Disgreciones acerca de la industria cultural

Por: Jaime Rodríguez
Fuente: http://www.espacio cultural.cl (17.06.09).

El equivalente con que se ha transformado el concepto identidad y cultura remite de forma inmediata a buscar entre nuestras raíces (nuestra “herencia histórica”) los verdaderos principios sobre los cuales construirán (otros) nuestro desde ahora nuestro cosificado “patrimonio”.

Esa decisión nos ha sido enajenada.

Esta lógica, tan propia de nuestro capitalismo post industrial nos aproxima a una polémica que por vieja no deja de tener referente actual toda vez que las reminiscencias que logramos calibrar acerca de nuestro pasado común las podemos hallar en mausoleos, museos, insignias, efemérides, banderas, hasta objetos tan inertes y mudos como el kepis del teniente de la corbeta Esmeralda el día del combate naval de Iquique o cosas por el estilo.
Esa tipología (a) histórica, no ha estado nunca cerca de ser una muestra fidedigna del pasado.

Secularmente nos ha interesado mucho más estudiar la cantidad de espolonazos (siguiendo el ejemplo del combate ya mencionado) que le dio el monitor Huascar a la Esmeralda que la condición social de los marineros muertos aquel infame día. Solo son nombres, números, muchos de ellos con una escasa capacidad de agenciar su propio destino convirtiéndose en héroes. (sitial reservado sólo para algunos).

Eran sólo personas.

Así el verdadero rastro histórico de “…lo que somos y lo que fuimos” parafraseando a Sábato, se vuelve una objeto, se cosifica.

El gran problema en cosificar nuestro patrimonio radica no en que llevemos la atención de nuestros hijos a ese tipo de objetos, que sin duda conforman el panorama general, sino en que queramos convencerlos (y nosotros al mismo tiempo) de que realmente esas imposiciones históricas son explicativas por si mismas.

De esta forma hoy nuestro pasado es vergonzosamente objetivizado y se ha transformado en un producto de mercadeo, que se oferta y se demanda, estrategia esta en que se ha asentado la modernidad para trocar todo lo que se resiste a ser enajenado de su propia historia para convertirlo en patrimonio incluido en “rutas culturales”, “barrios patrimoniales”, y de todo un cuánto hay de productos reconfigurados y revigorizados por el solo hecho de contener en si mismos una parte de lo que (otros) han signado como nuestra verdadera Historia compartida.

Sin embargo dentro de esta distinción (auto) impuesta cabe reconocer algunas diferencias. Que las hay porque parte importante de este discurso es señalar de manera verosímil que “la diferencia es lo que nos hace iguales” paradoja tal que cuesta incluso pronunciarla. Pero que íntimamente en la lógica de esta modernidad desatada nos sirve también para distinguir que “Ni somos tan iguales, ni tan distintos”, esto pues luego nos aproxima a transmutar centros donde se resguardan nuestros mas ancestrales orígenes hasta reconocer en ellos solo “anécdotas”, no más que eso, agencias casi olvidadas y evadidas de toda contemporaneidad y temporalidad pues son abstracto de pasados que sólo podemos evocar mediante la “ficción” historiográfica. Posibles todas ellas sin embargo de ofrecer un guiño aceptable a pasados remotos, olvidados y en esencia premodernos.

Productos, mercancía turística, hábilmente manipulada por “agentes culturales” forasteros absolutamente desinvolucrados de las actuales problemáticas de las personas que hoy son expresión de algún “pasado”.

El sujeto

El turismo cultural busca un espectáculo. De preferencia uno insinuante, anormal, exótico. Una extravagancia no posible en los márgenes urbanos de la modernidad; una visión que deje de ser virtual en los escaparates de las tiendas, tan real que somos capaces de viajar 10 o mas horas recorriendo el mundo hasta lugares como África, la Asia mas interior o la misma Latinoamérica (ese país que existe al sur de EEUU) donde la diversidad cultural, étnica y social deja de ser una aspiración de nuestros más nobles sentimientos democráticos y se convierte en un negocio rentable.

Cierto sentido común (pequeño burgués) obliga a no ponerse jamás en contra de un buen negocio, es normal si a todos nos conviene, pero esta súbita inquietud por revisitar los orígenes esconde tras de sí lo que a mi juicio son felonas intenciones benéficas sólo para algunos.

Es aberrante la miseria (económica) para algunos sin embargo es un buen negocio, mas aberrante aún es la miseria humana que propone falsas expectativas al que sueña con lo que nunca tuvo y que alimenta (al alienado) con ínfulas retorcidas y tramposas.

Fomentar este tipo de experiencias es excitar al mismo tiempo que quiénes las viven manifiesten también su derecho a pertenecer y participar de ese esplendor sólo reservado para quiénes lo puedan costear.

El sujeto “residente” no niega sus intenciones de participar de este mundo que lo visita ya no con cruces ni plegarias divinas sino que con el evangelio de la prosperidad de la que ellos han sido excluidos.

Es allí donde la operatividad de la industria del turismo cultural asesta su mejor golpe. Pues al tiempo que oferta (nos oferta) sujetos exóticos de costumbres extrañas, pero seductoras, aprovecha también de invadir los ethos de estos sujetos con novedosas “soluciones” propias del bienestar del mundo occidental. Es así como hasta estos “nuevos lugares” llega la tecnología, los servicios básicos de los que muchos estaban desprovistos, esa ciclópea cerca del know-how tecnológico al servicio del hombre. Cuestión que no podría ser discutible en su utilidad pero si en sus consecuencias. Perdemos, en esta pasada, bosques milenarios, grandes afluentes fluviales, recursos minerales y ganamos en desechos tóxicos, contaminación, pauperización de la tierra etc.

El sujeto por su parte obligado a recluirse sólo acepta este gravamen en favor de la inconclusa promesa del Progreso. Luego la construcción de lo que entenderemos por “histórico” ha sido permeabilizada primero por entidades que ven en esta posibilidad la reducción de la insurrección ciudadana contra la “maquina” y por otro lado por las mismas voluntades volubles y creyentes que creen a fe ciega en este designio de la fortuna.

La Historia

El conocimiento histórico según E.P.Thompson es por su naturaleza: provisional e incompleto, aunque no por ello falso (un cierto tipo de ficción en opinión de este humilde servidor), es selectivo, aunque no por ello falso y limitado y definido por preguntas formuladas a los datos empíricos. Cobraría verosimilitud entonces en la medida que éste se entienda como conocimiento solo en su contexto, un verdadero pandemonio de la realidad. La tentación concomitante sería afirmar de plano que la relación entre objeto y estudio estaría dada solo en la perspectiva que uno fuese la función del otro. Así es que se ha construido la historia, apartándose de la noción de dialogo entre dinámicas y procesos interrelacionados de manera determinante.

La expresión de esta sentencia la podemos ver en los libros de historia con que aprendimos a memorizar los hechos más significativos de cada nación, siempre con una tendencia a ubicar a al estado y sus representantes como los verdaderos motores de la producción historicista.

Cuando empleamos la palabra historia, lo hacemos al tiempo que pronunciamos identidad, memoria, herencia, etc. sin tener en cuenta la aplicación que a cada concepto le otorgamos. Igualados entre sí eventualmente todo sería factible de historificar privilegiando siempre la espectacularidad, por sobre los silencios de la historia y la soberbia humana por sobre las experiencias mas desprovistas de cierto carácter trascendente.

Y ahí lo tenemos, estatuas para los héroes, ofrendas en cada efeméride, actos escolares, himnos nacionales, banderas. Todo en total concordancia con nuestro decimonónico espíritu normalizador y homogeneizador. Todo lo que nuestra “comunidad imaginada” como sostiene Benedict Anderson, acordó ya previamente para ser venerado.

Y es que cada vez que no resistimos las pretensiones uniformidadoras de nuestra realidad vamos dejando atrás pequeños relatos, pequeñas historias que conforman la totalidad que se reproduce sin nuestra vigilancia, incluso sin nuestra aprobación. Solo fotos inmóviles del acontecer desproblematizadas al máximo, pruebas de laboratorio de nuestro pasado concordado (ya esta dicho) por otros, en otros tiempos en otros días, pero sostenidos en nuestros días por nuevos “otros” en favor de nuestra sana convivencia, y lo que aparezca como amenaza puede eventualmente convertirse en patrimonio o memoria, da lo mismo, al amparo de estos juicios aquellos conceptos son iguales.

¿Ejemplos?, baste mirar a la región de la Araucanía azotada por un conflicto de carácter étnico que se limpia con la visión estereotipada de la real identidad y costumbres mapuche, baste mirar el legado (ya cósmico) de Salvador Allende cuyo rostro y frases ilustran camisetas, autoadhesivos y un cuánto hay de productos de mercadeo, baste mirar con mayor pena ese verdadero “muro de la vergüenza” (citando al Sr. Marcelo Mellado) que es nuestro mall-casino que nos oferta nueva prosperidad, identidad y un nuevo hito ¿“histórico”? a nuestra desprolija ciudad (No quiero insistir más en el término “flaite”), baste mirar finalmente la indecente ruta patrimonial de edificios patrimoniales de nuestra querida Cartagena, no es más que una bonita señaletica.

Proyectivamente es hora de levantar la voz, de generar cambios que nazcan en el seno de quienes a cada momento de nuestro presente construimos (nos) construimos un pasado, (recomiendo mirar el documental chileno “La batalla de Plaza Italia” que daría para una crónica por si sólo) pasado que heredaremos a nuestros hijos, pasado mediante el cual ellos se enterarán de lo que fuimos y de paso de lo que ellos mismos serán capaces de ser.

Jaime Rodríguez Manríquez

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