Por: Manuel Sacristán
Fuente: La Insignia. España, abril del 2005.
Presentación y notas de Salvador López Arnal
Las relaciones entre la lógica formal y la dialéctica han sido -digámoslo en términos suaves para evitar arrojar leña a este fuego aún encendido- algo amargas. Los lógicos formales han mal oído permanentemente las reflexiones de «los dialécticos». Han pensado, en general, que se trataba de afirmaciones fruto de la simple (e inadmisible) ignorancia. Y ya se sabe, desde Spinoza, que la ignorancia nunca es un argumento. De esa forma no sólo se ha rechazado todo lo dicho en torno a la lógica y a sus principios por parte de «los antidialécticos» sino que, en la mayoría de las ocasiones, se ha menospreciado, todo tipo de reflexión «dialéctica», sobre éste u otra cuestión cualquiera, por alejada que estuviera temáticamente de aquel debate. Los lógicos borrosos, con su lógica difusa, tal vez hayan alterado en parte, en pequeña parte, la situación descrita.
El comportamiento de «los dialécticos» no ha sido siempre mucho mejor. Acaso, lo contrario es más verdadero. Han tendido a ver en la lógica aquello que no es ni pretende ni ha deseado ser. Se ha considerado que algunos principios lógicos de la tradición, como el principio de identidad o el de no contradicción, presuponían una ontología antidinamicista, antidialéctica, que negaba todo tipo de cambio, de «alteración cualitativa». Por consiguiente, y por deducción inexorable, todo cambio, toda transformación socio-política. De ahi a considerar que la lógica no era sino un instrumento de la reacción en el seno del movimiento revolucionario tan sólo había un paso, un disparatado paso, que muy frecuentemente ha sido trazado por «los dialécticos». Aún más, se pretendió construir una lógica dialéctica, alternativa a la «burguesa y fijista lógica formal», cuando no un método dialéctico que, siguiendo el carácter contradictoriamente real del ser en su devenir, diera de sí las verdades materiales («reales») que la lógica formal clásica, fijista y burguesa, era incapaz de hallar.
La discusión ha sido, ante todo, un debate de sordos. Y de ciegos. Hay excepciones, sin embargo. En España, hemos contado con uno de esos raros casos que confirman esta nefasta regla. Manuel Sacristán Luzón fue un filósofo que estudió lógica formal durante los curso 1954-56 en la Universidad de Müsnter -cuando en nuestro país, en la mayoría de los casos, la lógica quedaba reducida a la silogística aristotélica versión (neo)tomista)- al mismo tiempo que se adentraba en la filosofía marxista e iniciaba su militancia en el PSUC-PCE.
No hay en los escritos de Sacristán tesis alguna que identifique a la dialéctica con una lógica alternativa o un nuevo método cientifico, sin menospreciar por ello todas las reflexiones provenientes de este campo. No hay tampoco desconsideración del papel de la lógica como instrumento para el tratamiento – o disolución- de ciertos problemas filosóficos, o como ciencia formal que analiza la corrección o incorrección de nuestros argumentos. Todo lo contrario. Hay contribuciones de enorme e indudable interés para el desarrollo de esta disciplina en nuestro país. Así, por ejemplo, su Introducción a la lógica y al análisis formal de 1964 o su Lógica elemental, texto de 1965 (editado por vez primera en 1996 por Vera Sacristán Adinolfi), por no hablar de su faceta de traductor-introductor de textos decisivos en este campo o su reconocido papel, cuando pudo ejercerlo, de profesor de la disciplina.
La siguiente antología pretende dar muesta de la original reflexión de este pensador en un campo tan confuso -y confundido- como el que estamos considerando. He añadido dos textos de Mario Bunge y Karl Popper que intentan recoger las principales críticas (y reconocimientos) de estos autores a la dialéctica. Los he acompañado con sendos textos de Marx y Engels y con dos pequeñas muestras de desaciertos marxistas en torno a la lógica formal. Obsérvese, para finalizar, que la polémica no es tema superado. El libro de Woods y Grant , del que se ha seleccionado algunos breves fragmentos, está fechado en 1991.
La mayoría de los textos seleccionados pertenecen a los trabajos de Sacristán editados en Panfletos y materiales. Cuando hago referencia a textos que son transcripciones de conferencias o de sus clases de metodología de las ciencias sociales, el lector/a debería no olvidar su carácter oral y de que, por otra parte, no pudieron ser revisados por el propio Sacristán.
Las referencias las he situado al final de la antología. He acompañado algunos textos seleccionados con notas aclaratorias.
1. La dialéctica en Heráclito y en Platón
En los dos casos, tanto en Heráclito como en Platón, la idea de dialéctica o de interpretación dialéctica de la realidad, tiene curiosamente o notablemente una punta ética, moral. En el caso de Heráclito incluso porque el lenguaje es casi un lenguaje de sermón. Se habla de despertar al dormido por ejemplo, como podría decir un apóstol. En el caso de Platón porque en los dos textos clásicos en los que ha presentado el concepto de dialéctico, el libro VII de la República y el Banquete, el pensamiento dialéctico se presenta no sólo como el método justo para el trato con las esencias de las cosas sino también como resultado de un esfuerzo moral. Esta mezcla de elemento intelectual y elemento moral es otro de los rasgos del nacimiento del concepto de dialéctica.
Nota: Sacristán consideradaba necesario, para quien quisiera adentrarse en este campo, el estudio de la obra de Aristóteles y de Kant, amén de las del propio Platón y Heráclito. En la modernidad, Hegel y Marx son los clásicos indiscutibles.
2. Qué no es la dialéctica
La tesis negativa dice que la dialéctica no es lógica. Hay que rechazar la confusión hegeliana entre empiria y lógica. La dialéctica hegeliana es mala lógica (porque exige que la lógica dé de sí contenidos reales) y mala empiria (porque fuerza a la empiria a someterse a un esquema lógico desde dentro, por así decirlo). Reúne lo peor de ambos mundos, el formal y el empírico… La dialéctica no es lógica, y cuando se presenta como lógica, cuando alguien intenta demostrar algo a base, por ejemplo, de la «ley de la negación de la negación» da entre vergüenza y risa, empezando por Engels. Su ejemplo del grano de cebada, según el cual la espiga de ese cereal se explica como «negación de la negación» de la semilla, es el prototipo del mal pensar hegeliano y oscurantista, pues uno empieza conocer cuando se olvida de pseudo-explicaciones así y de pseudo-métodos de esa naturaleza y penetra en el grano de cebada con la química.
Nota: De aquí no debería inferirse menosprecio alguno por este tipo de metáforas. Estas frases filosóficas pueden sugerir preguntas e investigaciones. Sacristán solía poner como ejemplo la afirmación aristotélica según la cual «el alma es en cierto modo todas las cosas», que pretende dar cuenta de cómo la mente humana conoce la realidad. Otras nociones como materia y forma, o acto y potencia, «fijan y subliman experiencia común cotidiana». En todo caso, la famosa ley de la negación de la negación no era de su especial consideración. Sobre estas cuestiones puede verse el texto B del apartado siguiente.
3. La dialéctica en Engels
A. Y las variables del cálculo son simples signos que reservan, en una fórmula, un lugar para valores de una determinada clase, y no, como las ve Engels hegelianamente, «contradictorias» cantidades que pueden hacerse «infinitamente pequeñas» y luego «agrandarse», lo cual es una noción no dialécticamente contradictoria, sino llanamente absurda. Lo que puede variar es el objeto real medido por las cantidades que pueden ocupar en las fórmulas el lugar de una variable, pero no las cantidades mismas que expresan el resultado de cada medición. Estas no cambian, sino que, simplemente, son otras en cada caso. Cuando una persona engorda de 50 a 60 kilos, lo que cambia no es el número 50, sino la persona. El número 50, construcción conceptual de la ciencia, es siempre el mismo.
B. También Engels ha aducido a propósito de los hidrocarburos la ley hegeliana de la mutación de la cantidad en cualidad. Esta frase, como muchas otras verbalizaciones de la historia de la metafísica («idea», «materia y forma», «potencia y acto», «entelequia». «negación de la negación» etc) es un magnífico receptáculo de la sabiduría de la vida, y hasta puede serlo de poesía. Pero cuando se pretende someter esas frases a un uso científico positivo se las convierte en trivialidades campanudas con las que no se explica nada. Engels, que tampoco hiló muy fino en eso, no lo ha hecho nunca, de todos modos, tan bastamente como Marx en la nota 205 dal capítulo IX del libro I del Capital.
4. La oposición a la epistemología clásica
Sin duda Marx, al recoger el principio del método dialéctico, abandona la tesis temáticamente idealista de que el ser que así se desarrolla es de la naturaleza de la Idea. Se trata aquí de la conocida tesis según la cual el método dialéctico de Marx consiste en el método de Hegel, pero con inversión de la ontología de éste. La ingenua metáfora mecánica, sugerida por el propio Marx, no da razón de muchas cosas, pero sí que basta para seguir con la que nos ocupa aquí. Al substituir la ontología idealista de Hegel por otra que él considera materialista, Marx se ve obligado a tener en cuenta la concreción material o sensible en su método. Por eso al heredar la idea hegeliana del ascenso de lo abstracto a lo concreto la varía del siguiente modo: hay un concreto material y un concreto intelectual, de pensamiento o conocimiento. El conocimiento arranca de lo concreto material y obtiene primero un producto abstracto. Luego el pensamiento va componiendo los sencillos abstractos iniciales hasta conseguir, ascendiendo, concretos de pensamiento. La Entwicklung hegeliana se configura así como una composición o síntesis con arranque empírico, y así queda de manifiesto el elemento más interesante y sensato de la metodología hegeliana o dialéctica: la valoración del conocimiento sintético de lo concreto, contrapuesta al lema clásico non est scientia de particularibus. Esta oposición a la epistemología clásica, oposición que es consciente hasta el punto de teorizarse (sin duda de un modo desenfrenado y abusivo), es precisamente lo que coloca a Hegel entre la media docena de clásicos epónimos de corrientes en la filosofía greco-europea del conocimiento.
Nota: El lema clásico «no existe ciencia de los particulares» tiene su origen en Aristóteles. El conocimiento positivo no tiene como objeto de investigación tal o cual ácido singular concreto, tal o cual péndulo particular, sino que intenta establecer las leyes del comportamiento de los ácidos, como universal (así, la de que todo ácido combinado con un base origina una sal y agua), o la ley que explica el movimiento de un péndulo, no particular, no concreto, que además es idealizado pensándolo como un cuerpo que tiene toda su masa concentrada en un punto. Puede verse sobre este punto el texto B del apartado 5.
5. Las totalidades concretas
A. Con eso parece quedar claro cuál es el nivel o el universo del discurso en el cual tiene realmente sentido hablar de pensamiento o análisis dialéctico: es al nivel de la comprensión de las concreciones o totalidades, no al del análisis reductivo de la ciencia positiva. Concreciones o totalidades son, en este sentido dialéctico, ante todo los individuos vivientes, y las particulares formaciones históricas, las «situaciones concretas» de que habla Lenin, es decir, los presentes históricos localmente determinados, etc. Y también, en un sentido más vacío, el universo como totalidad, que no puede pensarse, como es obvio en términos de análisis científico-positivo, sino dialécticamente, sobre la base de los resultados de dichos análisis»
B. Si realmente uno, por ejemplo, ante la idea de péndulo, lo que se propone realmente es conocer íntima, intuitivamente, estéticamente un determinado viejo péndulo que hay en casa de su abuela sin duda no se va a satisfacer con las leyes del péndulo de la física. Entre otras cosas porque las leyes del péndulo no sirven para todo péndulo, y además, en concreto no representan a ningún péndulo: o hay ningún péndulo que tenga todas la masa concentrada en un punto. Entonces, si de verdad es un interés estético de determinado péndulo, claro que lo esencial para él, no es la ley del péndulo, aunque también tiene su importancia cómo funciona un péndulo. Para toda la escuela histórica por un lado y para Marx en paralelo con ella, ocurre que el objeto de conocimiento se parece mucho al péndulo de la casa de la abuela, por así decirlo.Su verdadero interés es el conocimiento individualizado de ciertos momentos históricos. En el caso de Marx, con la diferencia de que él tiene asumido (el Marx maduro) que incluso para conocer el péndulo de la abuela necesita la teoría física del péndulo. Dicho de otro modo, que también para su investigación necesita la economía clásica y las matemáticas.
Nota: Sacristán recordaba en su presentación de la traducción castellana del Anti-Dühring de Engels que la dialéctica era el intento de comprensión de las realidades concretas con las que trata el hombre que «no son las ecuaciones diferenciales de la mecánica clásica, ni la ecuación de Dirac, sino otros hombres, otros todos concretos y estructurados compuestos por hombres, estados concretos de la naturaleza, la resistencia y el apoyo concretos de ésta -la vida».
6. Método y dialéctica
A. En este sentido estricto inventado por la cultura burguesa, y por la filosofía de la ciencia burguesa, método es un conjunto de operaciones, muy simples, normadas en el sentido de que como son muy simples todos los podemos practicar del mismo modo sin necesidad de ser genios, ni poetas, ni filósofos. Nos basta con saber la ciencia basica de la burguesía, contabilidad… La actitud que consiste en despreciarlo, en decir «¡Fuera!, eso no es método», me parece equivocada, es perder historia. Sería como rechazar las técnicas de fundición del acero porque las han inventado los burgueses… yo creo que es digno de conservación ese uso de la palabra «método» como sucesión normada de operaciones simples, tales que toda persona competente, si parte de los mismos datos, puede llegar, con su ayuda, a los mismos resultados.
No me parece abandonable pero me parece que si uno tuviera que vivir sobre la base de esos métodos, lo mejor era pegarse un tiro rápidamente, porque esos métodos no sirven más que para contar, medir y pesar.
(…) Entonces, efectivamente, hay un sueño de ir a por más. Por supuesto. Claro que es un sueño, es un objetivo. No existe un método dialéctico. Existe un pensar dialéctico por objetivos dialécticos ¿Estos cuáles son?. Los objetivos de totalización, de conseguir visión total, visión del todo»
B. Aquí tropezamos otra vez con palabras. Cuando uno usa en este final del siglo XX palabras como «método» , «demostración», «definición, etc., está aludiendo a instrumentos que se han depurado mucho, que se han formalizado o exactificado considerablemente. Cuando un filósofo del siglo XIX (como Marx) dice «método» está pensando «manera general de pemsar», estilo intelectual. Cuando nosotros decimos «método» estamos pensando, por ejemplo, en el método de los mínimos cuadrados o, en un terreno material, en el método de las cámaras de plomo para la obtención de ácido sulfúrico (…): en suma, en artefactos tan exactificados que sus operaciones se pueden describir como una sucesión formada de pasos tales que cualquier profesional competente los puede repetir en el mismo orden y con el mismo resultado.Esto no es método para un filósofo del siglo XIX, que apenas conoce, con ese grado de formalización, más que las operaciones matemáticas que domina, y está, por el contrario, acostumbrado a usar la palabra «método» a propósito de la marcha general del pensamiento de Aristóteles, Kant o Hegel».
Nota: De todo ello, infiere Sacristán, que al toparse con la consideración de la dialéctica como método en la obra de Marx no hay que pensar en lo que hoy entendemos por método («una serie de operaciones, de manipulaciones atómicas, por así decirlo, simplícisimas, que toda persona competente puede realizar del mismo modo, obteniendo el mismo resultado si parte de los mismos datos», Conferencia sobre dialéctica, 1973), paradigma del cual sería, por ejemplo, el método de igualación para la resolución de las ecuaciones de primer grado con dos incógnitas, sino el concepto usado en tiempos de Marx. Es decir, entender método como marcha general del pensamiento o estilo intelectual. No hay reglas precisas en esa consideración decimonónica del concepto. No es una crítica ajustada menospreciar las «leyes dialécticas», como la de transformación de la cantidad en cualidad, o la de la negación de la negación, o la afirmación de que «todo se mueve», de no ser exactas, rigurosas o metódicamnete aceptables. No se trata de esto. No son «leyes» en esa acepción del término.
7. Vindicación de la dialéctica
A. En vez de decir, «abandonemos la dialéctica», acordémonos de que dialéctica ha querido decir muchas cosas en la tradición. Ha querido decir la escolástica de la negación de la negación; el cierre categorial desde el mal Hegel hasta Gustavo Bueno, pasando por Althusser; pero dialéctica ha querido decir también, para Platón por ejemplo, el razonamiento inseguro. Eso ha querido decir dialéctica en Platón y en el mismo Aristóteles: el razonamiento incierto, el trabajo con lo difícil, el trabajo con lo impreciso, con lo que no se puede precisar, con aquello que si se precisa daría lugar a un caso de falacia de falsa exactitud… Dialéctica ha querido decir también globalización, conocimiento de totalidades, atención a las totalidades… Ocurriría por tanto con la palabra «dialéctica» lo mismo que con las expresiones «materialismo histórico» o «materialismo dialéctico»
(…) Por lo tanto, yo no sería partidario de decir: «se acabó la dialéctica». Lo que hay que hacer es repensarla».
B. Mi tesis positiva es que «dialéctica» significa algo, contra lo que tantas veces han afirmado los analíticos, por ejemplo, Popper o Bunge. «Dialéctico» es un cierto trabajo intelectual que, por una parte, está presente en la ciencia, pero, por otra, rebasa con mucho, en el doble sentido de que actúa también en el conocimiento ordinario pre-científico y en otro tipo de conocimiento, posterior al científico metodológicamente. Ese tipo de trabajo intelectual existe como programa (más bien oscuro) en la filosofía del conocimiento europea desde el historicismo alemán, tiene en Hegel una realización especulativa y busca en Marx una realización empíricamente plausible.
(…) A mí me parece que ahí está la clave de lo que (lo haya pensado Marx o no) es el programa dialéctico: buscar un tipo de conocimiento que, utilizando el producto científico «normal», lo integre como «artísticamente» en una totalidad concreta que evoque el concreto real (histórico) que se está estudiando.
Nota: Sobre las posiciones de Bunge y Popper pueden verse los textos seleccionados en el último apartado. La utilización del saber positivo es, según Sacristán, lo que distingue a las concepciones dialécticas occidentales de las orientales. Un pensamiento dialéctico occidental, decía Sacristán, aunque se realice en Oriente, en Pekín, por ejemplo, en vez de partir tan sólo de la experiencia vivida, como en el caso del pensameinto dialéctico de Lao-Tsê o las escuelas heterodoxas hindúes, puede partir tanto de esa experiencia como de la experiencia elaborada por la ciencia positiva. Ésta sería la singularidad de la dialéctica marxista. Sobre este punto verse el texto 8 de nuestra selección.
Filed under: C5.- Filosofía |
Deja un comentario