Flora Tristán: mujer y socialismo

Por: Pepe Gutiérrez-Álvarez
http://www.kaosenlared.net (28.03.10)

Una buena aportación de cara a este conocimiento puede ser Flora Tristán: Socialismo y feminismo, la edición realizada por Ana de Miguel y Rosalía Romero, y que publicó Libros de la Catarata (Madrid, 2003), en su necesaria colección “Clásicos del pensamiento crítico”.

Anotemos de entrada que Flora cuenta con una impresionante biografía en la que hay también lugar para una obra escrita como Encuesta sobre la realidad social inglesa, que adelanta la de Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, para su biógrafo I. L. Puech: «ningún pa­saje de los libros de Gorki y Dostoievski resultan tan impre­sionantes como ésta simple observación de los espectáculos contemplados en su atroz realidad».

La primera obra publicada aquí fue La Unión Obrera, con introducción de Yolanda Marcos (Fonta­mara, Barcelona, 1977). A lo largo de los años aparecieron también la biografía de Baelen (Jean), Flora Tristán, Socialismo y feminismo en el siglo XIX, (Taurus, Madrid, 1974), por su parte Maspero editó La Tour de France, en 2 volúmenes, en su colección. La decouverte, edición a car­go de Michael Lequenne. Sus Lettres, reunidas, presentadas y anotadas por Stéphane Michaud las publicó en su momento Seuil en París. Flora Tristán.

Más recientemente justo es destacar El paraíso en la otra esquina, una novela de Mario Vargas Llosa donde se recrean en paralelo su vida y la de Paul Gauguin para demostrar el principio reaccionario que “más vale malo conocido que bueno por conocer”, y ofrece a través de sus páginas una ilustración de que la utopía siempre está en la otra esquina, o sea en otra parte, un criterio por el cual la historia jamás habría avanzado ya que, si la utopía es un no-lugar, es también un sueño por el que los pueblos lograron libertades y avances sociales que en su momento parecieron una “locura”, lo mismo que ahora le parece al famoso escritor de la escuela de Wall Street.. Otras publicaciones sobre Flora son Peregrinaciones de una paria (Terra Incógnita, Madrid, 2003), Mi vida (Ed. El cobre, Madrid, 2003), y Flora Tristán, por Evelyne Bloch-Dano (Ed. Maeva, Madrid, 2003).

Flora misma tuvo una conciencia muy clara del sentido de su vida. Es lo que se desprende de notas como estas: «Tengo casi todo el mundo en contra mía. A los hombres, porque exijo la emancipación de la mujer, a los propietarios, porque exijo la emancipación de los asalariados.»

Al igual que hemos asistido a una justa revalorización de Louise Michel (a la que no ha sido ajeno nuestro Daniel Bensaïd), cabría fijar también la atención en una mujer como Flora Tristán que ha sido tradicionalmente alineada entre los «secundarios» del so­cialismo premarxista. Ahora, gracias al surgimiento de un importante movimiento feminista francés y de nuevas in­vestigaciones históricas, Flora ha ido recobrando en las últimas décadas su justo lugar en el árbol genealógico del feminismo socialista, como una destacada antecesora de las grandes corrientes obreristas y revolucionarias.

Por ello, después de no haber sido apenas publicada du­rante más de un siglo, las obras de y sobre Flora Tristán han sido copiosas en su país natal y en menor grado en otros países. Sobre su ideario se ha escrito muy reciente­mente: «Difícilmente podía pasar por original; está forma­do por apuntes sansimonianos y fourieristas, por trozos de Robert Owen, por préstamos de los teóricos del cartismo, de Louis Blanc, de los reformadores del campognonge (…) El enlace entre el feminismo y el socialismo proviene de los sansimonianos; la descripción del palacio de la Unión Obrera se pare­ce a la descripción del falansterio… Pero hay algo que nadie puede negarle a Flora Tristán: su ardor militante».

Ciertamente, este retrato se puede considerar acertado sí lo enfocamos desde el punto de vista de las influencias, sumamente eclécticas, que tuvo Flora. Pero no menciona un factor que le diferencia de los grandes pioneros y que subrayó en su día el escritor alemán Lorenz von Stein: «Es quizás en ella donde se manifiesta, con mayor fuerza que en los autores reformadores, la concien­cia de que la clase obrera es un todo, y que debe darse a conocer como un todo, actuar solidariamente y con voluntad y fuerzas comunes en un fin común sí quiere salir de su condición».

Flora Tristán reúne diversas influencias de los socialis­tas utópicos, pero va más allá que ningún otro socialista de su tiempo en establecer una interrelación entre la lucha obrera y la emancipación femenina, y se adelanta a una idea que Marx hará inmensamente popular al inscribirla como una de las divisas de la Asociación Internacional de los Trabajadores, a saber que la emancipación de la clase obrera será obra de la clase obrera misma, y en cierto sen­tido con más precisión quizá que Marx ya que cuando ha­blaba de clase obrera Flora hablaba de ambos sexos. Su pequeño cuerpo estaba habitado por una mujer que poseía una voluntad de hierro y unas convicciones nada comunes. Su finalidad era pasar de las grandes interpreta­ciones y de las grandes finalidades sin una praxis concre­ta, a la acción individual y colectiva, desde abajo, de movi­miento obrero real. Por ello trabajó denodadamente por una organización, la Unión Obrera, que debía de ser inde­pendiente de la clase dominante y luchar por el socialismo nacional e internacional.

Aunque se le ha achacado poca originalidad al lado de los gran­des nombres del socialismo utópico, Flora Tristán significó un salto cualitativo respecto a éstos más centrados en sus grandes proyectos que en la acción militante. Recogió de todos, pero terminó dándole otro sentido. Su pensamiento y sobre todo su obra, se sitúa en un eslabón intermedio entre el socialismo utópico y el marxista, en línea del llamado socialismo de «transición» o del 48, unto con Proudhom, Blanqui, Herzen, Lasalle, Dézamy, Weitling, etc., aunque a diferencia de ellos no pudo conocer la revolución internacional de 1848, aunque muchas de sus ideas cobra­ron cuerpo en el fulgor de este acontecimiento.

La trayectoria de Flora Tristán es tan o más apasionante que su obra. La suya fue una vida romántica y trágica, la de una inquieta viajera y una gran inconformista que, al igual que Mary Wollstonecraft –a la que leyó y estudió sin duda–, murió siendo todavía joven. Estos rasgos, así como su total sinceridad, se manifiestan en sus Cartas y en sus diferentes libros de viajes, por lo demás plenamente autobiográficos. Había nacido en 1803 en París en el seno de una pareja bastante bohemia formada por el coronel liberal español don Mariano de Tristán y por la parisina Flora-Celestine­Thérese-Henriette Tristán Moscoso, siendo el padre parte de una acaudalada familia. Eran muy amigos de Simón Bolívar el «Libertador» de América Latina, que frecuentó su casa cuando Flora era muy pequeña. Todo marchaba sobre ruedas hasta que tras la muerte de don Mariano que no se había preocupado de regularizar ni su vínculo ma­trimonial ni su disposición testamentaria, llegó la guerra franco-española de 1808 que sirvió de base al Estado na­poleónico para confiscar los bienes del «enemigo» muerto y para dejar a la viuda ya su hija en el más cruel desam­paro. Todos los intentos efectuados por la primera para re­cuperar la fortuna que le pertenecía fueron infructuosos. Una vez desahuciadas de su mansión parisina, madre e hija se fueron a vivir varios años al campo, hasta 1818 fecha en la que regresaron de nuevo a París («su única ciudad» según Flora). La miseria obligó a Flora a buscarse trabajo y lo consiguió cuando tenía dieciséis años en el taller de grabados y litografía de Andre Chazal, un pintor mediocre y hombre bastante vulgar que no tardó en que­darse prendado de su belleza española.

Ambos se casaron en 1820 y durante los primeros años parece ser que ella se avino al papel de fiel esposa y amante, te­niendo dos hijos hasta que en 1825, cuando se había que­dado en cinta de nuevo, no pudo soportar más las delicias del hogar y lo abandonó, refugiándose en el campo. Allí tuvo a Aline que significó para ella el inicio de su indepen­dencia y que, años más tarde, en 1848 sería a su vez la madre del célebre pintor Paul Gauguin que recordará a su abuela como «una curiosa mujer» y que haría que durante mucho tiempo Flora fuera recordada sobre todo por este hecho.

La trama que le acompaña es sencilla y al mismo tiempo terrible. Chazal no tiene la menor duda de que Flora le «per­tenece legalmente», y tanto la familia de él como la de ella están completamente de acuerdo en ello; su tío materno, el comandante Laisney dirá rotundamente: «Una esposa que huye del domicilio conyugal y se lleva los frutos del matrimonio, no tiene lugar en la sociedad: es una paria». La misma concepción tienen los tribunales.

Después de algunos años de conflictos, entre los que hay que contar un buen número de golpes, persecuciones callejeras y sobre todo de desprecios del entorno, el 10 de septiembre de 1838, Chazal pierde los estribos y trata de asesinarla por la espalda, disparándole una bala que estu­vo a punto de acabar con su vida. El disparo a bocajarro del marido dio pie a un juicio que fue muy sonado en su época y que dividió a la opinión pública; o sea que una gran parte de los enterados dieron por buena la acción de Chazal, entre ellos, el abogado Jules Fevre, conocido «progresista» que había destacado en la defensa de los trabaja dores de Lyon juzgados por las luchas obreras de 1833 y que representó al agresor ante los tribunales. La tesis de Favre es que al ser Flora una pana, una mujer de vida disoluta, la actuación del mando no merecía condena y debía ser, por lo tanto, absuelto. El juez, sin embargo, consideró que no existían motivos suficientes para un intento de homicidio y Chazal fue condenado a treinta años, cas­tigo que estuvo lejos de cumplir en su totalidad pero que fue el suficiente para alejarle definitivamente de su cer­canía.

Este penoso y largo drama familiar llevó en ocasiones a Flora a pensar muy seriamente en el suicidio siguiendo el ejemplo del Werther, protagonista de la conocida novela de Goethe que era su favorita, pero logró sobreponerse gracias a su férrea voluntad, asumiendo conscientemente su situación de «paria» y adoptando sus primeros posicio­namientos feministas escribiendo diversos artículos en la prensa aprovechando la popularidad de su «affaire» con­yugal.

Para ganarse la vida en la capital francesa durante es­tos años, tuvo que trabajar en varios oficios, principalmen­te como doncella o dama de compañía de algunas familias ricas. Este cargo le permitió realizar un primer viaje a Londres en 1826, a donde volvió de nuevo en 1831, viaje que le inspiró un reportaje titulado Cartas a un arquitecto in­glés que sería publicado en 1837 en la «Revue de París»o

En 1839, poco después del juicio contra su marido, tiene lugar una nueva instancia de Flora en la capital británica, pero en esta ocasión le acompaña el decidido propósito de escribir su testimonio sobre una Inglaterra que se en­contraba en pleno apogeo de la revolución industrial y sa­cudida por las movilizaciones cartistas. Durante varios meses realiza una paciente y lograda encuesta sobre la si­tuación social y política londinense que será la base de su libro Paseos en Londres, obra que ha sido comparada con la de Fredéric Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra. Uno de sus biógrafos, J. L. Puech dice lo si­guiente de él: «…ningún pasaje de los libros de Gorky y de Dostoievski resulta tan impresionante como esta simple observación de los espectáculos contemplados en su atroz realidad».

Anteriormente, ya había realizado un largo viaje al Perú por motivos más particulares. En 1829, Flora conoció en una pensión a un capitán de navío que regresaba de allí y que le facilitó la información sobre sus familiares que eran ricos hacendados en el lugar y al frente de los cuales se encontraba el hermano menor de su padre, don Pío Tristán. Flora creyó encontrar una oportunidad única para conseguir al menos parte de lo que creía que le pertenecía y escribió una larga carta a su tío. Don Pío le respondió con otra carta con un tono afectuoso, pero tajante; no reconocía a su sobrina como hija natural, por lo tanto carecía de derecho al patrimonio familiar. A pesar de esta negativa, cuatro años más tarde Flora embarcó en Burdeos hacia el continente sudamericano a bordo del Mexicain, mandado por el mismo capitán que le había dado las no­ticias sobre su familia, Zacanas, con el que tendrá un ví­vido romance que durará cinco meses, o sea el tiempo del trayecto marítimo. Al llegar a su destino, Flora rompió con él por una razón muy simple: no soportaba las actitudes po­sesivas de su apasionado amante, además no estaba dis­puesta a repetir ninguna relación que se parezca a la que había conocido durante su matrimonio.

Permanece en Perú cerca de un año. Durante este tiem­po trata denodadamente de convencer a don Pío para que le permita coparticipar en la fortuna de los Tristán, pero todo será inútil: el aristócrata español tratará a su sobrina exquisitamente, le permite que viva en su casa y la mira igual que a una sobrina, menos a la hora de ceder en la cuestión de una posible herencia.

No obstante, Flora no pierde su tiempo. La experiencia pondrá a flote sus dotes de observación y su capacidad analítica. Trabaja durante todo este tiempo tomando notas por doquier y fruto de este trabajo serán dos volúme­nes que con el título de Peregrinaciones de una paria, pu­blicará en París en 19380 Su testimonio viajero es una cró­nica de primera mano sobre la situación peruana de la época en la que se pueden encontrar datos etnológicos y antropológicos de gran interés. También tiene un destaca­do interés novelístico y biográfico.

Producto también de este periplo sudamericano es su novela Les Couvens d’Aréquipa, un relato muy en línea de Stendhal. Al volver de Perú, publicó también su novela más ambiciosa, Méphis y que viene a ser un ejemplo de «realismo socialista» avant la lettre, aunque con una sin­ceridad difícil de encontrar en esta escuela. La obra está muy en la honda de las novelas sociales de Eugenio Sue, George Sand y Victor Hugo. En ella, aparece uno de los primeros «héroes positivos» de la literatura obrerista, se trata de un proletario llamado Jean Labane que deberá enfrentase a un perverso jesuita descrito con gran vigor, hasta el punto que servirá de modelo a Sue cuando escribió su famosa obra El judío errante.

Las dotes de novelista de Flora Tristán no alcanzan nun­ca una gran altura, lo que no quiere decir que careciera de valor como tal. Éste fue un género que no cultivó a fondo, sus obras eran más bien productos circunstanciales y valen como un testimonio importante de su tiempo, para conocer situaciones de países como Inglaterra, Perú y Francia, para comprender las condiciones de vidas de la gente tra­bajadora y sobre todo para seguir el hilo de la evolución de su personalidad que es la de la mujer más avanzada de .su tiempo. ”

En medio de su drama familiar y de sus viajes, Flora va asumiendo paulatinamente las ideas feministas y socia­listas más radicales de la época. Tomó parte activa en la revolución de 1830, la llamada de las «Tres Gloriosas»o Du­rante la disputa que lleva sobre el tema de su separación, despliega una serie de argumentos nada convencionales para el momento.

Había comprendido muy tempranamente que la mujer era un ciudadano de segunda o tercera clase para la que los famosos «Derechos del Hombre y del ciudadano» carecían de apartados y de traducción. Se rebeló contra el ma­trimonio concebido como una institución en el que la mu­jer tenía que ser la «posesión» del marido, esclava domés­tica cuyo cometido en la vida era la de servir a éste ya sus hijos. También cuestionó a la Iglesia que condenaba a la mujer por el pretendido «pecado original»; a los «cien­tíficos» que trataban de mostrar que la mujer era inferior biológicamente que el hombre ya los legisladores que ne­gaban los derechos más elementales a su condición. Su crítica alcanzó justamente hasta a la clase trabajadora, porque: «El hombre más oprimido puede oprimir a otro ser, que es su mujer. La mujer es la proletaria del hom­bre».

De su conciencia socialista dedujo el argumento de que, lo mismo que el trabajador había sido siempre considera­do como una persona sin derechos, lo era ahora la mujer y tanto en un caso como en otro se imponía una acción transformadora. Por eso siempre se dirigía a ambos sec­tores sociales por un igual: «Trabajadores, en 1791 vuestros padres proclamaron la inmortal Declaración de los Derechos del Hombre, y gracias a aquella solemne Declaración sois hombres libres e iguales ante la ley. Que vuestros padres dis­fruten de todos los honores por esta gran obra, pero queda para vosotros, hombres de 1843, la realización de una obra no menos importante. Os toca a vosotros ahora liberar a los últimos esclavos que quedan en Francia; proclamad los Derechos de la Mujer, y em­pleando los mismos términos que emplearon vues­tros padres, decid: “Nosotros, el proletariado de Fran­cia, tras cincuenta y tres años de experiencia, declara­mos estar completamente convencidos de que la única causa de las penalidades de este mundo ha sido el modo en que se ha despreciado los derechos naturales de la mujer, y hemos decidido incluir en nuestra Carta los derechos sagrados e inalienables de la mujer. De­seamos que los hombres den a sus esposas y madres la libertad e igualdad absoluta que ellos mismos gozan”».

De su experiencia concreta, incluso de su propio ejem­plo, dedujo la idea de que en determinados casos y en de­terminadas condiciones, las mujeres habían alcanzado un nivel intelectual y moral muy superior al de la mayoría de los hombres. Era posible y necesario por lo tanto, la unión entre la causa socialista y la de la emancipación de la mu­jer para crear las condiciones de un desarrollo equiparado de ambos sexos. Ambas exigencias se encontraban estrecha­mente interrelacionadas: «Acabo de demostrar que la ignorancia de las mujeres del pueblo tienen las consecuencias más funestas. Sos­tengo que la emancipación de los obreros es imposible en tanto que las mujeres permanezcan en este estado de embrutecimiento. Ellas detienen todo progreso. En ocasiones yo he sido testigo de escenas violentas entre el marido y la mujer… Estas pobres criaturas, que no ven más allá de su nariz, como se dice, se enfurecían con el marido y conmigo porque el obrero perdía al­gunas horas de su tiempo ocupándose de ideas políti­cas y sociales»:

Aunque Flora no llega a explicar muy coherentemente la opresión de la mujer en relación con el régimen capita­lista de propiedad, sí que lo hace con la economía de libre mercado, y sobre todo con el patriarcado. Durante un pe­ríodo estuvo fascinada por los grandes principios del uni­verso feminista de Fourier,’ y más tarde sintió una atrac­ción parecida por la idea de la Mujer Mesías que le presen­tó Enfantín, el principal discípulo de Saint Simon y amigo suyo, pero Flora no se sentirá a gusto en la cosmovisión de éstos y se inclina más por las exigencias de la acción inme­diata, de la asociación práctica y del programa a realizar y cuyos rasgos principales podemos resumir como sigue:

«1) Derecho a la igualdad de educación ya la forma­ción profesional. Reivindicación necesaria para que las mujeres puedan ser independientes económicamente de los hombres, y puedan exigir igualdad de salario por igual trabajo. 2) Derecho a la libre elección del compañero, sin que pueda haber injerencia paterna en las decisiones sobre el matrimonio. 3) Derecho de las madres solteras al respeto e igualdad frente a la ley. 4) Derecho de los hijos ilegítimos a una parte de la herencia paterna». Naturalmente, sus propias vicisitudes se reflejan en sus propuestas, pero no por ello dejan de ser representativas de las inquietudes y de las realidades de las mujeres obre­ras y de clase media del mundo de su tiempo. La «paria» que había empezado comprometiéndose con un pequeño punto personal, había sido capaz de darle una proyección universal y desarrollar un programa cuyos puntos funda­mentales movilizarían durante décadas a miles de mujeres y establecería un punto central, la unión de los hombres y las mujeres dentro de un mismo movimiento obrero, que todavía sigue siendo una idea tan justa como incumplida.

En la evolución de su pensamiento, tal como hemos di­cho al principio, coexisten diversas influencias socialistas. Pero quizá la más decisiva de entre ellas fue la de la ac­ción práctica de los cartistas británicos, en los que vio: «…la gran lucha, la que habrá de reformar la orga­nización social, en la lucha concertada, de una parte, entre los propietarios y capitalistas, que reúnen todo en sus manos: riqueza y poder político… y, de otra parte, los obreros de las ciudades y de los campos, que no tienen nada, ni tierras, ni capitales, ni poderes políticos».

El marxismo no puede estar más próximo en estas ideas; Flora no ve más camino que la lucha de clases que entiende como una realidad derivada del antagonismo entre dos clases fundamentales. Del cartismo, aprende igualmente la importancia de la autoorganización obrera que en In­glaterra «muestra por doquier sus inmensas ramificaciones: en cada manufactura, fábrica o taller, se encuentran obre­ros cartistas; en los campos, los habitantes de las chozas forman parte de este movimiento, y esta santa alianza del pueblo, que tiene fe en el porvenir, se consolida y aumen­ta cada día…». La conclusión que llega Flora a finales de los años treinta es que hay que crear en Francia la Unión Obrera, o sea la sección francesa de la Unión Obrera in­ternacional en la que quiere imponer dos ejes determinan­tes:

1. La constitución orgánica del proletariado como cla­ses en sí. Para Flora, las asociaciones corporativas ar­tesanales ya resultan anacrónicas, y critica en ellas sus egoísmos particularistas, porque en su opinión «no pueden (y no tienen la menor intención) cam­biar para nada, ni mejorar siquiera la posición mate­rial y moral de la clase obrera»; al corporativismo, tan apreciado por Proudhom, a la que trata de «or­ganización bastarda, mezquina, egoísta, absurda, que divide a la clase obrera en una multitud de pequeñas sociedades particulares… sistema de fraccionamiento que diezma a los obreros». Lamenta la división de los trabajadores («causa verdadera de sus males»), y le opone la «unidad compacta, indisoluble de la clase obrera», a la que llama diciéndole: «haced a un lado, pues, todas vuestras pequeñas rivalidades y formad, aparte de vuestras asociaciones particulares» para in­gresar en la Unión.

2. La autoemancipación del proletariado. Flora ha­bía comprendido la indiferencia del poder y de todas las instituciones hacia la clase obrera, y pensaba que había que dejar «de esperar aún la intervención que se ha venido solicitando para vosotros (los obre­ros) desde hace veinticinco años. La experiencia y los hechos os dicen suficientemente que el gobierno no puede o no quiere ocuparse de vuestra suerte cuando se trata de mejorarla. Sólo de vosotros depende sa­lir, sí lo deseáis firmemente, del dédalo de miserias, de dolores y abatimiento en el que languidecéis»o También compara la revolución obrera con la bur­guesa y saca la siguiente conclusión: «Es verdad, sí los burgueses fueron la “cabeza”, tuvieron como “bra­zos” el pueblo, al cual supieron utilizar hábilmente. En cuanto a vosotros, proletarios, no hay nadie que os pueda ayudar o Así, pues, es necesario que seáis a la vez la “cabeza” y los “brazos”…».”

Totalmente imbuida en el valor de estas concepciones, tan vigentes todavía en muchos de sus aspectos (no hay más que contemplar la división y el sectarismo ) que impe­ra en el movimiento obrero, cómo se ha renunciado a la independencia y se ha dejado la cabeza para la burocra­cia y para castas de «especialistas» y políticos profesionales), llevada también por una notable megalomanía –prác­ticamente inevitable en casos como el suyo de autodidacta y solitaria- y una buena dosis de mesianismo de raíz san­simoniana, animada por el relativo éxito de su libro La Unión Obrera escrito y publicado en 1943, emprende su úl­timo viaje, un viaje digno de una Santa Teresa -personaje al que admiraba- socialista, un «tour de France» en el que dejará la vida, una aportación indeleble para la me­moria del movimiento obrero y un último libro de viajes que figura entre los clásicos del género y de la historia del socialismo.

Al iniciar este último trayecto, Flora alberga todavía algunas ilusiones sobre la ayuda que le pueden prestar de­terminadas instituciones y personalidades, pero su decep­ción no tarda mucho en llegar y en una de sus últimas notas escribe: «!Se acabó! Después de esta vuelta a Francia no podré ver a ningún burgués!. iQué raza impía, imbécil, nau­seabunda!»

Estos burgueses se dividen en varias categorías dife­renciadas. Entre los que parecían más sensibles se encon­traban los «grandes hombres» de la época que permane­cen al margen de la situación de explotación que conoce la clase obrera, así: Lacordaire cuyo noble fin es el de res­taurar el convento de los Benedictinos; Lamartine y su bienestar público (Flora ve en él: «la nulidad de acción, su falta de inteligencia y energía») que no se concreta en nada; George Sand y su romanticismo que no ve al proletariado más que como materia literaria… Un paso más allá se en­cuentran los «radicales» del liberalismo, periodistas, char­latanes de café, etc., que dedican su tiempo en jugar a las cartas o al billar y presumen de revolucionarios, pero que para Flora no «lo son para lo que entienden la verdadera revolución»… En otros círculos se encuentra con los franc­masones que se niegan a recibirla en Marsella por temor a que la policía les «cierre la logia»…

Otro paso más allá se encuentran los agentes de la bur­guesía y que quieren tener un pie entre los trabajadores, para guiarlos en función de sus propios intereses, son los poetas obreros en primer término, que se creen literatos de altura y que menosprecian la plebe ignorante aunque ninguno de ellos merecerá la posteridad; después vienen los discípulos indignos de los grandes utópicos (sansimonianos, cabetianos, fourieristas), que forman parte de una aristocracia obrera condenada por el desarrollo de la gran industria y que están imbuidos en las tradiciones jerárqui­cas y perdidos en discusiones baldías sobre un futuro que no relacionan con su actividad diaria…Unos y otros re­chazan tomar postura clara en torno al problema de la autoorganización obrera. Sólo los componentes de la Liga de los Justos apreciarán seriamente el esfuerzo titánico de Flora.

En las notas nerviosas de su Diario, Flora va descri­biendo también un detallado cuadro sobre la condición obrera de la Francia de entonces. En este mapa aparecen los aspectos humanos del proceso de formación de la in­dustria capitalista y los rasgos de las ciudades que la pro­tagonizan. Muy escuetamente, podemos decir que Flora las clasifica así: «París, «la ciudad de los alientos generosos» donde los obreros están orgullosos de su contrición traslúcida en sus blusas; Lyon, la ciudad de los «obreros inteligen­tes», con sus sombreros y sus bigotes que sorprenderán a Flora por su seriedad organizativa, en una ocasión un canut (obrero de la seda) se excusará de no haber asistido a una reunión porque no tenía camisa que ponerse y su mujer que le acompañaba «maldecía a los fabricantes, al rey, a los ricos, e imploraba la muerte, preferible a tantos males. El marido no decía nada, parecía acobardado (…) Una sola camisa. Die­ciocho horas de trabajo por día. Señora, las cosas no pueden continuar así. Preferimos morir en el com­bate que morir de hambre… Continúa a través de Marsella, Toulón. A la primera la compara con Ba­bilonia por sus costumbres «orientales depravadas», pero la Unión llega a constituirse y los obreros se reían de la policía». La segunda le deprime porque los obreros «se encuentran bajo el yugo militar», pero la conciencia de los obreros del arsenal «le llenan el corazón de alegría»o Prosigue por Auxerre, Dijon, Roanne que son todavía ciudades semirrurales. Flora contempla a los obreros embrutecidos por la miseria y la religión mientras «tienen que trabajar de doce a quince horas para poder comer. No hay más que amargura (en sus corazones), su inteligencia es pobre y son propensos a la irritación y al desaliento» (13)

Su predilección por las mujeres trabajadoras es cons­tante, por lo demás éstas también muestran un gran inte­rés por escucharlas. En ocasiones, Flora se maravilla por la inteligencia natural de alguna de sus interlocutores, por su resistencia en el trabajo que luego prolongan en su propio domicilio. Denuncia con vehemencia los bajos salarios con argumentos, todavía toscos, pero que apuntan a la idea de la plusvalía, dando a conocer datos precisos sobre los benefi­cios patronales. Los patronos que conoce representan una amplia combinación de cínicos, despiadados, o tartufos clérigo-humanitarios capaces de cualquier cosa por sacar beneficio.

Uno de ellos le dirá: «El hombre no es más que una bestia sobre el que la propiedad puede hacer todo». Pero éste no es mucho peor que el buen padre de familia, cum­plidor con los preceptos eclesiásticos y con las instituciones, y que «deplora este estado de cosas» aunque el nivel de vida de sus obreros es ínfimo. Para ella este estado de cosas no puede durar mucho tiempo porque «la tierra forma el más grande y magnífico jardín para todos, la humanidad llegará a ser una gran y unida familia donde cada miembro vivirá según sus gustos y recibirá según sus deseos», aun­que añade esto tarde todavía trescientos años en llegar.

Su campaña no pasa desapercibida a los poderes pú­blicos. En un primer momento se trata tan sólo de artícu­los irónicos en la prensa luis-felipista. La tratan de utópica y hurgan en su pasado de hija ilegítima y de «paria»o Des­pués vendrán las primeras medidas policiales que tratan de prohibirle que hable a los obreros, luego viene la policía disolver los actos, y ella llama a la lucha y la resistencia. En la pequeña ciudad de Agen llega a imponer el derecho de asociación con la movilización.

Durante este tiempo de lucha y agitación, Flora no pien­sa en sí misma para nada. Su única preocupación es la de constituir núcleos organizativos en las ciudades que visita, núcleos que en más de un caso serán la base de los sin­dicatos. Como dirá Eugene Pottier en La Internacional, no cree ni en dioses, ni en reyes ni en tribunos, no ofrece más alternativa que la organización, la unión y la lucha. Con­forma a su alrededor un pequeño grupo de seguidores y seguidoras entre las que destaca Eleonor Blanc, su discí­pula favorita, «su hija en espíritu», su «Santa Juana»; pero Eleonor no tendrá capacidad para continuar su obra. Mal nutrida, descuidada con su salud, al borde de su capacidad física, se va rompiendo. Desde hace tiempo que teme morir sin haber cumplido sus proyectos: «Demasiada vida, escribe, mata a la vida». Tras varios momentos ver­daderamente angustiosos en Dijon («Estoy muy enferma de la vejiga, de la matriz…»), en Lyon y Montpellier, fa­llecerá finalmente en Burdeos el 4 de noviembre de 1844. En su funeral los trabajadores cargaron con su ataúd, por­que no querían que lo llevaran gente a sueldo, luego abrie­ron una colecta para colocar un monumento en su tumba. Flora dejó un libro inconcluso, L’Emancipation de la Fem­me ou Le Testament de la Paria. Su influencia se hizo notar años más tarde cuando el 23 de octubre de 1848 varios miles de personas se reunieron ante su tumba para rendir­le un homenajeo Los trabajadores volvieron a sus causas cantando una canción que se cantaría durante años en los talleres y que decía entre otras cosas «Flora Tristán necesita una tumba».

También necesita de nuestra memoria.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: