La pornografía deforma la sexualidad y acentúa el ominio machista

Por: Adán Salgado Andrade
FUENTE: wERKEN rOJO (26.02.22))

La sexualidad es imprescindible para mujeres y hombres. Sin ella, no se da un buen desarrollo emocional.

Por desgracia, también es un tabú, que sobre todo la iglesia católica, durante tantos siglos de dominación “espiritual”, impuso. En las sociedades antiguas, era algo natural, pero con la entrada de padres, monjas, conventos, papas, se hizo ver como algo malo, corruptor y que sólo “enfermaba” a las “almas de Dios”. Sólo se acepta como condición para reproducirse, entre una mujer y un hombre casados, los que “deben llegar vírgenes al matrimonio y el producto de esa unión, deben de ser los hijos” (ver: https://www.usccb.org/topics/natural-family-planning/love-and-sexuality).
Así que tanta atadura de prejuicios – difundidos por casi todas las religiones –, deformó al concepto de sexualidad y a ella misma.

A la fecha, se objeta, incluso, en países “adelantados”, el impartir una objetiva educación sexual. Eso evitaría, entre otras cosas, que chicas y chicos crezcan con prejuicios o falsas ideas de lo que la verdadera sexualidad es. Y a falta de guías, muchas y muchos, recurren a la maestra favorita, o sea, la pornografía.

Definida como la exposición explícita del intercurso sexual, se ha vuelto tan accesible – sobre todo, a través de los medios digitales, como computadoras o celulares –, que ya, hasta infantes, la pueden ver desde sus celulares. Y en verdad, que una niña o un niño, vean un video pornográfico, desde tan temprana edad, puede ocasionarles erróneos conceptos de lo que una, digamos, sana sexualidad debe de ser. En mi propia experiencia, que a los trece años, haya visto, por primera vez, imágenes pornográficas, en efecto, me provocó pensamientos más precoces de los que habrían correspondido a esa edad.

En el artículo de The Guardian, titulado “¿Qué me ocasionó haber crecido viendo pornografía a mi cerebro y a mi vida sexual?”, firmado por Annie Lord, describe que “como una mujer joven, crecí rodeada de pornografía toda mi vida. Moldeó la forma en que me veo, dentro y fuera de mi recámara” (ver: https://www.theguardian.com/society/2022/feb/12/what-growing-up-watching-porn-has-done-to-my-brain-and-sex-life).

Lord comienza platicando que a los 13 años, “cuando nunca había besado a algún chico, no tenía caderas y mis padres me mantenían, un chico de mi equipo de atletismo, me mostró en su Sony Ericsson, un borroso video de una chica masturbándose. No tenía vello entre sus piernas, parecía una niña. Y mi amigo me dijo que ‘apuesto a que tú te haces eso’, detrás de la melena que le ocultaba sus ojos”.

Esa imagen hizo de Lord una chica que, desde entonces, buscó pornografía, para tener, tanto tema de conversación, así como para satisfacer a sus parejas en la forma en que los machistas videos pornos imponían que debía de hacerse.

Hay que señalar que, en efecto, la pornografía está hecha, la mayoría, por hombres, siguiendo los mismos patrones, en donde las pornoactrices, deben de satisfacer a los pornoactores, aceptar todo tipo de vejaciones, prácticas, posiciones… lo que vuelve todavía más un objeto sexual a las mujeres. No sólo eso, sino que varias empresas aceleran sus esfuerzos por lograr un robot sexual mujer, cuya única finalidad sea la de procurar sexo a su “dueño”. Es un lucrativo mercado que rendiría unos 30 mil millones de dólares anuales (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2017/04/los-robots-sexuales-un-fetichismo.html).

“En esos tiempos, los años 2000, no tenía yo forma de saber que esas imágenes, me afectarían o que ver más, también lo harían. Pero la pornografía, ya estaba perfilando cómo yo y los hombres con los que más tarde tuve relaciones amorosas, verían mi cuerpo. Implementó un comportamiento que seguiríamos y aprenderíamos. Nos decía qué era el sexo, a su manera, cuando lo único que aprendíamos en las escuelas era cómo colocar condones en plátanos o fotos de una gonorrea sin tratamiento”.

Lord se refiere a que del sexo, sólo se enseñaba a cómo emplear un condón o las enfermedades que producía, pero nada más. No se orientaba a las chicas en cuanto a la menstruación o a los chicos, en cuanto a la masturbación. O que, a las chicas, no se les debía de maltratar o, a los chicos, a respetarlas, a que el sexo, debe de ser, ante todo, consensual, no impuesto. Ni de todo lo que implicaba tal sexualidad – posiciones, caricias, filias – o los peligros de no contar con una orientación previa, como los indeseables embarazos o las enfermedades venéreas de todo tipo, no sólo la gonorrea.
Muchas de esas cosas, chicas y chicos, las “aprendían” de compañeros, quienes tampoco estaban bien enterados. Los menos, de sus padres, muy pocos, pues la mayoría, también prejuiciados de que el sexo es “malo”, ni se preocupan de platicar con ellas o ellos sobre sexualidad.

“Me di a la tarea de aprender. En los 2000’s, era difícil acceder a la pornografía. Sólo se podía ver en computadoras. Y esperaba a que mis padres se durmieran, para verla en la computadora de ellos. No quería caer en situaciones incómodas, a la hora de estar con alguien. Había escuchado historias de horror, de felaciones dolorosas, pues las habían hecho las chicas con los dientes. Quería aprender todas las posiciones, tener esos cuerpos impresionantes. Me decían que el mejor compañero sexual, era el que reía y hacía bromas, pero nada de eso veía en los videos pornos, más que ‘no pares’ o ‘más duro, más duro’. Me frustraba”.

Claro, Lord veía una coreografía, en la cual, pornoactrices y pornoactores, saben más o menos la secuencia que seguirán, van al grano, no se andan con sutilezas, del flirteo previo, desnudarse tímidamente y todo lo que antecede al propio encuentro sexual.
Lord dice que todas esas imágenes, le hicieron creer que así era la sexualidad. “No objetábamos mis amigas y yo, que nuestros compañeros nos dieran nalgadas o nos humillaran o nos colocaran como más les gustara. De lo que se trataba, era de satisfacerlos. La gente actúa como si la pornografía hubiera creado un mundo en el cual, los deseos de la mujer son sólo para satisfacer al hombre, cuando que, en realidad, es lo que ese mundo ha impuesto”.

En efecto, como señalo antes, la mujer, sigue siendo considerada por muchos hombres (machos), como un objeto sexual, que les debe de rendir pleitesía. Y la pornografía, refuerza tal consideración. Por ello, miles de mujeres son violadas y asesinadas cada año, por machos misóginos a las que les gustaron y que sólo las vieron como objetos sexuales matables y desechables (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2021/06/los-feminicidios-son-una-pandemia.html).

“Una de mis amigas, me dijo que estaba decepcionada, luego de su primera noche con su novio. ‘Creo que soy una de esas personas a las que no les gusta el sexo’, me confió, pues la forma tan humillante en que la trató él, la traumó”.

Así es, su amiga sufrió lo que cientos de miles de chicas, que enfrentan a un macho, que varias veces, ni siquiera es su primera pareja o que influenciados por la pornografía, pretendían obligarlas, desde esa primera vez, a hacer cosas indignas. Encima, las dejan embarazadas o con alguna enfermedad venérea, lo que las daña todavía mucho más.

Dice Lord que a los 17 años, se obsesionó por tener su pubis y sus labios genitales rasurados, “tal y como se veían las pornoactrices. Comencé con cremas depiladoras, detestando su olor a huevo podrido. Pero cuando crecieron más gruesos, me comencé a rasurar. Y tenía que salirme de clases, por la picazón que me daban las púas, cuando me iban saliendo. Y mi mamá se preguntaba el por qué las chicas, querían verse como niñas”.

Dice que no ayudaba que, en ese entonces, el feminismo consintiera que la sexualidad de cualquier tipo era “liberadora” y que si se criticaba a la pornografía “era puritanismo”. “Tampoco me ponía a pensar en si las pornoactrices, disfrutaban o no de lo que hacían. Sólo las veía y ya. Pero en el 2015, surgieron reportes de los abusos cometidos en los sets en donde se filmaban esas cintas. Entonces, traté de ver pornografía ética, la que fuera filmada por directoras, pero costaban y no estaba acostumbrada a pagar por verla. Pero de lo que pude ver, era casi lo mismo, mujeres más elegantes, pero todo terminaba en lo de siempre”.

En efecto, hay varias mujeres que dirigen videos pornos, pero su trabajo es relegado, menos visto. De todos modos, sucumben a fórmulas tradicionales, en los que, aunque tratan de dignificar más a las pornoactrices, al final, también se les presenta como objetos de deseo (ver: https://www.xcritic.com/columns/column.php?columnID=1179).

Cuando llegó a la universidad, Lord tuvo su primera laptop “y me puse a ver más y más pornografía. Abría los videos y comenzaba a masturbarme. Me imaginaba en situaciones sexuales con maestros o con compañeros, viendo esas imágenes tan explícitas. Y llegó el momento en que necesitaba ver videos pornos para tener un orgasmo. Cuando intentaba hacerlo sin verlos, no lo conseguía, por más que trataba de imaginar esas imágenes en mi cabeza. Era terrible. Y tanto me influenció, que hablaba con mis compañeros y compañeras de pornografía, pues quería ser muy cool, no sólo porque jugara videojuegos o tomara cerveza. Luego me enteré que algunos de esos hombres, querían dejar de verla, pues sentían que les había afectado. Pero otros, insistían en que sus chicas, hicieran lo que a ellos más les gustaba de lo que ‘aprendían’ en esos videos”.

Lord tiene ya 26 años y lamenta que muchos de sus conceptos sobre la sexualidad, hayan sido “aprendidos” de la pornografía, “como lo de la caricia anal, que popularizaron esos videos y que hasta músicos han dado a conocer”. Y con tantos sitios pornográficos que existen, como Pornhub, “se han vuelto normales ciertas prácticas sadomasoquistas que nada tienen que ver con una sexualidad real. Recuerdo que cuando me jalaban muy fuerte de los cabellos, sólo me preocupaba de los que se me caían. O si me nalgueaban muy fuerte, que hasta me dejaban roja la piel, sólo me clavaba las uñas en mi puño, pero fingía que me gustaban esas humillaciones. De lo único que se trataba, era de satisfacer a mis compañeros”.

Menciona la estadística hecha en el 2019, por una encuesta de la BBC, en la que “se halló que más de un tercio de mujeres menores a 40 años, habían experimentado imposiciones como abofeteo, ahogamiento, ser amarradas o escupidas, sin su consentimiento. Tales prácticas, sólo se ven en fantasías, pero no es correcto en la realidad. Y todo eso lo ha impuesto, no sólo la pornografía, sino una sociedad que prioriza el placer del hombre, al de la mujer”.

Si, retoma Lord lo dicho antes, que en esta sociedad machista, el hombre, a pesar de tantos avances liberadores para la mujer, sigue colocándose por encima.

Y a la mujer, la sigue viendo como su objeto, como su esclava. En los hombres con poder, el tener un séquito de mujeres o conquistar a muchas, es la regla. Eso pasaba, por ejemplo, con Benito Mussolini (1883-1945), el fascista que gobernó Italia entre 1922 y 1943. Las mujeres, le enviaban cartas de amor, solicitando verlo. Ese macho con poder, las recibía en su oficina, y salían de ella, “vigiladas por sus agentes de seguridad, con tal de que no le ocasionaran problemas con sus esposos o que salieran embarazadas” (ver: https://us5.campaign-archive.com/?e=fa90d7d342&u=6557fc90400ccd10e100a13f4&id=950f4f9fd2).

Y ahora, la influencia pornográfica, es mayor con las nuevas generaciones, “por la facilidad que tienen para acceder a la pornografía. En el 2019, una investigación comisionada por la Oficina Inglesa de Clasificación, señaló que más de la mitad de niños y niñas de entre 11 y 13 años, habían admitido haber visto pornografía y esa cifra, subía a 60 por ciento en aquéllos de 14 a 16 años. Por desgracia, la educación sexual, no ha ido a la par con esa facilidad para verla”.

Además, es un muy lucrativo negocio, que deja al año alrededor de diez mil millones de dólares (ver: http://www.economist.com/news/international/21666114-internet-blew-porn-industrys-business-model-apart-its-response-holds-lessons).

Por lo mismo, es incontrolable el surgimiento de sitios pornográficos, a los que hasta con un celular, puede accederse, como hacen niñas y niños.

Mi hermano, quien imparte clases de música en una secundaria oficial, me platica que a los alumnos, les son retirados sus celulares, cuando son descubiertos mirando “páginas porno”. “Y es algo frecuente”, afirma

Pero, como dice Lord, no se trata sólo de que se los arrebaten sino de que les expliquen que lo que ven como “sexo”, es sólo una fantasía, que no es la realidad, que el sexo, “debe ser consensual, no impuesto. Si a mí, cuando vi a los 13 años, ese video borroso de la chica masturbándose, me hubiera explicado alguno de mis maestros o maestras, que era algo irreal, que todos los cuerpos lucen distintos, que no debía de rasurarme, que debes de enseñarle a la gente cómo tocarte, que es normal hacerlo, que hay distintas posiciones, que no te tienen que dominar o imponer cosas, que no se debe de juzgar un pene sólo por su tamaño, que no debes de tener grandes senos para satisfacer a un hombre, que a veces se tienen deseos y a veces no, habría disfrutado la pornografía sólo como un pasatiempo, no como una imposición en mi vida”.

Sí, ya señalé que la falta de educación sexual o muy mala, la impartida en las escuelas de educación media, está detrás de muchos problemas, como los embarazos en chicas adolescentes o las violaciones, cometidas por tipos que no saben cómo enamorar, por las buenas, a una mujer, y ganar su amor.

Dice Lord que “todavía veo pornografía, pero ya no me domina. Y les he preguntado a mis amigas si todavía se rasuran. Una, me respondió que no, porque se quiere ver más como una mujer, no como una niña. Y yo ya decidí dejarme crecer mi vello púbico, pero ni siquiera sé de qué color me saldrá. Soy pelirroja, quizá me brote de ese tono. Me cuesta creer que me haya distanciado tanto de mi cuerpo, que ni siquiera sé cómo se vería mi vello naturalmente. Pero pronto lo haré”.

Pero mientras siga siendo un millonario negocio, la pornografía, a la par de con los “avances tecnológicos”, allí estará.

No importa que dañe con su mal orientada influencia, a la sexualidad de millones de personas, como lo hizo con la de Annie Lord.

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