Utopía y anti utopía al final del milenio

Por: Esteban Krotz

La realidad no tiene un tamaño determinado. El mundo no se ha acabado todavía. … Aceptar las cosas como son no es una fórmula empírica válida. No es positiva; por el contrario, es una fórmula que conduce a la vulgaridad, a la cobardía y, por último, a la pobreza.

Ernst Bloch
Crisis y realismo

Cuando uno habla en estos días con cualquier gente sobre casi cualquier tema, suele aparecer casi de modo inmediato la misma palabra para identificar la situación actual: “crisis”. Desde las más altas esferas se ha admitido que el país está en crisis; primero se dijo que era financiera, ahora es económica, aunque ya sólo “micro” y ya no “macro” (al menos, hasta la próxima devaluación). Otros afirman que en México nos encontramos en una crisis política: de las instituciones de gobierno, de las instituciones judiciales, de los partidos, de conciencia ciudadana. Otros más opinan que lo que pasa en el país es el reflejo de una crisis mundial en la que estamos entrampados: uno de sus síntomas ampliamente conocidas es que la Organización de las Naciones Unidas ha convocado durante los últimos años a toda una serie de conferencias cumbre sobre asuntos tan clave como medio ambiente, derechos humanos, demografía, vivienda y política social. Otros síntomas se asoman a diario en los noticieros: conflictos armados, narco-poder, especulación financiera, violencia y terrorismo por doquier.
Pero la crisis se siente también —y de modo inmediato— en la vida diaria de las personas: el gasto no alcanza, la gente se siente insegura en las calles y hasta en sus casas, muchos no saben si podrán conservar el empleo y dudan que sus hijos tendrán todavía las oportunidades que apenas hace un año o dos se veían más o menos aseguradas. Crisis pues en todos los niveles: cuando uno hojea el periódico, cuando uno conversa con los amigos, cuando uno reflexiona sobre las perspectivas de su propia vida.

¿Qué hacer en situaciones de crisis? Ante todo, en situaciones de crisis, más todavía que en otras más tranquilas, uno tiene que estar con los pies en la tierra: uno tiene que analizar correctamente las condiciones existentes, uno tiene que calcular bien qué hacer, uno tiene que reconocer las oportunidades cuando se presentan y aprovecharlas en seguida, antes de que otros lo hagan.

Esto significa que épocas de crisis no son épocas para nostalgias o para sueños. En épocas de crisis uno tiene que ser realista. Aunque no deja de ser interesante notar que a veces, cuando alguien dice que “hay que ser realista”, lo dice con cierto aire de melancolía, como si esto significara tener que alejarse de ciertas ideas bellas, anhelos, ideales que se tuvo alguna vez. Pero: ni modo, la situación es así y hay que fijarse en la realidad, hay que atrapar las escasas oportunidades cuando se puede, hay que estar bien despierto. Incluso, de vez en cuando, como todos sabemos, “ser realista” significa vencer cierta vergüenza y acomodarse para no hundirse.

En todo caso, en tiempos de crisis no conviene soñar. Lo opuesto a lo real, es la quimera. Lo opuesto a la visión clara de las cosas, es la imaginación, la fantasía. Por esto, soñadores están fuera de lugar. Soñadores, soñadores diurnos, cuentistas, gente que se imagina como sería esto y aquello si todo fuera distinto, son personas que están en peligro de no reconocer las oportunidades que la vida les ofrece; andan distraídas, alejadas de lo que realmente importa y hace falta. Es más: su presencia puede llegar a molestar, porque cuando uno las ve, uno recuerda que también uno tuvo sueños alguna vez. Pero no solamente molestan, sino pueden alarmar porque la situación general es difícil. No hay que hacer olas; por ejemplo, no hay que sacar a debate cuestiones que no vienen al caso, hablar de ideales irrealizables. Las soñadoras y los soñadores, al hacer precisamente esto, pueden ser gente peligrosa, pues amenazan con hacer olas que a todos nos pueden hundir: ¡cuidado! ¡el delicado equilibrio mantenido en esta crisis puede dar paso a la desestabilización total!

U-topía: ¿fuera de lugar?

“Fuera de lugar”: precisamente este término nos lleva a la raíz etimológica de la palabra utopía. Como se recordará, la palabra griega “topos” significa “lugar”, “sitio”; el prefijo “u” significa negación. Utopía es, por consiguiente, el “no-lugar”, el “no-sitio”. Utopía, lo utópico: lo que está en ningún lugar. “No hay tal lugar”, traduce Quevedo. Pero, como veremos, hay varios modos de estar “fuera de lugar”. Lo que sucede es que una sola interpretación de la palabra “utopía” ha ocupado casi todo el espacio del habla común. Por ello, normalmente, cuando escuchamos o pensamos “utopía” o “lo utópico”, lo identificamos con lo fantástico, lo meramente imaginario, lo inexistente, lo irreal, lo inalcanzable. De acuerdo con esto, “utopía” no describe el mundo como es, sino un mundo que no tiene que ver con la experiencia vivida; a veces parece un auténtico “mundo al revés”. Una utopía no constituye una representación de la vida en la que uno tiene que vivir día con día, sino un conjunto de imágenes e ideas que a veces suenan bonitas, aunque a veces también parecen algo extrañas e incluso grotescas. Definitivamente, el mundo que dibujan los cuentos y los cuadros utópicos, los poemas y las canciones utópicas no existe, por más que las situaciones o sociedades descritas en textos y estampas utópicas se antojan simpáticas o agradables: el país de Jauja, el Reino de la Armonía y de la Paz, la República Justa y Fraterna, la Tierra de la Belleza y la Felicidad, el paraíso recobrado, el mundo sin escasez ni durezas, donde bastan unas cuantas horas de trabajo para que todos tengan en abundancia todo no existen. Las utopías hablan de situaciones que parecen bien, pero no existen en la realidad: lamentablemente la vida —y más todavía, la vida en tiempos de crisis— no es así.

A esto se agrega que no todo es bonito en los textos utópicos. ¿O no es cierto que siempre hay gente que cuando escucha la palabra “utopía”, recuerda libros y películas que provocan escalofrío? La verdad es que novelas como El mundo feliz o películas como Cuando el destino nos alcance hacen que uno empiece a sentir miedo al pensar en el futuro.

De cualquier manera, simpáticas o angustiantes: utopías no tienen que ver con la vida real. Por lo tanto, épocas de crisis no parecen ser momentos apropiados para ocuparse de ellas.

Afortunadamente, la mencionada no es la única manera de entender el significado de “utopía”. Es más, cuando uno se acerca de otro modo a las expresiones y testimonios utópicos, uno descubre toda una “tradición utópica”; ésta ha sido ampliamente documentada en la civilización noratlántica, pero se encuentra también en Latinoamérica y en cualquier otra cultura. En todos los tiempos y pueblos podemos encontrar imágenes de la vida ideal, de la vida como verdaderamente debería ser, encontramos “eu-topías” , como también podría definirse la raíz de la palabra utopía, o sea, el lugar hermoso, el país de los sueños, el mundo de los anhelos. ¿No es la comparación de estos lugares imaginados en los artes y la religión, en las fábulas y las fiestas, en los dichos y los cantos, pero también exigidos y tratados de ser hechos realidad mediante la protesta activa, la rebelión, el éxodo o el movimiento revolucionario, no es la comparación de estos territorios utópicos con los lugares donde se desenvuelve nuestra cotidianidad, la que nos demuestra a éstos últimos como los auténticos “no-lugares”, o sea el mundo que no debería existir? Vayamos al libro que no inició la tradición utópica, pero que le dio el nombre con que hoy la conocemos, hace medio milenio apenas.

La isla “Utopía”: ingleses en otras circunstancias Este libro fue escrito por alguien cuya biografía no permite identificarlo como gente ajena a su tiempo. Más bien fue, como lo dice el título de una película sobre él, un hombre para todas las temporadas. Proviene de una familia acomodada, recibe una buena educación y estudia leyes. Se convierte en el miembro más joven del parlamento inglés y su carrera de funcionario público lo lleva a ser prácticamente jefe de gobierno. Pero luego se distancia de su rey, porque no puede aceptar el divorcio y la política eclesiástica de Enrique VIII; finalmente es condenado a muerte y decapitado. Tres siglos después la Iglesia Católica lo declara santo.

Efectivamente, Tomás Moro era una persona, que conocía su mundo y los engranes del poder y se movía exitosamente en su ambiente; era alguien que tuvo los pies en la tierra (a menos que uno considere que mantener, como él, determinados principios éticos y religiosos, lo califique a uno necesariamente como “fuera de lugar”). En más de un aspecto se adelanta a sus tiempos, como, por ejemplo, en cuanto a la educación que dio a sus hijas.

¿Para qué un hombre como éste escribe un libro al cual le da el nombre Utopía y en el cual nos encontramos con muchos de los motivos utópicos que antes, mucho antes y también después, se han manifestado una y otra vez en escritos y proclamas, en profecías y consolaciones, en protestas y movimientos rebeldes? Elementos que hablan de una sociedad en la que la vida es agradable para todos, de la convivencia fraterna, del país de la vida feliz, de la vida en abundancia, de la vida “como debe de ser”, sólo que en un lugar distante. En el libro de Moro, escrito alrededor de 1515, éste es una isla en los mares del sur, en la región del desde entonces así llamado “Nuevo Mundo”, hacia el cual se dirigía en aquellos años la atención generalizada y adonde se fueron tantos para encontrar allá la felicidad, Eldorado, las puertas del paraíso perdido…

El mundo de los sueños de Moro es una isla donde reina la comunidad de los bienes, donde nadie posee nada exclusivamente para si, donde por consiguiente tampoco hay estratos ni clases sociales ni los graves y violentos conflictos sociales que se conocen en el mundo “real”. No es, por así decirlo, el paraíso, porque, como en cualquier sociedad, también allá hay, por ejemplo, delitos y crímenes; hay conflictos, pues, pero no hay oposición antagónica entre grupos sociales, no hay competencia desenfrenada para alcanzar poder o riqueza, tampoco hay, en consecuencia, explotación ni opresión. El fin principal de la vida de los humanos en esta isla es, como se dice expresamente, la felicidad, el placer o, como también se podría decir, la buena vida. Esto quiere decir, no la vida en el sentido de mera sobrevivencia, o sea, la forma de vida a la que está confinada la mayor parte de la humanidad en nuestro mundo conocido. Al contrario, es la vida plena —para todos y para cada uno—, donde nadie trabaja más de seis horas y todos tienen todo en abundancia. Esto último significa para Moro: exactamente lo que se necesita para una vida agradable y tranquila hoy, sin que nadie tenga que preocuparse por lo que va a pasar mañana o qué va a ser de sus hijos o de él mismo cuando esté enfermo o viejo y donde nadie tiene que enfrentarse a otro para vivir bien. Se trata de una sociedad, donde vivienda y comida, salud y educación están garantizadas de la misma manera para todos, donde todos tienen el acceso a las artes y la ciencia, donde el patrimonio social y cultural es de todos, donde nada se cobra, donde todo está a la mano de todos.

Como sucede en todos los casos de escritos utópicos de este y otros siglos, quienes por alguna casualidad llegan a conocer la vida utópica en un lugar lejano, luego pierden el mapa: únicamente pueden contar del mundo perfecto que vieron, pero no hay regreso. Empero, es importante reparar en el hecho que los ciudadanos de esta y todas las demás repúblicas utópicas no son seres distintos de los humanos comunes y corrientes. No son ángeles, no se trata de una raza superior o de una especie de extraterrestres. No están en algún sentido dotados de capacidades orgánicas, intelectuales o morales superiores a las de quienes los visitaron o a las de quienes escuchan el relato del viaje. Más bien —y lo mismo vale para las demás así llamadas “novelas utópicas”, antes y después— se ve que todos aquellos que viven en la sociedad ideal, son gente como cualquier gente o, como dice Tomás Moro, gente como cualquier inglés de su propia época. Lo que hace distintos a los ciudadanos utópicos no es su constitución física, su potencialidad mental, su religión o su raza. Lo que los hace distintos no es nada que sea propiedad de un individuo o de un grupo. Lo que es diferente en la isla Utopía es la forma de organizarse socialmente, la manera de configurar las relaciones entre los individuos y los grupos, la estructura de poder, el funcionamiento de las instituciones, las reglas para la distribución de la riqueza colectivamente generada y para acceder a los satisfactores materiales y espirituales, la definición de los derechos y las obligaciones de todos y de cada uno. O sea, lo que suele llamarse “organización social”. Es el mismo tipo de gente que habita la isla Utopía y la isla Inglaterra, con las mismas debilidades y fuerzas, con las mismas inclinaciones y limitaciones. Pero los utópicos optaron por valores diferentes, de acuerdo con los cuales han organizado de modo diferente, opuesto, su sociedad.

Ahora bien, Moro no escribe un tratado filosófico, no elabora un texto académico sobre valores y su relación con la estructura social o sobre economía y conflicto social, no efectúa una comparación explícita entre las dos islas, la suya y la deseada. Pero ¿acaso hay posibilidad de que no se entienda claramente lo que quiere decir? Apenas un cuarto de siglo después del llamado descubrimiento de América, del continente adonde viajan miles y miles de europeos para buscar a toda costa el metal áureo como garantía de la felicidad, Moro narra las costumbres de una sociedad donde se usa el oro para hacer bacinicas y para esposar a criminales, una sociedad, donde solamente los niños usan piedras preciosas y perlas y donde, cuando alguien va ataviado con este tipo de adornos para darse importancia, tendrá que ser un extranjero: “Era de ver cómo los niños, que ya habían renunciado a gemas y perlas, al divisarlas en los sombreros de los embajadores, decían a sus madres, dándoles con el codo: ‘Mira, madre, ese gran pícaro va adornado con perlas y piedrecillas como si fuera un niño.’ Y la madre muy seria: ‘Calla, hijo, debe ser algún bufón de la embajada.’”

Claves para reconocer el mundo al revés

En Utopía se valoran otras cosas que en Inglaterra y, en consecuencia, en Utopía no se producen las divisiones y las luchas que hay en Inglaterra. Los de Utopía son iguales a los de Inglaterra, pero tienen otro orden. Han establecido un orden que no conoce la diferencia entre ricos y pobres, entre unos que detentan el poder y se apropian de la mayor parte de los bienes y los demás que tienen que trabajar para los primeros. En Utopía la vida pública y privada está organizada de tal forma que hay todo para todos. Por consiguiente, no se genera la oposición irreconciliable entre el bien común y los intereses particulares y no se producen las injusticias y las escisiones sociales que caracterizan el resto del mundo conocido.

De hecho, como dice Moro y muchos otros analistas como él, lo que pasa es que los únicos que tienen un orden propiamente dicho, son los ciudadanos de Utopía. En el resto de Europa estamos hablando de los inicios del siglo XVI no hay orden, más bien, hay un enorme desorden. Es más: es un desorden que deja en el desamparo a los pobres y a los que no tienen poder, que son los mas.

Para reconocer mejor la calidad analítica del libro que contradice abiertamente la tan difundida apreciación de las novelas utópicas como meramente fantasiosas es conveniente fijarse en que toda la primera parte del libro casi no habla de la isla lejana, sino de la patria del narrador: su gobierno, su corte real, sus problemas sociales son el tema. Una de las situaciones que más ampliamente se discute, es la forma de tratar a los ladrones. Recordemos que estamos en una época en la que se empieza a reducir cada vez más la tierra agrícola, destinando porciones crecientes de ella a la cría de ovejas para obtener la materia prima principal para la incipiente industria textil que luego se convierte en elemento detonador de la Revolución Industrial. Este proceso de sustitución significa, como posteriormente también en otras regiones del mundo, la expulsión de parte de la población rural. Unos pierden su tierra, otros su trabajo y muchos de ellos migran a los barrios miserables de las ciudades, se convierten en vagos o asaltantes; a estas masas de desplazados se agregaban aquellos que habían participado anteriormente en las guerras continentales y que estaban ahora también sin ocupación. Para controlar de alguna manera los conflictos surgidos de estas situaciones, se establecen sanciones draconianas: por ejemplo, el robo callejero es frecuentemente castigado con la muerte.

Para Moro, los criminales no son gente intrínsecamente perversa que hay que erradicar de la faz de la tierra, no son moralmente —genéticamente, dirían tal vez hoy— inferiores a la gente que se suele llamarse a sí misma ‘decente’. Son solo las circunstancias económicas y sociales que la llevan a actuar así, por lo cual “esa pena … es demasiado cruel para castigar los robos, pero no suficiente para reprimirlos, pues ni un simple hurto es tan gran crimen que deba pagarse con la vida ni existe castigo bastante eficaz para apartar del latrocinio a los que no tienen otro medio de procurarse el sustento”. De este análisis deriva la propuesta de que “…sería mucho mejor proporcionar a cada cual medios de vida y que nadie se viese en la cruel necesidad, primero, de robar, y luego, en consecuencia, perecer”.

Ha sido presentada aquí esta cuestión tan ampliamente, porque da la clave para todo el libro y, de hecho, para toda la tradición utópica de la que forma parte. Estamos ante un auténtico ejercicio de análisis social, aunque Moro no utiliza las formas a las que hoy, más de un siglo después de la creación de las ciencias sociales, estamos acostumbrados. Lo que se dice es que las personas son lo que son, en buena medida, gracias a las oportunidades que el conjunto social les ha otorgado. La causa del caos inglés reside en que a grandes capas de la población sólo se les deja la opción de sobrevivir robando a sus semejantes, mientras que los que tienen poder y riqueza sólo se ocupan de sí mismos. Una sociedad humana que merecería tal nombre, un verdadero orden social, sería distinto: habría oportunidades para todos, las mismas oportunidades para todos y no habría la impresión de existir una especie de conspiración de los ricos contra los pobres que no les deja muchas alternativas a éstos últimos…

Utopía: denuncia-diagnóstico-anuncio

Así, la primera parte del libro es la clave para entender toda la obra y toda la tradición a la que dio nombre este libro. Queda claro, pues, que aquí “utopía” no significa que alguien simplemente se sentó y pensó: ¿cómo sería una sociedad que a mi me gustaría? Es cierto que estamos ante el sueño de una sociedad ideal, una sociedad fraterna y justa. Lo importante es que también hay una idea bastante precisa de lo que significa “lo social” o “lo cultural” y de lo que es la relación individuo-sociedad, y esto mucho antes de que se inventaran las ciencias sociales. Moro sabe cómo hay que entender los fenómenos sociales y culturales, cómo se deben explicar y, por tanto también, cómo se pueden modificar. Si uno lee el libro desde esta perspectiva, entonces se ve que al hablar de una isla en los mares del sur, Moro habla, de hecho, de su Inglaterra, pero de una Inglaterra al revés. Doblemente al revés, podría decirse, porque lo que se está tratando de afirmar en cada página es esto: no es que el mundo soñado sea el mundo al revés, sino el mundo inglés —el actual mundo nuestro, el mundo caótico, el mundo como gran arena de lucha de todos contra todos, el mundo inhumano y por ello no-humano, el mundo injusto, violento, angustiante que nosotros vivimos todos los días, está al revés. En cambio, el mundo humano, el mundo que está ordenado de tal manera que tengan cabida en él todos y los sueños de todos, el mundo que es como debe ser, éste es el mundo de Utopía. U-topía es eu-topía… Nuestro mundo real es el que está de cabeza. Por esto, lo que nos aparece como mundo al revés, es el mundo como debería ser. Y, como queda claro también, es el mundo como podría ser: hay que cambiar las condiciones en las que vivimos nuestra vida de todos los días, hay que cambiar las reglas de la convivencia, hay que sustituir los mecanismos que hacen existir ricos y pobres, explotadores y explotados, opresores y oprimidos por otros mecanismos que permiten el acceso igual de todos a todo. Por ello, este texto no solamente es crítica y protesta. No solamente es un discurso moral. Es, al mismo tiempo, un diagnóstico. Trata de contestar la pregunta: ¿por qué hay ricos y pobres que se enfrentan? ¿por qué los pobres actúan así, por qué los ricos actúan asá? ¿por qué quienes tienen poder se conducen como se conducen? ¿por qué para vivir bien, hay que agredir, engañar, aprovecharse de los demás? O sea, no se exige simplemente: “no debe haber ricos y pobres”, sino se muestra las causas que hacen que haya ricos y pobres en una sociedad. Donde no hay tales mecanismos generadores, no hay tal división. Donde hay un verdadero orden social, nadie tiene que amasar riquezas para estar protegido. Donde hay un verdadero orden, la sociedad es la protección para cada uno de sus miembros: nadie tiene un incentivo para comportarse como lobo feroz para con los demás…

Pero, además, el diagnóstico moreano encierra una propuesta: si ustedes, los ingleses del siglo XVI, quieren salir del caos, del desorden que angustia a todos (aunque, cierto es, a unos más que a otros), de la injusticia, de la vida precaria para la mayoría, entonces solamente tienen que cambiar los mecanismos sociales que provocan estos fenómenos. Si quieren la sociedad distinta, con la que tantos —en el fondo todos— sueñan, si quieren una sociedad, donde los valores supremos serían, como se gritará generaciones después, los de la libertad, la igualdad y la fraternidad, tienen que aniquilar los mecanismos que actualmente evitan su advenimiento, tal y como lo hicieron los de la isla Utopía hace ya muchos años.

Así, lo que empieza como denuncia y pasa a ser diagnóstico, termina en propuesta, es más: en anuncio. Lo que nos cuentan de la isla Utopía, es lo que aquí, en esta isla Inglaterra, se puede realizar. Es anuncio, porque habla del sueño de todos. Es anuncio, porque siempre se ha esperado que esta sociedad perfecta se dé. Solamente que no se conocía el camino. Ahora se sabe que el camino no lleva a otra parte. El anhelo puede hacerse verdad aquí mismo, donde las cosas han estado de cabeza desde hace mucho tiempo. Sólo hay que ponerlas sobre sus pies. Nosotros podríamos ser como los utópicos no convirtiéndonos en otra especie de seres, no esperando la intervención divina, no exigiendo un heroísmo moral sobrehumano, sino simplemente reorganizando las relaciones sociales, creando y estableciendo reglas de convivencia que inhiban la apropiación privada de los recursos que han sido dados a todos, reglas que impidan que el poder sea usado por quienes lo ejercen en contra de quienes se lo otorgan, reglas que permitan la vida —la buena vida— a todos. No hay que viajar a otras partes: la felicidad que según los narradores hay allá, podría tenerse aquí.

La utopía: alternativa aquí y ahora

Casi todos los textos utópicos de esta época de la civilización europea, que llamamos Renacimiento y también muchos posteriores, se asemejan al libro de Moro, que, como ya se dijo, dio el nombre a toda la corriente de pensamiento (y, como veremos, también de acción).

Siempre aparece la “otra” sociedad como la sociedad que es, como dice Moro al final de su libro, la “única digna, ajusto título, de tal nombre” , o sea, la única sociedad que realmente puede ser llamada sociedad humana, porque es una sociedad para todos los seres humanos y no una sociedad buena para unos cuantos a costillas de los demás. Y siempre aparece la sociedad del presente propio como la inhumana, perversa, como una sociedad que debe cambiarse para permitir la vida feliz a todos. Desde luego, hay aspectos del diagnóstico que varían. ¿Puede extrañar este hecho? Claro que no: cuando leemos hoy en día tratados económicos, sociológicos o politológicos, también nos damos cuenta que los diferentes autores y corrientes teóricas tratan o enfatizan de modo distinto determinados aspectos de la realidad y los relacionan de varias maneras, tanto en el análisis como en la propuesta.

Conforme avanza el siglo XIX, este tipo de textos empieza a perder fuerza y presencia, entre otras razones, porque en aquel tiempo se consolida en el seno de la civilización noratlántica una nueva y particular forma de conocimiento, la llamada ciencia, que empieza a abarcar, de modo cada vez más exclusivo, el análisis sistemático de la esfera socio-cultural, al igual que ya lo estaba haciendo con respecto a las esferas de lo anorgánico, lo orgánico, lo psíquico, etc. Pero son solamente las “novelas políticas” que se desvanecen, mientras que muchas otras manifestaciones de la tradición utópica siguen dándose. Y esto es así, porque el sueño utópico no se deja desbaratar y la protesta contra la vida tan poco feliz de tantos no se deja acallar, no mientras que la vida en este planeta no sea como “debe de ser”.

Esto último nos lleva a considerar un poco más de cerca otras expresiones de la tradición utópica.

Raíces del sueño utópico

La raíz de la tradición utópica tiene dos caras. Una es la negativa testaruda de aceptar en la vida de uno y los demás el sufrimiento evitable, la pobreza injustificable, la opresión despiadada, el trabajo mal pagado, la dignidad pisoteada, la extranjería en tierra propia, la vida sin perspectiva, la muerte antes de tiempo; tal situación es diagnosticada como resultado de un orden configurado de modo erróneo por los seres humanos. La otra cara es la convicción irrenunciable de que el destino del ser humano, de todos los seres humanos debe ser otra cosa, que a la maravilla de la existencia humana, que se percibe en los momentos más felices en la soledad o en buena compañía, debe corresponder una pauta de convivencia igualmente maravillosa. Tal situación es supuesta a veces en otra parte del mundo, a veces en el futuro más cercano o más lejano. El diagnóstico vincula la protesta y la denuncia con la acción contestataria y el intento transformador, pues revela el orden actual como desorden e identifica los mecanismos que mantienen la miseria económica, psíquica y espiritual y, así, lo que debe ser modificado profundamente. La insistencia en lo inaceptable del presente y el intento fundado de modificarlo —o, al menos, el intento de seguir resistiendo su fuerza deshumanizadora— se amalgaman en el anuncio del mundo mejor.

Naturalmente, las víctimas más inmediatas del desorden, los pobres de todos los tiempos y de todas las latitudes, son los guardianes más firmes del sueño utópico y los promotores más tenaces del cambio, por más que una y otra vez sus voces han sido ahogadas y sus vidas truncadas. Esto explica también por qué, a diferencia de otros proyectos de cambio social y otros movimientos rebeldes, la perspectiva utópica no aspira a una sociedad un poquito mejor que la presente, una sociedad donde esto o aquello sea un poco diferente. No, el proyecto utópico es radical no sólo porque nace y renace en medio de los que pagan el costo más alto por el caos, sino también porque anticipa la instauración de una sociedad totalmente distinta de la actual; por esto también son sinónimos de utopía: la sociedad perfecta, la sociedad totalmente buena, la sociedad buena para la totalidad de sus miembros. De hecho, uno podría y debería decir que exige a secas la sociedad humana, porque solamente la sociedad que aparece en los sueños utópicos merece el nombre de comunidad de los humanos, hogar de los humanos, hogar de todos los humanos.

Esta esperanza utópica —esperanza activa, analítica, creativa, militante— se ha expresado a lo largo de los tiempos de modos tan variados y diferentes como lo han sido y como lo son las situaciones de opresión y explotación y las culturas en cuyo medio se generan y se repiten estas situaciones escandalosamente insatisfactorias. Esto implica que solamente pocas veces se han manifestado de modo escrito. A pesar de que su historia es tan larga como la historia de la escritura, sería un grave error reducir la tradición utópica a textos, pues, aparte de todo lo demás, significaría perder de vista el sustrato social del cual en última instancia se nutren textos como los arriba comentados.

Las manifestaciones utópicas populares se hallan en mitos y leyendas, cuentos y fábulas, en canciones, cuadros y versos, en sátiras y chistes, en muchos aspectos de la religión. Se materializan en fiestas, ritos y costumbres. Algunas veces se hacen presentes en la impugnación abierta del poder establecido y, en mucho más ocasiones, en la negación callada a cumplir sus órdenes. Y a veces hacen su aparición en el sabotaje, la revuelta, la rebelión, el estallido revolucionario. En todas estas manifestaciones aparecen —aunque en no pocas circunstancias difíciles de reconocer por la distancia histórica o la distancia cultural— una y otra vez los mismos símbolos de la buena vida actualmente vedada; en las propuestas, a veces incluso fragmentariamente realizadas, se puede advertir la misma conciencia de las causas que atrasan la llegada del mundo mejor al que se sabe tener derecho.

Valgan aquí dos ejemplos particularmente documentados: los rituales de inversión y las rebeliones recordadas.

Un caso paradigmático del primer ejemplo lo constituye el carnaval del Medioevo y del Renacimiento europeos, aunque también lo podemos encontrar en épocas posteriores. Ha sido demostrado numerosas veces que “carnaval” no significaba entonces, como a menudo hoy, la presentación de un espectáculo de unos cuantos para otros muchos, sino que se trataba de temporadas en las cuales el orden habitual en las ciudades se modificaba por completo: el gobierno de la ciudad entrega a cierto tipo de gentes, que ordinariamente no tienen poder, las llaves de la ciudad y todos participan en una larga fiesta —no pocas veces con rasgos orgiásticos—, en la cual comida y vestimenta, comportamiento y temporalidad son diferentes de lo “normal”, donde las reglas usuales para la relación entre géneros, generaciones y estamentos están suspendidas, donde los límites entre ricos y pobres, entre lo sagrado y lo profano, entre lo masculino y lo femenino, entre lo decente y lo indecente, entre lo serio y lo risible, entre lo permitido y lo prohibido no sólo se disuelven, sino donde con gusto especial se hace lo que comúnmente no se debe hacer.

Por más que después de la subversión festiva regresa el orden acostumbrado, se ha experimentado —y se experimenta cíclicamente— un orden diferente. Es más, se experimenta que la “normalidad” puede ser otra, que puede ser cambiada. Que el orden que se aprende desde la infancia y el cual es mantenido, en última instancia, por la violencia simbólica y física, no es “natural”, que existen alternativas. Cierto es que en la vida real de todos los demás días el siervo no monta caballo ni hay banquete y trago libre para todos —de la misma manera como el príncipe no se casa con la campesina—, pero si en tiempos extraordinarios y espacios limitados se vuelve realidad lo que uno conoce de los cuentos, donde domina lo bueno, lo bello, lo agradable, lo cordial ¿por qué no seguir soñando con una cotidianidad diferente, libre de todo lo que hace tan insoportable la vida ordinaria?

Mayor “densidad utópica” aún que en los así llamados “ritos de inversión” —que la antropología ha testimoniado en muchas culturas muy diferentes entre sí— encontramos en movimientos contraculturales, epopeyas rebeldes y tentativas revolucionarias en las que la destrucción de pilares del orden impugnado se ha combinado con el establecimiento inicial de un orden alternativo para la convivencia.

El “Imperio de Bello Monte”, fundado en el noreste brasileño por Antonio Conselheiro es uno de los intentos más llamativos en la historia latinoamericana de crear un reino perfecto. Religión, propiedad, trabajo y sexualidad son reorganizados en el marco de una colectividad donde todos tienen su lugar y donde el lugar de cualquiera es un lugar importante, un “experimento” utópico para cuya aniquilación a fines del siglo pasado el gobierno federal necesitó varias expediciones militares.

Aunque estas revueltas y comunidades subversivas hasta ahora siempre han quedado cortas con respecto a la promesa cuya realización definitiva presagiaban, han contribuido a mantener vivo el sueño utópico e incluso han creado más símbolos en los que se condensa la protesta contra lo actual y el anuncio de lo nuevo que está por venir, cuando se actúa adecuadamente, o sea, en concordancia con el anhelo de que toda la vida humana que la vida de todos los seres humanos sea vida en plenitud.

Bloqueos anti-utópicos

Se comentó al inicio de este texto que algunas personas asocian con la palabra utopía no la idea del sueño diurno agradable o de la fantasía hacia adelante (aunque muy probablemente les parezca inútil y hasta contraproducente por desviar la atención del mundo real), sino lo contrario: la pesadilla. Es cierto, que hay toda una serie de novelas políticas realmente terroríficas, que describen un mundo futuro espantoso y repugnante. Por todo lo anteriormente expuesto, esta clase de escritos no deben llamarse “utopías”, sino “anti-utopías”; ciertos estudiosos los han llamado “utopías negras” o “contra-utopías”. Escritos, a veces auténticos tratados anti-utópicos son tan antiguos como las utopías. Tienen una función simple y clara: evitar que se practique el sueño utópico. Porque la utopía es intrínsecamente peligrosa. Todas las manifestaciones de la esperanza utópica —desde el canto hasta el ritual y, obviamente, la movilización política— demuestran la fragilidad del desorden existente, recalcan que su mantenimiento depende de una opción colectiva y llaman a subvertirlo. Hay una amplia gama de estrategias para inhibir el sueño utópico, suprimir el impulso utópico, impedir el movimiento utópico.

Una de estas estrategias, que se utiliza desde hace muchísimo tiempo, es la ridiculización. Por ejemplo, en la Edad Media europea, a los pobres que soñaban con el paraíso terrenal, Arcadia y Cucaña, se los trataba de poner en evidencia: son holgazanes, vagos, glotones, borrachos, desenfrenados, lujuriosos. Buscan la vida fácil que no existe, no quieren trabajar e incluso incitan a quitar sus bienes y hasta sus mujeres a los demás. ¿Será que lo hacen porque son tontos? ¿O es que se hacen tontos? En todo caso hay que bloquearlos. Hay que demostrar que quien cultiva estas ideas no es gente seria.

Otra manera de tratar de bloquear la utopía es (aparte, claro está, de la reclusión o de la eliminación física de quienes elaboran o difunden ese tipo de ideas) la anti-utopía. En el siglo XX, esta estrategia ha producido una serie de ejemplos notables. Recuérdese solamente la novela 1984 de G. Orwell, que provocó durante el año de referencia un alud de comentarios en revistas, periódicos, suplementos culturales, mesas redondas y eventos de todo tipo.

En verdad, Orwell pinta en su famoso libro (escrito poco después de la Segunda Guerra Mundial) un mundo futuro escalofriante. Se halla dividido en tres grandes Estados, en uno de los cuales vive Winston Smith, llamado “el último hombre sobre la tierra”. Su sociedad y su vida cotidiana se encuentran total y permanentemente vigiladas. Esto sucede no solamente a través de ciertos aparatos que permiten saber a los guardianes del orden en todo momento qué es lo que cualquier ciudadano hace, sino también a través de la historia oficial. Cada vez que cambian las alianzas entre los tres Estados, que se encuentran en guerra permanente, se reescribe los libros de historia y se sustituye los documentos y libros de antes. Además, se impone a los ciudadanos una “neolengua”, donde las palabras tienen un sentido diferente del que anteriormente tenían. Como también en esta sociedad, el idioma sirve tanto para expresarse acerca de la realidad como para percibirla, se trata de un control sin precedente sobre los pensamientos y sobre la forma como se percibe el mundo. Muy importante es también una serie de ritos destinados a cimentar la lealtad para con el sistema —personalizado en la figura de un mítico líder— y a denunciar a quienes muestran el más mínimo signo de inconformidad. De este mundo no hay escape y quien lo intenta es destruido como ser humano. De hecho, la novela es en buena parte la historia de un intento de rebelión que termina con la derrota; Winston Smith traiciona a la persona que más quiso y es convertido en una marioneta más: “…la lucha había terminado y el triunfo era completo, definitivo, rotundo. Winston acababa de triunfar sobre sí mismo. Ahora amaba al Gran Hermano …”.

Hay otras anti-utopías muy conocidas de este tipo, tales como El mundo feliz y Fahrenheit 451. Varias han sido difundidas con éxito como películas, tales como Cuando el destino nos alcance, Rollerball o Robocop. En todas ellas y muchas más se dibuja con bastante verosimilitud la sociedad del futuro que los seres humanos podremos habernos creado dentro de unas cuántas décadas. De hecho, este futuro contiene numerosos elementos tecnológicos de alguna manera conocidos (medios de transporte, artefactos electrónicos, armas) y también situaciones sociopolíticas familiares (las instituciones son poderosas y opacas, el individuo no cuenta, hay guerras y terror por doquier). La tecnología es particularmente importante en estas obras, porque ha sido en nuestra civilización, desde hace mucho, indicador y también promesa del progreso global; al mismo tiempo, empero, el avance tecnológico siempre ha provocado preocupación y hasta pavor, porque sobran las experiencias del uso de la tecnología para reforzar las estructuras de poder existentes, para controlar la vida, el trabajo y hasta el pensamiento de las personas y para hacer la guerra. Es decir, el futuro divisado contiene de modo desarrollado lo que aquí, en nuestra sociedad, ya sentimos como inquietante y amenazante.

Las sociedades futuras con las que nos vemos confrontados en estas obras son sociedades terriblemente violentas: los gobernantes son monstruos crueles, hay manipulación ideológica, psíquica y hasta genética, existen vigilantes del orden casi todopoderosos y criminales de la misma condición, la tortura y la ejecución son utilizados sin reservas para amedrentar y eliminar a reales o posibles opositores, la uniformidad del pensamiento es procurada por indoctrinación, medios electrónicos y sustancias químicas, la libertad no existe, la angustia es la sensación preponderante; a todo esto se agrega que muchas veces son sociedades, donde las condiciones de vida son tristes y hasta miserables, al menos para la mayoría. La función social de estas anti-utopías se revela fácilmente cuando uno recuerda, por ejemplo, el tono de muchos comentarios hechos durante 1984. Entonces, en México y en muchas otras partes donde circulaba y se discutía el libro de Orwell, se podía notar una cierta alivio. “Menos mal —parecía ser la conclusión—, la situación actual es bastante mala, pero por fortuna no hemos llegado (aún) al mundo del terror preconizado en este libro.”

¡Exactamente de eso se trata! Ese es el mensaje amenazante de las anti-utopías: “¡No hagan olas! Aunque estemos mal, aunque hay violencia creciente en todas partes, aunque parece que la crisis no termina nunca, aunque la tecnología crea a veces más problemas de los que resuelve, aunque no nos guste el orden político del país y nos alarman las noticias de tantos conflictos violentos en todo el mundo… ¡sobrevivimos! Pero hay que darse cuenta que la estabilidad es precaria. ¡Su debilitamiento podría desembocar en un futuro que será mucho peor que el presente y entonces todos perderíamos! En consecuencia: es conveniente reducir las demandas, congelar los sueños, contentarse con lo que hay.”

Las anti-utopías reconocen, al igual que las utopías, que el orden actual es insatisfactorio en muchos aspectos. Y también reconocen que es frágil, porque está hecho —y por tanto puede ser modificado— por los humanos mismos. Pero a diferencia de las utopías, las anti-utopías sugieren que hay que mantener a toda costa lo existente, porque el intento de cambio sólo empeorará la situación. Admiten que actualmente hay problemas, pero que al tratar de intervenir hoy demasiado, mañana todo podría salirse del control. Predican renunciar al sueño utópico, identificándolo perversamente con la pesadilla.

Un poderoso apoyo encuentran estas anti-utopías en gran parte de la literatura de ciencia ficción (y, tal vez más, en las películas de este género). Pocas son las obras en las que el contacto con una civilización extraterrestre se desarrolla de tal manera que permite presagiar un intercambio cultural enriquecedor. La mayoría de las veces, otros planetas están habitados por seres terroríficos, agresivos y dotados de fuerzas destructivas mayores aún que las nuestras y nosotros somos el blanco como, por ejemplo, en El día de la independencia. Aunque estas obras no son propiamente anti-utopías, contienen y difunden ideas claramente anti-utópicos: asocian el futuro inevitablemente con la amenaza, el sufrimiento casi general, el horror, la destrucción.

Realismo utópico de fin de milenio

Al igual que las fronteras entre los pueblos, los límites entre las épocas no son nada natural, sino creaciones humanas. Hay muchas oportunidades para caer en la cuenta de esto. Por ejemplo, cuando se quiere saber el momento en que termina este segundo milenio y comienza el tercero: ¿será el primero de enero del año 2000 o el primero de enero del año 2001?

Aún así, fechas de calendario son útiles, porque pueden constituir invitaciones a hacer un alto en el camino. A veces, para cultivar la nostalgia (como en el famoso fin de siècle centroeuropeo al final del siglo XIX). Otras veces, para practicar hasta el exceso la retrospectiva (como en 1992, cuando el debate intelectual —incluso en América Latina— parecía orientado más hacia la definición del carácter del primer contacto europeo-americano cinco siglos atrás que hacia la dilucidación de las contradicciones sociales y culturales actuales en el seno de las sociedades americanas y de sus perspectivas a futuro). Otras más, para alentar el miedo: ¿qué horrores nos esperan?

Actualmente, nuestra mirada hacia el futuro se encuentra bajo la influencia de la conocida propuesta, fortalecida enormemente por la caída emblemática del muro de Berlín, de que se ha llegado al “fin de la historia”. Tomado en su significado más crudo, este enunciado no pregona la pronta terminación de la existencia de la especie humana (por más que haya razones para temerla), sino el final de la fase de búsqueda y experimentación con respecto al modelo fundamental de convivencia social. Conocemos ahora, se nos quiere adoctrinar, la estructura básica de la única forma viable de organización socioeconómica y política; lo único que hace falta es instrumentarla en todo el mundo y avanzar, poco a poco, en la resolución de algunos problemas que, por graves que puedan parecer, son solamente técnicos, pero no de fondo. Esta manera de ver las cosas se encuentra aliada con otra, que suele identificarse con el vocablo “posmodernidad”. Según ésta, todas las grandes doctrinas y teorías de antaño han perdido valor explicativo y función orientadora. Ahora bien, ¿qué hay que hacer, cuando se ha perdido la orientación? Por lo pronto, al menos, no hay que tomar decisiones: es mejor quedarse donde se está, pues moverse podría llevar a perderse más aún.

La pregunta que surge en seguida es con qué cara se puede sugerir para el caso de América Latina y el resto de los pueblos y países del “sur” que se ha llegado a “la disolución del concepto mismo de progreso” ? ¿Cómo puede seguir recomendándose el realismo de seguir aceptando lo que supuestamente se está “globalizando” sin remedio: las reglas del mercado y de la banca, el Estado nacional, la producción industrial a gran escala y con costos energéticos y ambientales exponencialmente crecientes para aquellas partes del mundo, donde el problema principal para la mayoría no es el de cómo enfrentar la experiencia estética de collage, sino el de lograr hoy y mañana y pasado mañana la sobrevivencia física y de encontrar alguna perspectiva para los hijos? ¿Acaso no la más superficial observación de la realidad socio-cultural lleva la mirada hacia otro tipo de sociedad, hacia un modelo de organización social radicalmente distinto del actual? ¿Quien más, aparte de quienes en las islas de la opulencia —en el norte y en el sur— se benefician del desorden actual, puede defenderlo como “sin alternativa” y exigir enérgicamente calma y realismo?

Frente al realismo de los expertos bursátiles y de los caudillos empresariales, que celebran como triunfo recortes de la planta laboral, frente al realismo de los políticos, que justifican cada nueva exacción de los pobres con el estribillo de que no hacerlo empeoraría la situación de éstos últimos, frente al realismo de los líderes de movimientos ciudadanos y partidos políticos, que convierten enojo y desesperación populares en base para su propio ingreso al círculo de los privilegiados, frente al realismo de los científicos, que legitiman visiones supuestamente prospectivas que no son otra cosa que extrapolaciones del presente, frente al realismo que se arregla con aparatos judiciales corruptos y con asignaciones presupuestales amañadas, frente al realismo que se queda mudo ante tanta violación masiva de los derechos humanos por parte de precisamente aquellas instancias que han sido creadas para garantizarlos; frente a todos estos realismos se hace necesario otro: el realismo utópico.

Como se ha demostrado en este texto, abogar por el realismo utópico no significa quedarse en el ámbito del discurso moral o del voluntarismo ciego con respecto a la realidad. Significa un acercamiento analítico-prospectivo que parte de la convicción de que ésta última no está en orden. Parte de la protesta que se articula sin cesar en el lado oscuro del mundo actual y reconoce que esta protesta se nutre precisamente de la convicción de que puede haber luz para todos. Insiste en que explotación y opresión no han desaparecido a pesar de que muchos científicos sociales han dejado de utilizar estos vocablos para describir la situación. Asevera que la atención a diversidad y mestizaje culturales complementan pero no sustituyen el estudio del conflicto social fundamental y de la dominación. Va al fondo de la denuncia de las oportunidades negadas a la mayoría de los seres humanos para identificar los mecanismos responsables de que su situación no sea la que podría ser. Elabora y re-elabora constantemente la dirección en la que hay que moverse para subvertir esta situación.

Los rasgos de la sociedad futura no están claros aún y no se encuentran formulados de modo definitivo en ningún lado. Esto es así porque el mundo es en principio “inconcluso” y sigue siendo “una tarea, … un modelo, … un intento para el que no hay ejemplos conocidos que seguir”. Pero el perfil de este mundo ideal del futuro emerge al revisar las largas tradiciones utópicas de todos los pueblos de la tierra. Entonces aparece en las incontables expresiones de anhelo y desaprobación, en las imágenes subversivas de la sociedad totalmente diferente y los intentos de hacerlas realidad, en la decepción de quienes lo han tratado sin éxito y en el recuerdo de quienes dejaron su vida en el ensayo. Es en este sentido que el realismo utópico tiene sus pies en la tierra, aunque sea tierra del exilio, ya que “une lo imaginario y lo real para la transformación de las situaciones injustas y la búsqueda del bien social” , dirigiendo la teoría y la práctica hacia la humanización del universo a la que apunta la naturaleza humana misma.

Es impaciente e iracundo este realismo utópico, que se basa en, más no se contenta con lo que es y que entiende los logros del presente como anticipos de un porvenir humano el cual, sin embargo, no se encuentra garantizado, sino que precisa de la acción humana para darse. Es impaciente, porque cada muerte prematura individual más, cada etnia extinguida más, cada propuesta ahogada más nos priva de una faceta de nuestro mundo posible. Es iracundo porque el desorden social no es natural, no es destino, sino establecido y mantenido y porque tan poco se trabaja para afinar el análisis desde abajo, desde la raíz de la utopía.

Este realismo utópico, tan necesario antes ya del inicio del nuevo milenio, incluye siempre la crítica del bloqueo anti-utópico y la incitación a cultivar el soñar con la sociedad ideal, que es la sociedad reclamada por la naturaleza humana misma. Frente al fin de la historia, afirma lo inacabado del mundo; frente a la ridiculización del sueño diurno, descubre el presente como pesadilla de la que hay que despertar; frente al miedo que se alimenta de la prolongación hipotética de lo peor que hay en el presente, insiste en el potencial real de las tendencias humanizadoras que se proyectan, entre otros, en tantos movimientos de solidaridad actuales; frente al menosprecio de la participación de quienes hasta ahora han estado casi siempre callados, asegura que es tiempo que tomen la palabra y la iniciativa; frente a la recomendación aparentemente sensata de la espera paciente, defiende la urgencia vital de la esperanza ilustrada y activa, que, anticipa, en teoría y praxis, la eu-topía, la patria-hogar que sustituirá por fin el no-lugar actual de los más.

Así, soñar en medio de la crisis actual puede contribuir a que en vez de un milenio más se inicie otro milenio.
 

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