No hay maricón arrepentido

Por: Antonio Cid
Fuente: La Nación Domingo (14.09.08)

¿Sabrá la homofóbica e inquisitorial sicóloga de la Pontificia Universidad Católica, señora Marcela Ferrer, ligada al prístino y dulce Opus Dei y quien afirma, seriamente, tener una cura infalible contra la homosexualidad, que al mismísimo Zeus, nada menos que al monarca de los dioses, se le quemaba el arroz?

Para su trivia mítica, le contamos que le bastó al rey de los dioses ver una sola vez al frigio Ganímedes, el más bello de los mortales, para caer envuelto en llamas por él como una colegiala. Tanto fue el divino ardor que, simplemente, lo raptó y se lo llevó con él al monte Olimpo, donde le consiguió una pega de media jornada como barman de los dioses, mientras en las noches compartían ardientes juegos sexuales en el olímpico lecho. Tan bueno era en la cama el mortal, señora Ferrer, y tan bien dotado estaba ese antiguo mortal, que Zeus lo convirtió nada menos que en la constelación de Acuario. Casi nada.

¿Sabrá la docta curandera de gays que Apolo, hijo de Zeus, a su vez perdió el seso por el joven Jacinto? Tanto así que, por mucho tiempo, el oráculo de Delfos estuvo sin su dios protector, que era el mismo Apolo, deprimido éste y obsesionado por el jovencito de alta grupa y marcadas calugas en el abdomen. Lo logró (era un dios a fin de cuentas) y se hicieron amantes. Para inmortalizarlo, al fallecer, lo transformó en una nueva flor: el jacinto. Son vox pópuli, para el que lee y estudia al hombre, señora Ferrer, los amores de Aquiles y Patroclo, Hermes e Himeneo. Y es bien sabido, también, que el fortachón y machísimo Hércules hacía lo suyo con Lolao, pero sin abandonar ni por un momento sus doce trabajos.

La medieval señora Ferrer se pasó por el arco del triunfo las conclusiones de organismos tan serios como la Organización Mundial de la Salud (OMS, 1992), la Asociación de Siquiatría de Estados Unidos (1973) y de la Asociación de Sicología Americana (1975) los que afirman categóricamente que la homosexualidad no es, en caso alguno, una enfermedad. En mayo pasado, la esclarecida sicóloga de la PUC, muy suelta de cuerpo, y seguramente con su rosario en la mano, dio una extensa charla donde confesó, entre rubores de falsa modestia, haber dado por fin con el remedio contra el mariconeo. Ni los estudios del judío Freud, ni las vastas investigaciones realizadas en la ex Unión Soviética, pudieron contra los obsesivos prejuicios de esta seguidora del mismo dios que hizo llover azufre en llamas sobre las turísticas ciudades de Sodoma y Gomorra. Ese mismo terrorífico ex demonio caldeo que devino en Yavé tras la derrota de Lucifer, el primer Prometeo de las edades míticas. El ángel de la luz y el conocimiento. Ese Yavé que tanto dolor ha traído al mundo, y quien, como dato freak, tuvo que recurrir nada menos que al adulterio para engendrar a su único hijo.

Las multitudes ilustradas de Chile exigen, enfáticamente, que la eximia sicóloga del Opus se baje del podio de los debates públicos con sus paparruchas. Con sus teorías que no sólo dejan mal a su casa de estudios, sino que también son una vergüenza para la sicología chilena. O bien, si se lo pide el cuerpo, que se consagre a experimentar sus milagrosas curas justamente con los curas. ¿No ha notado alguno medio coliguacho entre su purísima grey? Mire bien. O hágales profundas pruebas a los cabritos numerarios de la Obra. Capaz que algo resulte. Pero, por favor, déjese de dar la hora en los simposios. //LND

Deja un comentario