La izquierda sin candidato

Por: Ramón Poblete
Fuente: http://www.g80.cl (28.09.09)

Cerradas las inscripciones electorales y concluido el primer debate presidencial, que claro que la izquierda que busca construir una alternativa política popular se ha quedado sin candidato. Dos de los candidatos -Piñera y Frei- representan la continuidad de los acuerdos políticos fundamentales de la llamada “transición”. Marco Enríquez-Ominami, por su parte, constituye una oferta de renovación política, pero al interior del bloque dominante. Jorge Arrate, finalmente, es un mero apéndice político del pacto electoral entre la Concertación y el Juntos Podemos, pacto que, lejos de ser meramente instrumental, tiene un alcance estratégico que significa la renuncia de una parte de la izquierda a construir alternativa al duopolio Alianza-Concertación.

El cuadro de candidatos se cerró con la renuncia de Alejandro Navarro. Ésta, cuyos signos se multiplicaban desde hacía varias semanas, era absolutamente esperable. La estrategia de Navarro y su pandilla política siempre fue mejorar su posición negociadora con las dirigencias concertacionistas. Se habían encontrado hasta ahora con el obstáculo que suponía la existencia, inesperada para ellos, de una fuerte ala de izquierda al interior del MAS. Hace alrededor de un mes, Fernando Zamorano -el matón político de Navarro- se encargó de defenestrar a los sectores de izquierda de la Comisión Política del MAS y organizó en Vallenar la elección de una directiva funcional a la estrategia conciliadora.

Con la nueva directiva, una semana antes de la renuncia de Navarro el MAS había cerrado un acuerdo parlamentario con el PRI, partido surgido como desprendimiento por la derecha de la Concertación. Este acuerdo echaba por tierra las esperanzas tanto de la izquierda del MAS como las de los grupos políticos que se habían sumado a la campaña de Navarro, como G80, respecto de que la del senador fuera una campaña política presidencial en la línea de constituir una alternativa de izquierda.

El episodio Navarro debe servir para extraer conclusiones políticas de fondo respecto de los llamados “díscolos” concertacionistas, esa fauna de damnificados de las luchas intestinas de la Concertación que buscan albergue transitorio en la izquierda. Esos “díscolos” siempre estarán dispuestos a adoptar una fraseología izquierdista y a levantar en alto los íconos políticos del allendismo para atraerse a sectores a la izquierda de la Concertación y convertirlos en masa de maniobra para resarcirse de sus derrotas políticas al interior de la coalición de gobierno. Están dispuestos incluso a adoptar de palabra algunas demandas programáticas claves, como la exigencia de una Asamblea Constituyente o la nacionalización del cobre y otros recursos básicos. Pero siempre buscarán evitar romper clara y definitivamente con la Concertación, permitiéndose así mantener los puentes negociadores, que a la larga convertirán en sal y agua hasta los programas más radicales.

Es el caso de Jorge Arrate, el niño símbolo del pacto Concertación-Juntos Podemos. Arrate, que fue el enterrador del allendismo en el PS, se presenta como candidato “allendista” y levanta -para satisfacción de la galería izquierdista- un programa donde no faltan, como no, la Asamblea Constituyente y la nacionalización del cobre. El pacto parlamentario tras Arrate, sin embargo, está articulado alrededor de la Concertación, cuyos gobiernos privatizaron el cobre y legitimaron la Constitución de Pinochet. El trato deferente de Arrate hacia Frei en el debate televisivo es un indicador de que el apoyo a Frei, el gran privatizador del cobre y salvador de Pinochet, prevalecerá finalmente sobre cualquier programa. Los votos a Arrate constituirán, objetivamente, cheques en blanco en cuyo reverso ya está escrito el endoso a Frei.

Con una candidatura de izquierda que es un apéndice de la de Frei, la elección presidencial en la práctica es una pelea a tres bandas entre tres representantes del bloque en el poder. Dos de ellos, Piñera y Frei, son los continuadores de los acuerdos políticos fundamentales de la llamada transición -la puesta en régimen y legitimación de la institucionalidad neoliberal construida por la dictadura- y no ofrecen ninguna novedad respecto de los últimos 20 años. Apremiado por la encuestas, Frei se ha puesto un disfraz progresista pero se ve tan natural como Tom Hanks representando el papel de Martin Luther King.

Después de dos décadas bajo gobiernos de la Concertación, cogobiernos con la Alianza en la práctica; después de la aprobación de la LGE, echándose al bolsillo las movilizaciones multitudinarias y el apoyo ciudadano transversal a las demandas por una educación pública de calidad; después de la salvaje represión contra los mapuche, con varios asesinados, un centenar de presos políticos y un clima de ocupación y terror permanente en el Walmapu; después de la persecución a los medios de comunicación populares; después de las leyes represivas dictadas por el gobierno de Bachelet contra los que convoquen a movilizaciones; después de todo ello, nadie puede afirmar en serio que la Alianza es el mal mayor y la Concertación el mal menor. La mayor capacidad de la Concertación para cooptar al movimiento social y sus dirigentes políticos y sociales y mantener un estado de casi permanente desmovilización, reforzando así la gobernabilidad para el gran capital, parece sugerir precisamente lo contrario.

Por su parte, la candidatura de Marco Enríquez-Ominami representa una renovación política del bloque dominante, asentada en los acuerdos estructurales al interior de dicho bloque (por ejemplo, la economía de “mercado”) pero buscando espacio para un recambio político de los cuadros de dirección del aparato estatal. Muchos sectores de izquierda, desencantados, no sin justificación, de las alternativas políticas existentes, han visto en la candidatura de Enríquez la posibilidad de abrir espacios políticos en el cerrado entramado institucional de la Constitución Pinochet-Lagos, con entusiasmo unos, con la calculadora en la mano los otros.

Más allá de los pormenores, es claro que el próximo presidente va a continuar con el modelo político, económico y social de la dictadura, con los ajustes que sean del caso para buscar garantizar la gobernabilidad de los de abajo.

El contexto general en que ocurre esta situación de ausencia, por primera vez en veinte años, de una alternativa real de izquierda en las elecciones es el progresivo desdibujamiento y agotamiento político de la izquierda chilena. Atrapada en los esquemas mentales y políticos previos a 1973, convertidos hoy en mitos sin sustancia (p. e. el eje socialista-comunista, renovado hoy en tono de comedia), la izquierda es incapaz de ofrecer alternativas a los nuevos sujetos político-sociales que están emergiendo en el capitalismo tardío chileno. Arrate representa nítidamente a esa izquierda esclerotizada y crecientemente autista, que todavía se ilusiona con las supuestas contradicciones al interior del bloque dominante.

Una nueva izquierda rebelde y popular está emergiendo muy lentamente de entre las ruinas de la vieja izquierda y los viejos movimientos sociales, irremediablemente cooptados por la fracción liberal del bloque en el poder (como la CUT). Su ritmo de desarrollo es lento y debe ajustar cuentas con sus propios fantasmas teóricos y políticos. Pero posee la voluntad política de transformación que la vieja izquierda ha ido perdiendo inexorablemente, enredada en el posibilismo y su vieja lógica reformista-estalinista.

La conjunción de los movimientos sociales emergentes, de las nuevas representaciones políticas de izquierda y de una reflexión teórico-política revolucionaria crítica y renovada es la tarea de la próxima década para los sectores consecuentemente anticapitalistas.

Estas elecciones marcan un hito en ese proceso, en la medida que la vieja izquierda se va hundiendo, más o menos lentamente, con el acuerdo Concertación-Juntos Podemos como estandarte de ese hundimiento, y una nueva izquierda aún no es capaz de asomar, lo que se expresa en la ausencia de una candidatura radicalmente democrática, revolucionaria y socialista. Los amplios movimientos sociales que se levantaron en la primera mitad del gobierno de Bachelet tampoco estarán representados en esta elección.

A falta de esa alternativa, lo que resta es tomar la calculadora política y determinar qué escenario político es más conveniente para los próximos cuatro años. Cualesqueira sean los números y los cálculos, hay una certeza indiscutible: la Concertación no es el mal menor y, con la incorporación del Juntos Podemos, se levanta en el horizonte con una potencialidad renovada de gatopardismo y desarme de los sectores populares.

Ramón Poblete
ramon.poblete.m@gmail.com

3 comentarios

  1. El señor Poblete hace un análisis poco relevante, con fundamentos basados en el “creo y sospecho”. Chile necesita una izquierda plural, amplia, diversa, con vocación de poder y que sume. Una izquierda al servicio de las mayorías. Ese proyecto lo encarna Jorge Arrate.Quizás la desesperanza del señor Poblete es que su candidato (Navarro) se le fue “a la montaña a organizar la guerra popular”.

  2. Qué negro y ciego. Sumido en la depre…

    Luego de leer este análisis voy a la Piedra Feliz y me lanzo al vacío; en una de esas, floto. Dicen que la mala hierba nunca muere. Según mi experiencia personal, la buena tampoco.

  3. Conceptos simples, casi simplones, que apelen a la emotividad y no a la racionalidad: ése es el secreto de la publicidad moderna, que recoge muy bien Tamara. “Plural”, “amplia”, “diversa”, “que sume”… parece publicidad de pensiones vitalicias. Las palabras de Tamara casi me harían humedecer los ojos y salir corriendo a votar por Arrate, si yo fuera sólo un poco más cretino. Afortunadamente no.

    Pongámonos serios ahora. ¿Cuál vocación de poder, Tamara? No confundas vocación por ocupar un par de asientos en la Cámara de Diputados con vocación de poder. Vocación de poder es voluntad de construir una estrategia de ruptura: es la antípoda de la vocación de acomodación al sistema binominal que exhibe la izquierda que está en el Juntos Podemos.

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