Por: Oriol
www.ellaberinto.net (Noviembre 2004)
….Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.
La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados…
(Marx – Engels, Manifiesto Comunista 1872)
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Estas palabras publicadas en el verano de 1872 fueron el origen de un movimiento político que por su amplitud, su inmensa fuerza transformadora de una realidad cruel, injusta y degradante para la condición humana, deberían sonarnos hoy, después de 132 años, a rancias y superadas por el acontecer histórico. Y sin embargo, ¿quién, de todos los que aun conservan una pequeña chispa de aquella fuerza que sacudió los pilares de la sociedad capitalista, osaría cambiar una sola coma o acento de las tajantes y concretas afirmaciones, que una tras otra, sin solución de continuidad, van desgranándose?.
Las predicciones sobre el futuro de una sociedad basada en transformar las relaciones entre los individuos que la conforman en simples valores de cambio, donde los derechos y las libertades reales quedan reducidas a una sola, la libertad de comercio, o lo que es lo mismo, la libertad total e intocable para el capital, concluyen que esta está destinada a estallar entre un mar de violencia, miseria y desolación, tal como está ocurriendo ya hoy, en forma de un inacabable rosario de guerras, destrucción de la naturaleza y de terrorismo generalizado.
Si el Manifiesto Comunista continua siendo hoy uno de los libros más leídos y estudiados se debe al rigor del análisis que contiene. Mientras exista la sociedad capitalista y cuanto mas esta se desarrolle, sus palabras sonarán a más certeza; porque son el fruto de una necesidad que con el transcurso del tiempo, lejos de adormecerse crece impetuosamente. Desde 1872 se han producido varias de las crisis capitalistas anunciadas por el Manifiesto, cada una más violenta que la anterior, confirmando el mecanismo necesario y esencial de destrucción para mantener en pie la sociedad capitalista. Sin embargo, este mecanismo llevado hasta sus ultimas consecuencias aparece ya hoy, como catastrófico. Mientras la destrucción de fuerzas productivas se ha convertido en una constante, independientemente de los clásicos ciclos económicos de expansión – recesión, la contrapartida de la creación o conquista de nuevos mercados no puede ser realizada sobre la base de generalizar el trabajo asalariado. No existen nuevos mercados por desarrollar sin que esto suponga inmediatamente un exacerbamiento de la crisis.
Marx y Engels conocieron los primeros pasos de la gestación del capitalismo industrial. Para ellos y acertadamente, el mercado no podía ser concebido sin la incorporación de ingentes masas de trabajo asalariado provenientes del campesinado y del artesanado. Daban por sentado que todos los países podían desarrollarse con una estructura similar y que esta era la razón esencial de que periódicamente se desataran las crisis, crisis que no hace falta decirlo, serian siempre de sobre producción. Los mercados coloniales fueron para ellos no como sociedades capitalistas, sino como exportadores de materias primas para ser transformadas en las metrópolis. Solo a partir de su independencia política podían estructurarse en un mercado real. Marx y Engels solo pudieron sopesar las consecuencias de la primera revolución industrial, de las primeras crisis en las que el trabajo asalariado empezó a ser destruido para posteriormente ser expandido y de sus observaciones ya pudieron deducir que este vaivén no podía ser eterno, que sus limites no podían ser alejados sin cesar.
…Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el régimen de la propiedad burguesa; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de la otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas…
(Marx, Engels, Manifiesto Comunista)
Hoy, la llamada sociedad burguesa vive atemorizada sin encontrar los medios de prevención de la crisis que ya de forma permanente se ha instaurado en la sociedad. Percibe que las buenas épocas de recuperación económica no volverán de nuevo y que la tormenta no hace más que tornarse más violenta y más extensa. Esa percepción es alimentada constantemente por los hechos que aun siendo burdamente manipulados por los grandes medios de comunicación burgueses, no pueden ser ocultados. El intento de ordenar la sociedad burguesa tomando como ejemplo la conquista del petróleo iraquí da como resultado un alza espectacular de los precios del crudo; todo lo contrario de lo que los economistas burgueses afirmaron. La teoría económica burguesa solo existe en un mundo ideal, ilusorio. Con un consumo mundial de petróleo alrededor de los 78 millones de barriles diarios y con una producción cercana a los 81 millones de barriles después del aumento de la producción iraquí, los precios deberían deslizarse a la baja con claridad. Sin embargo ocurre lo contrario. Igual sucede con el terrorismo al que se le declara una guerra permanente y el resultado es su expansión a todo el mundo. En eso consiste precisamente la amenaza en que vive la sociedad burguesa y su precipitación en el desorden. La humanidad en su conjunto está muy por delante del estrecho marco de las relaciones burguesas que pretenden encuadrarla, de ahí que los únicos medios que puede utilizar la burguesía sean la violencia y su fuerza destructiva, pues en el fondo, lo que se está dirimiendo no es como retornar a los raíles un tren descarrilado, sino la esencia misma de una sociedad basada en la propiedad particular de todos los medios de producción, incluidos aquellos que como el agua, son estrictamente de subsistencia.
…Mas para poder oprimir a una clase, es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende cada vez más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria; la pobreza crece más rápidamente todavía que la población y que la riqueza. Es, pues, evidente que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle decaer hasta el punto de tener que mantenerlo, en lugar de ser mantenida por él. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación; lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad. La condición esencial de la existencia y de la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y el acrecentamiento del capital…
(Marx, Engels: Manifiesto Comunista)
Si esta era la conclusión a que se llegaba en 1872, en nuestros días podríamos añadir algunos hechos más que la reafirmarían ampliamente:
Millones de personas en Africa, Asia, América del Sur y Central, se ven obligados a huir de la miseria generada por el sistema burgués acumulador de todas las riquezas creadas por el trabajo humano. En Europa, cuna de su nacimiento, esta clase explotadora proclama a los cuatro vientos que no puede continuar manteniendo a los que ella misma arrojó al pozo de los sin trabajo. Para conquistar y preservar el sagrado derecho del Capital es necesario suprimir todos los demás derechos y libertades. Subsidios familiares, de paro, pensiones de jubilación y todo aquello que fue conquistado desde 1949, deben ahora ser suprimidos. Solo una cosa debe permanecer: Su propiedad privada.
La propiedad privada es la condición existencial de la sociedad burguesa que llevada hasta sus ultimas consecuencias se niega a si misma. 132 años han sido suficientes para despojar al Manifiesto del aura romántica y literaria que indudablemente posee, para erigirse en una obra de carácter eminentemente científica. Los datos así lo corroboran:
De las 100 mayores empresas del mundo, 51 son transnacionales privadas, alguna de las cuales como Wal-Mart, manejan un volumen de negocio superior al PIB de países como Austria. Y mientras las mega empresas se apropian del mundo, el trabajo discurre por la senda contraria: en los últimos 20 años el salario real medio de los trabajadores estadounidenses ha caído un 20%., un tercio de la población ha sido bautizado atendiendo a esta baja de salarios con el expresivo nombre de » working poors» o con el más preciso de «under class».
Si en la década de los 80 los sociólogos acuñaron el concepto de la sociedad de los dos tercios, (un tercio de ricos y dos tercios de «que se las apañen como puedan», hoy han puesto de moda el termino de los cuatro quintos mas frecuentemente llamado la ley del 20/80: Un 20% de gente imprescindible y un 80% de gente prescindible o sobrable. Cuando la propiedad privada se erige en la piedra angular de la sociedad, su concentración cada vez en menos manos, es la consecuencia inevitable. Una sociedad de propietarios de inmensas extensiones de tierras, bosques, lagos, minas y bolsas de petróleo, junto a legiones de sin tierra, sin trabajo, sin comida, sin agua, sin electricidad, sin teléfono, sin nada. Estos son los hechos que ponen en vigencia permanente el llamado del Manifiesto a una revolución comunista.
Por que recordar el Manifiesto Comunista
Básicamente hay dos razones para ello; la primera se refiere al debate sobre la ideología que tanta importancia tuvo en su época, hasta el punto de dividir a la sociedad en dos partes enfrentadas que pugnaron por imponer sus modelos sociales desde finales del siglo XIX hasta bien entrada la 2ª mitad del XX. En este apartado el Manifiesto afirma que cada persona (y esto es valido también para cada sociedad histórica), posee una ideología característica, una forma de pensar propia, una concepción de la libertad, de la política, del derecho, de la moral, de la religión, de la ética, de la propiedad, de la belleza, del arte… Pero todo ello es el resultado de la estructura económica y productiva de cada sociedad en cada momento histórico. La ideología puede parecer como algo que diferencia a los individuos en sus comportamientos sociales, en sus concepciones sobre la educación de los hijos, la familia, pero lo que el Manifiesto pone en primer plano es que lo que genera las ideas de los hombres es el ambiente económico y productivo en el que viven.
La segunda razón por la cual evocamos el Manifiesto es por que pone de relieve que desde muy antiguo, desde prácticamente los inicios de la Historia, todas las sociedades han sido explotadoras del trabajo humano, desde las mas antiguas sociedades esclavistas hasta las mas modernas sociedades capitalistas. Cuando un esclavista compra un esclavo, lo que está haciendo, es comprar su fuerza de trabajo con la intención de hacerle trabajar y sacar un beneficio. El coste del esclavo, más lo que le cueste su manutención hasta su muerte, deben ser inferiores, a lo que obtenga de vender lo producido por el esclavo. Cuando un capitalista contrata a un obrero, lo que verdaderamente está comprando, es su fuerza de trabajo, por la que le paga un salario. Pero al igual que en el caso del esclavista, sólo querrá comprar esta fuerza de trabajo, si obtiene de ello un beneficio o plusvalía. Lo que obtenga de vender lo producido por el obrero, tiene que proporcionarle un beneficio, de lo contrario no le contratará, y este se quedará en el paro.
El nexo de unión, del materialismo histórico y de la explotación del hombre por el hombre en todas las sociedades hasta el momento, se encuentra en la ideología de clase. Por una parte, al analizar el curso de la historia, Marx y Engels se dieron cuenta de que la ideología oficial de todas las sociedades, estaba determinada por condicionamientos económicos. Por otra, se percataron de que aunque en tiempos prehistóricos no sucediese así, ya desde el principio de la historia, todas las sociedades habían sido sociedades explotadoras, en las que unos hombres se apoderan del trabajo de otros. Al analizar las ideas sociales, se dieron cuenta de que estas estaban determinadas principalmente por los intereses económicos de las clases dominantes. Que en todas las sociedades históricas, la justicia, el derecho, la estética, la filosofía, la política, el estado, la moral, la sexualidad, la ética o la religión; no son neutrales o imparciales, sino que son un complemento indispensable para apoyar y sustentar la explotación de la clase explotadora.
Por ejemplo, al analizar las diversas civilizaciones esclavistas de la antigüedad, observamos que su derecho es esclavista, su religión es esclavista, su moral es esclavista, su ética es esclavista, y en general que la verdad oficial y el pensamiento único de todas ellas, considera que la esclavitud es justa y necesaria. Que es imprescindible, digna, moral, ética y querida por los dioses. Que es beneficiosa para dueños y esclavos.
De la misma forma, actualmente la ideología oficial y el pensamiento único burgués, con todas sus constituciones burguesas, sus derechos humanos burgueses, su dignidad burguesa de la persona y todo el resto del entramado ideológico burgués, como el sistema familiar, el jurídico, el religioso, el sexual o el político, está destinado a facilitar la explotación capitalista de los obreros.
Engels explicó en el entierro de Marx, de forma muy simple y sencilla, para que pudieran entenderlo las pocas personas allí presentes, sus dos grandes descubrimientos: «Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana. El hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse; antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc. Que por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos y materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época, es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres, y con arreglo a la cual deben por tanto explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no sólo es eso. Marx también descubrió la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista, y la sociedad burguesa que este origina. El descubrimiento de la plusvalía, iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses, como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas.».
Marx hace dos descubrimientos primordiales. Por una parte, que el capitalista siempre obtiene una plusvalía o beneficio, con el que explota al obrero. Por otro, que en todas las épocas históricas ha existido esa explotación, y que los sistemas económicos y productivos en que se han asentado las distintas formas de explotación a través de los tiempos, son los que han generado las ideologías de las distintas épocas históricas. Estas ideologías o estructuras de pensamiento social, como es lógico, defienden y sustentan el sistema de explotación existente en cada sociedad.
Por todo lo expuesto, hay que abandonar todo razonamiento de tipo ideológico y razonar desde puntos de vista económicos y materialistas, para no caer en las trampas ideológicas de los explotadores. Hay que desmontar esas trampas ideológicas, que constituyen sus armas. Las ideas sociales son subjetivas y varían en cada lugar y en cada momento histórico, los razonamientos materialistas son objetivos e invariables, permaneciendo inmutables a lo largo de los tiempos.
Marx y Engels no condenan la explotación del hombre por el hombre porque la consideren injusta, moralmente mala, éticamente reprobable o por cualquier otra causa ideológica. Lo que les dicen a los trabajadores, es que deben oponerse a esta explotación, porque para ellos es material y económicamente lesiva. Por ello deben unirse, para defender con más fuerza sus intereses materiales.
En su biografía de Marx, Engels nos vuelve a informar de los dos grandes descubrimientos de Marx: «El primero, es la revolución que ha llevado a cabo en toda la concepción de la historia universal. Hasta aquí, toda la concepción de la historia descansaba en el supuesto, de que las últimas causas de todas las transformaciones históricas, habían de buscarse en los cambios que se operan en las ideas de los hombres, y que de todos los cambios, los más importantes, los que regían toda la historia, eran los políticos. No se preguntaban, de dónde les vienen a los hombres las ideas, ni cuáles son las causas motrices de los cambios políticos… Pues bien, Marx demostró, que toda la historia de la humanidad, hasta hoy, es una historia de luchas de clases, que todas las luchas políticas, tan variadas y complejas, sólo giran en torno al poder social y político de unas u otras clases sociales; por parte de las clases viejas, para conservar el poder, y por parte de las clases nuevas ascendentes, para conquistarlo… Situándose en este punto de vista – siempre y cuando que se conozca suficientemente la situación económica de la sociedad en cada época, conocimientos de los que ciertamente, carecen totalmente nuestros historiadores profesionales- se explican del modo más sencillo todos los fenómenos históricos, y asimismo se explican con la mayor sencillez los conceptos y las ideas de cada período histórico, partiendo de las condiciones económicas de vida y de las relaciones sociales y políticas de ese período, condicionadas a su vez por aquéllas. Por primera vez, se erigía la historia sobre su verdadera base.».
Los cambios políticos a lo largo de la historia, no se originan simplemente porque la gente cambie de ideas políticas, sino porque los cambios económicos originan nuevas clases sociales o modifican las ya existentes, y estas nuevas clases sociales, que han surgido gracias a nuevos sistemas productivos y económicos, lógicamente, tienen ideas distintas a las anteriores. Se origina entonces una pugna, entre las ideas de la clase social dominante, asentada en su sistema económico de explotación, y las de la clase ascendente, asentadas en los nuevos sistemas económicos y productivos que la han creado. Estos continuos enfrentamientos entre clases sociales, con sus ideas políticas asentadas inconscientemente en sus intereses económicos, son la verdadera base y el verdadero motor de la historia.
«El segundo descubrimiento importante de Marx, consiste en haber puesto definitivamente en claro, la relación entre el capital y el trabajo. En otras palabras, en haber descubierto cómo se produce dentro de la sociedad actual, con el modo de producción capitalista, la explotación del obrero por el capitalista… El actual modo de producción capitalista, tiene como premisa la existencia de dos clases sociales. De una parte los capitalistas, que se hallan en posesión de los medios de producción y de sustento, y de otra parte, los proletarios, que excluidos de esta posesión, sólo tienen una mercancía que vender: su fuerza de trabajo. Mercancía, que por tanto, no tienen más remedio que vender, para adquirir los medios de sustento más indispensables.».
Transcurrido más de un siglo desde la publicación del Manifiesto Comunista y cuando los fantasmas del Comunismo parecían haber sido alejados definitivamente del escenario político, de nuevo surgen reforzados por las experiencias de multitud de luchas a lo largo y ancho del planeta. Los motores de estas luchas continúan siendo los mismos que antaño: salarios por debajo de los niveles de subsistencia, campesinos sin tierra que trabajar, naciones y pueblos condenados a la miseria general, destrucción y saqueo de los recursos naturales, guerras de conquista…; pero aunque las causas continúen siendo las mismas no sucede lo mismo con las formas organizativas que estas luchas se dan. Desde el Manifiesto hasta hoy y a través de un largo proceso, se ha venido gestando uno de los fenómenos mas importantes que marcará la época venidera: la bancarrota política, ética y moral de todas las organizaciones políticas que bajo el nombre común de Partidos Comunistas, Socialistas y Social demócratas, habían intentado la aventura de cambiar el rumbo por las sendas del oportunismo, el economismo y el posibilismo de las reformas de un sistema que hace aguas por todos los costados. Esas organizaciones, la mayoría de las cuales están enfrascadas en borrar de su curriculum todas las señas de identidad que pudieran orientar sus orígenes, aparecen frente al vilipendiado «espontaneismo» de los explotados como lo que realmente son: socialistas pequeño burgueses apeados de la historia a los que K. Marx en «Miseria de la Filosofía» se refirió con las siguientes palabras:
«»Para tranquilizar su conciencia, hacen cuanto está en su mano por ocultar las contradicciones reales de la sociedad, a la par que deploran sinceramente la pobreza de los obreros y la desenfrenada competencia de la burguesía. Recomiendan a los trabajadores sobriedad, diligencia en el trabajo, y limitación en el número de hijos, y a los burgueses les aconsejan que moderen su apetito de producción.». En resumidas cuentas: unos llorones sin valentía, no sólo para resolver nada, sino que no tienen cojones ni para descubrir la verdad.
La miseria de la Izquierda
Seguro que quien quiera esclarecer donde empezó la miseria de la izquierda política se encontrará en verdaderas dificultades. La historia nos lleva de la mano por un torrente de luchas, formulaciones teóricas, asaltos al poder, luchas ideológicas, revoluciones y guerras civiles. Desde antes de la Comuna de París, pasando por la revolución bolchevique, la guerra civil española, la revolución china o las incontables huelgas e insurrecciones en todo el mundo, la izquierda ha estado siempre presente abanderando el alumbramiento de un orden social superior. Justicia, Igualdad, Libertad, Solidaridad, Democracia, han sido banderas de millones de trabajadores en su lucha contra la explotación del ser humano y también han sido santo y seña de la izquierda política. Aun hoy estos valores continúan siendo las señas de identidad para la mayoría de los trabajadores que creen y luchan por una vida mas digna y libre de la opresión del capital. Tal vez muy pocos lleguen a descubrir como y de que manera un movimiento político como ha sido el de la izquierda, que ha organizado y dirigido impresionantes sindicatos de clase, soviets y consejos obreros, que ha englobado en partidos auténticamente de masas a millones de luchadores por la emancipación de los trabajadores de todo el mundo, ha devenido en un club de privilegiados que se arrastran por la obtención de un escaño en cualquier parlamento burgués. Algunos, ya mas numerosos, han podido descubrir que a pesar de haber conquistado el gobierno una y otra vez en la mayoría de los países mas adelantados de la Europa del Capital, la situación no ha cambiado a mejor, sino muchas de las veces a peor. Y otros, ya una inmensa mayoría, han dictado su sentencia renunciando a comprender: «Que se vayan todos», gritan en Argentina.
Tal vez no lleguemos a saber nunca donde empezó a gestarse esta miseria de la izquierda, como muchos se encumbraron en la cima del poder y de los negocios, como traicionaron a los militantes y a las masas que habían depositado en ellos su confianza y sus vidas. La historia está llena de esas miserables historias. Ni la gran biblioteca de Alejandría bastaría para contenerlas a todas.
Aunque nos sea difícil saber como empezó esta miseria, por el contrario nos resulta extremadamente fácil identificarla en nuestros días. Hoy vemos a esa izquierda balbuceante en los mullidos asientos de los parlamentos, en los bien pagados y liberados despachos de los sindicatos, algunos hasta en los palacetes de los ministerios afanados en garantizar que el Capital continúe gozando de buena salud y otros, los menos, todavía batallando como si la historia se hubiera detenido o suspendido para el resto de sus días. La miseria de esa izquierda salta a la vista cada vez que un jefe de un sindicato estampa su firma en una reducción de plantilla laboral, cada vez que un líder político llega al parlamento o al gobierno capitalista y les jura fidelidad, cada vez que un bosnio, un servio o un croata caen bajo las bombas de la OTAN, cada vez que un palestino es asesinado, cada vez que cae un iraquí, un sudanés hambriento, un angoleño, un afgano…. La miseria de esa izquierda está en su complicidad, en su colaboración con las fuerzas más reaccionarias de la sociedad, está en sus victorias electorales, en sus silencios ante los genocidios, en sus apoyos a Kerry, a Lula o a Kirchner.
Recordar el Manifiesto no es una manifestación de añoranza de nuestro pasado, es mucho más. Es poner en los platos de la balanza los hechos históricos que han desembocado en la actual situación de barbarie de la civilización capitalista. Se trata de acabar con las ataduras que tratan de frenar las nuevas luchas que emergen por doquier, que quieren vaciar de todo contenido revolucionario los intentos de construir una nueva sociedad libre de la explotación del hombre por el hombre.
Se trata de echar por la borda un pesado lastre que intenta mantener la nave de la humanidad, anclada en las pútridas aguas del capitalismo depredador y parasitario.
Oriol, Noviembre 2004
…Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.
La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados…
(Marx – Engels, Manifiesto Comunista 1872)
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Estas palabras publicadas en el verano de 1872 fueron el origen de un movimiento político que por su amplitud, su inmensa fuerza transformadora de una realidad cruel, injusta y degradante para la condición humana, deberían sonarnos hoy, después de 132 años, a rancias y superadas por el acontecer histórico. Y sin embargo, ¿quién, de todos los que aun conservan una pequeña chispa de aquella fuerza que sacudió los pilares de la sociedad capitalista, osaría cambiar una sola coma o acento de las tajantes y concretas afirmaciones, que una tras otra, sin solución de continuidad, van desgranándose?.
Las predicciones sobre el futuro de una sociedad basada en transformar las relaciones entre los individuos que la conforman en simples valores de cambio, donde los derechos y las libertades reales quedan reducidas a una sola, la libertad de comercio, o lo que es lo mismo, la libertad total e intocable para el capital, concluyen que esta está destinada a estallar entre un mar de violencia, miseria y desolación, tal como está ocurriendo ya hoy, en forma de un inacabable rosario de guerras, destrucción de la naturaleza y de terrorismo generalizado.
Si el Manifiesto Comunista continua siendo hoy uno de los libros más leídos y estudiados se debe al rigor del análisis que contiene. Mientras exista la sociedad capitalista y cuanto mas esta se desarrolle, sus palabras sonarán a más certeza; porque son el fruto de una necesidad que con el transcurso del tiempo, lejos de adormecerse crece impetuosamente. Desde 1872 se han producido varias de las crisis capitalistas anunciadas por el Manifiesto, cada una más violenta que la anterior, confirmando el mecanismo necesario y esencial de destrucción para mantener en pie la sociedad capitalista. Sin embargo, este mecanismo llevado hasta sus ultimas consecuencias aparece ya hoy, como catastrófico. Mientras la destrucción de fuerzas productivas se ha convertido en una constante, independientemente de los clásicos ciclos económicos de expansión – recesión, la contrapartida de la creación o conquista de nuevos mercados no puede ser realizada sobre la base de generalizar el trabajo asalariado. No existen nuevos mercados por desarrollar sin que esto suponga inmediatamente un exacerbamiento de la crisis.
Marx y Engels conocieron los primeros pasos de la gestación del capitalismo industrial. Para ellos y acertadamente, el mercado no podía ser concebido sin la incorporación de ingentes masas de trabajo asalariado provenientes del campesinado y del artesanado. Daban por sentado que todos los países podían desarrollarse con una estructura similar y que esta era la razón esencial de que periódicamente se desataran las crisis, crisis que no hace falta decirlo, serian siempre de sobre producción. Los mercados coloniales fueron para ellos no como sociedades capitalistas, sino como exportadores de materias primas para ser transformadas en las metrópolis. Solo a partir de su independencia política podían estructurarse en un mercado real. Marx y Engels solo pudieron sopesar las consecuencias de la primera revolución industrial, de las primeras crisis en las que el trabajo asalariado empezó a ser destruido para posteriormente ser expandido y de sus observaciones ya pudieron deducir que este vaivén no podía ser eterno, que sus limites no podían ser alejados sin cesar.
…Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el régimen de la propiedad burguesa; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de la otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas…
(Marx, Engels, Manifiesto Comunista)
Hoy, la llamada sociedad burguesa vive atemorizada sin encontrar los medios de prevención de la crisis que ya de forma permanente se ha instaurado en la sociedad. Percibe que las buenas épocas de recuperación económica no volverán de nuevo y que la tormenta no hace más que tornarse más violenta y más extensa. Esa percepción es alimentada constantemente por los hechos que aun siendo burdamente manipulados por los grandes medios de comunicación burgueses, no pueden ser ocultados. El intento de ordenar la sociedad burguesa tomando como ejemplo la conquista del petróleo iraquí da como resultado un alza espectacular de los precios del crudo; todo lo contrario de lo que los economistas burgueses afirmaron. La teoría económica burguesa solo existe en un mundo ideal, ilusorio. Con un consumo mundial de petróleo alrededor de los 78 millones de barriles diarios y con una producción cercana a los 81 millones de barriles después del aumento de la producción iraquí, los precios deberían deslizarse a la baja con claridad. Sin embargo ocurre lo contrario. Igual sucede con el terrorismo al que se le declara una guerra permanente y el resultado es su expansión a todo el mundo. En eso consiste precisamente la amenaza en que vive la sociedad burguesa y su precipitación en el desorden. La humanidad en su conjunto está muy por delante del estrecho marco de las relaciones burguesas que pretenden encuadrarla, de ahí que los únicos medios que puede utilizar la burguesía sean la violencia y su fuerza destructiva, pues en el fondo, lo que se está dirimiendo no es como retornar a los raíles un tren descarrilado, sino la esencia misma de una sociedad basada en la propiedad particular de todos los medios de producción, incluidos aquellos que como el agua, son estrictamente de subsistencia.
…Mas para poder oprimir a una clase, es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende cada vez más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria; la pobreza crece más rápidamente todavía que la población y que la riqueza. Es, pues, evidente que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle decaer hasta el punto de tener que mantenerlo, en lugar de ser mantenida por él. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación; lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad. La condición esencial de la existencia y de la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y el acrecentamiento del capital…
(Marx, Engels: Manifiesto Comunista)
Si esta era la conclusión a que se llegaba en 1872, en nuestros días podríamos añadir algunos hechos más que la reafirmarían ampliamente:
Millones de personas en Africa, Asia, América del Sur y Central, se ven obligados a huir de la miseria generada por el sistema burgués acumulador de todas las riquezas creadas por el trabajo humano. En Europa, cuna de su nacimiento, esta clase explotadora proclama a los cuatro vientos que no puede continuar manteniendo a los que ella misma arrojó al pozo de los sin trabajo. Para conquistar y preservar el sagrado derecho del Capital es necesario suprimir todos los demás derechos y libertades. Subsidios familiares, de paro, pensiones de jubilación y todo aquello que fue conquistado desde 1949, deben ahora ser suprimidos. Solo una cosa debe permanecer: Su propiedad privada.
La propiedad privada es la condición existencial de la sociedad burguesa que llevada hasta sus ultimas consecuencias se niega a si misma. 132 años han sido suficientes para despojar al Manifiesto del aura romántica y literaria que indudablemente posee, para erigirse en una obra de carácter eminentemente científica. Los datos así lo corroboran:
De las 100 mayores empresas del mundo, 51 son transnacionales privadas, alguna de las cuales como Wal-Mart, manejan un volumen de negocio superior al PIB de países como Austria. Y mientras las mega empresas se apropian del mundo, el trabajo discurre por la senda contraria: en los últimos 20 años el salario real medio de los trabajadores estadounidenses ha caído un 20%., un tercio de la población ha sido bautizado atendiendo a esta baja de salarios con el expresivo nombre de » working poors» o con el más preciso de «under class».
Si en la década de los 80 los sociólogos acuñaron el concepto de la sociedad de los dos tercios, (un tercio de ricos y dos tercios de «que se las apañen como puedan», hoy han puesto de moda el termino de los cuatro quintos mas frecuentemente llamado la ley del 20/80: Un 20% de gente imprescindible y un 80% de gente prescindible o sobrable. Cuando la propiedad privada se erige en la piedra angular de la sociedad, su concentración cada vez en menos manos, es la consecuencia inevitable. Una sociedad de propietarios de inmensas extensiones de tierras, bosques, lagos, minas y bolsas de petróleo, junto a legiones de sin tierra, sin trabajo, sin comida, sin agua, sin electricidad, sin teléfono, sin nada. Estos son los hechos que ponen en vigencia permanente el llamado del Manifiesto a una revolución comunista.
Por que recordar el Manifiesto Comunista
Básicamente hay dos razones para ello; la primera se refiere al debate sobre la ideología que tanta importancia tuvo en su época, hasta el punto de dividir a la sociedad en dos partes enfrentadas que pugnaron por imponer sus modelos sociales desde finales del siglo XIX hasta bien entrada la 2ª mitad del XX. En este apartado el Manifiesto afirma que cada persona (y esto es valido también para cada sociedad histórica), posee una ideología característica, una forma de pensar propia, una concepción de la libertad, de la política, del derecho, de la moral, de la religión, de la ética, de la propiedad, de la belleza, del arte… Pero todo ello es el resultado de la estructura económica y productiva de cada sociedad en cada momento histórico. La ideología puede parecer como algo que diferencia a los individuos en sus comportamientos sociales, en sus concepciones sobre la educación de los hijos, la familia, pero lo que el Manifiesto pone en primer plano es que lo que genera las ideas de los hombres es el ambiente económico y productivo en el que viven.
La segunda razón por la cual evocamos el Manifiesto es por que pone de relieve que desde muy antiguo, desde prácticamente los inicios de la Historia, todas las sociedades han sido explotadoras del trabajo humano, desde las mas antiguas sociedades esclavistas hasta las mas modernas sociedades capitalistas. Cuando un esclavista compra un esclavo, lo que está haciendo, es comprar su fuerza de trabajo con la intención de hacerle trabajar y sacar un beneficio. El coste del esclavo, más lo que le cueste su manutención hasta su muerte, deben ser inferiores, a lo que obtenga de vender lo producido por el esclavo. Cuando un capitalista contrata a un obrero, lo que verdaderamente está comprando, es su fuerza de trabajo, por la que le paga un salario. Pero al igual que en el caso del esclavista, sólo querrá comprar esta fuerza de trabajo, si obtiene de ello un beneficio o plusvalía. Lo que obtenga de vender lo producido por el obrero, tiene que proporcionarle un beneficio, de lo contrario no le contratará, y este se quedará en el paro.
El nexo de unión, del materialismo histórico y de la explotación del hombre por el hombre en todas las sociedades hasta el momento, se encuentra en la ideología de clase. Por una parte, al analizar el curso de la historia, Marx y Engels se dieron cuenta de que la ideología oficial de todas las sociedades, estaba determinada por condicionamientos económicos. Por otra, se percataron de que aunque en tiempos prehistóricos no sucediese así, ya desde el principio de la historia, todas las sociedades habían sido sociedades explotadoras, en las que unos hombres se apoderan del trabajo de otros. Al analizar las ideas sociales, se dieron cuenta de que estas estaban determinadas principalmente por los intereses económicos de las clases dominantes. Que en todas las sociedades históricas, la justicia, el derecho, la estética, la filosofía, la política, el estado, la moral, la sexualidad, la ética o la religión; no son neutrales o imparciales, sino que son un complemento indispensable para apoyar y sustentar la explotación de la clase explotadora.
Por ejemplo, al analizar las diversas civilizaciones esclavistas de la antigüedad, observamos que su derecho es esclavista, su religión es esclavista, su moral es esclavista, su ética es esclavista, y en general que la verdad oficial y el pensamiento único de todas ellas, considera que la esclavitud es justa y necesaria. Que es imprescindible, digna, moral, ética y querida por los dioses. Que es beneficiosa para dueños y esclavos.
De la misma forma, actualmente la ideología oficial y el pensamiento único burgués, con todas sus constituciones burguesas, sus derechos humanos burgueses, su dignidad burguesa de la persona y todo el resto del entramado ideológico burgués, como el sistema familiar, el jurídico, el religioso, el sexual o el político, está destinado a facilitar la explotación capitalista de los obreros.
Engels explicó en el entierro de Marx, de forma muy simple y sencilla, para que pudieran entenderlo las pocas personas allí presentes, sus dos grandes descubrimientos: «Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana. El hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse; antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc. Que por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos y materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época, es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres, y con arreglo a la cual deben por tanto explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no sólo es eso. Marx también descubrió la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista, y la sociedad burguesa que este origina. El descubrimiento de la plusvalía, iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses, como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas.».
Marx hace dos descubrimientos primordiales. Por una parte, que el capitalista siempre obtiene una plusvalía o beneficio, con el que explota al obrero. Por otro, que en todas las épocas históricas ha existido esa explotación, y que los sistemas económicos y productivos en que se han asentado las distintas formas de explotación a través de los tiempos, son los que han generado las ideologías de las distintas épocas históricas. Estas ideologías o estructuras de pensamiento social, como es lógico, defienden y sustentan el sistema de explotación existente en cada sociedad.
Por todo lo expuesto, hay que abandonar todo razonamiento de tipo ideológico y razonar desde puntos de vista económicos y materialistas, para no caer en las trampas ideológicas de los explotadores. Hay que desmontar esas trampas ideológicas, que constituyen sus armas. Las ideas sociales son subjetivas y varían en cada lugar y en cada momento histórico, los razonamientos materialistas son objetivos e invariables, permaneciendo inmutables a lo largo de los tiempos.
Marx y Engels no condenan la explotación del hombre por el hombre porque la consideren injusta, moralmente mala, éticamente reprobable o por cualquier otra causa ideológica. Lo que les dicen a los trabajadores, es que deben oponerse a esta explotación, porque para ellos es material y económicamente lesiva. Por ello deben unirse, para defender con más fuerza sus intereses materiales.
En su biografía de Marx, Engels nos vuelve a informar de los dos grandes descubrimientos de Marx: «El primero, es la revolución que ha llevado a cabo en toda la concepción de la historia universal. Hasta aquí, toda la concepción de la historia descansaba en el supuesto, de que las últimas causas de todas las transformaciones históricas, habían de buscarse en los cambios que se operan en las ideas de los hombres, y que de todos los cambios, los más importantes, los que regían toda la historia, eran los políticos. No se preguntaban, de dónde les vienen a los hombres las ideas, ni cuáles son las causas motrices de los cambios políticos… Pues bien, Marx demostró, que toda la historia de la humanidad, hasta hoy, es una historia de luchas de clases, que todas las luchas políticas, tan variadas y complejas, sólo giran en torno al poder social y político de unas u otras clases sociales; por parte de las clases viejas, para conservar el poder, y por parte de las clases nuevas ascendentes, para conquistarlo… Situándose en este punto de vista – siempre y cuando que se conozca suficientemente la situación económica de la sociedad en cada época, conocimientos de los que ciertamente, carecen totalmente nuestros historiadores profesionales- se explican del modo más sencillo todos los fenómenos históricos, y asimismo se explican con la mayor sencillez los conceptos y las ideas de cada período histórico, partiendo de las condiciones económicas de vida y de las relaciones sociales y políticas de ese período, condicionadas a su vez por aquéllas. Por primera vez, se erigía la historia sobre su verdadera base.».
Los cambios políticos a lo largo de la historia, no se originan simplemente porque la gente cambie de ideas políticas, sino porque los cambios económicos originan nuevas clases sociales o modifican las ya existentes, y estas nuevas clases sociales, que han surgido gracias a nuevos sistemas productivos y económicos, lógicamente, tienen ideas distintas a las anteriores. Se origina entonces una pugna, entre las ideas de la clase social dominante, asentada en su sistema económico de explotación, y las de la clase ascendente, asentadas en los nuevos sistemas económicos y productivos que la han creado. Estos continuos enfrentamientos entre clases sociales, con sus ideas políticas asentadas inconscientemente en sus intereses económicos, son la verdadera base y el verdadero motor de la historia.
«El segundo descubrimiento importante de Marx, consiste en haber puesto definitivamente en claro, la relación entre el capital y el trabajo. En otras palabras, en haber descubierto cómo se produce dentro de la sociedad actual, con el modo de producción capitalista, la explotación del obrero por el capitalista… El actual modo de producción capitalista, tiene como premisa la existencia de dos clases sociales. De una parte los capitalistas, que se hallan en posesión de los medios de producción y de sustento, y de otra parte, los proletarios, que excluidos de esta posesión, sólo tienen una mercancía que vender: su fuerza de trabajo. Mercancía, que por tanto, no tienen más remedio que vender, para adquirir los medios de sustento más indispensables.».
Transcurrido más de un siglo desde la publicación del Manifiesto Comunista y cuando los fantasmas del Comunismo parecían haber sido alejados definitivamente del escenario político, de nuevo surgen reforzados por las experiencias de multitud de luchas a lo largo y ancho del planeta. Los motores de estas luchas continúan siendo los mismos que antaño: salarios por debajo de los niveles de subsistencia, campesinos sin tierra que trabajar, naciones y pueblos condenados a la miseria general, destrucción y saqueo de los recursos naturales, guerras de conquista…; pero aunque las causas continúen siendo las mismas no sucede lo mismo con las formas organizativas que estas luchas se dan. Desde el Manifiesto hasta hoy y a través de un largo proceso, se ha venido gestando uno de los fenómenos mas importantes que marcará la época venidera: la bancarrota política, ética y moral de todas las organizaciones políticas que bajo el nombre común de Partidos Comunistas, Socialistas y Social demócratas, habían intentado la aventura de cambiar el rumbo por las sendas del oportunismo, el economismo y el posibilismo de las reformas de un sistema que hace aguas por todos los costados. Esas organizaciones, la mayoría de las cuales están enfrascadas en borrar de su curriculum todas las señas de identidad que pudieran orientar sus orígenes, aparecen frente al vilipendiado «espontaneismo» de los explotados como lo que realmente son: socialistas pequeño burgueses apeados de la historia a los que K. Marx en «Miseria de la Filosofía» se refirió con las siguientes palabras:
«»Para tranquilizar su conciencia, hacen cuanto está en su mano por ocultar las contradicciones reales de la sociedad, a la par que deploran sinceramente la pobreza de los obreros y la desenfrenada competencia de la burguesía. Recomiendan a los trabajadores sobriedad, diligencia en el trabajo, y limitación en el número de hijos, y a los burgueses les aconsejan que moderen su apetito de producción.». En resumidas cuentas: unos llorones sin valentía, no sólo para resolver nada, sino que no tienen cojones ni para descubrir la verdad.
La miseria de la Izquierda
Seguro que quien quiera esclarecer donde empezó la miseria de la izquierda política se encontrará en verdaderas dificultades. La historia nos lleva de la mano por un torrente de luchas, formulaciones teóricas, asaltos al poder, luchas ideológicas, revoluciones y guerras civiles. Desde antes de la Comuna de París, pasando por la revolución bolchevique, la guerra civil española, la revolución china o las incontables huelgas e insurrecciones en todo el mundo, la izquierda ha estado siempre presente abanderando el alumbramiento de un orden social superior. Justicia, Igualdad, Libertad, Solidaridad, Democracia, han sido banderas de millones de trabajadores en su lucha contra la explotación del ser humano y también han sido santo y seña de la izquierda política. Aun hoy estos valores continúan siendo las señas de identidad para la mayoría de los trabajadores que creen y luchan por una vida mas digna y libre de la opresión del capital. Tal vez muy pocos lleguen a descubrir como y de que manera un movimiento político como ha sido el de la izquierda, que ha organizado y dirigido impresionantes sindicatos de clase, soviets y consejos obreros, que ha englobado en partidos auténticamente de masas a millones de luchadores por la emancipación de los trabajadores de todo el mundo, ha devenido en un club de privilegiados que se arrastran por la obtención de un escaño en cualquier parlamento burgués. Algunos, ya mas numerosos, han podido descubrir que a pesar de haber conquistado el gobierno una y otra vez en la mayoría de los países mas adelantados de la Europa del Capital, la situación no ha cambiado a mejor, sino muchas de las veces a peor. Y otros, ya una inmensa mayoría, han dictado su sentencia renunciando a comprender: «Que se vayan todos», gritan en Argentina.
Tal vez no lleguemos a saber nunca donde empezó a gestarse esta miseria de la izquierda, como muchos se encumbraron en la cima del poder y de los negocios, como traicionaron a los militantes y a las masas que habían depositado en ellos su confianza y sus vidas. La historia está llena de esas miserables historias. Ni la gran biblioteca de Alejandría bastaría para contenerlas a todas.
Aunque nos sea difícil saber como empezó esta miseria, por el contrario nos resulta extremadamente fácil identificarla en nuestros días. Hoy vemos a esa izquierda balbuceante en los mullidos asientos de los parlamentos, en los bien pagados y liberados despachos de los sindicatos, algunos hasta en los palacetes de los ministerios afanados en garantizar que el Capital continúe gozando de buena salud y otros, los menos, todavía batallando como si la historia se hubiera detenido o suspendido para el resto de sus días. La miseria de esa izquierda salta a la vista cada vez que un jefe de un sindicato estampa su firma en una reducción de plantilla laboral, cada vez que un líder político llega al parlamento o al gobierno capitalista y les jura fidelidad, cada vez que un bosnio, un servio o un croata caen bajo las bombas de la OTAN, cada vez que un palestino es asesinado, cada vez que cae un iraquí, un sudanés hambriento, un angoleño, un afgano…. La miseria de esa izquierda está en su complicidad, en su colaboración con las fuerzas más reaccionarias de la sociedad, está en sus victorias electorales, en sus silencios ante los genocidios, en sus apoyos a Kerry, a Lula o a Kirchner.
Recordar el Manifiesto no es una manifestación de añoranza de nuestro pasado, es mucho más. Es poner en los platos de la balanza los hechos históricos que han desembocado en la actual situación de barbarie de la civilización capitalista. Se trata de acabar con las ataduras que tratan de frenar las nuevas luchas que emergen por doquier, que quieren vaciar de todo contenido revolucionario los intentos de construir una nueva sociedad libre de la explotación del hombre por el hombre.
Se trata de echar por la borda un pesado lastre que intenta mantener la nave de la humanidad, anclada en las pútridas aguas del capitalismo depredador y parasitario.
Oriol, Noviembre 2004
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