Utopías e Ideologías

Por: Luis Villarroel Gamboa
Fuente: Revista “Occidente”,  Agosto-septiembre 2001

La imaginación puede traer ilusiones. Las ilusiones pueden traer sueños. Los sueños pueden traer ideas. Las ideas pueden traer ideales. Los ideales pueden forjar ideologías. Con la ideología podremos conquistar nuestra libertad. Con la libertad abriremos las puertas grandes del amor. Con ese amor salvaremos el mundo. Carlos Splausky De su libro “Horizonte Blanco”

1.- Introducción

La Poesía y el Mito tiene en común haber proporcionado al hombre una primera aprehensión integral del mundo; el papel de las grandes epopeyas y de los mitos fue dar sentido al mundo humano; procurarles a los hombres una primera lectura del mundo para que se ubicaran en el tiempo y en el espacio. Poesía y Mitos, frutos ambos de la intuición creadora, justifican que se diga que casi nunca es la razón la que hace razonable las cosas.

Guardando las distancias, en el poema del epígrafe nos parece que está el léxico básico y la sintaxis, es decir, las reglas de las combinaciones de ese léxico, para mostrar la relación entre imaginación, ilusiones, sueños, ideas, ideales, ideología y utopía, está última expresada en el ansia de abrir las puertas grandes del amor para salvar el mundo.

En este poema creemos que esta cifrada la relación entre utopía e ideología; una relación en que opera el principio de causalidad circular: la utopía alimenta a las ideologías despertando motivaciones profundas capaces de seleccionar, sostener, y dirigir la conducta hacia esa meta cautivante que es la utopía y, a su vez, la ideología refuerza las utopías abriendo posibles caminos para alcanzarlas.

Recordemos que en 1993, convocado por el Ministerio de Educación de la época, se realizó, en Santiago, un Seminario Internacional sobre utopías. El señor Ministro abrigaba la esperanza de que en esa memorable y maratónica ocasión, a través de conferencias, diálogos, debates y paneles, se pudiera dilucidar si, “efectivamente, las vapuleadas utopías, habían desaparecido, si aún estaban con vidas o si ellas podrían ser resucitadas”

Ignoro si el señor Ministro disipó sus dudas, por que no se llegó a un concepto común de utopía. Hablar de utopía es referirse a una cuestión disputada, objeto de inagotables controversias; es, pues, un tema no agotado, incitante y promisorio.

2. Hacia un concepto de Ideología

Quien se haya ocupado del tema, constata la gran imprecisión conceptual existente y la dificultad que representa el uso diverso -polisémico- que se le ha dado al término «ideología».

Nace la palabra durante la Ilustración. Se atribuye a Antoine Destutt de Tracy (1754-1836), nombrado por la Convención Director del Instituto de Francia en 1795, haber introducido el término para designar una ciencia positiva que estudiara el origen y formación de las ideas; ideólogos era el apelativo de los profesionales de esa Ciencia. Este personaje escribió una obra “Elementos de Ideología” que es considerada la expresión genuina de la “Razón Ilustrada”. Pronto los “ideólogos” destacaron como adalides del liberalismo laico y republicano, liderados por Destutt de Tracy, materialista y anticlerical. Recibieron de inmediato el incisivo ataque de los conservadores a los que se suma Napoleón, entonces Cónsul de Francia. Se dice que Napoleón habría expresado con respecto a sus ideas: «esa ideología metafísica tenebrosa que indagando con sutileza las causas primeras pretende basar en ellas la legislación de los pueblos, en lugar de adecuar las leyes al conocimiento del corazón humano y a las lecciones de la historia» [Diccionario de Sociología Edic. Paulinas, Madrid 1986]. Primer enfrentamiento entre ideología y pragmatismo y acaso, primera vez que se usa el término ideología como «arma intelectual para desacreditar el pensamiento que sobre la sociedad tiene el adversario político»(11.p 9) Así “ideólogo”, por el uso del término, pasa a ser equivalente a persona carente de sentido práctico y se califica de ideológica a la teoría que se consideraba abstracta, irrealizable, fanática y generadora de confusión en el orden político y social establecido.

Pero el hecho que entonces se denunciaba con el nombre de ideología, esto es, el aferrarse a ideas que impidan acercarse a la realidad, ya había sido advertido, entre otros, por Francis Bacon (1561-1626) Para Bacon las cuatro principales causas del error humano en la filosofía y en la ciencia son las cuatro ídolos o prejuicios que nacen de la propia debilidad del entendimiento humano, o de prejuicios individuales, o de errores de lenguaje en la comunicación de las ideas, o de la aceptación ciega de las ideas y de opiniones de personas con prestigio y autoridad.

Como se ve, para Bacon, nuestra percepción de la realidad ,es decir, el camino para acceder a la verdad, se ve obstaculizado por la existencia de estos ídolos o factores distorsionantes de los cuales no estamos conscientes.

Marx asocia este hecho a una clase social, sólo a la burguesía y a la palabra ideología la convierte en un estigma político por mucho tiempo.

En torno al concepto marxista de ideología

Si bien es cierto, muchas veces Marx aludió a la ideología en distintos contextos de su obra, no hizo de ella un desarrollo sistemático y exhaustivo, por eso, pretendiendo ser objetivos, citaremos algunas referencias claves para descubrir la raíz de las ideologías, según la tesis de Marx.

«Vuestras ideas mismas -dice a los burgueses en el Manifiesto Comunista- son producto de las relaciones de producción y de propiedad burguesas, como vuestro deseo no es más que la voluntad de vuestra clase erigida en ley; voluntad cuyo contenido esta determinado por las condiciones materiales de la existencia». (1848), (O.E. p 49)

El conjunto de estas relaciones de producción, constituye la estructura económica de la sociedad, la base sobre la cual se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. “ No es la conciencia de los hombres la que determina su ser sino , por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia». Prólogo de la contribución a la crítica de la Economía Política (1859). (O.E p 187)

Con estas afirmaciones, Marx cuestionaba lo medular de la filosofía racionalista e idealista, que había comenzado con la obra de Descartes.

Descartes en su obra «Discurso del método» (1620), después de convertir la duda en un método, afirmaba que la única evidencia que podemos tener de las cosas y de nuestra propia existencia, no la ofrecían nuestros sentidos, ni nuestra propia percepción, ni nadie, que no podemos confiar en nada, pero sí en la razón, en nuestra propia conciencia, en nuestro propio pensamiento que es donde se forman ideas claras y distintas de la realidad. Obsérvese la unión de razón e idea, por lo que se le llama “ idealismo racionalista.”

Pero, como hemos visto, Marx sostiene que las ideas no reflejan objetivamente la realidad: llevan el sesgo, el torcimiento, que les imprime el modo de producción de la vida material. En otras palabras, la visión e interpretación de la realidad que hace el burgués, fatalmente es obra de su conciencia empañada y comprometida por los intereses de su clase. Esta es la visión ideológica.

«La burguesía, como es natural, dice el Manifiesto Comunista, se representa el mundo que ella domina como el mejor de los mundos” (O.E. p 59).

Esta representación falsa o falsificadora de la realidad que está en la raíz de las ideologías, Marx se la adjudica solamente a la clase burguesa.

Sin embargo, después de la muerte de Marx, ocurrida en 1883, escribió Engels en uno de sus ensayos más extensos -«Ludwig Feurbach y el fin de la filosofía clásica alemana»- (1886) una afirmación que hace pensar que ya había generalizado a todos los hombres sin distinción de clases, esta limitación o determinación de sus conciencias por agentes externos, de las cuales la clase social era sólo uno de ellos.

«Todo lo que mueve a los hombres tiene que pasar necesariamente por sus cabezas; pero la forma que adopte dentro de ellas depende en mucho de las circunstancias». (O.E. p 661)

Así la causa generadora de ideologías dejaba de ser de propiedad de los «malos» y no como una causa única, sino que se extendía a las múltiples circunstancias que condicionan e integran al ser del hombre.

Según esta premisa, el jurista que formula principios de Derecho puede tener la ilusión de que sus normas son apriorísticas, inspiradas en el más loable fin de dar a cada cual lo suyo, sin embargo, sin darse cuenta, esos principios y normas, reflejan el sistema económico imperante y, precisamente, los intereses de la clase dominante a la cual él pertenece.

Para los pensadores marxista posteriores, como Henri Lefebvre (12) .la ideología sirve a los individuos actuantes y pensantes de las clases privilegiadas para mantener un modo de producción caduco y su correspondiente superestructura. «¿Por qué medios?», se pregunta Lefebvre y se responde: «mediante la ideología que revela entonces su papel: enmascarar, disimular bajo las apariencias lo esencial del proceso histórico, disimular las contradicciones, ocultar las soluciones, es decir, la superación del modo de producción existente, bajo soluciones falsas». ( p 71)

Corresponde a Karl Mannheim, (1893-1947) el mérito de poner en evidencia un hecho que los pensadores marxistas habían “ignorado”: la acusación de falsedad como producto de una falsa conciencia, hecha al pensamiento de la burguesía, en razón de su vínculo con los intereses de esa clase, es posible extenderla al pensamiento de la clase social que emite ese juicio, es decir, al pensamiento del proletariado cuya visión de la realidad también está determinada o ligada a sus propios intereses.

Mannheim(13) entiende, pues, el concepto de ideología como una perspectiva general sobre la sociedad y la historia asociada inevitablemente con una determinada situación histórica y social, que implica una visión del mundo y un estilo de pensamiento ligado a dicha situación y en ese sentido, condicionado y parcial, perspectiva que varía en la medida en que tal situación varía a su vez .

Norberto Bobbio(14) –un intelectual de izquierda- reconoce que el término ideología ha adquirido dos significados: por una parte el significado fuerte que conserva la acepción, denotación y connotación, dadas por Marx, como falsa conciencia de las relaciones de dominación entre las clases sociales y un significado «débil», acorde con el criterio de Mannheim es decir, «ideología es un conjunto de ideas y valores concernientes al orden político que tiene la función de guiar los comportamientos políticos colectivos

El Porvenir de las Ideologías

¿Estamos en el crepúsculo de las ideologías, como afirma Fernández de la Mora o llegamos al fin de las ideologías como afirma Daniel Bell?. Creemos que anunciar el fin de las ideologías es propio de una ideología profundamente reaccionaria, en los términos de Mannheim, como lo es sostener el fin de las utopías y el fin de la historia. Si la tesis favorable a estos «fines» brota de una actitud milenarista, es decir catastrofísta, que presagia grandes sucesos con el término de un ciclo o período histórico, nos parece equivocada, pero respetable. Si por el contrario, afirmar el fin de las ideologías, lleva implícita la esperanza o convicción que ya no tiene razón de ser el socialismo como ideología superada y que, frente a la democracia liberal capitalista. no hay alternativa posible, esta tesis nos parece no sólo equivocada, sino ideológica, para calificarla con el lenguaje de Marx.

3. Notas para un concepto de utopía.

La palabra utopía fue acuñada por Tomás Moro, el célebre humanista del Renacimiento para designar la isla que figura en su obra «Utopía»,(2) escrita en latín, entre 1514 y 1516, año de su publicación. Utopía es una palabra de origen griego y, literalmente significa: no lugar (gr. ou= no, topos = lugar), lugar que no existe en ninguna parte. El subtítulo de la obra de Moro nos proporciona, otro antecedente sobre la significación que se le irá dando a esa palabra : “Del mejor de los estados posibles y de la isla Utopía”; también se utiliza en un prólogo de la obra, como sinónimo de utopía, la voz «Udepotía», «lugar de nunca jamás». De ahí que la palabra utopía se empleará, por mucho tiempo, para nombrar una sociedad perfecta y necesariamente imposible. También, por extensión se llamará «utopía» cualquier proyecto quimérico, y «utópico» se dirá de algo que seduce en teoría, pero que es inalcanzable en la práctica.

En un sentido restringido, pero más afín con el origen de la voz «utopía», se llama utopía a un género literario, compuesto por novelas y narraciones ficticias que muestran sociedades (estados, naciones, pueblos) -estructuradas de tal manera que todos sus integrantes viven felices y han logrado satisfacer plenamente sus necesidades de libertad y de realización personal. Las utopías fueron frecuentes en el Renacimiento, entre las cuales, las más citadas son «La Ciudad del Sol (1602) de Tommaso Campella», «Oceana (1656) de James Harrington, y La Nueva Atlántida» de Francis Bacon. En nuestros días predominan las distopías, es decir, las antiutopías, sociedades en que el hombre ha perdido toda posibilidad de realizarse libremente, como «Un Mundo Feliz» (1946), de Aldous Huxley», “Farenheit 451”; de Ray Bradbury y «1984» de George Orwell.

La más antigua de estas construcciones de ficción de un estado ideal, es “La República”(3) de Platón (428 a.c. 347 a.c.) con cuya referencia particular iniciamos esta ejemplificación de las utopías y para poner en evidencia la deuda que las utopía posteriores –especialmente, la de Marx- tienen con las ideas políticas y sociales de Platón.

Platón: La República

«Ayer descendí hacia el Pireo en compañía de Glaucón», -empieza narrando en primera persona Sócrates, personaje principal de este extenso diálogo .

«Construyamos con el pensamiento una ciudad desde el principio. Por lo que parece, es nuestra necesidad la que la construirá” -dice Sócrates a sus interlocutores.

La necesidad de las personas es, pues, la que da forma y contenido a esta imaginaria ciudad-estado de Platón. Se hace para que en ella las personas encuentren la satisfacción de las necesidades inherentes a la condición humana. Sin duda la injusticia reinaban en esa época, a juzgar por el amplio desarrollo que da al concepto de justicia en los Libros I y II de «La República». Aunque la crítica social no alcanza la fuerza, dramatismo y extensión que tienen en la obra de Tomás Moro, las reflexiones y proposiciones filosóficas tienen la profundidad que todos admiramos, principalmente en el Libro VII, donde incorpora el Mito de la Caverna en el que, alegóricamente, se presenta al hombre en relación con la filosofía y con el conocimiento de la realidad.

Lo que más llama la atención en la lectura de “La República”, es el grado de subordinación del individuo al interés general de la «polis»; queda de manifiesto que para Platón la sociedad ideal impone el renunciamiento del individuo a su libertad y a su deseo de realización personal autónomo.

“La República” muestra una estratificación en tres clases: los «arcontes» o gobernantes, los “ guardianes” o guerreros, a quienes se entrega la defensa de la seguridad interna y externa de la ciudad-estado y la clase productora o pueblo, formada por agricultores, artesanos comerciantes, industriales, etc., quienes deben alimentar a la ciudad, asegurando la supervivencia . A cada clase conviene una virtud en especial: a los gobernantes, la sabiduría; a los vigilantes o guerreros, la fortaleza, y a los productores, la templanza o moderación. Obsérvese que para Platón son virtudes morales los requisitos para logra el ideal de sociedad.

Estas tres clases se constituyen a través de un riguroso sistema de selección hecho por los gobernantes, durante el proceso formativo de las nuevas generaciones. La educación sistemática, impartida bajo la dirección de los arcontes, permite asignar el status y rol de cada uno de los integrantes de la comunidad. Se trata, pues, de una sociedad estructurada con una rigurosa y totalitaria planificación central..

«La ley -dice Sócrates- no se ocupa de que tan sólo haya en la ciudad una clase que goce de una felicidad excepcional, sino que se aplica a que esta felicidad envuelva toda la ciudad, armonizando por medio de la persuasión y la fuerza a todos los ciudadanos, hace que participen unos y otros en los beneficios que cada cual aporta a la comunidad, creando ella misma a hombres de esa clase a fin de impedir que cada uno se dirija a donde le plazca y con ello utilizarlos para fortificar la unificación de la ciudad». (p 194)

La persuasión y la fuerza son las herramientas para que cada uno actúe con justicia, entendiendo por justicia, «el hacer cada uno lo propio» (p 112), de donde se infiere que la perfección de la ciudad radica en que cada uno haga en ella lo que le es propio (p 116) Para Platón, la justicia es un atributo de perfección comparable a la sabiduría y a la valentía.

La transgresión a este principio de justicia se castiga severamente, lo que permite que se cumplan todas las tareas de la ciudad.

En las guerras, la clase de los guardianes o guerreros prueba su formación.

El que sea tomado con vida prisionero de los enemigos, se le dará como premio a los que lo hicieron prisionero. Los que se muestran valerosos recibirán honores y la posibilidad de engendrar un mayor número de descendientes.

No sorprende que en esta sociedad ideal se justifiquen las guerras, pese a que, como señala el dialogante Sócrates, «representan las mayores calamidades públicas como privadas para las ciudades».

Tampoco puede producir extrañeza que, para un griego de entonces, aparezca como recomendable y digna de estar en la administración de justicia el «cuidar que los ciudadanos tengan cuerpos y almas bien dotados, y a los que no, a cuantos tengan defectos en sus cuerpos, se los deje morir y a los que tengan por naturaleza un alma mal dotada o que sean incurables, los condene a muerte». (p 94).

Pero resulta sorprendente que en esta organización social, idealmente concebida, en las dos clases superiores, la de los gobernantes y la de los guardianes o guerreros, «las mujeres son comunes, los hijos son comunes y toda la educación, y, de igual manera, comunes las actividades en la guerra como en la paz, y reyes de ellas los que en filosofía y los asuntos de guerra hayan llegado a ser mejores». (Libro VIII. p 215)

Guardianes perfectos se llama a los gobernantes, A las virtudes del guerrero, agregan las virtudes del sabio y del filósofo.

Refiriéndose a las mujeres ,dice Sócrates, “serán todas comunes para todos esos hombres y ninguna cohabitará con ninguno en privado; y los hijos serán, por otra parte, comunes y ni el padre conocerá a su hijo ni el hijo a su padre”. (Libro V. p 139)

¿Esta peregrina idea es fruto de una subestimación de la mujer?.

De modo alguno: «no hay en la administración de la ciudad ninguna ocupación que sea de la mujer por el hecho de serlo, ni del hombre por el hecho de serlo -sentencia Sócrates-, sino que las aptitudes naturales están esparcidas por igual en ambos seres» (Libro V p 137)

La razón de esta comunidad de bienes que alcanza a la mujer, hijos y parientes, es que Sócrates considera que toda posesión y con mayor razón la de la riqueza, es fuente de conflicto en toda sociedad. La riqueza, tanto como la pobreza constituyen injusticias inaceptables en una ciudad-estado proyectada como «sabia, valerosa, moderada y justa». (Libro IV p 111)

Las cosas más dañinas y perniciosas para el Estado perfecto, son pues, la riqueza y la pobreza. Será tarea de los guardianes cuidar a todo precio que jamás penetren en la ciudad.

De esta manera, ya en el siglo IV antes de la era vulgar, un proyecto de sociedad “deseable”, proscribía la propiedad privada de bienes, subordinada a los ciudadanos a los intereses de la ciudad y un número reducido de ellos, decidía lo que es justo y conveniente para todos, amén de planificar y dirigir integralmente la vida de la comunidad: un proyecto de dictadura totalitaria.

La estructura del relato y los argumentos esgrimidos por Platón para justificar cada una de estas medidas, están elaborados con dominio de la dialéctica y el conocimiento de la naturaleza humana y de las sociedades que en su época fue dable alcanzar, por eso están presentes en la mente de Tomás Moro, cuando, casi quince siglos después, escribe su Utopía

Tomás Moro: Utopía

La honrosa vida de este legendario humanista, (1478-1535), diplomático, parlamentario, Consejero Real, etc., le proporcionó el material para sus obras jurídicas, teológicas, religiosas y de entretenimiento como fue calificada inicialmente su Utopía, quedando testimonio de ello en el subtítulo impreso: «La mejor forma de comunidad política y la nueva isla de Utopía. Librito de oro, tan saludable como festivo, compuesto por el muy ilustre e ingenioso Tomás Moro, ciudadano y sheriff de la muy noble ciudad de Londres».

Este librito «tan saludable como festivo» contiene la más acerba crítica a la sociedad inglesa de su tiempo y un proyecto innovador -por no decir revolucionario- de un Estado ideal donde todos los hombres se sienten libres, iguales y hermanos.

Su libro no es sino el relato de una extensa conversación entre personajes; algunos de los cuales son históricos, como el propio autor y narrador del texto, Tomás Moro, Pedro Gilles, de Amberes y otros a quienes se mencionan y citan como al Cardenal Juan Morton, arzobispo de Canterbury. A ellos se agrega un personaje de ficción llamado Rafael Hitlodeo, portugués que para conocer nuevas tierras, había acompañado a Américo Vespucio en tres de sus cuatro viajes.

La acción se inicia con el relato que hace Moro de un acontecimiento real, como es su viaje a Flandes 1517, para tratar asuntos diplomáticos entre Enrique VIII y el joven Príncipe Carlos de Castilla, más tarde, Emperador Carlos V. Allí dice haber conocido en la ciudad de Amberes a Rafael Hitlodeo, hombre versado en latín y griego, estudioso de la filosofía y que, gracias a sus viajes habla de gentes y países con extrañas costumbres. Una de esas comunidades habita la isla Utopía: la República de Utopía, en la cual Hitlodeo vivió y convivió con los utopienses o utopianos.

Antes de contar sus experiencias en la isla de Utopía, Hitlodeo, que estuvo de paso por Inglaterra, denuncia frente a Moro y a sus amigos las injusticias cometidas por quienes deben administrar la justicia en Inglaterra .

Salpicada de ingeniosas y paradójicas opiniones, nos va entregando, primero, su análisis de la justicia, como lo hace Platón en los Libros I y II de La República, a los cuales continuamente alude o cita. (La influencia de La República se hace presente tanto en aspectos formales como de contenido en la obra de Moro).

Le parece no sólo injusto sino inútil y absurdo que en Inglaterra se castigue con la muerte el más simple robo. Para Hitlodeo es obvio que el que roba cometerá crímenes para suprimir los testigos, sobre todo cuando el crimen recibe la misma sanción que el robo.

«No hay castigo tan horrible que prive de robar a quien tiene que comer y vestirse y no halla otro medio de conseguir su sustento» -dice Hitlodeo- «Se promulgan penas terribles y horrendos suplicios contra los ladrones, cuando en realidad lo que había que hacer es arbitrarles medios de vida». (p 77)

Por lo demás, Hitlodeo piensa que los ladrones y los soldados tienen mucho de común y ambos podrían servir en la guerra, «Los ladrones, afirman, no son los peores soldados, y los soldados no se paran en barras a la hora de robar. ¡Tan bien se compaginan!”. (p 79)

Denostando los males que trae consigo la miseria, dice Hitlodeo que «la indignación y la miseria embotan los ánimos y quitan a los oprimidos el talante (el deseo) de la libertad». A lo que Tomás Moro refutó exponiendo «lo equivocado de quienes piensan que la pobreza del pueblo es la salvaguardia de la paz; para luego agregar «Quién desea más vivamente la revolución? ¿No es acaso aquel que vive en situación miserable? ¿Quién más audaz a echar por tierra el actual estado de cosas que aquel que tiene la esperanza de ganar algo, porque ya no tiene nada que perder? (p 98)

El eco de estas palabras parece alcanzar aquellas frases finales del «Manifiesto Comunista»(4) en que se dice que con la revolución «los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar»

Hitlodeo celebra la inteligencia de Platón al señalar que «no habrá sino un camino para salvar la república: la aplicación del principio de igualdad de bienes, ahora bien -agrega Hitlodeo- la igualdad es imposible, a mi juicio, mientras en un Estado siga en vigor la propiedad privada». (p 103)

Los argumentos de Hitlodeo en contra de la propiedad privada, paradojalmente, los hará suyos el “socialismo científico”, declaradamente tan antiutópico.

La crítica a la justicia inglesa que hace Hitlodeo alcanza a las prácticas corruptas de los jueces cuando deben fallar asuntos en que se juegan los intereses del Rey: «Por mala que sea una causa real, siempre habrá alguien dispuesto a defenderla» -dice Hitlodeo- y agrega más adelante: «el miedo o la verguenza harán doblegarse a los jueces, lo que permitirá obtener fácilmente en el tribunal una sentencia favorable al rey, nunca han de faltar razones a los jueces para dictar sentencia a favor del rey: les basta, en efecto, invocar la equidad, o la letra de la ley, o el sentido derivado de un texto oscuro. O también, eso que los jueces escrupulosos valoran más que todas las leyes, a saber, la indiscutible prerrogativa real». (p 97)

«En los Consejos Reales no vale ir con sutilezas ni distinciones. Hay que aprobar abiertamente las peores decisiones y firmar los decretos más arbitrarios. Sería visto como traidor y hasta como espía quien consultado sobre proposiciones injustas se expresará con tibieza». (p 102)

¿Imaginó Tomás Moro que veinte años después -1535- de escribir estos juicios que pone en boca de su creación, el fabuloso Hitlodeo, sería él la víctima de una situación semejante en que se le acusa falsamente de traidor y los jueces, contra toda norma de justicia, lo condenan a ser ahorcado y luego descuartizado para satisfacer el encono de Enrique VIII, contra el que había sido su amigo, consejero y Canciller de Inglaterra por no secundarlo en un acto cuya aprobación repugnaba a la recta consciencia de Moro?.

Los principios éticos y sus convicciones religiosas le impiden a Tomás Moro firmar el Acto de Sucesión, en la que se declaran ilegítimos los descendientes de la primera esposa del Rey y legítimos los hijos de Ana Bolena y además pretendía justificar el cisma que separaba la Iglesia de Inglaterra de la Iglesia única y universal de Roma, como la consideraba Tomás Moro.

La generosidad del Rey hizo cambiar la sentencia por la decapitación y su cabeza ya cortada, escaldada en agua hirviente, fue clavada en una pica e izada en el puente de Londres. La entereza y el humor festivo de Moro se conservó hasta en el cadalso. (6 de julio de 1535).

Las instituciones, los usos y costumbres, las creencias religiosas ajenas al dogma y a toda forma de fanatismo; el espíritu solidario y altruista; la igualdad absoluta de derechos de la mujer; las fórmulas racionales y científicas de producir y distribuir los bienes, todos comunes, y de hacer participar a todos de las decisiones del Gobierno y administración de la isla; la existencia de normas tan simples como «ningún placer está prohibido con tal que no engendre mal alguno» (p 134), observando los dictados de la Naturaleza, para conseguir lo que Epicuro llamaba el placer inteligente; la existencia de un tiempo garantizado para disfrutar de la libertad interior y del cultivo del espíritu, etc., son atributos que, conjugados, habían producido el hombre Nuevo, el hombre justo, solidario y feliz.

En el desarrollo pormenorizado de esta utópica forma de vida en sociedad, Tomás Moro hace que su personaje Rafael Hitlodeo formule apreciaciones profundas y serias, y también algunas cargadas de humor e ironía. Cuenta Hitlodeo que se castiga en Utopía, severamente, el concubinato efímero y pasajero, previniendo que si se tolerase «nadie estaría dispuesto a dejarse prender por los lazos del amor conyugal en el que hay que compartir la vida entera con una sola persona soportando además los inconvenientes que esto trae consigo». (p 103)

Por eso los utopianos «toman en serio la elección de su cónyuge: una dama honorable y honesta muestra al pretendiente a su prometida completamente desnuda, sea virgen o viuda. A su vez, un varón probo exhibe ante la novia al joven desnudo». Ante la sorpresa por esa costumbre los utopianos hicieron ver a Hitlodeo y a sus amigos extranjeros, que ellos consideraban una colosal tontería de los demás países, el que tomaran infinitas precauciones para comprar un potrillo exigiendo que estuviese sin monturas y sin arreos, y cuando se trata de elegir una mujer, «elección que va a ser las delicias o el asco para toda la vida, se obrara con negligencia dejando el cuerpo cubierto con vestidos». «En el mismo matrimonio de personas discretas -comentó Hitlodeo- la belleza física añade a las cualidades morales un encanto no despreciable. (p 164)

Tomás Moro, a través de la obra sugiere que no comparte todos los usos y costumbre de los utopianos y al finalizar la obra se muestra escéptico de que las bondades sociales de Utopía, alguna vez se hagan realidad:

“Hay en utopía muchas cosas que deseo, más que no confío ver en nuestras ciudades”.

Moro fue un hombre que la Iglesia Católica Apostólica Romana llevó a los altares (Beatificado por León XIII en 1886 y elevado a la santidad por Pío XII en 1935); por su anhelo de cambiar y corregir los vicios e injusticias de la sociedad en que era un prominente cortesano, por su valiente consecuencia con lo que su conciencia ilustrada le señalaba como justo y verdadero, se ha hecho acreedor al reconocimiento de los hombres honestos de todos los tiempos.

La Utopía en “El Quijote”

La sola mención de la palabra utopía, despierta en la conciencia la imagen de una sociedad por venir, inexistente hasta ese momento.

Sin embargo la utopía de Don Quijote consiste en restaurar una mítica Edad de Oro, restaurar un período del cual hay mención en la mitología griega y en poemas de Virgilio, de Ovidio y de otros poetas latinos y griegos; «Un mundo perfectamente puro y sin mácula, libre todavía de los errores y deficiencias que hoy pesan sobre él», como nos lo recuerda Américo Castro,(6) «con místico fervor, los humanistas soñaban con un mundo que se bastase a sí mismo, libre de los malos afeites con lo que lo habían rebozado el tiempo, el error y las pasiones; terso y brillante como al salir del divino y natural troquel. (p 173). La naturaleza, “mayordoma de Dios», en las utopías renacentistas, era una madre amorosa y maestra sabia de los hombres.

La ilusión, sueño o locura de Don Quijote, no consistía en creer que ese mundo existió, sino en que, con la sola fuerza de su brazo, movido por su ardiente y generoso corazón, pretender restaurarlo, restaurar la «Edad de Oro» cuando la humanidad vivía la Edad de Hierro.

En la primera parte, capítulo XI, Cervantes inserta el conocido y hermoso discurso de don Quijote a los cabreros que se inicia con esta bella y metafórica introducción:

«¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados; y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío! Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano, y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo á cualquiera mano, sin interés alguno, la feliz cosecha de su dulcísimo trabajo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia”.

Dicha, paz y concordia, al tenor del texto, son el resultado de vivir en un mundo en que todas las cosas eran comunes, que los que allí vivían, ignoraban las dos palabras que nombran la posesión personal de los bienes: tuyo y mío, posesivos execrados por Platón y Moro, que el propio Cervantes parece rechazar.

La distopía, es decir la alusión crítica a la realidad histórica, se hace presente en la frase de Don Quijote: «En estos nuestros detestables siglos», entre cuyos vicios aparece la institucionalización de la injusticia en la práctica de quienes deben ejercerla, movidos por la codicia y el afán de riquezas:

Como hemos visto, en esta evocación mítica, esta también la creencia de que de los males sociales y de la infelicidad de cada individuo la produce la existencia de una estructura socio-económica fundada en la propiedad privada, propiedad originada y recíprocamente desencadenante del egoísmo, la ambición y la envidia, generadora de odios y reyertas. Antes de la supuesta creación de esa estructura había existido el «buen salvaje», la «bondad natural» del “hombre bueno”, como creía Rousseau. Don Quijote no las emprende contra la estructura socio-económica, sino que procura socorrer individualmente a sus principales víctimas: “las doncellas, las viudas, los huérfanos y los menesterosos.”

El generoso proyecto de Don Quijote muere cuando él recupera la razón. En parte revive en las palabras de algún ritual que exalte el altruismo para mitigar los males sociales: «Que nunca llamen en vano vuestra puerta los huérfanos y las viudas».

La Utopía de B.F. Skinner: “Walden Dos. Hacia una Sociedad Científicamente Construida

Si la sociedad ideal de Don Quijote estaba en el mítico mundo natural del buen salvaje; ajena a toda forma de saber científico y de apoyo tecnológico, la utopía de B.F. Skinner, para su realización necesita y aplica los últimos adelantos de la ciencia y de la técnica, principalmente de la Psicología y Psicología Social en que se funda la creación de una nueva sociedad en que se transforma la conducta del hombre, junto con ir cambiando la estructura de la comunidad. Una utopía que puede existir paralelamente con regímenes políticos, económicos y sociales distintos; sacar provecho de ellos y seguir creciendo y multiplicándose en otras comunidades iguales, ya que el óptimo de su funcionamiento no excede a un colectivo de mil personas en un espacio de terreno cuyo cultivo y aprovechamiento ganadero permita abastecer necesidades mínimas de la comunidad, dependiendo cada vez menos del exterior.

Skinner -como es sabido- es uno de los mayores científicos de la Psicología moderna y sus teorías son la base de su proyecto novelado. La novela de Skinner narra la experiencia que dos profesores universitarios -el narrador que es un psicólogo y el otro un filósofo- y dos ex alumnos, con sus respectivas parejas, viven en la comunidad Walden Dos, cuya creación ha dirigido un ex académico llamado Frazier, basándose en principios simples: La acción política no sirve para construir un mundo mejor; los hombres de buena voluntad saldrían ganando usando medios que no fueran políticos; cualquier agrupación de personas podría asegurarse la autosuficiencia con ayuda de la tecnología moderna, y los problemas psicológicos resultantes de la vida en comunidad podrían resolverse aplicando los principios suministrados por la «ingeniería de la conducta» (p 33 Walden Dos).

La «ingeniería de la conducta», se basa en la aplicación del refuerzo positivo, el único medio eficaz y considerado legítimo para controlar la conducta. «Si queremos que una persona se comporte de una forma determinada, dice Frazier, nos bastaría con crear una situación que le agrade, o con eliminar una situación que le desagrade. Como resultado, aumentará la probabilidad que se comporte de la misma forma en el futuro». En esto consiste el refuerzo positivo: Dicho en términos skinneriano: «Si está en nuestras manos crear cualquier situación que sea agradable a una persona o eliminar cualquier situación que le desagrade, podemos controlar su conducta»:

Este proyecto de sociedad ideal de Skinner, implica revisar nuestros conceptos de hombre, cultura, libertad, dignidad, ética, lo social, la educación, la religión, etc. como lo ha hecho José Luis Prieto en su obra «La Utopía Skinneriana» en 1989, donde expone fundamentos científicos que harían viable lo imaginado por Skinner.

“En Walden Dos”, hay comunidad de bienes, no de mujeres como en La República. Pero no existe la familia como núcleo socio-económico y hereditario. Desde su nacimiento los niños son criado y educados por la comunidad.

Visión Sinóptica de las Utopías

En general, todas la utopías que hemos reseñado; presentan proyectos alternativos de sociedad, por rechazo a la realidad del momento en que se escribieron.

No son, como suele decirse, “castillos en el aire”, o “literatura de evasión”. No fueron escritas como proyectos quiméricos e irrealizables. Sus autores tenían presente la condición humana, la sociedad de su tiempo y la naturaleza en que ésta sobrevivía y, a partir de ahí, con ese material a la vista, edifican sus repúblicas justas y perfectas, corrigiendo, obviamente lo que desde su perspectiva debía enmendarse e incorporando lo que el hombre o la naturaleza hasta entonces no habían proporcionado.

A partir del Renacimiento, en las obras de Tommaso Campanella, “La Ciudad del Sol”, escrita en 1623 y en la de Francis Bacon, “La Nueva Atlántida”, publicada póstumamente en 1627, aparece un nuevo factor que contribuye a alcanzar la sociedad ideal: un profético tecnocentrísmo, es decir, la utilización de la técnica para construir un mundo más perfecto, así las máquinas aparecen como complementos, y casi como sustitutos, de las virtudes preconizadas como requisito de perfección.

En la Ciudad del Sol de Campanella(8), una teocracia perfecta gobernada por un Sumo Sacerdote y por tres príncipes –Pon, Sin y Mor, equivalentes a Poder, Sabiduría y Amor-, habían inventado “el arte de volar”, construido telescopio, incluso un receptor acústico para captar las armonías que producen las esferas en que giran los astros (teoría pitagórica).

Como preceptos morales tenían pocos y muy simples, pero que allí se cumplían: “No hagas a nadie, lo que no quisieras que te hagan a ti. Lo que quieras para ti, hazlo tu mismo.”

En La Ciudad del Sol había comunidad de bienes y distribución racional y equitativa del trabajo: todos trabajaban cuatro horas diarias.

La Nueva Atlántida de Bacon(9) estaba gobernada por sabios en una suerte de sociedad llamada “Casa de Salomón”, cuya finalidad era “buscar el conocimiento de las causas y secretas nociones de las cosas y el engrandecimiento de la mente humana para la realización de todas las cosas posibles”. Recordemos que su autor fue el primero que preconizó el método inductivo, basado en la observación empírica, para conocer la realidad.

Allí habían aprendido a aprovechar las fuerzas del viento y el agua para producir grandes movimientos, habían construido aparatos que conducían los sonidos a través de extrañas líneas a grandes distancias “y podían engendrar cuerpos en el aire como ranas moscas y otros diversos cruces de especies.”

Llevando el tecnocentrismo hasta las últimas consecuencias, se escribieron en nuestros días antiutopías o distopías, como Un Mundo Feliz de Huxley, para demostrar que las ciencias y las tecnologías puras, sin conciencia moral, terminan por deshumanizar al hombre.

Reivindicando a las Utopías

Todo lo dicho sobre las utopías, prueba cuan errado e insuficiente es el concepto vulgar que se tiene de la utopía, entendiéndola como un proyecto quimérico, un sueño irrealizable, fruto de una fantasía desmesurada y desligada por completo de la realidad.

La tremenda carga de connotación negativa que tiene el término “utopía”, proviene de los escritos de Marx y Engels, que lo utilizaron para desacreditar el socialismo de Owen, Saint Simon y Fourier, al cual calificaron de “socialismo utópico” adjudicándole la calidad de “experimentos destinados a fracasar siempre” de “castillos en el aire”, de “fantásticas sociedades futuras” lo que impregnó al término de una connotación peyorativa que aún mantienen deliberadamente algunos, con los mismos propósitos: descalificar los proyectos sociales de sus adversarios políticos.

En Chile se utiliza “utopía y utópico”, como opuesto a “realismo y realista” que son términos que se asocian a sensatez y cordura.

Ser realista para los defensores del del estado de cosas vigentes, es, por ejemplo, considerar que el único sistema viable es el capitalismo liberal. Ser realista es aceptar que ningún Estado puede enfrentar la omnipotencia de los Mercados Globalizados.

Y, por el contrario, es un utopista o utópico el que imagina otros futuros posibles donde no prevalezca el egoísmo y la búsqueda de la propia utilidad, como único fundamento de la economía.

Utopista o utópico será para todos los favorecidos por la fortuna, aquel que amenace cambiar las reglas de la sociedad que protegen sus privilegios.

Estos ejemplos muestran el uso y abuso que se hace del término utopía, desconociendo -por ignorancia o malicia- el significado acrisolado a través de centurias: ser un proyecto alternativo de sociedad libre y equitativa

Verdad es que en estas últimas décadas hemos asistido al derrumbe o fracaso de grandes proyectos colectivos forjados por la Modernidad, como aquel de construir una sociedad sin clase o, mediante la razón y las ciencias, mantener sin descansos ni retrocesos, la marcha del progreso moral y material de la humanidad. ¿Podría alguien, con fundamentos suficientes, afirmar que fracasaron para siempre?.

Aunque así fuere, aún resta incólume la raíz misma donde se originan y nutren las utopías; raíz que para Ernst Bloch, autor del “El Principio Esperanza”(10) está en la estructura fundamental del hombre Esa raíz es la esperanza, una pasión de la expectativa humana y que se nos presenta como la respuesta positiva frente al nihilismo y a la falta de sentido que dan razón a quienes definen al hombre como “una pasión inútil”.

“El hombre es una realidad utópica –ha escrito Julián Marías en La Felicidad Humana- que es y no es, que es lo que todavía no es y tal vez puede ser. Consiste en ser una realidad proyectiva, futuriza, deseante, nunca lograda, nunca conclusa, en suma utópica “

Puesto que el hombre es el único animal que imagina el futuro, ¿por qué no llamarlo “animal utópico”, haciendo justicia a su más generosa creación, la utopía?.

Conclusión

Ideologías y utopías tienen una raíz común, se interrelacionan y potencian. Ambas nacen de dos emociones inherentes a la condición humana, la insatisfacción y la esperanza. Ideologías y utopías son la expresión, los cauces -a veces juntos, a veces separados-, de la cualidad que identifica al ser del hombre: su orientación al futuro. Según Ortega, el hombre no es, debe hacerse. Lo que llamamos vida es un proyecto, un programa de existencia. Hay en el hombre vocación de plenitud Siempre insatisfecho, necesita justificar su vida justamente buscando esa plenitud.

Ernst Bloch, en su ya citada obra El principio esperanza, que es un verdadero tratado sobre la utopía, afirma que en la más elemental reflexión sobre nuestra existencia, se advierte que el hombre se entiende a sí mismo, no en función de lo que ha llegado a ser, sino más bien en relación con aquello que en nuestra vida es proyecto, ambición, meta de nuestros esfuerzos. Para Bloch «el trabajo como potencia activa es la posibilidad real de la utopía. Sólo esta actividad constituye la perfección de todas las cosas y lleva al mundo a su plenitud, representando la determinación portadora de futuro de todo lo real». Con una posición en que se juntan el marxismo y la teología, dice «Es precisamente la existencia de la suma perfección lo que impulsa a buscarla». Perfección, perfectibilidad, carecerían de sentido sin este impulso a la plenitud que tendría todo lo real y que se postula como motor de las ideologías y de las utopías.

Ya no es aceptable la idea de las utopías como fantasías o como irrealidades inútiles. El futuro es la patria de las utopías y desde allí nos orientan. El camino puede ser sinuoso y árduo. “La utopía de hoy, escribió Victor Hugo, es la verdad de mañana. Suprimir la esperanza en una vida, sería como pretender detener la primavera.”

Por su parte las ideologías, como interpretación de la realidad, a veces pierden su razón de ser, su operatividad. Pero como ya se ha visto, nunca son destruidas por los argumentos de sus adversario, sino por la historia. Paradojalmente en la historia recuperan su razón de ser. «Con el abandono de las utopías -dice Mannheim- el hombre perdería su voluntad de dar forma a la historia y, por tanto, su capacidad de comprenderla».

Con las ideologías sucede algo semejante: son necesarias e imprescindibles para la vida de la sociedad. A través de ellas se encauza la acción reforzativa o rectificadora que demanda un curso tan azaroso e imprevisible como es el que llevan las agrupaciones humanas en busca de su perfeccionamiento.

Pero es preciso aplicarles criterios éticos para prevenir los riesgos que se han hecho presente en su “ praxis,” en la que parecieran darle la razón a los que afirman que las ideologías son sueños de unos pocos y pesadillas de muchos o que el mismo intento de las ideologías de convertir la tierra en un cielo, ha sido la vía más rápida para convertirla en un infierno. Es innegable que las ideologías han sido un elemento constitutivo de todos los totalitarismo.

También es verdad que funestas consecuencias han tenido en algunas de ellas el predominio de la intolerancia, la burda simplificación en que caen en busca de adherentes, la pretensión de ser la verdad única y absoluta, y la adhesión irracional de algunos de sus partidarios.

Frente a las graves tachas que suelen presentar, no cabe renegar de las ideologías, ni menos perseguir el pensamiento ideológico, sino buscar la conciliación de los aciertos y bondades contenidas en las diversas ideologías existentes, de modo que nuestra conciencia no sea una c onciencia falsa y falsificadora de la realidad, sino una conciencia abierta y receptiva en permanente búsqueda de verdades.

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