Por: Hugo Zemelman*
Fuente: icalquinta.cl
Título Original:
EL RESCATE DEL SUJETO, LA REFLEXIÓN EPISTEMOLÓGICA EN AMÉRICA LATINA *
Este texto corresponde a la trascripción de la ponencia oral que el profesor Zemelman expuso el 10 de Julio de 1999, en el marco del Seminario: Epistemología y Sujeto en la Ciencias Sociales. Taller de Epistemología Social-Inst. de Estudios Humanísticos. Universidad de Valparaíso.
Yo diría, como una primera afirmación, que la reflexión epistemológica, o sea, la reflexión sobre cómo se construye el conocimiento en América Latina tiene muchos orígenes. En mi caso particular, es una reflexión que está muy vinculada a mi situación en México. No es casual que, estando en el Colegio de México, haya comenzado a plantearme el problema del conocimiento social cuando estuve obligado a salir del país; por lo tanto, fue una forma de tomar conciencia del pasado, de lo ocurrido y de la responsabilidad que, en los acontecimientos de 1973, tuvieron las Ciencias Sociales; por lo tanto, es una reflexión epistémica que tiene, como puerta de entrada una situación histórica. Esto en varios sentidos. En primer lugar, con relación a si el análisis que se había estado haciendo en esos años, tanto en el ámbito académico como económico, sociológico, antropológico, etc., había sido o no un análisis enfocado a captar la complejidad de los fenómenos que se estaban dando en ese momento. Esa fue una interrogante, si quieren ustedes, de inspiración ética en cuanto se refiere a asumir la responsabilidad de las Ciencias Sociales en tales acontecimientos. Era un momento de gran producción intelectual en Chile, que tenía una tradición muy larga, de por lo menos veinte años de gran producción, que se había caracterizado —también— por una vasta discusión, un fuertísimo intercambio. Santiago era un centro intelectual latinoamericano, por que convergían en nuestro país intelectuales de muchos lugares del mundo, incluso de algunos países europeos. Era un punto de encuentro. Entonces, la discusión, en el ámbito de las Ciencias Sociales era muy rica.
¿Qué había pasado en las Ciencias Sociales? ¿Qué había hecho o qué no había hecho? Ese fue el punto de partida, de carácter histórico general, vinculado —también— con una inquietud particular: ¿Qué había pasado con el pensamiento de inspiración marxista en Chile? Por qué digo esto: porque el marxismo era, en esos años (los 50, 60 y la primera parte de los 70), el paradigma estructurador básico de las disciplinas, en el ámbito de las humanidades. Orientaba, muy fuertemente, el discurso en la FLACSO, en la Escolatina y en la propia Universidad de Chile. Entonces había que preguntarse ¿Qué había pasado con esa matriz del pensamiento, tan compleja, que veníamos heredando desde el siglo XIX? ¿Había colapsado? ¿Qué había pasado? Esta reflexión tiene su origen en estas dos fuentes: a) tomar conciencia de una situación histórica; y b) de lo que había pasado con una matriz de pensamiento, que se mostraba como cercenada en sus posibilidades de desenvolvimiento, mutilada en todas sus posibilidades, en cuanto permitió organizar el pensamiento de una manera fecunda. Este segundo hecho ha perdurado en el tiempo y, de alguna manera, hoy día se ha agudizado el problema de lo que ha pasado con ese paradigma, que hemos heredado del siglo XIX, porque hemos avanzado en el tiempo, incluso, terminó por descartarse absolutamente, sin mayor discusión seria de orden intelectual, más bien, por razones ideológicas, lo cual no podría considerarse, sino una aberración intelectual, porque significa identificar un paradigma de pensamiento tan complejo como el elaborado por Engels y por Marx a la mera condición de un discurso ideológico. Y ni siquiera a la condición de un discurso ideológico sino a la condición de un discurso de poder. Y ni siquiera a la condición de un discurso de poder sino a la condición de un discurso partidario y, evidentemente, eso es una puerilidad que ningún trabajo intelectual, en serio, podría aceptar. Parto señalándoles esto para que comprendan cual es mi orientación.
Ahora, en el marco de esa perspectiva que es, de alguna manera, el rescate de la aparición del pensamiento crítico, en la versión de los clásicos o en las versiones revisadas de la Escuela de Frankfürt, principalmente por un Adorno o por un Horkheimer, se comenzó a dar esta reflexión. Ahora, esta reflexión tiene muchas variantes. Yo quisiera, solamente, marcar algunos de sus grandes perfiles para fijarlos a ustedes en lo que llamaría un gran esquema. El gran problema que surge, si uno revisa la discusión epistemológica actual, de inspiración neoestructuralista o neosistémica, incluyendo las de inspiración fenomenológica —aunque en bastante menor medida—es que la discusión, en torno de las Ciencias Históricas o de las Ciencias Sociales, se había olvidado del sujeto. El sujeto quedó como un presupuesto, como algo obvio, que no estaba necesariamente rescatado. Y esto era particularmente importante en el ámbito problemático de un conocimiento que se pretendía que construyera un conocimiento capaz, no sólo de interpretar realidades, o sea, reducirse al mero marco de lo hermenéutico, sino que fuera un discurso capaz de intervenir en la realidad social, y esto es un punto muy importante, porque esta preocupación vendría como a cerrar un ciclo que, desde una tradición filosófica opuesta o distinta, había sido parte del nacimiento mismo de las Ciencias Sociales con un Comte.
Digamos que, de alguna manera, en los inicios del siglo XIX se planteó la necesidad de construir un conocimiento que no solamente explicara los fenómenos, sino que permitiera actuar sobre los fenómenos, tanto es así que Comte hablaba de una ingeniería social. Esta preocupación, que es muy constante a lo largo de todo el siglo XIX, es la que se ve reflejada en el propio Marx, en las famosas tesis de Feuerbach, que está centrada en rescatar la idea de práctica social en el ámbito de la construcción del conocimiento. Aquí es donde comienzan algunos de los problemas, porque cuando uno atiende a ese énfasis, en la práctica —llámese práctica social o capacidad de intervención— se encuentra con que el discurso se transforma en un discurso frívolo, en un discurso superficial, en un discurso consignero. Los ejemplos pueden ser múltiples pero, si me atengo —en este momento— a las tesis de Feuerbach, el ejemplo es muy claro. Las tesis sobre Feuerbach se han reducido, puerilmente, a la tesis 11a que, en el fondo, es inentendible, como tal, sin la comprensión de las diez tesis anteriores. Sin embargo, en la discusión de los años 50, 60, e incluso en los 70, no se hablaba de las tesis de Feuerbach como un constructo epistémico incompleto, que sugería una línea para organizar el razonamiento de las Ciencias Sociales de una determinada manera, sino que se reducía a la consigna final de que el mundo no había que explicarlo sino que transformarlo. Pero, evidentemente, esa era la conclusión de las diez tesis anteriores, y éstas nadie las estudió ni nadie las discutió. Se reducía, esto, a la última tesis, como una consigna y no como una exigencia epistémica de razonamiento. Entonces el sujeto quedaba, evidentemente, reducido a un nombre, a un nombre que tampoco se supo rescatar y eso quedo demostrado en la Unidad Popular, donde el sujeto estuvo ausente, incluso, en la construcción del conocimiento social. Se cayó en un marxismo de carácter estructuralista, donde la historia estaba marcada por ciertas leyes implacables, ineluctables, que eran invariables y el sujeto era, simplemente, expresión de ciertos tipos de leyes. Eso llevó a un razonamiento mecánico y fatal que impidió reconocer las complejidades del curso histórico, las variantes del curso histórico —para decirlo en términos gramscianos— impidió entender la potencialidad de unas secuencias de coyunturas que, durante esos años, se fueron dando. Se vio la historia como una línea recta que no tenía variantes.
Estas son preocupaciones que les estoy diciendo de manera muy rápida, pero que apuntan a algunos problemas fundamentales que yo quisiera reducir a dos o tres puntos. La primera cuestión es que la Ciencia Social, a partir de ese momento y —con mucha razón— después, en los últimos veinte años, está abocada a redefinirse como tal, a partir de algunos hechos que se han venido dando en el curso de los últimos veinticinco años. Hay un hecho particular que yo quisiera destacar, que coloca a la Ciencia Social en la necesidad de mirarse a sí misma de una manera diferente. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Que la Ciencia Social de inspiración positivista o neopositivista —este es un punto importante— de alguna manera se ha construido sobre la base de algunos presupuestos. Uno de los más importantes es que la Ciencia Social tendría como cometido entender las leyes sociales, entender las regularidades sociales y que bastaría el conocimiento de estas leyes o regularidades sociales para penetrar en el movimiento de la sociedad y, de alguna manera, entender, entonces, lo que sería el futuro de la sociedad. Y, de alguna manera, el futuro era entendido como una consecuencia de alguna causa y esa causa está contenida en ciertas leyes que rigen los fenómenos sociales. El concepto de progreso histórico, por ejemplo, está muy vinculado a esto.
Las Ciencias Sociales conocen la realidad que está en un proceso de progreso, progreso que se asoció, a su vez, a la idea de emancipación, o sea, junto a una constatación de carácter epistémico había otra de carácter valórico. El conocimiento de las leyes de la Historia era coincidente con el descubrimiento de la liberación progresiva del ser humano, o sea, la sociedad avanzaba hacia una sociedad más igualitaria y el hombre avanzaba hacia su propia emancipación. Eso se rompe en el siglo XX, se rompe en los últimos veinticinco años, se rompe históricamente, pero no está lo suficientemente procesada la reflexión en el plano abstracto. ¿Qué pasa con el colapso del llamado socialismo real? ¿Qué significó eso en el plano de estas nociones básicas, de progreso, no progreso, de evolución constante y lineal? Esto demuestra, de una manera o de otra, que la sociedad, la historia tiene muchas direcciones simultáneas, no está —necesariamente— orientada hacia el mismo rumbo, que tiene muchos rumbos posibles y que la historia deja de ser un campo regido por leyes y se transforma en un campo de batalla del sujeto.
Digámoslo de otra manera: la historia, cada vez más, a lo largo de los últimos años del siglo XX, se muestra como una construcción de sujetos y, si esos sujetos no construyen la realidad, la construyen otros sujetos. Siempre hay alguien que la construye. El mejor ejemplo de lo que estoy señalando, de una manera o de otra, para no entrar en detalles, sería lo que hoy está sucediendo con el llamado contexto caracterizado por la globalización. La globalización, en algunos discursos, se entiende como el resultado de una serie de leyes inmanentes a la materia social, como algo ontológico que estaba allí, ineluctable, y no como la construcción de determinados sujetos que tienen sus proyectos, que coinciden con la llamada globalización; o mejor, que la globalización es la expresión de estos proyectos, de actores muy particulares y perfectamente identificables. Por lo tanto, esto nos lleva a colocar en el centro del debate algo que es fundamental, que, de alguna manera, en los años veinte se había señalado por Gramsci, mirando el problema desde una perspectiva completamente no académica, y es que las Ciencias Sociales, para cumplir su cometido, tienen que enfrentarse con una exigencia de tiempo y espacio que es insoslayable, entender los fenómenos sociales, de cualquier índole que estos sean, en el corte del presente; es decir, no hay alternativas para las Ciencias Sociales. Si nosotros comenzamos a analizar los fenómenos sociales en una suerte de regresión a sus antecedentes genéticos, caemos en lo que, en estricto rigor, es la historiografía. Si ustedes revisan la producción de las Ciencias Sociales, de muchos momentos del desarrollo intelectual de estos países en los últimos años, verán que hay mucha sociología, mucha antropología, que no es antropología, que no es sociología, sino que, más bien, es historia; un intento de reconstrucción de fenómenos, mirado desde el punto de vista de sus antecedentes histórico-genéticos y, en cambio, la singularidad del reto de las Ciencias Sociales, que es atender a los fenómenos en el momento de su ocurrencia, en el momento de su plasmación social, que es el corte del presente, está ausente.
La explicación de este hecho es muy simple, y es uno de los retos de hoy: las dificultades de carácter metodológico, para dar cuenta del presente, son complejísimas. Es mucho más fácil que ustedes den cuenta sujetados —o sometidos— a una lógica de razonamiento causal, dar cuenta de fenómenos distanciándose temporalmente de ellos. Entonces yo puedo reconstruir, a partir de efectos ya producidos, las causas de esos efectos. Pero cuando estoy enfrentado a la realidad, en el momento mismo que se está dando, que es el momento en que el sujeto puede intervenir sobre ella, porque el sujeto no puede intervenir sobre el pasado sino sobre el presente, desde el punto de vista metodológico, el asunto es más complejo. Por lo tanto, uno de los retos de este momento es resolver ese problema metodológico, que es uno de los problemas no resueltos hasta hoy. Hay contribuciones a este punto, sin duda, importantes, pero yo quiero, sin entrar en detalles, decir cuales son algunos de estos retos.
Quizás, los retos para enfrentar el análisis del presente, sean, básicamente, dos. Uno es revisar lo que podríamos llamar la estructura categorial del método científico en el ámbito de la sociología, de la economía y de las demás Ciencias Sociales. Esto es un punto difícil, porque nosotros hemos heredado un método que tiene muchos años, que tiene siglos, porque, de alguna manera, lo que llamamos método de las Ciencias Sociales, hoy día, en el siglo XX, es un trasunto de lo que ha sido el desarrollo del método desde las ciencias duras, que se ha extrapolado muchas veces, en gran medida, vía sicología, a las Ciencias Sociales, de modo tal que, las exigencias que rigen el Método Científico, son exigencias que fueron definidas primero en las ciencias duras, especialmente en la física, y que después los sociólogos, los economistas y los antropólogos, etc. han tratado de reproducir—o vaciar—en el ámbito de las Ciencias Humanas. Ahí hay un punto fundamental. Si nosotros no somos capaces de cambiar esa estructura categorial, no podremos resolver el problema del análisis del presente y, si no podemos resolver el análisis del presente, en realidad no estamos construyendo un conocimiento que, en realidad, pueda ser un conocimiento efectivo, en el sentido de traducirse en práctica de un signo o de otro, es decir, va a ser un conocimiento que no podremos traducir en práctica. Este es un punto significativo que tiene costos intelectuales muy altos, porque significa romper con muchas cosas que nos tienen perfectamente identificados en nuestra noción de lo que es racionalidad, de lo que es ciencia, de lo que es verdad, de lo que es realidad. Este es un punto que dejo aquí, marcado, muy escuetamente.
Pero hay otro problema asociado a este, y es ¿Qué significa, en verdad, pensar la realidad en el presente? Con todas las dificultades metodológicas que esto supone, significa muchas cosas, pero una en particular que no podemos dejar de mencionar: significa que el conocimiento social está enfrentado a la necesidad de activar la realidad, a potenciar la realidad y no solamente a describirla. Si nosotros nos limitamos a la descripción de la realidad social no vamos a poder romper nunca los parámetros que, en términos blochianos, podríamos llamar la realidad producida, la realidad que ya es consecuencia de una dinámica anterior. Lo que nosotros estamos enfrentando es una realidad que, en sí misma, es dinámica, que no es sólo el efecto de una situación anterior sino que, a su vez, es generadora de consecuencias que, todavía, no son necesariamente observables pero que están allí y que, en la medida que nosotros no seamos capaces de dar cuenta de esa complejidad, de la complejidad —diría Bloch— del producente, o sea, de una realidad dada pero que está produciendo realidades —que es lo que en el fondo significa el análisis del presente— no podremos nunca generar un conocimiento que permita potenciar la realidad, sino simplemente describirla.
Este es un punto importante y que tiene varias implicaciones. Una de ellas —para que se me entienda— es que tenemos que esforzarnos por entender que no toda la realidad que tenemos delante, realidad que resulta de las complejas relaciones entre sujetos —múltiples relaciones que se dan entre sujetos (la realidad, en definitiva, es el entramado que se va creando por sujetos interactuando en distintas coordenadas de tiempo y espacio a la vez)— debe ser estudiada. No podremos llegar a la conclusión, si no entendemos este hecho, que no toda esa realidad —que tenemos delante— debe ser estudiada. Hay ciertas realidades que deben ser estudiadas, aquellas realidades que, en términos formales, podríamos llamar las realidades que cumplen la función de crear efectos, realidades que podrían ser como nudos dinámicos, potenciadores o, para decirlo en términos analógicos con un viejo dicho de los economistas, «que tengan un efecto de demostración». Es decir, no todas las realidades tienen esta característica. Hay realidades que son, simplemente, efectos de otras. Tenemos, entonces, que saber encontrar aquellas realidades que son articuladoras, dinámicas, dinamizadoras de situaciones —o de procesos— que son las que deben ser, preferentemente, leídas y, por lo tanto, analizadas. Este es un reto respecto al concepto de realidad que tenemos como Ciencias Sociales.
Sin embargo, esto está asociado a otro problema, para seguir con esta especie de listado de cuestiones, para configurar un perfil problemático. ¿Cómo es posible leer la realidad? ¿Cómo puedo, yo, distinguir una realidad que sea una realidad principal, dinamizadora, de una realidad que sea sólo consecuencia estática? Es un punto muy importante que se vincula a las grandes cuestiones de las Ciencias Sociales, que las separa —o las distingue— de las ciencias duras. La primera gran cuestión, que viene desde los clásicos y que se vuelve a retomar con mucha fuerza, es de nuevo colocar en el tapete de discusión el concepto de objetividad. Y el concepto de objetividad, de realidad objetiva, no podemos manejarla, no podemos conceptualizarla sino en función de una de las características básicas de la realidad socio-histórica, y una de las características básicas de la realidad socio-histórica, que la distingue totalmente de la física, de la química, de la biología, etc., es la presencia de sujetos constructores de realidad. Aquí nos encontramos, entonces, frente a una exigencia gnoseológica importante: la realidad socio-histórica no es un conjunto de objetos que están ontológicamente delante del investigador esperando ser descubiertos cómo quien descubre una estrella. La realidad socio-histórica no tiene ese rasgo. Tiene rasgos que vienen señalándose desde hace mucho tiempo atrás, pero que han sido, de alguna manera, subordinados por la impronta de los científicos sociales provenientes de su asimilación —o de su intento de su asimilación— hacia las ciencias duras, principalmente, hacia los paradigmas de la física, y es de que la realidad socio-histórica si no es un conjunto de objetos deviene, más bien, en un conjunto de ámbitos de sentido que es mucho más complejo de entender, porque resulta que el concepto de ámbitos de sentido se resiste a los sistemas clasificatorios que podemos haber heredado de la física o de cualquiera de estas ciencias. En realidad, el ámbito de sentido es incomprensible si no se vincula con acciones, con intencionalidades sociales, en una palabra, de los sujetos. Es decir, si ustedes analizan la democracia, ¿Es un objeto que está esperando ser conocido por un teórico? No hay tal objeto democracia. Hay muchas democracias, muchas democracias, en términos que el significado de la democracia, como ámbito de práctica social, es múltiple. Hoy día, por ejemplo, ustedes pueden observar múltiples teorizaciones sobre la democracia, las teorías de la democracia que pretenden fortalecer la democracia, que tienen, para ella, un significado determinado pero también las teorías que quieren debilitarla y hablan de ella pero con una lógica distinta. Estamos, entonces, frente a exigencias que difieren de las exigencias que pueden provenir de la física cuántica, que tienen sus propias complejidades. Estamos en presencia de ese reto que, de alguna manera, comienza a aportarlo a la discusión de las Ciencias Sociales cuando incorpora ya la fenomenología, desde 1915 en adelante, sobre todo el gran discurso de Husserl, el concepto de mundo en lugar del concepto de realidad objetiva. El concepto de mundo es una manera de nombrar a la realidad objetiva, pero con una diferencia; que ya no es la realidad entendida objetiva como un conjunto de objetos medibles, sino que es la realidad entendida como un conjunto de ámbitos, que tienen sentidos diferentes según sean los sujetos. Mundo de vida es donde realmente se desarrolla —o se desenvuelve— de una o de otra manera, el ámbito de las Ciencias Sociales. Esto es un concepto que convendría desarrollar, porque ustedes comprenderán que lo que estoy, rápidamente señalándoles, tiene implicaciones metodológicas relevantes que nos obligan, de alguna manera, a revisar conceptos tan importantes como el concepto de realidad, pero también todas las derivadas del concepto de realidad: ¿Qué es, por ejemplo, la observación?, ¿Qué es observar algo?, ¿Qué es un dato?, ¿Qué es medir un dato?, ¿Qué es interpretar algo?, ¿Qué es lo métrico?, ¿Qué es lo no métrico? Es decir, consecuencias que no podemos resolver, simplemente, haciendo variaciones en torno al mismo tema, pero sin salimos de los patrones que rigen el Método Científico, como lo hemos heredado de las ciencias duras. Ahora, esta es una discusión viejísima y, sin embargo, vuelve constantemente a replantearse. Es una discusión que ya planteó el funcionalismo, con Merton, en los años 60, cuando advierte a los sociólogos de cuidarse de seguir atados al paradigma de la física; que las Ciencias Sociales tienen su especificidad y, sin embargo, no hemos encontrado esas especificidades. Una de ellas es la que estoy señalando ahora: la realidad entendida no como un conjunto de objetos sino como ámbito de sentido que pudiera ser, también, un concepto equivalente al de Apel. Apel habla ya no de realidades objetuales sino de realidades horizónticas. Indudablemente es una contribución importante que habría que asimilar del discurso de la hermenéutica. Este es un rasgo adicional importante, pero esto tiene, también, otras consecuencias.
En este perfil problemático, de lo que significa hoy en día una reflexión epistémica, o sea, una reflexión sobre la teoría del conocimiento que es, quizás, el último punto que les plantearé y es de que las Ciencias Sociales, al no tratar de objetos y al no poder circunscribirse a realidades producidas, precisamente porque está tratando de entender la realidad en el corte dinámico del presente, que es el único espacio donde puede tener lugar la acción humana —la acción humana no tiene lugar ni en el pasado ni en el futuro sino en el presente— eso las desafía a un gran problema que lo tienen planteado las ciencias duras pero que lo resuelven de manera diferente, porque sus lenguajes son otros, porque sus lógicas son otras.
Yo quisiera plantearles el siguiente tema: uno de los grandes problemas que enfrentamos nosotros, en la reflexión de este orden, con relación a las Ciencias Sociales, es que las Ciencias Sociales tienen que resolver un problema grave que es el problema de los parámetros o, para decirlo en términos más filosóficos, que ya ha dado lugar a una serie de discursos filosóficos en algunos lugares —en Alemania, por ejemplo— como lo es la Filosofía de los Límites. Este es un punto extremadamente interesante. De alguna manera, ustedes lo tienen presente en algunas versiones del pensamiento crítico, como el caso de Adorno con la llamada dialéctica negativa. El problema del límite es un tema al que se le puede aducir un valor universal, pero también reviste un valor particular en las Ciencias Humanas. ¿Qué es el problema del límite? ¿Qué es el problema de los parámetros? Es tan sencillo como lo siguiente: 1) si nosotros estamos enfrentados a realidades terriblemente dinámicas; 2) si estamos enfrentados a realidades que, además de su dinamismo, no están claramente sometidas a leyes —a regularidades— se nos cae, en una medida importante, la capacidad de predicción, de previsibilidad; por lo tanto, estamos enfrentados a cómo las Ciencias Humanas miran el futuro y, es aquí donde adquiere presencia la vieja idea de los clásicos —que está presente en todos los clásicos— que, de una u otra manera, la llaman de manera distinta, que es la idea de la Construcción Social. Pero aquí viene el punto: ¿Cómo puedo yo organizar un conocimiento sobre lo dinámico sin que este conocimiento quede desfasado? Porque es tan simple como eso: si yo tengo una estructura conceptual, si yo tengo una teoría, un concepto, y estoy pensando que ese concepto tiene, como denotación, una realidad que está en proceso de rápido cambio, el concepto no está cambiando; por lo tanto, el concepto me está dando un reflejo de una realidad que puede haber sido superada por su propio movimiento, por su propio dinamismo. Eso produce el desfase (o el desajuste) entre el contenido del concepto (o el contenido de las estructuras conceptuales) y aquello que yo quiero nombrar de la realidad con esos conceptos.
Es aquí donde se nos plantea el problema de los límites. Si yo me atuviera a Adorno, diría que el problema del límite consiste en entender que siempre hay una realidad excedente, que siempre hay una realidad en el manejo de los conceptos que no está en los conceptos; por lo tanto, eso obliga a manejar los conceptos de manera abierta; por lo tanto, significa entender los conceptos de manera distinta, que nos viene a cuestionar el llamado principio de determinación de contenidos, y eso no es fácil de resolver, porque, obviamente, rompe con uno de los principios claves de la cientificidad, tal como viene siendo heredada de las Ciencias Naturales, que es el principio de identidad. Se nos complica —no es que sea transferido ni desplazado— decir que la realidad está siempre más allá de los límites conceptuales. Como diría, en una óptica diferente, E. Morin, planteándose el problema de las disciplinas científicas de hoy día: «hay un problema ya no sólo con los conceptos, con los límites conceptuales, sino que hay un problema con los límites disciplinarios», pues el sistema clasificatorio de las Ciencias Sociales —economía, antropología, ciencia política, etc.— deriva de un sistema clasificatorio de las ciencias que se forjó en el siglo XIX, muy basado en la lógica del objeto, pero cuando comienza a cuestionarse el objeto y cuando comienza a cuestionarse la posibilidad de que la realidad pueda ser conocida sólo en retrospección a sus antecedentes —y no pensada en el momento mismo que se está produciendo— evidentemente, hay un concepto de disciplina que queda obsoleto. El problema del límite también se expresa en la necesidad de repensar lo que significa en este momento hablar de límites disciplinarios. Estamos, por lo tanto, enfrentados a la necesidad de trabajar un concepto transdisciplinario. Esta es la discusión que viene con Gurvitch en adelante —estoy hablando de mediados de los años treinta— que fue muy fuerte, en América Latina, en los primeros institutos de investigaciones sociales, como los argentinos y mexicanos, en la Escuela de Sociología de la FLACSO, en los años 60, en Santiago, que era comenzar a pensar más allá de los límites disciplinarios. Sin embargo, no se logró superar. Pudo más la inercia de la comunidad de sociólogos y de economistas, de seguir atrincherados en los objetos disciplinarios, a pensar la realidad que estaba rompiendo con esos límites disciplinarios. Es aquí donde viene la pertinencia de la cita de E. Morin: «hay más realidad entre dos disciplinas que en cada una de ellas por separado». Es un punto fundamental de entender. Hoy es cuestión de leer los diarios, los informes del Banco Mundial, incluso del Fondo Monetario Internacional para darse cuenta que la realidad económica es cada vez menos económica, es cada vez más sico-cultural, eso es real. Es cuestión de analizar el movimiento de la bolsa de valores, es cuestión de analizar las tomas de decisiones en las inversiones, es cuestión de analizar cómo se maneja un excedente económico para darse cuenta que no son matrices económicas ni econométricas las que están marcando el comportamiento de los individuos que manejan los recursos económicos y financieros, son matrices mucho más complejas que están rompiendo con los límites disciplinarios. Sin embargo, es un problema que tampoco tenemos resuelto.
Esto no se va a resolver al nivel de la filosofía de las ciencias, no se va a resolver al nivel de la mera especulación. Se tiene que resolver en el plano de la práctica investigativa, de la práctica docente y también de la práctica profesional. Hay que saber manejarse fuera de esos límites. Este problema del límite o el problema de los parámetros, es un punto fundamental. De otro modo, nos quedamos atrapados dentro de lo que podríamos llamar las cristalizaciones de los fenómenos sociales, y no en su movimiento interno; quedarnos rezagados respecto de lo que está ocurriendo en el momento que queremos estudiar la realidad, que es siempre el corte del presente. Este es uno de los retos que, indudablemente, hoy tienen las Ciencias Sociales en América Latina.
Los esfuerzos de poder entender los fenómenos sociales, económicos o culturales, que hoy día están ocurriendo, son gigantescos; y, en gran medida, la dificultad de comprensión de los fenómenos es porque estamos atados a ciertas exigencias, a ciertas configuraciones conceptuales que han quedado, probablemente, desfasadas. Los ejemplos podrían ser múltiples: cuando estalla la crisis financiera de la deuda externa, el año 1982, junto con haber crisis bancaria hubo también crisis en la teoría económica. Lo que pasa es que esto trascendió menos, pero los economistas se quedaron sin discurso en un momento determinado. Se quedaron sin categorías para dar cuenta de aquellos fenómenos que emergieron imprevistamente. Para poner otro ejemplo. Lo que está sucediendo hoy, con el análisis de los sujetos sociales ¿Nos hemos quedado sin sujetos sociales o nos hemos quedado sin conceptos para estudiar nuevas modalidades de emergencias de sujetos sociales? Este es un punto sobre el cual hay que preguntarse. ¿Qué pasa hoy día que no somos capaces de entender, de manera aguda y profunda, los fenómenos económicos, financieros, comerciales, políticos y culturales que se dan todos articulados, unos con otros, sin poder disociar campos disciplinarios ante los retos que nos está planteando la globalización? Estamos bastante mudos ante esa situación, no podemos dar respuestas claras; estamos frente a la necesidad de una reconceptualización de las Ciencias Sociales, que no pasa simplemente por definiciones, pasa por definir un nuevo ángulo desde donde pensar las Ciencias Sociales. Hay que recuperar el ángulo de que las Ciencias Sociales tienen que ser una ciencia que tiene que pensarse y, por lo tanto, resolver su racionalidad constructora de conocimiento en términos de las exigencias del presente, con todo los retos que ello implica, y que son los que he planteado en este momento.
Ahora bien, hay un punto adicional con el cual yo quisiera terminar y que es parte de las preocupaciones epistémicas de hoy. La relación de conocimiento, la vieja relación de conocimiento sujeto-objeto en el ámbito de las Ciencias Humanas, se complica mucho; es mucho más compleja que la relación de conocimiento que ustedes puedan ver en la astrofísica; porque las Ciencias Humanas están enfrentando un reto que no es propio de las Ciencias Naturales, pero que sí es inherente a nosotros, a este quehacer: 1) que hay ciertos fenómenos de la realidad social que, probablemente, manejémoslo como hipótesis, no son susceptibles de explicar, pero que, sin embargo, el no poder explicarlos, en el sentido de construir una gran teoría sobre una cantidad enorme de fenómenos, no justifica que no puedan ser pensados, es decir, hay una necesidad de pensar los fenómenos sociales que no se agota en la posibilidad de su explicación. 2) Un segundo problema, derivado de la relación de conocimiento sujeto-objeto, es que cada vez más, en el ámbito de las Ciencias Sociales, se ve la irrupción de exigencias de construcción conceptual y de construcción de conocimiento que no se agota en lo que, técnicamente, podríamos llamar función cognocitiva. Cada vez más, la función cognitiva, como podría ser la explicación tal como la hemos entendido con el estructural-funcionalismo en la función de un Hempel, no es que se deje de lado; se complica, se complejiza con la incorporación de otras exigencias de conocimiento que no se agotan en la función cognitiva y que, para darle un nombre, serían las funciones gnoseológicas. Hay fenómenos que no se entienden sino gnoseológicamente porque se resisten a la relación causa-efecto. Pero este hecho no significa que no puedan ser objeto de una racionalidad científica, lo que pasa es que los fenómenos sociales nos están obligando a entender la racionalidad científica de una manera más amplia de lo que podríamos entenderlo en la historia de las viejas Ciencias Naturales.
Estos son retos, retos que tienen consecuencias enormes, no solamente en el plano metodológico, sino que tienen una expresión que ya se ve, incluso en los tremendos debates que se pueden estar dando en términos de cómo exponer las ideas, se ve en el problema de los lenguajes. Para decírselos de manera muy sucinta, se ve, por ejemplo, en la insuficiencia de los lenguajes denotativos en el ámbito de las Ciencias Sociales. Los lenguajes denotativos son los lenguajes propios de razonamientos nomológicos, lenguajes restringidos a la lógica de las determinaciones o a la lógica de la causa y efecto. Hay fenómenos que no se captan en esa lógica de los lenguajes denotativos y que suponen la incorporación de otros tipos de lenguajes que son más congruentes con la función gnoseológica, ya no con la función cognitiva, como sería en los lenguajes connotativos que implican el uso de cierto tipo de lenguaje que no es, exactamente hablando, nomológico.
El problema que ya comenzó en la disciplina histórica, y la historia siempre nos lleva la ventaja, lo digo porque nos ha enseñado cosas que nosotros en las Ciencias Sociales aún no terminamos de aprender, una es ésta: enriquecer el lenguaje, el lenguaje con el cual aprehender la realidad que es un lenguaje que combina la función cognitiva, analítica, sometida a la lógica de las determinaciones, o a la lógica de factores como quieran llamarlo, con los lenguajes connotativos que involucran funciones gnoseológicas que ya no están tan claramente sometidas a la lógica de determinación o a las lógicas explicativas. Ahí tenemos un reto. Otro reto que viene de la historia, es el uso de una serie de recursos del lenguaje que la historiografía de hoy está utilizando y que en el ámbito de las Ciencias Sociales aún no nos atrevemos a emplear. El extendimiento de nuestro lenguaje, es uno de los retos que nos viene de la historia, como es el caso de Arthur Danto con la recurrencia a la forma narrativa. Eso es algo a que nos resistimos, para nosotros lo narrativo tiene algo de peyorativo en la medida que parece ser una forma de exposición de ideas que no se ciñen con estricto rigor al canon metodológico elaborado a partir de la física, es decir de la lógica de la explicación.
Todo esto que les estoy planteando son problemas abiertos a la discusión, para los cuales pueden haber muchas respuestas. Pero apuntan a una cuestión central: que las Ciencias Sociales de fines de siglo, quizás por la crisis del concepto de legalidad, están enfrentando una crisis de paradigmas; aquí sí se trata de una crisis de paradigma. Hasta aquí no había visto crisis de paradigma, nos hemos movido con el mismo paradigma que se ha mantenido en perfecto estado de salud, por lo menos durante cincuenta años o más, que es el estructural-funcionalismo; no nos llamemos a engaño, es decir pueden haber muchas inspiraciones en la sociología, en la economía, etc. Unos pueden ser marxistas, otros estructuralistas, sistémicos, fenomenológicos u otros podrán ser hermenéuticos, pero son en definitiva estructural-funcionalistas; no nos llamemos a engaño, entonces, lo que está ocurriendo ahora por las deficiencias que he tratado rápidamente de mencionar, es una crisis del paradigma de la explicación. Hay algunos antecedentes: la crisis del patrón de justificación, con la crisis del llamado positivismo del siglo XX, y su reemplazo por el patrón de descubrimiento, en autores como Hanson y otros, que ya tiene por lo menos veinticinco años, sería el primer antecedente de lo que yo estaría llamando la crisis del patrón explicativo basado en la relación causa-efecto. Yo creo que lo que estamos viviendo es una crisis de ese paradigma que, en el fondo, es el paradigma cartesiano trasladado a las Ciencias Sociales y, por ello, es un paradigma muy poderoso que, con variantes, modificaciones y con enriquecimientos tiene ya cuatrocientos años. Hoy día estamos enfrentando problemas, en las Ciencias Humanas, que no se ciñen a los rigores que para muchos ámbitos de la realidad pueden seguir siendo perfectamente pertinentes y válidos, pero que para otros fenómenos sociales pudieran ser no tan claramente pertinentes. Estamos ante la necesidad de plantearnos, al menos, uno de los dos puntos que les mencionaba al comienzo, que es el cambio de las estructuras categoriales. Creo que las Ciencias Sociales están enfrentando la necesidad de entender que deben incorporar a su discurso racional, no las categorías que conllevan a entender de manera distinta la racionalidad científica:
el concepto de verdad, el concepto de teoría, de realidad, de prueba. Todo esto está en cuestión. Ya mencionaba sus antecedentes: el patrón de justificación es reemplazado por el patrón de descubrimiento, el concepto de prueba ya fue descartado, de alguna manera, en los años treinta, por Popper. Sin embargo, no ha habido un reemplazo, ajustes como podrían haberlo vivido, por mucho tiempo, los post-ptolomeos, ajustes a un paradigma que, evidentemente, ofrece ya muchas fallas.
Estas reflexiones son reflexiones que van elevándose en su nivel de abstracción, pero yo no quiero que olviden lo que comenzaba señalándoles. Estas reflexiones, de corte epistémico, tienen un origen histórico concreto, este es el punto que quiero dejar marcado. Ha sido el intento de entender lo que pasó, en un país del mundo, con sus Ciencias Sociales, que condujo a ciertos desenlaces no deseados. Sin embargo, en el que las Ciencias Sociales tuvieron una responsabilidad; la de no saber dar cuenta de lo que estaba pasando ahí; la de haber quedado prisionera en algunos parámetros, no haber sabido romperlos y haber construido sujetos ficticios, no haber comprendido el comportamiento de los sujetos; haber apoyado la construcción de discursos ideológicos y discursos políticos sobre basamentos ficticios, como era suponer la existencia de sujetos no reales; evidentemente, es más que suficiente para que nosotros, en el contexto chileno y latinoamericano, nos planteáramos, sin perdernos en la especulación, una reflexión de carácter epistémico sobre cómo se está construyendo hoy el conocimiento en las Ciencias Sociales; Y esa es la tarea nuestra. Muchas gracias.
Filed under: C9.- Ciencia social |
Deja un comentario