Por: Armando Aravena A.
Fuente: http://www.elclarin.cl (17.04.09)
Sólo por ser Ciudadano de mi país, me ha parecido meritorio ingresar, con mi visión, en el “debate abierto” en torno al devenir de los últimos tramites legislativos para imponer e implementar la llamada “Ley General de Educación” (que parcial y maquilladamente reemplaza a la actual LOCE) y el consabido artículo de la misma referido a la posibilidad de que profesionales de otras áreas del saber puedan incorporarse, con su saber y experiencia, a la vida escolar, impartiendo clases.
A modo de ejemplo ilustrativo del tal debate, leía hace un par de semanas, en el diario “La Tercera de la Hora”, cuerpo de “Reportajes del Domingo”, el artículo de un Señor de nombre Patricio Navia, en el que se refería, como otros, a la citada cuestión, y esa breve aventura dominguera, me di cuenta, una vez más, que la posibilidad de entregar los espacios de opinión a una especie de compañía estable de expertos opinantes era tan irresponsable, como complaciente entre tanta abundancia de necedades, convertidas en artículos periodísticos y seguramente en consejos políticos directos.
Realizada la lectura y escuchado, durante éste tiempo, varias opiniones respecto de lo específico y de la generalidad de esta norma y sus hipotéticos beneficios, me permito y dada la relevancia del tópico, exponer algunas ideas, conceptos o reflexiones, acerca de la cuestión planteada.
¿Qué Profesor para las escuelas?; ¿Qué Escuela o que Educación para el País? Parecen ser interrogantes de otro mundo, de algún otro tiempo y que ciertamente no han tenido lugar entre los expertos que, entre otras desfiguradas figuras, promovieron e instalaron la especial institución de los profesores no pedagogos, como si el país a la altura en que se encuentra no contará con suficientes profesores. Esta figura por la cual profesionales no docentes podrán ejercer la pedagogía en las escuelas, constituye hoy día una realidad, posible dado el hecho histórico fundamental de una razón gobernante que ejerce su mandato sin contrapeso y absolutamente al margen de la soberanía popular, hecho histórico que se sustenta, además, en la inercia ciudadana en la que nos encontramos. Ejecutivo y legislativo han sumado su corriente y sus votos, como ha sido la tónica en asuntos claves, mas allá de la telenovela habitual de disentir para las cámaras, podríamos, por tanto, sentenciar que la cuestión está oleada y sacramentada.
A decir de los aportes de opinión pública y “experta” orientados a fundamentar la pertinencia de tal formula en la educación, básica y secundaria chilena, queda la impresión de que tales argumentaciones coinciden en su base en una argumentación como la siguiente: Que existen múltiples experiencias en diversos países (normalmente se cita a Estados Unidos de América u otros países de Europa), en donde profesionales de diversas ramas del saber o disciplina se han incorporado exitosamente, y de manera sistemática, planeada y orgánica, al desarrollo de la escuela, impartiendo clases, con resultados, según ciertas investigaciones y estadistas citadas, positivos y favorablemente impactantes, mejorando la calidad y por cierto la cobertura de la educación escolar.
Esto además de una que otra necedad, insensatez o tontera argumental, como por ejemplo lo señalado por el “intelectual”, autor del artículo del diario la Tercera, cuando sostiene, algo así como, que de no aprobar, los legisladores, (hace tres semanas) el citado articulo, que abre la ventana al ingreso de otros profesionales a la escuela, sería la mismísima y actual Presidenta de la República, la que se perdería la oportunidad de acudir, con su disciplina (y experiencia gubernativa, imagino), a la tarea de hacer clases en una escuela del país, y como consecuencia natural, escuelas o liceos del país se perderían la posibilidad, cierta, de que la Presidenta o sus Ministros y asesores, o los Magistrados del Poder Judicial, o los miembros del Congreso, o los Comandantes de las FF AA, o los empresarios e inversionistas, en fin los “servidores públicos”, puedan incorporarse a sus planteles educacionales. Entonces, alabados sean todos los dioses pues las iluminadas cabezas de nuestros legisladores y gobernantes nos han regalado la posibilidad de que sí podrán, las escuelas municipales a lo largo y ancho del territorio nacional, contar con el concurso de tan connotados maestros.
Es, parafraseando a Kundera, “la insoportable necedad del ser” aquella que, parece, se apodera de la atmosfera y de la materia gris de nuestros ya archi citados gobernantes (y congresistas), y la gama amplia de intelectuales o algo por el estilo, que acude con su versada opinión y aporte profesional y experto, para sumar más necedad a la ya existente.
En qué cabeza, pensante, cabe tamaña insensatez: Pre – suponer, apostar y luego, seguro lo más trágico, dogmatizar que ésta formula constituye una llave que permite mejorar (me imagino no por si sola, aún cuando a esta altura del desasosiego todo puede ser) la educación en Chile, la calidad y formación integral y pertinente de los niños, niñas o jóvenes del país. Que un profesional de cualquier disciplina universitaria u oficio (universitario o no) pueda hacer clases en una escuela, de verdad no constituye un problema, ni un pecado capital, ni contrasentido alguno, de hecho en mi experiencia como Profesor (pedagogo con titulo de tal) he tendido la maravillosa oportunidad de compartir la geografía viva de la escuela con más de un PROFESOR sin titulo de tal, algunos han sido profesionales universitarios y otros maestros de su oficio. La maravilla es que sus estudiantes los han reconocido como tales y el aporte no será necesario exponerlo en estas líneas.
Sin embargo tal experiencia u otras más por el estilo, aún siendo potentes, no avalan la puerta que está a punto de ser abierta. Reitero que alguien no docente de titulo, pueda hacer clases no constituye un problema en sí mismo, ¿cuál es entonces la razón por la cual discrepo de tal formula institucionalizada?, una razón de foco, de lectura, de verdadera innovación, preocupación y ocupación responsable del problema o los problemas de la educación en Chile.
Aún cuando experiencias de éste orden han existido en la historia de la humanidad, e incluso puedan tener espacio en el país, la magnitud de los problemas educacionales y la crisis de la escuela en particular es tan grande, que una medida así constituye un gota de agua, discontinúa, en el desierto, además de ser una manera velada de fragmentar gremialmente al mundo de los profesores. Un foco acertado, un esfuerzo orgánico y sistemático sería y es de esperar que, al menos, en el mediano plazo lo sea: Detener el crecimiento indiscriminado de más “universidades”, negocio redondo y abundante para algunos, entre los cuales no es extraño encontrar personajes de la misma escena política gubernamental o legislativa, es menester eliminar de la actual oferta de educación superior aquellos planteles que definitivamente no aprueben mínimas evaluaciones, certificaciones y fiscalizaciones (el día que las halla). La oferta indiscriminada de educación superior tiene prisionera a la sociedad chilena, al menos en el plano de expectativas ilusorias, donde la persona del joven, y sus familias se han comprado la publicidad y la propaganda de que nuestro país sólo requiere de profesionales universitarios para el salto al esperado desarrollo, y por cierto abalado esto con políticas que desde el Estado y sus gobiernos, en los últimos 30 0 35 años, han promovido irresponsablemente. Como puede un país como el nuestro con 15 o 16 millones de habitantes tener igual o superior número de universidades que varios países de Europa, horizonte al que siempre miramos, con el doble o más millones de habitantes; ¿Cómo es posible que en el contexto de la supuesta preocupación por la educación, las interminables comisiones e informes, de interminable número de expertos en temas educativos y escolares, den como resultado una “nueva ley general de educación”, que solo maquilla la que ya existía, y entre otras cuestiones no haga nada por detener a la avalancha, mas o menos grande, de oferta hueca de carreras universitarias que han saturado y muy pronto sobre saturado el mercado de la oferta laboral – “profesional”? ¿Cómo es posible que se sostenga que no existen profesores suficientes en el país como para cubrir las necesidades en cada escuela de Chile, si por otro lado casi no existe Región del país donde no ocurran estas fabricas de profesionales y entre ellos profesores a granel, o el punto es que tenemos la fundada sospecha y hoy día evidencia de que la calidad de la enseñanza y academia en las aulas universitarias es de pésima calidad (es una generalización)? Los resultados desastrosos, pero previsibles en el examen que rindieron estudiantes de últimos años de pedagogía de diversas y hasta el momento innombrables planteles universitarios, constituye otra evidencia más de que uno de los horizontes de la crisis es la calidad de tales o cuales escuelas de pedagogía: Juzgue Usted, incorporar profesionales no docentes ¿supera por si mismo la carencia de “buenos” profesores hoy o mañana? Probablemente no sea necesario disponer de estudios como para sostener que en Chile no todos los maestros son profesores que ejerzan su pedagogía con maestría, valga el contrasentido narrativo, sabemos que tenemos, como en muchas áreas humanas, una gama variopinta de profesionales y expertos, piense por unos momentos en los puentes que se caen al cabo de un año de ser construidos, y otros que ni bombardeándolos se derrumban después de cincuenta o mas años de haber sido levantados, piense en las innumerables negligencias médicas que por doquier abundan en hospitales y clínicas, imagine la gama de equivocaciones judiciales y lentitudes e ineptitudes que en dicho mundo abundan, y más y más pero mucho más. Tales aberraciones ¿han sido siquiera abordadas, o más aún en algún ministerio del ramo o legislador alguno, se le ha ocurrido plantear que de manera orgánica se incorporen profesionales de otras áreas al específico campo de la ingeniería, la construcción, la salud, lo judicial, la contabilidad, el derecho, etc, etc.
En definitiva, y al menos en el contexto de éste artículo, me permito sostener que enfocarse hacia la superación de las carencias en educación, al menos escolar, o la crisis de la misma, obliga tomar caminos bastante más profundos, rigurosos, costosos quizás, entre ellos planteo, a sabiendas que no constituye novedad, solo innovación en tanto es algo que el Estado y la sociedad hace muchos años dejo de hacer:
• Dirigir el esfuerzo y los recursos a mejorar sostenida y contundentemente (a pesar de las disculpas siempre eternas de la crisis) los salarios del Profesorado, motivación, no la única sin duda, eficaz para estimular dicha carrera..
• Racionalizar y/o restringir la creación de más universidades y carreras, de manera de estabilizar el propio “mercado” de oferta y demanda profesional, especialmente en áreas del saber, que nuestras autoridades conocen a la perfección, pero que niegan persistentemente. Es una gran falacia, y las raíces y síntomas de la propia actual crisis económica mundial y nacional lo demuestran: El mercado no resuelve todos los problemas de las personas de las comunidades o pueblos, por el contrario una y otra vez, a lo largo de la historia, queda demostrado la fragilidad de los modelos capitalistas, o inconsistentemente social de mercado. No es verdad que el Estado no deba tener participación activa, protagónica, y concreta como por ejemplo para regular tal mercado, generar políticas y acciones, no solo subsidiarias, para al menos las áreas sociales de la economía, y perfeccionar de verdad la fiscalización y toma de acciones frente a las irregularidades que se financian con recursos que finalmente son del propio Fisco.
• Un Profesor español invitado hace poco tiempo en al país para que hablara de la experiencia española, de donde se copia la actual o anterior LOCE, se salio de libreto en sus charlas, y dijo lo que las autoridades no querían oír, la educación empieza a mejorar en calidad y todo lo demás cuando: El país cuida a sus MAESTROS, sube sus rentas, y cuando en la ESCUELA final y decididamente hacemos que el acto fundamental de enseñar y aprender ocurra en medio de tres BÁSICOS principio o ejes de acción en el aula, que es donde se juega toda la educación escolar, hacer clases requiere de: Un Profesor que conoce y domina la ciencia o el arte desde donde educa; Un Profesor que ama su pedagogía, luego acoge y escucha y RESPETA a sus estudiantes; Los ESTUDIANTES se abren a la maravilla y aventura del aprendizaje. La ESCUELA en tanto tal e institución favorece esta relación y otorga, auspicia, protege y exige cotidianamente DISCIPLINA, sustentada solo en el respeto por otro, y en el desarrollo de relaciones sustentadas en el cariño y la rigurosidad como principio esencial. Así la mentada calidad de la educación, la brecha que reproduce las mismas desigualdades de la sociedad en todos sus ámbitos tiene la oportunidad de empezar a disminuir.
De los recursos para ello, del manejo de las cuentas, si en esta vereda nos pusiéramos, no sería más que hacer lo que el sentido común e incluso el experto recomienda y todos pregonan, especialmente en tiempos de elecciones, o frente a las audiencias periodísticas: Re- definir con criterio de desarrollo y con independencia del gobierno de turno, el gasto social, la inversión pública, en orden a generar un sostenido aumento del mismo, así como reforzar el control y fiscalización efectiva de los recursos, instituciones para ello existen, desde ya la mismísima Contraloría General de la República, órgano que en los últimos meses esta volviendo a jugar el rol público y fiscal que le compete, y que a muchos, en cualquier carpa, les incomoda. Sin duda crear más superintendencias (en educación por ejemplo) no es el camino, por el contrario es extraño, es sospechoso que quienes se opusieron, en su único momento lucido, a las políticas mercantiles y dictatoriales del gobierno militar, hoy por hoy afinen la misma tarea restándole al propio Estado su capacidad fiscalizadora. No olvidemos que del conjunto de superintendencias creadas, ninguna ha tenido el criterio, la voluntad, siquiera el mínimo animo, de cuidar los intereses del ciudadano, parado por si mismo frente al inescrupuloso afán ganador de las respectivas empresas del sector, léase: energía, telefonía, salud, valores, combustibles, y muchas piezas más que duermen en su desidia y flojera. Seguramente otro sería el canto del gallo con el ojo vigía del único soberano, el pueblo ciudadano.
Armando Aravena A.
Profesor de Estado en Historia y Geografía
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