En defensa del sucidio asistido

Por: Mónica Pérez
Fuente: http://www.lagramaticaparda.blogspot.com (26.07.09)

Hace dos horas, me ha llamado por teléfono mi madre para contarme que WER , un buen amigo desde la infancia, se ha suicidado con un cóctel de tranquilizantes y con un jeringazo de una sustancia de la que hasta el momento desconocían su composición. He cortado de inmediato la conexión y juro que, al principio, me he cabreado sabiendo el pánico que le producían las agujas a mi colega. Supongo que ha sido terrible. Sin embargo, luego he sentido un alivio profundo y cierta delectación que me ha dado fuerzas para redactar este post. Mi querido colega quería «volar» después de llevar cuatro años de calvario tras perder a su mujer y sus dos hijos en un accidente de tráfico.

Yo pregunto: ¿qué autoridad moral, institucional, religiosa o médica pueden darme un sólo argumento para que WER siguiera en ese agujero existencial, sabiendo que sus allegados le habían oído decir: «Soy un cuerpo sin alma y no quiero seguir sufriendo»? Desde luego, en mi caso, carezco de respuesta.

Sé que sonaría más fino, menos rotundo, escribir en defensa de una eutanasia pro activa. Pero me parece un eufemismo hipócrita. Por eso, prefiero llamarle por su nombre. Por cuanto un suicidio voluntario y asistido, y me refiero a personas que malviven atormentadas -como mi amigo-, consiste en que los servicios sanitarios le den a uno la posibilidad de desaparecer de la faz de la tierra cuando les dé la real gana. No por gusto, sino por mitigar las dolencias psíquicas incurables. Pues cualquier psiquiatra sabe que algunos depresivos, de normal muy inteligentes y conscientes de su tragedia, por muchos fármacos que tomen, terapias , e incluso aunque cuenten con un apoyo familiar estable, son mártires crónicos de desajustes químicos dentro del cerebro para el resto de sus vidas. Por lo tanto, ¿no es un derecho de los ciudadanos ejercer la libertad en su máxima expresión si optan por quitarse la vida? A estas alturas ni siquiera me planteo si la etiología de la depresión, sea quien sea el perjudicado, se fundamenta en factores genéticos o ambientales o los dos a la vez. Seguro que todos conocemos casos de amigos, familiares o amantes de los cuales hemos pensado: «Para vivir así, mejor diñarla».

No pretendo parecer frívolo. Con la defensa del «suicidio asistido» me refiero a que el Estado, al que le pagamos impuestos, nos dé la oportunidad de disponer de mecanismos para que, en caso de que uno haya tomado una decisión tan trágica y definitiva, no aumente la angustia de quien busca una «dosis» de liberación terrenal. Porque el que ha sentenciado su estadía entre nosotros no se detiene; si acaso, las drogas pueden aminorar temporalmente el dolor. Pero no el origen de la dolencia. Y la pena no te la quita ni el cura, y menos si eres ateo, ni el Estado, para el que no dejas de sumar un frío número a las estadísticas y, por desgracia, tampoco el médico en muchos casos. Al profesional de la medicina le queda intentar ayudar al enfermo, si lo consigue, y por supuesto, objetar ante la decisión de colaborar a evitar la tortura del damnificado. La libertad, para todos, faltaría más. Pero la sociedad moderna, como estructura que organiza y ordena nuestra presencia aquí, que marca las pautas sobre qué debemos estudiar, la que nos controla, vigila y castiga si cometemos delitos… Esa misma sociedad nos muerde si permite que se deje sufrir a quien no lo quiere.

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