La burbuja electoral

Por: Rafael Cavada
Fuente: la Nación, Domingo (02.11.08)

“No votar también es un derecho”, me digo y mi moto ronronea un susurro de aprobación. Yo no voté el domingo en las municipales, no me interesó. No escuché nada nuevo en esa manga de giles que ocultaba su filiación partidaria, reconociendo así tácitamente que la política chilena padece una crisis de representatividad. De ahí se desprende que ingresar a ese juego equivale a renunciar a los intentos de cambio y someterse a la maquinaria de los partidos.
 
«Yo voto a la Concertación, aunque sean malos, para evitar que salga alguien de derecha». La chica se despacha esa frasecita, haciendo caso omiso de mi descarada falta de interés. El partido entre la Chile y la Católica acaba de terminar y ella, sentada como yo en la barra del bar, se esfuerza en arruinarme el buen sabor que me dejó el triunfo de los azules. Cuando aburrido de escuchar lo que no pregunté le apunto que casi cuatro millones de no inscritos en lo registros electorales son algo más que una muestra de flojera, y que es también a una forma de rechazar la falta de representatividad del sistema político, y que mientras los políticos no hagan algo los jóvenes tienen todo el derecho a no inscribirse, ella me espeta aquella vieja frase «¿y mientras tanto qué? ¿no hacer nada?».

Aprovecho que va al baño para desaparecer de una buena vez, usando el poco democrático, pero innegable derecho a no discutir con quien no quiere escuchar. A fin de cuentas yo soy de los que votan a los buenos, y si hasta ahora no he votado a la derecha no es por hiperideologizado, sino porque creo que el conservadurismo ultramontano, que no pide perdón por su complicidad con asesinatos y violaciones de los derechos humanos, es pernicioso para una sociedad de por sí arrogante, conservadora y temerosa de lo nuevo, del riesgo y de dar espacio de poder a los que piensan diferente. «No votar también es un derecho», me digo y mi moto ronronea un susurro de aprobación. Yo no voté el domingo en las elecciones municipales, no me interesó. No escuché nada nuevo en esa manga de giles que ocultaba su filiación partidaria, reconociendo así tácitamente que la política chilena padece una crisis de representatividad. De ahí se desprende que ingresar a ese juego equivale a renunciar a los intentos de cambio y someterse a la maquinaria de los partidos.

Los más fuertes en esta elección son los que no votaron, los que no fueron a las urnas o que no están inscritos, me dicen Ximena Rincón y Marcelo Trivelli, analizando la debacle de la Democracia Cristiana post fracaso eleccionario. «Y los que estamos arrepentidos de habernos inscrito», añado en voz alta. Patricio Urzúa, productor de Radio Concierto le da una segunda vuelta a la tuerca, «todo el mundo se queja de los anarquistas que tiraron una molotov contra La Moneda, ¿pero quién es más condescendiente con esta crisis, ellos o los que no hacen nada?» «Los que no hacen nada», me digo tratando de pensar que no hacer nada es peor que votar por el menos malo. Y pensar que alguna vez los llamé en público y por escrito «Anarquistas de fin de semana». Hoy debo reconocer que fue al menos una ofensa apresurada y que quizás ellos vieron más lejos y antes que yo por dónde iba la mano. Vaya para ellos, en público y por escrito, mis más sinceras disculpas.

Los que se quejan de que los jóvenes no votan me recuerdan a los que lloriquean porque la gente no ve cine chileno. Hagan una buena película y la gente irá a verlos. Perder tres lucas y media para ver una mala película chilena equivale a malgastar el precioso tiempo libre que cada uno de nosotros tiene para votar por alguien que vale callampa, sólo porque uno está inscrito y le imponen una multa por no votar. A propósito, los que no votamos, tenemos que guardar el famoso comprobante de Carabineros por unos cuatro años si no queremos arriesgarnos a una multa. La muy agraciada y amable carabinera que me extendió mi certificado de no-votante-con-motivo-reconocido-por-el-poder, me confesó que por estos días recién están citando a justificarse a los que no sufragaron en la pasada elección presidencial.

«Cuando no se vota porque los políticos son malos, los malos políticos terminan monopolizando el poder», una frase que Matías del Río me repitió hasta el cansancio. Pero hoy ya no compro. Que empeore si puede. Si en Chile hay unos 17 millones de personas, y cuatro no votan porque no quieren, la cosa es muy grave. Porque de los votantes que quedan, la mitad más o menos, decidirá quién será el próximo presidente de la nación. Eso implica que el ungido sólo contará con el respaldo efectivo de un 30 por ciento de los que tienen derecho a voto. Más o menos lo mismo que sacó Salvador Allende, que muy bienintencionado y Gran Chileno será, pero eso no borra que fue coprotagonista de una de las debacles sociales más grandes de la historia de este país. Y el asunto no es si él fue o no responsable de aquel desastre, el tema de fondo es que el sistema político que nos llevó a eso es indudablemente culpable.

Mientras todo esto da vueltas y vueltas en las conversaciones de café, nuestros ingenieros electorales siguen con la calculadora en la mano, viendo cómo hacer para ganar las próximas elecciones. Como lo hicieron esos hijos de puta en Wall Street, manejando sus calculadoras para ver cómo ganaban más y más dinero transando papeles tan falsos como las promesas electorales. Unos y otros comparten dos características: sólo se dan cuanta de la cagada que dejaron cuando la burbuja les estalla en la cara y pase lo que pase, ellos se van para la casa con un seguro a todo evento bajo el brazo. La Bersuit sigue cantando «Se viene el estallido, de mi guitarra, de tu gobierno también».

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