El espejismo de la globalización

Por: Fernando Silva-Santisteban
Fuente: La Insignia. Perú, junio del 2005.

Asumida la supremacía del mercado por los grupos económicos más poderosos de los países industrializados, y derrotado el “socialismo real” por el consumismo, el pensamiento neoliberal se ha impuesto en el planeta con resultados realmente patéticos para los países subdesarrollados.

Con una ideología no confesada, sólo impuesta, y que dice haber puesto fin a las demás ideologías, se ha estructurado la economía del mundo actual y con ella sus macroempresas de control como son el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, así como sus modelos más significativos: la mecánica especulativa de la bolsa y la tesis del “fin de la historia” [1]. Ahora la economía de mercado domina en todo el mundo y, lo que es más grave, está cambiando el sentido de los valores del humanismo.

Con entusiasmo ingenuo, los subdesarrollados sucumbimos al espejismo de la globalización; nos entusiasmaron, entre otras promesas ilusorias, la posibilidad de aprovechar las nuevas tecnologías, sin imaginar que habrían de convertirse pronto en los mecanismos más efectivos de la desocupación, puesto que no están sirviendo para multiplicar el tiempo de ocio ni los espacios de libertad, sino para multiplicar la desocupación y sembrado el miedo. Cada vez hay más desocupados en el mundo y es menor la esperanza de generar trabajo; la robotización de las fábricas y el funcionamiento de las empresas virtuales requieren cada vez menos de brazos humanos.

A fines del siglo que ha pasado se había cumplido ya el pronóstico que hizo Marshall McLuhan sobre la “aldea global” (Global Village, 1962), del cual devino la palabra globalización. En efecto, la tecnología informática ha creado una comunidad que ya no tiene fronteras, tampoco prejuicios e incluso es autónoma. A lo que antes se entendía por globalidad, en el sentido de universalidad, es decir, de la expansión de modelos universales de cultura -cuya asimilación espontánea es útil y funcional- se impuso la noción de globalización como la manera hegemónica que busca la disolución progresiva de las fronteras comerciales, políticas y económicas, la cual resultó ser precisamente lo contrario de integración, noción estrechamente ligada a la de desarrollo, como antes se entendía.

Fue en la década de los sesenta cuando se reunió en la pequeña localidad suiza de Mont Pellerin un grupo de connotados economistas y pensadores liberales entre otros Friedrich Hayek, Milton Friedman, Karl Polanyi, Karl Popper, Jacques Rueff, Israel Kirzner, como los más destacados y quienes con la convicción de que el mercado era el sujeto de la historia en el que se sustentan todos los derechos, inclusive los derechos humanos, expusieron su rechazo a la función interventora del Estado, manifestando que los gobiernos no debían intervenir para controlar la inflación, ni otras variables económicas, excepto la oferta monetaria. Para ellos el mercado no solamente garantizaba la libertad sino que la generaba y resultaba siendo más democrático que la democracia misma.

El fenómeno de la globalización es resultado de la convergencia de tres hechos concomitantes: 1) La emergencia del pensamiento neoliberal, 2) la crisis y caída del socialismo y 3) el desarrollo vertiginoso de las nuevas tecnologías de información y comunicación.

El término globalización hace referencia a una especie de dictadura económica, financiera, anónima y global como consecuencia de la irresponsabilidad de las grandes empresas transnacionales frente al desempleo, a la especulación financiera, a las fluctuaciones en el valor de las monedas y a los desastres ecológicos [2]. El mensaje central de este credo es que el libre mercado debe regular toda la actividad económica del planeta y que los Estados sólo deben intervenir para mantener la disciplina fiscal, lograr tasas de cambio estables, liberalizar y privatizar la economía y flexibilizar el empleo como única manera de obtener crédito y atraer las inversiones extranjeras.

El propio Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001 y ex vicepresidente del Banco Mundial, da cuenta de esta mecánica:

“…en el Banco Mundial comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre os países en desarrollo y especialmente sobre los pobres de esos países … a menos que se replantee profundamente el modo en que la globalización ha sido gestionada, incluyendo los acuerdos comerciales internacionales que tan importante papel han desempeñado en la eliminación de dichas barreras y la política impuesta a los países en desarrollo en el transcurso de la globalización. [3]

Por lo cual y apenas en poco más de dos décadas, desde el comienzo de los 90, la globalización ha traído como consecuencia, entre otros, los siguientes hechos:

– El poder mundial de la transnacionalidad es cada vez más anónimo y personas que no conocemos ni hemos elegido deciden el valor de la moneda de un país, el precio de las materias primas, los precios de la energía, de los alimentos y del crédito afectando el destino de millones de personas de muchas naciones. [4]

– La globalización significa una economía que no figura en los presupuestos nacionales, se organiza a su manera, ha desbordado al Estado y en los países de América Latina, Asia y Africa ha limitado su soberanía y fomentado la informalidad.

– La globalización está precipitando la crisis del Estado como agente responsable del derecho, de la justicia, del desarrollo y del crecimiento económico.

– La globalización viene acelerando el carácter especulativo -y no productivo- del capitalismo mediante el movimiento vertiginoso de los capitales que por la vía virtual buscan en cualquier lugar las más altas ganancias para retirarse tan pronto sospechan signos de inseguridad.

– El destino de las economías y culturas nacionales ya no se decide por los gobiernos ni por las asambleas o los parlamentos nacionales sino en los mercados financieros transnacionales de Nueva York, Londres, Francfort, Tokio, Singapur o París.

– La globalización y la especulación en la bolsa han favorecido el desarrollo ilimitado e inimaginable de la riqueza individual, al extremo de que la fortuna de algunos individuos supera con mucho las cifras de presupuestos nacionales de los países subdesarrollados.

– Los medios de comunicación se han convertido en sistemas de manipulación de los gustos y los valores, pero sobre todo de las conciencias y las creencias.

Tenemos la sensación de hallarnos en un momento de quiebra en el proceso histórico, sentimos que se ha cerrado una época y se abre otra nueva cuyas perspectivas vislumbramos más que sombrías. El mundo está viviendo el shock neoliberal, más violento que la propia revolución industrial, y se trata de un nuevo orden de desarrollo en el cual el mercado destruye los antiguos sistemas del control social, de la economía y los obliga a transformarse intensamente. La revolución industrial separó a los pueblos en ricos y pobres, adelantados y atrasados, este nuevo orden nos ha mostrado ya otro tipo de separación de las naciones en: viables e inviables (o irrealizables). Dos universos económicos entre los cuales no existe continuidad sino dependencia.

Si bien sus postulados han sido impuestos prácticamente en todo el planeta, la globalización ha surgido al parecer en los epígonos de la civilización occidental. A fines del siglo pasado, occidente ofrecía ya muchas características que Quigley cataloga como las de una civilización madura en la antesala de la decadencia. En efecto, pese a los ataques de Popper al historicismo, son claras las evidencias históricas de que todas las civilizaciones atraviesan por análogas etapas, lo que ha dado lugar a importantes propuestas como son las de Toynbee, Melko, Quingley, por mencionar sólo las más admitidas. Estas propuestas aunque difieren en cuestiones significativas, coinciden en afirmar que las civilizaciones se desarrollan en etapas sucesivas, a veces azarosas, hasta llegar a un Estado Universal al que siguen la decadencia y la desintegración. Al respecto escribe Quingley: “La civilización occidental no existía hacia el año 500 d.C.; alcanzó todo su esplendor en 1500 d.C. y seguramente dejará de existir en algún momento del futuro, quizá antes del año 2500 d.C.” [6]. Todo parece indicar que ya mucho antes ha entrado en su fase de decadencia; no otra cosa puede esperarse de este capitalismo brutal, sin forma de protección social alguna, incompatible con la preservación ecológica y que usa la invasión y la guerra preventiva como instrumento de su política.

Se ha dicho que la globalización es un proceso inexorable y que tenemos que adaptarnos a él, queramos o no. Es cierto que no podemos eludirlo, pero tampoco asumirlo en las condiciones abyectas que muchos lo esperan. Es forzoso vivir a la altura de los tiempos, sobre todo a la altura de las ideas positivas de la modernidad, pero los modelos del neoliberalismo dominante -el afán de lucro, la competitividad abusivamente impuesta, el individualismo desorbitado- no están a la altura de los tiempos, ni de los derechos humanos, ni de las aspiraciones de los pueblos.

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