John Cage: El sonido de la filosofía

Por: Manacho
Fuente: http://www.adamar.org (N° 8, Mayo 2002)

El principal problema al que se enfrenta uno ante la música de Cage es el de enfocarla, escucharla, analizarla como mera música. Desde luego que si atendemos a su obra esperando encontrar sonoros laberintos discursivos o espectaculares extravagancias de mercado, rara vez lo vamos a conseguir. Desgraciadamente, para poder disfrutar de Cage (no sé como decir esto sin que me suene petulante y/o desdeñoso) necesitamos conocer mucha música anterior… o no conocer ninguna. La música de Cage está como la de ningún otro compositor vinculada a un pensamiento que por depuración llega a la simplicidad. Nuestro problema estriba en que muchas veces confundimos simplicidad con simpleza. Esta simplicidad puede llegar al límite de la abstracción, constituyendo una obra con un solo sonido (o con ninguno, como ya conocemos: 4’33”).

Cage desmonta todo el orden anterior, pero no se limita al “clasicismo” sino que arremete igualmente contra las vanguardias; y lo hace sin ningún atisbo de resentimiento, venganza o desprecio. Todos sus planteamientos de rechazo estructural están concebidos desde la más lúcida serenidad, en la onda Zen en la que solía moverse. Cage, aunque no fuese el primero, sí fue el compositor más orientalista.

En Cage, el planteamiento filosófico no supone la herramienta de la obra, sino la obra en sí misma; que materializada en sonidos se nos puede antojar insulsa.

¿Habéis escuchado alguna vez música japonesa? Pero música japonesa de verdad; no la que los japoneses nos venden a los turistas para saciar nuestra sed enciclopedista de bajo presupuesto. No me refiero al Japón reinventado por Hollywood o la ópera (P. e.: Madama Butterfly de Puccini), ni a ningún otro producto folletinesco que se ajuste a nuestro concepto -a nuestra exigencia- occidental de lo japonés, a lo que los occidentales estamos dispuestos a aceptarle, a que Japón sea, para nuestro consumo japonés; un Japón así, digerible por nuestra satisfecha ignorancia, se limita a la baratija de tres o cuatro pinceladas de exotismo, de decorado de feria.

Bueno, pues decía que la música japonesa -la otra, no la turística- es una música desconcertante y durísima a nuestros frenéticos y endogámicos oídos occidentales; nos da la sensación de monótona, de poco inspirada, de que “no pasa nada”, de que le faltan “cosas”; por eso no nos la exportan, porque no estamos preparados para su lenguaje.

Pues bien, con la música de Cage pasa algo parecido. Si nos centramos más en el lenguaje filosófico de su arte conceptual, y menos en la comodidad de nuestros apriorismos -de lo que estamos dispuestos a admitir como música, y aún como vanguardia-, podremos empezar a valorar su obra. Claro, no quiero con esto decir que estemos obligados a ello (porque a nada estamos obligados en arte), pero no se me ocurre otra vía para penetrar en su significado.

Otra cuestión no menos compleja en Cage es la ironía. Y digo compleja no porque sea de extremada elaboración literaria, sino porque tenemos que estar en disposición de reconocer el elemento que ironiza. Si acudimos -esto ya lo he contado- a un concierto de piano en el que Cage nos anuncia que va a conseguir sacarle al instrumento sonidos nunca sospechados, para a continuación hacer descender desde el techo una sierra eléctrica con la que destrozar el piano de cola y así obtener los prometidos sonidos insospechados, pues podemos quedarnos sin más con la originalidad de la salvaje propuesta sin ocurrírsenos que, al tiempo, ironiza. Sin embargo, si conocemos la desenfrenada inquietud de los compositores coetáneos a Cage en la investigación tímbrica de los instrumentos (acústicos), en exprimir cada vez más las posibilidades de sus límites sonoros (para descubrir sonidos insospechados, en definitiva), el destrozo del piano se nos desvela ya con otra lectura de finísima ironía… y además, con su sierra eléctrica Cage consigue superarles a todos en resultados de tímbrica extrema.

Respecto a The John Cage Project tendría que conocer más datos para poder opinar. Cage podría -no digo que lo haga- estar aquí ironizando sobre los larguísimos y pesadísimos desarrollos del repertorio tardorromántico (p. e.: Bruckner), con sus secciones ya de por sí extensas que se vuelven a repetir redundantemente en toda su integridad, sin ningún beneficio conocido (lo de”lo bueno si breve dos veces bueno” del refranero, o lo de “menos es más” de Mies Van der Rohe, parecía no conocerlo esta gente). Mientras Mozart tiene sinfonías que no llegan a los 20 minutos de duración, Bruckner las tiene que rebasan en una hora a las de Mozart (y no aporta nada que no hubiese conseguido decir con esa hora menos). Cuidado, no digo que Bruckner sea malo; sólo que es un tanto “exagerado”.

Desde luego Cage no es el compositor más adecuado para iniciarse en las “vanguardias” (resulta desalentador tener que llamarlas aún así). Para ello sería preferible empezar por algunos de los autores más relevantes del siglo pasado como Stravinski, Bartók, Schoenberg, Berg, Webern, Varèse, Ligeti, Takemitsu, Berio, Nono, etc., de bastante mayor accesibilidad.

Fundamentalmente Cage fue un artista conceptual “radical” que, tras formarse en la tradición musical (vanguardias incluidas), la abandona por entender agotado no ya el modelo (como le ocurriría a Schoenberg), sino el discurso.

Paradójicamente, Cage es más apreciado entre los artistas plásticos que entre los propios músicos, que nos motivamos casi siempre más ante mayores enjundias estructurales. Cage nos regala a todos, nuestros propios oídos, unos oídos que quedan para adentro.

Nuestro agradecimiento a: Lista de Correo ZAPPA en español

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