Por: Juan Pablo Cárdenas
Fuente: www.elclarin.cl (23.10.08)
El único efecto nacional que tendrán las elecciones municipales será el estrepitoso inicio de la contienda presidencial. Más allá de los resultados por partidos y candidatos, la política cupular se encargará de ponernos frente a la sucesión del actual Gobierno. Desde que se conozcan los resultados, poco importará lo que el gobierno de Michelle Bachelet haga en su último año y sus ministros y subsecretarios se quedarán como fantasmas en La Moneda si no arrancan en estampida a “ubicarse” en los respectivos comandos electorales.
Hace rato que a los actores políticos lo que más les preocupa es continuar aferrados a la ubres del estado, ya sea en los aparatajes ministeriales, en el Congreso Nacional, los propios municipios y las apetitosas empresas fiscales. Las embajadas tampoco resultan un mal derrotero en momentos en que el valor de las divisas se mantiene o incluso se eleva con la depresión mundial. Como ha quedado de manifiesto en otro y elocuente caso, el “servicio” diplomático arroja la posibilidad de último y oneroso peldaño antes de jubilarse a la política o emigrar a la actividad privada contratado por empresas transnacionales que buscan invertir o comerciar con Chile y requiere de influyentes lobbistas.
No es este un tiempo de idearios y proyectos políticos. Nada de ello se ha expresado en la municipales, pero tampoco en el entorno de los presidenciales que han aprovechado la oportunidad para recorrer el país, hablar todo el tiempo de sí mismos y recibir los primeros besamanos de ese sórdido mundo de chupamedias que les cargan las maletas, les prodigan los espontáneos aplausos y destornillan de la risa hasta con los chistes malos de estos candidatos.
Lo terrible es que, en un abrir y cerrar de ojos, vamos a estar encajonados en una contienda de pobrísima factura democrática, toda vez que los principales presidenciables no quieren saber de elecciones primarias y exigen ser proclamados en virtud de los sondeos, la “caja electoral” que ofrecen a los partidos y, por supuesto, por sus atributos personales. Por su iluminada autovaloración, por la superioridad que se arrogan frente a otros y por el desprecio que le tienen a las estructuras partidarias, la opinión de los militantes y la soberanía popular.
Estaremos sometidos, otra vez, a un itinerario electoral que renovará escasamente nuestras cámaras legislativas, marcadas por una Constitución y un sistema binominal que siguen inalterables luego de 20 años de post pinochetismo. Y en el que diputados y senadores, como también los alcaldes y concejales, pueden mantenerse en sus cargos hasta que la senilidad les haga imposible distinguir la orden de partido al momento de votar.
Aspirantes que competirán por ganar la confianza de los grandes grupos económicos, la bendición de los medios de comunicación poderosos y los recursos que se requieren para poblar con sus remozados rostros y vacuidades publicitarias la geografía nacional. Para comprar, desde luego, la opción electoral de los más pobres e ignorantes, cuya resolución “soberana” habitualmente desdeña después sus apremiantes necesidades.
Y el próximo año, el país elegirá a un nuevo presidente o presidenta de la República con menos de la mitad de sus potenciales ciudadanos y con un padrón electoral que se envejece ante la renuencia de los jóvenes a enrolarse en farándula política. Y Chile tendrá un nuevo jefe o jefa de estado que buscará legitimarse ante un mundo que todavía se cree el cuento de que en Chile tenemos una democracia sólida y que se resiste a asumir que después de tanto tiempo vivimos bajo la institucionalidad heredada de Pinochet, las diferencias escandalosas de la desigualdad social y cultural. En el despeñadero de la corrupción y del enriquecimiento ilícito tan bien encarnados en los candidatos que hoy son privilegiados por las encuestas.
Y los pobres seguirán esperando. Lo harán ahora por el tiempo de las “vacas gordas”, porque en el de las “flacas” nuestro Estado sale al rescate de los banqueros y a ofrecer nuevas prebendas a los inversionistas extranjeros.
Patria y muerte, ciudadanos.
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