Utopía

Por: Thomas More

Este clásico de la literatura utopista, del mismo modo que el anterior, adquiere pleno sentido en el contexto histórico en que fue creado, pues no es igual la ideología de una mente contemporánea, que la ideología de una mente del s. XVI, pero aún así y salvando las diferencias entre ambos períodos, ésta conserva aún toda su vigencia en la actualidad. Tanto es así, que no es posible analizar el pensamiento utópico en su recorrido por el tiempo, sin conocer sus repercusiones, ya que, más allá de las influencias que sin duda ejerció en posteriores escritos y sin olvidar a los clásicos (entre los que cabe destacar a Platón y en especial sus diálogos entorno a «La República») que le sirvieron de precedente, supuso sin duda, el nacimiento de la utopía moderna.

Por todo esto, y para comprender con la mayor precisión posible el sentido que More quiso dar a la que fue sin duda su obra maestra, es necesario conocer cuáles fueron los rasgos que pudieron marcar o influenciar su vida y pensamiento.

Tomas More, 1478-1535

Sir Thomas More nació el 6 de febrero de 1478 en Cheapside (Londres). De pequeño entro de paje del cardenal Morton quien recomendó su ingreso en Oxford (donde estudió literatura y filosofía) y más tarde, en 1501, fue elegido miembro del parlamento, para ocupar posteriormente importantes cargos en la administración londinense. Aún así y pese a sus responsabilidades públicas, More tuvo tiempo para cultivar sus inquietudes religiosas y literarias, de este modo, en 1516, escribió su novela más valorada: «Utopía».

Entre tanto, en Inglaterra, Enrique VIII sucedió a su padre, Enrique VII. El nuevo rey fue coronado el 28 de ese mismo mes y consiguió que More entrase a su servicio tras mediar con el cardenal Wolsey, así, en 1517 fue nombrado miembro del Consejo del Rey, teniendo que renunciar a sus otros cargos. En la Corte se ganó el aprecio de los reyes, de los que obtuvo cada vez más confianza. En 1529 sucedió como Canciller a Wolsey, quien había sido destituido por oponerse al propósito de Enrique VIII de anular su matrimonio con Catalina para poderse casar con Ana Bolena. Thomas More contestó claramente al rey su desacuerdo en la cuestión del divorcio, aunque como laico, creyó no deber entrometerse en un asunto que estimó competencia de las autoridades eclesiásticas. El Parlamento pronto se doblegó al poder real y en 1533 sirvió como instrumento para forzar al clero a presentar un acta de sumisión por el que delegó en el rey la potestad legislativa en materia eclesiástica. Ante esta situación More presentó su dimisión como Canciller, lo que le supuso la pérdida de privilegios y cargos, además de la incomprensión por parte de su familia. Ante la declaración del Papa, el Parlamento aprobó el Acta de Sucesión otorgando un poder total al rey sobre sus súbditos. Así, a More se le pidió presentarse a jurar el Acta el 13 de abril de 1534. Éste aceptó los derechos de sucesión que fijaran el Parlamento y el rey, pero se negó a aceptar algo que fuera contra la autoridad papal, como era la unión del rey con Ana Bolena. Durante cuatro días estuvo custodiado por el abad de Westminster, obstinado en desoír los consejos y amenazas de amigos y enemigos, para ser encarcelado en la Torre de Londres. Allí estuvo quince meses, escribiendo varias obras espirituales con las que se preparó para el martirio.

Sufrió además la incomprensión de su familia, que vio cómo los obispos y doctores del reino habían aceptado el matrimonio del rey. El 1 de julio de 1535 fue acusado de traidor por negarse a atribuir al rey su «justo» título de jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra. En el juicio se hizo cargo de su propia defensa, pero fue ejecutado el 6 de julio. Su cabeza se colocó a la entrada del puente de Londres y tras ser recuperada por su hija Margarita, fue sepultada en San Dunstand, hoy día iglesia protestante. Su cuerpo primero fue enterrado en el recinto de la Torre para luego ser arrojado a una fosa común donde fue imposible localizarlo. Tras su muerte, Erasmo de Rótterdam definió a More como el más santo de los hombres que vivieron en Inglaterra. Tres siglos después, el 29 de diciembre de 1886, el Papa León XIII le beatificó. En el cuarto centenario de su muerte, se promovió un proceso de canonización y finalmente el 9 de mayo de 1935 Pío XI le declaró santo.

More fue, por tanto, un concienciado luchador que se opuso con el poder de las ideas y siempre desde el lado del diálogo, a las injustas y despóticas leyes que imperaban en su época, revelándose incluso contra su propio rey y dando la vida por sus convicciones ante todo un estado reprimido. Todo este conjunto de vivencias y sinrazones, aportaron al pensamiento ya de por sí destacado de More, una riqueza y una perspectiva de la realidad existente, lo suficientemente amplia como para hacerle acreedor de las carencias y virtudes del sistema político y la estructura social en que vivió. Así, lejos de restar sumido y ante la imposibilidad de alzar su voz para cambiar las cosas, decidió plasmar sobre el papel su modelo de estado ideal, en la que ha pasado a la historia como una de las obras cumbre del pensamiento utópico.

Resumen de la obra

«Utopía»es un relato en prosa donde el autor, que alterna las reflexiones personales con los diálogos entre personajes, expone las experiencias de un curtido viajero (Rafael Hitlodeo), que afirma haber visitado una isla cuya población ha logrado poner en práctica una república ideal dónde la justicia, la seguridad y las libertades, son una realidad.

Todo se inicia, cuando More (por entonces miembro del parlamento inglés), es destinado a Brujas para parlamentar e intentar obtener un acuerdo, con motivo de los recientes conflictos que habían ocurrido entre el rey Enrique VIII y Carlos, príncipe de Castilla. Durante su estancia allí un buen amigo (Pedro), le aconseja recibir en su casa a un marinero que según parece, no tiene igual en cuestión de vivencias y mundologías. More que es un hombre de sobrado interés por todo tipo de saberes, no pone objeción alguna a la proposición de su amigo y acepta recibir en compañía de éste, al curioso aventurero. Así, una mañana se reúnen en casa de More, y de forma dialogada, se inicia un casi monólogo del invitado que de un modo extraordinariamente razonado, preciso y plagado de sentido común, expone algunos de sus viajes y anécdotas con personajes de importancia en los gobiernos del continente. En esta primera parte del diálogo, el autor se muestra sorprendido por los pulcros razonamientos de su interlocutor, y tras preguntarse porque una persona como Rafael, con una mente de semejante capacidad intelectual y una lógica tan admirables no estaban todavía al servicio de algún rey falto de buen consejo, se acaba concluyendo que las lecciones no son de ayuda, cuando el que las precisa no pretende acierto en sus decisiones sino beneficio en sus actos.

Así, tras comprobar con pesimismo la vaga importancia de los hombres honrados e ilustrados en los gobiernos europeos de la época y las numerosas injusticias que estos cometían sobre su pueblo, Rafael certifica haber vivido en un lugar donde todas las carencias de los estados del viejo continente, habían sido subsanadas y corregidas desde la mas absoluta y contundente racionalidad. Una república perfecta, ubicada en una recóndita isla llamada utopía, que por las vagas influencias recibidas a lo largo del tiempo, había restado intacta desde que su fundador (un sabio, amante de los libros y la cultura clásica), instauró la perfecta organización política que hasta el momento había mantenido en paz y perfecto bienestar a todos sus habitantes. Es en este momento cuando se procede, en boca del erudito Rafael, a describir con considerable lujo de detalles, el funcionamiento de algunas de las instituciones políticas y estructuras sociales que rigen la república de utopía. Para ello, el autor divide esta descripción en varias parcelas que, bien delimitadas, contribuyen a una mejor comprensión del texto:

Las ciudades y en especial Amurota: En este primer punto se describen los rasgos más significativos de las ciudades, centrándose en la más grande de todas ellas, Amaurota. La perfecta organización de las ciudades (planificadas por el fundador Utopo), es idéntica y sólo se distinguen por las pequeñas modificaciones que requiere el terreno. Así, por ejemplo, Amaurota esta situada sobre la leve pendiente de una colina, regada por dos ríos que enmiendan los problemas de abastecimiento de agua. Posee una estructura de murallas, fosos y torres de guardia que garantizan la seguridad de los ciudadanos, y los edificios, de igual tamaño y parecidas características, se sitúan formando manzanas perfectamente alineadas, con amplios patios ajardinados en su interior e idéntica distancia entre fachadas. Las viviendas no constituyen una propiedad individual, por ello, cada cierto tiempo se intercambian entre los vecinos para evitar desigualdades, incitando así a que las amplias calles que la recorren, sean como los pasillos de una gran casa comunitaria.

Los magistrados: Los gobernantes de cada ciudad son elegidos democráticamente mediante una serie de representantes rigurosamente clasificados según su rango en una pirámide de poderes. De este modo en cada ciudad se parte de la unidad familiar como el núcleo de poder político más pequeño. Cada treinta familias se elige un juez que será renovado cada año, llamado Sifogrante o Filarca y estos, en grupos de diez, escogen un Traniboro o Protofilarca que los presida en el senado. Finalmente, cada uno de los cuatro distritos en que se divide la ciudad, propone su candidato a príncipe y los doscientos Sifograntes que componen el senado, tras la realización de un estricto juramento, se reúnen para designar cual de ellos será el próximo soberano de carácter vitalicio. Una vez designado el cuerpo del gobierno, la ley establece que todos los traniboros con la colaboración de dos sifograntes invitados de forma sucesiva, deben celebrar, cada tres días, un consejo bajo la presidencia del príncipe, donde deliberar sobre los asuntos de índole pública y proponer las soluciones y normas más convenientes para la población. Estos consejos, pese a su frecuencia son muy respetados y se siguen todas las normas necesarias para evitar la tiranía. Así, los asuntos de mayor interés se debaten con tiempo y son consultados con las familias mediante los Sifograntes antes de ser decretados, pues la conspiración a espaldas del pueblo es considerada un crimen capital.

Las relaciones públicas entre los utopianos: En este apartado, se explica el funcionamiento de la vida social de los utopianos, las relaciones mutuas que se establecen entre ellos y las reglas de distribución de los bienes de la isla. Como se relata en puntos anteriores, la vida en utopía se reduce a la organización familiar, de este modo, entre los miembros se establecen relaciones de subordinación. Las mujeres al alcanzar la edad núbil son entregadas al marido mudándose a casa de éste y los hijos y bisnietos permanecen en el seno familiar bajo la tutela del más mayor de sus miembros. Los miembros de cada familia son contabilizados (no se permite que el número de adultos sobrepase los dieciséis miembros), y el excedente se redistribuye en ciudades de menor población o, en caso de una superpoblación global, se funda una colonia con los sobrantes fuera de las fronteras de la república. Por otro lado, los bienes materiales que precisa cada familia, los recoge el patriarca de forma gratuita en los mercados comunitarios, donde cada familia expone el fruto de su trabajo. Los alimentos, sin embargo, son producidos por familias que sucesivamente se desplazan a casas rurales para trabajar la tierra, se sirven en comedores comunitarios distribuidos entre desayuno comida y cena. En estos comedores los gobernantes y los ancianos (que gozan del mayor de los respetos en Utopía), tienen un trato prioritario. En la república, la generosidad es uno de los principales valores, por eso, cuando hay excedente de algún producto, éste se presta a ciudades vecinas o incluso a naciones cercanas. Otro tema interesante es el trato a los enfermos. Éstos gozan de los cuidados más atentos, pero cuando se estima que no tienen curación se les recomienda morir del modo menos doloroso y molesto posible, procurando así su propio bien y el de la comunidad, que no tiene que mantener a un individuo sentenciado. Así pues, es evidente que aceptan la eutanasia como alternativa médica, pero no por ello asienten el suicidio voluntario, que es considerado un acto ignominioso y se paga con una vil despedida, arrojando el cuerpo a una ciénaga.

Los viajes de los utopianos: En este aspecto, las leyes son bastante estrictas y se regula escrupulosamente la circulación de individuos por las ciudades. De este modo es difícil alterar el orden establecido y resulta más sencillo mantener la equitativa distribución de los bienes. Pese a todo, los viajes están permitidos y pueden realizarse pidiendo un salvoconducto que advierta a los príncipes de las ciudades implicadas y delimite la duración de la estada. Sin embargo, quebrantar estas normas puede llegar a condenarse con la esclavitud. En Utopía además, se suelen recibir visitas de embajadores que acuden en representación de naciones divinas. Embajadores que pese la diferencia de costumbres (suelen ir engalanados con piezas de oro y otras piedras que en utopía carecen de valor material), son recibidos con cordialidad con el fin de mantener buenas relaciones con sus respectivas naciones.

Los esclavos: Los utopianos contemplan la esclavitud como un castigo ejemplar y a su vez provechoso para el bien público. Aún así, no consideran esclavos más que a convictos de un gran crimen en la propia república o a los esclavos comprados a bajo precio en países extranjeros (estos, no obstante, son tratados con mayor humanidad). Esta clase de personas es sometida trabajos más severos y no tiene los mismos derechos que los demás ciudadanos. Los utopianos no se rigen por demasiadas leyes, pues su organización no las requiere. Por ello no es fácil caer en el crimen y llegar a la esclavitud, pero las pocas normas que hay son llanas, muy claras y se siguen con rigidez. Así, por ejemplo, se castiga a las parejas que se entregan al amor fuera del matrimonio, aunque si tras haberse casado, se argumenta que sus caracteres son incompatibles, puede solicitarse el divorcio, que será o no concedido según el parecer de los magistrados. Éstos son sumamente justos y debido a lo superfluo del dinero, es imposible comprarlos, por tanto las garantías de su imparcialidad son absolutas. Así, se estima que sus condenas, que van desde simples amonestaciones hasta la muerte, serán siempre equitativas y justas.

El arte de la guerra: Los conflictos bélicos no son bien vistos por los ciudadanos, pero eso no impide que sean adiestrados de vez en cuando para poder afrontarla si fuere necesaria. Los motivos que pueden requerirla son la defensa de sus fronteras, la expulsión de invasores en territorios amigos y la liberación de pueblos dominados por la opresión de la tiranía, aunque para lograr la victoria en la guerra siempre anteponen el ingenio y el engaño a la bestialidad de la sangre. Por tanto, es frecuente la contratación de mercenarios y pueblos guerreros, que son capaces de dar su vida a cambio del baldío dinero de los salvaguardados utopianos. Aún así si la situación lo requiere los propios utopianos deben hacer la guerra, aunque generalmente, este acto suele ser voluntario para aportar mayor valentía al ejercito. Las batallas suelen desarrollarse fuera de las fronteras de la república. Así, las ciudades no sufren daños y resulta más sencillo derrotar a los enemigos, que en caso de ser vencidos, no sufren saqueos ni vejaciones, destinando todos los beneficios a las naciones más desfavorecidas.

Las religiones de los utopianos: Las creencias religiosas son libres en Utopía y por ello, son diversas las que coexisten en la isla. Unos adoran a determinados astros, otros veneran a célebres antepasados, pero en general, la mayoría no aceptan nada de eso y contemplan la existencia de una fuerza superior a la comprensión humana. Una fuerza de cuyo poder se deriva toda la creación, a la que se refieren con el nombre de Padre atribuyéndole consideraciones divinas. Esta especie de numen que es en sí mismo origen y fin de todas las cosas, es por así decirlo, la base de la religión mayoritaria entre los utopianos, pero se venera junto a los demás dioses por considerar que todos son uno sólo (conocido bajo el apelativo de Mitra), entendido desde puntos de vista distintos. Así, se consigue una cierta unidad religiosa que facilita el entendimiento entre los fieles. Sin embargo tras la llegada de Rafael y sus compañeros a la isla, muchos de los ciudadanos se convirtieron al catolicismo y, aunque esto supuso la aparición de algún pequeño conflicto, la cautela y el respeto con las demás creencias facilitó la convivencia con los demás cultos, decretando que, quien sobrepasara los limites marcados por la ley seria desterrado o sometido a la esclavitud. La aparición del cristianismo en la isla derivó en una iglesia parecida a la nuestra pero con diferencias significativas respecto a la nuestra. Ajenos a los poderes papales, los utopianos nombraron a sus propios sacerdote y no encontraron objeción alguna en permitirles, como al resto de ciudadanos, contraer matrimonio con las jóvenes más selectas de la ciudad. Tampoco negaron la participación de las mujeres en el sacerdocio, aunque son pocas las que hay y sólo viudas o de avanzada edad.

Con estos puntos y el contenido que más ampliamente expone en ellos el autor, se llega al final de la obra previa muestra de una breve conclusión final. En ella, el autor en boca de Rafael Hitlodeo, da fin a la descripción de su utopía política, valorando las virtudes de sus instituciones y el acierto de algunas de sus costumbres. Todo esto comparando el modelo definido en la obra, con el de los «florecientes» estados de la Europa renacentista. Finalmente, More Realiza una ligera intervención para puntualizar su desacuerdo con alguno de los acontecimientos relatados por el docto viajero, pero dejando constancia de los aspectos positivos que en el relato se habían expuesto.

Valoración crítica

Como se puede deducir del resumen anterior, la obra no es sino la representación escrita de un estado ideal imaginado por T. More. Es decir, la descripción a grandes rasgos de una utopía política, capaz de contestar a las limitaciones y carencias de los sistemas absolutistas que asolaban con su injusto reparto de privilegios, a las poblaciones de la Europa medieval. No obstante, en ella, el autor parte de una premisa que, en lugar de hacer más digna la convivencia, actúa como una arma de doble filo. Intenta racionalizar todos los actos efectuados por los ciudadanos, alejándolos de todo sentimiento, emoción o disturbio, que impida la consecución de un gobierno dominado por una razón que el propio estado se encarga de definir. Así, a diferencia del punto de partida de platón en su república, la prioridad no es garantizar la seguridad de la población a costa de reducir sus libertades, sino dotar de sentido a todas sus acciones aunque esto conlleve un control que suprima en gran medida su autonomía como individuos. Es posible que esta obsesión del autor por suprimir las libertades individuales supeditándolas a la comunidad, sea fruto de las injusticias que vivió durante su vida entre las clases altas de la burguesía y la nobleza inglesa, contemplando como las excentricidades de un rey más preocupado por su propia existencia que por el bien de su nación, hacían imposible controlar a las masas de una país que caía, como sus vecinos, en la tiranía del dinero. Por eso, es el dinero uno de los factores que mejor definen la concepción de la utopía de More. Éste desaparece, quedando relegado a un papel secundario. Para ello, crea una especie de república comunista donde se elimina la propiedad privada y una estricta distribución de trabajos comunitarios garantiza la producción de las materias primas. Es en este punto donde la obra de More cojea levemente al no quedar demasiado claro el modelo de organización laboral entre los ciudadanos. El autor habla de una distribución equitativa del trabajo en función de las capacidades de cada individuo. Así, cada uno desarrolla su oficio u ocupación según sus aptitudes y las necesidades del estado. Hasta aquí todo parece correcto, pero si tenemos en cuenta que Utopía es una nación de abundancia donde el dinero no se usa como remuneración, ¿qué tipo de compensación reciben los ciudadanos por las labores que desempeñan? Porqué si tienen todo cuanto necesitan, seria fácil caer en la inoperancia y no desempeñar el trabajo pertinente. Así pues, desahuciado el sentimiento de necesidad, este estado perfecto sólo sería posible en un mundo de hombres reflexivos y racionales, que supieran valorar sus ventajas a largo plazo resistiéndose a los siempre tentadores placeres de la pereza y la comodidad. Un mundo que por fortuna o por desgracia no es el nuestro, ni el que inspiró en su día al autor. De todos modos, y pese las contradicciones que aparecen a lo largo del relato (por ejemplo en cuanto al número de habitantes de las ciudades), Utopía aporta una nueva y genial forma de concebir el mundo, sentando algunas de las bases del comunismo (posteriormente desarrollado por Marx en el s. XIX), y sacando a relucir algunos tabúes en materia eclesiástica como la aceptación de la figura de la mujer en el sacerdocio, la permisividad del matrimonio en los clérigos, o el siempre controvertido asunto del divorcio. Este último de especial interés, pues resulta curioso que lo consienta en su utopía, cuando fue su rotunda negativa de aceptar la separación entre el rey Enrique VIII y su esposa, uno de los motivos que le costaran la decapitación el 6 de julio de 1535. Además de la importancia que posee la religión en la república, aparecen también aspectos que pueden sorprender a un lector de nuestro tiempo. Tales son, por ejemplo, los relacionados con la esclavitud o sobre todo los de índole médica. Entre estos últimos, cabe destacar por encima de todos, los referidos a la eutanasia. More imagina un estado en cuyos hospitales, la manutención de enfermos cercados por la muerte resulta inaceptable o deshonesta. Es decir, no se obliga a los moribundos a aceptar un final inminente, ni siquiera se les trata peor por no hacerlo, pero se considera honorable resignarse la muerte cuando la vida ya no resulta digna, incitando de ese modo a morir, a todos aquellos que ya no albergan esperanzas de curación. Este hecho, según se relata en el libro, enaltece al enfermo y, a su vez, reduce los gastos de la hacienda pública recayendo así en el bien de la propia comunidad.

Toda esta serie de elementos que aparecen en el texto original y que, como es lógico, sería imposible de reflejar en su totalidad sin extenderse demasiado, fueron descritos por un filósofo del s. XVI y, como tal, es necesario reiterar que su pensamiento es distinto al que impera en nuestros días. Por ello algunos aspectos de la obra como, por ejemplo, los relacionados con la mujer (siempre subordinada a la tutela del padre o el marido), nos pueden llegar a parecer machistas o insensatos, así como otros de muy diversa índole, absurdos e infantiles, pero no debemos olvidar que además de los importantes cambios ideológicos sufridos, Utopía es una obra literaria fruto de la genialidad y la ironía de un autor, y como tal, no tiene porqué representar el ideal de perfección pretendido por More (quizá solo quiso mostrar las nefastas consecuencias de un estado gobernado por la razón y desahuciado de todo sentimiento emocional). Así se observa en el muestrario de nombres y topónimos con que bautiza a algunos elementos del escrito , o en la última página de su obra donde irónicamente corta la intervención de Hitlodeo, recomendándole un descanso antes de seguir profundizando sobre las costumbres utopianas. Sin embargo, este distanciamiento del autor respecto a su propia utopía queda posteriormente matizado con una última afirmación:

«Entre tanto, y si bien no puedo asentir a todo lo que expuso Rafael Hytlodeo, aunque él sea hombre de una extraordinaria erudición, y gran conocedor de la naturaleza humana, confesaré con sinceridad que en la república de Utopía hay muchas cosas que deseo, más que confío, ver en nuestras ciudades».

Estas argumentaciones aportan pruebas suficientes para considerar a «Utopía» como una sátira aguda y sutil de la sociedad de la época, e incluso a riesgo de equivocarnos, de su Inglaterra natal, pero ante todo manifiesta una voluntad de trascender lo presente y alegar a favor de un futuro mejor. Por lo tanto, es comprensible que difiramos de ciertos contenidos y connotaciones subjetivas pero, por encima de todo, no debemos olvidar que son precisamente algunos de esos rasgos idealistas, los que han hecho de esta obra un clásico universal de la literatura utopista.
 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: