Por: Blanca Parfait
Fuente: http://www.konvergencias.net
Comenzar con una pregunta puede parecer extraño, pues supone una duda o inquietud donde debería, tal vez, existir una afirmación. Pero es propio de la filosofía someter a duda lo que parece ser evidente de suyo, para poder así, una vez despejado el camino del seudoconocimiento, iniciar la senda desde nuevos fundamentos.
Nos proponemos, pues, recurrir a alguna de las tantas frases que se repiten cotidianamente e iniciar nuestro trabajo. Tomemos, por ejemplo, la tan oída afirmación referente a nuestra cultura: “somos occidentales”. Nuestra pregunta es, ¿qué significa ser occidental?¿Podrá la filosofía responder? Ella cuenta solamente con la palabra, mas esta, como vehículo de ideas, le es tan preciosa como lo es el bisturí al cirujano.
Por ello, si podemos establecer un nexo de unión entre el lenguaje que hablamos y el comienzo de lo que llamamos Occidente, habremos encontrado la huella en la búsqueda del sentido originario.
Se afirma que Occidente comienza en Grecia y, si somos sus descendientes, deberíamos hallar en las palabras que hablamos la impronta griega. ¿Nos acercarán las palabras a ese saber de lejanías? Intentémoslo, por ejemplo, con los vocablos que designan las disciplinas que hemos estudiado en la escuela. Así, sabemos que bio-logía significa el estudio de la vida (con lo cual delimitamos el campo entre lo que es bíos – vida- y lo que no lo es); psico-logía, el estudio de la psiquis (y, así, lo entendemos como algo distinto del cuerpo); geo-grafía es el estudio o “lectura” de lo que está inscripto en la tierra, y así estudiamos los mares, las montañas y las llanuras, y también las naciones en cuanto se inscriben en la tierra. También estudiamos historia, que es “lo digno de ser contado”; la vida nuestra y la de los pueblos está conformada por innumerables sucesos nimios que no son “dignos” de ser contados -señalamos, al pasar, que la palabra digno está aludiendo a un valor reconocido como tal y del cual depende el enfoque histórico-. La matemática, en cambio, no admite valores, ya que significa “lo que se enseña y se aprende de la misma manera”; y por ello, porque no hay discusión posible ante la fijeza del número, llamamos a esta disciplina ciencia exacta, mas también podemos entenderla como “lo que sabemos desde siempre” y que es lo que no puede ser deducido a partir de la experiencia. Los números y las figuras geométricas son aprehendidos por todos de la misma manera, y este aprehender o captar es totalmente independiente del momento en que los “aprendemos” en el aula. De algún modo, los “sabemos” y porque “sabemos” los números podemos aplicarlos (contar) a las cosas. Así, cuando nos “enseñan -en los primeros grados- que una manzana más una manzana es igual a dos manzanas, y no vemos ni olemos, ni sentimos el uno sino que vemos, olemos o saboreamos manzanas (pues ver, oler o saborear son datos de la experiencia), al uno lo reconocemos porque ya lo “sabemos” y, por ende, lo podemos aplicar.
Las disciplinas y las palabras son griegas y denotan el modo de pensar de ese pueblo; y si hemos podido emprender estas relaciones es porque la senda cultural está aún viva. Si podemos remontarnos a los griegos es porque somos, de algún modo, griegos, porque nuestra lengua conserva las ideas que ellos pensaron y que nos posibilitan pensar a nosotros. Este pequeño eslabón cultural que hemos hecho nos permite reconocernos en esa cultura; nuestras palabras resuenan con sus ecos, pensamos con las ideas que ellos nos dejaron, somos como ellos nos hicieron.
No podríamos hacerlo con otra cultura, la egipcia, por ejemplo, porque hay un hiato que no podemos llenar; su lengua, sus simbolismos y sus ideas no son los nuestros, todo es extraño para nosotros. La familiaridad de nuestra cultura para con la cultura griega es símbolo de pertenencia o identidad cultural.
Con Grecia ha comenzado Occidente, su manera de pensar, sus ideas y valores, y en tanto persistan, Occidente seguirá vivo. Pero también con Grecia ha comenzado el pensar filosófico, que es el que nos ha permitido hacer estas pequeñas reflexiones; porque la filosofía posee lo que Platón -ese regalo que los dioses hicieron a Grecia- llamó la actividad sinóptica, es decir, la capacidad de unir los hilos dispersos en un haz único y así mostrar las relaciones que, de otro modo, permanecerían ocultas. Porque el trabajo filosófico es bucear en las profundidades, y poder dar vueltas sobre sí mismo inquiriendo una y otra vez, la pregunta es el eje de su tarea. Si alguien puede preguntar es porque algo lo asombra y porque mantiene aún vivo e inquieto su espíritu. Preguntar es pensar y pensar es filosofar. Pero ese pensar, debemos aclararlo, no es un discurrir con simple curiosidad sobre algo ni tampoco detenerse en lo que nos resulta útil para cada día, sino que se trata, más bien, del modo en que se formula la pregunta, de indagar en las ideas que habitualmente se usan pero no se entienden.Por eso, filosofía hoy y siempre, para mantener vivas las mismas y eternas cuestiones pero con perspectivas cada vez más hondas, aquellas que iluminan los inquietantes problemas del hombre. Porque cuando la frivolidad, la mediocridad y el desencanto muerden la existencia, cuando quedan, hombres y pueblos, desorientados y solos, sin norte ni guía, seguramente desfilarán ante sus ojos perdidos las eternas preguntas: ¿qué es el hombre?, ¿qué es la libertad?, ¿en qué consiste la vida y por qué la muerte? Ese será el momento en que la filosofía dará su respuesta, largamente trabajada en el fructífero silencio, y nos hará la vida digna de ser vivida.
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