Liberalismo, capitalismo y neoliberalismo

Por: Hernán Montecinos
Fuente: icalquinta.cl

En la vida, es difícil alcanzar todo lo que se ambiciona. Los grandes proyectos, aunque se ponga empeño en ello, suelen cristalizar muy por debajo de las expectativas previstas. Miles de obstáculos destrozan planes y ambiciones resultando, muchas veces, insuficiente la capacidad personal para conseguir las altas cumbres que se pensaba escalar fácilmente. El fracaso de sus esperanzas es el drama diario del hombre moderno. Nos sucede a todos. Para minimizar o mitigar infelicidades y frustraciones de deseos incumplidos, han surgido las teorías políticas: Liberalismo, socialismo, fascismo, socialdemocracia y, más recientemente, el neoliberalismo, son los referentes políticos que han regulado los destinos de hombres y sociedades modernas.

LIBERALISMO

Ya antes de la Ilustración, en los albores mismos del Renacimiento, encontramos las primeras nutrientes del liberalismo. Ello, puesto que, la importancia capital del Renacimiento, en la historia de las ideas y la cultura occidental, no radica tanto en las formidables expresiones artísticas que produjo, sino en la revolución copernicana que tuvo lugar, en lo referente a transformar el orden axiológico (valores) que estructuraba el mundo medieval.
Como se sabe, la sociedad medieval era eminentemente vertical en su estructuración estamental, en donde el centro de todo era la figura del Dios todopoderoso. El Renacimiento logra establecer un nuevo centro en el mundo: “el hombre”, que progresivamente se irá convirtiendo en la medida de todas las cosas, idea que recogerán prontamente los filósofos del liberalismo en sus más diversas expresiones. En este contexto, tenemos que concordar que el liberalismo no ha sido una doctrina que haya surgido como fruto de una mente diabólica, dispuesta a establecer entre los hombres grandes diferencias e injusticias entre sí. A decir verdad, su origen responde a razonamientos más amplios y profundos.

Para que el liberalismo surgiera como doctrina deben desarrollarse varias ideas y tener lugar una serie de hechos en las más distintas esferas. Alcanza su momento cenital en el siglo XIX con la Revolución Industrial, fenómeno técnico por excelencia que constituye un marco propicio para que el individualismo se afirmara como una auténtica ideología de masas, encontrando su estado máximo de cristalización teórica, en el pensamiento filosófico y económico de Adam Smith y David Ricardo, entre otros.

En su origen, podemos definir el liberalismo, como aquella doctrina que expresa una visión global del hombre y del mundo a partir de la absoluta e incondicional libertad del individuo. Por tal, es un sistema que presenta una apariencia muy seductora, puesto que, nada puede aparecer como más noble y justo cuando se exalta la libertad. Sin embargo, junto con ello, prontamente asoma su mayor peligro: abrir los apetitos y voracidad de los grupos poseedores, lo que deriva inevitablemente a la explotación de los más débiles y el darwinismo social.

Tenemos, entonces, que la libertad es el centro del liberalismo, opuesto a todo tipo de coerción. Sin embargo, esta libertad sin coerción, no implica la ausencia de leyes. Al contrario se sustenta en el imperio de la Ley: el Estado de Derecho. Un Estado de Derecho que plantea claramente las reglas del juego para todos los ciudadanos. Al valorar el ejercicio de la libertad individual como condición insustituible para lograr mayores niveles de progreso, no aceptan que para alcanzar el desarrollo haya que sacrificar las libertades. El derecho a la propiedad privada queda sindicada como la libertad fundamental de todas.

Más allá de poner la libertad como centro, el liberalismo plantea varias otras premisas básicas: el Estado concebido para el individuo y no a la inversa. La responsabilidad individual; no puede haber libertad sin responsabilidad. Los individuos son (o deben ser) responsables de sus actos, y deben tener en cuenta las consecuencias de sus decisiones. Precisamente, para regular los derechos y deberes del individuo, los liberales creen en una sociedad regulada por leyes neutrales que no den ventaja a persona, partido o grupo alguno evitando los privilegios. Para ello, la sociedad debe controlar las actividades de los gobiernos y el funcionamiento de las instituciones propias del Estado.
Ahora bien, el modo de entender la política y la economía de los liberales radica en no señalar de antemano hacia dónde queremos que marche la sociedad, sino en construir las instituciones adecuadas y liberar las fuerzas creativas de los grupos e individuos para que estos decidan espontáneamente el curso de la historia. No tienen un plan para diseñar el destino de la sociedad. Les parece peligroso que otros tengan esos planes y se arroguen el derecho de decidir el camino que todos debemos seguir.

Es una teoría que se interesa exclusivamente por la actividad terrenal del hombre. Procura, en última instancia, el progreso externo, el bienestar material y no se ocupa directamente de sus necesidades espirituales. Promete al hombre la satisfacción de aquellos deseos que, a través del mundo externo, cabe atender. Mucho se les ha criticado esa actitud puramente externa y materialista, puesto que el hombre no sólo vive para comer y beber. Hay necesidades humanas por encima de tener casa, ropa y comida. Su gran fallo –se dice- es su despreocupación por las más nobles y profundas aspiraciones humanas. Sin embargo, en lo teórico, no es que el liberalismo desprecie lo espiritual y, por eso, concentre su atención en el bienestar material de los pueblos. A decir verdad sus aspiraciones son mucho más modestas; sólo aspira a procurar a los hombres las condiciones externas para el desarrollo de su vida interior.

Ahora bien, desde su origen se presenta como una doctrina, en la cual, vamos a poder distinguir tres esferas constitutivas principales: el liberalismo filosófico, el político y el económico. Sin perjuicio, de que tanto el liberalismo filosófico, como el político y el económico tienen como principal fundamento el principio de la libertad, cada una de estas esferas presentan, a su vez, elementos constitutivos y fundamentos que le son propios a cada una de ellas.

Liberalismo filosófico

Ya en las ideas de Bernardo de Mandeville se pueden encontrar las bases de lo que será más tarde el liberalismo, cuando entusiasmado con los egoísmos y los vicios de los individuos, considera a éstos como la fuente única e inagotable del bienestar colectivo y del progreso de la sociedad. Ni la intrínseca sociabilidad del hombres, ni el sentido benévolo que le es connatural, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir con la razón y la abnegación, son el fundamento de la sociedad, sino que lo que llamamos mal en este mundo es el gran principio que nos hacen criaturas sociables, la vida y el sostén de todos los negocios y empleos sin excepción. La tendencia al lujo aumenta el consumo y, por tanto, aumenta el comercio, la industria y todas las actividades humanas.

Ciertamente, más tarde, ni Adam Smith ni David Ricardo, recurren a fundamentos tan impúdicos para hacer justificación en sus teorías del fundamento liberal en sentido estricto. En “La riqueza de las naciones”, Adam Smith parte del principio filosófico naturalista de la infalibilidad del orden establecido, infiriendo un orden natural que garantiza la coincidencia del interés particular con el interés colectivo. Afirma, que el esfuerzo natural de cada individuo para mejorar su situación, es el único principio capaz de crear una sociedad rica y próspera.

A partir de estas ideas, la filosofía liberal-iluminista logró realizar una de las transformaciones más fundamentales. El concepto de igualdad pasa del más allá al más acá, contraponiéndose concretamente a la estructura de dominación heredada de la sociedad tradicional. La igualdad se transforma en bandera de lucha política concibiéndola a partir del hombre en sociedad. En este plano, igualdad significa reconocimiento mutuo, reciprocidad. Es poder ser lo que uno es y, por lo tanto, coincide con la libertad.
En el orden de la naturaleza el hombre tiene una libertad espontánea y como es ilimitada, lleva intrínseco el derecho del más fuerte, derivando de ello una sociedad de coacción que se basa en la desigualdad. En la sociedad de coacción, se produce espontáneamente la lucha de todos contra todos, en la cual, sólo algunos se imponen sobre los otros. En esta condición, el estado de la naturaleza conduce inexorablemente a los estados de esclavitud. Para salvar aquello el pensamiento liberal reemplaza la fuerza de la sociedad de coacción, por la sociedad del mutuo acuerdo.

En otro plano, el Racionalismo es la fuente primaria de sus ideas filosóficas. En tal caso, la razón humana es el único fundamento de la libertad y de la moral. Por eso, no hay más verdad que la que ella conoce por sí misma ; no hay más moralidad que la que cada una se dicta. Por lo mismo, la razón es la única legisladora también para la sociedad. E. Kant dirá en la “Crítica de la razón práctica”: “Obra de tal manera que veas a tu voluntad como legisladora universal”.

También, el utilitarismo ético brindó elementos de base al liberalismo filosófico. Con J. Bentham lleva a su máxima expresión la racionalización del egoísmo individual y hedonista. Para este filósofo y jurista inglés, el único motivo de la conducta humana es el egoísmo moldeado por la sociedad. De esta manera, el fin de la sociedad, es la felicidad del mayor número de egoísmos yuxtapuestos, porque cada uno debe buscar la felicidad de los demás, ya que sólo así tiene asegurada la propia.

Se dice que los liberales pretenden ordenarlo todo de un modo lógico, olvidando los sentimientos y las irracionalidades. No niega, desde luego, que las gentes proceden, a veces, de modo irracional. Si los hombres actuaran siempre racionalmente, resultaría superfluo el exhortarles a proceder de acuerdo con los dictados de la razón. Desde luego, el liberal no dice que el hombre sólo se mueva por la inteligencia; lo que asegura es que a los hombres, en aras de su interés bien entendido, les conviene actuar de modo racional. El liberalismo sólo aspira a que se le conceda la misma preeminencia a la razón en la política social que en todas las demás esferas de la acción humana.

Indudablemente, nuestra capacidad de comprensión es harto limitada. Jamás llegaremos a develar los secretos últimos y más profundos del universo. Pero el que no consigamos desentrañar la razón de nuestra existencia, en nada impide recurrir a los medios más adecuados para conseguir alimentos o ropa. Debemos, pues, por la misma razón, organizar la sociedad de acuerdo con las normas más efectivas para alcanzar nuestros fines. El raciocinio confiere condición humana al hombre; es lo que le diferencia y eleva por encima de las bestias. ¿Qué motivo hay para que, en el terreno del ordenamiento social, hayamos de renunciar al arma de la lógica, apelando, en cambio, a vagos y confusos sentimientos?

Liberalismo político

La base del liberalismo político postula como idea central que el pueblo es la raíz de todo derecho y autoridad. Ello supone aceptar la afirmación de Hobbes (pacto social) o de Rousseau (contrato social), en lo concerniente al origen de la sociedad.

La base de la sociedad política, entonces, es la del contrato o pacto, hecho que supone la existencia de una comunidad ético-política en la que cada individuo obedece, no a una voluntad extraña, ya no a algo sobrenatural o a algún despotismo, sino a una voluntad general que reconoce como propia. Y este contrato surge como necesidad natural, en tanto cuanto los individuos no se sientan capaces de vencer las fuerzas que se oponen a su conservación.
Este pacto, no choca o se contradice con la libertad de cada cual, al contrario, ésta se asegura y se afianza con el aval de todos los demás. Porque la cláusula fundamental de este pacto, si bien, radica en la enajenación total de los derechos de cada asociado, a favor de la comunidad, a cambio, cada contrayente recibe la nueva cualidad de miembro o parte indivisible del todo, naciendo así un cuerpo moral y colectivo, compuesto de tantos miembros cuantos votos tiene la comunidad. Con ello, el individuo no pierde su libertad política ni su libertad individual, porque uniéndose con todos, no obedece más que a si mismo permaneciendo, por tanto, libre como antes.

De este modo la sociedad surge de la intrínseca sociabilidad del hombre. Las ideologías democráticas del siglo XIX tuvieron frecuentemente su origen y justificación en esta concepción filosófico-política.

Pero, el rasgo político más fundamental, es que estos principios, dieron origen a un sistema político que supone entre otras cosas: Una Carta Magna (Constitución), la División de Poderes; la elección del gobernante por el pueblo y el control popular de su gestión. Son instituciones que se cristalizan en el llamado Estado liberal burgués, pero tienen un valor intrínseco que lo trascienden.

Con todos estos rasgos, la sociedad política conoce, por lo tanto, solamente diferencia de opiniones y no contradicciones reales. Sólo necesita individuos racionales, bien educados que puedan decidir las conveniencias de las decisiones políticas. La típica decisión política se toma según normas de conveniencia, por ejemplo, la ley de matrimonio, del aborto, de compra y venta, etc. El parlamento también pasa a ser parlamento de diferencia de opiniones, donde se discute y se busca convencer al otro. Un análisis de contradicciones no puede existir.

En sus efectos prácticos, el liberalismo político -al contrario de lo que tiende a creerse-, no valora la vida política al apreciarla como una asociación meramente instrumental negando, en los hechos, la esencial importancia de la participación ciudadana en la vida pública.

Suele pensarse que el liberalismo se distingue de otras tendencias políticas en que procura beneficiar a determinada clase, la constituida por los poseedores, los capitalistas y los grandes empresarios, en perjuicio del resto de la población. Si bien es cierto esa suposición en la práctica parece ser correcta, en su propósito teórico propiamente tal, dicha suposición aparece, según los liberales, como errónea. El liberalismo ha pugnado siempre por el bien de todos. Tal es el objetivo que los utilitaristas ingleses pretendían describir con su slogan «la máxima felicidad, para el mayor número posible». Tenemos que conceder entonces el hecho que, desde un punto de vista histórico, el liberalismo fue el primer movimiento político que quiso promover no el bienestar de grupos específicos sino el general. Difiere el liberalismo del socialismo -que igualmente proclama su deseo de beneficiar a todos- no en el objetivo perseguido, sino en los medios empleados.

Los liberales creen que el gobierno debe ser reducido, porque la experiencia les ha enseñado que las burocracias estatales tienden a crecer parasitariamente, fomentan el clientelismo político, suelen abusar de los poderes que les confieren, y malgastan los recursos de la sociedad. La historia demuestra que a mayor Estado, mayor corrupción y dispendio. Pero el hecho de que un gobierno sea reducido no quiere decir que debe ser débil. Debe ser fuerte para hacer cumplir la ley, para mantener la paz y la concordia entre los ciudadanos, para proteger la nación de amenazas exteriores y para garantizar que todos los ciudadanos aptos dispongan de un mínimo de recursos que les permitan competir en la sociedad.

Piensan que, en la práctica, los gobiernos real y desgraciadamente no suelen representar los intereses de toda la sociedad, sino suelen privilegiar a los electores que los llevan al poder o a determinados grupos de presión. Los liberales, en cierta forma, sospechan de las intenciones de la clase política, y no se hacen demasiadas ilusiones con relación a la eficiencia de los gobiernos. De ahí que el liberalismo debe erigirse siempre en un permanente cuestionador de las tareas de los servidores públicos, y de ahí que no pueda evitar ver con cierto escepticismo esa función de redistribuidores de la renta, equiparadores de injusticias o motores de la economía que algunos les asignan.

Como regla general, los liberales prefieren que la oferta de bienes y servicios descanse en los esfuerzos de la sociedad civil y se canalice por vías privadas y no por medio de gobiernos derrochadores e incompetentes que no sufren las consecuencias de la frecuente irresponsabilidad de los burócratas o de los políticos electos menos cuidadosos. En última instancia, no hay ninguna razón especial que justifique que los gobiernos necesariamente se dediquen a tareas como las de transportar personas por las carreteras, limpiar las calles o vacunar contra el tifus. Todo eso hay que hacerlo bien y al menor costo posible, pero seguramente ese tipo de trabajo se desarrolla con mucha más eficiencia dentro del sector privado. Cuando los liberales defienden la primacía de la propiedad privada no lo hacen por codicia, sino por la convicción de que es infinitamente mejor para los individuos y para el conjunto de la sociedad.

Liberalismo económico

En el campo económico, para la ideología liberal, los controles diversos que imponía la sociedad medieval a la economía, constituían un corsé institucional que no favorecía el progreso.

Corresponde, por tanto, un nuevo concepto que pudiera romper los esquemas rígidos de la economía medieval. Los teóricos liberales partieron del supuesto que el orden económico estaba regido por leyes tan rígidas y determinísticas como las que regían el mundo físico. De allí, que la gran preocupación del economista liberal será la de descubrir las leyes económicas para adaptarse a las mismas. La principal de éstas es la de la “oferta y la demanda”, destinada a regular los precios y los salarios, supuestamente, sin el menor error. Así, como extraña paradoja, se parte de la libertad para llegar a un determinismo sin alternativas en lo económico.

Para que este liberalismo económico pudiera tener su plena expresión, requería necesariamente la libertad del individuo. Por eso, junto con exaltar la libertad individual y concebir a la sociedad como una suma de unidades yuxtapuestas que logran por si mismas el Bien Común, la función del Estado debe quedar reducida al mínimo.

Esta doctrina reserva al Estado la función de vigía para que nadie atente contra la libertad de los demás y pueda darse el juego espontáneo de las libertades individuales. La misión básica del Estado, en tanto, se remite a defender y proteger la propiedad privada. Solo podrá intervenir como recaudador de impuestos subordinado a las necesidades de los gastos públicos.

Pero, como extraña paradoja, en los fundamentos mismos del liberalismos se encuentren todos los presupuestos para que en nombre de la libertad se esclavice; en nombre de la igualdad se sumerga en la miseria a grandes sectores de la humanidad; en nombre del progreso regiones enteras se hagan más dependientes, y mientras naciones privilegiadas alcanzan el status de desarrollados, una inmensa mayoría queda en condiciones de subdesarrollados.

De este modo, entre las doctrinas económico-sociales que más han marcado la historia de los dos últimos siglos, el liberalismo y su realización histórica, el capitalismo, ocupan un lugar tristemente privilegiado. Y no podría ser de otro modo cuando por su exacerbado individualismo y egoísmo y los fundamentos que lo inspiran, los derechos económicos y sociales que de él derivan son negados para la inmensa mayoría de la población del mundo. Lo dicho, por cuanto gran parte de los graves problemas sociales que la humanidad enfrenta -desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días-, reconocen como causa principal a la ética individualista racionalizada sistemáticamente por el liberalismo, y a la maximización del espíritu de lucro, llevado como categoría suprema del quehacer económico por el capitalismo.

Al amparo del egoísmo personal como reacción frente al inmovilismo medieval y en el centro cultural de un antropocentrismo creciente, el liberalismo demora casi cuatro siglos en formarse. Y a pesar de haber enfrentado varias crisis, su espíritu y diversas estructuras económicas y sociales que ha engendrado a través del capitalismo, demuestran su gran capacidad de adaptación y autoregeneración.

Por todo ello, el liberalismo posee una enorme dosis de filtrabilidad sociocultural. Sus valores fácilmente penetran por todas partes y marcan la manera de ser y de pensar en las sociedades del mundo. Es por ello que vivimos en el clima cultural y ético que él ha formado. De allí, también la dificultad para desenmascararlo. Sus máximas: “los negocios son negocios”, “siempre habrá pobres y ricos”, “lo importante es ganar”, etc., permean las sensibilidades morales más estoicas. Constituyen principios llenos de inhumanidad, sin embargo, son las máximas rectoras para la mayoría de nuestros contemporáneos.

No obstante, hay que distinguir el liberalismo filosófico del económico. Son diferentes, en tanto el primero, contribuyó de un modo decisivo al establecimiento de los DDHH en su categoría de derechos civiles y políticos y, el último, fue y sigue siendo un elemento doctrinario de la crisis, al negar derechos económicos y sociales para gran parte de la población del mundo.

Así, en la medida que el sentido y alcance de las ideas sean un factor de crisis o inestabilidad en los DDHH, el liberalismo económico sigue siendo un elemento de esa crisis o de esa inestabilidad.

Podemos concluir, a la luz de sus propios resultados, que la historia del liberalismo económico ha sido una historia dramática de omisiones, olvidos y distracciones. El desprestigio fundado que pesa sobre el liberalismo, confundido con su forma más defectuosa -el liberalismo económico-, es un inmenso trágico ejemplo de eso. Y lo grave es que parece que no hubiera sensibilidad para captarlo.

Porque resulta un hecho de la historia, que el sistema económico y social nacido del liberalismo que orienta la economía exclusivamente en función del beneficio privado, no es la perfección, no es la justicia, ni modo de garantizar en plenitud la distribución de la riqueza social, ni las conquistas de nuestros fundamentales derechos, puesto que, todavía es la esencia de lo que divide a los hombres en clases irreductiblemente opuestas y, más que eso aún, a las naciones en ricas y pobres.

Sin embargo, desde el origen de sus fundamentos más primarios el liberalismo empezará a exhibir innumerables contradicciones. Ello no puede resultar extraño, desde el momento que muchos de sus principios básicos provienen de la Ilustración. En esta relación, como es sabido, la Ilustración sólo alcanza a ver al hombre como una naturaleza abstracta desposeída de peripecias y vaivenes que lo determinen en su final condición.

El capitalismo

Se designa con el nombre de “capitalismo”, a la realización histórica de los principios liberales anteriormente expuestos. De por si, el término no va a coincidir necesariamente en forma extricta con el liberalismo. Porque existe un capitalismo instrumental válido -como el ahorro y la inversión- en cualquier sistema social.

Cuando se habla hoy de capitalismo se entiende aquel sistema social que, animado por los principios liberales coloca al capital y al lucro -no al hombre y al trabajo- como pilares básicos de la organización económica.

Se trata, por tanto, del capitalismo liberal del cual es propio hablar por tratarse del sistema dominante en gran parte de la humanidad. Los elementos esenciales que identifican el capitalismo podríamos resumirlo en lo siguiente:

– Concentración de capitales. Cuando el mundo entró en la vorágine de la acumulación de bienes, los capitales adquirieron especial relevancia. Sin duda, no hay capitalismo sin concentración de capitales; pero, no toda concentración de capitales es capitalista, porque ningún sistema económico puede funcionar hoy sin capitales. Entonces, lo que diferencia a los sistemas será el sentido que se de a los capitales.

– Propiedad privada e iniciativa individual en la economía. Esto también es un rasgo característico del capitalismo. Sin embargo, no es exclusivo del mismo, a no ser que se trate de un sistema de propiedad privada absoluta e incondicionada, y de una iniciativa individual que reduzca al Estado a ser el mero guardián de los poseedores.

– Separación entre el capital y el trabajo. Esta es otra de las notas concomitantes al capitalismo, sin ser especificante. En efecto, tal separación -y el consiguiente sistema de salarios- se da también en el capitalismo de Estado u otras variables o modalidades.

– Primacía del espíritu de lucro. Encontramos aquí, finalmente, la característica esencial del capitalismo liberal. En efecto, los elementos precedentes motivados y amalgamados por la maximización del lucro, se hacen constitutivos del liberalismo capitalista. De esta manera podremos definir a esta forma capitalista como el espíritu de máximo lucro convertido en sistema económico.

De los rasgos más esenciales que identifican al capitalismo, podemos inferir, entonces, que éste, en los hechos, distorsiona la esencia misma de lo que debe ser en si la actividad económica. Porque si consideramos el fin de la economía como el logro de la satisfacción de las necesidades materiales (y aún, de las espirituales), el lucro, debe subordinarse a ello. Si tal relación no se da, la vida económica se convierte así en una lucha selvática, donde vencen los más fuertes (darwinismo social).

Otro de sus efectos más nefastos lo encontramos en la competencia despiadada que transforma la vida económica en una jungla, donde reina la lucha por la vida con todas las consecuencias propias de un darwinismo económico, en el que vencen y sobreviven sólo lo más fuertes.

Desemboca, además, en la usurpación del poder político por los que detentan el dinero. Porque la acumulación de riqueza y de poder origina, a su vez, en primer lugar, una lucha por la hegemonía económica; se entabla luego un rudo combate para adueñarse del poder público, para poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos.

Sin perjuicio de otros efectos tantos o más gravitantes, el capitalismo desemboca finalmente en la separación de los instrumento de trabajo de los trabajadores. Sus consecuencias más inmediatas e intolerables lo constituye la formación de un proletariado sin reservas, esperanzas y cultura; con ello creó la situación más propicia para la lucha de clases que, aunque no concebida como idea original, resulta uno de los rasgos permanentes del sistema.

Aún así, sería falso negar los inmensos progresos realizados en los dos últimos siglos por el capitalismo liberal (liberalismo económico). Incluso, este es un hecho reconocido por los propios fundadores de la doctrina marxista cuando leemos en el “Manifiesto Comunista”, de Marx y Engels, lo siguiente: “La burguesía ha sido la primera en demostrar cuánto puede la actividad humana. Ella creó maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto., los acueductos romanos y las catedrales góticas…”

Sin embargo, no por ello el capitalismo puede dejar de merecer nuestro juicio más severo, no por las cosas materiales que ha producido, sino por el precio humano de las mismas y sus consecuencias sociales. Sin duda, esto último representa la mayor debilidad del capitalismo, y ello es lo que ha engendrado las grandes luchas del presente siglo. Conclusiones

Sin embargo, el liberalismo en su sentido más puro, de acuerdo a sus fundamentaciones teóricas más proclamadas que le dieron origen, nunca ha podido ser aplicado íntegramente en ninguna parte del mundo. Sus defensores no consiguieron que sus ideas fueran aceptadas en su totalidad ni siquiera en la Gran Bretaña, en el país liberal por excelencia. El resto del mundo aceptó tan sólo algunas partes, rechazando desde un principio otras no menos importantes o abandonándolas al poco de su implantación. Exageraría quien dijera que el mundo llegó a conocer una verdadera era liberal, pues el liberalismo nunca pudo funcionar a plenitud.

Con todo, aunque su predominio fue breve e incompleto, el liberalismo logró transformar la faz de la tierra. Produjo un desarrollo económico sin precedentes en la historia del hombre. Al liberar las fuerzas productivas, los medios de subsistencia se multiplicaron como por encanto. Cuando empezó la primera guerra mundial (consecuencia ella misma de larga y áspera oposición a los principios liberales), la inmensa mayoría gozaba de un nivel de vida incomparablemente superior. La prosperidad engendrada por el liberalismo redujo drásticamente el azote de la mortalidad infantil y elevó sustancialmente el promedio de vida.

Tal prosperidad en modo alguno benefició exclusivamente a una clase específica de privilegiados. Muy por el contrario, en vísperas de la primera guerra mundial, el obrero europeo, el americano y el de los dominios británicos vivía mejor y más confortablemente que los aristócratas de épocas muy cercanas. Comía y bebía lo que quería; podía dar buena instrucción a sus hijos; podía, si quería, tomar parte en la vida intelectual y cultural de su país y, de poseer la energía y el talento necesarios, no le resultaba difícil ascender y mejorar su status social. En las naciones donde más influencia había alcanzado la filosofía liberal, la cúspide de la pirámide social se hallaba generalmente ocupada por personas que, sabiendo aprovechar las circunstancias, consiguieron ascender a los puestos más envidiados gracias a su esfuerzo personal. Desaparecían las barreras que en otras épocas separaban a siervos y señores. Ya no había más que ciudadanos, sujetos todos a un mismo derecho. Nadie era discriminado o importunado por razón de su nacionalidad, opinión o credo. En los pueblos civilizados no había persecuciones políticas ni religiosas y las guerras internacionales eran menos frecuentes. Hubo optimistas que comenzaban a entrever una era de paz perpetua.

En el terreno político, el liberalismo está a favor del gobierno que más libertades le garantice a cada individuo, y que menos restricciones le imponga a sus actividades. Los liberales desconfían del gobierno y quieren restringir su poder sobre los ciudadanos. La historia de la humanidad ha sido la historia del poder aplastante del gobierno sobre el individuo, empezando con las monarquías asirias y los faraones egipcios hasta las monarquías absolutas que dominaron el mundo hasta la Revolución Francesa. Las ideas esenciales del liberalismo fueron elaboradas, entre otros, por John Locke (1632-1704), Montesquieu (1689-1755), David Hume (1711-1776), Adam Smith (1723-1790) y John Stuart Mill (1806-1873), etc.

Cuestión ya sabida, cabe recordar que el liberalismo económico se hizo famoso en Europa cuando Adam Smith publicó en 1776 “La riqueza de las naciones”, en el que promovía la abolición de la intervención gubernamental en asuntos económicos: no a las restricciones a la manufactura, no a las barreras al comercio, no a los aranceles. El libre comercio era, según Smith, la mejor forma de desarrollo de la economía de una nación.

Tales ideas eran liberales en el sentido de que promovían la ausencia de controles. Esta aplicación del individualismo estimuló la libre empresa y la libre competencia, es decir, que los capitalistas pudieron acumular riquezas sin límites. Este liberalismo económico prevaleció en Estados Unidos y parte de Europa durante todo el siglo XIX y a principios del XX. Sin embargo, luego de la I Guerra Mundial y, fundamentalmente, con la Gran Depresión de los años 30, el capitalismo como sustento del liberalismo no parecía responder ya a sus postulados fundacionalistas. El fascismo y el comunismo aparecen como las soluciones al caos y debacle del capitalismo.

Para salvar al liberalismo, John Maynard Keynes elaboró una teoría que desafió los más preciados postulados del liberalismo para establecer una mejor política para la subsistencia del capitalismo. En esencia, Keynes señaló que el pleno empleo es necesario para el crecimiento del capitalismo, y que sólo puede lograrse con la intervención de los gobiernos y los bancos centrales. La revolución keynesiana, como es sabido, implica la generalización del Estado de bienestar, entendido como aquel conjunto de acciones públicas tendientes a garantizar a todo ciudadano de una nación el acceso a un mínimo de servicios que mejore sus condiciones de vida. Este enfoque keynesiano predominó en la política económica hasta mediados de los años setenta; todos los gobiernos aplicaron como fundamento de la política económica el manejo de la demanda agregada y una política de gastos que tenía múltiples funciones, entre otras, garantizar el pleno empleo (con sus lógicas conexiones con el bienestar social), estimular el proceso de crecimiento en las economías de mercado y permitir el acceso a la educación, la sanidad, la vivienda, las pensiones y al seguro de desempleo, entre otros, a la población de bajos ingresos.

Estas ideas tuvieron gran influencia sobre el New Deal (Nuevo Trato) del presidente Roosevelt, que mejoró las condiciones de vida de muchas personas. Así, la creencia de que el gobierno debía promover el bien común fue ampliamente aceptada. Sin embargo, la crisis o reducción de ganancias que vivió el capitalismo en los últimos 25 años inspiró a la elite empresarial a revivir el liberalismo económico. Esto es lo que lo hace “neo” o nuevo. Ahora, con la globalización de la economía capitalista, el neoliberalismo se practica a escala mundial.
 
 

2 comentarios

  1. Graciiiiass

  2. […] Liberalismo, capitalismo y   neoliberalismo […]

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