Por: Edison Otero Bello
Fuente: diario “La Época”, 14 de Abril de 1996
Este texto constituye una defensa y una reivindicación del oficio intelectual. La marea postmodernista de los años recientes ha convertido la crítica de la «razón’ y de lo ‘intelectual» en uno de sus ritos obligatorios. Como ocurre siempre con modas de esta naturaleza, se populariza un estilo denunciatorio suficientemente indiscriminado, que no distingue matices, grados de importancia y no jerarquiza problemas. En lo fundamental, las andanadas post-modernistas confunden los vicios y los dilemas de un modo particular de pensar con el pensar mismo, esto es, suponiendo erróneamente que toda reflexión está obligada a adoptar la forma racionalista y especulativa que es característica de los pensadores modernos. De la mano de esta confusión, suponen que las posibilidades del pensamiento se agotan en la forma moderna de pensar. Pero, esa es una manera muy corta de ver. La renuncia a la ‘razón» no puede significar la renuncia al pensamiento reflexivo. Luego de décadas de entusiasta descrédito de la actividad intelectual, es hora de recuperarla, de reponerla, de multiplicarla.
Por lo demás, toda la crítica postmodernista es pensamiento ella misma. Y, con todo, es un rasgo de esta crítica el alentar, paradójicamente, las renuncias a la reflexión, abriendo las compuertas para postular como «nuevas» y «mejores» otras vías de conocimiento: la intuición fulminante, la sensibilidad comprensiva, la empatía, la extrasensorialidad, etc. Aquí el exceso no consiste en postular tales vías sino en afirmar que pueden serlo con absoluta prescindencia de la instancia reflexiva. Así, de un extremo racionalista transitamos a un extremo irracionalista. Hegel, tan vilipendiado por la literatura postmodernista, sabía mucho de estas andanzas del pensamiento. En páginas ya clásicas de su Ciencia de la Lógica (1) Hegel identifica un estilo de pensamiento que crea categorías y que luego queda atrapado por los dilemas generados por esas mismas categorías; pero, en vez de perseverar y elevarse a la conciencia de sus propios procedimientos (saliéndose del bosque para verlo, por así decir), lo que hace es renunciar y regresar a la percepción sensible y al sentido común, en busca de apoyo y seguridad. De este modo, ese estilo de pensamiento traiciona su propia condición y su propia posibilidad. Hegel lo llama »entendimiento reflexivo La actitud postmodernista queda retratada perfectamente por las consideraciones hegelianas. Antes de experimentar la «aporía» de sus categorías, el entendimiento reflexivo porfía en ellas insistentemente, confiado en que expresan cabalmente la realidad que se aspira a comprender. Puesto en nuestros términos, encontramos esto en la inclinación ideológica. Ello está descrito por el concepto de «pseudo-ciencia» de Karl Popper y en la metáfora de la «piel dura» de Imre Lakatos; antes lo está en la idea de «sistema cerrado» de Arthur Koestler, y también lo implican el concepto de »paradigma» de Thomas Kuhn y la idea de «sacerdote» de Leszek Kolakowski. La intensidad de esta soberbia está en directa relación con la inminencia de su descalabro. .
UNA APUESTA ABUSIVA
«Sólo un Dios podrá todavía salvarnos», afirmaba Heidegger (Lo cual quiere decir que el hombre no es confiable, que su aventura no garantiza nada).Este es otro ejemplo de renuncia. Ya que el niño tropieza una y otra vez, hay que devolver la responsabilidad al padre. En suma, hay que esperar que las respuestas nos sean dadas desde arriba. Dios sí que es garantía de verdad absoluta, ética absoluta, justicia absoluta. Así, el error y la equivocación quedan clausurados; en suma, queda abolida la experiencia. No hay modo de aprender, de madurar, porque no hay necesidad: todo viene hecho. Y lo que es sustancial en esta renuncia: no hace falta pensar. «Yo no pienso, Stalin piensa por mí» aseguraba un militante comunista de la entreguerra. Lo de Heidegger es desilusión, descreimiento, pérdida de confianza y, a la vez, deseo de ceder a otra instancia la propia responsabilidad. Verdades definitivas o nada: tal es el dilema de este modo de pensar. Edmund Husserl, maestro de Heidegger, andaba tras este tipo de certezas que no son relativizadas por la lógica, la psicología, la historia, la cultura, etc., en suma, certezas no humanas. En un excelente ensayo sobre Husserl y su búsqueda de la certeza, Kolakowski pone a la vista los callejones sin salida de tal tarea. Se trata de una certeza imposible de ser obtenida por el hombre, algo que escapa a sus capacidades. No hay afán humano que pueda construirla o producirla. Tiene que venir, pues, de otra parte y ser recibida, como revelación, para ser aceptada y jamás puesta en duda.
La apuesta de «verdades definitivas o nada» es algo abusivo. Está formulada de manera que no tenga respuesta a la altura del hombre. La salida al dilema es, entonces, rechazar la apuesta misma. Se la puede rechazar, por ejemplo, con la metáfora del calendario cósmico del astrónomo Carl Sagan; todo el drama humano ocurre en los segundos finales del diciembre cosmológico. Estamos, para usar sus palabras, a la orilla del océano cósmico que recién comenzamos tímidamente a explorar. Si asumimos esta condición, nuestras categorías; nuestros conceptos, son elaboraciones de orilla, no de mar adentro. Y no hay modo de comprender el alta mar habiendo estado sólo en la orilla. Lo decía Nietzsche: nuestros conceptos son perspectivescos, están formulados desde una perspectiva que siempre será una entre otras, que no es la única y no es global. Su universalidad está sólo en las palabras, no en los hechos. Entonces, a menos que concedamos la existencia de verdades definitivas que vienen desde arriba o desde el más remoto pasado, hay que asumir la condición de exploradores, de buscadores. Nuestro referente no es Moisés, que sube a la montaña para recibir la Ley y transmitirla a sus congéneres, sino el Ulises que viaja una vida, de regreso a su Itaca natal, que aprende que la clave está en el viaje mismo y no en la meta, y que es el camino el que importa. Esta lección está asumida a lo largo y a lo ancho de la historia del pensamiento humano; no en ésta o aquella doctrina, no en éste o aquel sistema teórico, sino en la marcha misma del pensamiento. El estado permanente de apertura, la provisionalidad de las ideas, su corrección continua, la fecundidad del error, el reconocimiento de la propia ignorancia, la necesidad de las preguntas, la conciencia de los problemas, todo esto late intensamente en la experiencia intelectual. Estos rasgos aparecen reiteradamente y, lo que resulta más sorprendente y relevante, se revelan como un continuo espiritual que viene desde varios miles de años, al menos, que cruza realidades culturales y épocas diferentes con singular lozanía.
CEDER AL MITO DE LA VERDAD
No tiene sentido romper con esta continuidad. Ello sólo puede desearse cuando se confunden los productos de la actividad con la actividad misma. Esta o aquella teoría, esta o aquella doctrina, este o aquel sistema, son resultados específicos de una experiencia intelectual específica, y no pueden ser tomadas como verdades, como última palabra, como dogmas incuestionables. Están abiertas a la crítica, a la reformulación e, incluso, a la superación; forman parte de un proceso seguramente interminable. Idolatrar los productos significa oscurecer la experiencia que los hace posibles, es ignorar la inquietud, la desazón, la búsqueda, la exploración, el ansia de saber. Donde esto resulta decidor es en las discusiones sobre el concepto de ciencia. Tenemos, de una parte, la tendencia a concebir la ciencia como un conjunto de procedimientos rígidos, la suma de métodos garantizados y saberes rigurosamente corroborados, en síntesis, el modelo único de conocimiento. Aparece aquí, una vez más, el hábito de volver incuestionable y exclusiva una experiencia histórica específica, un modo particular de hacer ciencia. El positivismo lógico ha encarnado cabalmente este dogmatismo. Como contrapartida, la postura epistemológica de Paul K. Feyerabend ha significado una reivindicación de la ciencia como una obra abierta, un producto humano inconcluso que se modifica a sí mismo y en el que una de sus dimensiones o experiencias no puede convertirse en norma para todas las otras, desarrolladas o potenciales; el antropólogo Sir James Frazer, entre otros, consideraba la posibilidad de que la ciencia adoptara en el futuro formas que no podemos predecir ahora ). Aunque Feyerabend y Karl R. Popper polemizaron fuertemente sobre el grado en que la ciencia es una empresa racional, es necesario rescatar el hecho de que Popper admite que las hipótesis son creaciones libres, conjeturas, productos de la imaginación, ejercicios creativos; así mismo, no suscribía la rígida concepción del método científico característica de los positivistas. Incluso más, resulta indesmentible la similitud de sus planteamientos al respecto, con los de Feyerabend; en el Post Scriptum a la Lógica de la Investigación Científica, Popper afirma: «Por regla general, empiezo mis clases sobre el Método Científico diciendo a mis alumnos que el método científico no existe…». Por supuesto, se está refiriendo a esa esclerótica concepción que asegura la existencia de unos procedimientos establecidos definitivamente y cuyo respeto irrestricto y celoso aseguraría la obtención de conocimiento exento de duda. Es la característica conversión de una dinámica en una estática.
Tenemos que rehacer y enriquecer nuestra comprensión del sentido de la actividad intelectual. El pensamiento moderno contiene una primera comprensión, pero está penetrada de ingenuidad, con toda la arrogancia de una experiencia recién descubierta y convertida, temerariamente, en encarnación del ideal de Verdad. Al ceder al mito de la verdad, la razón se auto instauró como un credo y cayó en la tentación de predicar y adoctrinar. Nuestro desafío es, pues, el desligamiento de pensamiento y verdad, y la recuperación de las posibilidades de conocimiento y lucidez que toda actividad intelectual genuina encierra. La ingenuidad intelectual de muchos pensadores modernos radica en su desconocimiento de las dimensiones sociales de la existencia humana. Después de todo, el pensamiento moderno vive apegado al concepto de “naturaleza humana” (como sea que se la conciba de un pensador a otro) y no reconoce todavía la idea de historia. Eso le está impedido por su ligazón con la teología cristiana. Nietzsche tuvo razón en afirmar en que la ruptura con la teología era una necesidad para la filosofía.
EL ANSIA DE COMPRENDER
El desconocimiento de las dimensiones sociales de la existencia humana impidió al pensamiento ver las necesidades de integración y coherencia social (o de “sentido”) como otra cosa que mero opio, superstición o prejuicio. Nosotros lo sabemos hoy. Por eso podemos repensar un espacio sensato para el oficio intelectual, con esperanzas razonables. Por lo demás, ¿qué podría ser más consistente con el pensamiento que el hecho de pensarse a sí mismo y poner a la vista el sentido de sus propios aprendizajes?
La más clara expresión de la sumisión del pensamiento moderno al ideal de Verdad es el pensamiento de Marx. De las Tesis sobre Feuerbach, la onceava, es el non plus ultra de la arrogancia intelectual. La pretensión es que el mundo ya ha sido pensado suficientemente. No hace falta más. Y, por supuesto, queda implicado que con Marx lo que pudiese ser necesario todavía en materia de pensamiento ya está satisfecho con el pensamiento de Marx. Su correlato es la elevación de la “praxis” a categoría epistemológica absoluta, su divinización. Este decretar que toda la reflexión requerida ya existe (y es Marx) tiene una implicación dogmática saturante. Nada tan iluminista (en el sentido menos intelectual de la expresión) como Marx. No era ignorante de la dimensión social e histórica de la experiencia humana. Pero las reconoce al grado de convertirlas en fetiches.
Admitámoslo. El descrédito de la razón ilustrada y del cientificismo, nos ha traído también el descrédito de la actividad intelectual. Pero, siendo un enorme y trascendental impulso de la actividad intelectual, la ilustración confundió los caminos y renegó de sus propios valores al ceder a los cantos de sirena de la verdad. Al asegurar que la filosofía y la ciencia garantizaban alcanzar la verdad, se extravió respecto de las posibilidades reales de la razón. Su necesidad de credibilidad y legitimación social chocaban con el carácter abierto y siempre provisional del pensamiento, con la pluralidad de la inteligencia; en suma, fue infiel a la conciencia de que sólo hay saber en el horizonte de la ignorancia. La provisionalidad de cualquier logro del pensamiento no está nunca a la altura de ningún programa de cambio social de ninguna utopía. Esta requiere responder a las necesidades religiosas de cualquier comunidad humana. La pregunta crucial es ésta: ¿puede llegarse a un mejor modus vivendi entre esas necesidades y la incansable inquietud y sed de conocimiento del hombre? ¿Hay que renunciar al pensamiento?
Por todo ello, precisamente, los atributos del oficio intelectual no pueden ser sino conquistas del propio oficio, triunfos sobre sus propias inercias y tentaciones, ensanchamientos de conciencia obrados contra la corriente de las propias limitaciones. Las virtudes del oficio deben ser comprendidas, por tanto, en la permanente dialéctica con sus anti-virtudes. De ahí que las conquistas deben ser rehechas todo el tiempo, porque no existen posiciones aseguradas ni logros garantidos. La tarea tiene que ser reemprendida una y otra vez, porque los problemas siempre vuelven a plantearse con nuevos ropajes, y porque siempre surgen nuevas cuestiones. El espíritu crítico y el espíritu dogmático se moldean en la misma cantera, cara y sello de la misma moneda: el ansia de comprender. Ninguna apertura intelectual ocurre en el vacío abstracto sino que opera en y contra el horizonte de una determinada cerrazón, de un determinado espacio cerrado. En este específico sentido es que pueden comprenderse las ideas de Thomas Kuhn sobre el pensamiento convergente y el pensamiento divergente. Contra la extendida opinión que supone que el pensamiento creativo explica el desarrollo de las ciencias, Kuhn sostiene que la innovación opera contra una tradición y que, en consecuencia, el dogma cumple un papel sustantivo en el entrenamiento, formación y producción de conocimiento. Sin esta tradición convergente, apegada a normas, ninguna innovación podría producirse. Las ideas de Kuhn refuerzan la necesidad de poner a la vista el carácter abstracto y gratuito de muchas apologías de la creatividad. En este exacto punto, cabe volver a indicar e insistir en superar el discurso ingenuo de la ilustración y recuperar maduramente la idea de fondo que la anima. El discurso ingenuo contiene creencias que ya no pueden ser asumidas íntegramente, entre ellas, la creencia de que el desarrollo de la ciencia garantizaría la obtención de la Verdad (contra la religión, básicamente) y el mejoramiento de la sociedad (igualdad, libertad, justicia). Sin embargo, el ideal de la ilustración contiene promesas que deben ser rehechas: el pluralismo y la tolerancia. Se trata de precipitados éticos del oficio intelectual, bienes capitales para la sobrevivencia de cualquier comunidad humana. Requerimos una reflexión redescubridora de estas esperanzas. Reiteramos: se trata de maduraciones impostergables, elevaciones a conciencia de la experiencia pasada: Por ejemplo, es necesario superar el prejuicio que supone que la actividad intelectual relevante está asociada fundamentalmente a una cultura del desempeño individual, centrada en individualidades únicas provistas de atributos psicológicos peculiarísimos de escasa existencia; ello oscurece gravemente la dimensión grupal y social del conocimiento, la producción social de la inteligencia. Nada de lo cual otorga argumentos razonables a los determinismos sociológicos mecanicistas. Hay una sola invitación que el oficio intelectual no puede aceptar: renegar de sí mismo, pedir perdón por la edad de sus ilusiones, traicionar su vocación de lucidez. Ya está claro que el pensamiento reflexivo no lo es todo. Pero ninguna maduración de la condición humana puede ocurrir sin él.
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