El abuso del arte

Por: Nieves y Miro Fuenzalida
Fuente: http://www.surysur.net”>www.surysur.net (30.06.14)

El tiburón asesino de la película “Jaws”, del director Spielberg, produjo  hace algunos años  atrás  bastante atracción popular.  Uno se preguntaba… ¿Qué significa?  ¿Es el tiburón el símbolo del Tercer Mundo que amenaza a EEUU, representado por la pequeña aldea costera?  ¿Es el símbolo de la naturaleza explotativa del capitalismo?

¿La fuerza salvaje de la naturaleza, la revancha de lo reprimido que amenaza irrumpir en nuestra vida diaria? ¿O, por último, para no seguir indefinidamente, es algo así como un recipiente para nuestros miedos que flotan  en el espacio social, anclándolos  en la figura del tiburón?

El significado de un texto, de una creación artística, de un artefacto cultural siempre esta sujeto a varias interpretaciones. De todas  ellas… ¿podría uno decir que solo una es la correcta? En otras palabras  ¿podría uno decir que la obra impone límites a las posibles interpretaciones? ¿O el receptor esta autorizado a producir un flujo ilimitado de interpretaciones in verificable? ¿A determinar cual es su propósito?

El filosofo alemán Kant decía que el objeto artístico exhibía intencionalidad sin intención. Es decir, que la obra es creada a propósito, pero sin ningún propósito en particular. En una palabra la obra es… inservible.  Para los seguidores de Kant la esencia del arte es el arte por el arte. La única excusa por hacer cosas inútiles es que uno las admira intensamente. No podemos decir que la música, la pintura,  la literatura o la poesía en sentido estrictamente utilitario, sean útiles.  Todo lo que es útil es feo porque expresa una necesidad y las necesidades son innobles y desagradables. Nada es realmente hermoso a menos que sea inútil.

¿Realmente? Para el mercado moderno, el objeto artístico tiene una función, un valor de uso y abuso económico que en el capitalismo tardío es  reemplazado por su valor de cambio. Son ofrecidos para la venta al igual que  los maceteros y las lámparas porque, como productos de la labor social, participan de las relaciones de producción. Para otros más sensitivos, la literatura es un camino al mejoramiento moral y crecimiento espiritual  o un arma ideológica  comprometida en el camino de la revolución y la denuncia de la injusticia social.

El arte por el arte no es más que una estrategia para neutralizar el arte. Los más audaces creen que muy pronto la humanidad descubrirá que tendrá que volverse a la poesía para interpretar la vida, consolarnos y sostenernos. Sin poesía la ciencia aparecerá incompleta y lo que hoy pasa por religión y filosofía será reemplazado por la poesía. No cualquier poesía, por supuesto, solo la mejor.

Por la mayor parte del siglo  XIX y el XX las ideologías gobernantes enfocaron el debate acerca de la utilidad  de la literatura en cuestiones morales y sociales al servicio de una cierta visión de la sociedad humana. Al final del XX  la convergencia de una serie de fuerzas cambió la conversación. La creación del Internet  y su uso globalizado democratizo la participación.  Ahora cada usuario puede ser crítico, publicar sus escritos y usar la vasta cantidad de libros de literatura que se pueden encontrar “online”. La consecuencia es la dispersión del significado. Ahora estos son múltiples,  cambiantes y ricos en posibilidades de interpretación. La resistencia del texto  a ser totalmente conocido  lo hace aparecer como  uno de los más interesantes productos de la cultura humana.

En lugar de romper los códigos, de ir más allá de las apariencias para descubrir la esencia, de  rasgar los velos para revelar la realidad  y descubrir el significado profundo del texto  el presente pareciera favorecer una aproximación mas pragmática  a los productos  artísticos. No es que haya una interpretación final, sino que hay tantas interpretaciones  como propósitos a ser servidos, tantas descripciones como usos a los cuales la obra puede ser puesta. Este es  el momento en que llegamos a reconocer  que todas las descripciones son evaluadas de acuerdo a su eficacia como instrumentos al servicio de un propósito y no como fidelidad al objeto. Todo lo que uno hace con un texto es usarlo. No hay necesidad de separar  interpretación y uso. La  idea de que podemos descubrir lo que realmente un texto dice es tan mala como la idea de que hay algo intrínsico en  la sustancia que la hace ser lo que es. El conocimiento de los mecanismos textuales o la detección de jerarquías metafísicas  pueden ser útiles, pero no esenciales.

Leer las teorías interpretativas o análisis críticos de Marx, Freud, Derrida, Eco, Carmen Perilli o Ángel Rama permite decir algo interesante acerca de  un texto pero, como nota  Rorty, no nos lleva mas cerca de lo que el texto es. Lo que ellos hacen es darnos un contexto o paradigma más en donde yuxtaponerlo, pero no nos dicen nada acerca de la naturaleza del texto o la lectura porque ni una ni otra tienen naturaleza. Lo que  el encuentro fortuito con un autor, un  personaje literario, un argumento, una figura poética o una imagen en un cuadro puede  hacer  es  reordenar  nuestras prioridades y propósitos.  Y si esto ocurre es porque usamos el autor o el texto para cambiar o para darle una ligera torsión a  nuestra vida.

Eco, a diferencia de Rorty, prefiere mantener el contraste entre interpretación y uso. Por supuesto que el lector puede usar los textos literarios para  propósitos muy diferentes. Como documentos históricos, retratos sicológicos, manifiestos ideológicos, materiales a ser imitados o para fines al que  no fue destinado. Sin embargo, no es esto todo lo que uno hace con un texto si consideramos que  hay ciertas diferencias en la forma en que uno puede usarlo.  La interpretación  tiene su lugar, no para decidir acerca  de este o aquel significado del texto, sino para analizarlo con el fin de descubrir sus estrategias visibles o encubiertas en la producción de significados.

Uno puede, por ejemplo, usar  un programa digital sin conocer su subrutina. Y sin conocerla un adolescente puede jugar con este programa e implementar funciones de las que  sus diseñadores no tenían idea. Pero luego viene un buen científico en computación que disecta el programa, mira su subrutina y, además de explicar porque es capaz de realizar un número adicional de funciones, también revela por que y como podría hacer muchas otras cosas.

Este intento de entender como un texto literario funciona puede que no sea de interés para todos. Su intento, sin embargo, no carece de valor. Lo que la disciplina de los estudios literarios trata de hacer  es desarrollar  una comprensión sistemática de los mecanismos semióticos, de las diferentes estrategias y  formas literarias que, para un proyecto artístico,  pueden ser cruciales. No es solo una cuestión de desarrollar interpretaciones de un trabajo en particular, sino de  adquirir un entendimiento general de cómo la literatura funciona.

Todo esta sujeto a  interpretaciones y reinterpretaciones. Cada obra artística esta abierta a un rango virtualmente ilimitado de lecturas posibles cada una de las cuales hace  al texto adquirir una nueva vitalidad en relacion a un gusto  o  perspectiva particular. El lector, lejos de ser pasivo, es un co productor  activo del significado de la obra por el mero hecho de que  en toda comunicación  siempre hay un emisor y un receptor.

Ahora bien, si el lector coproduce el significado de la obra artística  ¿significa, entonces, que no  hay límite en esta coproducción?

Antes que un texto sea producido, dice Eco, cualquier texto puede ser inventado. Después que haya sido creado, es posible hacer al  texto  decir muchas cosas y, en ciertos casos, un numero potencialmente infinito de cosas,  pero es imposible,  críticamente hablando, hacer que diga lo que no dice. Que  tenga muchos diferentes sentidos  no significa que  pueda tener todos los sentidos, porque algunos de ellos resultan  ser  un fracaso al ser  incapaces de producir nuevos sentidos. El poder de la teoría Copernicana, por ejemplo, no es solo porque  explica mejor los fenómenos astronómicos que la de Ptolomeo, sino  porque  explica  sobre que bases el justifica su interpretación de los fenómenos  celestiales. En la misma forma uno puede tratar con las interpretaciones textuales.

El hecho que  los poemas  y novelas no tengan respuestas que  sean verdades inmutables, dice Eco,  no implica  que no haya  interpretaciones buenas  y  otras malas. Si es cierto que no hay reglas que  ayuden  a discernir cuales son las buenas hay por lo menos algunas que  indican cuales son las malas. No podemos decir, por ejemplo, si la hipótesis de Kepler es definitivamente la mejor, pero si  podemos decir que la explicación Ptolomeica es peor  porque viola ciertos principios de simplicidad y economía.

En la misma forma no podemos decir cual interpretación de un texto es definitiva, pero si podemos decir que  una interpretación es mejor si se puede contrastar con el texto considerado como un todo coherente. Cualquiera interpretación de una parte del texto puede ser aceptada o rechazada si es confirmada o no por otra parte del texto. Igualmente,  en la producción de un mismo autor es posible encontrar resemblanzas familiares en sus diferentes textos que constituyen un corpus a ser investigado.

Es curioso.  Esta tendencia a identificar  como una parte conecta con el todo es, en el fondo, la forma como nuestra mente ha funcionado hasta ahora, forma que, eventualmente, cambiara.

 

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