Reflexiones en torno al mundo homosexual y por la inclusión: tres homoartículos

Por: Jaime Vieyra-Poseck
Fuente: http://www.critica.cl (20.01.08)

A) Dios ya no es hombre

Por primera vez en la historia de las religiones un pastor, de la Iglesia Protestante sueca, fue condenado por discriminar a los homosexuales en una de sus prédicas. Obtuvo un mes de cárcel. Su delito: decir que la homosexualidad era “un cáncer en el cuerpo de la sociedad”. Estas prédicas son comunes y pan de cada día en el mundo entero, de todas las religiones. Lo inédito en este caso, es que en Suecia se aplicó la nueva ley que prohíbe la discriminación contra cualquier grupo social, ya sea por raza, nacionalidad, y, también y ésta es la novedad, por orientación sexual, y aquí entran los homo-bi y transexuales. Esta sentencia sienta un precedente único en la historia de la civilización occidental: la libertad religiosa no otorga el derecho a discriminar a ningún grupo social, incluyendo a los homo-bi y transexuales. Con los años, los representantes de todas las Iglesias tendrán que hacer un mea culpa público por estos atropellos que, felizmente, están siendo ya sancionados.

Ahora bien, si hacemos un poco de historia, comprobamos que las Iglesias tienen un talento sobrecogedor para poner en escena sus mea culpa. La Iglesia Católica es la más productiva en este ámbito. Uno de sus últimos celebrados mea culpa, fue el que tiene relación con el holocausto judío, “obra” del nazi- fascismo, donde se asesinaron también a miles de homosexuales. Pedía perdón por no haber hecho lo suficiente para impedir y combatir ese terrible genocidio, teniendo conocimiento al detalle de él. Otro mea culpa tiene que ver con el Tribunal Eclesiástico que castigaba los delitos contra la fe católica, la Inquisición, uno de los aparatos represivos más inhumanos de la historia y de la que la Iglesia Católica fue su creador y apologista principal durante siglos. Tuvieron que pasar más de doscientos años para que la hiperlentísima burocracia vaticana se diera los tres golpes en el pecho por haber institucionalizado el crimen.

Pero la aportación a lo impredecible no se agota en sus mea culpa: una de sus puestas en escena más insólitas para anunciar sus reformas dejaron a la comunidad internacional, literalmente, sumida en un estado de anonadamiento general. Y es que de un día para otro, Dios dejó de ser hombre. Y se transformó en un ente ni femenino ni masculino. Con esto la Iglesia Católica ha tenido un gesto infrecuente, por lo valiente, al eliminar el género sexual de Dios, teniendo en cuenta su agudo y endiablado androcentrismo, y el uso indiscriminado de la figura de Dios macho como el símbolo más representativo del patriarcado más opresor y discriminatorio, convirtiendo esta religión en una institución homo social por el rechazo visceral que le provoca la cohabitación con lo femenino (se han excomulgado a mujeres ordenadas sacerdotes por el mismísimo Papa), y el horror y terror obsesivos que le produce la homosexualidad (paradójicamente tan común entre sus filas). Pero aún hay más. Su gusto por el desasimiento y el despropósito no se consume en sus mea culpa y en los cambios que implementa, sino que se extiende a la gestión de la curia que, como sabemos, es el gobierno de la Iglesia Católica; un gobierno de facto y totalitario incrustado como un filudo cuchillo en la posmodernidad democrática. La gestión de la curia pareciera estar abandonada de la mano de Dios.

En efecto, la forma equívoca y equivocada de administrar la crisis de credibilidad en que está sumido este dogma religioso por el escándalo de los miles de sacerdotes pedófilos, tanto homo como heterosexuales, no termina de multiplicarse por el mundo. Nada más contrario a la justicia laica la resolución de exculpar a los sacerdotes pedófilos que “sólo” han abusado sexualmente de niños/as “una sola vez”. El argumento que utilizan para justificar esta sinrazón, que ruboriza, es que son juzgados por la “justicia divina”. Esta forma de administrar la crisis es más propia de una secta que de una gran religión. Frente a un panorama tan excesivo, las preguntas surgen espontáneas: ¿Cuántos siglos le costará al dogma católico entender que nadie, y tampoco ella, posee el monopolio de la moral; y que como Iglesia separada del Estado no puede actuar sobre los que no son sus miembros, y tampoco usar su poder de facto para imponer a los Estados democráticos sus dogmas?

En sus últimos Compendios de la Doctrina Social de la Iglesia, continúa oponiéndose al condón, a la homosexualidad y al aborto -sin condenar explícitamente la pena de muerte-; plantea, además, que la familia es la unión sacramental sólo entre un hombre y una mujer, desconociendo que la institución familiar durante el siglo XX ha tenido cambios importantes y es plurifacética; expone, también, que las “parejas de hecho” no crean auténticas familias, despreciando a millones de parejas; y, por último, decide que la pareja homosexual supone “una incongruencia inaceptable”, que “los individuos homosexuales deben ser respetados” pero deben al mismo tiempo ser animados a seguir el plan divino “con un empeño especial a la castidad”, lo cual no significa “legitimar su comportamiento”.¿Podemos continuar aceptando estos postulados que discriminan, explícitamente, a vastos grupos sociales de nuestra sociedad, especialmente a los homosexuales y a las mujeres? Lamentablemente, todo puede esperarse en una institución como la Iglesia Católica. Y ya estamos preparados para sus extemporaneidades.

La sentencia judicial en Suecia al pastor a un mes de cárcel por haber discriminado a los homosexuales en su prédica, es la respuesta civilizada a esta, muchas veces, feroz ideología maquiavélica por parte de la curia, la Iglesia católica oficial, que se ha sentido siempre con el derecho, a priori, de hacer y deshacer en todos los ámbitos de la sociedad. El año 2004, que fue cuando se produjo la condena al pastor sueco, se recordará en la historia de las religiones, de la democracia y del progreso de los derechos civiles, por esta sentencia: Las iglesias ya no podrán excluirse en el cumplimiento de la ley que penaliza la discriminación por orientación sexual. Enhorabuena.
Nota: La defensa apeló y el Tribunal de Segunda Instancia absolvió al pastor, lo que es un dato sin mayor importancia, ya que lo que importa es la ley que sanciona la discriminación por orientación sexual. Después de ser absuelto se produjo un debate que condujo a la revisión de la ley para hacerla más efectiva.

B) ¿Homopatriarcado?

Estamos acostumbrados a recibir de la comunidad homosexual una sensibilidad común y unas propuestas coherentes para poder debatir sus reivindicaciones. Han sido las organizaciones de homosexuales las que, en gran medida, han marcado el tono de la dialéctica en la discusión de sus asuntos y han diseñado el debate. Sin embargo, en todo verdadero debate es imprescindible hacerlo sobre dos ruedas. El movimiento homosexual, por su característica de minoría oprimida y discriminada por milenios, vive replegado en un estado defensivo permanente. Es comprensible. Pero esto no debería justificar que en el debate interno no sea absolutamente necesario un gesto permanente de auto crítica y de problematizar sus postulados, de tal manera que el debate interno pueda darse en un sistema binario. El debate, en cualquier ámbito y el homosexual no tiene porque excluirse, debe perpetuar los binarismos, los antagonismos constructivos, para poder así tener perspectivas múltiples que puedan mostrar una panorámica de algún calibre enriquecedor. Lamentablemente estos parámetros en el debate interno en el ámbito homosexual son muy deficientes.

En efecto, si revisamos sólo a vuelo de pájaro las publicaciones para homosexuales, como los programas de TV, cine, periódicos, revistas, páginas web, etc., descubrimos que están saturadas de hombres, y todos hombres guapos, musculosos y jóvenes, y muy masculinos, todo esto según los estereotipos vigentes; y el parecido es peligrosamente semejante a las peores revistas para mujeres tradicionales. La línea editorial de todos estos medios de comunicación está (¿consciente o inconscientemente?) perpetuando la asimetría y los estereotipos sexuales que son intrínsecos al patriarcado, que tanto afecta negativamente no sólo a las mujeres sino también, y más violentamente, a los/las homosexuales. Y aquí hay una contradicción trágica: mientras el movimiento homosexual proclama a los cuatro puntos cardinales que la igualdad sexual es la base de toda convivencia civilizada y verdaderamente democrática, sus publicaciones (¡ay! casi todas) alimentan la desigualdad y los estereotipos sexuales hasta el paroxismo.
Las mujeres homosexuales, las/los transexuales, los travestís y otras categorías andróginas están infrarepresentados en los medios de comunicación de los/las homosexuales. Y los estereotipos masculinos llenan casi todos los espacios. Cabe destacar aquí, que sólo en los últimos años las organizaciones homosexuales estaban mayoritariamente integradas por hombres homosexuales. Después de un debate interno fructífero comenzaron a abrir sus puertas a las mujeres homosexuales, y, sólo últimamente, al transexualismo. Desde hace muy poco las personas transexuales están incluidas después de estar por más de treinta años discriminadas por el movimiento reivindicativo homosexual. Esto no ha impedido que tanto lesbianas como transexuales continúen siendo discriminados en cuanto a su representatividad en los medios de comunicación homosexuales como también en su aparato organizativo. Ser mujer, con todo lo que eso representa en la sociedad patriarcal, y ser lesbiana además, las marginó en un principio de las organizaciones homosexuales; y ser transexual los continúa marginando; y por ser minoría dentro de la minoría los/las transexuales mantienen una lucha constante por hacerse visibles y por hacer comprensibles social y culturalmente sus categorías sexuales. No hay que olvidar que las personas transexuales pertenecen a los géneros sexuales; son en realidad hombres o mujeres no homosexuales, y por eso la discriminación o no discriminación depende de si es mujer transexual (hombre-hacia-mujer, ellas sufren la discriminación estructural contra las mujeres) u hombre transexual (mujer-hacia-hombre, ellos entran a la esfera del poder patriarcal en todos los ámbitos por el sólo ello de ser hombres).

La exclusión por orientación sexual es el íntimo enemigo de homosexuales, bisexuales y transexuales. Practicar esta exclusión dentro del movimiento de homosexuales, es una contradicción evidente. Si esta discordancia continúa se estaría creando un nuevo estereotipo sexual opresor que podría denominarse homopatriarcado: el poder represivo masculino homosexual, absorbido por las normas, códigos y reglas estereotipadas de lo que debe ser un hombre o mujer homosexual.

Sin una verdadera y constructiva autocrítica el movimiento homosexual, a todas luces, enajena a la comunidad, tanto homo como heterosexual, del saludable ejercicio de la (auto) crítica. Y si hay temor a ser tergiversados y no querer abrir cajas de Pandora o esconderlas, quiere decir que el ambiente para el debate dentro de la comunidad homosexual comenzará a estar impregnado de maximalismos, dogmatismos, fanatismos y ortodoxias. Entonces estaríamos políticamente condenados a instalarnos en la más absoluta anormalidad: en el furor sectario.

C) Lo que es homo es hetero. Y viceversa
Homosexualismo y democracia

Los sistemas ideológicos y las instituciones fueron creados por personas de carne y hueso que pertenecieron a una época histórica determinada. Y a pesar de que estos sistemas ideológicos e instituciones fueron imaginadas, creadas y plasmadas por personas o grupos concretos, se han transformado en una realidad tan cotidiana para todos que se perciben como algo casi sobrenatural o/y sobrehumano.

La creación de la democracia es una de las invenciones más prodigiosas ocurridas hasta ahora. Y si nos ceñimos a los hechos históricos y somos rigurosos y exhaustivos, podemos afirmar que fue creada por homosexuales. Estos señores de la Grecia Clásica, que fue cuando se creo la democracia como sistema político, eran decidida y felizmente homosexuales, en una etapa histórica donde la homosexualidad estaba institucionalizada y formaba parte de la socialización en el programa educativo de los grandes guerreros y deportistas (que eran los ídolos de la época), de sabios y políticos.

En efecto, el adolescente debía cumplir con una etapa en su formación superior (en lo que hoy llamaríamos un doctorado) en el cual era asesorado por un profesor-sabio que le enseñaba los secretos de la sabiduría en su especialidad; y parte importante de esa formación era ser el amante del profesor-sabio. Así, la formación formal se enraizaba con las relaciones íntimas, que eran sanamente homosexuales.

Sin ningún género de dudas, es de agradecer la creación de la democracia como forma de ordenamiento social, político y cultural. Y, especialmente, a estos señores homosexuales que la crearon. Porque en democracia, la belleza puede florecer, ya que la circulación libre de todas las ideas, ideologías, géneros y orientaciones sexuales, etnias, etc., y la creación de un encuentro mestizo y pluricultural, permiten que la belleza se plasme en obras y sistemas de todo tipo de formato. Y todo esto porque la necesaria adhesión del fundamento democrático es el derecho a la libertad individual con todas sus especificidades para enriquecimiento propio y de todos.

En este sentido, podemos afirmar que la democracia en sí, es bella. Toda esta maravilla fue creada por personas homosexuales y bajo un sistema en que esta categoría sexual otorgaba prestigio social. No hay que dejar de mencionar aquí, que el sistema antagónico, la dictadura, (sean de derecha o de izquierda) es paupérrima en ideas, casta y pacata, lúgubre y tétrica, repugnante y asquerosa. En la dictadura la belleza de la tolerancia, y todo tipo de belleza, se convierte automáticamente en subversiva y disidente, porque toda dictadura, donde siempre el delimitadísimo y restrictivo dogma es el paradigma del sistema, es antiestética, grosera y grotesca; la belleza en un sistema totalitario se transforma en revolucionaria por ser trasgresora, irreverente y desenfadada, porque choca frontalmente con la fealdad y opacidad de la dictadura.

No hay que dejar de mencionar aquí, que mientras nacía y florecía la democracia bajo un sistema donde la homosexualidad estaba institucionalizada, había graves asimetrías en cuanto a los derechos civiles, vistos desde una perspectiva actual. Así, pues, las mujeres estaban marginadas del sistema y su rol social sólo tenía relación con su capacidad fecundadora de reproducción de la vida humana; y tenían prácticamente el mismo status social que los/las esclavos/as. Pero el desarrollo de la democracia, y sólo de ésta, ha logrado a través de los siglos ir consolidando los derechos civiles y humanos, cuya cristalización, en cuanto al movimiento de liberación de las mujeres (y casi paralelamente de los homosexuales), comienza a plasmarse desde principios del siglo XX , hasta la actualidad, convirtiéndose en la más grande e importante revolución social y democrática del siglo.
Heterosexualismo y matrimonio

Una institución que registra una máxima y la piedra angular del heterosexualismo, es el matrimonio. El sector más ortodoxo y purista que defiende esta institución, la dota de una exagerada ideología de la exclusión que llega, la mayoría de las veces, a registrar un máximo nivel de intolerancia que llega a ser casi obsceno y que crea, además, un fuerte impacto intimidatorio. Pero este magno exceso de intolerancia sólo ha creado una desenfrenada ceremonia de la confusión y ha lesionado, erosionado, averiado y entorpecido la necesaria y debida relación entre personas homo y heterosexuales. Las razones del sectarismo heterosexual en relación al matrimonio, son razonables teniendo en cuanta el poder del dogma religioso que es la base moral donde sustenta sus argumentos. Esta plataforma moral, abrumadoramente homofóbica, es también, para desdicha de los intransigentes y felicidad de los tolerantes, absolutamente discutible. Porque si la democracia (se puede decir) es homosexual y el matrimonio es heterosexual, ninguno de los dos grupos de orientación sexual tiene la propiedad privada ni de la democracia ni del matrimonio. Tanto la democracia como el matrimonio nos pertenecen a todos, sin rangos ni status sexuales de ninguna especie.

El fanatismo heterosexual -basado en dogmas religiosos que nunca hay que olvidar son históricos y, por lo tanto, no pertenecen a la condición humana ni son Verdades Universales, como tener relaciones sexuales o por placer y no sólo por fecundación- y su desestabilizadora estrategia de oposición a todo tipo de pluralismos con relación al matrimonio, ha creado un sistema que padece de un exceso de fraccionismo y fomenta el enfrentamiento entre los sexos y orientaciones sexuales que erosionan la democracia y los Derechos Humanos.

Sin embargo, y por ser la democracia intrínsicamente capaz de escuchar y respetar las posiciones de todos y así ponerse en la situación del otro, una presión eficaz de la comunidad homosexual y sus organizaciones estratégicas, ha beneficiado una apertura en el ámbito heterosexual –siempre en el poder- para relativizar los dogmas (sí, es posible que un dogma se relativice) y han creado las condiciones para que el matrimonio entre personas de un mismo sexo sea una realidad ya en cuatro países: Bélgica, Holanda, Canadá y España (país este último que a pesar de su inminente arraigo religioso católico y de gran capacidad histórica para expandir a nivel global este dogma religioso, ha sido capaz de institucionalizar este derecho civil y humano para los homosexuales, un dato que no debe pasar desapercibido en los países de su entorno cultural e idiomático como es América Latina).

La democracia es bella, y ella es capaz de crear belleza. La tolerancia es una de ellas. El matrimonio entre homosexuales es otra belleza de los derechos civiles del sistema democrático, impensable en uno totalitario. Y lo que ha creado la heterosexualidad y la homosexualidad a través de la historia, pertenece a todos los seres humanos, independientemente de su género y orientación sexual, etnia, clase o raza. Nadie tiene la propiedad privada ni de la democracia, creada bajo un sistema político y social inminentemente homosexual, ni del matrimonio, creación plena de la heterosexualidad.

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