El socialismo como idea fuerza política, ética y moral

Por: Gustavo Bueno
Fuente.nodulo.org (El Catoblepas N°144, Febrero 2014)

La ideología del socialismo, en cuanto socialdemocracia, se funda en una concepción de la Naturaleza y del Género humano enteramente metafísica, equiparable a la ideología de algunas escuelas del estoicismo en la antigüedad.

1. «Socialismo» se opone a «individualismo»

«Socialismo» es una palabra derivada del adjetivo «social», con el que designamos todo aquello que tiene que ver con las sociedades humanas, zoológicas o vegetales (al menos tal como las considera la Fitosociología). La derivación del adjetivo «social» de «socialismo» es una transformación de un adjetivo en un sustantivo abstracto («el socialismo»), mediante su composición con el sufijo hipostático -ismo, que convierte al adjetivo neutro («escalar», diríamos también) «social» en un valor positivo («vectorial») susceptible de asumir una intención normativa, es decir, la condición de una idea fuerza confrontada con los contravalores correspondientes.

Ahora bien, como el adjetivo neutro «social», en principio meramente descriptivo, se opone al adjetivo «individual», así también el sustantivo abstracto «socialismo» se definirá por oposición al sustantivo abstracto «individualismo». Según esto, diríamos, por ejemplo, que las abejas, en tanto necesitan convivir con otras de su misma especie, son «socialistas», en su sentido más genérico, mientras que los cangrejos ermitaños son «individualistas» (cuando se les contrapone a los cangrejos de su misma especie, aunque no lo sean en relación con los moluscos que tienen que albergar en sus conchas).

Supondremos, por tanto, que de los sustantivos abstractos «socialismo» o «individualismo» resultan los adjetivos (con valor normativo, positivo o negativo) «socialista» o «individualista», si bien estos adjetivos suelen quedar restringidos, por no decir secuestrados, al campo de las sociedades humanas, sin perjuicio de que las abejas, desde Aristóteles hasta Mandeville, desde Platón hasta Wiener, hayan sido utilizadas como modelos o contramodelos de las sociedades políticas.

2. El socialismo de los partidos políticos socialistas, como sinécdoque

Acaso la reducción, o el secuestro, del término «socialismo» al campo político, como cuando se interpreta el socialismo como denominación de un partido político parlamentario, frente a otros, no tiene más alcance que el de una sinécdoque gramatical (pars pro toto), debida al uso de la lengua. Y la razón es que la estructura lógica de los cuerpos sociales vivientes (sean plantas, sean animales, sean hombres) es similar, a saber, la estructura de las clases lógicas tal como la estudia la Lógica de clases.

Naville distinguió (en un conocido trabajo de gran interés político) las clases lógicas de las clases sociales (en el sentido marxista), como si las clases sociales no fueran también un caso particular de las clases lógicas. Naville no tuvo en cuenta que las clases lógicas podían ser distributivas (como es el caso de la clase, de extensión indefinida, de los triángulos equiláteros, cada uno de los cuales es, en el contexto, independiente de los demás), pero también atributivas (como es el caso de los conjuntos de los veinte triángulos equiláteros que componen un icosaedro).

En cualquier caso, los elementos de las clases lógicas (sean distributivas, sean atributivas) no tienen por qué ser considerados siempre como homogéneos o clónicos, puesto que hay también clases climacológicas. La clase de los números pares engloba a infinitos elementos, siempre distintos entre sí [2, 4, 6… 2N]; sin contar que, en el límite, hay clases de un único elemento, es decir, «clases individualistas», clases unitarias, como el puedan serlo las sociedades anónimas unipersonales, o como el Ave Fénix, o como el Sol (por relación al concepto del «poblado del Sol» que manejan algunos «contemporáneos primitivos»).

3. Variedad de acepciones de «socialismo»

La contracción de los términos socialismo o socialista a las sociedades políticas humanas alcanza su plenitud en la contracción, que hemos calificado de «secuestro», que tuvo lugar en el siglo XIX por obra de Pierre Lerroux, y que se mantiene en la actualidad. Pierre Lerroux sobreentendió, por sinécdoque, que socialismo había de circunscribirse no ya a las sociedades humanas, sino a algunos tipos de sociedades humanas tales como las que Marx llamó comunistas, o en vías de serlo; o bien como las que después de Marx formaron, en la Alemania de 1875 el Partido Obrero Socialdemócrata (Liebknecht, Bebel) y, unidos a los lassallianos, el Partido Socialista Obrero de Alemania, en el que militaría el «revisionista» Bernstein y el «renegado» Kautsky.

El «secuestro», por contracción interesada, del término socialismo (tanto por los comunistas partidarios de la dictadura del proletariado, como por los socialdemócratas partidarios de la vía democrática y pacífica hacia el socialismo), llegó hasta el extremo de considerar como no socialistas, por tanto, en el fondo, como no humanos, o como «hombres alienados», a los mismos adversarios «capitalistas», como si una sociedad anónima capitalista no fuera una «agencia de socialización», tanto o más efectiva de lo que pudiera serlo un sindicato obrero.

Sin embargo, fue el secuestro del término socialismo lo que transformó en una idea fuerza, en el terreno político, pero también en una idea fuerza moral o ética, al término socialismo, y lo convirtió en una especie de concepción del mundo que comprendía una filosofía del hombre, una moral y una ética, como fue el caso de Engels o el de Kautsky.

Ahora bien: ¿quién comunicaba a esta acepción, resultante de un secuestro, su fuerza propia? No la idea del socialismo en general (porque tan «socialista» es una sociedad anónima capitalista como pueda serlo un partido socialdemócrata), sino la idea de un socialismo previamente contraído o secuestrado por la socialdemocracia (o en su caso, por el nacional socialismo), que se enfrentaba a otros socialismos, ya fuera el socialismo marxista leninista, ya fuera el socialismo anarquista del comunismo libertario, ya fuera el socialismo cristiano (el socialismo de los «cristianos para el socialismo»), ya fuera el socialismo capitalista liberal.

El secuestro del término socialismo por un partido político en el terreno gramatical no dejaba de ser una sinécdoque; pero en el terreno político, ético o moral equivalía a la conformación de un modelo de humanismo basado en la identificación del propio partido con el hombre ideal, con el hombre nuevo, con el hombre del futuro. Desde este momento, un socialista convencido podría definir su condición de «socialista de toda la vida» como su título más sagrado, a la manera como un cristiano de las Cruzadas, pero también un musulmán yihadista, alegará su condición de cruzado o de yihadista como el título más sublime que acredita su condición de verdadero hombre. La diferencia acaso podría ponerse en que el cruzado o el yihadista se acoge si es preciso a la vía violenta en la transformación del hombre actual en el hombre nuevo, y estará dispuesto a morir por sus ideales; pero el socialista demócrata (el socialdemócrata) no necesitará comprometerse con semejante decisión, y no ya por la vía del escepticismo, sino porque confía que el progreso global de la evolución social humana conducirá al género humano a transformarse en el hombre nuevo, que el humanismo socialista propugna. De este modo, el socialista político viene a transformarse en una suerte de confucionismo práctico, que confía en que sus actos cotidianos más vulgares tienen consecuencias futuras sublimes.

4. El secuestro del término «socialismo» por los partidos «de izquierda»

Gracias a la ignorancia de la estructura polémica y aún trágica de las sociedades humanas, un socialista podrá alimentar durante toda su vida una especie de conciencia de superioridad sobre los demás partidos políticos y, sobre todo, sobre los partidos que él llama «de la derecha». La confianza en el progreso de la humanidad, en la paz perpetua, en la igualdad, la libertad y la solidaridad, en la alianza de las civilizaciones, en la abolición definitiva de la violencia de género, en el aborto libre, &c., le permitirá mantener una especie de serenidad durante toda su vida, porque la «confianza cósmica» depositada en el progreso de la Naturaleza y del Género humano será capaz también de transformar sus actos más vulgares en actos sublimes. Pero esta confianza, que sólo puede mantenerse en sociedades en las cuales los trabajadores viven en posesión de un «estado de bienestar» y tienen acceso político o sindical a los aparatos de control del Estado, es solidaria de la ignorancia.

Si el socialismo ha logrado ser una idea fuerza, o lo sigue siendo, es debido no a la idea filosófica del socialismo genérico, sino a la idea política de un «socialismo aureolar», un socialismo que se sitúa en un futuro indefinido pero entendido como si este futuro tuviese ya una realidad presente y a la mano, tangible y con la cual hay que contar en cualquier decisión política, ética o moral. Se procede como si este socialismo estuviera escrito en un cielo platónico o en la mente de Dios, o acaso en el destino del Género humano –y no fuese solo una idea que estuviese escrita en los libros de Marx, de Lenin, de Kautsky o de Bernstein-. Pero este socialismo aureolar no deja de ser una idea mitopoiética, hasta tanto que no se realice en la historia positiva.

En conclusión, si el socialismo es una idea filosófica, sin necesidad de ser una idea fuerza, en el terreno de la política, es en la medida en que la entendemos como idea que se contrapone al individualismo, a la manera como desde Augusto Comte la sociología se contraponía a la psicología –a la psicología mentalista de la conciencia, colindante siempre con el idealismo. Quienes creen en el socialismo como si fuera una idea fuerza capaz de organizar la vida de los hombres sólo pueden alimentar esa creencia en el terreno de una ignorancia profunda, que confunde lo que es una idea aureolar, mitopoiética, con una idea positiva.

En realidad el socialismo político, como ideología política, ética o moral, es un humanismo confuso cuya fuerza, aún de carácter laico, es enteramente paralela a la de los no menos confusos humanismos cristianos o mahometanos, que por cierto reciben su alimento precisamente de fuentes no humanas sino pretendidamente divinas (es decir, que más que humanismos, habría que considerarles como sobrehumanismos).

No dudamos que esta idea fuerza ofrece a sus creyentes una explicación de las «injusticias» de las diferencias de clase o de las maldades del capitalismo; pero esta idea ejerce su influjo animador de manera similar a como la idea de Dios ejerce un influjo elevante y santificante en quienes creen en él.

 

 

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