La educación según Albert Einstein

Por: Antonio Moreno
Fuente: http://www.madrimas.org

“La continuidad y la salud de la humanidad dependen hoy de la escuela en más alto grado que antes”

Aunque en su juventud, Einstein, aspiraba a ser profesor de física y matemáticas, cuando lo consiguió no mostró demasiado entusiasmo por las aulas, prefirió trabajar con pocos alumnos y a ser posible sin un horario determinado. Su temprana fama le permitió satisfacer este deseo: en la Universidad de Berlín, a la que se incorporó en 1914, con 35 años de edad, estuvo casi eximido de obligaciones docentes, gozando de una ventajosa oferta por parte de las autoridades académicas alemanas, y tras el exilio, en 1933, en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde trabajó hasta su muerte en 1955, sólo atendía a un reducido y selecto grupo de alumnos. Fue, por tanto, un profesor escasamente comprometido con la docencia, muy desigual, más apreciado en el trato directo con los estudiantes que cuando intervenía ante clases numerosas, pero tampoco tuvo a su cargo la dirección de tesis doctorales, como sería de esperar en quien prefería trabajar bis a bis o, a lo sumo, con grupos reducidos. Su vocación era realmente pensar, enfrascarse en sus investigaciones, manteniéndose lo más al margen posible del mundo académico. Una característica dominante del carácter de Albert Einstein era su tendencia a la soledad, como einspänner (solitario) lo califican sus biógrafos, y así se describe él mismo: “Soy un hombre completamente solitario y, aunque todos me conocen, hay muy poca gente que realmente sabe quién soy, ni lo que hago”.

En una carta a una joven, quejosa del trato que recibía de sus profesores, Einstein le recuerda haber recibido un trato similar: “me detestaban por mi independencia y me excluían cuando querían ayudantes”.

Lo que corrobora su inadaptación a la enseñanza reglada, al menos la practicada en las escuelas prusianas durante su niñez y juventud. Hasta tal punto discrepaba de aquel tipo de enseñanza que abandonó el Gymnasium Luitpold de Munich sin acabar los estudios secundarios. Más aún, con 17 años decidió renunciar a la nacionalidad alemana, manteniéndose como un “sin patria” hasta que a los 21 le concedieron la nacionalidad suiza. Fue en Suiza donde recompuso sus estudios y donde se tituló como profesor de Física, en la Escuela Politécnica de Zurich, siempre añorada por él como “un hermoso rincón del mundo”. Y continúa su carta a la joven: “Por otra parte, he venido a Princeton sólo a investigar, no a enseñar. Hay demasiada educación formal, sobre todo en los centros norteamericanos”.

A esta actitud personal ante el trabajo en las aulas hay que añadir su negligente conducta como padre. Sus hijos no se criaron con él; tras el divorcio con Mileva, su primera esposa, se quedaron con ella en Suiza, mientras él vivía en Berlín, primero, y después en Estados Unidos. Durante los años en que los niños necesitan una educación familiar afectiva y próxima, Einstein no estuvo al lado de los suyos.

Sin embargo, y contrariamente a lo que podría desprenderse de su propio ejemplo, Einstein consideraba, y así lo aireaba en sus escritos e intervenciones públicas, la educación como la vía esencial para alcanzar la convivencia entre las gentes más diversas, para aunar voluntades contra los abusos de las tiranías, para adquirir la independencia de pensamiento necesaria para ser ciudadanos libres, y para saber lo fundamental de cualquier ámbito del conocimiento. Y opinaba, como no podía ser de otra forma, desde su condición de persona interesada en “el bienestar de la república”, no como científico ni experto en la materia: “¿De dónde he de sacar yo, que soy un lego en el campo de la pedagogía, ánimos para exponer mis opiniones sin más fundamento que la experiencia personal y la personal convicción?”

Desde su propia visión del mundo, tenía en alto aprecio a quienes se sentían con vocación para la enseñanza porque para él “la escuela ha sido siempre el medio más importante de transmitir el tesoro de la tradición de una generación a la siguiente. Y hoy más que antes, pues a causa del moderno desarrollo de la vida económica, la familia, como sostén de la tradición y de la educación, se ha ido debilitando. La continuidad y la salud de la humanidad dependen hoy de la escuela en más alto grado que antes”. Máxima que siempre enarboló como remedio a los males y desengaños de los que fue víctima o testigo a lo largo de su vida.

Por tanto, valoraba la escuela no sólo como centro para adquirir conocimientos, pensaba que “deberían cultivarse en los individuos jóvenes cualidades y aptitudes valiosas para el bien común”. Anteponía la formación personal y ciudadana al mero aprendizaje, pero el método para incidir en el desarrollo de la personalidad no debía ser, en su opinión, la transmisión verbal: “Las grandes personalidades no se forman con lo que se oye y se dice, sino con el trabajo y la actividad…con la realización de tares concretas. Y esto vale –escribe Einstein- tanto para aprender las primeras letras en la escuela como para una tesis de doctorado en la Universidad”, tareas a realizar con libertad, sin miedos ni coacciones para fomentar “esa curiosidad divina que todo niño posee, pero que tan a menudo se debilita prematuramente”. Para hacer posible esta forma de entender la educación, la requerida para que prospere la democracia entre los pueblos, aconseja: “Poned, por tanto, en manos del maestro las más débiles medidas coercitivas, de manera que la única fuente de respeto de los alumnos hacia él sean sus cualidades humanas e intelectuales”.

Einstein es contrario a quienes plantean el triunfo como objetivo primordial de la vida, objetivo que para él no debería trasladarse a la escuela: “En la escuela y en la vida el más importante estímulo de trabajo es el placer en el trabajo, placer en su resultado y en el conocimiento del valor de ese resultado para la comunidad. En despertar y fortalecer estas fuerzas psicológicas en la juventud veo yo la más importante tarea de la escuela. Solamente este fundamento psicológico conduce al gozoso deseo de los más altos bienes del hombre: el conocimiento científico y la creación artística”.

En relación con la formación científica de la juventud, opinaba: “La mente de un joven no debe atiborrarse de datos, nombres y fórmulas: cosas todas que puede encontrar en los libros, sin necesidad de seguir ningún curso universitario. Los años de estudio deben emplearse únicamente para enseñar a pensar al joven, para darle un entrenamiento que ningún manual puede sustituir. Es un verdadero milagro que la pedagogía moderna no haya llegado a ahogar completamente la santa curiosidad de la búsqueda. Creo que se podría, incluso, hacer desaparecer la voracidad de una fiera salvaje sana, a base de obligarla, bajo la amenaza del látigo, a comer constantemente aunque no tuviera hambre y, sobre todo, eligiendo de forma apropiada el alimento que le forzaría a tragar”.

Estas son, a grandes rasgos, las opiniones sobre educación de quien hizo de su vida una fatigosa caminata hacia la satisfacción de su “hambre del alma”, el deseo de saber, y la búsqueda de una pacífica forma de convivencia entre los pueblos. Al final de sus días no quedo satisfecho de ninguno de ellos, pero el recorrido y los resultados merecieron el esfuerzo.

Antonio Moreno
Profesor de Didáctica de las Ciencias Experimentales de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid

Fuente: 14 miradas sobre Einstein

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