Una democrática dictadura

Por:  Miguel Ángel Llana
Fuente: Lahaine.org (16.03.08)

Proceso electoral, políticos y democracia al servicio del poder económico ¿Qué puede pedir una dictadura que no le dé esta democracia?
 
Finalizó el ritual más importante de la democracia. Superamos, una vez más, la parafernalia del proceso electoral que concluye con el voto que lleva implícito el “vuelva usted dentro de cuatro años”. La participación del ciudadano no pasa de unos segundos, justo el tiempo que lleva meter en un sobre la papeleta ya impresa. En esto consiste esta democracia y así se consolida el tinglado que hace agua por todas partes cuando todo se reduce a votar, a decir sí o sí a los candidatos propuestos -impuestos- y a un programa que nadie conoce. En resumen, se vota a los designados desde arriba y nadie sabe qué se vota, aunque para este montaje se establezca un riguroso mecanismo para que el voto sea secreto y libre, cuando sólo es un voto vacío, sin contenido, estéril. Todo un tinglado legal y mediático para dar legitimidad a unos comicios que carecen de contenido.

La pregunta elemental es ¿Quién decide y nombra a los candidatos, quién los ha puesto y de dónde han salido? La respuesta es bien sencilla: el poder, el poder económico que los financia. Basta con repasar cómo comenzó cada uno de los Presidentes de Gobierno, ministros, etc. y sus partidos y cómo están ahora, en el saldo está la respuesta.

En este modelo de democracia, como en el cuartel, el rancho no se elige, lo tomas o no comes pero te mueres -te matan- por no tragar el menú. Los votantes, y su voto, sólo intervienen al final del proceso, cuando todo está decidido. Es más que difícil -imposible- encontrar un sólo rasgo de democracia en todo el proceso electoral. Cuando ni siquiera los militantes de los partidos deciden qué candidatos van en la lista de su partido. Cuando no existe una ley de financiación de los partidos y de las campañas electorales y cuando es un misterio el origen de sus fondos. Cuando no hay establecido ningún cauce de participación o de intervención efectiva y vinculante de los ciudadanos en las decisiones del gobierno, ni siquiera a nivel de la administración local, la de los ayuntamientos. Se trata, pues, de una “democracia” representativa en la que el votante ni siquiera elige, de hecho, a sus representantes porque ya se lo dan elegido.

El voto se dirige, además, a unos partidos que ni presentan programa, ni se obligan a nada en concreto, sino a unas simples promesas electorales de las que después ni se responsabilizan ni han de dar cuenta a nadie.

Resulta ridículo que se lamenten de que el sistema electoral tiende al bipartidismo cuando precisamente es lo que desde las instituciones del poder económico se estableció para que así suceda, y sucede que es la forma más democrática de cargarse a una democracia. Baste recordar la relación entre votos y escaños, las circunscripciones electorales, ley d’Hondt, la imposición de un porcentaje mínimo para obtener representación, la asignación de espacios en los medios de información públicos y más en los privados. Pero eso sí, cuando cualquier movimiento social quiera presentarse, se encontrará con que las dificultades económicas y burocráticas se lo impedirán, de hecho, y si esto no es suficiente ilegalizarán el partido o colectivo como ahora sucedió en el país vasco. Es decir, que quede claro, que la democracia nunca la regalan, ha de conquistarse y sino no hay democracia.

El ciudadano se ha convertido en un mero espectador tanto en el proceso electoral como en el desarrollo de esta democracia, con el agravante de que es quien ha de financiarla con sus recursos y con su trabajo, pero no sólo las elecciones, sino el enriquecimiento de los políticos y de los que a éstos representan, a los que se deben; nunca a sus votantes, salvo para pedirles el voto.

Pero aún hay más, el voto que tanto suplican en las campañas va a servir, entre otras cosas, para legitimar la privatización de la función pública que es una prerrogativa del Estado al que los políticos deberían defender pero nunca ir en contra de los intereses de los votantes anulando las prerrogativas del Estado con la privatización generalizada de los servicios sociales públicos y de otras funciones propias del Estado. Estas privatizaciones se convierten en el negocio más saneado y seguro de las inversiones de los patrocinadores de los partidos políticos que, además de dar un pésimo servicio, convierten los servicios sociales y la asistencia social en un negocio que ha de maximizar los beneficios sin importar la calidad de la asistencia prestada, sólo el lucro.

Entre el monopolio y el duopolio (dos proveedores) a penas hay diferencia teórica, pero nada sustancial para el pobre consumidor que ha de sobrevivir como pueda, si es que puede. El paralelismo es el mismo cuando hablamos de dictadura o de bipartidismo (también dos opciones como en el duopolio).

En el monopolio como en la dictadura todo está resuelto y decidido: impuesto. Y lo mismo sucede con el duopolio y el bipartidismo, pero entonces ¿para qué votar? ¿Sólo para elegir cara o cruz, o cruz o cara?. Aunque peor aún, porque en el caso del bipartidismo, de alguna manera, engañan lo mismo y más, pero les sale más barato porque es con la legitimidad que les da la aceptación de este juego electoral y el voto ¿Qué más puede pedir una dictadura que no le dé esta “democracia” amañada del bipartidismo? ¿Qué más puede pedir una dictadura que no le dé una democracia de izquierda bajo cuyo gobierno se lideran toda clase de especulaciones, corrupción, desempleo, precariedad laboral, represión y que financia con millones de euros un sindicalismo amarillo (bisindicalismo) de “profesionales” en CCOO y UGT tan cercanos a esos millones de euros y a la patronal como alejados del mundo laboral y de sus problemas.

Es posible que visto de este modo comencemos a entender el alcance e importancia de lo que es o no es una democracia participativa, en un proceso electoral equitativo, correcto y digno.

El conjunto de este modelo electoral convierte a lo que ahora llaman democracia en un dictadura consentida. Las pequeñas conquistas que se consiguen hoy están amenazadas mañana mismo, porque no dan tregua. En este modelo “democrático” en el que cada proceso electoral sirve, no para avanzar, sino para propiciar nuevos recortes disminuyendo las prestaciones sociales y para aumentar la precariedad y el desequilibrio social con el pretexto de ser competitivos y de mejorar la productividad.

Los ciudadanos en esta democracia les toca hacer el papel de espectadores, lo mismo que en cualquier competición deportiva en la que la participación se limita a financiar el espectáculo y a aplaudir, pero nunca podrán tocar el terreno de juego y mucho menos participar en las decisiones pequeñas o grades en lo que creen que es su equipo y con el que se identifican como si fuera de su propiedad.

Los políticos elegidos por el poder económico, al que sirven necesariamente, se alejan cada vez más de los problemas de los ciudadanos, se colocan y están enfrente de modo que cualquier discrepancia de los ciudadanos, va ser reprimida policialmente y judicialmente (salvo que se trate de ultras de extrema derecha). Esta es la respuesta, y no otra, la que están recibiendo en este momento los movimientos sociales y laborales que son inmediatamente criminalizados y juzgados como tales.

Ante este fraude a la democracia los colectivos de ciudadanos, de trabajadores o de cualquier otro movimiento social, para resolver los problemas que puedan tener, no les queda más recurso que la movilización frente al poder económico y frente a los representantes políticos votados pero que el poder económico impuso previamente y que ahora son la “autoridad”.

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