Todo lo que sé es que yo no soy marxista

Por: Javier Caso Iglesias 
Fuente: Kaos en la red [04.08.2006) 

La frase de Carlos Marx “Todo lo que sé es que yo no soy marxista” la reproduce Federico Engels en una carta que dirige a Paul Lafargue fechada el 27 de octubre de 1890.

En dicha comunicación Engels exponía las razones que habían llevado a Marx a pronunciarla, la fundamental de ellas era la relativa a que la mayoría de los grupos que ya en vida de Marx se autocalificaban como marxistas, no solían practicar otra cosa más que un mero socialismo vulgar de carácter ideológico; grupos “marxistas” de los que escribía Engels, citando lo que decía Heine de sus imitadores, “sembré dragones y coseché pulgas”.
 
En la realidad actual, como podemos empíricamente comprobar, la mayoría de las organizaciones y grupos “marxistas” existentes son de este tipo, formaciones políticas que basan su teoría en fantasmagorías, ideologías, idealismos o utopías. La comprobación empírica no es otra que su evidencia representativa en la realidad práctica. Consecuencia de ello no pueden tener otra acción práctica más que el voluntarismo tacticista que, a lo sumo, les puede valer para subsistir como grupúsculo, pero que no les lleva ni les llevará nunca a ser organizaciones hegemónicas de la clase social que dicen representar y por tanto nunca serán formaciones transformadoras de realidades sociales.
 
Recientemente aparecía en algunos medios un artículo de Ricardo Rivera titulado igual que el que Manuel Sacristán escribiera el 14 de marzo de 1983 en ocasión del centenario de la muerte de Carlos Marx, esto es, ¿Qué Marx se leerá durante el siglo XXI? En el citado artículo cita a Fernando Mires, sociólogo chileno radicado en Alemania, el cual dice: “Los marxismos después de Marx tienen el dudoso mérito histórico de haber elevado las ideologías a la categoría de ciencia y, lo que es más grave, de haber rebajado determinadas ciencias (como la historia, o mejor, el materialismo histórico) a la categoría de ideologías. Y no deja de ser una paradoja. Marx, como ningún otro representante de la modernidad, anunció sus teorías como una declaración de guerra a la religión, a las utopías y a las ideologías. Y ninguna teoría se ha seguido con tanto fervor religioso, con tanta dedicación utópica y, sobre todo, con tanto delirio ideológico como el marxismo (o los marxismos)”.
 
Marx no era un ideólogo, ni un inventor; Marx era un científico y eso exigía del proletariado, así como del partido en el que estos se organizaran. Marx insistió siempre en la necesidad de una concepción científica del proletariado como requisito para que pueda jugar su papel de emancipador de la humanidad. Incluso llegó a expresar “la clase obrera no tiene ideales por realizar”, o sea, la meta histórica del proletariado, como dice Ricardo Rivera en su artículo, no es en esencia una cuestión ética.
 
Nuestra meta histórica es una tarea científica, y para desarrollarla, como ya decía Marx en su tesis doctoral, dedicada a la filosofía de Demócrito y Epicuro, tenemos que transformarnos en seres humanos autoconscientes, seres humanos conscientes de sí mismos. Hacer desembocar la crítica a cualquier tipo de fantasmagoría, de utopía, de ideología o de religión, como así exponía Marx en sus manuscritos económicos-filosóficos “en la doctrina de que el hombre es la esencia suprema para el hombre y por consiguiente en el imperativo categórico de echar por tierra todas las relaciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable”. Para ello es condición imprescindible, como manifestaba Marx en las Tesis sobre Feuerbach, que el proletariado se apropie de la filosofía de la praxis que representa el materialismo dialéctico y, gracias a ella, el proletariado “de ser una fuerza espiritual pasará a ser una fuerza material”.
 
Para que de proletarios, de trabajadores, de obreros (a los que las actuales relaciones de producción nos mantienen en una situación de seres humillados, sojuzgados, abandonados y despreciables), pasemos a ser sujetos históricos del cambio social, tenemos que fusionar a nuestra faceta productiva, la autoconciencia política; uniendo indisociablemente nuestro ser productivo con nuestro ser político. Únicamente así iniciaremos la senda de nuestra emancipación que nos llevará de ser seres forzados que deben de ofrecer en el mercado su fuerza de trabajo para poder subsistir a ser seres humanos plenamente realizados, con ello habremos conseguido que las relaciones de unos seres humanos con otros no se conviertan en mercancías, evitando con ello la cosificación de nuestras relaciones.
 
Ahora bien, hacer del sujeto productivo un sujeto histórico requiere el enorme esfuerzo de hacerlo autoconsciente, además, hacerlo autoconsciente de la necesidad de dotarse de un pensamiento rigurosamente científico que lo emancipe de la alienación al que lo someten unas relaciones de producción que le cosifican y le convierten en mercancía.
 
Sin una filosofía de la praxis, que nos aleje del voluntarismo, del tacticismo, de la utopía, de las fantasmagorías, así como de todos esos productos que la ideología engendra, esta tarea sería imposible. Necesitamos pues una filosofía de la praxis, una filosofía científico-técnica rigurosa que nos sirva de guía para la acción.
 
Si observamos la realidad a la luz de los avances de la ciencia y de la técnica no nos queda otra que reconocer que esta filosofía de la praxis no puede ser otra que el materialismo dialéctico. Expliquemos porqué:
En la actualidad cualquier diccionario al que recurramos nos define a la materia como todo lo que existe en el Universo, compuesto por partículas elementales agrupadas en átomos y moléculas. O sea, que somos materia, por tanto materialistas. Cualquier diccionario también nos informa que la materia se puede transformar en energía mediante un proceso de desmaterialización y viceversa, que la energía se puede transformar en materia por un proceso de materialización; esto es, que la energía no es más que materia desmaterializada que se puede materializar. Por tanto la nada no existe y todo es materia y, consecuencia de ello, nosotros materialistas. Incluso “Los fantasmas formados en el cerebro humano -afirmaba Marx- son necesariamente sublimaciones de su proceso material de vida”.
Por otra parte la ciencia nos informa que, indistintamente de la forma que adopte la materia, su naturaleza inherente es dialéctica, o sea, que esta materia o energía, según se nos presente, se encuentra en constante movimiento; para certificar esta evidencia no tenemos más que observarla a través de un microscopio, cosa esta para la que ni siquiera hace falta ser ya un científico, pues la sabe realizar cualquier estudiante de primer curso de secundaria.
 
El primer paso está dado, somos autoconscientes de nuestra naturaleza materialista y dialéctica. Ahora vayamos a por el segundo que no es otro que el relativo a entender, desde esta filosofía materialista y dialéctica, que hacemos como seres humanos en la historia.
 
El segundo paso estaría completado si entendemos que lo que el ser humano ha hecho desde su aparición como especie en este mundo y que no es otra cosa que lo mismo que hace la materia, lo mismo que hace la naturaleza, esto es, producir su vida material.
 
La producción de la vida material se hace, como no podría ser de otra forma, conforme a la esencia inherente de la materia, esto es, dialécticamente, por eso la llamamos vida, porque está viva, en constante movimiento, o sea, negándose constantemente y superándose (ley general de la dialéctica llamada negación de la negación), elevándose de lo inferior a lo superior, pasando de la potencia al acto que diría Aristóteles (ley general de la dialéctica llamada de transformación de lo cuantitativo en cualitativo), así como luchando contra lo que nos resulta aversivo e incluso uniéndose en algunos momentos a lo menos malo al objeto de combatir lo peor (ley general de la dialéctica llamada de unidad y lucha de los contrarios).
 
Debemos entender que esta producción de la vida material, a lo largo de la historia, así como desde el momento en que el ser humano puebla la tierra, se ha llevado a cabo mediante diferentes modos de producción.
 
El primer modo de producción fue el de la comunidad primitiva, que llegada a cierta fase de desarrollo se mostró incapaz de satisfacer las necesidades del grupo con mayor nivel de autoconciencia, forzando este grupo, que técnicamente se le llama formación socio-económica, el paso a otro modo de producción que satisfacía mejor sus necesidades materiales, aunque fuera a costa del grupo o colectivo humano con menor nivel de autoconciencia. Se pasó así al modo de producción esclavista que duró hasta que las relaciones de producción lastraron el desarrollo de las fuerzas productivas capaces de dar nueva satisfacción a las necesidades crecientes del grupo social, esto es, de la formación socio-económica hegemónica; siendo este modo de producción sustituido a su vez por el modo de producción del feudalismo, en el cual los esclavos libres llamados siervos resultaban para la nobleza mucho más productivos, al objeto de mantener su nivel de necesidades satisfechas, que los esclavos, pues al tener el siervo cedida una parte de la tierra propiedad del noble trabajaba mucho más activamente aunque tuviera que dar a cambio al noble una parte del producto de su trabajo. Algunos siervos terminaron convirtiéndose en burgueses gracias a su conversión en usureros, comerciantes y artesanos. Pues los siervos que habían tenido buenas cosechas podía prestar a interés a los siervos que no las habían obtenido tan buenas, así conseguían tierras adicionales en caso de que el siervo empobrecido no pudiera pagar sus deudas, pasando el empobrecido a depender del que se había transformado en persona enriquecida. El poseedor de estos recursos podía delegar sus funciones productivas en quienes de él dependían y dedicarse, además de a la usura, al comercio o a la producción de productos mediante las manufacturas que fueron surgiendo en las ciudades. Estos siervos enriquecidos propugnaron otro nuevo cambio en el modo de producción modificando las relaciones de producción hasta entonces existentes, así apareció el modo burgués de producción que satisfacía mejor las necesidades de esta nueva formación socio-económica más pujante que la nobleza que había aparecido en escena. Las relaciones de producción quedaron configuradas por la nueva clase en ascenso, colocándose de un lado ella, la burguesía y del otro al proletariado; esto es, de un lado los nuevos poseedores de los medios de producción y de otro los desposeídos de los mismos. Estos desposeídos ya no eran siervos, pues la burguesía quería tener a su disposición, al objeto de poder aumentar mejor el desarrollo de las fuerzas productivas que daban satisfacción a sus cada vez mayores necesidades, personas a las que alquilar su fuerza de trabajo no de una forma permanente, sino en función de sus necesidades; esto es en función de cómo les fueran los negocios que emprendían.
 
En la actualidad tenemos pendiente la nueva fase de desarrollo que se emprenderá cuando el proletario se transforme en sujeto histórico, cosa que sucederá cuando el proletariado sea autoconsciente, cuando el proletariado descubra, aplicando una filosofía de la praxis, una filosofía científico-técnica, una filosofía, por tanto, materialista y dialéctica, tanto la historia real de la humanidad, así como la economía política científica que la rige.
 
Ahora tenemos pendiente que ese sujeto histórico autoconsciente, orientado por una filosofía de la praxis que sea una verdadera guía para la acción, se erija en el mayor desarrollador de las fuerzas productivas porque conozca la correspondencia, que explica la economía política científica, entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, porque conozca la correspondencia entre la estructura y la superestructura de un modo de producción, porque conozca la correspondencia entre el grado de autoconciencia entre el sujeto social que se erige en mayor desarrollador de las fuerzas productivas y la formación socio-económica hegemónica y emancipada en todo tipo de sociedad.
 
Ahora tenemos que entender que el proletariado cuando históricamente ha triunfado ha sido por esto, y a esto se han debido sus más estrepitosos fracasos. Si nos erigimos en impulsores decididos del desarrollo de las fuerzas productivas pondremos en evidencia la obsolescencia de las relaciones de producción, cuando la conciencia de esta obsolescencia sea un clamor manifiesto y mayoritario estaremos en condiciones de cambiarlas, dando paso a una hegemonía en la superestructura de la formación socio-económica de la que formamos parte.
 
Ahora debemos de entender, como así lo explica la filosofía científico-técnica del materialismo dialéctico y de la economía política científica, la correlación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y nuestra emancipación, entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la satisfacción creciente de nuestras necesidades infinitas que ineludiblemente pasarán, dado el actual avance de las ciencias y de la medicina, por el alargamiento de la vida, que junto al incremento por natalidad de la población nos abrirán nuevos horizontes, llevándonos esta realidad seguramente, aupados por la ciencia y la tecnología, y como hicieron los antiguos griegos, a fundar colonias, en nuestro caso ya no en otros parajes de este planeta llamado tierra, sino en otros planetas. Esto que parece ahora utópico, y si obviamente no queremos perecer como especie, de seguro que no lo será con el tiempo; pues existe otra evidencia empírica y dialéctica que el tiempo apoya, pues nuestro Sol es una estrella en su fase máxima de crecimiento. A partir de esta etapa cesa el aumento de temperatura, y la estrella se enfría definitivamente, aunque continúe la contracción de su volumen. En el curso del paso del tiempo la coloración blanca y azulada, propia de una estrella en sus primeras edades, pasa a blanca y después a amarillenta, que es el caso de nuestro Sol. Mientras tanto no cesan la disminución de volumen ni la pérdida de masa por radiación. O sea, que la materia, dialéctica y celosa de su imperturbable, inherente e ineludible desarrollo permanente nos pone ante nuevas necesidades ajenas a nuestra voluntad que tendremos que superar, como hemos y estamos tratando de superar las relaciones de producción que también son ajenas a nuestra voluntad, disipándolas, como diría Marx, con el desarrollo de nuestras fuerzas productivas.
 
Para terminar nada mejor que recordar lo que decía al principio, Carlos Marx estaba harto de idealismo, de ideologismo, de utopismo y de fantasmagorías, por eso viendo lo que concebían los que en su tiempo se hacían llamar marxistas dijo su categórica frase: “Todo lo que sé es que yo no soy marxista”. Hoy seguiría repitiéndola, pues lo característico de los marxistas de hoy es que siguen practicando un marxismo vulgar, voluntarista, tacticista, dogmático y reformista que nada sabe de dialéctica materialista, que nada sabe de materialismo histórico, que nada sabe de economía política, que nada sabe de filosofía de la praxis, que nada sabe, en definitiva, de ciencia. Menos mal que a los proletarios nos queda el Marx auténtico, menos mal que con él podemos decir que no hay contradicción que no sea disuelta por el ineludible desarrollo de las fuerzas productivas, menos mal que no hay contradicción que no sea disuelta por la modificación de las relaciones obsoletas de producción, menos mal que no hay contradicción que no sea disuelta por la autoconciencia y la autoorganización del proletariado cuando este se constituye en sujeto histórico, menos mal que no hay contradicción que no sea disuelta cuando el sujeto histórico adopta una filosofía de la praxis de carácter materialista dialéctico como guía para su acción; esa filosofía que nos lleva a reafirmarnos en el grito del Che: HASTA LA VICTORIA SIEMPRE.

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Marx no era ni idealista, ni obrerista, sino un verdadero científico.
 
Javier Caso Iglesias [2006-08-04 11:50:41] 

Marx no era ni idealista, ni obrerista, sino un verdadero científico.
http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=17117
Se hacen unas aportaciones muy interesantes, al debate teórico/práctico por el que pasa la izquierda transformadora, desde el Kolectivo Sin Tapujos y desde el Ateneo Valeriano Orobón Fernández sobre la interpretación del que fue realmente el mensaje de Marx y Engels, o sea, sobre cual es el verdadero conocimiento que nos traslada el materialismo histórico y dialéctico. En no entender bien este mensaje, radica, según mi punto de vista, incluso la explicación del fracaso, en un momento determinado, de los intentos prácticos de revolución llevados a cabo; así como el que la izquierda transformadora no levante cabeza en Europa.

Allí donde la izquierda transformadora intuye esta interpretación (que no es otra que la relativa a comprender que la realidad es un producto de una fase del desarrollo histórico de las fuerzas productivas de la sociedad) acierta en sus planteamientos, cuando abandona este criterio fracasa estrepitosamente. Ejemplos: En un momento histórico determinado, la Rusia del 1917, ¿quien abanderaba un proyecto político que suponía un mayor desarrollo de las fuerzas productivas? Lenin o el Zar. Cuando la URSS desaparece ¿Qué lo motivo? ¿No fue el estancamiento del desarrollo de sus fuerzas productivas?

Parafraseando el texto adjunto también podemos decir que el socialismo no va a ser fruto de ninguna justicia humana, ni de un azar histórico, sino tiene que ser una fase impuesta como ineludible necesidad por las exigencias del incesante e imparable desarrollo de las capacidades creadoras de las fuerzas productivas.

Por tanto, si un determinado modelo de sistema, se llame como se llame, no cumple su función histórica, esto es, el desarrollo de las capacidades creadoras de las fuerzas productivas (o como dice el texto que sigue la “base real de la sociedad que es el trabajo, o sea, el modo de producción de la vida material, o lo que es lo mismo, el desarrollo incesante de las fuerzas productivas; y cuya evolución sigue rigurosamente su curso”), terminará cavando su propia tumba.

Entonces, ante cualquier realidad histórica nos tenemos que preguntar cual de las dos fuerzas contendientes representa un mayor impulso, un mayor desarrollo (su proyecto político) de las fuerzas productivas; será este proyecto quien termine guiando, orientando a la sociedad.

Tras esta explicación preguntas cómo ¿por qué gobierna quien gobierna, allí donde el que sea gobierne?, tienen fácil respuesta aunque esta nos resulte dura y difícil.

Lo que queda claro es que Marx no era ni lo que se entiende por un idealista, ni un obrerista; sino un verdadero científico.
TRES MAGNÍFICOS PÁRRAFOS DEL ARTÍCULO DEL ATENEO VALERIANO OROBÓN FERNANDEZ. EN ELLOS ESTÁ LA CLAVE DE LO NO ENTENDIDO DE MARX.

http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=17108

http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=17112

Marx se esfuerza en hacer comprender que el capitalismo no es fruto de ninguna injusticia humana, ni de un azar histórico, sino que es una fase impuesta como ineludible necesidad por el proceso histórico de la sociedad que transcurre impuesto por las exigencias del incesante e imparable desarrollo de las capacidades creadoras de las fuerzas productivas.
Marx entiende que no es el capitalismo producto de los capitalistas, sino al revés. Los capitalistas son un producto de una fase del desarrollo histórico de las fuerzas productivas de la sociedad que llamamos capitalismo; por eso la revolución del proletariado está justificada en orden de acelerar la síntesis final para implantar el socialismo. Pero sin ella esta fase capitalista también llegará por fuerza interna del mismo capitalismo a su fin, ya que a medida que este crece va labrando su propia destrucción.
Por tanto, puede concluir Marx, de acuerdo con la base materialista de su interpretación, que “el modo de producción de la vida material determina en general el proceso social, político e intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre la que condiciona su manera de ser, sino que es su manera de ser social la que determina su conciencia”. Es decir, las ideas, creencias, etc… son una superestructura edificada sobre la base real de la sociedad que es el trabajo, o sea, el modo de producción de la vida material, o lo que es lo mismo, el desarrollo incesante de las fuerzas productivas; y cuya evolución sigue rigurosamente su curso.
Hay 1 comentarios

MATERIALISMO HISTÓRICO DE MARX
Ateneo Popular Valeriano Orobón Fernández [2006-04-07 12:22:06]

De Marx tenemos que comprender, por una parte, su Materialismo Histórico, que es una forma de entender la historia y, por otra, su Materialismo Dialéctico; el primero corresponde al Marx científico y el segundo al Marx más filósofo. Este segundo no se refiere exclusivamente al pensamiento de Marx, sino que incluye las interpretaciones y aportaciones que hace al mismo Engels.

El marxismo, como otros movimientos de la época, parte también de Hegel, más exactamente de la izquierda hegeliana. Hay que hacer notar que la derecha hegeliana se caracterizaba por adoptar de Hegel su sistema y la izquierda hegeliana por tomar de este su método. Por tanto Marx aceptará de Hegel su método dialéctico (tesis, antítesis y síntesis) en el que verterá un contenido inverso al de Hegel.

Mientras Hegel puso por punto de partida a la Idea, de la que dialécticamente fue brotando toda la realidad; y la materia, lo que llamamos real, era un momento, según Hegel, del despliegue de la Idea. Marx en cambio prefiere colocar como punto de partida a la materia (principio originario de todo lo que existe, al igual que hizo Feuerbach) y de ella se derivan el pensamiento, la conciencia, la cultura, siguiendo el mismo proceso dialéctico de Hegel.

Este proceso generador tiene lugar debido a dos fuerzas: la materia y la energía que contiene la materia y que son las que provocan los estados sucesivos de equilibrio, desequilibrio y el retorno a un nuevo equilibrio. Pero Marx no se contenta con el punto de vista de Feuerbach e intenta explicar la vida del hombre concreto a través de su historia.

Al aplicarse esta concepción histórica al materialismo se produce el llamado materialismo histórico que constituye la verdadera sociología y filosofía marxista de la historia. Para el materialismo histórico, según Marx, los diversos momentos, tanto culturales como sociales, por los que ha pasado la vida del ser humano están determinados por factores productivos, económicos, pues, el desarrollo de las fuerzas productivas dicta, impone, el modelo de relaciones sociales y de producción (superestructura) que le son más favorables, en cada momento histórico determinado, para su desarrollo.

Mirando la sociedad desde este prisma, su evolución y desarrollo aparecen expresados dialécticamente en el capitalismo como primera afirmación o tesis, el proletariado o antítesis surgida en la lucha contra el primero y, finalmente, el socialismo o síntesis, último período en el que culminará la perfección de la sociedad.

Por tanto, el futuro será predecible si, analizando el proceso, se logra descubrir las leyes que lo rigen. Descubrir esta evolución de la sociedad será el objetivo de la filosofía marxista, en este sentido Marx comienza dando su teoría económica: El valor de los productos viene determinado por las horas de trabajo en su elaboración y el precio está en función de ellas, lo que sucede es que el empresario paga lo necesario al trabajador para restablecer sus energías gastadas, nunca el precio que el producto ha adquirido, quedándose con la diferencia de valor (plusvalía), con esta fórmula se ha ido consolidando la burguesía o estamento capitalista; pues en un principio existía el capital en la sociedad, pero no en este sentido, no en el sentido de factor que enriquece al propietario mediante el trabajo de un tercero. Anteriormente a esta época burguesa cada trabajador poseía sus instrumentos de trabajo y disponía él mismo de sus productos. A esta expropiación capitalista del trabajo han contribuido circunstancias históricas como la apertura de vías de comunicación, bancos, nuevos mercados, etc… Y sobre todo el interés del capitalista por ver incrementados sus beneficios.

Pero hay que tener en cuenta que al mismo tiempo que el capitalista asegura su producción mediante el aumento de la masa obrera o estamento proletario, surge la contradicción en el mismo sistema porque el proletariado aparece como negación y como lucha que hace que la marcha de la historia no quede interrumpida.

Marx se esfuerza en hacer comprender que el capitalismo no es fruto de ninguna injusticia humana, ni de un azar histórico, sino que es una fase impuesta como ineludible necesidad por el proceso histórico de la sociedad que transcurre impuesto por las exigencias del incesante e imparable desarrollo de las capacidades creadoras de las fuerzas productivas.

Marx entiende que no es el capitalismo producto de los capitalistas, sino al revés. Los capitalistas son un producto de una fase del desarrollo histórico de las fuerzas productivas de la sociedad que llamamos capitalismo; por eso la revolución del proletariado está justificada en orden de acelerar la síntesis final para implantar el socialismo. Pero sin ella esta fase capitalista también llegará por fuerza interna del mismo capitalismo a su fin, ya que a medida que este crece va labrando su propia destrucción.

La formación de las grandes mega-empresas, exigidas cada vez más por el progresivo desarrollo de las fuerzas productivas, va haciendo que muchos capitalistas cedan su propiedad en manos de alguna sociedad o ente multimillonario internacional. Estos capitalistas expropiados pasan a engrosar el estamento asalariado, mientras las riquezas siguen su ritmo de concentración, cuando esta despersonalización ya, por irse convirtiendo en sociedad por acciones, llegue a su término, entonces surgirá, automáticamente, la expropiación socialista; la nación se incauta de estas mega-empresas y de sus propiedades y sin sufrir ningún menoscabo el mecanismo de producción, la propiedad revierte de una forma colectiva e igualitaria sobre los trabajadores expropiados anteriormente.

Por tanto, puede concluir Marx, de acuerdo con la base materialista de su interpretación, que “el modo de producción de la vida material determina en general el proceso social, político e intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre la que condiciona su manera de ser, sino que es su manera de ser social la que determina su conciencia”. Es decir, las ideas, creencias, etc… son una superestructura edificada sobre la base real de la sociedad que es el trabajo, o sea, el modo de producción de la vida material, o lo que es lo mismo, el desarrollo incesante de las fuerzas productivas; y cuya evolución sigue rigurosamente su curso.

Para acelerar el advenimiento de esta socialización en la que el marxismo cifra la felicidad terrena, urge la cooperación de todos mediante el partido, la lucha de clases y la revolución.
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[2006-08-04 12:00:19] 

Artículos relacionados:

El Materialismo Histórico y Dialéctico en Marx
http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=17108

Excelente análisis del Marxismo, tres párrafos apoteósicos del Ateneo Valeriano Orobón. No te los pierdas, lee.
http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=17112
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Sobre las fases ineludibles del desarrollo social
 
[2006-08-04 12:08:23] 
Marx se esfuerza en hacer comprender que el capitalismo no es fruto de ninguna injusticia humana, ni de un azar histórico, sino que es una fase impuesta como ineludible necesidad por el proceso histórico de la sociedad que transcurre impuesto por las exigencias del incesante e imparable desarrollo de las capacidades creadoras de las fuerzas productivas.

Marx entiende que no es el capitalismo producto de los capitalistas, sino al revés. Los capitalistas son un producto de una fase del desarrollo histórico de las fuerzas productivas de la sociedad que llamamos capitalismo; por eso la revolución del proletariado está justificada en orden de acelerar la síntesis final para implantar el socialismo. Pero sin ella esta fase capitalista también llegará por fuerza interna del mismo capitalismo a su fin, ya que a medida que este crece va labrando su propia destrucción.
Por tanto, puede concluir Marx, de acuerdo con la base materialista de su interpretación, que “el modo de producción de la vida material determina en general el proceso social, político e intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre la que condiciona su manera de ser, sino que es su manera de ser social la que determina su conciencia”. Es decir, las ideas, creencias, etc… son una superestructura edificada sobre la base real de la sociedad que es el trabajo, o sea, el modo de producción de la vida material, o lo que es lo mismo, el desarrollo incesante de las fuerzas productivas; y cuya evolución sigue rigurosamente su curso.

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