LA ECOLOGÍA DE MARX. Materialismo y naturaleza.

Por: Concepción Cruz
Fuente: Kaos en la red (05.01.09)

(John Bellamy Foster. La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. Barcelona: Ediciones de Intervención Cultural/El Viejo Topo; 2000

LA ECOLOGÍA DE MARX (1ª Parte)

«Para entender los orígenes de la ecología es necesario comprender las nuevas visiones de la naturaleza que surgieron con el desarrollo del materialismo y de la ciencia entre los siglos XVII y XIX»
       
Con los libros pasa como con las personas, raras son las veces que te topas con alguno muy especial que te entusiasma, te sorprende y subyuga. Pues eso es lo que he sentido con el libro de John Bellamy Foster, profesor de sociología de la universidad de Oregon y activista muy interesado en las cuestiones ecológicas.

Si de algo no se le puede tachar a este trabajo de Foster es de superficial: todo el texto es un compendio de erudición, rigor científico, profundidad y meticulosidad extrema. Pero eso no es lo más importante de su obra. Yo destacaría sus interesantes aportaciones y conocimientos para cualquier disciplina, sea del ámbito sanitario, social, de la biología y hasta de la tecnología. Y es que este libro, aunque trate sobre ecología, en realidad nos está mostrando el camino para aplicar con rigor, desde una perspectiva materialista (e histórica) y dialéctica, el estudio del conjunto de las ciencias que ha estado demasiado tiempo a merced de las corrientes positivistas.

John Bellamy Foster se fue dando cuenta a lo largo del tiempo de que su base materialista y filosófica para el análisis de los temas ecológicos adolecía de importantes lagunas y decidió volver a los fundamentos del materialismo, a reexaminar desde el principio la teoría social y su relación con la ecología dialécticamente, esto es, atendiéndose a su surgimiento. En este recorrido histórico descubrió que el origen del materialismo de Bacon o Marx se remontaba a la filosofía materialista antigua de Epicuro. 
En la primera parte del libro, que supone un compendio de los propósitos del autor a modo de introducción, Foster comienza diciendo:

“El argumento que expone el presente libro se basa en una premisa muy sencilla: en que para entender los orígenes de la ecología es necesario comprender las nuevas visiones de la naturaleza que surgieron con el desarrollo del materialismo y de la ciencia entre los siglos XVII y XIX” 

A pesar de que la discusión general se estructura en torno a la obra de Darwin y de Marx,  es sobre este último sobre el que se centra el texto, dada la importancia que el autor le da a las corrientes ecológicas revolucionarias, vinculando la transformación social con la transformación de la relación humana con la naturaleza, como formas que actualmente se consideran ecológicas.

A continuación presento algunos extractos de esta introducción del libro:

MATERIALISMO

Según Roy Bhaskar, un materialismo filosófico racional comprende:

1)          Materialismo o­ntológico, que afirma la dependencia unilateral del ser social respecto del ser biológico (y en un sentido más general del ser físico) y el surgimiento del primero a partir del segundo.

2)          Materialismo epistemológico, que afirma la existencia independiente y la actividad trasfáctica (esto es, causal y sometida a leyes) de, al menos, algunos de los objetos del pensamiento científico.

3)          Materialismo práctico, que afirma el papel constitutivo de la acción transformadora humana en la reproducción y transformación de las formas sociales.

El materialismo de Marx fue práctico, pero también epistemológico y o­ntológico. Sin embargo, Marx en su “Tesis sobre Feuerbach”, consideraba que todas las formas anteriores del materialismo (incluido Feuerbach que buscó desarrollar una alternativa al materialismo mecanicista) y muy especialmente la de Epicuro, fue presa de un materialismo puramente contemplativo.

El libro recalca que Marx, aunque le dio al materialismo un sentido práctico, nunca abandonó su compromiso con la concepción materialista de la naturaleza   (el sentido o­ntológico y epistemológico), que fue esencial para el análisis marxiano.

Desde una perspectiva materialista -nos sigue diciendo Foster-, Marx adoptó un enfoque a la vez realista y relacional (dialéctico), insistiendo en la perpetua y estrecha relación entre la ciencia natural y social. Gran parte de la filosofía y la ciencia social (o de los pensadores del campo de las ciencias humanas) contemporánea (incluido algunos sectores del marxismo occidental) se han definido por su rechazo del crudo positivismo decimonónico con su visión mecanicista y reduccionista (a la que se atribuían ciertos notables éxitos en el desarrollo científico), pero al rechazar dicho mecanicismo, incluido el biologismo mecanicista de la variedad que representa el darwinismo social, también rechazaban cada vez más el realismo y el materialismo, y adoptaban el punto de vista de que el mundo social estaba construido en la totalidad de sus relaciones por la práctica humana –incluidos, en especial, aquellos aspectos de la naturaleza que afectan al mundo social-, con lo que simplemente negaban los objetos del conocimiento intransitivos (objetos del conocimiento que son naturales y que existen con independencia de los seres humanos y de las construcciones sociales)…lo que representó un giro en sentido idealista. Este biologismo, o darwinismo social extremo, es una preocupación que solo puede combatirse con eficacia mediante un materialismo crítico, no mecanicista, no reduccionista, que mantenga su vinculación con una concepción materialista de la historia, como han demostrado los naturalistas Richard Lewontin y Stephen Jay Gould.

LA ECOLOGÍA

En este apartado John Bellamy Foster nos dice que, aún cuando durante mucho tiempo  se ha denunciado la falta de preocupación ecológica por parte de Marx, está ahora suficientemente claro, tras décadas de debate, que esta visión no es acorde a la evidencia. Desde el principio la noción marxiana de la alienación del trabajo humano estaba vinculada con una comprensión de la alienación de los seres humanos respecto a la naturaleza. Era esta doble alienación la que necesitaba ser explicada.

Desde un punto de vista coherentemente materialista, sigue diciendo el autor, la cuestión no reside en el antropocentrismo en contraposición con el ecocentrismo –dualismo que, en rigor, en poco contribuye a que entendamos las condiciones reales, en continuo cambio, de la existencia humana dentro de la bioesfera-, sino que es, antes bien, una cuestión de coevolución.

La perpetuación de esta perspectiva dualista es intrínseca a gran parte de la teoría verde contemporánea, y ha conducido a veces a esa tradición a un crudo rechazo de la ciencia moderna,… En este extraño contexto idealista, en el que sólo importan los valores, desaparecen los temas histórico-materiales reales, y grandes luchas históricas e intelectuales quedan reducidas a meras frases.

Partiendo de este concepto de “dominio de la naturaleza”, Caudwell diría en “Ilusion and Reality” (1937): “…La plena comprensión de este mutua interpenetración del movimiento reflexivo de los hombres y la Naturaleza, con la mediación de las relaciones necesarias y en evolución, a las que llamamos sociedad, es el reconocimiento de la necesidad, no sólo en la Naturaleza, sino en nosotros mismos y, en consecuencia, en la sociedad. Vista objetivamente, esta relación sujeto-objeto es la ciencia; vista subjetivamente, es el arte. Pero, en cuanto conciencia que surge en activa unión con la práctica, es, sencillamente, vida concreta: todo el proceso de trabajar, sentir, pensar, actuar como individuo humano en un mundo de individuos y Naturaleza.”

Un análisis ecológico exhaustivo requiere un punto de vista que sea a la vez materialista y dialéctico. A diferencia de una visión espiritualista, vitalista, del mundo natural, que tienda a ver éste conforme a alguna finalidad teleológica, un naturalista ve la evolución como un proceso natural abierto, gobernado por la contingencia, pero susceptible de explicación racional. La vida (los organismos) y el mundo físico no existen en compartimentos estancos sino en una “unidad extraordinaria entre los organismos y el medio” donde los organismos en general no se limitan a adaptarse a su medio; también lo afectan de diversas maneras y, al afectarlo, lo cambian. La relación es en consecuencia recíproca. Y en este todo dialéctico, se encuentran los diferentes niveles de existencia donde no existe una finalidad general que guíe a las comunidades vivas.

Tal como Richard Levins y Richard Lewontin dicen en The Dialectical Biologist:“La ecología tiene que abordar los problemas de la interdependencia y la autonomía relativa, de la semejanza y la diferencia, de lo general y lo particular, del azar y la necesidad, del equilibrio y el cambio, de la continuidad y discontinuidad, y de los procesos contradictorios. Tiene que tener una conciencia cada vez mayor de su propia filosofía, y de que esa filosofía sólo será eficaz en la medida en que llegue a ser no sólo materialista, sino también dialéctica”.

LA CRISIS DE LA SOCIO-ECOLOGÍA

La intención de este libro, dice Foster, no es la de “enverdecer a Marx” con el fin de que resulte “ecológicamente correcto” sino la de destacar las debilidades que aquejan a la teoría verde contemporánea, tratando de trascender el idealismo, el espiritualismo y el dualismo de gran parte del pensamiento verde contemporáneo, mediante una recuperación de una crítica más profunda de la alienación de la humanidad respecto a la naturaleza, que ocupaba un aspecto importante en la obra de Marx (y en la de Darwin).

Las ideas ecológicas de Marx se defienden en este libro mostrando, y demostrando, cómo éste se ocupó de forma sistemática con la revolución  científica del siglo XVII y el medio ambiente del siglo XIX, analizando la alienación humana respecto a la naturaleza, su interés respecto a la subsistencia humana y a la relación con el suelo, así como por toda la problemática de la agricultura capitalista. También fue fundamental con su línea de pensamiento su interés relativo a la división antagónica entre la ciudad y el campo y en su obra posterior abordó los problemas de la prehistoria y de las formas comunales arcaicas que se estudiaban en la literatura etnológica de la última década de su vida.

En definitiva, el libro refuerza la opinión de que la obra de Marx no puede entenderse plenamente sin una comprensión de su concepción materialista de la naturaleza y la relación con la concepción materialista de la historia.

LA ECOLOGÍA DE MARX (2ª Parte)

Las sociedades, las naciones «no son propietarios de la tierra. Son simplemente sus posesores, sus beneficiarios, y tienen que legarla en un estado mejorado a las generaciones que les suceden»-Marx.

En el apartado del libro TEORÍA DE MARX DE LA FRACTURA METABÓLICA, John B. Foster nos señala que la crítica que hace Marx de la agricultura capitalista, así como su contribución al pensamiento ecológico, debe entenderse en el contexto de la segunda revolución agrícola[1] que tuvo lugar en su época. Tanto Marx como Engels hacían referencia a cómo esta revolución científica asociada con J. von Liebig y rebatían los miedos malthusianos acerca de la escasez de alimentos para una población creciente.

Foster nos documenta ampliamente sobre la influencia que Liebig tuvo en Marx y cómo tras su estudio cuidadoso éste desarrolló una crítica sistemática de la “explotación” capitalista del suelo. Así, en el tomo III de El Capital, explica de qué forma la industria y la agricultura a gran escala se combinaban para empobrecer el suelo y al trabajador, que se resume en el notable pasaje final de “La génesis de la renta capitalista del suelo”: El latifundio reduce la población agraria a un mínimo siempre decreciente y la sitúa frente a una creciente población industrial hacinada en grandes ciudades. De este modo da origen a unas condiciones que provocan una fractura irreparable en el proceso  interdependiente del metabolismo social, (…). El resultado de esto es un desperdicio de la vitalidad del suelo, que el comercio lleva más allá de un solo país…la industria a gran escala y la agricultura a gran escala explotada industrialmente tienen el mismo efecto. Si originalmente pueden distinguirse por el hecho de que la primera deposita desechos y arruina la fuerza de trabajo, y por tanto la fuerza natural del hombre, la segunda hace lo mismo con la fuerza natural del suelo, …(Páginas 949-950. Tomo III de El Capital).

 En el siguiente apartado del libro: EL ANÁLISIS QUE HACE MARX DE LA SOSTENIBILIDAD, el autor continua aportándonos citas memorables del Capital de Marx: El modo en el que determinados cultivos dependen de las fluctuaciones que se producen en los precios de mercado, y los constantes cambios en los cultivos con estas fluctuaciones de precio -todo el espíritu de la producción capitalista, que se orienta hacia los beneficios monetarios más inmediatos- está en contradicción con la agricultura, que debe preocuparse de toda la gama de condiciones permanentes de la vida que requiere la cadena de las generaciones humanas (Página 7754 del tomo I de El Capital).

Foster en su investigación minuciosa nos dice que esta idea de “la cadena de las generaciones humanas”, la había encontrado Marx a principios de la década de 1840 en Proudhon y nos señala cómo captaba la esencia misma de la actual noción de desarrollo sostenible, definida por la Comisión Brundtland[2] en 1987 en su informe para la ONU.

Marx expresa en otro punto esta misma idea esencial, “el trato consciente y racional de la tierra como propiedad comunal permanente” es “la condición inalienable para la existencia y reproducción de la cadena de las generaciones humanas”. Así, en otro pasaje verdaderamente esclarecedor de El Capital escribe Marx: Mirada desde una formación socioeconómica superior, la propiedad privada de la tierra en manos de determinados individuos parecerá tan absurda como la propiedad privada que un hombre posea de otros hombres. Ni siquiera una sociedad o nación entera, ni el conjunto de todas las sociedades que existen simultáneamente son propietarios de la tierra. Son simplemente sus posesores, sus beneficiarios, y tienen que legarla en un estado mejorado a las generaciones que les suceden, como boni patris familias [buenos padres de familia] (Página 911 del tomo I de El Capital).

En el apartado HACIA LA SOCIEDAD DE PRODUCTORES ASOCIADOS, Foster nos muestra las propuestas de Marx, y también de Engels, sobre la necesidad de trascender esta forma de alienación de la naturaleza en la que se basaba el capitalismo a través de una propuesta de sociedad futura donde se produjera una síntesis superior entre la ciudad y el campo. Dicha alienación de la naturaleza se desarrolla en las dos últimas partes del Tomo I de El Capital, donde Marx alude a leyes de la población, pero a unas leyes que difieren enormemente de la forma trashistórica (y esencialmente no evolutiva) que adoptan en la teoría de Malthus; al aumento de la polarización entre las clases de la población, la separación antagónica de ciudad y campo (que se reproduce a escala mundial al convertirse algunos países en meras fuentes de alimentos, en origen de materias primas para el desarrollo industrial del centro del sistema). Señalando que bajo el régimen artificial del capital, es la búsqueda del valor de cambio (es decir, del beneficio), en vez de la atención de las necesidades naturales, universales, auténticas, lo que constituye el objeto, el motivo, de la producción. La extrema polarización resultante entre una riqueza que no conoce límites, en uno de los polos, y una existencia alienada, explotada, degradada, que constituye la negación de todo lo más humano, en el otro, crea una contradicción que, cual línea de dislocación, recorre todo el sistema capitalista.

En el último capítulo del libro LA BASE DE NUESTRA VISIÓN EN LA HISTORIA NATURAL, Foster hace un repaso de las aportaciones que los materialistas pasados y contemporáneos de Karl Marx –desde Epicuro y el poeta Lucrecio, pasando por Darwin, Tyndall o Huxley- realizaron contribuyendo de forma decisiva al conocimiento de los fenómenos naturales y, en definitiva, al desarrollo de todas las ciencias (y no solo de la ecología).

El autor analiza minuciosamente los estudios de Tyndall[3], que nos muestra cómo Epicuro, a través de Lucrecio, había aportado la esencia de la visión científica moderna en su forma de tratar los átomos y el vacío y en su reconocimiento de que la materia no puede ser creada ni destruida. “La concepción imprecisamente grandiosa  [de Epicuro] de los átomos cayendo eternamente a través del espacio, sugirió a Kant, que fue el primero en proponerla, la hipótesis nebular”. No cabe duda de que los atomistas antiguos no tenían noción alguna del magnetismo ni de la electricidad, y no tenían, por tanto, modo de entender las fuerzas moleculares con sus polos de atracción y repulsión. La base inicial para los descubrimientos de Julius R. Mayer y otros científicos del siglo XIX respecto a la conservación de la energía se estableció de acuerdo con la idea de la indestructibilidad de la materia, tan claramente anunciada por los materialistas antiguos. 

Foster también hace un despliegue excepcional de la figura y contribuciones científicas de Darwin y su relación con Marx. Nos cuenta cómo Tyndall consideraba el gran logro de Darwin, el de tras haber considerado todos los detalles que supuestamente habían constituido las pruebas de los teleologistas, “rechaza [no obstante] la teleología y trata de referir todas esas maravillas a causas naturales”. Sin embargo, según Tyndall, el problema que Darwin no abordó era ¿de dónde surge la vida si no proviene de un Creador?, insistiendo en la visión de Lucrecio de que “Se ve a la Naturaleza hacer todas las cosas espontáneamente por sí misma, sin la intromisión de los dioses”.

El autor nos señala que Tyndall aunque alcanzó fama por contribuir, junto con Pasteur, a la definitiva crítica científica de la generación espontánea, insistió, no obstante, en numerosas ocasiones en que, en el profundo abismo del tiempo, la vida había surgido a partir de la materia, y que sus orígenes estaban relacionados con los del sistema solar, que debía explicarse mediante la hipótesis nebular de Kant y de Laplace. Había surgido, así pues, en un momento dado, a partir de la no vida, aunque las condiciones que hicieron posible tal surgimiento formaban parte de la historia del sistema solar y no perduraban ya. Siguiendo con su análisis de las contribuciones científicas de estos pensadores profundamente materialistas, Foster nos detalla que cuatro años antes, Huxley[4] había adoptado una postura similar (y presentaba sorprendente semejanza en líneas generales con las opiniones científicas que se mantienen hoy), en su Discurso Presidencial a la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, donde afirmó: “Si me fuera dado mirar más allá del abismo del tiempo geológicamente registrado, al período todavía más remoto cuando la tierra estaba pasando por condiciones físicas y químicas que ya no pueden volver a ver en mayor medida de lo que un hombre puede recordar su infancia, esperaría ser testigo de la evolución del protoplasma vivo a partir de la materia no viviente”. 
Dejaremos para el epílogo de este apasionante libro el nexo de unión de estos descubrimientos científicos con las contribuciones de Karl Marx a la ecología y las aportaciones de autores posteriores a él.
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[1] La segunda revolución agrícola se produce, según nuestro autor, entre 1830 y 1880 y se caracterizó por el crecimiento de la industria de los fertilizantes y el desarrollo de la química del suelo asociado a la obra de Justus von Liebig. El   punto de inflexión de esta segunda revolución agrícola fue el encargo que la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia hizo a Liebig, en 1837, de un trabajo sobre la aplicación de la química a la   agricultura, y la publicación en 1840 del libro de éste “Química agrícola”.

[2] La Comisión Brundtland define el desarrollo sostenible como “el desarrollo que satisface a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer sus necesidades”.

[3] John Tyndall, físico del siglo XIX, autor de “Fragments of Science” (Nueva York, 1892).

[4] Thomas Huxley, biólogo y, autor de “Evidence as to Man’s Place in Nature” (Nueva York , 1863).

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