La filosofía del gozo

Por: José San Miguel Hevia
Fuente: Revista “El Catoblepas N° 106 (Diciembre 2010)

Las calamidades de la ciudad estado no terminan con el fin de la guerra del Peloponeso, pues se prolongan y se acentúan durante todo el siglo IV y son causa de la desaparición de esta comunidad natural que parecía indestructible. Ya en la primera década de la centuria la indiscutible superioridad militar de los griegos sobre los persas queda anulada por su debilidad política. El Gran Rey se convierte en árbitro y director de la Grecia asiática, insular y europea, porque gracias a sus enormes riquezas y su excelente red de información es capaz de comprar a los demagogos y cambiar a su capricho y conveniencia el mapa de las alianzas y enemistades de la Hélade.

Cuando el espartano Agesilao al frente de su ejército y armada emprende el ataque contra Persia en su propio territorio, se encuentra con la desagradable sorpresa de que los gobernantes de Atenas y Tebas han recibido del sátrapa de Sardes oro suficiente para declarar la guerra a Lacedemonia, traicionando la causa común de todos los griegos Agesilao vuelve a marchas forzadas, dejando en poder del enemigo su armada, y toma la decisión, tan negativa como inevitable de hacer las paces con los persas por medio de Antálcidas, un espartano medizante, huésped de Artajerjes.

La paz de Antálcidas, fechada en el 387 es decisiva para la historia de Grecia porque por este tratado los espartanos entregan las ciudades del Asia Menor , renunciando a los frutos de Salamina y Maratón. Atenas queda convertida en una potencia de segundo orden, y Esparta, convertida en satélite de los medos, impone gobiernos oligárquicos en las ciudades estado de la antigua zona libre. El laconismo, profesado hasta entonces por los socráticos, comienza a caer en descrédito y da lugar a los movimientos individualistas de los cínicos y los cirenaicos. Todavía son cuerpos extraños en la vida de Atenas y las demás pólis, pero son el primer anuncio de lo que sin remedio sucederá.

El segundo acto de este penoso medio siglo comienza con la insurrección de los tebanos, magistralmente conducida por Epaminondas y Pelópidas. Los dos generales consiguen sucesivamente expulsar a la guarnición espartana, derribar el régimen impuesto por ella, vencer a los lacedemonios en guerrillas y finalmente invadir el intocable Peloponeso, dando libertad a mesenios y acadios. Los tebanos mantienen la hegemonía hasta el año 360, justo a tiempo para dar el relevo a Filipo de Macedonia, que ha pasado su juventud en esa ciudad y que al ser rey conoce perfectamente con quien tiene que tratar.

La segunda mitad del siglo asiste en tres actos sucesivos a la desaparición de la ciudad estado como modelo y su sustitución por entidades de un peso político, económico y militar infinitamente superior. En un primer momento, Filipo al frente de sus falanges, alcanza la hegemonía sobre toda Grecia en una victoriosa campaña de veinte años, facilitada por la desunión de las minúsculas comunidades griegas y por la inoperancia de sus oradores. Ya en el año 357, el rey de Macedonia toma Anfípolis y Potidea y se hace dueño de las minas del Pangeo, obligando a Atenas a reconocer la independencia de sus aliados. En el 348 conquista Olinto y asedia Bizancio y dos años después vence a beocios y atenienses en Queronea y proclamado hegemón de la liga de Corinto, se prepara para desafiar al Imperio persa.

Un año después su hijo Alejandro, después de poner fin a la rebelión de los helenos emprende la conquista del inmenso dominio del Gran Rey. empezando por Asia Menor, siguiendo por Siria, Fenicia, Judea, Egipto y Mesopotamia y llegando hasta India en la región del Punjab. Convertido en un gran colonizador tiene por primera vez la idea de un imperio ecuménico e incorpora a los persas a la administración y el ejército. Además proyecta nuevas ciudades de enorme extensión y de numerosa población, libera las riquezas encerradas en los grandes templos, y pone en circulación la economía de su extenso imperio, dicta la vuelta de los emigrados, anulando la política de expansión de las antiguas pólis, en fin comunica a todo el mundo los hallazgos de la civilización griega.

A la temprana muerte de Alejandro, los atenienses incitan a todos los helenos a sublevarse contra los macedonios, pero la guerra tiene un final tan rápido como desgraciado. Antípatro impone unas durísimas condiciones de paz, en primer lugar el establecimiento de una guarnición macedonia permanente en Muniquia y la condena a muerte de los instigadores del levantamiento. Pero la disposición que sin duda pone fin a la vieja democracia es el decreto por el que se reserva la ciudadanía a quienes cuenten con una fortuna superior a los dos mil dracmas, con lo cual desaparece la democracia, y queda abolido el partido popular y excluida la mayoría de la población de los cargos de gobierno.

Los generales que suceden a Alejandro, después de un período de inestabilidad y conflictos, heredan unos imperios de considerable magnitud en la Grecia continental, en el norte de África y en el próximo oriente. En particular, uno de ellos, Tolomeo reina en Egipto, defendido de cualquier atacante por los desiertos que lo rodean, donde crece Alejandría, una de las colonias fundadas por el gran conquistador, que por su situación privilegiada se convierte pronto en la capital comercial y cultural del mundo y el modelo de comunidad que hasta entonces detentaba Atenas.

Es preciso dibujar el nuevo tipo de sabio que esta nueva forma de vida hace posible y que sustituye al ciudadano de la pólis de los siglos VI al IV. Para empezar las nuevas metrópolis hacen imposible la comunicación directa de los hombres y sustituye las discusiones en el ágora por un desarrollo del lenguaje escrito. Que los dos modelos de sabiduría sean Sócrates, el hombre que se dedicaba a hablar con sus conciudadanos de la pólis, y por otra parte la muda biblioteca de Alejandría, son una buena muestra de esta trasformación del saber. Pero el hombre no se contenta con el desarrollo de la ciencia y necesita orientar la totalidad de su existencia, que está aislada de todo proyecto colectivo. Por consiguiente el individualismo será según esto, la marca de fábrica de todas las filosofías del helenismo.

El individuo no puede determinar la actividad de esa nueva y descomunal sociedad en que le ha tocado vivir y se siente esclavo de su maquinaria política y económica, tanto más cuanto que es del todo desconocida para él. Por eso mismo necesita crear un espacio de libertad aunque sea mínimo, y otra vez lo encuentra en los estrechos límites de su propia vida. La búsqueda de la libertad es común a los estoicos, los escépticos y los epicúreos, que la pretenden encontrar en el ejercicio de su razón a la que no puede alcanzar ninguna fuerza externa, en la adopción de una actitud contemplativa y suspensión de toda afirmación, o en el retiro en compañía de los amigos a un lugar alejado y la constitución de una pequeña sociedad de hombres independientes.

La extensión de las nuevas unidades políticas impide cualquier proyecto de ordenación de la comunidad, lo mismo la fabricada por Solón que la soñada por los platónicos. Sin embargo los individuos sí pueden aspirar a un ideal más modesto, la seguridad, tanto más cuanto que sin ella el desarrollo de la existencia de cada uno es difícil, sino imposible. Ya Demócrito y Aristóteles. en vista de los continuos conflictos que sacudían las ciudades estado, habían puesto en la aspháleia, su preocupación política central. Pero este objetivo que en la Grecia clásica es una aspiración deseable, se convierte en una necesidad en el helenismo, sobre todo por las guerras que sal picaron los años inmediatos a la muerte de Alejandro y los primeros años de los imperios de los diádocos.

En fin, en una comunidad como la ciudad estado, su mismo carácter natural es un límite de las aspiraciones y deseos de sus componentes. Pero el carácter artificial de las nuevas comunidades –el Egipto de los Tolomeos reina sobre diez millones de súbditos y su capital, Alejandría, alcanza la cifra de quinientos mil habitantes– la introducción del un nuevo modelo de gobierno, y la posibilidad de una acumulación de riqueza gracias a la circulación universal de moneda acuñada, obligan al individuo a medir sus necesidades y deseos que en principio no tienen límite.

Epicuro

El año 323 es decisivo en la historia de Grecia y en especial de Atenas. El 10 de Junio muere Alejandro en Babilonia, y los atenienses se rebelan contra la dominación macedona en una guerra tan corta como desgraciada. En pocos meses le siguen los dos últimos defensores de la ciudad estado, Aristóteles y Demóstenes y su más precoz y corrosivo enemigo, el cínico Diógenes. Y aunque con la desaparición del conquistador se desvanece su sueño de un imperio universal, quedan definitivamente establecidas los fundamentos de un helenismo mucho más ambicioso que los caprichos de las antiguas y menudas comunidades.

En ese mismo año llega Epicuro a Atenas para prestar su servicio militar como efebo y poder ser inscrito como ciudadano ateniense con todos los derechos. Ha nacido hace dieciocho años en la isla de Samos, donde sus padres están establecidos como colonos desde el año 352. En su misma quinta milita el comediógrafo Menandro, que va a jugar en el teatro el mismo papel que su amigo en filosofía y Alejandro y sus generales en política. Al terminar los dos años de efebía el futuro filósofo se reúne con su familia, que se ha visto obligada a abandonar Samos y vive ahora en la ciudad costera de Colofón.

En su estancia en el Asia Menor –desde Colofón se traslada a Mitilene y Lampsaco– Epicuro recibe seguramente la influencia de las escuelas de filosofía esparcidas por la costa asiática. En la isla de Teos, cercana a Colofón, escucha a un atomista discípulo de Demócrito, Nausífanes , en Mitilene probablemente asiste a la pequeña academia fundada por el mismo Aristóteles, y en Lampscaco recuerda la figura de Anaxágoras, expulsado de Atenas por impiedad. En esos mismos años el filósofo reúne a sus más fieles y duraderos discípulos, primero a Hermarco y muy pronto a Metrodoro, Temistia y Leonteo.

En el año 306 Epicuro vuelve a Atenas, que sigue siendo asiento de los movimientos intelectuales más brillantes y diversos, y allí pasa los treinta y cinco últimos años de su vida. Mientras que Alejandría inaugura con el Museum una sabiduría de nuevo cuño, centrada en la comunicación escrita y en los desarrollos de la geometría y la astronomía, la vieja capital del Ática se mantiene fiel a su tradición filosófica, pues al lado del Liceo y de la Academia, nace el Jardín de los epicúreos y un poco más tarde las enseñanzas de Zenón en el Pórtico Pintado. Políticamente son años calamitosos, mucho más que los del último siglo: Atenas está en una guerra continua, sufre cuatro asedios y tres movimientos de insurrección, los gobiernos cambian sin cesar de manos, en cuatro ocasiones los príncipes extranjeros modifican sus instituciones, y en fin, parece que la pequeña ciudad estado no soporta el peso y la magnitud de la nueva situación. La vida colectiva está afectada de una total incertidumbre y falta de seguridad. Pero estas catástrofes exteriores que afectan continuamente a la gloriosa Atenas están acompañadas de una decadencia interior, que va a hacer inviables los antiguas organizaciones democráticas y en último término la esencia misma de la ciudad estado, que desaparece de la historia, al mismo tiempo que nace el nuevo modelo de metrópoli. En primer lugar se suprimen las indemnizaciones de los jueces heliastas, de los miembros de la asamblea y de los asistentes a la tercera gran institución de la democracia, el teatro, que abierto a todos los ciudadanos, desempeña un papel parecido al de la prensa en las modernas sociedades. Como efecto de este triple abandono los hombres ya no se sienten pertenecientes ni solidarios con el cuerpo político, y cada vez más se retrotraen, ellos también a su vida individual.

Este proceso se hace irreversible cuando en el último cuarto del siglo los militares macedonios se enfrentan con los oradores, condenando a muerte a Demóstenes, el último valedor de Atenas. El decreto de Antípatro elimina para siempre el viejo ideal de libertad, cuando identifica a los ciudadanos con la clase de los ricos, suprimiendo, al mismo tiempo que el partido popular, todas las instituciones de la democracia directa. Los individuos, que en tiempo de las escuelas socráticas menores llamaban la atención por su carácter extravagante son ahora los genuinos representantes de la nueva forma de vivir, y el ideal de autosuficiencia abandona la comunidad política y se refugia en esas existencias aisladas e insolidarias.

El representante de la Atenas de final del siglo IV, cuya influencia todavía se puede sentir en el teatro posterior, es el comediógrafo Menandro, de la misma quinta militar e Epicuro, que estrena su primera obra en el 321 poco después de la muerte de Alejandro. Menandro abandona las comedias de contenido político, que comentan ante la totalidad de los ciudadanos los avatares de la democracia y la figura de sus personajes públicos, y crea la llamada nueva comedia, que retrata las aventuras de la burguesía ateniense. En la escena, que no tiene coro y sigue las unidades de tiempo y acción de Aristóteles, aparecen por primera vez los caracteres individuales que adornan el contorno urbano, el misántropo, los soldados fanfarrones, el viejo verde y los amantes jóvenes.

Ninguno de ellos se preocupa de la política, y todos están pendientes únicamente de sus asuntos privados y de su vida familiar. El azar, uno de los imponderables de la nueva situación, embrolla la acción escénica y la riqueza es uno de los factores decisivos de la trama. El desenlace en forma de final feliz desemboca en una pequeña felicidad burguesa, y el mejor premio de los protagonistas es una boda que ha superado cientos de obstáculos.

En resolución, los dos amigos presentan, cada uno en su propia actividad, el retrato más perfecto de la nueva sociedad helenista y de su negativo, la ciudad estado que desaparece.

Según el testimonio de Diógenes Laercio, Epicuro escribió hasta trescientos libros, más que ningún otro filósofo, entre ellas treinta y siete obras «Acerca de la Naturaleza», el tratado De los átomos y el vacío, y un resumen de los escritos contra los físicos. Además una serie de desarrollos éticos: Del fin, Del criterio o regla, De la santidad, De las obras justas; unos desarrollos de Canónica o teoría del conocimiento: De la vista, Del tacto, De las imágenes mentales De la fantasía y De las pasiones. Todos estos libros son, al parecer, una mínima parte de una producción oceánica, que se ha perdido casi por completo pues el filósofo ha tenido siempre excelentes censores. Así que se conocen escasos textos de Epicuro, casi todos epístolas escritas a sus amigos del jardín y recogidos por uno de sus sucesores, Diógenes Laercio, que le dedica el libro final de sus Vidas. Sin embargo estas pocas cartas ayudan a completar los fragmentos de Demócrito las noticias de Aristóteles y el poema de Lucrecio. Sustancialmente su doctrina está de acuerdo con los textos de los primeros atomistas, pero desde el punto de vista formal es distinta, pues los desarrollos teóricos se convierten en un pensamiento moral. En carta a Meneceo expone hacia su final esta predominio de la practica sobre la filosofía teórica: «El principio y el mayor bien es la prudencia y por ello esta prudencia resulta algo más preciado incluso que la misma filosofía. De ella nacen las demás virtudes, porque no es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer. Así que las virtudes está unidas naturalmente al vivir placentero y la vida placentera es inseparable de ellas». Pero donde aparece con más claridad y extensión la dependencia de la ciencia con relación a la forma de vida es la carta a Pitocles, por otra parte . el documento más original de Epicuro, por cuanto se ocupa de los meteoros, que llenan de espanto a los hombres comunes y de admiración a los filósofos.

«Antes de nada has de saber que el fin del conocimiento de los meteoros no es otro que librarnos de las angustias y darnos seguridad y satisfacción.» Por consiguiente, cualquiera sea la explicación del nacimiento y la puesta del Sol, la Luna y de los astros, bien sea por encendido y apagado, bien sea por ocultación y la aparición de la Tierra, todos son posibles a condición de que el estado de ánimo del hombre sea tranquilo y firme, y no tema de los dioses. Los demás fenómenos celestes, los eclipses, las fases de la Luna, los truenos, relámpagos y rayos, la tempestad y los terremotos, los cometas y las estrellas que caen, los meteoritos, todos tienen en los filósofos innumerables razones según sean sus teorías, pero se puede elegir indiferentemente cualquiera de ellas siempre que comunique el sosiego, expulse todas las supersticiones y las falsas noticias de la astrología.

Las diversas teorías sobre los meteoros llevan a uno de los tópicos de la doctrina de Epicuro, la ausencia de temor de cuanto no puede estar en contacto con nuestra vida. Efectivamente, según las supersticiones populares, los dioses pueden hacer daño a los hombres cuando se irritan contra ellos si no se les rinde el homenaje debido o si son enemigos de su forma de ser por motivos sólo conocidos por los bienaventurados. Así que pueden castigar con el rayo, con las tempestades marinas, con el terremoto, la peste y las demás calamidades. Otras veces avisan de estos males a través del mensaje misterioso de los eclipses, de la caída de un cuerpo celeste o de cualquier otro fenómeno imprevisible.

Epicuro afirma la existencia de los dioses, que son para él y sus amigos, modelos e ideales de vida, pero en su estancia lejana y su vida dichosa no se ocupan de los sucesos felices o desgraciados de los humanos, a quienes seguramente ni siquiera conocen. No sólo están dotados de átomos indivisibles, sino que su mezcla es tan perfecta que son de hecho inseparables e inmortales y no pueden tener envidia a las existencias temporales y caducas. La mitología, que presenta a sus divinidades como semejantes a los hombres y dominadas por las pasiones más mezquinas, es una falsa religión, que está en contradicción con la verdadera filosofía.

Queda por ver de qué forma estas entidades supremas sirven de modelo a los hombres y particularmente a quienes siguen las enseñanzas de los epicúreos. No habitan dentro de nuestro universo, ni dentro de ninguno de los universos infinitos, ni por consiguiente se contaminan con las realidades sujetas al nacimiento y la muerte. Su lugar de residencia son los espacios que median entre los mundos, los metacósmia, y allí llevan una existencia feliz, tanto más cuanto que no se preocupan de las empresas que proyectan las sociedades mundanas, de sus éxitos o frustraciones y se limitan a disfrutar de una amistad pacífica y eterna.

Se pueden asimilar los universos innumerables a las ciudades con sus afanes y desdichas, y los intermundos a jardines, semejantes al que el filósofo abre en los alrededores de Atenas y que a su muerte lega a sus seguidores. Los filósofos, imitando a los dioses, son capaces de suprimir toda participación en la política y en los asuntos de la comunidad y cambiar esa actividad, definitivamente muerta, por el disfrute de la amistad entre individuos felices y autosuficientes. Así se entiende la enigmática sentencia, según la cual las divinidades existen porque son conocidas: efectivamente su realidad es la justificación de la vida placentera en el képos.

La filosofía de Epicuro proporciona una primera medicina, que invalida la mitología clásica de los griegos. Pero, aunque el filósofo no abandona Atenas, tiene que determinar el género de vida que dentro del nuevo modelo de comunidad garantice el descanso del espíritu. Ahora bien, el ciudadano que habita dentro de las metrópolis, sometido a deseos artificiales, está obligado a limitarlos si quiere conseguir la paz interior. Ya Demócrito, cuando las ciudades estado comienzan a decaer, manifiesta una sentencia –sólo es rico el que tiene lo que desea– que resume esta actitud, pero lo que entonces es una opinión de un ilustrado, se convierte al llegar el helenismo en una disposición de ánimo necesaria y universal.

El filósofo del Jardín plantea tres posibles situaciones y aplica otras dos nuevas medicinas . En primer lugar, las necesidades naturales –la bebida y la comida más elemental, la libertad personal, el trato con los amigos, el disfrute del jardín– pueden satisfacer el ánimo y llenarlo de gozo. La misma naturaleza limita los placeres, incluso los que no son necesarios, y quien se ajusta a estos límites tiene la oportunidad de llevar una vida agradable. Cuando alguien se persuade de que sus deseos naturales son fáciles de alcanzar está en posesión de la segunda medicina y seguirá gozando del descanso y del sosiego.

Pero la existencia en las nuevas ciudades, crea deseos doblemente artificiales, porque ni son necesarios, ni naturales, como la acumulación de riqueza, una primera manifestación del consumismo, las «esperanzas cortesanas», y las necesidades creadas por una rudimentaria publicidad. Todas estas cosas no tienen límites y amenazan con envolver al hombre en una preocupación interminable, haciendo perder la tranquilidad. Y aunque no es posible suprimirlas, sí se puede en cambio anular el deseo, siguiendo el consejo de Demócrito y el que a lo largo de una larga historia van a seguir todos los epicúreos. «Si quieres hacer rico a Pitocles –dice el maestro– no aumentes sus riquezas, sino limita sus deseos.»

Dentro de estas necesidades artificiales está la persecución insaciable y constante de placeres puntuales, cuya suma y acumulación produce la felicidad, tal como lo había defendido Arístipo y la escuela de los cirenaicos. El placer en cambio que defiende Epicuro es el catastemático, o hablando en lenguaje menos barroco, el placer estable y continuo, más brevemente el gozo. El testimonio del filósofo a favor de este estado de ánimo es tanto más valioso cuanto que se sabe por su biografía que es uno de los grandes enfermos de la historia, y a pesar de ello proclama la felicidad, allí donde otro moralista, el achacoso Séneca, predica la resignación.

La doctrina de las necesidades artificiales y de la limitación de los deseos correspondientes, producen al generalizarse, uno de esos movimientos dialécticos, con que la ciencia y la filosofía dan lugar a la aparición de nuevas ideas que no están previstas en las situaciones previas y hacen la historia inesperada e imposible de predecir. Epicuro advierte que una de las aspiraciones del hombre, que le ha acompañado siempre, que conserva también en el helenismo y que mantendrá en el futuro, es el ansia de inmortalidad, de una vida interminable y sin límites en el tiempo. Es un deseo mucho mayor que la acumulación de bienes y honores y pertenece a todos los hombres, cualquiera que sea su condición, pobres y ricos, honrados o miserables.

Para todos ellos la presencia de la muerte –una presencia por otra parte segura– anula esta aspiración de una vez para siempre. Ningún otro deseo es irreversible: la riqueza se puede reponer, la enfermedad curar, el honor restituir, pero este último momento no se puede repetir. Por otra parte la expectación de la muerte actúa hacia atrás sobre cada uno de los momentos de la existencia, y por consiguiente los mortales viven permanentemente angustiados por la pérdida de cuanto tienen y son, y ya no tienen sosiego ni gozo. Hace falta descubrir una cuarta medicina, la más necesaria y urgente, y también la más odiada y perseguida por todos los laboratorios farmacéuticos.

El filósofo del jardín conoce dos soluciones a este problema cardinal de la existencia. Pitágoras y Platón aseguran la vida bienaventurada de los hombres que no se ocupan del mundo material y a través del ejercicio de su inteligencia son capaces de elevarse a la contemplación de las ideas, tan eternas y permanentes como el universo de la geometría. La inmortalidad así entendida sin embargo, no está al alcance de los ciudadanos comunes y sólo los filósofos, a través de una dura ascética, pueden alcanzarla. Además este futuro es incierto, y la esperanza de algo por esencia inseguro, no suprime la angustia ni proporciona el descanso permanente del espíritu, ni en resolución devuelve a la vida el gozo.

Epicuro busca otra solución, que se puede resumir parodiando una de sus sentencias: si quieres que Pitocles esté contento con su vida mortal, y alcance el sosiego y en resolución goce de esta vida, limita sus deseos de inmortalidad. Efectivamente, si se piensa bien, como el destino natural de todos los hombres es la muerte, el ansia por una acumulación interminable de años, es un deseo tan artificial como la preocupación por acumular riquezas igualmente inagotables. Sin embargo para curar esta enfermedad –la más grave y universal– de la angustia y la pérdida del sosiego y del gozo a la vista de la muerte, Epicuro ensaya un nuevo tratamiento de curación por la palabra, acudiendo a un discurso igualmente fundamental y absoluto, es decir, una filosofía.

La carta a Heródoto, después de un breve prólogo que exige claridad y precisión de las palabras, repite el principio de Parménides: en primer lugar, nada nace de la nada y nada puede desaparecer, destruyéndose en la nada, así que todo fue siempre como ahora es y siempre será igual. Inmediatamente ese principio se desvía hacia el atomismo de Demócrito: efectivamente, la sensación atestigua que todas las cosas son cuerpos y el entendimiento razona que han de estar compuestos de elementos inalterables e indivisibles para que nada se destruya, y de un vacío donde pueden estar y moverse. Aunque los átomos sean invisibles, tienen una determinada magnitud, y por consiguiente ni son infinitos, ni es posible tampoco la división infinita de los cuerpos.

Los atomistas están de acuerdo con las demás escuelas médicas de Grecia en los otros dos principios, que explican de una u otra forma la constitución del hombre. En primer lugar aplican la teoría de las mezclas, porque en virtud de las leyes del azar, los átomos tienen incalculables variedades de tamaños, figuras y pesos y están desde siempre sometidos a un movimiento indeterminado, formando los cuerpos compuestos. Pero además la constitución de los seres vivos y en particular del hombre es rigurosamente homogénea con la composición de todo el universo. Todos estos supuestos convierten la filosofía en una medicina, capaz de curar esta enfermedad endémica de los hombres, como es la angustia ante la muerte.

El organismo tiene naturaleza corpórea y su carne está formada por una conjunción de partículas indivisibles de la misma tosquedad de cuantas conforman los demás cuerpos. En cuanto al alma, está también compuesta de átomos sutilísimos da naturaleza aérea, que dan vida a través del proceso de respiración. No sólo esto, sino que las distintas sensaciones se producen cuando una corriente de aire afecta a la retina, se desplaza desde la voz externa a través del oído impactando al cerebro o penetra en el olfato, produciendo una impresión más o menos confusa. Pero cuando todo el organismo se disgrega, las partículas que forman el alma se dispersan también y ya no conservan el movimiento, la animación y la sensibilidad.

La carta a Meneceo extrae las consecuencias morales de esta doctrina y asegura la curación de la ansiedad existencial:» Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada para nosotros, puesto que todo bien y todo mal están en la sensación y la muerte es la pérdida de la sensación. Por ello el recto conocimiento de que la muerte no es nada para nosotros, hace amable la mortalidad de la vida, no porque le añada un tiempo indefinido, sino por que suprime el anhelo de la inmortalidad». Así que, igual que sucede con los dioses, tampoco con la muerte tenemos ningún contacto, y por consiguiente no tiene sentido temerla ni perder la tranquilidad de ánimo, ni en resumen dejar de gozar de la vida.

La doctrina política de Epicuro y de sus discípulos del jardín es una continuación de su teoría física, porque a los elementos indivisibles de la naturaleza corresponden en la sociedad los individuos –en el griego actual atoma– que son también sus últimos componentes. Queda por ver cómo se deben comportarse estos individuos dentro del tormentoso clima que agita a Atenas durante el magisterio del filósofo, más concretamente cómo este atomismo social puede suprimir la inseguridad de vida de los ciudadanos. Los epicúreos no quieren participar en la vida pública ni mucho menos establecer una constitución utópica al estilo de Platón, y su ideal de vida colectivo es la seguridad, pero mientras que en Demócrito y Aristóteles la aspháleia es una posibilidad deseable, en las ciudades estado de Grecia de principios del siglo III es una necesidad imperiosa para lograr la felicidad cotidiana. La sociedad no existe de modo natural, ni es obra de los dioses o de legisladores iluminados, sino que es efecto de la unión de individuos, que renuncian, mediante un pacto para no hacer daño ni sufrirlo de acuerdo con las convenciones en repetidos encuentros y lugares. Los hombres no son naturalmente sociables, y únicamente la utilidad y el cálculo les empujan a vivir bajo leyes para que no se devoren unos a otros. Esta suerte de contrato social casi se identifica con el de Hobbes y tiene sus mismos fines, y como las pequeñas comunidades de Grecia no los consiguen, Epicuro parece aspirar de forma inconsciente a la constitución de gigantescos imperios, que proporcionen el orden y la tranquilidad.

El individualismo tiene una segunda manifestación, que desde siempre ha sido para los griegos uno de los regalos más preciosos de la existencia, y es la amistad. Pero en la escuela del jardín, decepcionada de la vida política, esta relación particular entre amigos es la única posible y sin ella los hombres están condenados a un penoso autismo. En principio cada individuo se mueve sin orientación ni finalidad como el átomo en el espacio, y únicamente la unión con los amigos amistad le proporciona una vida personal y llena de gozo, porque «de los bienes que la sabiduría proporciona para la felicidad de una vida plena, el mayor de todos es la amistad «dice una de las Máximas Capitales».

Epicuro –esta es la novedad frente al mismo Demócrito– organiza un tipo de convivencia diferente del de los pitagóricos, de la Academia y el Liceo. No se trata de los filósofos que se comunican su vida intelectual y potencian además la política, pues los amigos que viven en el jardín, retirados del ruido de los hombres comunes, tienen por objetivo la adquisición y la conservación del gozo y la tranquilidad de espíritu, y su relación de hombres libres proporciona la ayuda contra el aislamiento y contra una sociedad cada vez más extraña y enemiga. Así que la amistad está unida necesariamente al placer «y sin ella no se puede vivir en seguridad y sin miedo, ni siquiera se puede vivir alegremente».

Lucrecio

A su muerte el maestro deja en herencia a sus discípulos el Jardín para que puedan seguir practicando su doctrina y su estilo de vida. Por su parte los epicúreos no se preocupan demasiado por ser originales y respetan casi íntegramente la enseñanza del maestro, que a sus ojos alcanza la última cima de la filosofía. Aunque la censura oficial de los gnósticos, los neoplatónicos y la iglesia imperial quiere silenciar opiniones contrarias y nefandas, todavía se conserva el testimonio de Diógenes Laercio, que dedica el último libro de sus Vidas a Epicuro, y sobre todo el monumental poema de Lucrecio «De rerum natura».

Tito Lucrecio Caro nace el año 94 a de C. probablemente en Roma y muere a los cuarenta y pocos años, dejando su poema prácticamente acabado, aunque sus seis libros no alcanzan un orden definitivo. Pertenece a un siglo marcado por los grandes conflictos sociales –Mario y Sila, los Gracos, Espartaco, Catilina– por la conversión de Roma en una gran metrópoli primera potencia del Mediterráneo, y por los movimientos políticos que señalan el fin de la República y el comienzo del Imperio. Al parecer es víctima de una enfermedad mental –la epilepsia o simplemente una melancolía– que en todo caso le permite gozar de una lucidez potenciada, y construir su obra entera de un tirón o sin solución de continuidad. Tiene una extensa cultura y conoce, además de Epicuro y Empédocles, que le inspiran la doctrina y la construcción de sus hexámetros, a los más eminentes escritores griegos, y se dirige por otra parte a la aristocracia intelectual del helenismo.

Poco después de su muerte por suicidio, su amigo Cicerón edita sus poemas, que han salvado milagrosamente la censura oficial, gracias a un único códice, del que se derivan todos los demás conservados. El plan inicial de Lucrecio se compone con toda probabilidad de cuatro libros, que tratan de la cosmología (I principios fundamentales del atomismo, II movimiento de los átomos y formación de los compuestos, V y VI naturaleza de los cuerpos celestes y causa de los meteoros) y otros dos que tienen por objeto la psicología (el III condición material y mortal del alma y IV teoría de la sensación como impresión de los átomos sobre el alma a través de los órganos de los sentidos). Pero como el orden de los libros no estaba todavía totalmente determinado, su editor recompone la obra con la ordenación actual y parte la cosmología en dos divisiones simétricas de dos libros cada una, e intercala entre ellas los desarrollos de la psicología.

El poema de Lucrecio, respeta con toda fidelidad la filosofía de Epicuro, pero en su versión primera convierte el contenido de sus maestros atomistas en una visión existencial del destino individual y colectivo de los hombres, gracias a la hábil introducción de un proemio antes de cada libro y al engarce del fúnebre final del libro sexto con la exaltación victoriosa de la vida en el tercero y cuarto. Esta decisión de entender la filosofía desde la vida humana es propia del genio latino, y recuerda la traducción del primer estoicismo de los griegos a la sentenciosa filosofía de Séneca y la del cerrado sistema de Plotino a los análisis de la vida interior de su discípulo Agustín.

El libro primero se abre con una monumental alabanza de Epicuro, que, respetando la teología de los helenos, se ha atrevido a negar la providencia de los dioses y la correspondiente actitud religiosa en de los hombres hacia ellos. Después de este proemio, Lucrecio establece los principios del atomismo sin preocuparse en absoluto de la originalidad de sus ideas: nada nace ni se resuelve en la nada y por consiguiente los principios constitutivos del mundo permanecen inalterables desde la eternidad. En un segundo momento el filósofo determina que los átomos invisibles y corpóreos y su movimiento en el vacío explican con la máxima sencillez la constitución del universo, y crítica las soluciones monistas representadas por Heráclito, la teoría de los cuatro elementos y el pensamiento de Anaxágoras.

En el segundo libro Lucrecio aplica la teoría de las mezclas a su física, que se centra en el carácter cuantitativo de los principios, necesariamente inalterable, y prescinde de las diferencias en cualidad, sometidas a la trasformación, el nacimiento y la desaparición. A primera vista se trata de la misma filosofía de Epicuro, presentada con la brillantez y la falta de originalidad de un producto publicitario: así aparece el movimiento eterno de los átomos y su velocidad, su caída en línea recta en el vacío, su declinación y su conjunción en cuerpos compuestos, las diferencias incalculables de forma y tamaño y el número infinito de cada figura.

Después se muestra la variedad de los principios que componen los cuerpos, la sustitución del primitivo azar por una ley que asegura la continuidad de cada especie, cuyos átomos sólo permiten el enlace con otros de superficie complementaria, el origen de las cualidades y las sensaciones, del placer y el dolor, a partir de elementos incoloros e insensibles, en fin, los mundos infinitos y el desarrollo y decadencia alternativo de cada uno.

El libro V, que es la continuidad natural de los dos primeros, se inicia con la alabanza a Epicuro «un varón que es digno de estar entre los dioses», y en pasos sucesivos va aclarando la verdadera naturaleza de las cosas. En primer lugar sólo son eternos los átomos, que por su infinita solidez rechazan cualquier impacto que los pueda romper, o el vacío, al que nada puede tocar, pero los mundos compuestos de estos primeros principios, igual que han empezado a ser, están destinados a anularse, y como ellos cada una de sus partes, la tierra, el cielo y el mar y todos los géneros de seres animados. Ni los dioses, felices en su lejana y augusta soledad, han fabricado y ordenado el universo, sino que los principios en un movimiento azaroso y eterno ensayan todas las posibles formas de ser.

Después de una astronomía, que presenta todas las posibles explicaciones alternativas de los movimientos celestes y de una descripción nada científica de la magnitud y los eclipses del sol y la luna, de las disposiciones de días y noches y las estaciones del año, Lucrecio traza una historia natural, que empieza con la aparición de las hierbas, sigue con la de los innumerables géneros de animales. Después los primeros hombres se alimentan de lo que los bosques y los árboles espontáneamente les dan, beben de las fuentes y ríos, se refugian en las cavernas, descansan y juntan los cuerpos amantes en los campos, pero ya entonces al morir abandonan entre lamentos la luz de la vida. Después disponen cabañas y pieles, domestican el fuego, se hacen cazadores y sobre todo aprenden a nombrar las cosas; en fin fundan ciudades, inventan el dinero, ponen reyes que los defiendan a ellos y a sus ganados, y dioses que les protejan de la temible naturaleza.

El libro sexto –el más original por su forma y por su contenido– es una hábil continuación, que enlaza los últimos desarrollos de la cosmología y la historia de la humanidad con la larga reflexión psicológica de las partes tercera y cuarta del poema. Aunque los hombres han aprendido a cultivar los campos, a construir navíos, murallas y carreteras, a lograr seguridad con las leyes y las armas y adornar su vida con poemas, pinturas y cantares, sin embargo todavía tienen terror a los dioses, a quienes atribuyen los espantos naturales por desconocer sus verdaderas causas. Como en la oscuridad tiemblan los niños y todo les da miedo, así nosotros tememos en plena luz, y sólo la razón podrá suprimir ese miedo.

Lucrecio trata primero de todos los fenómenos que acompañan a la tempestad, el sonido incontrolado del trueno, el relámpago que le acompaña y el rayo que todo lo destruye y quema, pero también los vientos, las lluvias y el granizo. Después habla de otros fenómenos, más raros y temibles, como los temblores de tierra, los fuegos que expulsan los volcanes, los lagos sobre los que ni siquiera pueden volar los pájaros, y sobre todo la desastrosa peste. Los versos finales del libro VI están inspirados en Tucídides y son, en abierta contradicción con la intención central del filósofo, una descripción funeral de la peste en Atenas y del triunfo colectivo de la muerte.

Los versos finales del libro sexto cierran trágicamente la cosmología y preparan –por lo menos eso parece en la versión inicial de Lucrecio– un inesperado golpe teatral que comunica un violento dramatismo a toda la obra. Efectivamente, su continuación en el libro III, da origen a la psicología, cambia bruscamente de signo y comienza a exaltar nuestra condición mortal, siempre a la sombra de Epicuro.

O tenebris tantis tam clarum extollere lumen
qui primus potuisti illustrans commoda vitae.

Para Lucrecio la supresión del temor a la muerte no es una simple consecuencia teórica del atomismo, ni siquiera una de las cuatro medicinas que devuelven el gozo al hombre. Es –por el acento que el poeta pone en sus versos– el problema central de la existencia, hasta el punto de que su solución pone punto final a todas las angustias que cada individuo y cada pueblo ha arrastrado a lo largo de la historia. Es también el fin de toda filosofía y la coronación de su maestro: «A ti sigo, honor de la gente griega pues has sido el primero que pudiste levantar una luz clarísima del fondo de tinieblas tan grandes, iluminando los verdaderos bienes de nuestra vida».

Después, en pasos sucesivos, Lucrecio afirma que el espíritu –el ánimo o anima que con frecuencia llamamos mente– es una parte del cuerpo, igual que la mano, el pié y los ojos, que aunque está compuesto de átomos finísimos tiene naturaleza material, que sólo vive en conjunción con el organismo y con él nace y muere: «¿Por qué dudas de que el ánima, expulsada del cuerpo, desvalida, desnuda de su envoltura, es incapaz de subsistir, no digo una eternidad, sino el tiempo más breve?» Más todavía, la sensación es efecto de la acción combinada del espíritu y de los órganos de los sentidos y la desaparición del conocimiento sensible en nada se diferencia de la muerte.

A partir de aquí Lucrecio niega la preexistencia en una feroz cruzada contra Pitágoras y Platón: « Si el alma es de naturaleza inmortal ¿ por qué no podemos recordar la vida pasada? Si tan gran mudanza han sufrido sus potencias que no retienen nada del pasado, esa condición es igual que la muerte, y así se puede decir que el alma que antes existía desapareció y que la que ahora existe ha sido creada de nuevo». De la misma forma no tiene sentido preocuparse por la supervivencia en el futuro, pues «cuando ya no existamos, al separarse el alma y el cuerpo cuyo enlace define nuestra individualidad, nada nos sucederá ni afectará a nuestros sentidos, aunque la tierra se confunda con el mar y el mar con el cielo».

En los pasajes finales del libro III, Lucrecio va desmontando todos recelos que hacen intolerable la muerte y de paso llenan de amargura la vida. Quienes se lamentan porque un solo día funesto arrebata juntos todos los gozos de la vida, deben pensar que ese momento fatal suprime también todas las preocupaciones que hacen perder el sosiego. Quienes al revés están disfrutando de los placeres y dicen que su gozo es breve y pronto pasará para siempre, no tienen ninguna nostalgia, cuando en el sueño cuerpo y alma descansan juntamente, ni la tendrían aunque ese sueño durase eternamente.

En ningún caso tiene sentido llorar y lamentarse por la muerte, pues gracias a ella se renuevan las generaciones y lo que está viejo y gastado cede la antorcha a una nueva floreciente juventud. Quien ha pasado la vida entre deleites debe acogerse de buen grado a un descanso seguro sin añadir algo nuevo que le agrade, como quiera que las cosas son siempre las mismas. Y si el que se queja es un viejo cargado de años, con más razón debe dejar esos lamentos impropios de su edad y hacer sitio prontamente a los jóvenes. En fin, todos tienen que abandonar las leyendas de la mitología, pues «las cosas, cualesquiera que sean, que se cuentan del profundo Aqueronte, suceden todas en esta vida».

El libro IV resalta todas estas ideas, comentando la sentencia del maestro, según la cual la muerte es el final de toda sensación. Lucrecio sigue la canónica de Epicuro, según la cual las cosas, igual que reflejan su superficie en los espejos, se imprimen también en la vista. También los átomos corporales salen de la voz y penetran en la oreja impactando al cerebro y produciendo el sonido. En cuanto a los que afectan a los paladares o al olfato todos causan sensaciones diferentes a los distintos vivientes, dulces o amargas, agradables o repugnantes, según sean las figuras de los poros de la lengua o de a nariz de cada uno.

Lucrecio niega cualquier finalidad a los órganos: antes de formarse los ojos no hubo visión ni antes de la lengua palabras, pues sucede todo lo contrario, vemos y hablamos porque tenemos ojos y lengua. Además los sentidos proporcionan el conocimiento más seguro y primero y sin ellos no puede existir la razón ni la consciencia. Las páginas finales del libro hablan largamente de los gozos de Venus y enlazan con la brillante y emocionada dedicación a la diosa que figura en el proemio de todo el poema.

Fuente:http://www.nodulo.org/ec/2010/n106p08.htm

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