Por: Nelly Richard
Fuente: http://www.disidenciasexual.cl (12.06.09)
Derrocar el orden como metáfora de la institución guardiana del sistema fue la consigna anarquista de un arte motivado por la utopía revolucionaria de una transformación global de la sociedad. ¿Cómo seguir validando este horizonte teleológico que supeditaba la obra a la metajustificación trascendente de un significado redentor, cuando la historia se ha quebrado en una multidireccionalidad de significados parciales y transitorios que ya no admiten ser reconjugados bajo la visión totalizante de un “proyecto de mundo” o de una “alternativa de futuro”?
Por Nelly Richard1
La figura hereje del llamado contra el orden fue reiterada por las vanguardias bajo la dimensión antiburguesa de la provocación y del escándalo: la habilidad con la que el sistema de convenciones (el gusto, la tradición) supo reingresar el gesto iconoclasta al catálogo razonado de las desviaciones permitidas -neutralizando así el ademán contestatario- despertó la primera sospecha respecto del mito radicalista de la transgresión institucional. Los complejos reacomodamientos de un sistema experto en manejos apropiativos (el exabrupto reeducado como modal por cortesía del mercado) fueron exigiendo nuevos diseños tácticos en la pelea contra-institucional.
Me propongo aquí recorrer la siguiente pregunta: ¿cuáles son las nuevas condiciones de ejercicio artístico-cultural de una práctica de crítica social, después de que haya caído bajo justificada desconfianza el modelo vanguardista de la rebeldía anarquizante? Esta pregunta surge de un doble rechazo: se opone al militantismo artístico del compromiso ideológico que subordina unívocamente la obra a la defensa de un contenido de lucha, denuncia o acusación. Pero es también contraria a la dominante narcisizada de un cierto postmodernismo que le rinde tributo al sistema y a sus fuerzas de neo-conservación del orden por vía del relativismo escéptico (todo valdría por igual -sin prioridad motivacional ni urgencia contestataria- después del fracaso de las utopías y de sus crisis de proyectos) y del pluralismo conformista (la pasivización de las diferencias llamadas a coexistir neutralmente bajo un régimen de conciliación que desactiva sus energías confrontacionales).
Vanguardia, postvanguardia
El programa violentista de las vanguardias buscaba destruir los símbolos ratardatarios de la academia o de la tradición liquidando toda atadura con el pasado: exacerbando una dialéctica continuidad-ruptura que resolvía el salto bajo la forma intransigente del corte (re) fundacional.
Lo primero que refuta la crítica a las vanguardias en defensa -postmoderna- de lo asincrónico y de lo discontinuo, es la continuidad historicista de esta lógica basada en una recta evolutiva de avances y superaciones que apela a una ideología del progreso ya no compatible con la descreencia en las racionalidades uniformes. Pero también la consideración metafísica de la historia como plenum de sentido ha sido deslegitimada: la historia como decurso lineal guiada ascendentemente por una finalidad última que sobredetermina la marcha de su acontecer. En el caso de las vanguardias, la finalidad anticipada por su explosión de lenguajes era la revolución social: derrocar el orden como metáfora de la institución guardiana del sistema fue la consigna anarquista de un arte motivado por la utopía revolucionaria de una transformación global de la sociedad. ¿Cómo seguir validando este horizonte teleológico que supeditaba la obra a la metajustificación trascendente de un significado redentor, cuando la historia se ha quebrado en una multidireccionalidad de significados parciales y transitorios que ya no admiten ser reconjugados bajo la visión totalizante de un “proyecto de mundo” o de una “alternativa de futuro”?
Por lo demás, ninguna opción revolucionaria puede seguir promoviendo unilinealmente una misma fórmula de liberación social que cifre todas sus esperanzas de cambio en un solo tipo de protagonismo emancipador. Estos cambios no se resuelven todos -sincrónicamente- bajo la dependencia estructural de una ley única de transformación histórica, como si no existieran desfasajes seriales ni asimetrías combinatorias.
La crítica postmoderna rebate la fórmula totalista de la vanguardia poniendo en discusión su categorización uniforme de la sociedad como Todo. También desautoriza el concepto de real-social manejado por su estética intervencionista. La vanguardia atacó la institución artística y el supuesto de la autonomía del arte como lenguaje violando los separatismos que dividen lenguaje y experiencia: la inspiración anarquista de su programa desestructurante buscaba abolir las fronteras que delimitan especificidades y separan el arte de la praxis vital, culminando en la utopía de lo indiviso resumida por la consigna arte-vida. Consigna naturalista que plantea la vida (el reverso informal del arte) como no sistema: presencia plena de lo real-social en tanto referente dado (no construido), más allá transparente y fluido de los códigos, extradiscursividad. Para la ideología vanguardista, cualquier sistema de puntuación cultural que funcione como mediatización re-presentativa hace de obstáculo a la afirmación espontaneista de lo real como inmediatez. Este es otro de los supuestos que refuta la teoría postmoderna al considerar lo real no como continuo de sentido sino como recorte y montaje de signos; la realidad es una versión ya semiotizada que el arte o la literatura recodifican mediante artificios simbólicos que desafiarán las interpretaciones rutinarias del sentido común, del mito o de la ideología.
Complicidades y desafiliaciones de poder
Muchos deslizamientos de categorías y fundamentos han corrido el marco que un arte crítico-social busca impugnar como institución; la institución como el régimen de autoridad que materializa órdenes de legitimación social y de consagración cultural. El cambio más decisivo que afecta cualquier nueva teoría de los enfrentamientos es aquel impulsado -desde Foucault hacia delante- por la reformulación diagramático del poder; el poder como el modo según el cual relaciones de fuerza y estructuras de dominancia se organizan ideológicamente para concitar privilegios en torno a ciertas representaciones hegemónicas y reforzar los sistemas de desigualdad (socio-económicos y simbólico-culturales) que interiorizan registros de identidad y participación. Esta reformulación transversal de la problemática de la dominación subraya la condición ubicua (desconcentrada) de ese poder: producto circulatorio de una organización reticular (multilineal, policentrada) que lo hace no localizarse en un punto fijo. Esta concepción de un poder esparcido y difuso que se ramifica en conductos micrológicos, informa un nuevo modelo de práctica contrainstitucional. Su primer fundamento es que no existe ningún “afuera” del poder (ningún margen incontaminado), ya que toda inserción cultural compromete -por conformismo pasivo o disconformidad activa- un juego de posiciones en la lucha de intereses sostenida por significaciones en disputa entre la cultura dominante y sus entrelíneas rebeldes. Se ha tornado completamente anacrónica la mitificación de trasnoche del artista o del intelectual neorrománticamente marginal: aquel que denuncia las transacciones de poder desde una zona supuestamente libre de contagio institucional (ajena a las dinámicas de entrechoque que tensionan el mapa de los forzamientos y de las resistencias).
Cualquier práctica sociocultural (hacer y mostrar arte, escribir y publicar literatura) es necesariamente cruzada por marcaciones y regulaciones de poder: por las “figuras-de-sistema” que el lenguaje y la comunicación social traducen a gramáticas del comportamiento y de la subjetividad. La estrategia política de una obra o de un texto no depende de su adhesión a un repertorio de valores u opciones predefinidas por una matriz ideológica; depende de su capacidad para intervenir la trama de las codificaciones de sentido que reproducen afiliaciones de poder y movilizarse en contra de sus cadenas de redundancias y persuasiones. Cada signo -reempleado por el arte- contiene de trasfondo la suma de prescripciones y adscripciones con la que la cultura rodea su trazo de ideología; desorganizar esa suma alterando equilibrios o quebrando jerarquías es una forma de liberar la virtualidad disidente de los contra-usos que este signo es también capaz de oponer a las pautas reglamentarias.
Un cierto postmodernismo (el más combativo frente a la administración del status quo) postula como modelo de utopía crítica un ejercicio de práctica “desconstructiva”: el de cuestionar -desde el interior de sus pliegues- el sistema de referencias que una determinada formación social y cultural impone como paradigma de legitimidad, sometiendo a desmontaje interpretativo el secreto operacional de sus fórmulas más recónditas; poniendo en crisis su lógica simbólica a través de las articulaciones más encubiertas; presionando sobre el sentido ahí donde cada mensaje urde su trama más fina de bloqueos, coreciones y censuras.
Tanto la proliferación dispersa de microfiguras de control y represión que se ocultan en los recodos del cotidiano como la pluralidad de antagonismos nacida de una renovación de los conflictos entre estructuras de identidad y posiciones de sujeto cada vez más diversificadas, tornan vana la pretensión de atacar el sistema como “sistema total” desde una contrapostura igualmente totalizante: destituir el orden y sustituirlo -en nombre de una promesa libertaria- por otro sistema cerrado de verdades finitas (la dogmatización revolucionaria). Se trata ahora de pelear lo divergente y la alternativa mediante un juego de acciones situadas: es decir, delimitadas por el concurso de circunstancias que decide de su eficacia en razón del aquí-ahora de un proyecto segmentado en el tiempo y en el espacio.
Esta práctica desconstructiva elige conspirar contra el poder espiando -desde dentro- las reglas de funcionamiento de su maquinaria de signos, para luego contrariar su disciplina organizativa llamando a la desobediencia. Tal operatoria supone un juego de contra-alianzas (denunciar los pactos de autoridad), pero también de negociaciones (hay que gestionar condiciones de inserción en el marco de referencias prefijado por el adversario para que la denuncia lo comprometa activamente como destinatario): la resquebrajadura y el intersticio son los escenarios condicionales de este tipo de interpelaciones nómades. Esta crítica ideológica del poder maquinada desde el interior de sus engranajes, enfrenta un nuevo desafío: no dejar que se anule el vigor de la contienda por reflejos demasiado cómplices entre las imágenes físicamente intercompenetradas de lo criticado y de lo criticante. Las vanguardias agotaron -modernistamente- su réplica contestataria al enfrentarse con simbologías de la institución cada vez más rebuscadas. Hoy este mismo exacerbado rebuscamiento que trama intrigas y simulacros nos exige reaprender a salvar el gesto de la acusación: a no dejar que este gesto se mimetice con la pose apenas reclamante de un desacuerdo ya no sólo tolerado sino que premeditado por la lógica insidiosamente “pluralista” del sistema postmoderno.
1 El presente texto de la teórica Nelly Richard fue publicado originalmente en Revista de Crítica Cultural, Nº2, Noviembre de 1990. pags. 6-8.
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