque materialista dialéctico, que engloba y comprende otras conceptualizaciones hechas con anterioridad en la historia de las ciencias.

El concepto de estructura ha sido extraordinariamente fértil en los distintos dominios de la ciencia y el conocimiento. En matemáticas, la idea de “conjunto” y el particular tipo de álgebra que funda, descansan básicamente sobre el concepto de estructura. En lógica, prácticamente toda formalización moderna (lógica simbólica, etc.), es indudablemente estructural. Y así sucesivamente en otras ciencias. En física, por ejemplo, piénsese en la teoría de la composición de fuerzas, o en biología, donde las estructuras de los seres vivos son el principal objeto de estudio, bástenos citar el concepto de homeostasis (equilibrio permanente del medio interno y su autorregulación). En psicología, la teoría de la Gestait se funda precisamente sobre el concepto de estructura. En lingüística, desde Ferdinand de Saussure y Chomski, se da particular importancia al descubrimiento de las estructuras de la lengua. Y en las ciencias sociales, en fin, como la sociología y la antropología.

Esta apresurada enumeración pone de relieve la importancia del concepto; pero no se debe deducir de esto el reconocimiento de una perspectiva teórica estructuralista, primero porque la definición del concepto de estructura que implica no ha sido suficientemente científico, y luego porque el estructuralismo desconoce la dimensión complementaria, esto es, la dimensión temporal, histórica.

Definamos pues el concepto de estructura, distinguiendo en él sus distintas facetas:

a) Toda estructura se nos presenta como una totalidad, es decir, como un conjunto determinado de elementos. Pero es un tipo de totalidad particular, en el sentido de que los elementos que integra tienen dentro del conjunto una situación particular dada. No se encuentran yuxtapuestos, amontonados, sino ordenados de acuerdo a una determinada forma dada desde el conjunto. Es el conjunto el que da a sus partes su sentido, y en su función del todo que los elementos adquieren su función particular. A su vez los elementos, dada la forma particular en que se encuentran articulados y entrelazados, le dan al todo un conjunto de propiedades y características distintas a los de cada uno de ellos, o a las de su simple sumatoria.

b) Toda estructura se autorregula a sí misma en su funcionamiento, de ACUERDO a leyes propias de integración funcional, y al mismo tiempo se dinamiza y transforma dialécticamente según las diferentes contradicciones que en ella se dan. Expliquemos brevemente estos aspectos. En primer lugar, toda estructura tiende a conservarse a reproducirse a sí misma en el tiempo; para ello, tiene una serie de mecanismos que permiten la cohesión de sus elementos que se integran de acuerdo a las diferentes funciones de sus partes, pero colaborando todas al funcionamiento del todo. Pero junto a ello, en las mismas estructuras se dan siempre situaciones contradictorias, es decir, desajustes, antagonismos entre las partes, desfasamientos, que le dan a la estructura un dinamismo propio que tiende a superarlas. Si las contradicciones son antagónicas, es decir, que no pueden encontrar un nuevo punto de equilibrio en una configuración reformada de la misma estructura, ésta debe dar lugar a otra estructuración superior que la sustituye, y que aparece como la continuidad temporal o histórica de la anterior.

c) Toda estructura real es compleja. Sus elementos pueden ser a su vez estructuras menores, que pasarían a llamarse subestructuras si la estructura de que se habla es la que las integra. A su vez las estructuras pueden encontrarse articuladas con otras estructuras al mismo nivel, formando parte de un sistema estructurado más amplio. El análisis de una estructura particular cualquiera supone por tanto, no sólo estudiar sus partes o estructuras componentes, sino también ubicarla en el contexto de las estructuras más amplias que la incluyen, y que le imponen determinadas condiciones.

Así concebido el concepto de estructura, estamos en condiciones de señalar que un aspecto de la realidad social estudiada por las ciencias sociales, es la sociedad en cuanto estructura social.

En efecto, la sociedad se nos presenta como una totalidad compleja, integrada por un conjunto articulado y relacionado de distintas subestructuras. Estas son, básicamente, la estructura económi ca, la estructura de clases y grupos sociales (o estructura social propiamente tal), la estructura jurídico-política y la estructura ideológico-cultural. A su vez la estructura global de la sociedad se encuentra inserta en una realidad más amplia que incluye el mundo físico y biológico junto al social. La sociedad se autorregula a sí misma, las formas concretas que adquiere en el tiempo tienden a reproducirse y conservarse, pero simultáneamente presentan un conjunto de contradicciones que imponen un dinamismo tal que impide que cualquier estructura social dada se eternice en el tiempo, siendo siempre superada por otra estructura superior.

El segundo aspecto importante de la realidad social, inmediatamente correlativo al primero, es que la sociedad es un proceso histórico. Este concepto también requiere un breve análisis para su correcta comprensión, ya que ha dado lugar a múltiples interpretaciones.

La historia no debe ser concebida como un simple transcurrir de hechos y acontecimientos sociales que se suceden en el tiempo, sin mayor inteligibilidad. La narración cronológica de estos sucesos llamados “históricos”, no supera la crónica o la historiografía, si no logramos desentrañar el sentido, la coherencia, cierta lógica interna de su desarrollo.

Pero tampoco podemos tener de la historia una concepción idealista, según la cual la historia no es más que el desenvolverse ciego e inflexible de una idea supuestamente anterior, o colocada por encima de la historia misma. Para algunos, esta idea ha sido el espíritu absoluto, del cual los hechos históricos concretos son sus simples manifestaciones progresivas. Para otros, la historia es un camino de libertad, o de progresiva liberación. Para otros, en fin, la historia no es más que una constante repetición cíclica de procesos inevitables.

Una correcta comprensión del proceso histórico, supone distinguir los siguientes aspectos:

a) La historia es el transcurso o desarrollo temporal de la vida de la sociedad. Esta no tiene siempre las mismas formas y estructuras, sino que éstas cambian constantemente en el tiempo. Distinguimos el pasado, el presente y el futuro, en un continuo, es decir, en un desarrollo ininterrumpido, en donde jamás encontramos nada exactamente igual en todas sus facetas, en distintos momentos. Todo cambia constantemente y toda realidad social, en algún sentido al menos, es siempre una novedad.

b) La historia no es un sucederse caótico de novedades, sino que es un proceso guiado por leyes que explican su desarrollo. Tales leyes no son externas a la historia, no le han sido dictadas desde fuera, sino que están presentes en el dinamismo de la propia historia. Son leyes internas de desarrollo. El fundamento de tales leyes debemos encontrarlo en el grado de desarrollo de la sociedad y en las formas particulares que adquiere su estructura en un período dado de su evolución.

c) En el transcurso de la historia de la sociedad, podemos distinguir diferentes períodos, que se siguen uno a otro de acuerdo a las leyes particulares del proceso, y que podemos distinguir básicamente en función de las distintas estructuras o configuraciones estructurales de la sociedad. Tales períodos presentan cada uno sus propias leyes, su propio dinamismo y evolución, sus propias contradicciones.

d) Asimismo, la historia muestra períodos de transición, períodos o momentos de cambio, que hacen el paso de una etapa del desarrollo social a otra etapa nueva y superior. Tales procesos de cambio, o de transformación pueden ser básicamente de dos tipos: cambios “en” la estructura de la sociedad o en alguna de sus partes, o cambios “de” la estructura de la sociedad. Cambios en un sistema social, caracterizados por reformas parciales de algunas de sus subestructuras, instituciones o grupos, por un lado, y transformaciones o cambios del sistema, caracterizados por procesos revolucionarios. Estos dos tipos de cambios no siempre son claramente discernibles, pudiendo darse que, en determinadas circunstancias, la acumulación de una serie de reformas en el sistema, pueden conducir a una verdadera suplantación de un sistema social por otro.

La sociedad, pues, se nos presenta como un proceso histórico cuyas etapas fundamentales, en una perspectiva muy general, son fundamentalmente las siguientes: comunidad primitiva, u organización tribal de la sociedad; sociedad esclavista; sociedad feudal; sociedad capitalista; y sociedad socialista.

Estructura social y proceso histórico no son dos cosas distintas, sino los dos aspectos fundamentales de la realidad social, que se dan íntimamente entrelazados, y que sólo analíticamente podemos distinguir para facilitar el estudio de la sociedad.

El marxismo se nos presenta hoy como la perspectiva teórica que ha logrado comprender dialécticamente la complejidad de ambos aspectos, dándonos una visión unificadora y totalizante de la sociedad. Al respecto debemos señalar, sin embargo, que tal unidad no siempre ha sido bien comprendida por los propios pensadores marxistas. En efecto, se han dado interpretaciones estructuralistas del marxismo, como la de Althusser, Balibar, Poulantzas y otros, e interpretaciones historicistas, como la de Lukacs.

Unos y otros han profundizado en aspectos parciales. A nuestro entender, tales perspectivas se deben a que han destacado uno de los dos aspectos centrales que fundan la realidad social, en detrimento del otro. Para los estructuralistas, el elemento fundante de la realidad social parecen ser las “relaciones sociales”. Para los historicistas, “la praxis social”. Praxis-social y relaciones sociales son dos facetas correlativas de una misma realidad, y a su vez, son definitorias de la “esencia” objetivada concreta del hombre. III

El método de las ciencias sociales

Toda ciencia tiene un determinado método. Esta afirmación sin embargo, requiere ser precisada; de lo contrario, más que expresar una verdad, induce a una concepción errónea de gravísimas consecuencias para el desarrollo del conocimiento. En efecto, nuestra afirmación primera no debe interpretarse en el sentido de que una ciencia particular dada, tiene frente a sí un conjunto de procedimientos, normas y reglas fijas, rigurosas y claras, a los que debe ceñirse estrictamente en el proceso de la investigación. Los métodos no son conjuntos dados de tales mecanismos, construidos de una vez para siempre, claramente sistematizados, como pretenden ciertos “metodólogos” que intentan fijar definitivamente las reglas del método.

La penetración científica de la realidad – sea ésta la naturaleza o la sociedad—, exige la disposición de un método adecuado de conocimiento, que conduzca por aproximaciones progresivas a los fenómenos que se han de investigar. Este método, más que un conjunto de instrumentos de análisis y técnicas de investigación, es fundamentalmente una actitud teórica y práctica de la persona del investigador frente a la realidad, que le permite iniciar y profundizar en su conocimiento científico.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: