El acontecimiento novela

Por: Raúl Prada Alcoreza
Fuente: http://www.rebelión.org (19.07.14)

A diferencia del acontecimiento poético[1], el acontecimiento novela, que también forma parte de la fenomenología de la percepción[2], de esta integración inmediata de las sensaciones y la razón integrada al tejido inmanente del cuerpo, no es el estallido convulsionado de las sensaciones, sino, sino un fluido tejido de sensaciones conectadas, de alegoría imaginarias, de intuiciones empíricas, que construyen tramas; es decir narrativas que cobijan desenlaces. No son conceptos los que utiliza la novela como hilos de los tejidos, sino experiencias profundas, memorias conmovedoras, recogidas en personajes, figuras pasionales, espesores de relaciones. La novela está más acá, respecto de la experiencia social, en tanto que las ciencias sociales están más allá, del mismo referente. La novela trabaja dramas, configura tramas, trabaja pasiones, sensaciones, experiencias singulares, en tanto que las ciencias sociales trabajan relaciones abstractas, estructuras hipotéticas, que pretenden representar estructuras “reales”. La novela se constituye en una intuición narrativa del mundo, en tanto que las ciencias sociales se constituyen en teorías sobre el mundo. La ventaja de la novela, en lo que respecta a la comprensión, mejor dicho a la intuición del mundo, es que se encuentra cerca de los espesores de la experiencia, en tanto que las ciencias sociales han reducido la experiencia a matrices de datos; al hacerlo, han perdido el con-tacto con los espesores y dinámicas constitutivas del mundo.

Claro que se trata de composiciones distintas; mientras las ciencias sociales buscan explicar, encontrar las causas y su relación con los efectos, conjeturan reglas inherentes a los procesos, incluso llegan a hablar de leyes; la novela forma parte de la memoria social y de la experiencia social, configura tramas como parte de las manifestaciones creativas, así como se componen poemas, canciones, así como se pintan cuadros, así como se danza. La novela forma parte de las expresiones vitales de la sociedad; en cambio la ciencia social pretende conocimiento. Sin embargo, precisamente por la proximidad de la narrativa de la novela a la experiencia y a la memoria social, a los espesores de las percepciones, contiene información primordial, en la constelación de su formación. Información vinculada a las composiciones singulares de las dinámicas concretas sociales, de los lugares, de los territorios, de los nombres, sobre todo de los cuerpos en su devenir. Estas atribuciones inherentes convierten a la novela en no solamente tramas escritas que pueden leerse placenteramente, sino en inscripción de tramas, que nos enseñan los “secretos” de la vida en la forma condensada de sus dramas, de sus tragedias, también de sus irradiantes realizaciones.

Jorge Amado es uno de los novelistas más sugerentes en las descripciones alegóricas de historias singulares, las que entrelazadas terminan contándonos sobre acontecimientos territoriales, locales, regionales, nacionales, condensados en la vida de los personajes, protagonistas que recorren los caminos impresos de la escritura. De entre sus novelas, sobresalen Los subterráneos de la libertad. Novela narrada en tres tomos; Los ásperos tiempos, La agonía de la noche y Luz en el túnel.

Una breve biografía del escritor brasilero Jorge Amado se puede resumir en un trazo secuencial sintético; pero, nunca adecuado para rescatar la intensidad de vida, que llevó a un hombre sensible a transmitir su experiencia en una melodiosa escritura tropical. Nació en la hacienda de Auricídia, ubicada en el municipio de Itabuna, al sur del estado de Bahía. La familia nordestina se trasladó a Ilhéus, localidad situada en el litoral de Bahía. Su trayectoria de vida siguió el desplazamiento de ciudades pequeñas a ciudades grandes; de su aprendizaje primario paso a los siguientes; hizo los estudios secundarios en la ciudad de Salvador. En Salvador comenzó su experiencia periodística, así como su incursión por los caminos de la literatura. Más tarde, por iniciativa suya se fundó la conocida Academia de los Rebeldes. Jorge Amado publicó su primera novela, El País del Carnaval, en 1931, cuándo sólo cumplía 18 años. Se casó con Matilde García Rosa, esposa con quien tuvo una hija, llamada Lila, el año 1933, cuando publicó su segunda novela, Cacao. En 1935 se graduó en la Facultad Nacional de Derecho, en Río de Janeiro. Ya profesional, ingresó al Partido Comunista, destacándose como militante activo. Por sus actividades fue perseguido por la represión de los gobiernos oligárquicos, obligándole a exiliarse en Argentina y Uruguay durante los años de 1941 y 1942. Aprovechó el exilio para efectuar un viaje por América Latina. Al regresar a Brasil se separó de Matilde García Rosa.

En 1945 Jorge Amado fue electo miembro de la Asamblea Nacional Constituyente como representante del Partido Comunista Brasileño (PCB). Fue a la Asamblea Constituyente como el constituyente más votado del Estado de São Paulo. Una de las leyes que logró hacer aprobar fue la ley sobre la libertad de culto religioso. En ese entonces, se casa con la escritora Zélia Gattai.

Nació João Jorge, su primer hijo con Zélia, en 1947, año aciago; el PC fue declarado ilegal; los comunistas fueron considerados enemigos del Estado, desencadenándose su persecución y consecuente encarcelación. Jorge Amado entró en la clandestinidad con todo el Partido Comunista; optó por el exilio a Francia. Radicó en el país galo hasta 1950. Lila, su primera hija, falleció en 1949, acarreándole una pena grande. De Francia pasó a Checoslovaquia; allí radicó entre 1950 y 1952, allí también nació su hija Paloma.

Tres años más tarde Jorge Amado retornó a Brasil. No dejó el PC; sin embargo, se distanció de la militancia activa. La literatura se convirtió en su vida. La Academia Brasileña de Letras lo reconoció como uno de sus miembros el 6 de abril de 1961. El escritor Jorge Amado es conocido no solamente en el mundo literario, sino también, como se ha podido ver, en el mundo político, así como también en el mundo académico; recibió el título de Doctor Honoris Causa por diversas universidades. Pero, quizás una de sus más agradables satisfacciones fue la entrega del título de Obá de Xangô en la religión Candomblé. El 6 de agosto de 2001, cuando cumpliría 89 años, Jorge Amado murió en la ciudad de Salvador.

Jorge Amado tiene una prolífica producción literaria; esto se ve en el itinerario de sus novelas. Como dijimos, la primera es El país del Carnaval (1931), después viene Cacao (1933), le sigue Sudor (1934). Continúan Jubiabá (1935), Mar Muerto (1936), Capitanes de la arena (1937), Tierras del sin fin (1943), San Jorge de los Ilheus (1944), Seara roja (1946), Los subterráneos de la libertad (1954), Gabriela, clavo y canela (1958), Los viejos marineros o El capitán de Ultramar (1961), Los pastores de la noche (1964), Doña Flor y sus dos maridos (1966), Tienda de los milagros (1969), Teresa Batista cansada de guerra (1972), Tieta de Agreste (1977), Uniforme, frac y camisón de dormir (1979), Tocaia grande (1984), La desaparición de la santa (1988) y De cómo los turcos descubrieron América (1994).

Considerando las clasificaciones literarias, Jorge Amado es catalogado como “modernista de la segunda fase”. Una revista literaria, en un artículo sobre Literatura brasilera, hace la siguiente nota sobre Jorge Amado, después de caracterizarlo como escritor “modernista de la segunda fase”:

En esa búsqueda del hombre brasileño “dispersado por los más lejanos rincones de nuestra tierra”, en las palabras de José Lins do Rego, el regionalismo adquiere una importancia nunca antes alcanzada en la literatura brasileña, llevando al extremo las relaciones del personaje con el medio rural y social. Realce especial merecen los escritores nordestinos que viven el paso de un Nordeste medieval a una nueva realidad capitalista e imperialista. Y, en ese aspecto, el bahiano Jorge Amado es uno de los mejores representantes de la novela brasileña, cuando retrata el drama de la economía del cacao, desde la conquista y uso de la tierra, hasta la transferencia de sus productos a las manos de los exportadores[3].

El problema de estas historias de la literatura, de estas clasificaciones del arte de la escritura, es que parten de bloques, corrientes definidas; que, en gran parte, corresponden a cuadros clasificatorios ya establecidos y acordados universalmente.  El problema no es que lo hagan, pues cualquier clasificación ayuda a orientar, a ubicar, incluso a comparar; pero, esto apenas es un principio, un rayado de la cancha, como se dice. El problema es que incorporan a las novelas, a los novelistas, a las escrituras y tramas, a estos mapas previos. Cuando un novelista se encuentra pre-definido, por ejemplo como “modernista”, como que se supone que ya se tiene parte de sus secretos, parte de las claves, que ayudan a comprender su obra. Se lee entonces al escritor, a su obra, desde una rejilla. Esta es una labor de domesticación de la obra. La misma termina formando parte de un museo, de la tradición literaria de un país. Esta institucionalización de la escritura es su muerte; condenada a descansar en museos, bibliotecas, en referencias, que se transmiten en citas. Se la ha despojado de su rebelión, también de su revelación, de sus conexiones vitales con el mundo que constituye y que constituye también a la obra.  Es difícil aceptar que un escritor, en el sentido de una inscripción pasional hendida en la piel del tejido del papel, como transcripción de la inscripción del mundo en la piel del escritor, haya escrito para que su obra se entierre en bibliotecas, en el campo de la tradición literaria, en la referencia constante de la académica. La novela ha sido escrita para que se la lea, en el sentido de que se vuelva a vivir los entramados de la narración. La novela forma parte de las reinvenciones creativas de la vida. Es una seducción al mundo, que, a su vez, seduce al escritor.

La novela, como la poesía, la música, la pintura, la danza, el arte, la estética, se componen como parte de la memoria sensible de la vida; son manifestaciones de la capacidad creativa de las sociedades. En este sentido, la novela no puede estar separada de los ciclos vitales de la sociedad. La novela no puede convertirse en objeto de estudio, como ha ocurrido en las carreras de literatura. Las ciencias positivas han invadido no solo el campo de las ciencias sociales, sino también el campo de las ciencias humanas; como las ciencias positivas han terminado disecando a las novelas, para estudiarlas. Con estos procedimientos metodológicos las han perdido, a las novelas; solo tienen ante sí textos descuartizados, divididos, de acuerdo a estructuras hermenéuticas formales, o, quizás, de acuerdo a periodos de la vida del novelista. Como todo organismo descuartizado, ya está muerto, sólo tienen del mismo hilachas, fragmentos desparramados, piezas de rompecabezas, para poderlas armar al gusto de alguna teoría interpretativa.

Hay que leer a Jorge Amado para encontrarse con su mundo, con el Brasil vivido, sufrido, amado; hay que encontrar en su novela la memoria sensible del pueblo singular y de la sociedad particular, que fue percibida e interpretada por la vivencia intensa del escritor. Esto equivale a encontrarse con los espesores sensibles de la experiencia, descifrar este mundo desde estos espesores. Vamos a intentar hacerlo en lo que respecta a la novela Los subterráneos de la libertad. Vamos a utilizar esta aproximación, al sentido inmanente de la percepción de la novela, para mejorar el análisis crítico efectuado sobre el acontecimiento Brasil.

Los ásperos tiempos

La primera novela de Los subterráneos de la libertad gira en torno al golpe de Estado de Getúlio Vargas[4].  El golpe, desde su preparación, hasta su llegada y su consolidación, divide las fuerzas, deja claro el antagonismo que atraviesa la sociedad; de un lado, están los que son propietario de cafetales, empresarios, propietarios de periódicos, banqueros, congresistas, políticos, diplomáticos; del otro lado, están los trabajadores, el proletariado, hombres y mujeres, familias pobres, campesinos, jornaleros. Aunque también el golpe de Estado dispersa las fuerzas, que aparecen como homogéneas; no forman un bloque, pues muestran sus diferencias. Los políticos liberales, que apuntan a las elecciones, ven con malos ojos el golpe de Estado; sin embargo, los empresarios y banqueros, más pragmáticos, menos apegados a las formalidades democráticas, prefieren “la mano dura” de un hombre audaz y carismático. Getúlio Vargas[5] no solamente es apoyado por la burguesía y los terratenientes, es sostenido por el ejército, por las fuerzas armadas, por el dispositivo de emergencia del Estado, por la policía, así como también por el contingente de funcionarios, por parte de la clase media, que encuentra su oportunidad en la dictadura para ascender, para efectuar la movilidad social soñada. En otras palabras, la dictadura no solamente se sostiene por la decisión pragmática de la burguesía y los terratenientes, sino también por la inercia de una estructura de poder centralizada, burocratizada, represiva y militarizada. Ocurre como si el Estado, desde su amplitud como campo burocrático, campo institucional, como campo político, en el formato representativo, se redujera a su núcleo condensado, el Estado de excepción, desnudándose de todas sus apariencias formales.

Sin embargo, sabemos que el Estado no es un sujeto, no actúa, como si fuese persona. Son protagonistas singulares los que intervienen y empujan desenlaces en un momento que les parece crítico. Estos protagonistas no actúan sobre un espacio vacío o un plano liso; sino que se mueven en el espacio-tiempo tejido por instituciones, ecologías sociales, nichos sociales, atmósferas densas, calentadas o enfriadas por valores compartidos, prejuicios, símbolos e imaginarios, que hacen de decodificadores de las relaciones. Los protagonistas no viven sólo el presente, sino que el presente es contrastado con un pasado inmediato, que fue presente, la rebelión comunista de por lo menos una década[6]. Entonces, se podría decir que el golpe de Estado se opone a la rebelión comunista. Los sujetos sociales que apuestan al golpe de Estado se oponen a los sujetos sociales que intervinieron en la rebelión comunista.

La novela contrasta el mundo iluminado del poder contra el mundo oscuro, subterráneo, del trabajo de zapa de los revolucionarios. Contrasta los escenarios lujos, donde se desenvuelven las clases dominantes, con los escenarios pobres, miserables, donde se desenvuelven los trabajadores, el proletariado. Contrasta perfiles cínicos de hombres de mundo con perfiles inocentes de mujeres candorosas. Los subterráneos es una ilustrativa metáfora que muestra las cuevas, las cavernas, el subsuelo, donde se teje la libertad. El adentro, la intimidad, la experiencia de los cuerpos vulnerables, muestra su vitalidad creativa, frente a una exterioridad agresiva, enajenante, donde la experiencia social no es asumida, sino se prefiere seguir los esquemas de comportamiento dominantes, usar las máscaras de la ostentación, que, de vez en cuando caen, por develamiento de amoríos salvajes.

No se crea que estamos repitiendo mapas sociológicos; lo que decimos son aproximaciones, todavía conceptuales, a la lectura de la novela en cuestión. Los perfiles de los personajes aparecen, distinguiéndolos por sus historias de vida. Los perfiles son una entrada a los espesores de los personajes, espesores que aparecen elocuentemente cuando los protagonistas descubren sus subjetividades convulsionadas, complejas, contradictorias. Cuando conocemos sus planes, sus proyectos, sus penas, sus alegrías, sus frustraciones, sus logros. Sobre todo cuando desciframos sus comportamientos, que son como el resultado de una pugna interna. Claro que para algunos personajes se les hace más fácil decidir, pues han dejado en suspenso los escrúpulos, que podrían obstaculizar. 

El diputado Artur Carneiro Macedo da Rocha, descendiente de una vieja estirpe de São Paulo, es el primer personaje en aparecer. Político liberal, quién había renunciado a su romance de juventud, optando por casarse con una mujer de familia adinerada; sin llegar a tener remordimientos, seguía amando a la mujer abandonada, que también había optado con casarse con un hombre adinerado, un banquero. Ambos eran amigos; pero, Artur seguía teniendo pretensiones con Marieta Vale, cuarentona que conservaba su belleza juvenil. De entrada la novela nos presenta el pragmatismo de personajes característicos de la alta sociedad. Sin embargo, esta es una de las formas del pragmatismo dominante, hay otros, más descarnados, que son más violentos, convertidos en verdaderos oportunismos. Un ejemplo de este pragmatismo violento es el banquero Costa Vale, otro ejemplo es la Comendadora da Torre. Ambos sin los antecedentes familiares de Artur y Marieta, mas bien, de origen humilde, hasta desdichado, como el caso de la Comendadora, que fue prostituta, se convirtieron en ricos, en personas influyentes en estos ambientes, donde las familias de apellido, terminaron subordinadas a los nuevos ricos.

Estos contrastes en la propia burguesía nos muestran una composición alborotada, una burguesía sometida a una movilidad social interna, si se puede hablar así. Esta composición hace evidente que para ser burgués, lograr la ganancia, la acumulación de ganancias, solo puede lograrse si se es despiadado, si se dejan de lado principios morales, si se acepta pragmáticamente el código de esta gente emprendedora, empresaria; código que reza: para avanzar hay que aplastar al que se te pone en frente. En el medio aparecen otros personajes, útiles para los planes de esta burguesía emprendedora; el poeta César Guilherme Shopel, propietario de una editorial, escritor de poemas pretendidamente descarnados, poemas que forman parte de sus diversiones; el doctor Morais viejo profesor de Medicina, que se hace integralista, es decir, partidario de los fascistas brasileros, inclinados a una alianza con la Alemania Nazi, la Italia fascista y la España falangista; tiene estas inclinaciones totalitarias a pesar de que dice ser científico y estar entregado a su laboratorio. Poco después, con el golpe de Getúlio Vargas, el profesor decide apoyar al dictador, a pesar que los integralistas, que apoyaron el golpe de Estado, terminan excluidos del gobierno de Vargas.

Estamos ante una distribución diferenciada de la composición de la burguesía. A esta composición social se le llama la clase burguesa. Con la incorporación del senador Venancio Florival, terrateniente en Mato Groso, en Valle del Río Salgado, propietario de latifundios del tamaño de un país, se tiene casi completa la composición de la burguesía, en la representación narrativa de la novela. Como se puede ver, la clase es un concepto, una representación sociológica, que tiene como referente efectivo a una composición social diferenciada, conformada por sujetos concretos, particulares, definidos por sus historias de vida, quienes despliegan acciones específicas, dando lugar a una composición social singular.

La vida social, efectiva, concreta, específica, singular – usando distintos términos en este trámite aproximativo de significaciones -, se da en la dinámica de los personajes, de los actores sociales; sus individualidades, por así decirlo, actúan, intervienen, inciden en los eventos. Las asociaciones y composiciones que acuerdan definen atmósferas, climas, microclimas, sociales o de vivencia social concreta, dando lugar a hechos, sucesos y secuencias, que son asumidas como fragmentos de “realidad”. A estas conjunciones llamamos, en su representación general, datos históricos, mejor dicho, haciendo paráfrasis a Henry Bergson, dados inmediatos de memorias sociales. Memorias, si se quiere de clase, aludiendo a que se trata de distintas apreciaciones, perspectivas diferenciadas, dependiendo de la voluntad particular, que puede ser de dominio o, en contraste, emancipativa. Lo sugerente de la narrativa de la novela es que nos coloca ante la efectuación concreta de la sociedad. Realización diferenciada, de acuerdo a los lugares, los escenarios, las territorialidades, los ámbitos y campos específicos sociales, usando a Bourdieu. Son pues las dinámicas moleculares singulares las que componen las “realidades” locales, regionales, nacionales. Parece una interpretación inductiva; empero, no se trata de método, ni de metodología de la investigación. Estamos ante los efectos masivos, molares de dinámicas moleculares. Cuando se desglosa el concepto de clase, en este caso, de la burguesía, nos encontramos con una composición variada, una composición dinámica, que muestra, de manera desnuda, las minuciosas violencias constitutivas de esta composición social. Ya no se trata del concepto de violencia, que pierde su connotación, en esta abstracción, por más denunciativa que pueda ser; sino de violencias palpables, violencias concretas en personas, grupos, pueblos concretos. La lucha de clases, el concepto, la teoría, la interpretación, adquiere la desmesura específica del lugar donde concurre esta guerra social.

Pensar de esta manera, teniendo en cuenta las figuras corpóreas, en territorios concretos, es pensar la desmesura de la complejidad dada en la singularidad de la vida social. Si bien el concepto teórico, filosófico, alcanza una irradiación universal, si bien el concepto científico, sociológico, adquiere alcance general, pierden en profundidad, adquieren esa expansión en la representación plana, pierden espesor. En cambio la narrativa de la novela se mueve en esos volúmenes, en esos espesores, permitiéndonos una mirada integral, aunque no se puede universalizar, tampoco generalizar.

En Los ásperos tiempos se relata una escena ilustrativa en lo que respecta a la consideración de los hechos políticos. El banquero Costa vale se dirige a Artur, respecto a los rumores del golpe de Estado; el relato de la escena es el siguiente:

Costa Vale tendió la mano hacia el vaso, bebió un trago largo, habló mientras se acomodaba otra vez en el sofá, semicerrando los ojos:

—Bien, bien, Arturzinho, ¿cómo van las cosas? ¿Qué me dices de esas elecciones?

—Vamos a ver: ¿quieres rumores, o quieres hechos?

—Todo, lo quiero todo. A veces, hijo mío, los rumores son la verdad y los hechos sólo su máscara.

El novelista nos presenta una evidente contradicción en el comportamiento político liberal. Por decirlo, todo el mundo sabía o intuía el golpe de Estado; pero, formalmente, no se aceptaba este anuncio de la tormenta; se lo cubría, como queriendo ayuntar la llegada del suceso, con la incredulidad institucional. Decir que la verdad se encuentra en los rumores, en tanto que los hechos son una máscara, es poner en suspenso los hechos, pero, los hechos entendidos como datos institucionales, datos aceptados por el diputado liberal. El cinismo del banquero está más cerca del acontecer, de lo que va a ocurrir, que los buenos modales del diputado. En otras palabras, el banquero postula la verdad de la fuerza, la única premisa válida para pronosticar el futuro inmediato. No se trata sólo de rumor, sino de los códigos de la violencia.

En contraste la novela relata otra escena distinta en un hogar proletario:

Aquel día Mariana cumplía los veintidós años, y por la noche habían venido a casa algunas amigas con la idea de festejar el acontecimiento. El viejo Orestes había enviado unas botellas de licor de abacaxí que él mismo elaboraba en sus ratos de ocio. Mariana esperaba que él llegara para servir el vino y partir la tarta que había hecho su madre. No había mucho que comer y beber, los tiempos eran malos y a Mariana la habían despedido de la fábrica hacía dos meses. Ahora se entregaba por completo a la organización, y los funcionarios del partido ganaban poco, un menguado sueldo que además pocas veces recibían completo. Si no fuera por el viejo Orestes, un antiguo anarquista italiano que nunca había perdido, a pesar de haberse inscrito en el partido muchos años atrás, el amor a las frases solemnes y el anticlericalismo violento, ni vino habría para las visitas. Pero Mariana se sentía alegre, se había puesto su mejor vestido y llevaba una flor roja en el pelo castaño que enmarcaba su rostro lleno de dulzura. Sus grandes ojos negros expresaban toda la alegría que la poseía en aquel cumpleaños. Por la mañana, en la habitación donde dormía con su madre, había pensado en su vida, «había hecho un balance autocrítico», como decían en las reuniones de la célula. Había ingresado en el partido a los dieciocho años, pero realmente su vida había estado ligada a los comunistas desde mucho antes. Su padre había sido uno de los más antiguos militantes del partido y en la casa que ocuparon hasta su muerte, un poco mayor y mejor que la de ahora, se habían realizado muchas reuniones ilegales, se había escondido mucho material de propaganda y más de una vez la policía había irrumpido por la noche, despertándolos a todos, soltando insultos, amenazas, revolviéndolo todo, registrando hasta en los más mínimos rincones.

Mariana, hija de un militante comunista, también trabajador, fallecido por desgaste corporal, enfermedad, dedicación, arriesgando la salud, festejaba su cumpleaños con la familia, compañeros y el viejo Orestes, anarquista, inscrito en el partido comunista. Ambos, Mariana y Orestes, simbolizan la solidaridad de clase, el amor simple, humilde, empero, intenso, a la vida. Para Mariana la verdad es el partido o, mejor dicho, la verdad del partido; para Orestes la verdad es la verdad de la lucha de clases. Aquí no hay rumores, ni máscaras; hay experiencia, memoria constitutiva, construcción de la verdad del futuro, que no puede ser otra que la misma emancipación proletaria.

En la novela se encuentra una ilustrativa descripción de la situación al momento del golpe de Estado. Apolinario, el oficial del partido comunista, perseguido, desde el levantamiento de 1935, viajó clandestinamente al Uruguay, desde donde tomaría un barco que lo llevaría a España, para combatir, como oficial, dirigiendo a los soldados del quinto ejército, organizado por el PC. Conocedor, por el contacto uruguayo, del golpe de Estado de Getúlio Vargas, está ansioso de noticias.

Lee ávidamente las noticias: el ex-senador Venancio Florival se dirigía a Vargas y declaraba su apoyo al nuevo régimen en una entrevista concedida a la prensa, en la que afirmaba que combatir al comunismo era la necesidad primordial del país. Apolinario hizo una mueca de asco al leer el nombre del gran latifundista, cuyas historias corrían por los campos de Mato Grosso y de Goiás: los asesinatos de campesinos, la violencia contra los que se oponían a él, su voluntad convertida en ley sobre enormes extensiones de tierra. Otra noticia hablaba de divergencias entre Getúlio y los integralistas. Acción Integralista había sido prohibida, junto con los demás partidos políticos y el general Newton Cavalcanti, cuyas relaciones con el partido fascista eran notorias, había dejado el mando militar de la ciudad de Rio de Janeiro. Sin embargo, añadía el corresponsal de una agencia americana de noticias, el nuevo ministro de Justicia intentaba aún una fórmula de conciliación entre Vargas y los integralistas. Según el corresponsal, le habían ofrecido a Plinio el ministerio de Educación, y Acción Integralista, desapareciendo como partido político, se convertiría en una gran organización paramilitar bajo el rótulo de sociedad deportiva. Otra noticia anunciaba la liberación de algunos detenidos en el día del golpe y la llegada a Rio, para volver a las filas del Ejército, del exgobernador del Estado de Bahía. Un pequeño despacho, en un rincón de la página y en tipo menor informaba de la detención de comunistas en Rio, mientras pintaban consignas en las calles. Contra ellos se había iniciado un proceso, el primero que se apoyaba en la nueva constitución. Y en tres columnas, en negritas, saltando de la página, el artículo sensacional: en una entrevista concedida en exclusiva a la United Press, Vargas trazaba las líneas fundamentales de la política exterior de su nuevo régimen. Hablaba del panorama confuso del mundo, y afirmaba que su gobierno seguiría fiel a la amistad tradicional entre los Estados Unidos y Brasil, garantía de seguridad en el continente en estos tiempos de amenazas de guerra en Europa; hacía un elogio de Roosevelt en términos entusiásticos, y se refería a la deuda de Brasil con los capitales y con los técnicos norteamericanos, factores importantes del progreso brasileño. Terminaba clasificando al nuevo régimen por él instaurado como una democracia de tipo más elevado, donde reinaba un clima de cooperación entre patrones y trabajadores, y de donde desaparecerían las agitaciones extremistas, peligrosas para la salud de la patria. En un comentario a la entrevista, la agencia concluía que las palabras de Vargas eran una respuesta clara a los recelos del Departamento de Estado y de los medios financieros de Wall Street, temerosos en el primer momento del golpe ante la posibilidad de una adhesión de Brasil al pacto anti-Komintern, de una vinculación más profunda con la política germánica y de una colaboración con los capitales nazis. La entrevista de Vargas había venido a desmentir tales rumores, y se esperaba que de un momento a otro los Estados Unidos reconocerían al nuevo régimen político brasileño, a pesar de su carácter autoritario y antidemocrático. En un periódico católico, Apolinario leyó un artículo en el que, comentando el golpe, el periodista analizaba la nueva constitución y, aunque reconocía que algunos artículos y párrafos podrían parecer en principio extraños para la mentalidad democrática del pueblo uruguayo, no podía dejar de hacer su elogio, pues se trataba de defender la integridad moral, económica y política de Brasil contra la acción nefasta de los comunistas; y el mundo había llegado a un momento en que no era posible continuar, en nombre de un liberalismo democrático caduco, dando facilidades a los «cómplices de Moscú» para realizar su obra satánica de disgregación social. El texto presentaba al nuevo régimen brasileño como un modelo para los demás países del continente, si es que pretendían realmente salvar la civilización cristiana de la amenaza bolchevique. Bastaba contemplar los acontecimientos de España para ver el peligro. Aclamaba a Vargas como un gran hombre ejemplo para los políticos latinoamericanos, y le aseguraba la aprobación de Dios: «del Supremo Artífice del Universo que Vargas desea salvaguardar con la constitución del Estado Novo».

Nada más esclarecedor que esta figura manifiesta del diletantismo de Getúlio Vargas. A pesar de su admiración por Hitler y Musolini, reconoce la influencia de los Estados Unidos de Norte América, declara a la prensa extranjera que el Departamento de Estado y los medios financieros de Wall Street no debe preocuparse por lo que sucede en Brasil. Se trata de una forma democrática más elevada, superior.  Una democracia que supera las contradicciones de clase, que se erige como alianza de clases, por el bien y el desarrollo de Brasil. La burguesía agraria, en boca del latifundista el ex-senador Venancio Florival, declara su apoyo al dictador. El latifundista es el símbolo de la descarnada y desmesurada violencia contra pueblos, contra campesinos, contra indígenas, contra mestizos, a quienes se expropiaba sus tierras para instaurar la gran propiedad terrateniente, a veces, incluso, cada una del tamaño de un país.  El diletantismo no solamente aparece en política internacional, sino también en política nacional; Getúlio Vargas se deshace de sus compromisos con los fascistas brasileros. Acción Integralista había sido prohibida, junto con los demás partidos políticos y el general Newton Cavalcanti, cuyas relaciones con el partido fascista eran notorias, había dejado el mando militar de la ciudad de Rio de Janeiro. Sin embargo, quedaba claro que el golpe iba dirigido contra la revolución social.  Un pequeño despacho, en un rincón de la página y en tipo menor informaba de la detención de comunistas en Rio, mientras pintaban consignas en las calles. Contra ellos se había iniciado un proceso, el primero que se apoyaba en la nueva constitución.

Esta escena, donde se presenta al oficial comunista Apolinario asombrado ante los sucesos de su país, es elocuente; muestra el desplazamiento, todavía imperceptible, de Getúlio Vargas, desde sus primeros compromisos no sólo con los integralistas, sino con parte de la burguesía, los terratenientes, los banqueros, y quizás parte de los industriales, hacia posiciones, que quizás considere “propias”, “autónomas”, ya aparecidas en el desprendimiento del perfil del caudillo. Esta actitud, que podría leerse desde la perspectiva hipotética de la “autonomía relativa del Estado”, si se quiere, incluso de la “autonomía relativa del poder”, usando esta tesis, con toda la provisionalidad del caso, para vislumbrar la pretensión suspendida del “bonapartista” brasilero. Es elocuente la figura diletante del caudillo, por lo menos por dos razones; una, por su pretensión o creencia en que se encuentra sobre las fuerzas, sobre la lucha de clases, por suponer que goza de una cierta “autonomía”, que le otorga el poder; otra, porque nos dibuja ejemplarmente los juegos de poder, sobre todo haciendo visible, que estos juegos de poder adquieren diferencias singulares, dependiendo del escenario político constituido.  Sobre todo, cuando se da la forma carismática de la política, el cuerpo del caudillo, símbolo del poder patriarcal, manifiesta sus rasgos patéticos, con toda la teatralidad de los montajes, los rasgos de una psicología que se imagina levitando sobre las contingencias de los mortales. Este es el imaginario; sin embargo, los caudillos nunca dejaron de ser, no lo pueden, piezas y engranajes, no solo de juegos de poder, sino de estructuras, diagramas y cartografías de poder establecidas y vigentes.

Para seguir con figuras, esta vez con figuras que combinan azar y necesidad, se puede decir que los dados estaban echados. Volviendo a los conceptos sociológicos, la burguesía industrial requería resolver el problema de la demanda, del mercado interno, sin embargo, no estaba dispuesta a la reforma agraria, debido a las múltiples conexiones familiares y amistosas con el resto de la burguesía, sobre todo con la burguesía agraria. Prefiere una ruta conciliatoria, si se quiere pragmática, que llevar a cabo una revolución democrático-burguesas, usando términos de la jerga política de entonces. Se encuentra más cerca de los terratenientes, cuyas formas de propiedad latifundista, que controlan, obstaculizan la revolución industrial, que del proletariado, que de la masa de sus trabajadores, que ya postulan, en alianza con los campesinos, la reforma agraria. Si bien, este análisis sociológico no se hace, no la hace la burguesía industrial, la hacen los marxistas, aunque sus reflexiones individuales sean, más bien, anacrónicas, más apegadas a conservadurismos reaccionarios y prejuicios católicos, el comportamiento de “clase”, el instinto de sobrevivencia, efectúa una intuición de “clase”, inclinando sus acciones a un pragmatismo, como si fuese resultado de un análisis racional.  Encuentran en la salida de emergencia, en el Estado de excepción, el dispositivo drástico, que, en realidad es un recurso desesperado, para intentar combinar lo que teóricamente es incombinable, la revolución industrial sin reforma agraria. Getúlio Vargas es el lenguaje simbólico, que expresa corporalmente tanto la desesperación de la burguesía como la demanda afectiva del padre perdido, de parte del pueblo. El caudillo también es la superficie del cuerpo donde se inscribe imaginariamente la correlación de fuerzas. El caudillo busca apropiarse de la oferta comunista de revolución social, reduciéndola al programa asistencial, a la representación sindical restringida y tutorada por el gobierno, al reconocimiento de derechos sociales y del trabajo, empero donados por el Estado corporativo. Se apropia de la imagen de piedad, que es la interpretación populista de lo que creen que es la convocatoria comunista.

Desde una interpretación de la lingüística estructural, podríamos decir que Getúlio Vargas es el significante que llena la burguesía industrial con sus significados de clase; así mismo es el significante que llena diferencialmente el resto de la burguesía. Lo mismo pasa con el pueblo, parte del pueblo, el demandante; esta parte del pueblo demandante usa el significante del caudillo para llenarlo con los significados de esperanza, que ventila su súplica. El Caudillo cree que es alguien, es decir, el protagonista de la historia, que tiene bajo su control los hilos del poder; así también lo creen sus partidarios; pero, esto no es más que una ilusión. El mismo se convierte en significante para sí mismo, llenándolo de significados hedonistas, de significados apologéticos, incluso dramáticos, tramas donde él, el supremo, es el centro, principio y fin. Jugando con las interpretaciones, se pude decir que su suicidio es el resultado dramático de un significante desgarrado por los contrastes y contradicciones de sus significados.

Es en este círculo significante donde el signo, la interpretación, se arma, llenando el cuerpo del caudillo con los imaginarios de clase, de estratos sociales, de grupos, de redes clientelares; se da lugar a la construcción de la geopolítica regional, lo que Ruy Mauro Marini llama subimperialismo. En el caso de la geopolítica regional, ciertamente no es el mismo fenómeno imaginario que los dados en esta compulsión representativa por el cuerpo del rey, pues se trata de la elaboración y formulación de una estrategia de dominación espacial. Ya no es el cuerpo del rey el disputado, sino el espacio geográfico mismo, no sólo de Brasil, sino de Sud América, incluso más allá, del Atlántico Sud. Entonces se llena de contenido apetecido el espacio geográfico, se le otorga los significados de la dominación, del control del espacio, del control de sus recursos naturales. Ya no lo hacen las clases, en el sentido singular, sino el Estado, en su sentido universal. Ciertamente, en su formulación efectiva, la hace la Escuela Superior de Guerra, las Fuerzas Armadas; empero, sosteniendo esta formulación está la burguesía industrial. La burguesía industrial, en este caso, se presenta como clase universal, hablando a nombre del desarrollo económico.

Lo que pasa con el caudillo Getúlio Vargas pasas con los caudillos de este medio día del siglo XX; se puede extender esta interpretación hasta nuestros días, sobre todo cuando tenemos como referente a los llamados gobiernos progresistas, claro que teniendo en cuenta las transformaciones históricas, los contextos diferenciales, las coyunturas críticas, los nuevos juegos de fuerzas, las modificaciones sociales, estructurales y políticas de la lucha de clases. La concurrencia de significados de clase, de grupos de poder, de redes clientelares, que llenan de contenidos imaginarios el cuerpo de los caudillos; las elucubraciones sobre geopolíticas, no sólo regionales, sino incluso locales, amazónicas, andinas, geopolíticas de los recursos mineros e hidrocarburíferas, geopolíticas de la integración económica y comercial de Sud América, dibujan sus estrategias en los mapas, buscando llenar sus explanadas, rugosidades, fisuras y corrientes con contenidos de dominación y control. Estos contenidos, tanto las inscripciones sobre el cuerpo del rey como los dibujos estratégicos sobre los mapas, no dejan de ser juegos imaginarios, aunque se sostengan en juegos de poder, en juegos de fuerzas, sostenidos por la materialidad múltiple de violencias polifacéticas. Las geopolíticas son estrategias, son, si se quiere, en el sentido operativo, planes, planificaciones de dominación espacial; sin embargo, para que se den, se realicen, depende de otro juego, que podríamos llamar opuesto a los juegos de poder, depende del juego de las resistencias. Es una alucinación creer que la geopolítica funciona solo porque ha sido elaborada y formulada, aunque lo haya sido por instancias y dispositivos con mayor disponibilidad de fuerzas. La “realidad” como complejidad, no es una plastilina, que se puede moldear a gusto.

Se puede mejorar la hipotética pretensión de la geopolítica, se puede proponer una propensión más compleja, menos simple; por ejemplo, concebir que los efectos, las resultantes, lo que ocurra, va depender de la concurrencia de dos campos de juegos de fuerzas, el relativo a los juegos de poder y el relativo a los juegos de resistencias. Esto mejora la interpretación política, así como mejora las posibilidades las posibilidades de la razón instrumental; empero, tampoco logra apropiarse de la complejidad, de la “realidad” efectiva, desenvuelta por las dinámicas y los devenires que la constituyen. En este sentido, se puede decir que el poder es una voluntad de dominio, una voluntad de dominio que busca desesperadamente controlar los “secretos” de la vida, los núcleos escondidos de la “realidad”. Sólo lo puede hacer imaginariamente; imaginación febril sostenida por la malla institucional, descargando sistemáticamente violencias múltiples para imponer, más que su dominio, la creencia en su dominio, el fetichismo del poder y el fetichismo institucional.

Debemos aprender de la experiencia social, de la actualización de la memoria social, de América Latina y el Caribe, para escapar a la episteme del poder. Descubrir las interpretaciones posibles en las dinámicas de la potencia social, interpretaciones que no sólo interpelan las formaciones enunciativas de la episteme del poder, que no sólo señalen sus límites, sino que comprendan las genealogías de sus emergencias como capturas de fuerzas, de cuerpos, de mentes, buscando controlar, detener, los flujos creativos de la vida. La comprensión integral de la potencia social se ríe de estos esfuerzos por dominar los devenires. Lo máximo que pueden hacer estas estrategias de dominio, estas pretensiones paranoicas, es construir islas provisionales de control y de poder, mantenidas por estructuras institucionales; pero, no son más que islas provisorias en la inmensa constelación de complejos espesores de los tejidos del espacio-tiempo-vital-social.

Uno de los más bellos cuadros que configura la novela es la del Valle de Río Salgado. La descripción es toda una pintura del territorio exuberante:

El río corría con ímpetu de aguas fangosas, las pirañas voraces encrespaban su tortuoso curso de serpiente. Barrancos, troncos de árboles, cuerpos podridos de animales, hojas secas y plumas coloreadas de aves iban rumbo al mar a través de la selva, arrastradas por la corriente. Pájaros de variadas familias trinaban en los árboles frondosos, donde saltaban ágiles macacos bajo el grito estridente de los periquitos, los ararás, los papagayos. Flores de rara belleza nacían parásitas sobre los troncos, orquídeas de increíble colorido, y flores salvajes, amarillas, azules, abigarradas, tendidas en el suelo de la selva cerrada en sombras húmedas. Setas monstruosas nacían y crecían con alucinante rapidez bajo el vuelo de mariposas de todos los colores, algunas de un azul sombrío, casi negro, otras de un azul celeste como un cielo sin nubes. Animales diversos venían de la selva a beber en las márgenes del río: puercoespines y antas, roedores rápidos, asustadizas pacas, venados de elegante caminar, serpientes plateadas de agudos dientes venenosos, el temido jaguar de imprevisible salto, de mortales garras asesinas. En la desembocadura de los pequeños afluentes se calentaban al sol los cocodrilos, con la enorme boca abierta cerrándose sobre peces inocentes. Una vida de comienzos del mundo se desarrollaba bajo el sol ardiente, entre las lianas intrincadas que enlazaban los árboles en el casi deshabitado Valle de Río Salgado. 

La descripción de las fronteras de este paraíso es narrada desde la percepción de Gonzalón, el enorme hombre, militante perseguido, por estar comprometido con un alzamiento indígena; hombre condenado a cuarenta años de prisión, diez como extremista y jefe de revoltosos, y treinta por asesinato.

Gonzalón sabía que más allá del valle, al otro lado de las montañas, se extendían pastos y haciendas ganaderas, plantaciones, casas de colonos y trabajadores. Y alguna vez se aventuró hasta allí, a pesar del peligro, hasta aquellas tierras del senador Venancio Florival, cuyo nombre hacía temblar a todo el mundo. Fue así como inició entre los campesinos un trabajo político, de partido, pese a hallarse desligado de cualquier organización, perdido en la selva. Había sido una decisión de los compañeros: tenía que desaparecer sin dejar rastro, permanecer durante un tiempo oculto en cualquier remoto lugar. Era imposible esconderlo en las ciudades, donde lo buscaban policías de todos los estados con orden de matarle si lo encontraban. Eso le hacía inútil para cualquier tarea del partido, y al mismo tiempo le convertía en una pesada carga para los demás. Lo comprendió así, y atravesó en espantosa caminata el sertón, aquella llanura de matorrales espinosos, y luego las montañas, el río y las selvas vírgenes, hasta dar con aquel valle donde nadie de la policía podría imaginarle ni soñaría con ir a detenerle.

El espesor enmarañado de la selva se opone al espacio plano y estriado de las plantaciones y las haciendas. La selva también fue el paraíso donde escaparon los cimarrones, huyendo de la esclavización a la que fueron sometidos. La selva también es la metáfora de la rebelión opuesta a la explotación, la revelación exuberante de la vida opuesta a las disciplinas de la modernidad. Es en estos territorios indomables donde vuelven a estallar las resistencias y las luchas contra las avanzadas del imperialismo, empresas desarrollistas que buscan implantarse allí, en el fin del mundo, para extraer el preciado manganeso.  Fue precisamente el camarada Vitor quien le adelanto que:

—Eso está casi deshabitado. Es una región riquísima. Aún hace poco leí un artículo sobre ella en una revista norteamericana. Esa gente no va a tardar en tender sus garras sobre estas tierras. Por lo visto hay manganeso, inmensas cantidades. ¿Por qué no vas ahí, y los esperas hasta que lleguen? Ellos (los norteamericanos) o los alemanes, que también están interesados.

Es una guerra prolongada esta de la guerra anticolonial. Gonzalón se acordaba de la anterior rebelión y comparaba:

A veces, entre los indígenas de Río Salgado, Gonzalón se acordaba de los indios de Ilheus. Depositaban en él la misma confianza, lo miraban con los mismos ojos amigos. Un resto de la tribu, escapado de la matanza organizada en los tiempos de la colonización, cultivando tierras suyas por herencia inmemorial; una pequeña misión del Servicio de Protección a los Indios funcionando junto a la colonia. Gonzalón era enfermero de la colonia india, les enseñaba el alfabeto y, al mismo tiempo, despertaba en ellos la conciencia política.

Los compañeros le habían conseguido aquel empleo después de haber quedado marcado tras la huelga que había dirigido en una fábrica de aceites vegetales. La profesión de enfermero la había aprendido en el servicio militar. En el hospital donde había encontrado empleo al dejar el uniforme, se hizo comunista. Un médico le había proporcionado libros, folletos, y pronto se convirtió en un activista ardiente. Del hospital salió para la fábrica, y la huelga fue una escuela útil. Pero desde entonces ya no pudo vivir en paz: la policía lo consideraba peligroso y cada dos por tres le detenían. Fue entonces cuando, por medio del mismo médico que le había relacionado con el partido, consiguió ser nombrado enfermero en la Colonia Paraguaçú.

Pareciera que no hay un solo lugar donde se pueda escapar, la modernidad, del desarrollo, el progreso, no tardan de llegar; las empresas con sus propietarios, los mismos que se hacen potentados de enormes extensiones de tierra, llegan como jinetes del apocalipsis. Arrasan con los poblados afincados en esos territorios, arrasan con los bosques, reducen a los que se quedan a las condiciones miserables de los trabajadores de las periferias del sistema-mundo, arrinconándolos en campamentos sórdidos. A eso es lo que se llama progreso y desarrollo, las haciendas lujosas ostentan, con aires del imperio, opulencia, mientras se oculta en la sombra las barracas tristes donde viven los trabajadores agrícolas. Se llama desarrollo y progreso a la destrucción de la tierra, con el objeto de extraer minerales, apreciados por el mercado y la industria pujante. Getúlio Vargas llega al palacio a nombre de ese desarrollo y progreso. Es el instrumento carismático de este empuje avasallador que llama la burguesía historia y civilización. Todos los discursos dominantes se van a encargar de justificar la aparición del padre esperado; a su manera cada quien, incluso los nacionalistas, incorporando también a los reformistas, verán en el caudillo el padre de la soberanía. No ven que las nacionalizaciones mejoran las condiciones de los términos de intercambio entre centros y periferias, conservándose las relaciones de dependencia. Incluso la revolución industrial termina afianzando la dominación de la geopolítica mundial del capital, aunque haya mejorado la condición del país, convertido en “potencia”.  El costo de esta geopolítica es grande. Costo social y costo ecológico.   

Pero aquéllas eran tierras fértiles y los campos se dilataban y producían gracias al arduo trabajo de los indios. Un día, un político descubrió que a aquellos indios jamás se les había hecho concesión legal de las tierras. Eran tierras de nadie. Y con la benevolente simpatía del gobernador del Estado, puso a su nombre, en el Registro de Títulos de Propiedad, aquella extensión de tierra sin dueño. Hizo la medición, y los indios y el personal del Puesto de Paraguaçú no se enteraron de nada hasta que un día apareció el político, título de propiedad en mano, dispuesto a tomar posesión de su tierra y a «lograr un acuerdo amistoso con los nativos». Gonzalón obligó al viejo sargento a embarcar para Rio y presentar el caso ante el Servicio de Protección a los Indios, cuyo jefe supremo era un general del Ejército. El Servicio se puso en movimiento, planteó el caso ante los tribunales. El litigio duró algún tiempo, el general-jefe parecía haber tomado la cosa a pecho. Cuando el sargento volvió, Gonzalón fue a Bahía a discutir el caso con la dirección del partido. Vitor le dijo, con su voz brusca y directa, atusándose el mostacho largo y erizado:

—No te hagas ilusiones con lo del pleito. Es una justicia de clase, una justicia hecha a la medida de los latifundistas. Pese al clamoroso escándalo, y del hurto miserable que la cosa va a suponer, el Tribunal Supremo fallará en contra de los indios. Alimentar ilusiones en ese sentido es desarmar a los braceros y a los colonos…

El desenlace del enfrentamiento, como preparado, de antemano, en las entrañas mismas del acontecimiento, sobre todo por la servicial función de la justicia al avasallamiento latifundista, por la subsecuente incursión de ocupación, después de la derrota de la primera acción punitiva, la llegada de la policía militar.

Pero, como había previsto Vitor, el Tribunal Supremo falló en favor del político. Cuando éste volvió, le acompañaban el delegado de policía de Ilheus y varios elementos de la policía rural. En el Puesto, el sargento inclinó la cabeza. Se sentía triste y defraudado en su buena fe pero, ya que la justicia lo había decidido así, las tierras eran del nuevo propietario. El político fue magnánimo: estaba dispuesto a mantener a los indios en condición de aparceros, a mantener el puesto de protección, e incluso dijo que iba a ayudarles a cumplir con su tarea. Todo parecía resuelto en buena armonía, pero los indios habían desaparecido, y con ellos Gonzalón. El político, acompañado por el delegado, el viejo sargento y algunos guardias, salió a ver sus tierras. Fue recibido por una descarga cerrada. Así empezó la lucha en Posto Paraguaçú, lucha que duró más de un mes. Para liquidar a los indios hubo que movilizar a casi toda la policía militar del Estado.

En aquel primer encuentro, el político fue herido, murió un guardia, y los demás se retiraron a toda prisa. Aquella noche fue melancólica la entrevista entre el sargento y Gonzalón. El viejo pescador intentó convencerle de la inutilidad de la resistencia:

—Un pobre no es nada en esta tierra, un pobre no es nada, ¿qué van a ganar los indios rebelándose, si ni siquiera puede nada el general, con todas sus estrellas y su prestigio? Es marchar a una muerte segura…

 El relato del enfrentamiento es apasionante. La tenacidad indígena infringe derrotas en las avanzadas latifundistas apoyadas por el ejército. El nombre de Gonzalón se convierte en parte de una leyenda, el levantamiento indígena forma parte de la memoria social, las tierras defendidas son regadas con la sangre de los caídos. Si las haciendas avanzan, si la nombrada “civilización” moderna avanza, lo hace sobre cementerios indígenas.

La expedición punitiva, compuesta por soldados de la policía militar de Ilheus e Itabuna y por guardias rurales elegidos en las haciendas, fracasó por completo. Los indios se defendían bien, estaban armados, y su puntería era temible. Vinieron refuerzos de Bahía, y con ellos un coronel del Ejército y periodistas. El nombre de José Gonzalo ganó una rápida y temible celebridad en todo el país. Como los periodistas poco o nada sabían de su pasado, inventaron historias tenebrosas, relacionaron su nombre con el bandidaje que reinaba en las tierras del cacao en años anteriores, le describieron como un criminal sin entrañas al servicio de los comunistas. Sólo uno, entre los corresponsales de los periódicos, un joven escritor mulato, expuso en sus crónicas la justicia de la causa defendida por los indios. Inmediatamente fue llamado por la dirección del periódico y, al llegar a Bahía, fue asaltado una noche por un grupo de policías que lo dejaron inconsciente de una paliza. ¿Acaso no se había atrevido a describir, abusando sin duda de la confianza de su periódico, las torturas infligidas por el coronel y sus subordinados a un indio a quien habían hecho prisionero? Torturas horribles, que recordaban los tiempos coloniales, con los nobles portugueses y los jesuitas quemando indios a medida que avanzaban las «bandeiras».

Al mismo tiempo, por toda la zona, entre millares de braceros, se iba desarrollando una campaña de solidaridad con los indios. Algunos hombres se arriesgaban de noche, a través de los campos batidos por las patrullas militares, para llevar municiones al Posto Paraguaçú. Muchos no regresaban, y preferían quedarse para poner su certera puntería al servicio de los rebeldes. Durante más de un mes, bajo el mando de Gonzalón, los indios pudieron resistir. Desde Bahía seguían enviando refuerzos militares. Fueron cercadas las tierras de la colonia, y en los periódicos aumentaba cada día el espacio dedicado a la lucha. Los indios iban cayendo uno tras otro, pero la resistencia continuaba. Cada avance del latifundista se pagaba a un alto precio de sangre. En las haciendas contiguas, braceros y aparceros oían las descargas de fusilería y así iban adquiriendo consciencia política. Aprendían con los indios. El nombre de Gonzalón adquirió para ellos un significado, mientras iba adquiriendo otro muy distinto para los señores de la tierra.

Y el cerco se iba apretando, hasta llegar un día en que se vieron reducidos a sólo el puesto y a unos pocos hombres. Aquel día, Gonzalón fue herido en una salida, y los indios, en un prodigio de audacia sólo posible en ellos que conocían aquellos caminos palmo a palmo, le llevaron hasta la distante casa de unos amigos. Antes, siguiendo sus consejos, habían incendiado las plantaciones y las chozas. Al día siguiente, el político pudo poner los pies en las tierras conquistadas. Unas tierras calcinadas, empapadas en la sangre de sus defensores.

Estos relatos de la novela nos muestran otro Brasil, no el Brasil presentado institucionalmente, menos el Brasil turístico, mucho menos el Brasil de la dictadura militar, que al usurpar al pueblo afro, mestizo, migrante, el nombre de Brasil, presenta una geopolítica regional, que es la voluntad de dominación de las oligarquías, aunque también es la voluntad de revolución industrial de la burguesía. La novela descubre a Brasil rebelde, en constante lucha contra las oligarquías, contra lo que llamamos la continuidad del colonialismo, la colonialidad, en constante lucha contra el capitalismo avasallado y destructivo de territorios, de poblaciones, de sociedades, de culturas. Haciendo un recorte en la remembranza histórica, comenzando con la segunda década del siglo XX, nos encontramos con levantamientos de oficiales contra las oligarquías. Un ejemplo irradiante de estos levantamientos es el movimiento llamado Tenentismo.  Nombre dado al movimiento político-militar y a la serie de rebeliones de jóvenes oficiales, preponderantemente tenientes; oficiales descontentos. Estos movimientos políticos-militares, demandaban reformas en la estructura de poder del país; una de las reivindicaciones apuntaba a las condiciones democráticas, pedía poner fin del “voto cautivo”; en este sentido demanda la institución del voto secreto, así como la reforma de la educación pública. Haciendo un recuento, se puede decir que los movimientos tenentistas se despliegan localmente, dejando inscrita en la memoria social los nombres que los representan, convertidos en símbolos de la rebelión; estos espesores de la rebelión son la Revolución del Fuerte de Copacabana de 1922, la Revolución Paulista, la Comuna de Manaos de 1924 y la Columna Prestes. La Columna Prestes se hizo célebre por su larga marcha, su resistencia tenaz, por su duración, también por no ser vencida nunca por sus persecutores, el ejército federal, las milicias de los hacendados, la policía militar. La Columna Prestes convocó a diversas corrientes “ideológicas”, cuyas diferencias no eran notorias ni consideradas importantes como para producir escisiones, en ese momento. La mayor parte de la Columna estaba compuesta por capitanes y tenientes. En esta rebelión de oficiales se postuló el perfil del “Soldado Cidadão”. El capitán Luiz Carlos Prestes se destacó como el más claro líder del movimiento; este capitán se convirtió en una leyenda en la memoria social, se lo nombró como el Cavaleiro da Esperança. El capitán Luiz Carlos Prestes se incorpora al Partido Comunista Brasileño; su trayectoria ejemplar lo lleva a convertirse en el Secretario General del partido.

Se puede encontrar en esta matriz, la de la Columna Prestes, la cuna de distintas composiciones políticas; una lleva a la “revolución de 1930” y al getulismo; otra lleva a la organización fascista Integralista; la tercera, de expresión radical en su interpelación social y política, lleva a la incorporación al Partido Comunista de Brasil de parte de los integrantes de la Columna. La “revolución de 1930” reguló y normó con las primeras formas de legislación social, también desplegó políticas económicas de impulso a la revolución industrial. Promulgó normas favorables a los trabajadores. Como dijimos, el punto de inflexión se encuentra en este momento de bifurcación histórico-política. La “revolución de 1930” desguarneció la estructura de poder de las élites políticas tradicionales de la llamada República Velha.  Desde entonces se amplía el campo político, así como los márgenes del juego político, también de las clases sociales que participan en la influencia de la conducción del Estado. La hegemonía económica de São Paulo y Minas Gerais no desapareció; sin embargo, se vieron en la necesidad de competir con la emergencia de otros polos de “desarrollo”, como Río de Janeiro y Río Grande do Sul. Fue desplazada la élite del núcleo oligárquico, nombrada popularmente como café com leite, que comandaban la economía del café, la economía ganadera, combinada con la economía industrial, todavía subordinada y casi ahogada, además del comercio, la banca y los servicios.

En relación a lo que dijimos en Acontecimiento Brasil, que este período de Getúlio Vargas, abarcando sus gobiernos, los de facto y el electoral, es el punto de inflexión cuando emerge la geopolítica regional, debemos también decir, que para comprender este punto de inflexión es menester visualizar los procesos concurrentes que derivan en el desenlace. Lo que sobresale del periodo que llamamos turbulento es la rebelión, la distintas formas de la rebelión, entre ellas, la que aparece como movimiento visible, el de los oficiales, que, al final de cuentas, expresa también la rebelión social, ocultada por la noticias.  Con esto reforzamos nuestra hipótesis de interpretación, de que Getúlio Vargas es como la síntesis forzada de la lucha de clases, la solución conservadora para impulsar la revolución industrial, sin llevar a cabo la reforma agraria; es decir, sin afectar a los latifundistas, que se convirtieron en un obstáculo para la revolución industrial. Es también una respuesta a la lucha de clases, pues ante la emergencia de la demanda social, de la interpelación proletaria, el horizonte institucional, como proyecto, responde como acordando un pacto, concediendo leyes sociales y del trabajo. Lo importante de todo esto, lo significativo de los cuadros de la novela, es que nos revela la potencia social de la formación social-territorial brasilera.

No pretendemos volver al análisis crítico por los caminos de la teoría, interpelando a las ciencias sociales, a la ciencia política, a la historia tradicional, sino retomar esta discusión, como planteamos al principio de este ensayo, desde la interpretación del sentido inmanente que logra la percepción, la experiencia social, la memoria social, recogidas en la interpretación narrativa de la novela. Si lo hacemos es para dialogar con el análisis que planteamos, buscando enriquecerlo desde la perspectiva estética de la narrativa literaria. Retomando entonces esta perspectiva tenemos un cuadro intenso, descrito desde la mirada de Gonzalón, militante aguerrido, desde sus reflexiones, sus recuerdos, sus afectos, sus predisposiciones. La descripción de la expansión latifundista, los modos operativos de esta expansión, usando al Estado como herramienta indispensable, tanto en lo que respecta a la justicia como en lo que respecto a los dispositivos represivos, sin dejar de lado a la prensa, es, a la vez exhaustiva, de la manera que lo puede ser la narrativa literaria, y condensada. Asistimos al despliegue del poder de la oligarquía conformada en la época del imperio. Haciendo paráfrasis a Van Gogh podemos decir que el Imperio ya no está; pero, la oligarquía sigue todavía. Hablamos de un diagrama de poder colonial; como todo diagrama de poder, se inscribe en los cuerpos. En el caso que compete, imprime en los cuerpos una violencia inicial, de la misma manera que desata sobre la naturaleza una violencia inicial; esta violencia inicial intenta apoderarse de los cuerpos, tratando de convertirlos en animaciones instrumentadas por una administración racional, burocrática, encaminada a quitarles toda dignidad, humana, por cierto. Inoculando la desvalorización absoluta. Este diagrama de poder se sostiene en la economía política colonial, que diferencia hombre blanco de hombre negro, hombre blanco de hombre indio, hombre blanco de hombre de color; diferenciaciones sostenidas en la diferenciación de género hombre/mujer[7]. La valorización abstracta es el ideal blanco, que, sin embargo, se sostiene por contraste con el color intenso de lo negro, de lo pardo, de lo cobrizo; es decir, se ejerce por apropiación de los cuerpos de color. Esta economía política colonial sostiene la geopolítica racial del sistema-mundo capitalista. La colonización, en sentido moderno, en sentido capitalista, promociona las violencias más demoledoras, pues parte de la descalificación del otro, que en el fondo es la descalificación de la otredad, encarnada en la mujer. El diagrama colonial es por excelencia un diagrama de poder patriarcal.

Así como se justificó la guerra de conquista como acción civilizatoria, de la misma manera se sigue justificando la apropiación de tierras indígenas, que los exploradores llaman “tierras vírgenes”. En tiempos previos al golpe de Estado de Getúlio Vargas, la oligarquía, figurada como la élite y estructura de poder café com leite, consideraba que contenía los atributos absolutos implantados por la conquista. Podía disponer a su antojo de pueblos, de cuerpos y de tierras. En su forma más desmesurada este diagrama de poder no persigue domesticar, menos disciplinar, como corresponde al diagrama de poder por excelencia moderno, sino busca obligar. Nunca hay que olvidar que, en realidad, el substrato del diagrama de poder colonial es la esclavización; es decir, la disposición absoluta del cuerpo, de los cuerpos, de los conquistados, reducidos a la “animalidad”. El diagrama de poder colonial es, de los diagramas de poder, el de la “violencia” desnuda, descarnada, sin necesidad de legitimación, salvo el de la cristianización. Ciertamente, la forma inicial, desmesurada, de este diagrama, se ha transformado. Bartolomé de las Casas denunció la violencia colonial sobre los pueblos indígenas. Con las independencias, el diagrama colonial se preserva, por medio de transformaciones, que se adecúan al formato de la república. Sin embargo, su violencia inicial se mantiene. No se explica de otra manera la interminable conquista recurrente sobre territorios, desconociendo derechos consuetudinarios de los pueblos originarios; después, sobre las poblaciones campesinas asentadas.

Lo que, en el fondo, entra en crisis, lo que es cuestionado por las rebeliones, es el diagrama de poder colonial, es este “derecho” del conquistador. Lo que reclamaba la oligarquía es precisamente este derecho de guerra de conquista, aunque no lo exprese, de esa manera en sus discursos. En la novela, Gonzalón se enfrenta a las singularidades del diagrama de poder colonial. En su figura se resume la permanente rebelión indígena, la eterna rebelión afro, la eterna rebelión de los humanos de color, también de los humanos “blancos” pobres, ennegrecidos por su condición social.

La “crítica literaria” ha calificado la narrativa de Jorge Amado de militante, como queriendo decir que, a pesar de su expresiva narrativa es un escritor que toma posición; lo que haría dudar de su valor literario. Esta “crítica literaria” considera a la literatura como arte de contemplación, quitándole a la génesis del arte precisamente lo que lo hace arte, la pasión creativa, que tiene que ver precisamente con la posición en el mundo. No hay arte por el arte, de la misma manera que no hay producción por la producción, como cree la economía política; esto es “ideología”; lo que Marx decía, es fetichismo.  Los que creen que hay arte por el arte son fetichistas; es decir, perversos. Jorge Amado es militante de la literatura, también es militante, activista, en el sentido político. Su militancia en la literatura es consecuente con la estética; está íntimamente integrado al acto creativo, que no puede ser otro que la explosión de la vida, de la memoria sensible. En este acontecimiento literario radica la conmovedora escritura de Jorge Amado. Su apasionada vinculación con el acontecimiento Brasil lo empujan a inscribir en la piel del papel lo que se siente en la piel de los cuerpos. Esa “crítica literaria” no entiende nada. Solo subsiste por relaciones de poder, que se asientan en la simulación de poses de seriedad, que solo pueden ser tomados en cuenta, fugazmente, en los escenarios montados académicos y de prestigios maquillados.

La belleza de la literatura latinoamericana y del Caribe se encuentra en esta develación, en mostrarnos la permanente resistencias de los cuerpos y los territorios, la constante rebelión, en sus múltiples formas. Nunca fuimos “víctimas”, que es el sujeto pasivo del ejercicio del poder,  salvo para Bartolomé de las Casas, es decir, para la versión bondadosa de la iglesia, para la versión piadosa de la colonia, para los humanistas, para los “izquierdistas” que se quedan en la denuncia, para los de-coloniales, que repiten, posmodernamente, aunque odien esta calificación, la pose de Bartolomé de las Casas.  Somos guerreros; siempre lo fuimos, ahora lo seguimos siendo; esta rebelión reaparece en la selva lacandona, en la movilización anti-extractivista de los pueblos indígenas, en la defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS), en las movilizaciones de los jóvenes que exigen educación de calidad y gratuita, en los jóvenes que exigen pasaje libre, poniendo en claro la defensa de lo común frente a la expropiación de lo privado y lo público. 

Jorge Amado es un guerrero armado de escrituras. No tiene sentido discutir su apego a los esquemas del PCB, pues eso es relativo, aunque haya sido sentido como de mucha importancia por el novelista. Al final de cuentas el PC termina siendo un instrumento en la rebelión del pueblo brasilero, por lo menos en la etapa importante de un periodo turbulento. El sentido de la literatura no se encuentra en la literatura, como si fuese un arte de contemplación, el sentido inmanente de la literatura se encuentra en su lucha por recuperar los espesores de los ciclos de la vida, expropiados no solo por la modernidad, sino por la simulación de la formalidad. Jorge Amado es un gran novelista por eso, por descifrar, interpretar, los signos pasionales de los pueblos distribuidos en la geografía emancipatoria, recordando a Milton Santos, llamada Brasil. Pueblo culto, por la mezcla y combinación de culturas, las devenidas del África, las devenidas de plurales pueblos indígenas, las devenidas europeas, sin ruborizarse ante los sacerdotes de la de-colonialidad, pues también están las culturas europeas, que no tienen por qué ser  reducidas a las pretensiones propagandistas de las instituciones del poder. Latino América y el Caribe son territorio culto, de la misma manera; también lo es África, pues ha sido capaz de interpretar las invasiones en sus canciones, en sus danzas, en sus comportamientos, en los discursos de T’usant Le Ouverture, en Frantz Fanón, en Nelson Mandela. También lo son los pueblos del continente inmenso, interminable, del Asia. Sus milenarias culturas y civilizaciones se afincan en la piel de los cuerpos, en las modalidades de las conductas, en las reflexiones filosóficas ancestrales y actualizadas.  Así como en los pueblos de Europa; es absurdo reducir a las culturas Europeas a la representación universal de la modernidad, que pretendió apropiarse de la potencia social, de los pueblos de la península Europea de Eurasia, formulando e institucionalizando representaciones universales de la cultura y civilización moderna. Contra la impostura de la modernidad hay que rescatar la capacidad creativa de las sociedades y los pueblos, que no son universales, sino auténticos; es decir, singulares.

La importancia de la novela de Jorge Amado radica en que nos hace viajar a los territorios pasionales del acontecimiento Brasil, dejando en su levitación institucional al Brasil representación mercantil, al Brasil turístico, pero también Brasil geopolítico. Dejarse llevar por la pretensión de estos discursos es creer en las pretensiones. Hay que escuchar, como decían los populistas rusos, al pueblo Brasil; en este sentido Brasil es y sigue siendo la rebelión en la sangre; por eso su música, sus seducciones, sus encantos, las letras de sus composiciones, el ímpetu de los jóvenes. Lo que hay que preguntarse es: ¿Por qué los gobiernos progresistas del PT caen en la demagogia de Brasil potencia emergente? Cuando   esta es una representación reductiva, edulcorante, incluso triste, cuando la comparamos con Brasil rebelde, impetuosa, de exuberantes imaginarios, interpeladora de las instituciones. Es triste ver a “compañeros”, los llamaremos así, pues se reclaman socialistas, apegados a los prejuicios burgueses de poder, de desarrollo y progreso. Mitos de la modernidad, creencias de la colonialidad.

Para decirlo de una manera no acostumbrada por nosotros, empero, que puede ser ilustrativa, nosotros, del continente de Abya Yala, tenemos una tarea histórica vital, rescatar al mundo de su captura institucional, de su ilusión de desarrollo, devolviendo a los seres del mundo a su potencia social. ¿Por qué podemos hacer esto? Porque la experiencia social, la memoria social, de la conquista, de la colonización y de la colonialidad, comprenden que la malla institucional es el andamiaje del montaje del poder y de los escenarios de las instituciones; la intuición social devela que estos fantasmas se sostienen sobre la creatividad de los pueblos y las sociedades. Abya Yala, nombre Kuna, la Patria Grande, nombre mestizo, tiene una tarea histórica vital; no se puede cumplir esta misión sino abolimos la fronteras ficticias, sino destruimos los Estados-nación, instituciones imaginarias de la sociedad, sino liberamos las capacidades creativas de nuestros pueblos. Los mensajes de Jorge Amado, aunque sean pronunciados en el lenguaje candoroso del comunismo de su tiempo, expresan esta intuición subversiva. Su optimismo militante se opone no al pesimismo crítico, como cree la burocracia del partido, sino al cinismo pragmático, al que han caído no solo las decadencias de las oligarquías, también las corrosiones burguesas, sino el realismo político del partido social, se llame lo que se llame, capturado por funcionarios, marginando a los militantes, a los activistas.

El relato más dramático del primer volumen de la novela Los subterráneos de la libertad es la resistencia en la imprenta del partido. El Viejo Anarquista Orestes dinamita la máquina de imprimar para que no caiga en manos de la policía, que había rodeado la casa. Resiste con pistola en mano el joven militante Jofre, quien muere tendido en una mesa de la jefatura, donde se lo tortura, para arranarle una confesión. El delegado policial, famoso por su brutalidad, no logra su cometido, ni por métodos violentos, ni por métodos coercitivos. Frustrado golpea un cadáver, que antes de morir lo había insultado cuando hacia sus proposiciones comprometedoras.  La represión es vencida por la misma muerte de los revolucionarios. No logra doblegarlos a pesar de su desmesurada violencia, así como de su tramposa coerción. 

 

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento poético. Rebelión; Madrid 2013. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[2] Referencia a Fenomenología de la percepción de Merleau Ponty. Ver de Merleau-Ponty Fenomenología de la percepción. Editorial Planeta; Buenos Aires 1993.

[3] Revista de la Academia Brasileira de Letras. Río de Janeiro.  http://www.abl100anos.com.br.

[4] El golpe de estado de 1937 se dio anticipándose a las elecciones presidenciales de enero de 1938. En la coyuntura crítica, que arrastraba problemas irresueltos desde la rebelión de los oficiales, en la década de los veinte, el gobierno de turno denunció la existencia de un “plan comunista” para tomar el poder, conocido como Plan Cohen. La versión oficial del plan conspirativo incluía al capitán Olympio Mourão Filho, mostrando que la conspiración comprometía a parte del gobierno mismo. En esta situación vulnerable, en la que se llevaba a cabo el juicio de los participantes de la Intentona comunista (1935), situación crítica acompañada de estados de excepción, además de la neutralización efectiva de los adversarios, como el caso del interventor de Río Grande del Sur, Flores da Cunha, se aprovechó la excusa de la inestabilidad política y la acusación de la conspiración comunista para efectuar un golpe de Estado.  El 10 de noviembre de 1937, Getúlio Vargas dio un golpe de cabeza instaurando el llamado Estado Novo; condición declarada de un Estado corporativo. El Estado Novo duró hasta el 29 de octubre de 1945. En esta gestión de gobierno Getúlio Vargas cerró el Congreso Nacional, promulgó una nueva Constitución. La Constitución del Estado Novo le otorgaba al presidente pleno control de los poderes del Estado, sobre todo del poder Legislativo y del poder Judicial. También se promulgó el decreto-ley que anulaba la existencia legal de todos los partidos políticos, incluyendo a su aliada en el golpe de Estado, la Acción Integralista Brasileña(AIB).

[5] Getúlio Dornelles Vargas nació en São Borja, el 19 de abril de 1882, falleció en Río de Janeiro, el 24 de agosto de 1954. Fue cuatro veces Presidente de la República de Brasil; en el quinquenio 1930–1934, durante el Gobierno Provisorio; durante el lapso de 1934–1937, en el gobierno constitucional; durante el periodo ampliado de 1937–1945, en el Estado Novo, en el gobierno de facto instaurado; en el corto lapso de 1951–1954, como presidente electo por voto directo. Esta última gestión de gobierno fue agitada, cuestionada por el “Manifiesto de los Coroneles”, por el polémico aumento del salario mínimo en 100%. En esta gestión de gobierno conformó PETROBRÁS y ELETROBRÁS. El 5 de agosto de 1954, un atentado mató al mayor de la aeronáutica, dejando herido al periodista Carlos Lacerda; este atentado desencadenó una crisis política; en estas extrañas circunstancias Getúlio Vargas se suicidio el 24 de aquel mes fatídico.  Se suicidó de un tiro al corazón, dentro de su cuarto en el Palacio de Catete, en la ciudad de Río de Janeiro, capital del Estado-nación federal. La trayectoria del caudillo, de Getúlio Vargas, expresa dramáticamente las contradicciones que atravesaban a la formación social-territorial brasilera. El mito del caudillo es reconfigurado como herencia política; tanto el Partido Democrático Trabalhista (PDT) y el Partido Trabalhista Brasileiro (PTB) reivindican esta herencia.

[6] Hay que tener en cuenta el referente del levantamiento comunista del 27 de noviembre de 1935, movimiento ocurrido en las ciudades de Natal, Recife y Río de Janeiro.

[7] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Cartografías histórico-políticas. Rincón ediciones; La Paz 2014. Dinámicas moleculares; La Paz 2014.

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