Trabajo… ¡Good Bye!

Por: Josepgmaynou
Fuente: http://www.josepgmaynou.blogspot.es (05.03.10)

“La patronal espanyola se sacó de la chistera un nuevo modelo de contrato laboral con nulos derechos. Propuso una nueva modalidad: afectaría a los jóvenes de hasta 30 años, no daría derecho a prestación por desempleo, no habría indemnización por despido, duraría entre seis meses y un año y no comportaría cotizaciones empresariales a la Seguridad Social”.

Gobiernos, partidos, sindicatos, empresarios, analistas económicos y sociales… se desgañitan hablando del empleo. Quedan bastante lejos, casi en el olvido, las arengas electoralistas de numerosos políticos que prometían como meta inmediata alcanzar el pleno empleo. Todo esto se esfumó, aunque todavía hoy todos se resisten en aceptar que cualquier política de “pleno empleo” está destinada al más absoluto fracaso. Las cifras de desempleados no paran de aumentar y las cifras de los malos empleados (del empleado precario) tampoco. Los contratos que la patronal española proponen para los jóvenes de hasta 30 años es una muestra clara de la situación real del empleo.

Sin duda alguna podemos hablar de la crisis del trabajo, del trabajo asalariado ¡claro! puesto que es éste y no otro el que define el modo de producción vigente que unos y otros avenimos en llamar capitalista. Tener empleo, es decir poder vender la propia fuerza de trabajo a cambio de dinero (mercancía universal de intercambio) ha sido durante mucho tiempo la única solución de supervivencia para los trabajadores y la única posibilidad de acumulación y revalorización del capital para los propietarios de los medios de producción. Pero para unos y también para los otros, la situación ha cambiado. El trabajador que está obligado a vender su fuerza de trabajo para poder vivir sueña poderlo hacer eternamente y de la mejor manera posible. Se horroriza ser excluido del proceso productivo o cuando su fuerza de trabajo se desvaloriza. El capitalista también sueña que su manera de revalorizar y acumular Capital pudiera eternizarse y que su modo de entender la vida social (en donde el dinero impregna cualquier actividad humana) prevaleciese. La crisis del trabajo les arrastra de la mano a su propia crisis como clase social.

¡Salvemos el empleo! este es pues, el eterno llanto de las plañideras de la sociedad de la mercancía y del dinero. Salvemos el empleo que rinde beneficios al Capital ¡claro! puesto que éste y no otro es el empleo que conocemos.

Pero la Historia es muy tozuda y el trabajo asalariado sigue a la postre el mismo camino de defunción que siguió el trabajo esclavista o el servil. Los procesos históricos en una sociedad viva, como es la sociedad humana, son imparables. Nuestra especie no está determinada a vivir bajo rígidos patrones uniformadores determinados por herencias biológicas invariables. Nuestra capacidad transformadora, nuestros deseos, nuestros sueños, nuestras emociones… configuran unas enormes fuerzas de cambio y transformación que continuamente rompen con esquemas sociales cuando estos alcanzan sus límites. Los límites del trabajo en su forma asalariada ya se han alcanzado. Y es por esta razón: su crisis.

El trabajo que rinde beneficios al Capital se está despidiendo apresuradamente de la Historia. Su despedida es amarga: Compradores y vendedores de la “fuerza de trabajo” se resisten y lloriquean ante los malos augurios de su defunción. El trabajo que rendirá beneficios al conjunto de la sociedad apenas empieza a germinar en tierra hostil, en tierra en donde “lo privado” es la regla y “lo común” la excepción. Pero mientras que “lo privado” solo promete escasez y penuria, “lo común” augura abundancia y posibilidades de generalización de una supervivencia mucho mas beneficiosa.

Pero ¿Por qué tantos lloriqueos cuando los propios sociólogos de la derecha del Capital han estado avisando desde hace ya mas de una década del agotamiento del trabajo? Ulrich Beck (estrecho colaborador de Gerhard Shöder) declaraba por el año 2002 en pleno apogeo neoliberal: “Se acabó el trabajo. No hay para todos. Y no volverá a haberlo. O al menos en la forma en que lo conocemos ahora. Digan lo que digan los políticos. Habrá que acomodarse. Inventar alternativas…” Pero ni el ni nadie inventó las alternativas. Jeremy Rifkin (colaborador de Clinton) decía en su libro “El fin del trabajo”, a finales de 1998: “¿Para qué estamos preparando a toda una generación para el ciberespacio y la economía de la información y las ciencias de la vida si no vamos a necesitar a toda esta gente? Podemos estar formando a toda una generación para el cinismo y la desesperación porque no van a tener empleo…” Tampoco Rifkin inventó alternativas, aunque sigue asesorando a distintos gobiernos como actualmente el de Zapatero. Santiago Niño Becerra, actualmente, sigue avisando desde “La Carta de la Bolsa” de que ya no es posible pensar en una recuperación a partir de la recuperación del empleo… puesto que ya no hay, ni habrá trabajo para todos. Pero tampoco el puede inventar alternativas. Ni el ni nadie tiene alternativas. Los reformadores del sistema tanto de la derecha como de la izquierda política lo tienen bastante mal. ¿Tan difícil es constatar que esta es la crisis definitiva del trabajo asalariado y que la sociedad constructora clama por otro tipo de trabajo?

Si el rigor científico prevaleciera sobre el misticismo ideológico en la sociología, la política o la economía, los procesos históricos de las sociedades humanas serían fácilmente comprensibles. Apenas hace 150 años la mayoría de la población en los países mas desarrollados trabajaba en la agricultura. Hoy solamente lo hace entre el 1 y el 2%. Hace 50 años más de un tercio de los obreros trabajaban en fábricas. Hoy lo hacen apenas el 12%. Estos porcentajes siguen descendiendo con inusitada rapidez, mientras que la capacidad de producción de alimentos, bienes y servicios se siguen multiplicando en proporción inversa al descenso de los empleos. ¡Es el mayor éxito de la Historia de la Humanidad…! ¡Es la revolución tecnológica!

Así de sencillo. Es el siglo de la biotecnología, de la informática, de la nanotecnología, de la genética, de la bioquímica… de nuevas enormes fuerzas productivas que acompañan al desarrollo del conocimiento humano en todos los campos de la actividad social y económica. La experiencia y la destreza que transmitimos, en las primeras revoluciones industriales, a las máquinas que necesitaban aún tiempo y esfuerzo humano, se han visto superadas de nuevo por nuevos ingenios, nuevos materiales, nuevos métodos de trabajo… infinitamente más eficaces. Millones de hombres indispensables en las manufacturas, industrias, minas… son hoy para el Capital “costes de producción” innecesarios. Nuestro ingenio venció al “trabajo” tal y como hasta ahora lo entendimos. Con el murieron herramientas, máquinas, métodos de trabajo, materiales… que lo acompañaron. Murió una cierta forma de trabajo y murió la revalorización del Capital que lo explotaba.

Sin embargo este enorme éxito de la sociedad humana devino penuria y escasez. Todos los grandes sueños de bienestar y abundancia que esta enorme revolución tecnológica debería haber provocado se han esfumado. La sociedad del Capital fracasó. Algo debe pasar cuando la sociedad que prometió bienestar y libertad tras el descalabro del viejo régimen feudal parece no poder cumplir sus promesas.

El régimen de “propiedad privada” sobre los medios de producción, sobre las riquezas y recursos naturales, sobre los conocimientos científicos que impulsaron las primeras revoluciones industriales y la explotación del trabajo en su forma asalariada, propulsó, como nunca en la anterior historia humana se había conocido, la industria, la Ciencia, el comercio, la navegación, el intercambio…

“La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario (…) En el siglo escaso que lleva como clase dominante, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Pensemos en el sometimiento de las fuerzas naturales al hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación mediante el vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por milagro… ¿Quién en los pasados siglos pudo sospechar siquiera, que en el trabajo de la sociedad, yaciesen ocultas tantas y tales energías, y tales capacidades de producción? “ (K.Marx y F. Engels en el Manifiesto Comunista)

Sin duda que a los numerosos denunciantes de los estragos de los malvados capitalistas les interesaría leer el Manifiesto. Entre otras muchas cuestiones comprenderían que los procesos históricos que llevan a la caducidad de un sistema social están por encima de la buena o mala voluntad de los hombres. Lo que Marx anticipó fundamentalmente es la necesidad de la burguesía de mejorar constantemente los medios de producción siempre bajo las relaciones de propiedad aunque “como el mago, no llegue a poder dominar los poderes infernales que el mismo conjuró” lo hará obligatoriamente hasta el final. El final no es otro que el momento en que sean estas relaciones de propiedad las que hagan imposible seguir mejorando los medios de producción.

Y aquí estamos.

Primero, ninguna de las medidas que se aplican para afrontar la crisis económica van a pasar, por mucho que nos expliquen, en implementar procesos de un gran desarrollo tecnológico puesto que, como saben muy bien, ello conllevaría aumentar aún más la productividad a costa de seguir facilitando la exclusión de más y más trabajadores de los procesos productivos. La crisis solo la pueden afrontar aumentando la explotación del trabajador asalariado, feudalizando las relaciones laborales y liquidando el llamado Estado del bienestar.

Segundo. La batalla por el mantenimiento de las relaciones de propiedad sobre los nuevos medios productivos (su posesión y control) es una batalla perdida de antemano. La sociedad del conocimiento (La Inteligencia Colectiva), como la mayor fuerza productiva de la historia, no puede seguir manteniéndose bajo el régimen de propiedad privada que sustenta todo el edificio de la sociedad de la mercancía y del dinero. El carácter social del conocimiento científico erigido como la fuerza productiva más importante del progreso humano es incompatible con el sistema de “apropiación privada”. En la escena de la Historia, llamando con una fuerza imparable, está entrando un nuevo elemento dislocador tanto del Capital como del trabajo asalariado. Es una nueva forma de trabajo que ni el salario es su precio ni el Capital su impulsor y que solo en una sociedad libre de las trabas de la propiedad privada podrá desarrollarse.

¡Adios al trabajo asalariado¡ ¡ Viva el trabajo creador!
¡Adios a la propiedad privada! ¡Viva la propiedad común!

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