A propósito de la “propiedad privada”

Fuente: http://www.josepgmaynou.blogspot.es
(Julio del 2011)

Introducción

El mundo del dinero observa asustado e incrédulo como en su propio seno, allá en donde más alto ha alcanzado éste, el cenit de su apogeo (en las sociedades más avanzadas), empiezan a emerger con una fuerza imparable movimientos sociales que lo niegan. Una nueva forma de trabajo que ya no puede ser encerrado entre las paredes de las inmensas factorías productoras de mercancías, ni enajenado como un simple trabajo forzado, ni desarrollado como un apéndice de un ingenio mecanizado, ni gastado en el propio acto de producir la mercancía, ni creado ni reproducido ni aumentado individualmente (o como suma de actos de individuos aislados), ni convertido en mercancía de cambio,… y que necesariamente debe ser considerado como propiedad social para ser realizado, generalizado y transmitido, se niega a estar encadenado a las leyes del Capital. Mejor dicho, no puede realizarse bajo las leyes del Capital.

No puede realizarse bajo las premisas de la propiedad privada. Es el caso, por ejemplo, del trabajo colaborador que impulsa el software libre.

K.Marx, afirmó que el Capital (bien en forma de dinero, de mercancías o de recursos y medios de producción) sucumbiría en su devenir histórico en su confrontación con su antagonista. Pero trabajo y capital (trabajo enajenado y acumulado) fueron durante mucho tiempo antagonistas inseparables que, sin embargo, no pudieron vivir uno sin el otro. Ello, hasta que una nueva forma de trabajo que se demuestra como la fuerza productiva más eficaz creada por el hombre, ha emergido del seno de la sociedad. Lo conocemos como trabajo del intelecto, como trabajo científico, como trabajo del conocimiento… Ante esta nueva fuerza productora se arrodilla tanto el Capital como la antigua fuerza (el trabajo físico) que deviene en la sociedad del dinero irremediablemente desvalorizado.

Marx, lo anunció anticipadamente mucho antes de que su existencia y reconocimiento, más de cien años más tarde, fuera considerado el verdadero motor de un conflicto que ni al más ciego de los analistas puede obviar: el conflicto entre el progreso de las nuevas fuerzas constructoras de la sociedad con la forma de propiedad que rigen las relaciones sociales. Marx llamó a esta nueva fuerza de trabajo: General Intellect.

General Intellect y propiedad privada son ahora los nuevos antagonistas en la nueva sociedad del conocimiento, con una gran diferencia con el antagonismo que existía en la sociedad productora de mercancías que estudió Marx: uno ya no puede vivir con el otro.

En el momento de la emergencia de esta nueva forma de trabajo ha empezado un periodo que podemos llamar revolucionario, y que corresponde no solo a una voluntad de cambio social sino a un estadio de desarrollo que hace posible y necesario este cambio. (…)”Una formación social nunca declina antes que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que ella, en toda su extensión, es capaz de contener y nunca surgen nuevas relaciones de producción superiores antes de que sus condiciones materiales de existencia hayan sido generadas en el seno de la vieja sociedad. Es por esto que la Humanidad nunca se propone realizar tareas que no pueden ser llevadas a cabo, ya que si analizamos bien las cosas, llegaremos siempre a la conclusión de que la propia tarea solo surge si las condiciones materiales de su resolución ya existen de antemano, o por lo menos existen en vías de formación”. (Marx, en el prefacio de la “Crítica de la economía política”).

Podemos decir sin lugar a dudas que estas nuevas formas de relación social ya han surgido en el seno de la sociedad del Capital y que además éstas están creando sus propias herramientas.

La confrontación entre la sociedad constructora y la sociedad depredadora es inevitable. El resultado de esta confrontación supone abrir un periodo de progreso para la sociedad o de estancamiento y de barbarie. El proceso de ruptura con los comportamientos, hábitos, códigos éticos… de la vieja sociedad tiene lugar durante este proceso. La nueva sociedad emergente solo puede estar fuera de las leyes de la sociedad caduca. Su trasgresión representa la única posibilidad de afianzarse y ganar la batalla.

Cuando se entra de lleno en estas situaciones la sociedad depredadora solo puede impedir por la fuerza represora que estas nuevas formas de relación social se impongan. Es la vida o la muerte para el poder. La propiedad social (única forma de propiedad en donde puede crearse, reproducirse, aumentarse, generalizarse y transmitirse el General Intellect) y la propiedad capitalista son antagónicas.

La discusión sobre la propiedad intelectual, el copyright o las patentes, solo puede plantearse en el marco de esta batalla.

El trabajo enajenado.

Curiosamente en un extensísimo periodo del desarrollo de las sociedades humanas la “copia” labrada en la piedra o en antiguos papiros y mas tarde en papel fue el método más preciado y seguro para resguardar la transmisión de saberes, de códigos morales, religiosos, reglamentos o leyes sociales. Su transmisión a las futuras generaciones fue la condición sine quanon para que esta pudiera ser reproducida y aumentada. La fragilidad de la transmisión oral nos obligó muy pronto a emprender el camino de la copia perenne. Sin duda, en todo el periodo depredador de nuestra Historia la apropiación del saber (el saber como el más preciado instrumento de fuerza) fue determinante para los sectores depredadores.

Cuando empiezan a aparecer los primeros instrumentos de copia que facilitan la generalización del conocimiento humano nacen los primeros actos restrictivos. Aparecen los centros monopolizadores de la copia, de su reproducción, de su modificación o de su ocultación (bibliotecas en monasterios salvaguardados a capa y espada) y las primeras leyes controladoras para asegurar de los “copistas” la lealtad al poder. Así tenemos noticia de estas leyes controladoras desde la Venecia del siglo XV, hasta las primeras que podemos propiamente denominadas leyes de copyright promulgadas por la reina Ana de Inglaterra en 1710 en pleno auge de la imprenta. El futuro copyright o la “propiedad intelectual” nacen sin duda como pago a los servicios prestados siempre vinculados a la censura y al control político.

Si la censura y el secretismo (cuando no la represión e incluso la muerte) encerraron la creación y la difusión del conocimiento humano hasta finales del medioevo en las catacumbas, todo cambió cuando la burguesía tomó el liderazgo de las enormes fuerzas productivas que iban a desarrollarse a partir de la difusión del saber de los primeros centros de experimentación médica, de las primeras enciclopedias sobre zoología, sobre la fecundación y reproducción de las plantas, sobre la anatomía y morfología de los vegetales, sobre el desarrollo científico de la química, de los primeros enunciados teóricos sobre la matemática infinitesimal, de los tratados de dinámica, de los estudios astronómicos, … y con ellos de la creación de los nuevos instrumentos de búsqueda y comprobación científica: el microscopio, el telescopio, el termómetro… y de nuevas herramientas, máquinas, vacunas, medios de transporte, métodos de trabajo etc. La difusión del conocimiento científico sin trabas ni limitaciones fue una tarea determinante para su desarrollo. Su existencia social como condición para su generalización y uso (aplicación práctica) fue entonces mucho más importante que su privatización. El capitalismo como cualquier otro sistema social nace extendiendo su forma específica de producir a extensos sectores sociales. Luego, empieza su inevitable recorrido de privatización y de concentración.

Ninguno de los trabajos de investigación pioneros que se desarrollaron en el largo periodo que los historiadores llaman Edad Moderna, cuna de la Ciencia propiamente dicha, se hicieron bajo certificaciones de propiedad exclusiva de explotación. El mecenazgo fue generalmente la forma en la que pudieron realizarse estos trabajos y la base con la que las clases pudientes procedieron a su enajenación. El pago por los servicios prestados era la fórmula común tanto para los trabajos científicos como para las creaciones artísticas o constructoras así como también la integración individual de los creadores en las esferas del poder como manera de reconocimiento social.

“La pobreza como signo de la estupidez y de la ignorancia” fue el eslogan con que la burguesía movilizó a la sociedad constructora, ávida de bienestar y progreso, para derrocar al Antiguo Régimen. Pero todas estas enormes fuerzas productivas que se desataron fueron enajenadas. El Capital se apropió y acumuló, a partir de entonces, enormes sumas de trabajo social y emprendió el inevitable camino a su concentración, y la sociedad ha llegado, en el final de este trayecto, a empobrecerse hasta el punto de emprender un camino, sin posibilidad de retorno, muy contrario al bienestar y al progreso prometido. (David Harvey, geógrafo y urbanista norteamericano, autor entre otros ensayos de “Los límites del Capital” tras más de 10 años de estudio de la obra de Marx, define a este periodo de concentración como “acumulación por desposesión”).

La libertad fue solo para el Capital, la igualdad se convirtió en una enorme y creciente desigualdad y la fraternidad se resquebrajó con el resurgimiento tácito de las leyes del darwinismo social. La libertad para el Capital podemos decir que ha alcanzado el rango de ley social aceptada y asumida como única relación posible para todos los miembros de la sociedad, intocable e inviolable: la ley de la propiedad privada. Pero la propiedad privada de un sector de la sociedad no puede entenderse sin la exclusión de esta de otro sector. Y el proceso de apropiación del mundo (como la más vieja y pertinaz tendencia del capitalismo) y el convertir cualquier recurso, fuerza o medio productivo en mercancía de cambio es imparable. Nunca la Humanidad ha estado tan desposeída como en la sociedad de la propiedad privada.

En 1842 el joven Marx, estudiante y escritor de pequeños artículos periodísticos en la “Gazeta Renana” ya criticaba una ley prusiana por la cual se criminalizaba la recogida de leña de los árboles muertos por los campesinos. Hasta entonces esta leña era considerada bien comunal. La restricción hasta el disparate del valor de uso del cualquier objeto o mercancía alcanza hoy su cenit. Nada existe sino tiene un valor de cambio.

De hecho, el proceso de privatización de cualquier forma de Propiedad Social, aparece ya en el siglo XVIII cuando el gobierno británico acaba con los espacios de uso común (“enclosure of de commons”).

El trabajo humano

Es absurdo dejar de considerar el trabajo humano en sus mas diversas facetas y estadios como la más importante manifestación de la actividad transformadora de nuestra especie y el auténtico aspecto diferenciador con otras especies vivas. Son erróneas las consideraciones valorativas entre el trabajo vivo y el trabajo del intelecto así como del trabajo llamado material como inmaterial, expresiones actualmente tan de moda. No es cierta tal separación. Siempre el “homo sapiens” ha estado dotado genéticamente de una capacidad neuronal que le ha posibilitado transformar cuanto nos rodeaba, creando herramientas y útiles que facilitaran nuestra supervivencia. Siempre hemos usado de nuestro intelecto para ir adquiriendo nuevos conocimientos, para observar y aprender de la práctica cotidiana, de nuestras continuadas repeticiones y comprobaciones. Y hemos intentado transmitir nuestro aprendizaje y nuestro saber a las generaciones que nos relevaron y que dieron continuidad a nuestra especie. Hemos creado, copiado y difundido nuestro saber constantemente.

Lo que ha ido cambiando, gracias a nuestra capacidad acumulativa y transmisora es la cantidad y cualidad de nuestros conocimientos, la cientificidad de las medidas y herramientas para la comprobación de estos, nuestros métodos de trabajo y el avance tecnológico de los ingenios o máquinas que hemos sido capaces de crear. También ha cambiado cualitativamente las metas de nuestros sueños.

Si ha cambiado nuestra manera de trabajar (se ha ido transformando) es solo debido al desarrollo tecnológico alcanzado por nuestra sociedad. El potencial de nuestro intelecto, genéticamente hablando, no ha cambiado un milímetro.

Si el trabajo físico está actualmente desvalorizado, lo está porque se desarrolla en una sociedad depredadora en la que sus leyes mercantiles lo excluyen como mercancía de cambio. Millones de seres humanos desearían poder producir alimentos, enseres, útiles de labranza, conducciones de agua para el regadío… como lo hicieron antiguas civilizaciones que no dejarían de representarles un gran beneficio. Pero la sociedad del dinero se lo impide con la desposesión de sus recursos.

Pero, ni el más sencillo trabajo está desposeído de su aspecto intelectual. Lo que cambia es sencillamente el desarrollo de las herramientas con las que se realiza. De ninguna manera podemos afirmar que el nivel creativo, imaginativo, emprendedor o analítico de un campesino de la selva amazónica sea sensiblemente inferior a la de un usuario de las redes telemáticas. Solamente sus herramientas son distintas.

Tampoco tiene sentido alguno la diferenciación entre trabajo material o inmaterial, consideración que tanto ocurre entre los individuos o grupos que trabajan, por ejemplo, en la extensión de los sistemas informáticos y del software libre como puede ocurrir entre los investigadores de un laboratorio de biología molecular. Ni aún en el mundo de las ideas, de los conceptos, de la creación artística o literaria, de la música,… que podría ajustarse más a esta definición de trabajo inmaterial, esta diferenciación sería correcta. En estas actividades humanas existe un auténtico trabajo creador, lleno de interés, de esfuerzo, de profundización cognoscitiva, de realización de potencialidades del ser social (existen, solo en el momento en que son ofrecidas a la sociedad)… que se materializan (o pueden materializarse) en obras pictóricas o teatrales, en composiciones musicales, en obras literarias, en teorías filosóficas o en hipótesis científicas. Son actividades que provocan sentimientos, sensaciones y emociones que analizándolos con rigor sabemos que son productoras de verdaderos procesos bioquímicos en el ser humano que la Ciencia ya es capaz de comprobar y hasta de medir, y que son el principio generador de aplicaciones prácticas que mas tarde o más temprano serán llevadas a cabo. No tiene sentido alguno diferenciar ninguna manifestación de la capacidad creadora del ser humano.

Viene al caso una pequeña reflexión sobre otra cuestión parecida respecto al trabajo productivo (creador de mercancías) y el trabajo no directamente productivo (el del barrendero, el barbero, el maestro… o del que nos avenimos a llamar sector servicios). Rigurosamente este trabajo no directamente productivo no es determinante para definir un modo de producción (puesto que este ha tenido lugar exactamente igual en todos los modos de producción), aunque en la sociedad capitalista su remuneración se haga también en la forma asalariada. Es un trabajo externo al circuito dinero-mercancía-mercancía-dinero y por tanto no creador de plusvalía. Su remuneración es el pago por los servicios prestados (y añadido por el capitalista a la partida de gastos). En una sociedad en donde el trabajo deje de considerarse mercancía, cualquier actividad humana que redunde en beneficio colectivo será considerada simplemente como actividad social necesaria.

Otra cosa es como se las arreglaría una sociedad si todos sus miembros estuvieran dedicados exclusivamente a estas actividades que llamamos “inmateriales”. Los monjes budistas siguen meditando, llevan cientos de años meditando, pero por las almenas de sus fortalezas-monasterio continúan subiendo, atados con fuertes correajes, los bien cebados terneros que el pueblo tibetano les sigue ofertando a cambio de sus plegarias. Sin ellos no podrían seguir meditando.

La propiedad intelectual

La defensa encarnizada de los llamados “derechos de autor” o de la “propiedad intelectual” representan los últimos intentos de vínculo y de supervivencia de las relaciones feudales. No son solo, como dicen las izquierdas progresistas, rechazos sociales ante la voracidad del Capital para enajenar cualquier actividad humana. En realidad son vanas e inútiles resistencias a otras formas de relación social emergentes sustentadas en otras formas de propiedad que nada tienen que ver ni con la propiedad individual (tal como existe en el capitalismo) ni con la propiedad capitalista propiamente dicha. Son rechazos reaccionarios ante una nueva forma de propiedad (la propiedad social), la única que puede abrir un proceso de progreso colectivo y a su vez la única que puede asegurar el bienestar y la creatividad individual. La propiedad individual que nacerá de esta actividad y de esta propiedad común nunca lo será por desposesión ni por acumulación de trabajo enajenado de otros individuos. No podemos entender la futura sociedad como una gran organización seudo-religiosa en donde todo sea propio y en función de la “Orden” y en donde el individuo esté desposeído de toda posibilidad de favorecimiento de su propia individualidad, bienestar y gozo de la vida.

Estos “derechos de autor” son residuos feudales. Residuos de periodos en donde el individuo-trabajador era en cierta manera poseedor de sus propios medios y herramientas de trabajo (salvo el de la propiedad de la tierra, aún cuando generalmente ésta era de su libre uso por cesión o arrendamiento de sus propietarios así como por medio del uso de otras parcelas consideradas comunales) y de una parte del fruto de su trabajo.

La “producción social” que se generó a partir de las primeras revoluciones industriales fue resquebrajando sucesivamente esta actividad individual y aislada, y la forma de propiedad en la que se sustentaba. El siervo abandonó las tierras y los enseres al igual que el artesano abandonó sus herramientas de hilar y de tejer. Con en el inicio del trabajo asociado, colaborador, en equipo, multidisciplinario (se juntaron destrezas y oficios diversos en función de una tarea común, decidida de antemano)… se conjuntaron por primera vez gigantescas fuerzas de trabajo que hasta entonces estaban disgregadas y parceladas.

Si este trabajo social fue enajenado, no lo fue por la manera específica en que la que se implementó sino por el carácter de apropiación privada de los medios y de las herramientas (y del propio trabajo) que hizo de él el Capital.

Es esta producción social, la que ha ido acabando con los pequeños reinos de taifas formados por médicos, ingenieros, investigadores, escritores, etc. que han visto desmontarse paulatinamente sus tenderetes privados. Su propiedad sobre los medios de producción de saberes, conocimientos de medicina, de ingeniería, de arquitectura… se ha visto constantemente desvalorizada ante la enormidad y efectividad de medios que disponen las grandes empresas productoras de salud, de ingeniería, de comunicación, de creación de nuevos conocimientos,… que utilizan trabajo asociado.

Es cierto que el capitalismo ha asalariado a estos antiguos sectores propietarios, pero sería más correcto decir que ha sido la producción social la que les ha desposeído de sus individuales derechos de propiedad que usaban en propio beneficio.

En este sentido podemos decir que la “propiedad intelectual” o el “derecho de autor” pertenecen a un pasado sin retorno.

La enajenación del trabajo intelectual, la enajenación de los llamados “derechos de autor” tiene lugar paradójicamente bajo la gran coartada del “copyright” o de las leyes sobre las patentes. El Capital es el auténtico monopolizador del control de su propia creación, de su difusión y de su mercantilización en búsqueda del beneficio privado. Lo es tanto en el llamado trabajo material como inmaterial. En el trabajo productor de mercancías o en el trabajo de investigación, en el trabajo de creación musical o artística. Su asalariamiento (aún bajo la fórmula de “pago por comisión”) y su inevitable camino hacia su desvalorización, tanto de unos trabajos como de otros, es su único futuro. Los sectores implicados en la investigación científica en cualquier parte del mundo, por ejemplo, conocen sobradamente las condiciones de la enajenación de su trabajo (como el Capital controla minuciosamente todo su proceso creativo) y su más absoluta desvinculación tanto de los resultados finales de su investigación como de sus futuras aplicaciones.

El secretismo, la condición más antagónica para el desarrollo del conocimiento científico, es el único camino de que nos ofrece el Capital. Pero este camino ya no es posible como lo fue antaño: hemos creado las herramientas de copia y difusión (a velocidades de vértigo y de extensión ilimitada) que imposibilitan su detención y a su vez, hemos avanzado en una nueva concepción, que sin rubor podemos llamar ética sobre la auténtica naturaleza social del conocimiento científico.

El trabajo forzado, la condición más antagónica para el desarrollo creativo, en inevitable proceso hacia su desvalorización sea cual sea su condición, es el único camino que nos ofrece el capital. Pero tampoco este camino es posible. El trabajo en condiciones de libertad, de colaboración y solidario (y sin rubor altruista, como elemento intrínseco de la propia especie humana como principio fundamental para su supervivencia) es la única posibilidad realmente creativa.

La revolución tecnológica

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la investigación científica alcanza su mayor consideración por el Capital como la mayor fuerza productora de riquezas y de poder. Nunca este tuvo que supeditar tanto su poder a los estamentos científicos que le dieron la posibilidad de victoria sobre sus adversarios contendientes en la conquista del mundo. La carrera armamentística (la enajenación del conocimiento científico para su uso como fuerza destructora) ya empezó en los albores de la guerra y continuó posteriormente entre los dos bloques en disputa.

El Capitalismo de Estado demostró su ineficacia y su incapacidad en la carrera. La enorme inversión de medios, fruto de la enajenación fundamentalmente de enormes masas de “trabajo vivo”, la investigación militarizada bajo un fuerte control político y el secretismo (como forma de conservación del poder de las elites basado más en la fuerza que en el desarrollo tecnológico que podía ser aplicado a la producción) les invalidó como contendientes. Curiosamente, la potencia vencedora que desarrolló su liderazgo en lo que los economistas llaman la libre economía de mercado, en el cumplimiento de las leyes de la competencia, en la iniciativa privada… y que les dio una enorme hegemonía económica, militar y tecnológica se han sumergido en este periodo de crisis en un proceso bastante parecido: El Capital financiero ha creado un gran aparato político-militar destinado al uso de la fuerza (como instrumento de rapiña y de pillaje) en donde prima el secretismo y el control del conocimiento científico ante el que queda supeditado absolutamente el sector productivo creador de mercancías. El capitalismo de guerra y el especulativo (el que hace que el dinero por sí mismo produzca más dinero) ha relegado al capitalismo productor de mercancías.

Podemos constatar, sin embargo, como a partir de la mitad del siglo XX ha tenido lugar una gran revolución tecnológica. Es absurdo concebirla como el resultante de un sistema social basado en la propiedad privada. Contrariamente podemos decir que esta gran revolución es el resultante de una gran tarea colectiva muy a pesar de haberse desarrollado en la sociedad del Capital.

El Capital no es generador por si mismo de progreso científico. Solo es su enajenador en su objetivo del beneficio privado.”Los poderes infernales que la burguesía conjuró y que no sabe dominar” como decía Marx en el Manifiesto, no lo son porque no fueron de su propia creación sino de la sociedad constructora. El trabajo humano es el único creador de progreso.

La informática, por ejemplo, fue desarrollada por equipos pioneros de investigadores que muy pronto la óptica belicista puso a su servicio. Si desbordó su marco militarista fue gracias al trabajo de otros pioneros que convirtieron máquinas con sistemas de lenguaje propios para funciones específicas, en sistemas operativos multiusos y multitareas basados en estándares abiertos. Unix nació de los equipos de trabajo de la AT&T pero fue desarrollada mas tarde por estudiantes e investigadores de la Universidad de Berkeley que pronto fueron litigados judicialmente por haber sobrepasado lo acordado y por haber hecho públicos “secretos industriales”. De la época pionera de la creación se pasa al periodo de enajenación privada en donde las leyes del mercado lo encierran en el secretismo. Cada empresa desarrolla sus variantes en detrimento de la compatibilidad de los sistemas. En 1984, Richard M. Stallman lanza el movimiento del software libre con el objetivo de oponerse a la apropiación privada de los conocimientos informáticos: “Un programa es libre si tienes la posibilidad de ejecutarlo sea cual sea el motivo por el que quieres hacerlo; es libre si puedes modificarlo para adaptarlo a tus necesidades (en la práctica ello solo es posible si conoces el código fuente); es libre si puedes copiarlo y difundirlo; es libre si tienes la posibilidad de distribuir copias modificadas de tal manera que la comunidad se beneficie de ellas”. Así nació el software libre frente al software propietario y como éste, a partir de Internet, se ha convertido en la más eficaz herramienta de difusión de conocimientos y un sistema de relación a distancia que supera cualquier otro sistema anterior de comunicación. A principios de los años 90, Linux Torvalds, crea el núcleo Linux que puede funcionar con los microprocesadores más corrientes. La auténtica innovación del sistema operativo GNU/Linux no es fundamentalmente tecnológica sino de los mecanismos sociales de producción y de innovación. A partir de la red de Internet su desarrollo no es un acto aislado ni de actividad individual ni regido por las leyes del valor. Es un acto de cooperación en donde se diluye la producción y la utilización en común. La producción y el uso.

GNU/Linux va mas allá, pues de lo que podría representar una auténtica revolución en la creación de sistemas operativos abiertos. Es una forma de relación social que no puede avanzar bajo la forma de la propiedad privada.

Pero este hecho no es aislado. La gran revolución tecnológica que tiene lugar en todos los campos de la actividad humana, en la medicina, en la farmacología, en la ingeniería robótica, en la biotecnología, en la genética, en la nanotecnología… tampoco puede avanzar fuera de los mecanismos sociales de creación, difusión, innovación y utilización en libertad y sin trabas. Su control y enajenación por el Capital desde su propia concepción hasta su última aplicación para el beneficio privado obstaculizan su propio carácter creador en su producción y en su utilización colectiva. El trabajo del conocimiento en la medida que es convertido en trabajo-mercancía está desposeído de su auténtica fuerza creadora. Sigue siendo trabajo forzado.

Cientos de miles de estudiantes y de investigadores en centros privados o públicos, trabajadores del conocimiento, ven como la ley del Capital bajo la formula de patentes, de copyright, de secreto industrial,… controla, enajena y obstaculiza su trabajo. Como, no puede cumplirse la primera condición para que su trabajo revierta positivamente en el beneficio colectivo: su libre difusión, su copia, su modificación, su aplicación y su uso.

La apropiación de los recursos (fundamentalmente energéticos) y de la mayor fuerza productiva (el trabajo del intelecto) más que el control de la propia actividad productora de mercancías, es el gran sustento del Capital financiero que concentra hoy las riquezas del mundo.

Es por todo esto que la Humanidad debe empezar a recorrer, inevitablemente, un camino de recuperación de su Propiedad Social y de ruptura con las leyes de apropiación privada que encadenan el trabajo creador al asalariamiento del Capital. Los sectores más implicados en el desarrollo científico no pueden seguir arrodillados ante la desposesión de su trabajo para el beneficio privado.

Es preciso crear, copiar, difundir, innovar, aplicar y usar de manera colaboradora, solidaria y colectiva.

Josep

Este escrito fue publicado en ellaberinto.net (septiembre 2004)
Título original: “A propósito de la “propiedad privada” Buscando el rumbo (y4)

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